Hay un poeta alemán muy conocido a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, Heinrich Heine, que fue discípulo de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, el gran filósofo alemán del que se desprendieron muchísimas escuelas, algunas como reacción, otras como continuación. Heine tuvo la oportunidad de conocer a Hegel durante sus estudios, mientras cursaba estudios en la Universidad Humboldt de Alemania, y tomó el curso de Filosofía de la Historia con Hegel. Se cuenta que, al final del curso, Heine le dijo a Hegel que estaba muy bien el curso, pero que como que no se correspondía la historia con lo que él explicaba en su curso de filosofía de la historia, y Hegel le contestó —se cuenta—: «Pues, peor para la historia».
Yo quiero, en esta mañana, hacer dos propuestas, o tres quizás, interpretativas, brevísimamente, acerca de este ensayo y, en sentido general, de la obra de don Pedro Henríquez Ureña. Lo primero que voy a hacer, para que no haya sorpresas, es poner un poco en contexto filosófico el trabajo, la obra, el quehacer intelectual de don Pedro Henríquez Ureña. En segundo lugar, puesto que veo un público muy joven aquí, me voy a referir de manera somera, a modo de incitación, para que se acerquen a la obra de don Pedro Henríquez Ureña. Me voy a referir con algún detenimiento, pero breve, a dos ideas: la idea que tiene don Pedro Henríquez Ureña de lo que es una utopía —que ya el profesor Silverio ha adelantado algo aquí— y la idea que tiene Pedro Henríquez Ureña acerca de esa utopía, de la utopía que él plantea.
Me voy a basar básicamente en el texto que nos convoca y en otro breve ensayo que se llama Patria de la justicia. Muy brevemente, a seguidas, voy a hacerme eco de algunas advertencias o cautelas a las que nos invita Pedro Henríquez Ureña post mortem, o sea, de una manera indirecta y sin saber que estaríamos en la encrucijada en que estamos los dominicanos, los americanos y el planeta en el siglo XXI. Hace cien años, vamos a ver qué derivas se pueden extraer de que veamos que el pensamiento de Pedro Henríquez Ureña no es un pensamiento acartonado y muerto, sino que es un pensamiento vivo, en el sentido de que puede arrojarnos luz acerca de cuestiones muy, pero muy, de actualidad.
Así que yo espero que sí haya correspondencia entre las ideas que voy a verter, las hipótesis que voy a plantear en esta mañana y lo que es el auténtico pensamiento de don Pedro Henríquez Ureña.
Don Pedro Henríquez Ureña es un filósofo por derecho propio. Claro que sobresalen más sus obras de tipo lingüístico, ¿verdad?, pero don Pedro, cuando uno se acerca, cuando uno asoma las vislumbres del alma a sus pensamientos, a su obra, uno se da cuenta de que era una persona que estaba actualizado, muy actualizado para su época. Por ejemplo, ya para 1907-1908, don Pedro Henríquez Ureña escribe sobre Friedrich Nietzsche y el pragmatismo, pero Nietzsche había muerto en 1900. O sea que el día que se estudie la recepción de Nietzsche en lengua española habrá que necesariamente hablar de Pedro Henríquez Ureña.
Pero no solo eso: su obra está llena de referencias a los autores de la época y a los autores que estaban haciendo época. Y el siglo XX, específicamente, se caracteriza por ser el siglo del giro lingüístico de la filosofía. O sea, de pronto, según sostienen algunos tratadistas reputados, en el siglo XX se produce un giro lingüístico de la filosofía hacia los problemas del lenguaje, del lenguaje natural y del lenguaje formal, que tiene muchísimo que ver con Nietzsche también. Pero don Pedro Henríquez Ureña se ocupa de una manera muy minuciosa del tema del lenguaje, y vamos a ver si podemos más adelante referirnos brevísimamente a esa cuestión.
Pero lo que quiero decirles con estas palabras que llevo iniciadas es que don Pedro Henríquez Ureña, para mí, la motivación primordial de su creación intelectual es de tipo metafísico. ¿Por qué? Porque don Pedro Henríquez Ureña, por lo que está interesado, en el caso de su filosofía social, es básicamente por la pregunta de qué es ser, qué somos, qué somos como dominicanos y qué somos como americanos. Y cuando don Pedro Henríquez Ureña habla de americanos, está hablando de los americanos que han crecido, que han nacido bajo los cielos y frente a los mares que van desde el Río Bravo hasta Tierra del Fuego. Es decir, desde el norte de México hasta el sur de Argentina y de Chile. O sea, cuando él habla de América, no habla de América en términos territoriales, sino de América como familia cultural.
En ese sentido, el pensamiento de don Pedro entronca perfectamente con las ideas liberadoras que tenía Simón Bolívar, con las ideas que dejó escritas, con total diafanidad, José Martí, y, de alguna manera, con otros unionistas, con otros pensadores dominicanos, cubanos, puertorriqueños, que plantearon la necesidad de que nuestros países, unidos por la historia, unidos por la cultura, unidos por la lengua, viéramos paso a lo que llamaría Eugenio María de Hostos una cuasi nacionalidad. O sea, que con estos fragmentos de patria que tenemos quienes hablamos español y sentimos en español, en español aprendimos a amar y a distinguir lo verdadero de lo falso y lo feo de lo hermoso, en español, formáramos una gran patria, una patria única que no estuviera destinada a sembrar de sangre, dolor y violencia el mundo, sino que fuese la patria para la realización de los grandes ideales pendientes de la condición humana.
La palabra metafísica hoy es una palabra que cae muy mal, y cuando alguien habla de que un pensador, un filósofo, se está preguntando por el ser, por el qué es ser, tanto en lo individual como en lo colectivo, tanto en lo particular —como en el caso de la República Dominicana— como en lo general o específico —como en el caso de América—, la gente un poco pone el grito en el cielo. Entonces surgen una serie de voces que dicen que, bueno, que eso es esencialismo, un poco desde el lenguaje de la posmodernidad, que eso no son más que metarrelatos, que las identidades no existen. Pero nosotros aspiramos a ser por lo menos lectores de filosofía, y sí que nos va bien hablar del ser, porque el ser es lo idéntico a sí mismo, aquello que no puede faltar, lo esencial a algo.
Pues don Pedro se plantea con mucha seriedad el qué es ser, cuál es el ser de los dominicanos y cuál es el ser de los americanos, y yo creo que ese es un primer sillar de la obra de don Pedro que lo retrata como un filósofo de tiempo entero.
Respecto a los dominicanos, él investigó mucho, dejó muchos aportes, pero en una carta que él escribió a don Américo Lugo durante la era de Trujillo, dijo esta expresión acerca de los dominicanos: el proceso de intelección o de forja de la identidad nacional dominicana se produjo en ese interregno comprendido entre 1820 —1820, perdón— y 1870. ¿Por qué él se basa para decirlo? Bueno, en 1821 se produce la primera independencia nacional, que es la independencia que hacemos en el momento en que se están produciendo las independencias americanas, salvo algunas que se produjeron en 1801, 1810, pero la gran mayoría de las independencias americanas se están produciendo en 1820-1821.
Sin embargo —y aquí va una primera cautela—, no falta algún historiador, y me refiero específicamente al Manual de historia dominicana de Frank Moya Pons, que diga que con la entrada de los haitianos el 9 de febrero de 1822 terminó el dominio imperial de España en la isla Española. Sin embargo —o sea, lo que quiere decir—, se desconoce el proceso de la independencia efímera. Don Pedro Henríquez Ureña no lo incluye.
Y como una sugerencia, solo hay que ver el acta constitutiva de ese gobierno, de ese gobierno que duró tres meses y nueve días, del primero de diciembre de 1821 al 9 de febrero de 1822, para que se vea que ahí estaba —esa es nuestra primera constitución—: ahí estaba configurado el gobierno, se distribuyen los mandos militares, se establece un poder ejecutivo, un poder legislativo, un poder judicial, e incluso en esa misma acta constitutiva se designa a dos diputados para que vayan a entrevistarse con Bolívar, porque la idea de Núñez de Cáceres era que nosotros entráramos en la Magna Patria.
Y eso no se ha estudiado. ¿Qué relación hay entre Pedro Henríquez Ureña y la efímera? O sea, Pedro Henríquez Ureña no solo encuentra inspiración en Bolívar, en Martí, en Alberdi, en Sarmiento, en Ariel de Rodó, sino que tiene aquí, en su propio suelo, una fontana de inspiración para la formulación que va a hacer más adelante de su utopía: la utopía de América, que es la utopía de la Magna Patria, y que vamos a ver en qué consiste dentro de unos instantes.
Entonces don Pedro Henríquez Ureña comienza por una cuestión metafísica: qué es el ser de los dominicanos y de los americanos. De los americanos no les voy a hablar ahora, porque lo vamos a ver cuando leamos un breve texto acerca de la Magna Patria. Pero esa preocupación inicial de don Pedro Henríquez Ureña es la que lo lleva a hacer aportes, a ocuparse —porque era un investigador incansable— de los asuntos culturales.
O sea que don Pedro Henríquez Ureña, en ese sentido, también es un precursor. Los estudios culturales van a comenzar en Europa en los años treinta con la Escuela de Frankfurt. Cuando hablo de estudios culturales me estoy refiriendo a la filosofía de la cultura, la cultura como una totalidad concreta. Luego tomarán mucho auge después de la Segunda Guerra Mundial. Pero don Pedro, desde sus inicios, se ocupó de los problemas de la cultura. Nada más hay que pensar en lo que escribió sobre las letras coloniales, sobre el teatro, sobre el refranero, acerca del español popular dominicano. O sea, por ese lado ya tenemos un primer sillar, el ámbito de lo metafísico, y un segundo sillar, que es el de la filosofía de la cultura, que también nos permite rescatarlo como filósofo por derecho propio.
Pues, a propósito de la lengua, don Pedro Henríquez Ureña y su escuela —y no solo él—, al estudiar la lengua y la literatura desde la perspectiva de los estudios culturales de su país, dejó un texto que es un texto de referencia, que se llama El español en Santo Domingo, donde se ocupa de los giros: de por qué en un lugar hablamos de una forma, por qué en otro de otra, por qué se habla con la i en el Cibao, cuáles son los componentes básicos del refranero dominicano y sus posibles fuentes. O sea que, en ese sentido, don Pedro también empalma con esa corriente del pensamiento del siglo XX que se ha dado en llamar la corriente del giro lingüístico, donde se supone que la filosofía del lenguaje pasa a ocupar un lugar de primer orden.
Claro, eso no es más que un error de visión, porque el problema del lenguaje ha sido una preocupación de la filosofía desde los inicios. Desde los inicios. Si usted toma a Sócrates y toma a Platón, usted se dará cuenta de que Platón, en todo momento —y Sócrates, por ende—, lo que están haciendo es tratar de llegar a una lengua precisa, tratar de precisar el modo en que hablamos, el modo en que hacemos uso de la palabra. Y Aristóteles, no digamos ya, su discípulo, que fue quien le siguió en la dirección del Liceo: Aristóteles, por todas partes, está lleno de definiciones. Aristóteles no se permite nunca usar un término sin precisarlo. ¿Y eso no es filosofía del lenguaje? ¿O todo el empeño de los estoicos por la precisión, por la lógica?
Entonces, he ahí un tercer sillar. Y el cuarto sillar que nos permite considerar a don Pedro Henríquez Ureña un filósofo, un filósofo en sentido estricto, es su preocupación por la historia de las ideas. Cuando don Pedro Henríquez Ureña hace historia de la literatura o historia del teatro en América, no hace historia de las formas. Como, por ejemplo, en el texto sobre la versificación española —aquí tenemos un experto en historia de las ideas, que es el doctor Fernando Pérez—, don Pedro Henríquez Ureña, por aquello de su filiación a los estudios de filosofía de la cultura, lleva las ideas y las formas de manera conjunta.
Por ejemplo, gracias a don Pedro Henríquez Ureña nos enteramos de que el primer libro que se publicó en la República Dominicana fue precisamente un libro de filosofía, y por un profesor de esta misma facultad: Andrés López de Medrano. El doctor Julio Minaya ha hecho una edición formidable en fechas recientes. Hará setenta y ocho años de ese texto primigenio, que es el primer libro de filosofía que se produce, que se publica en la República Dominicana, pero que a la vez es el primer libro que se publica en la República Dominicana.
Y, oigan, puesto que hay jóvenes aquí, les dejo este enigma: este libro es publicado en 1814, es decir, un año después del nacimiento del padre de la patria, Juan Pablo Duarte. Y escuchen cómo se titula el libro: Lógica. Elementos de filosofía para uso de la juventud dominicana. Juventud dominicana en 1814. ¿Y había juventud dominicana? Pues, ¿qué busca ese término ahí?, ¿qué busca el calificativo, el apelativo de dominicano, en un libro que se publica en 1814? Significa que probablemente tengamos que extender la idea de la intelección que plantea don Pedro Henríquez Ureña, porque parece que ya había, en esta parte de la isla, un grupo de personas que, como dice la cuarteta del padre Morales, no se sentía ni etíope, ni español, ni haitiano, ni francés, ni inglés, sino dominicano.
¿Pero cuánto tardaría, de 1814 a 1821, para que se produjera el pronunciamiento de la primera independencia nacional? ¿Seis años, siete años?
Entonces, de la metafísica a la filosofía de la cultura, a la filosofía del lenguaje, a la historia de las ideas, llega don Pedro porque está interesado en el problema del ser: de qué somos, qué somos los dominicanos, qué somos los americanos. Y entonces, sobre esa base, es que se monta su filosofía del futuro. Cuando él cree tener las clavijas, cuando él cree saber qué somos, se plantea: ¿y para dónde vamos? Ese es el terreno de la utopía. Ese es el terreno de la filosofía de lo posible, de la filosofía del futuro.
Todos, todos los filósofos tienen una filosofía del futuro. Los filósofos sistemáticos, ¿qué es sino filosofía del futuro la República de Platón y la Política de Aristóteles? Esa formulación que hace Platón de esa república amurallada, con no más de quinientas almas y autárquica, ¿eso no es filosofía del futuro? ¿Y el planteamiento de Karl Marx y Friedrich Engels en el Manifiesto comunista? Todo eso es filosofía del futuro, utopía. Porque utopía lo que quiere decir es no lugar, un lugar que no tiene asentamiento espacial —perdón—, pero sí en el ámbito de las ideas.
Entonces, ¿qué se sigue necesariamente? Que nos preguntemos: pues bien, ¿y la utopía de don Pedro qué? ¿Cuándo me avisa, cuándo debo parar este escenario? Estudio pequeñito, pero tan grande como tus ideas. No sé, don Pedro. Pues entonces, ¿de qué va la utopía que nos plantea don Pedro Henríquez Ureña? ¿Y qué tiene que ver con nosotros? ¿Y qué podría tener que ver con la presente encrucijada histórica de los dominicanos, de los latinoamericanos y del mundo? ¿Es acaso una bufonada?, ¿es una ingenuidad?, ¿o tiene cosas que decirnos a quienes habitamos en este espacio-tiempo?
Pues Utopía de América precisamente comienza hablando de México, donde nuestro colega, el doctor Pérez Jiménez, ha sido embajador durante mucho tiempo. Comienza hablando de México porque don Pedro fue parte de la transformación de las ideas del México de la independencia, del México de 1810. Y hay que ver, hay que ver lo que dicen esos pensadores mexicanos que lo reconocieron. Hay que ver cómo habla Alfonso Reyes de don Pedro Henríquez Ureña. Pero no nos vamos a detener en eso.
Me bastará con decirles que don Pedro Henríquez Ureña plantea como modelo —y me recuerda un ensayo de Eugenio María de Hostos, que fue maestro de su madre y de su padre, de don Francisco Henríquez y Carvajal, y de doña Salomé, a quien incluso puso a dirigir el Instituto de Señoritas— que Hostos también tiene un texto que se titula La que un día será una gran nacionalidad. Y esa gran nacionalidad, que sería la unidad antillana, la creación de la República Antillana, según él debía estar encabezada por la República Dominicana, que era la única de las Antillas hispanohablantes que gozaba de independencia para el momento en que Hostos hace ese planteamiento, cosa de 1876-1877.
Entonces don Pedro dice que el camino que debe andar América, para andar a paso cierto hacia su supervivencia y hacia su permanencia en el tiempo —porque les voy a hablar de los peligros dentro de un instante—, México ya lo ha comenzado a andar. Y llega un momento en que él dice: “México sabe qué instrumentos ha de emplear para la obra en que está empeñado: dos puntos, la cultura y el nacionalismo; la cultura y el nacionalismo”.
Hoy, hablar de cultura es casi como decir una palabra prohibida. Porque cultura, en nuestro país, existe la popular. Pero ¿qué está haciendo el Estado para promover la cultura, para que nuestra alma vaya más allá? ¿Dónde están las escuelas de pintura?, ¿dónde están las escuelas de música?, ¿dónde están las escuelas de ballet, las escuelas de teatro?, ¿dónde están? ¿Qué ha pasado con las que había, con las que dejaron nuestros antecesores, tiranuelos y dictadores como Balaguer y Trujillo? ¿Dónde están? ¿Qué ha pasado?, ¿qué hemos hecho —me incluyo, mea culpa, mi generación— con esas escuelas? ¿Las ha esparcido?, ¿las ha fortalecido?, ¿las ha multiplicado?, ¿las ha apoyado?
Yo soy de un campo, de un pueblito llamado Gaspar Hernández. Cuando yo hice mi bachillerato allá, antes de salir para acá a estudiar y quedarme ilegal aquí en Santo Domingo —porque no volví hasta ahora—, en mi pueblo había academias de música, de teatro, de ballet. Hoy no hay nada de eso. ¿Y qué ha pasado con la cultura?
Pues bien, he ahí una advertencia: nosotros vamos mal, si hemos de prestar oídos a Pedro Henríquez Ureña. Lo segundo —quien lo recuerda—, México sabe, dice, cuáles instrumentos ha de emplear para la obra de la creación de la Magna Patria: la cultura y, lo segundo, el nacionalismo.
Ahora bien, decir nacionalismo en la República Dominicana hoy es como mentarle de mala manera la madre a alguien, porque eso es pecado. Se critica al que quiere ser nacionalista, al que quiere defender su derecho a nuestro espacio vital, un espacio que es el único que tenemos los dominicanos en el mundo, y que lo hemos tenido, lo hemos conquistado, porque muchos de nuestros antepasados empeñaron su vida, sus bienes, su tranquilidad, su familia. Muchos terminaron muertos en el cadalso; otros tuvieron que salir a vivir fuera. ¿Ustedes saben lo que es la vida de un exiliado?
Para que nosotros, los dominicanos, tuviéramos un pedacito de tierra, un terruño en el mundo. En cualquier otra parte donde llegamos podrán decirnos: “Mire, no se meta en eso, que usted no es de aquí”. Aquí no. Aquí yo puedo hablar de lo que yo quiera, del gobierno, o de cultura, o de la universidad, y nadie me puede decir: “Mire, estos no son sus asuntos, usted aquí es un inmigrante”. Y yo he vivido fuera.
Pues hoy, del nacionalismo, cuando aparece un nacionalista o alguien habla de fronteras —no fronteras físicas, ni fronteras nacidas a la luz del impacto del sol sobre la piel, no de color, porque los dominicanos no tenemos color ni nos separamos por razones de color—, sino de las fronteras de la cultura, como dijo el señor director, las fronteras de la cultura se nos quiere confiscar. Como dijo el profesor Silverio: ¿qué es nuestra lengua?, que es uno de los factores más dinámicos de la cultura. Nuestra lengua, que es a partir de la cual aprendemos a amar, aprendemos lo que es bueno, lo que es bonito, lo que es bello.
Nadie nace sabiendo eso; eso lo aprendemos a la sombra de nuestro idioma. Como dice Friedrich Nietzsche en El viajero y su sombra, con el idioma heredamos una interpretación de la realidad. Es fácil decir: “Yo hablo español”. Pero si usted habla español, usted habla español… o el español habla a través de usted. Porque cuando usted nació, las estructuras sintácticas y los modos de razonar y de comprender estaban hechos ya. Usted habla español o el español habla a través de usted.
Entonces se da cuenta de las razones profundas por las que don Pedro Henríquez Ureña se ocupa del tema de la lengua. Porque la lengua es donadora de identidad, la lengua es donadora de mentalidades. Y nuestra voluntad se nutre de lo que creemos. ¿Y en qué cree la población? La población cree en lo que le mandan a creer. Y la población cree en lo que le repiten muchas veces.
La población de antes creía en el refranero y en los cuentos populares. Hoy ya no se usan refranes, ya no se cuentan los cuentos de Juanito o de Pedro Animales; todo eso ha desaparecido. Ahora tenemos otros relatos, que son promovidos, que son pagados. Y tenemos personeros repitiendo hasta el cansancio que nosotros somos un pueblo africano y que nosotros somos un pueblo de acomplejados, que no nos aceptamos a nosotros mismos.
Ahora, yo les quiero decir a ustedes: ¿y nuestra lengua de dónde viene? ¿Viene del Congo?, ¿viene de Etiopía?, que no tendría nada de malo. Pero ¿se deriva la lengua que hablamos del suajili o del bantú, o se deriva del latín, que es una lengua mediterránea, que significó muchísimo con el griego, pero que luego, con la dispersión del final del Imperio romano, dio origen a las lenguas romances: el rumano, el italiano, el francés, bueno, y el español?
Yo no tengo por qué pelearme con esa realidad. Yo hablo castellano, o el castellano habla a través de mí. Esa es mi lengua.
¿Por qué tengo que empeñarme en poner a los niños desde siete, cinco años a aprender otra lengua? ¿Para qué? Ah, no, porque el que no sabe una segunda lengua es considerado prácticamente analfabeto. Entonces, ¿usted me va a medir mi analfabetismo en otra lengua? Pues yo les tengo que decir que yo estudié francés e inglés de manera formal y soy analfabeto en esas lenguas; no así en español. Porque el inglés y el francés que yo aprendí, yo pensé que me iban a dar para leer a Racine o a Corneille, y no es verdad. No me da. Como no me da para leer a William Shakespeare el inglés que yo aprendí, no me da, salvo con muchísima dificultad y siempre que sean versiones actuales.
El analfabetismo de un pueblo se mide en su lengua natal, nativa, materna. Nuestro primer deber es cultivar nuestra lengua, dominar en la medida de lo posible ese instrumento maravilloso que es, a la vez, resultado y causa de mi mentalidad, de mi manera de pensar, de mi voluntad, de mi modo de ser como persona.
Nuestra religión. Está mal visto hablar de religión hoy. Pues bien, la religión es uno de los componentes de la identidad, ¿o no tiene que ver con el modo de comportarse un pueblo y una persona? Aquello en lo que cree. ¿No es la religión forjadora de conductas y, después, de ideas? ¿Y de dónde provienen los patrones morales de la gente común? ¿Acaso tenemos escuelas morales firmes? Si aquí hubo un momento en que, además de la filosofía, hasta la educación en moral y cívica la quitaron de las escuelas, díganme a ver.
¿Y nuestra religión? Yo quisiera preguntarles a ustedes: ¿nuestra religión proviene de Australia, o de los indios ranqueles, o de los…? No. Nuestra religión proviene, igual que nuestro idioma, del Mediterráneo. Jesús fue un predicador; él predicó en el desierto. Pero eso se iba a quedar como nada. ¿Saben cuándo nuestra religión se difunde? Cuando la asume un romano llamado Pablo y comienza a peregrinar y a mandar cartas por todas esas islas. Y luego, hasta se arrepiente o la asume —por conveniencia— Constantino I, y por eso la religión cristiana se convierte en la religión del Imperio. Y a través de ese Imperio romano, cuando se desgaja, llega a América.
Ahora bien, ¿quiere decir que estuvo bien que masacraran a los aborígenes de aquí, de Santo Domingo? No, no. Por cierto. Ahora, ¿y por qué tengo yo que instalar esa guerra en mi corazón? ¿Yo qué tuve que ver? ¿Yo qué tuve que ver con la muerte de los aborígenes? Pero nos quieren poner a pelearnos con lo que somos, con nuestra cultura, con nuestros orígenes, con las clavijas básicas de nuestra mentalidad, para que nunca demos bien con nosotros mismos. Y eso no es casual.
Hay un principio que está clarísimo en El príncipe de Nicolás Maquiavelo, que dice: divide et impera. Logra desencajar a una persona, desencaja a un pueblo; invéntale problemas artificiales para que se dividan. Divide su alma, sepárale su alma, de manera que él mismo no se entienda consigo. Lo tendrás en tus manos. Eso es Maquiavelo, ABC, que es un gran filósofo de lo político y un gran psicólogo de las masas. El que quiera saber cómo se comportan las masas, que se pregunte qué pensaban quienes han leído a Maquiavelo.
Y bueno, nuestros hábitos alimenticios, nuestro carnaval… todo eso nos quieren decir que viene de África. Pues no, jóvenes: eso viene de Europa. En Roma se hacían carnavales. En Roma, en tiempos de Nerón, el mismo Nerón desfilaba en una carreta, porque Nerón tenía el complejo de que él se creía artista, y él incluso participaba en los festivales cantando, porque era un loco redondo, y bien redondo. Ya ustedes saben lo que dice Plutarco de él: circulaba el rumor de que era el marido de todas las romanas y la esposa de todos los romanos, con perdón.
Pues bien, hablemos un poquito de la Magna Patria, y casi estamos concluyendo. Dice don Pedro Henríquez Ureña: la unidad de su historia, la unidad de propósitos en la vida política y en la intelectual hacen de nuestra América una entidad. Unidad de la historia, unidad de propósitos en la vida política, unidad en la vida intelectual hacen de nuestra América —ya saben qué es América, que comienza en el Río Bravo o comienza en Tierra del Fuego, al sur de las islas Malvinas, y llega hasta el Río Bravo, al norte de México— hacen de nuestra América una entidad, una Magna Patria, una agrupación de pueblos destinados a unirse cada día más y más.
La desunión es el desastre. Pasaría en América lo que pasa si nosotros fuésemos una mancomunidad iberoamericana de naciones, si pasáramos del gesto a la acción. Porque eso de la Secretaría General y de las cumbres iberoamericanas, esos son gestos. ¿Dónde están los pasos concretos para crear la unidad iberoamericana? ¿No seríamos más fuertes? ¿A los dominicanos se producirían tantas invasiones y tantas inmiscuciones y tantas órdenes a nuestros funcionarios electos de “haz esto”, “no hagas aquello”, “para aquello ya no te quiero a ti”, “sabes qué, ahora yo quiero poner otro”? “No, no me pongas en el Ministerio de Relaciones Exteriores a Sutano, ponme a Fulano, que es de los míos”.
Todo esto pasa ante nuestros ojos. Si hubiéramos dado a luz a la Magna Patria, seríamos un país fuerte, como quería José Núñez de Cáceres, como ha querido Pedro Henríquez Ureña, como lo soñó Eugenio María de Hostos, como lo soñó Ramón Emeterio Betances, Gregorio Luperón, José Martí, José Enrique Rodó.
Ese sueño está intacto. Está intacto. Pero necesita brazos, necesita de la gente joven que se comprometa con el ideal, no con lo inmediato, no con el reclamo de la bestia que muere en mí, que me dice a mí mismo —pero yo no me atrevo a decirlo—: “ser está de moda, ser está de moda”, “ese perro está de moda, ese perro…”.
Pues no, pues no. O sea, nos quieren conducir de vuelta, que renunciemos al sueño, que renunciemos a las posibilidades de un mundo mejor para nosotros, para ustedes y para su descendencia. ¿Por qué no se han preguntado por qué, como el apellido de Marileidy Paulino, no le han dado primera plana a ocho columnas en The New York Times? ¿Y por qué a toquillas y eso? ¿Es casual? ¿No le estarán planteando un modelo a ustedes, jóvenes, a seguir? ¿Tiene eso que ver con el sueño o con el reclamo del instinto que está en nosotros?
Pues frente a eso, don Pedro Henríquez Ureña dice: no; la cultura, el cultivo de la sensibilidad y de los bienes del espíritu. Entonces es un pensamiento vivo, no es un pensamiento moribundo o esclerotizado para descansar en los anaqueles de las bibliotecas.
Y ya casi concluyendo, dice don Pedro más adelante —lo voy a leer rapidito—: ¿y cómo se concilia esta utopía, destinada a favorecer la definitiva aparición del hombre universal, con el nacionalismo? ¿Cómo favorecer el advenimiento de un hombre universal, de un ser humano universal con conciencia total, con una persona que a la vez tenga pasión por lo suyo, por su tierra, por su gente, por sus costumbres, por sus usos? ¿Cómo conciliar eso? Porque ahora no lo pueden conciliar. Los cosmopolitas de ahora entienden que para ser cosmopolita hay que renunciar a la patria, hay que renunciar a la nación.
Ajá. ¿Y si nosotros renunciamos a este muñón de tierra que tenemos, para dónde vamos? ¿Si lo regalamos y lo dejamos que lo tomen ante nuestros ojos, con la irresponsabilidad o la connivencia de nuestros gobiernos? ¿Y entonces nosotros? ¿Y por qué Juan Pablo Duarte pudo pensar, desde la distancia de 1836, en mí, y yo no puedo pensar ni siquiera en mis nietos, porque yo lo que quiero es disfrutar el aquí y el ahora? Por eso, si tengo la oportunidad de robar, me robo lo que sea, porque la vida se acaba ahorita. Lo que mi padre duró para comprar un carro, a lo mejor veinte años, yo lo quiero tener ya; cuando me gradúe, en seis meses, yo quiero tener un Camaro, un Sapodo, ya, porque la vida se acaba.
Pues no. La vida no se acaba. No somos eternos, es verdad, pero tenemos toda la vida por delante, sobre todo cuando se es joven, como ustedes. Cuando ustedes hayan cumplido tres veces la edad que tienen, tendrán mi edad, y ya me estoy para morirme. Me sobra fe, tengo esperanza y energía también. Así que, ¿por qué usted tiene que apurar la vida?, ¿por qué tiene que apurar el trago y beberse toda la vida de un solo sorbo? ¿Por qué?
Pues bien, ¿cómo conciliar lo particular y lo general?, ¿cómo se concilia esta utopía destinada a favorecer la definitiva aparición del hombre universal con el nacionalismo? No es difícil la conciliación, dice don Pedro. Antes al contrario, es natural. El hombre universal con que soñamos, al que aspira nuestra América, no será desgastado. O sea, no será una persona sin casta. No será desgastado. Sabrá gustar de todo, apreciar todos los matices, pero será de su tierra. Será de su tierra. Usted no tiene otra tierra. Ninguna. Ninguna otra parte.
Eso es lo que se llama patria. La patria es la tierra donde yacen nuestros padres, donde han sido enterrados nuestros mayores. Eso es lo que se llama patria. Dondequiera que usted vaya, se llevará las capas del vencido, del escapado. Y cuando oiga un merengue, escuche el himno, alguna lágrima se asomará a su rostro o a su alma. Estar fuera de casa es de lo más doloroso y triste que hay, aunque tengas de todo.
No será desgastado. Sabrá gustar de todo, apreciar todos los matices, pero será de su tierra. Su tierra, y no la ajena, le dará el gusto intenso de los sabores nativos. Y esa será su mejor preparación para gustar de todo lo que tenga sabor genuino, carácter propio. La universalidad no es el desgastamiento.
En el mundo de la utopía no deberán desaparecer las diferencias de carácter que nacen del clima, de la lengua, de las tradiciones. Pero todas estas diferencias, en vez de significar división y discordancia, deberán combinarse como matices diversos de la unidad humana. Nunca la uniformidad ideal de imperialismos estériles. Sí, la unidad como armonía de las múltiples voces de los pueblos.
Que nuestra América se aproxime a la creación del hombre universal por cuyos labios hable libremente el espíritu. En la Universidad Nacional Autónoma de México, en el frontispicio, está esa frase: Por mi raza hablará el espíritu. Que nuestra América se aproxime a la creación del hombre universal por cuyos labios hable libremente el espíritu: libre de estorbos, libre de prejuicios.
Que toda América y cada región de América conserve y perfeccione todas sus actividades de carácter original. No tenemos por qué renunciar a lo nuestro, a nuestras costumbres, a nuestros sancochos, al chacá, a nuestro carnaval. Podemos también gustar de Salvador Dalí, de José Enrique Rodó, de la Escuela de Frankfurt, y seguir siendo dominicanos.
Finalmente, dos cosas. ¿Hay algún peligro?, ¿hay algún peligro en que emprendamos esta labor de nobleza sin parar? Don Pedro Henríquez Ureña dice que sí, que hay peligro. Y ese peligro —dice don Pedro— es la barbarie. Dice él: en cada una de nuestras crisis de civilización es el espíritu el que nos ha salvado. ¿Oyeron? El espíritu, no el culto del cuerpo ni de las bajas pasiones. Es el espíritu quien nos ha salvado, luchando contra elementos en apariencia más poderosos: el espíritu solo, y no la fuerza militar o el poder económico.
Cualquier parecido con la realidad… porque eso es lo que se exhibe ahora: mucho poder económico, mucho culto al cuerpo, mucho poder militar. Pero la advertencia es terrible, creo, para los dominicanos, porque ciertamente don Pedro siempre llevó en paralelo esa preocupación metafísica por el pueblo americano y por los dominicanos.
Más adelante dice: si el espíritu ha triunfado en nuestra América sobre la barbarie interior, no cabe temer que los rinda la barbarie de afuera. Nosotros tenemos gente que nos acecha, que está atenta para tomar esto, y lo peor de todo es que es con la connivencia de muchos dominicanos, que no se dan cuenta o que están pagados.
Las fortalezas, para tomar una fortaleza y tomarla sin dañar las instalaciones —porque luego esa fortaleza sirve para otra guerra, igual que los ejércitos capturados—… Winston Churchill quería usar muchos de los soldados alemanes capturados para luego invadir con una legión de diez o doce millones a Rusia y seguir la guerra. Pues las fortalezas se toman desde dentro y no se dañan. ¿Cómo se toman? Con quintas columnas, convenciendo a los que están dentro de que lo mejor es que cedan y se vayan o colaboren con el enemigo.
Pues nuestro país puede estar siendo tomado desde dentro: con mucha opinión irresponsable, con muchos políticos que están allí por la obra y gracia de Dios, pero que no tienen conciencia del proceso histórico; por muchos académicos que creen que lo que importa es llegar a tiempo a la hora y nada más; por muchos dominicanos que votan de manera irresponsable por quien aparece con la mejor sonrisa. Probablemente nuestras posibilidades de pervivencia como nación están siendo puestas a prueba ahora.
¿Y nosotros qué? Y ahora sí, ya encontré el camino para terminar. ¿Y nosotros qué? ¿Permanecemos inmóviles, como caravana sobre la tierra? ¿Esperamos que se derrumbe el techo, y luego la pared, y luego vamos a llorar: “mira lo que ha pasado”? ¿Y usted dónde estaba?
¿Acaso es todo esto ilusorio, jóvenes, colegas, profesores? Don Pedro, don Pedro; profesor Camaño, don Rafael, señor director: ¿estamos haciendo nosotros lo que tenemos que hacer o cualquier cosa? Es decir, ¿la serie de nuestros actos es una serie racional o arbitraria? ¿Damos like a cualquier cosa porque lo publicó el influencer tal? ¿Compartimos sin leer lo que estamos compartiendo? ¿Nos preguntamos por el fundamento de lo que se dice antes de pasar a repetirlo?
Pues para todo eso sirve la filosofía. Y muy especialmente para eso sirve Pedro Henríquez Ureña en este tiempo, a esta hora y en este espacio. ¿Es acaso esto un entramado de sueños, un castillo de naipes, un castillo de arena?
Don Pedro toma la palabra y nos dice: no es una ilusión la utopía, sino el creer que los ideales se realizan sobre la tierra sin esfuerzo y sin sacrificio. Hay que trabajar. Nuestro ideal no será la obra de uno, o dos, o tres hombres de genio, sino de la cooperación sostenida, llena de fe, de muchos, innumerables hombres y mujeres modestos. De entre ellos surgirán, cuando los tiempos estén maduros para la acción decisiva, los espíritus directores. Si la fortuna nos es propicia, sabremos descubrir en ellos los capitanes y timoneles, y echaremos al mar las naves.
Entretanto, hay que trabajar con fe, con esperanza, todos los días.
Amigos míos, a trabajar.
El porvenir nos respeta.
Gracias.




