Martín Astacio Frías

Seminarista, filósofo, académico

Martin Astacio Frías nació en 1967, en el poblado de Campo Dulce, San Francisco de Macorís, al nordeste de la República Dominicana. 

De origen humilde, vivió en diferentes barrios marginados de la parte alta de la capital dominicana, como Capotillo y La Zurza y realizó varios trabajos para superarse y  alcanzar sus metas y objetivos.

Sus padres, devotos, catequistas, de arraigada fe católica, contrajeron nupcias muy jóvenes, legando a sus nueve hijos un amor inconmensurable por las buenas costumbres y los preceptos cristianos.

Martín, segundo hijo del matrimonio Astacio Frías, pasó sus primeros años en San Francisco de Macorís, con una tía, y ese fue su primer alejamiento de la familia nuclear, entre los 5 y 6 años. Estudió sus primeros cursos de primaria en el colegio Santa Rosa de Lima. Después, de manera algo volátil, asistió a la escuela España y al centro juvenil Flor de la Juventud, donde completó los estudios hasta el octavo grado.

Seminarios. El mayor de sus hermanos, Gregorio, sacerdote, lo inició e ingresó, a los 16 años, al seminario menor en 1984, ambos matriculados en 1987, para iniciar estudios de filosofía. En el seminario menor, fue recibido por el Padre Pedro Guzmán y el Padre Cisto Quesada. Allí participó en procesos vocacionales y reuniones aspirantes, lo que fue facilitado por su trabajo doméstico. El Padre Quesada sugería que, como seminaristas, tenían que acostumbrarse a un horario, ya que en el seminario todo es programado, lo que se le hizo fácil al joven Martin, pues había comenzado su vida laboral apenas a los 12 años.

Durante su estancia en el seminario menor, asistió a clases en el centro especializado de enseñanza. Viajaba diariamente desde el seminario, manteniendo una rutina que incluía ejercicios, lecturas y se alternaban semanas de vacaciones con visitas familiares, entre otras actividades.

Luego, en el seminario mayor, su formación se extendió desde 1987 hasta 1993, en el que se graduó. Cursó cuatro años de filosofía (tres en el seminario menor y uno en estudios prefilosóficos) y un año más de experiencia práctica en el ingenio Quisqueya, motivado por consideraciones sobre su inclinación mística y la necesidad de «aterrizar». Posteriormente, inició el primer año de teología en el seminario mayor, acumulando en total ocho años de formación seminarista, aunque no prosiguió al segundo año de teología.

La apertura y el apoyo que recibió en el seminario mayor fueron cruciales para su desarrollo. La mayoría del equipo docente estaba conformado por jesuitas doctores, tales como, Jesús Hernández, Mateo Andrés y Benavides, los cuales nutrieron su formación académica y espiritual. A raíz de esto, fue invitado por el Padre Hernández, quien además era su asesor de tesis, a impartir clases en el seminario. Durante el año que pasó en el ingenio Quisqueya se dedicó a reflexionar y a estructurar sus pensamientos, obteniendo como resultado la elaboración de dos trabajos que le dieron la oportunidad no solo de pasar a la enseñanza, sino de alcanzar un punto de inflexión en su carrera, una suerte de doctorado simbólico otorgado por la autoridad y el prestigio de Hernández. 

No mucho después, ya estaba enseñando fuera del seminario, en la pastoral universitaria y en  un colegio. A pesar de que inicialmente le asignaron español e historia, más introductorias que filosóficas, pudo prepararse para enseñar a los seminaristas. Este salto marcó el comienzo de una trayectoria avalada por el reconocimiento y la resonancia positiva de quienes han seguido su carrera, muy  enriquecida por los sacerdotes.

Su paso del seminario menor al mayor coincidió con una etapa de intensa búsqueda de perfeccionamiento, impulsada por el deseo de vivir según los valores del seminario y una decidida inclinación hacia el sacerdocio y la santidad. El seminario enfatizaba cuatro áreas de desarrollo: académica, humana, espiritual y pastoral. Aunque en aquel momento la dimensión pastoral era la que menos atención recibía por considerarse parte de una misión futura. Se concentró con diligencia en las otras tres, organizando su tiempo de manera rigurosa. Esta autodisciplina no era una respuesta a exigencias externas, sino un entrenamiento personal tras la excelencia, dedicación que, sin embargo, a veces entraba en conflicto con las normativas del seminario, que parecían chocar con su estructura personal.

Este proceso de perfeccionamiento, aunado al esfuerzo por adherirse a los valores del  seminario, lo enfrentó inevitablemente a los desafíos propios de la adolescencia y las presiones y tentaciones del entorno, despertando encuentros con sus propios sentimientos y turbulencias internas, convirtiéndose, al final, en el principal antagonista de él mismo; es decir, el caos emocional interno. Esta lucha generó en el novel filósofo una situación de gran angustia, dado que su batalla era, en esencia, contra sí mismo.

Influencias. Se considera dignamente influenciado por el Padre Mateo Andrés, quien le enseñó a navegar a través de sus conflictos emocionales, a descifrar y a aceptar su propia situación vital, tal y como la percibía. Las lecciones aprendidas sobre cómo convivir consigo mismo y reconocer la bondad inherente de su esencia humana, entendiendo que la clave no reside en el desprecio hacia uno mismo, sino en el reconocimiento y la valoración de esa bondad subyacente.

Con este recurso vital, aprendió que despreciar un sentimiento equivale a despreciar nuestra propia existencia; por lo tanto, alcanzar la armonía interna bajo el principio de aceptación y amor propio es fundamental para vivir en paz con uno mismo y estar en condiciones de ofrecerse y entregarse a los demás.

Además del Padre Mateo Andrés, tuvo la fortuna de encontrarse con otros educadores que desde etapas muy tempranas sembraron en él la semilla de su hechura filosófica, espiritual y pedagógica, entre los que figuran: Antonio Vólquez, Ciro, Luís Guichard, Amadeo Pedrosa, Hermes Amaya y Sor Leonor, quien lo inició en la lectura. 

Así como al Padre Alonso y la exdirectora de la Escuela de Filosofía de la Universidad Católica Santo Domingo, Nuvia Ramos, quien motivada por la calidad de su tesis lo invitó a impartir clases en esa casa de estudios, creando a partir de allí los cimientos para una sólida carrera, altamente valorada por los estudiantes de la Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde actualmente se desempeña como docente.   

Intereses. Como académico, sigue reflejando interés investigativo por una diversidad de corrientes filosóficas: el escepticismo y el psicologismo en la obra de David Hume, pero a partir de una óptica más realista, menos empírica, sobre todo, examinada a través del prisma de la tradición tomista y aristotélica. Texto, de carácter inédito, presentado como tesis en el seminario y prologado por el Padre Jesús Hernández en 1992.  

Asimismo, acuña valor a la filosofía antigua, los presocráticos, la filosofía medieval y de Aristóteles, con particular énfasis en conceptos complejos como las causas aristotélicas, las que escudriña y profundiza continuamente mediante la obra de los jónicos, como Tales, Anaximandro, los pluralistas y los áticos.  

De la mano del doctor Ursúa, a nivel doctoral, afina los enfoques hacia una perspectiva aristotélica del conocimiento, sumergiéndose en Platón, la metafísica y los análisis de Jaeger.

Tampoco deja de lado, aunque con cierto aire confrontativo, la filosofía contemporánea, postulada por pensadores como Nietzsche y Freud, pues siempre le ha parecido un desafío defender y mantener una concepción teísta de la naturaleza frente a andamiajes teóricos que niegan la causalidad divina en el mundo natural.   

De igual forma, muestra en sus rutinas de investigación marcadas orientaciones tomistas y agustinianas, que desde el seminario jugaron un papel crucial en la consolidación de sus preferencias filosóficas, rindiéndose ante la filosofía eclesiástica, que le ha servido no solo para asentar los pilares de su formación académica y teológica, sino para recurrir deliberadamente a documentos y textos que han solidificado su esencia, como las obras de Guillermo Fraile y Hiberger, entre otros tomistas y, las de Reale y Antiseri, evidenciado un compromiso innegable con la exploración, el aprendizaje y la enseñanza de la filosofía desde una narrativa crítica y reflexiva.