EDITORIAL

El arribo de un nuevo siglo constituye una mezcla de esperanzas y decepciones, anhelos y desalientos. Con las ilusiones puestas en las metas por cumplir, llegan las profecías de los mensajeros de mal agüero. El fin de un milenio no es solo una fase en la escala del tiempo, sino también una confluencia de cosmovisiones, en su mayoría contrapuestas.

Un nuevo siglo también conlleva una renovación en la forma en que los hombres piensan. Esta renovación es el producto del cambio generacional que implica la transición entre siglos. La herencia acumulada de visiones y perspectivas que se han ido conformando en el siglo que se extingue confronta la configuración de las perspectivas que van a caracterizar el nuevo.

Por tanto, un nuevo milenio representa un momento de crisis y reforma. Crisis de los valores establecidos, de las instituciones fundadas y de los mitos tradicionales. Cuando las respuestas dadas ya no constituyen soluciones válidas, los nuevos contextos exigen replantear los problemas de nuevo. Para ello no basta la habilidad o la astucia, se requiere de aquello que los griegos llamaron sabiduría, discernimiento para percibir el problema donde el espíritu común ve solución, y la prudencia para actuar conforme a ese discernimiento, dirigiendo conscientemente los cambios a favor del bien común.

¿Poseemos esa sabiduría? ¿La poseen nuestros dirigentes?