Pedro Abreu, Catedra Extracurricular Pedro Henriquez Ureña

Prof. Pedro Abreu, Catedra Extracurricular Pedro Henríquez Ureña de la Escuela de Filosofía -UASD

Comenzaré con los estudiantes, no con los distinguidos miembros de la mesa principal, y lo haré dándoles una cálida bienvenida a todos a este banquete preparado por la Escuela de Filosofía y la Cátedra Extracurricular Pedro Henríquez Ureña. 

Hoy tenemos entre nosotros a alguien que reúne todas las condiciones del filósofo: me refiero a Alejandro Arvelo. Les pido que presten atención cuando llegue su turno. Por mi parte, sólo deseo que me escuchen al comienzo de esta reflexión.

Esta mañana, mientras buscaba al Maestro Benito Antonio -no solo maestro de ceremonias, sino un maestro ejemplar en su vida- me topé con un acto que se celebraba con motivo del 28 de abril. Al oír el discurso pronunciado por el Maestro Roberto Marte, tuve que modificar la introducción a mi perfil de Pedro Henríquez Ureña.

El Maestro Roberto, con maestría didáctica, estableció la diferencia entre la primera intervención norteamericana de 1916, en la que el pueblo dominicano no protestó, y la segunda intervención de 1965, donde un pueblo consciente de su libertad, de sus valores históricos y de su identidad propia, reaccionó frente a la gran potencia. Fue una lucha de David contra Goliat en la que quedamos a la par.

Al oír a Roberto, pensé que debíamos comenzar con tres reflexiones: 

La primera, socrática: «Conócete a ti mismo», y luego podrás conocer todo lo demás. 

La segunda, de orden moral, ontológico y práctico: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres», como lo plantean los evangelios.

La tercera, ya lo había dicho Pedro Henríquez Ureña, y por eso es tan importante esta conferencia que Alejandro Arvelo impartirá en el marco de este 28 de abril. Don Pedro dijo: «Solo la cultura salva a los pueblos». Si solo hubiera planteado eso, ya habría sido trascendente.

Por eso, jóvenes, preocupémonos por nuestra formación, por nuestro conocimiento, por conocer la verdad, para tener un criterio claro de lo que defendemos. Mientras defendamos la verdad, no necesitaremos la mayoría. Estaremos en la barra del honor, defendiendo la verdad, que debería ser parte de nuestra vida y práctica.

Pero nunca olvidemos lo que Henríquez Ureña dijo: «Solo la cultura salva a los pueblos». La cultura dominicana que ya teníamos para abril del ’65 nos hizo rebelarnos y convertir una invasión en una guerra patria que unió a todo el pueblo dominicano.

Porque ya poseíamos conciencia como dominicanos, poseíamos la cultura dominicana que salva a los pueblos, como lo decía este gran hombre, Pedro Henríquez Ureña, de quien vamos a hablar en breve. Solo esbozaré un perfil de este Pedro Henríquez Ureña, el más universal de todos los intelectuales dominicanos, el más conocido en el mundo académico, el más citado por todos los investigadores, y al mismo tiempo, el más desconocido entre los dominicanos.

Nos proponemos celebrar la grandeza de Pedro Henríquez Ureña como el más reconocido, el más universal, el más trascendente. Pero para hacerlo, debemos desentrañar el enigma de la ignorancia sobre él, para que en nuestro país cada uno conozca a Pedro Henríquez Ureña. Sobre esa base, construyamos nuestra identidad y recordemos siempre: «Solo la cultura salva a los pueblos».

Estamos hablando de este ilustre dominicano sobre quien Jorge Luis Borges dijo: «No hay nada que Pedro no haya leído, de todo sabe y puede hablar con profundidad de las cosas más sencillas y con sencillez de las cosas más profundas». Parece haber comprendido muy bien a Ortega cuando este último dijo que la sencillez es la cortesía del filósofo. En esto, Don Pedro fue discípulo de Ortega.

Ernesto Sábato, mientras dictaba una conferencia en Argentina dedicada a Don Pedro Henríquez Ureña, llegó a afirmar, y con esta cita concluyó su conferencia: «La erudición era parte sustancial de su esencia».

Pedro Henríquez Ureña, que nace en Santo Domingo de Guzmán el 29 de junio de 1884, surge en el seno de una familia de intelectuales, en el centro de la aristocracia intelectual del momento en República Dominicana. Hijo de Salomé Ureña, poeta por excelencia, y de Francisco Enríquez y Carvajal, médico, abogado, filósofo, periodista, escritor y expresidente de la República.

A propósito de lo que Don Roberto ha hablado sobre la primera intervención norteamericana de 1916, Francisco Enríquez y Carvajal, padre de Pedro Henríquez Ureña, era el presidente de la República Dominicana en 1916, cuando se produce la invasión norteamericana. Roberto mencionó cómo los americanos tomaron todas las aduanas del país, pero cuando los norteamericanos se reúnen con Francisco Enríquez y Carvajal, este último se niega a las tres peticiones que le hacen: que se declare a favor de la invasión, que entregue la Bahía de Samaná y que le entregue a Desiderio Arias. Enríquez y Carvajal respondió que no se podían traicionar a los amigos, ni enajenar un territorio que es nuestro, ni apoyar una invasión.

A esa gente, a quienes usted dice que no se les puede decir que no, a quienes aseguran que pueden derrocarme, les respondí de una manera clara y rotunda. Francisco Enríquez y Carvajal, como Luisa Navarro narra en una de sus obras, afirmó ante esos asesores: «La dignidad no se hipoteca. Prefiero no ser presidente y vivir con dignidad a ser presidente y tener que vivir sin ella». Días después, Enríquez y Carvajal fue destituido de la presidencia de la república, pero continuó viviendo con dignidad.

Quizás me estoy desviando un poco del guión, pero quiero recalcar la importancia de que todos ustedes participen en este banquete intelectual que Alejandro tiene preparado para nosotros.

Pedro Henríquez Ureña, desde muy temprana edad, demostró su gran talento y precocidad. Apenas a los ocho años ya había leído los clásicos de la literatura universal. 

Volviendo a Pedro, quizás tenía tres o cuatro años cuando Salomé descubrió el talento que poseía su hijo. Esta revelación dio origen a un poema que va más allá de la simple poesía, es un pronóstico, tal vez una profecía que superó lo que Salomé esperaba de él. Sonia no solo recitó, sino que interpretó este poema porque lo vive con intensidad.

Déjenme añadir un dato interesante antes de adentrarnos en la etapa estadounidense de Don Pedro. Se graduó a los 16 años, lo cual puede parecer inusual, pero no lo es tanto si consideramos que creció en un ambiente intelectual y que la cultura se impregna por ósmosis. Disfrutó de un núcleo social aristocrático que incluía a Salomé, Francisco Henríquez, Don Federico Henríquez y Carvajal. Balaguer en la historia de la literatura dominicana, expresa que era la representación viva de la fortaleza intelectual y de una moral poco común entre los mortales. Max Henríquez era una estrella. Eugenio María de Hostos, sin dudas, una figura respetada, incluso jugó con Pedro cuando era un niño, ya que Hostos llegó en 1875 y Pedro nació en 1884.

En la Universidad de Minnesota, obtuvo todos los méritos académicos posibles y realizó una tesis doctoral que sirvió como referencia para los investigadores de la época. Su trabajo sobre la verificación irregular del castellano fue tan impactante que la misma universidad decidió publicarla para que sirviera como modelo y material de consulta.

Su distinguida vida académica en Minnesota y sus logros como estudiante le otorgaron un prestigio considerable. Para comprender la importancia de su tesis doctoral, el autor Alfredo Roggiano escribió un libro titulado «Huellas de Pedro Henríquez Ureña en los Estados Unidos». De acuerdo con Roggiano, gracias al bien merecido prestigio de Don Pedro, las puertas de las universidades estadounidenses, especialmente la de Minnesota, se abrieron gradualmente para las personas de color.

Pedro, a menudo presentado como un hombre de tez clara, era en realidad mulato. Sus contribuciones permitieron a las personas de color, tanto estudiantes como profesores de América hispánica, adentrarse en estas instituciones académicas. Todas sus obras, al igual que su tesis doctoral, son profundamente reflexivas, de alto rigor científico y también poseen un alto nivel estético. Un ejemplo de ello es su obra «Seis ensayos en busca de nuestra expresión», en la que comienza a esbozar el mapa lingüístico en la República Dominicana.

Además de esta obra, escribió la «Historia de la Cultura de la América Hispánica», «Observaciones del Español en América», «Las Corrientes Literarias en América Hispánica», «La Utopía de América», entre otras. En particular, «Las Corrientes Literarias en América Hispánica» es una obra fascinante que surgió en un contexto en el que a Don Pedro lo invitaron a dar un curso en español en la Universidad de Harvard.

Este mulato, hijo de un país que casi no se conocía en el año 1900, fue el primer hispanoparlante en ocupar la Cátedra Helio Horton en la Universidad de Harvard en los Estados Unidos. Don Pedro dirigió esta cátedra, la cual más tarde sería ocupada por figuras destacadas como Albert Einstein,  Gilbert Murria y Igor Stravinsky. Sin embargo, es importante destacar que Einstein ocupó la Cátedra Helio Horton después de Don Pedro Henríquez Ureña.

Hablando de Don Pedro, es importante mencionar que su legado ha merecido el reconocimiento de grandes intelectuales y de muchas personas que han escrito obras completas sobre él. Jorge Luis Borges lo describió como «un devorador de libros», con una memoria prodigiosa y con un talento particular para hacer que incluso las cosas cotidianas adquieran grandeza cuando son tocadas por su pluma.

Enrique Anderson Imbert, un nombre familiar para todos aquellos que estamos inmersos en el mundo de las letras. Aunque soy un profesor de filosofía, reconozco y aprecio su contribución al mundo literario. Personajes como Xiomara, Giovanni y Sonia saben perfectamente quién fue Enrique Anderson Imbert. En relación a Pedro Henríquez Ureña, Anderson hizo una comparación implícita con Sócrates, señalando su pasión por la utopía y su amor por la perfección. Pero lo más importante es que destacó su fervor por el refinamiento interno del intelecto. Lo describió como un escultor de la conciencia. Qué grande fue Don Pedro.

Ahora, este hombre que vivió en México de 1906 a 1914, dejó una impronta en el país que merece mención. Pero para seguir la línea de la historia, volaremos hacia la República Dominicana, donde terminó su periplo. No puedo extenderme más, así que permítanme un breve recorrido por su vida allí.

Cuando Pedro Henríquez Ureña llegó a Santo Domingo, atraído y seducido por su hermano Max, fue recibido con todos los honores el martes 15 de diciembre de 1931. Estudiantes, profesores, autoridades universitarias y de la ciudad, todos le dieron la bienvenida, incluyendo al rector. En ese acto, había presentes cinco Secretarios de Estado. Fue escoltado desde el puerto de Santo Domingo hasta la universidad, y aunque la distancia no era grande, la multitud que lo aplaudía era inmensa. Los elogios y aplausos estallaron en su honor.

Ramón Emilio Jiménez, un ministro de la época, pronunció palabras emotivas, diciendo: «Solo una mente como la de Trujillo pudo traer a su país una gloria de tal estirpe». Sin embargo, no deseo profundizar más en este tema.

Es importante mencionar que en 1932, Don Pedro se convirtió en el Secretario de Estado de Educación, un cargo similar al de Ministro de Educación en la actualidad. En ese ministerio, realizó contribuciones extraordinarias. Lo primero que hizo fue cambiar el currículum y eliminar los exámenes de admisión para la universidad. Argumentó que estos exámenes eran una trampa utilizada para cerrar la puerta a los opositores del régimen y abrirla a los seguidores de Trujillo. En su opinión, estos exámenes de admisión estaban siendo manipulados, una práctica que, tristemente, sigue ocurriendo en nuestros días, quizás más que nunca, como diría Eulogio Silverio. 

Es importante destacar la diferencia entre la Universidad de Santo Domingo de aquel entonces y la Universidad Autónoma de hoy. En ese momento, la universidad no contaba con una Facultad de Humanidades ni de Educación, entre otras. Don Pedro fue el creador de la Facultad de Filosofía. Cuando tuvo que justificar la existencia de dicha facultad ante sus superiores, Don Pedro argumentó que una universidad sin una Facultad de Filosofía es como un cuerpo con cabeza pero sin cerebro. Por eso, mis felicitaciones a los filósofos, y por qué no, al jefe de la escuela.

Hoy en día, esta Facultad de Filosofía se ha convertido en la Facultad de Humanidades, con todas sus escuelas. En 1933, partió del país de manera silenciosa, precedido por su esposa. Decidió dejar la nación para no comprometer su nombre con una dictadura que, intuyó, estaba emergiendo.

Como verán, Pedro Henríquez Ureña fue un ciudadano del mundo, tal como lo describe Andrés L. Mateo en su obra «Herencia y Creación». Ureña viajó por el mundo diseminando semillas de conocimiento. La última parte de su vida la pasó en Argentina.

En Argentina, el 11 de mayo de 1946, la muerte vino a visitarlo. Lo hizo justo cuando había caminado 16 cuadras para llegar a la estación de tren que lo llevaría a la Universidad de La Plata. En ese momento, sufrió un ataque cardíaco que, más que terminar con su vida, lo llevó a la inmortalidad. Porque, como todos sabemos, hombres como Pedro Henríquez Ureña no mueren mientras la gente los recuerde. La muerte solo suma vida a personas como él.

Para concluir, quiero destacar la importancia de la labor docente. Las universidades gradúan a muchas personas, pero solo unos pocos son de gran calidad. Sin embargo, mientras estemos graduando gente con calidad, hay esperanza. Tenemos aquí tres con honores magna cum laude y uno summa cum laude; esto da esperanza a nuestro país.

Don Pedro pasó mucho tiempo en Argentina, incluso después de su muerte. El domingo 26 de octubre de 1980 sus restos fueron trasladados desde Argentina a la República Dominicana por disposición del presidente Antonio Guzmán, quien estaba en el poder en esa época.

Como ocurre en muchos casos, el traslado de los restos de Pedro Henríquez Ureña generó controversia entre la Iglesia, el pueblo y el gobierno dominicano. Lo mismo ocurrió con los restos de Eugenio María de Hostos, cuyo traslado provocó tantos problemas que casi desencadenó un divorcio entre la Iglesia y el Estado. Para aliviar la situación, se realizó una campaña de promoción de la educación. Recuerdo que en aquel entonces, Doña Ivelisse Prats de Pérez, quien era Ministra de Educación, creó un anuncio que decía: «Cuando Dios habló a Moisés, se lo dejó por escrito». 

Hoy en día, los restos de Pedro Henríquez Ureña descansan en el Panteón Nacional de los Héroes de la Patria, junto a los de Salomé. 

Todos los que conocen el Panteón Nacional saben que los restos de Salomé están al lado de los de Pedro Henríquez Ureña uno al lado del otro.

Me enseñaron que la historia se escribe con hechos. Si estos son los hechos, entonces vamos a construir la historia y a difundir a Don Pedro Henríquez Ureña por la trascendencia, vigencia y actualidad de su pensamiento. 

Muchas gracias y buenos días.

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