Dr. Alejandro Arvelo

–Nos encontramos en el despacho del señor director de la Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), profesor Eulogio Silverio, para dar continuidad a este programa denominado «El Archivo de la Voz». 

Nos acompaña uno de los referentes de la Escuela de Filosofía, el profesor Martín Astacio Frías. 

Martín Astacio Frías tiene una densa carrera académica; es profesor de gran mérito en nuestra Escuela y en el seminario Conciliar Santo Tomás de Aquino, donde se recibió en Filosofía.

 Es un gratísimo honor, profesor, después de mucho esfuerzo para lograr que usted nos apartara este tiempo en su agenda, tenerle y recibirle en este espacio que ya podemos decir que es una tradición. 

Bienvenido.

M.A. Martín Astacio Frías

—No, gracias, el honor es para mí. Gracias—

Dr. Alejandro Arvelo

—Empecemos, por el principio—

Cuéntenos, por favor, ¿quién es el maestro Astacio Frías? ¿De dónde viene? ¿Dónde ha estudiado? ¿Qué recuerdos tiene? ¿Cuáles son sus parientes? ¿De qué parte del país proceden ellos y usted? Usted tiene la palabra, profesor.

M.A. Martín Astacio Fría 

-Son como muchas preguntas a la vez, ¿verdad? 

Una revisión biográfica de mi vida: mis padres son dominicanos, ambos de origen humilde. 

Mi madre es de un campo llamado Naranjo Dulce, en San Francisco de Macorís, como ella suele decir. 

Mi padre es de Hato Mayor, de los Astacio. Se conocieron aquí, cerca de los barrios de Capotillo y La Zurza, donde se casaron. 

Mi madre tenía unos 27 años y mi padre unos 30 cuando contrajeron matrimonio. Ambos son devotos de su fe y están vivos. Fruto de su unión, somos nueve hermanos, siendo yo el segundo. El mayor es Gregorio, quien es sacerdote y con quien ingresé al seminario menor en 1984, ambos matriculados en 1987 para iniciar estudios en filosofía.

Mis padres hicieron su vida aquí. Mi padre llegó a esta ciudad por su hermana mayor, tras el abandono de sus padres biológicos. Uno se pregunta cómo logró desarrollar esa disciplina y respeto por el hogar, destacándose como un hombre diferente. 

Mi madre, por su parte, se crió moviéndose de casa en casa, trabajando para otras familias. A pesar de ello, siempre intentó tratarnos de manera diferente, valorando cualquier forma de estudio. Así crecimos, bajo su protección. Por eso suelo decir que nunca experimenté la pobreza de forma severa. Aunque éramos pobres, mis padres no poseían bienes materiales, pero nos tenían a nosotros, lo cual era su mayor tesoro. 

Nunca padecí por no saber qué comería al día siguiente o qué vestiría, pues siempre me sentí amparado por ellos. Conocí la pobreza más desde un punto de vista psicológico que físico, sin sentirme verdaderamente pobre, gracias a ese escudo protector que representaban mis padres.

En cuanto a mi infancia, pasé mis primeros años en San Francisco de Macorís, con una tía. Este fue probablemente mi primer alejamiento de mi familia nuclear, entre los 5 y 6 años. Recuerdo que, inicialmente, me motivaba irme, pero luego, al ver los campos y la distancia, empecé a sentir la lejanía. Ya para ese entonces, sabía leer y escribir. Estudié mis primeros cursos de primaria en el colegio Santa Rosa de Lima. Después, de manera algo volátil, asistí a la escuela España y al centro juvenil Flor de la Juventud, donde completé hasta el octavo grado.

Mi educación fue rica y diversa, marcada por diferentes profesores, tipos de instituciones y exigencias. A los 12 años, comencé a trabajar en el mercado nuevo. Es importante destacar que mi padre siempre fue catequista, un devoto que rezaba el rosario todos los días en la iglesia. Esto proporcionó un centro de estabilidad emocional en mi vida.

Al iniciar otros tipos de estudios, cuando comencé a trabajar en el Mercado Nuevo, estuve allí aproximadamente dos años. En ese periodo, alrededor de los 13, 14 o 15 años, mi hermano mayor expresó su deseo de ser sacerdote, diciendo que iría al seminario. Para ese entonces, ya había dejado el Mercado Nuevo y empecé a trabajar con los Bonetti durante el primer gobierno de Lionel Fernández, cuando surgió la figura de Luís Manuel Bonetti. La abuela de Luís Manuel, Pura Bonetti, fue quien me contrató. Trabajé en su casa por dos años antes de decidir entrar al seminario.

En ese trabajo de limpieza, siempre éramos dos personas, lo que me permitió conocer al padre de Luís Manuel, Carlos Bonetti, a quien Doña Pura se refería como Pucho. Él estaba encargado de la empresa cercana a la cartonera Hernández, dedicada al cartón y al papel, cerca de la Maicera. Aunque mi labor era doméstica y no industrial, estas personas tenían cierta presencia en mi vida.

Cuando decidí entrar al seminario, tenía alrededor de 16 años. Ingresé en 1984, habiendo nacido en 1967, lo que me hace tener actualmente unos 56 años. En el seminario menor, fui recibido por el Padre Pedro Guzmán y el Padre Cisto Quesada, conocido como Piro, un hombre musculoso que fue uno de mis primeros formadores. Antes de entrar al seminario, participé en procesos vocacionales y reuniones aspirantes, lo cual fue facilitado por mi trabajo doméstico. Piro sugería que, como seminaristas, era bueno acostumbrarnos a un horario, ya que en el seminario todo está programado. Al tener ya un empleo y responsabilidades matutinas, adopté un horario personalizado que, al llegar al seminario menor, me hizo sentir bastante estructurado.

Recuerdo también que, mientras trabajaba en casa de Doña Pura y me dedicaba al estudio, cursé el cuarto de bachillerato en modalidad sabatina, permitiéndome compaginar el trabajo con la continuación de mis estudios. Por consiguiente, al ingresar al seminario menor, me vi en la necesidad de inscribirme en el bachillerato en modalidad sabatina. Sin embargo, se consideró inicialmente que debía repetir el segundo año de bachillerato debido a la modalidad sabatina. No obstante, un profesor, reconociendo mi desempeño y capacidad, propuso a mitad de curso que avanzara al tercer año. Este cambio se efectuó, y concluí dicho año con calificaciones muy por encima de lo meramente aceptable, no con notas deficientes.

Durante mi estancia en el seminario menor, asistíamos a clases en lo que se conocía como el centro especializado de enseñanza. Viajábamos diariamente desde el seminario, manteniendo una rutina que incluía ejercicio, lectura, y se alternaban semanas de vacaciones con visitas familiares, entre otras actividades.

Esta fue en esencia mi experiencia hasta que ingresé al seminario mayor. En el seminario mayor, mi formación se extendió desde 1987 hasta 1993, año en el que me gradué. En total, contabilizo aproximadamente cuatro años dedicados al estudio de la filosofía, tres años previos (dos en el seminario menor y uno en estudios prefilosóficos) y un año de experiencia práctica en el ingenio Quisqueya, motivado por consideraciones sobre mi inclinación mística y la necesidad de «aterrizar». Posteriormente, inicié el primer año de teología en el seminario mayor, sumando en total unos ocho años de formación seminarista, aunque no proseguí al segundo año de teología.

La apertura y el apoyo que recibí en el seminario mayor fueron cruciales para mi desarrollo. La mayoría del equipo docente estaba conformado por jesuitas doctores, tales como, Jesús Hernández, Mateo Andrés y el Padre Benavides, cuya presencia enriqueció profundamente tanto mi formación académica como espiritual. A raíz de esto, fui invitado directamente por el Padre Jesús Hernández, quien además era mi asesor de tesis, a impartir clases en el seminario. Durante el año que pasé en el ingenio Quisqueya, un periodo designado para ganar experiencia y que resultó ser de mucho tiempo libre para mí, pude dedicarme intensamente a reflexionar y estructurar mis pensamientos, lo cual cristalizó en la elaboración de dos trabajos que entregué a Jesús Hernández. Tras revisarlos, al reingresar al seminario, me ofreció la oportunidad de enseñar. La propuesta de una figura tan respetada como él, especialmente considerando las asignaturas que impartía, como metafísica y teoría del conocimiento, fue un honor inmenso. Inicialmente me quedé sin palabras, pero ante su urgencia por obtener una respuesta para comunicarla en la reunión de formadores, acepté.

Considero ese momento como el punto de inflexión en mi carrera, una suerte de doctorado simbólico otorgado por la autoridad y el prestigio de la persona de Hernández. No mucho después, ya estaba enseñando fuera del seminario, involucrándome en la pastoral universitaria y en la docencia en un colegio. A pesar de que inicialmente me asignaron materias como español e historia, más introductorias que filosóficas, se me abrieron puertas para enseñar a los seminaristas. Este inicio marcó el comienzo de una trayectoria exitosa, avalada por el reconocimiento y la resonancia positiva de quienes han seguido mi carrera, muy influenciada por el Padre Mateo Andrés.

Mi paso del seminario menor al mayor coincidió con una etapa de intensa búsqueda de perfeccionamiento, impulsada por el fuerte deseo de vivir según los valores del seminario y una profunda orientación hacia el sacerdocio y la santidad. El seminario enfatizaba cuatro áreas de desarrollo: académica, humana, espiritual y pastoral. Aunque en aquel momento la dimensión pastoral era la que menos atención recibía por considerarse parte de nuestra misión futura, me concentré con diligencia en las otras tres, organizando mi tiempo de manera muy rigurosa. Esta autodisciplina no era tanto una respuesta a exigencias externas, sino más bien a un compromiso personal hacia la excelencia. Esta dedicación, sin embargo, a veces entraba en conflicto con las normativas del seminario, que parecían chocar con mi estructura personal.

Este proceso de perfeccionamiento, sumado al esfuerzo por adherirse a los valores inculcados por el seminario, enfrentó inevitablemente los desafíos propios de la adolescencia y las diversas presiones y tentaciones del entorno. Por más que uno aspire a la estabilidad, se encuentra con que sus propios sentimientos y turbulencias internas lo derriban, convirtiéndose, al final, en el principal antagonista de uno mismo; es decir, el caos emocional interno. Esta lucha interna generó en mí una situación de gran angustia, dado que mi batalla era, en esencia, contra mí mismo.

Al conocer a Mateo Andrés en el seminario, un psicólogo que impartía no solo introducción a la filosofía sino también psicología de la personalidad (entre otras materias psicológicas), inició un proceso de revelación a partir de mi experiencia personal. Aunque Andrés no me conocía hasta que me incorporé como profesor y no sabía mi nombre, yo, siendo uno más entre los estudiantes, me sentí profundamente identificado con sus enseñanzas, Andrés comenzó a desentrañarme y a hablarme en un lenguaje que me permitió analizar e interpretar toda mi vida interior, lo que me llevó a absorber y reflexionar detrás de sus palabras sobre la formación humana, intentando comprender y reformar mi ser.

En mis clases, la figura de Mateo Andrés surge de manera espontánea, lo que evidencia el impacto significativo de su legado. Es de destacar que dejó tras de sí una obra extensa y representativa, que trasciende las paredes del seminario, permitiendo que las nuevas generaciones puedan acceder a sus valiosas contribuciones en el campo de la filosofía y la psicología dominicana contemporánea. Curiosamente, a pesar de no ser un autor de gran renombre y contar con diversas publicaciones, son principalmente sus estudiantes quienes se han encargado de mantener vivo su pensamiento.

Me considero profundamente influenciado y formado por Mateo Andrés. El me enseñó a navegar a través de mis conflictos emocionales, a descifrarme y a aceptar mi propia situación vital tal y como la percibía. Las lecciones aprendidas sobre cómo convivir con uno mismo y reconocer la bondad inherente a nuestra esencia humana me han demostrado que la clave no reside en el desprecio hacia uno mismo, sino en el reconocimiento y valoración de esa bondad subyacente.

Despreciar un sentimiento equivale a despreciar nuestra propia existencia; por lo tanto, alcanzar la armonía interna bajo el principio de aceptación y amor propio es fundamental para vivir en paz con uno mismo y estar en condiciones de ofrecerse y entregarse a los demás. De este modo, me convertí en un ávido receptor de las enseñanzas de Mateo Andrés.

En cuanto a mi relación con Jesús Hernández, le debo un profundo reconocimiento tanto a nivel personal como académico. A pesar de las dificultades iníciales para comprender sus enseñanzas, mi empeño por entender y mi disposición a interrogarlo —no para contradecirlo, sino para profundizar mi comprensión— me permitieron eventualmente seguir su discurso y comprenderlo plenamente. Una vez, ausentándome de clase debido a un problema dental, me enteré de que había sido el único capaz de entender completamente una prueba basada en una clase previa. Aunque nunca recibí una confirmación directa de él ni desarrollamos una amistad, nuestra interacción más significativa se produjo cuando le presenté mi tesis, para la cual él sugirió el tema.

El tema sugerido por Hernández fue el escepticismo y el psicologismo en la obra de David Hume, un empirista junto a figuras como John Locke y George Berkeley. No obstante, la tesis que desarrollé se centró en una perspectiva realista de la filosofía de Hume, examinándola a través del prisma del atomismo y el aristotelismo, reflejando así la formación recibida en el seminario. Este enfoque implicaba leer a Hume no directamente desde su propia obra, sino interpretándola a la luz de la tradición tomista y aristotélica. La tesis planteaba cómo las ideas de Hume contrastaban con las de Aristóteles y Tomás de Aquino, ofreciendo una mirada realista a su filosofía. Aunque Jesús Hernández escribió el prólogo con vistas a su publicación, este texto permanece inédito desde su finalización en 1992.

Para la preparación de mi tesis, realicé un curso de mecanografía y, aprovechando unas vacaciones, mis hermanos me ayudaron leyendo los borradores mientras yo los transcribía. Al presentar mi trabajo en la Universidad Católica Santo Domingo, la directora de la escuela de filosofía, la licenciada Nubia, mostró un gran interés por mi tesis.

Fui yo mismo quien la escribió, lo cual, aunque no me sorprendió, sí resultó ser una revelación para ella, influyendo significativamente en su percepción sobre mí y en la confianza depositada para impartir clases. Existía cierta preocupación acerca de mi capacidad para enseñar a estudiantes que se consideraban muy avanzados, dada mi apariencia juvenil y reservada, a diferencia de lo que se esperaba en el ambiente académico de la Universidad Católica, aunque ya había acumulado experiencia docente en el seminario un año antes.

Al comenzar a dar clases en la Universidad Católica, inicialmente solicité impartir filosofía. Sin embargo, aprovechando la ausencia de un profesor durante unas vacaciones de verano y tras conversaciones con el padre Alonso y la directora, quien inicialmente dudaba de mi capacidad, me vi involucrado de manera inesperada en la enseñanza. La licenciada Nubia Ramos, tras haber recibido y evaluado mi currículum, me contactó para cubrir de último momento, dada la urgencia de encontrar un sustituto para el curso de verano. Esta situación me obligó a prepararme intensamente, pues, al no haber experimentado previamente el ambiente universitario, suponía que los estudiantes tendrían un nivel de pensamiento crítico similar al de los seminaristas.

En mi primera clase, interpreté el silencio y la seriedad de los estudiantes como una muestra de profesionalismo, cuando en realidad reflejaban nerviosismo y asombro. Con el tiempo, me di cuenta de que no había logrado comunicar efectivamente mis ideas, ya que los estudiantes no habían comprendido lo que les había explicado, lo que me llevó a adaptar mi método de enseñanza al ritmo y el nivel de comprensión de la universidad, aprendiendo a moderar mis expectativas y a dialogar más efectivamente con los estudiantes. Este ajuste se convirtió en un proceso de aprendizaje en sí mismo, en el cual aprendí a enseñar de manera práctica y adaptativa.

Este trayecto me brindó una sólida base para mi carrera docente, evidenciada en el aprecio y la admiración que los estudiantes de filosofía pura de la Universidad Autónoma de Santo Domingo han manifestado hacia mí, reconociendo con emoción mi aporte a su educación.

Es cierto que, además de los maestros mencionados, como el Padre Mateo Andrés y el Padre Jesús Hernández, tuve la fortuna de encontrarme con otros educadores que despertaron en mí la admiración y tal vez sembraron las semillas de mi vocación filosófica y pedagógica desde etapas tempranas de mi formación, incluyendo la primaria y el bachillerato. Recuerdo con particular afecto a ciertos maestros de esos años.

En la primaria, específicamente en el sexto grado, hubo un profesor en la Escuela España, posiblemente llamado Luís Vichi. Este profesor, movido por un sentimiento de cercanía hacia un grupo de nosotros del barrio, decidió extender su enseñanza más allá de las aulas, impartiendo clases en el club juvenil del barrio, el «club juvenil Flor de la Juventud». Recuerdo que nos reuníamos allí, unos cinco o seis alumnos. Creo que era profesor de matemáticas, aunque los detalles se me escapan un poco.

Más adelante, en el sexto grado, asistí a una especie de escuela nocturna en la «42», donde conocí al profesor Antonio Vólquez, quien actualmente es médico. Me fascinaba escucharlo hablar sobre posibles descubrimientos médicos, como una cura para el cáncer. También recuerdo al profesor Coiro, cuyas enseñanzas en gramática y letras dejaron una marca significativa.

En esta etapa, ejercí cierto liderazgo entre mis compañeros, quienes me veían con distinción. Mi trayectoria educativa no siguió un patrón lineal o establecido; viví experiencias variadas, transitando por diferentes instituciones. Desde mis primeros años en una guardería, pasando por mi educación en San Francisco de Macorís, hasta mis estudios en la Escuela España, mis pasos educativos fueron diversos y enriquecedores.

Entre estos recuerdos destacados de mi niñez figura Sor Leonor, una monja que, siendo yo muy joven, me inició en la lectura. Sorprendentemente, ya sabía leer al ingresar a la guardería San Vicente de Paul, a los cinco años, gracias a la influencia temprana de Sor Leonor, quien había sido catequista de mi madre en su juventud en San Francisco de Macorís.

Estas experiencias, aunque dispersas y variadas, tuvieron un impacto significativo en mi desarrollo y despertar intelectual, sentando las bases para los desafíos y satisfacciones que enfrentaría más adelante en mi carrera como educador y filósofo. Durante mi bachillerato, fui consciente de la distinción que hacían los profesores hacia aquellos estudiantes como yo, que siempre buscábamos estar en primera fila, ansiosos por comprender y absorber todo el conocimiento posible. Esta curiosidad innata por aprender se diferenciaba claramente de las respuestas académicas que requerían un entendimiento más profundo y la orientación de los docentes para cumplir con las exigencias académicas.

Entre mis maestros destacados se encuentran el profesor Ciro, Leonor, Luís Guichard y otros cuyas enseñanzas se perdieron en mi infancia y juventud pero que dejaron una marca indeleble en mi formación. Al ingresar al seminario, tuve la oportunidad de aprender latín, lo que implicó la compra de un valioso libro de gramática castellana de Andrés Bello, recomendado para entender las declinaciones latinas. Este libro no solo enriqueció mi conocimiento del latín sino que también fue una herramienta invaluable cuando comencé a enseñar, especialmente en materias de letras.

Dentro del seminario, figuras como el padre Amadeo Pedrosa y Hermes Amaya jugaron un rol crucial en mi formación, tanto en aspectos académicos como espirituales. El enfoque del seminario hacia la espiritualidad y la formación sacerdotal me proporcionó una orientación clara, mientras que el padre Pedrosa, con su conocimiento en latín, me ayudó a profundizar en el estudio de la literatura clásica.

He defendido en varias ocasiones que la enseñanza del latín debería ser parte integral del currículo escolar, incluyéndolo incluso como una asignatura extracurricular en la escuela de filosofía. Coincido con la profesora Elsa Saint Amand sobre la relevancia del latín en los estudios filosóficos. Desde mi perspectiva, aprender latín no solo enriquece el arte de pensar sino que también mejora las habilidades hermenéuticas, brindando a los nuevos filósofos herramientas fundamentales para su formación y desarrollo intelectual.

A pesar de que el latín fue retirado del seminario y catalogado como una «lengua muerta» tras los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II, con el objetivo de comunicarse con la gente en su propio idioma, sostengo que el latín jugó un papel crucial en la formación de figuras como Juan Pablo II, quien hablaba doce idiomas. Las lenguas romances derivan del latín no por casualidad; nuestro idioma, por ejemplo, es una variante del latín. Las raíces de muchas palabras que usamos provienen del latín, y este a su vez incorpora un vasto léxico del griego. Por tanto, aprender griego bíblico y latín puede ser fundamental para aquellos interesados en los idiomas, ya que proporciona las bases lingüísticas esenciales, dado que el latín fue el idioma dominante durante el Imperio Romano y su influencia perduró a lo largo de la Edad Media en Europa.

El latín es considerado una base imprescindible para el aprendizaje de otros idiomas con raíces latinas, facilitando significativamente este proceso. El estudio del latín confiere un fundamento sólido de profesionalidad y erudición. Sin embargo, el desafío radica en la práctica del latín como lengua muerta, planteando la pregunta: ¿con quién se habla en latín hoy día? Aunque aprender inglés o francés permite comunicarse con hablantes de estos idiomas, el latín se valora más como una herramienta de formación académica y profesionalización. La iglesia Católica continúa utilizando el latín como su idioma oficial para la redacción de documentos importantes, de los cuales se traducen a otros idiomas. La práctica anterior que exigía a los sacerdotes hablar latín y oficiar la misa en este idioma resalta su significado histórico y cultural, a pesar de los retos actuales relacionados con su aplicación práctica. Esta tradición fue modificándose, no por cuestionar la veracidad o la concentración de la verdad en el latín, sino más bien como un esfuerzo por acercar la iglesia y sus enseñanzas a la realidad cultural y lingüística de la gente contemporánea. A pesar de ello, sostengo que el latín mantiene su relevancia, especialmente en campos como las letras, los idiomas y la formación humanística general, ofreciendo una base sólida para el desarrollo profesional y académico.

En cuanto a mis influencias intelectuales, he mencionado a figuras destacadas como el Padre Mateo Andrés, un pensador significativo con una amplia obra, y el Padre Jesús Hernández, reconocido tanto por su labor como bibliógrafo como por su obra, aunque más modesta en comparación con la de Andrés. También he mencionado a David Hume, reflejando mi aprecio por una diversidad de corrientes filosóficas.

Los estudiantes de filosofía valoran mi manejo de la filosofía medieval y de Aristóteles, en particular mi capacidad para explicar conceptos complejos como las causas aristotélicas. Pero, al reflexionar sobre cómo me percibo a mí mismo en el vasto panorama de la tradición occidental, reconozco que mis «amores filosóficos» son variados y profundos. Mi interés inicial en las matemáticas durante mis años en el seminario menor dio paso a una pasión por la filosofía, especialmente tras mi introducción a los presocráticos en los cursos de prefilosofía, lo que me fascinó con sus visiones elementales del mundo.

Este interés se expandió y profundizó a medida que exploraba la obra de los jónicos, tales como, Tales, Anaximandro y los pluralistas, así como los áticos. La enseñanza de Benavides sobre estos pensadores y la posterior introducción a Platón, Aristóteles y Santo Tomás, bajo la guía de Jesús Hernández, consolidaron mi amor por la filosofía. La orientación tomista y agustiniana del seminario jugó un papel crucial en la consolidación de mis preferencias filosóficas, orientándome decididamente hacia estos fundamentos de la filosofía eclesiástica. Esta declaración institucional reforzó mi interés y dedicación hacia los estudios de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Aunque mi tesis doctoral se enfocó en David Hume, bajo la perspectiva de una mirada realista, no se trató tanto de asimilar su filosofía cuanto de cuestionarla y criticarla. Hume parece prescindir de las causas aristotélicas y, por ende, de la sustancia como causa de los accidentes, una omisión significativa en su sistema filosófico donde los fenómenos sensibles predominan sin reconocer la sustancia subyacente.

A través del estudio y la reflexión, me involucré profundamente con el pensamiento de Aristóteles y Santo Tomás, guiado por figuras como Benavides. Este proceso no solo implicó un acercamiento a sus doctrinas sino también un cuestionamiento crítico, especialmente frente a las posturas de Hume y el idealismo crítico de Kant. Mi defensa de tesis abordó las teorías de Santo Tomás de Aquino, entrelazando mi lectura de Hume con el estudio de las «Summa Theologiae» y otros textos tomistas, lo que marcó una etapa de intenso aprendizaje y análisis.

Esta etapa formativa me permitió adentrarme en el tomismo y el aristotelismo, afianzando las bases de mi formación académica y teológica. Al comenzar mi carrera docente, recurrí a los documentos y textos que habían marcado mi aprendizaje, como las obras de Guillermo Fraile y Hiberger, entre otros tomistas y, posteriormente, las de Reale y Antiseri, al abordar mi doctorado. Mi participación en el primer grupo de doctorado de mi universidad, junto a colegas como Nicanor Ursua, evidencia un compromiso profundo con la exploración y la enseñanza de la filosofía desde una postura crítica y reflexiva. Este enfoque se sustenta en el análisis minucioso de las obras y pensadores que han influenciado mi concepción filosófica. Mi proyecto de doctorado se enfocó en la temática de «Mirada frente al relativismo», evolucionando hacia «La objetividad del conocimiento». Este cambio se debe a que, inicialmente, mi intención era abordar la filosofía en su conjunto para contrarrestar el relativismo y demostrar que la filosofía constituye una forma de conocimiento veraz.

Sin embargo, bajo la influencia de Jesús Hernández y Nicanor Ursua, mi enfoque se afinó hacia una perspectiva aristotélica sobre el conocimiento. Al sumergirme en la filosofía antigua, mi interés se concentró en Aristóteles, lo cual me llevó a profundizar en sus 14 libros de la Metafísica. A través de este proceso, descubrí que las interpretaciones de autores como Guillermo Fraile y Hilberger tienden más hacia una lectura tomista que aristotélica de Aristóteles, es decir, leen a Aristóteles a través de la lente de Santo Tomás, adoptando una postura más cristiana que genuinamente aristotélica.

Esta observación me llevó a reflexionar sobre las diferencias fundamentales entre Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, particularmente en lo que respecta a su concepción de Dios y la sustancia. Mientras que para Aristóteles la materia es eterna y constituye el principio de individualización de los seres, para Santo Tomás, es Dios quien confiere existencia a la materia, siendo la existencia misma la sustancia y no la materia. A lo largo de mi trabajo, analicé cómo Santo Tomás evoluciona en sus obras desde una posición que parece aceptar la eternidad de la materia, tal como sostiene Aristóteles en sus primeros textos, hacia una visión donde la existencia es impartida por Dios, marcando un distanciamiento de la perspectiva aristotélica.

Mi trayectoria académica me ofreció la oportunidad no solo de adentrarme en las enseñanzas de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, sino también de forjar una comprensión más rica y detallada de la tradición filosófica occidental. Esta experiencia ha sido fundamental para cimentar los pilares de mi formación y práctica filosófica.

Aristóteles concibe que la forma es el principio activo que, de cierto modo, impulsa mecánicamente al ser, mientras que el motor inmóvil, según él, es la causa primera que mueve las estrellas y, por ende, el mundo, sin interactuar directamente con los seres individuales. Este argumento difiere del de Santo Tomás, para quien Dios no solo imparte existencia sino que, además, nos atrae por amor, marcando una clara distinción entre ambos pensamientos.

La inducción a reexaminar a Aristóteles, promovida por Nicanor Ursua, me permitió redescubrirlo desde una nueva óptica, profundizando en su obra a través de la lectura de autores contemporáneos que han analizado su filosofía. Entre estos se encuentra Jaeger, cuya obra me acercó aún más a la figura de Aristóteles, ayudándome a apreciar su genio desde diferentes etapas de su vida.

En este proceso de relectura y análisis, también me enfrenté a críticas hacia Aristóteles, como las expresadas por autores que debaten sobre el supuesto «fracaso» del estagirita al explicar el ser mediante su lógica silogística. Sin embargo, esta crítica me impulsó a profundizar aún más en el pensamiento aristotélico, llegando a la conclusión de que Aristóteles, lejos de fracasar, enfatiza la pluralidad del ser, reconociendo que «se dice de muchas maneras», lo cual refleja la complejidad y la riqueza de su pensamiento.

Mi inmersión en los estudios de Aristóteles me llevó a descubrir la profunda influencia de Platón en su obra, incitándome a dedicar aproximadamente cuatro a cinco años a la lectura y estudio de Platón, incluyendo sus diálogos y especialmente sus obras tardías. Durante los veinte años que Aristóteles pasó en la academia, desde los 16 hasta los 37 años, tuvo el privilegio de estudiar bajo la tutela de un Platón que ya había evolucionado más allá de su fase clásica, inmerso en una época en la que la academia abrazaba las matemáticas y la astronomía, influencias de Eudoxo de Cnido, entre otros. Este periodo marcó una transición hacia una filosofía más empírica y analítica.

La llegada de matemáticos a la academia y la exigencia de Platón de que solo los matemáticos ingresaran, reflejan el alto valor que se le daba al pensamiento crítico y analítico. Así, al adentrarme en el estudio de Platón y posteriormente volver a Aristóteles, pude apreciar la complejidad de su pensamiento y su metodología, lo que me permitió entender la filosofía de una manera más profunda. La reconstrucción de la filosofía de Aristóteles a través de fragmentos y obras perdidas, según investigadores como Jaeger, revela la riqueza de su legado y cómo sus escritos publicados y no publicados forman un cuerpo coherente de trabajo, dedicado a la exploración filosófica más que a la difusión pública.

Este profundo estudio me otorgó la capacidad de comprender a Aristóteles desde un nuevo estadio, incluso cuando inicialmente me resultaba incomprensible, hasta en mi propio idioma. La recomendación de Nicanor Ursua de leer a Aristóteles y el reconocimiento de Jesús Hernández sobre mi aptitud en aristotelismo y tomismo me motivaron a enfrentar el desafío de comprender al estagirita en su esencia.

Ahora, mientras continúo trabajando en mi tesis sobre la objetividad del pensamiento filosófico, entiendo que la filosofía es objetiva en su estudio de los objetos, desafiando la noción de que se pueda llegar a una definición única del ser. La afirmación de Aristóteles de que «el ser se dice de muchas maneras» no constituye un fracaso ni una evasión, sino una observación lúcida de la naturaleza multifacética de la realidad. Este entendimiento me ha permitido discernir la complejidad del pensamiento filosófico y cómo este se aplica a la conceptualización de entidades tan simples como la manzana, mostrando que no hay errores en sus diversas descripciones, sino diferentes maneras de acercarse a la realidad. Este proceso de aprendizaje y reflexión ha intensificado mi comprensión de la tradición filosófica, enriqueciendo mi metodología en la enseñanza y práctica de la filosofía. La interacción entre el rojo y la manzana, desde las búsquedas de Platón y Aristóteles, ejemplifica la diversidad de enfoques sobre la realidad. Para Platón, el mundo de las ideas separa la esencia de la manzana de su color rojo; en cambio, para Aristóteles, la realidad tangible de este mundo integra ambos aspectos, afirmándola como roja. Este análisis destaca la manera en que Aristóteles aborda la multiplicidad del ser mediante sus diez categorías, preservando la diversidad de formas en que puede expresarse el ser.

Al avanzar hacia una filosofía más centrada en el hombre desde Descartes, la justificación de la objetividad del pensamiento filosófico se torna compleja. En contraste, Aristóteles, desde un cosmocentrismo, se enfoca en el objeto de conocimiento, propiciando una base para afirmar la objetividad del conocimiento filosófico. Aunque he llegado a una respuesta satisfactoria a las cuestiones planteadas en mi tesis sobre la objetividad del pensamiento filosófico, aún queda trabajo por hacer para articular completamente estas ideas.

La relación entre filosofía y religión, así como la cuestión del ateísmo en el mundo contemporáneo, es compleja. Contrario a la percepción de que los filósofos puedan promover el ateísmo, la historia demuestra que filósofos de diversas épocas y credos han contribuido significativamente al pensamiento religioso y filosófico. Desde la Edad Media, la filosofía ha estado intrínsecamente ligada a figuras creyentes, abarcando a cristianos, musulmanes y judíos, que han debatido temas fundamentales como la universalidad. Este diálogo entre filosofía y religión plantea que no todos los filósofos son ateos, y muchos, de hecho, han utilizado la filosofía como una herramienta para profundizar en su fe y en el entendimiento de lo divino. Desde la filosofía de Descartes y más notoriamente desde Hegel, quien concebía a un Dios autorrealizándose, el enfoque filosófico se ha orientado hacia una perspectiva antropocéntrica, donde el ser humano es considerado el centro del universo filosófico. Marx, enfatizando la filosofía de la acción, desplaza el interés divino por el humano, argumentando que es el hombre quien hace la historia y, a su vez, es moldeado por ella. Este giro hacia lo antropocéntrico, especialmente fuera de los círculos eclesiásticos que han mantenido una orientación aristotélico-tomista, acentúa la relación entre el ser humano y la naturaleza, así como con Dios, desde otro escenario.

En la filosofía contemporánea, el sujeto se prioriza sobre el objeto, una visión que Kant amplifica al sostener que no es el objeto quien determina al sujeto, sino el sujeto quien define al objeto. La inserción de Dios en este marco antropocéntrico es compleja; para Descartes, Dios es una idea innata, conocida a priori, lo que se distancia de la visión tomista que ve en la naturaleza una manifestación de Dios.

La confrontación con Nietzsche durante mis estudios de doctorado evidenció los desafíos de defender una concepción teísta de la naturaleza frente a un pensamiento que niega la causalidad divina en el mundo natural. Nietzsche, negando incluso la naturalidad de la naturaleza y viendo la conciencia como resultado de interacciones entre «mónadas», desplaza a Dios del centro de la explicación del mundo, lo que representa un desafío significativo para argumentar filosóficamente la existencia de Dios sin asumir, al menos, una perspectiva cosmocéntrica o teocéntrica de la naturaleza.

Este cambio de paradigma hacia una filosofía que rechaza la metafísica tradicional, negando la existencia como sustancia y como accidente, marca una ruptura con las concepciones clásicas de la filosofía. El pensamiento contemporáneo, influenciado por corrientes como el Círculo de Viena, critica la metafísica como obsoleta y estéril, promoviendo un enfoque anti metafísico que desacredita las nociones clásicas de existencia. En el contexto actual, caracterizado por el cuestionamiento de las tradiciones filosóficas, se presenta un panorama tanto de oportunidades como de desafíos para los filósofos emergentes. Este entorno les invita a ser creativos e innovadores, a desarrollar una filosofía que responda a los nuevos tiempos y contextos. Existe un interés creciente en la filosofía regional, como la filosofía dominicana, que busca contextualizar el pensamiento filosófico dentro de realidades específicas, aunque esto plantea interrogantes sobre la universalidad de conceptos como el cosmos o Dios, que trascienden fronteras culturales y nacionales.

Esta lectura antropocéntrica moderna plantea la cuestión de si hay espacio para Dios en un enfoque filosófico que prioriza al ser humano y sus construcciones culturales sobre la dimensión divina o trascendental. La filosofía contemporánea, influenciada por pensadores como Nietzsche, quien declaró la «muerte de Dios», y Freud, que interpreta la creencia en Dios como una sublimación de deseos humanos, parece alejarse de la posibilidad de fundamentar la existencia de Dios sobre bases empíricas o racionales.

Kant intentó reconciliar esta dicotomía mediante la separación de la razón pura, centrada en el conocimiento empírico, de la moral y la teología, sugiriendo que mientras Dios no puede ser demostrado mediante la razón pura, sí juega un rol fundamental en los fundamentos de la moral y la ética. Así, la fe en Dios y los principios morales se mantienen en un dominio distinto al del conocimiento científico o empírico.

Esta división kantiana entre el conocimiento y la fe refleja la complejidad de integrar la espiritualidad y la religión dentro del marco de la filosofía contemporánea, que tiende a ser empírica y antropocéntrica. Nos encontramos en una era en la que la ciencia y el conocimiento filosófico parecen divorciados de la creencia religiosa, presentando un desafío para aquellos que buscan una comprensión integral que abarque tanto la razón como la fe. El desafío de reconciliar la filosofía con la experiencia religiosa y espiritual en un mundo moderno, dominado por un enfoque antropocéntrico, ha sido significativo. Esta tarea ha sido abordada con notable esfuerzo por figuras como Juan Pablo II, quien, en su encíclica «Fides et Ratio», intentó salvar la brecha entre fe y razón, manteniendo un diálogo respetuoso con el mundo contemporáneo sin renunciar a la esencia cristiana. La transición hacia un diálogo más inclusivo y menos confrontativo, iniciada por el Concilio Vaticano II, ejemplifica un cambio en la forma en que la iglesia se acerca al mundo moderno. En lugar de atacar las corrientes de pensamiento antropocéntricas, se ha propuesto entablar un diálogo desde un compromiso que, si bien se mantiene fiel a sus raíces teocéntricas y cristianas, se abre a las preocupaciones humanas contemporáneas, abarcando temas sociales, políticos y económicos.

Este enfoque muestra un esfuerzo por comprender y hablar el lenguaje del hombre moderno, adaptándose a las nuevas formas de entender el mundo sin abandonar los principios fundamentales de la fe. Este proceso de «sinodalidad» y escucha activa, que promueve el diálogo y la comprensión mutua, sigue siendo un proyecto en desarrollo, iniciado por Juan Pablo II y continuado por sus sucesores, que intenta encontrar un equilibrio entre la tradición y las exigencias del mundo contemporáneo.

En cuanto a la enseñanza de la filosofía, mi experiencia personal ha revelado que el desafío no reside tanto en la transmisión de conocimientos como en lograr que los estudiantes realmente comprendan y se comprometan con los conceptos filosóficos. Al explorar nuevas metodologías educativas, experimenté con un enfoque donde los estudiantes eran desafiados a explicar y defender las vías tomistas de demostración de la existencia de Dios, convirtiendo las clases en un diálogo interactivo y crítico. Aunque este método se mostró efectivo en fomentar una comprensión más profunda, enfrenté críticas por apartarme de la enseñanza tradicional, lo que eventualmente llevó a que me reasignaran de dicha materia. A pesar de esto, sigo creyendo que los estudiantes se beneficiaron significativamente de esta aproximación.

Para mí, la enseñanza ideal combina el dominio académico con un enfoque humano y empático hacia el estudiante. Inspirado por maestros como Mateo Andrés, quien supo comunicarse en nuestro propio lenguaje y entender nuestras problemáticas, creo que la capacidad de la iglesia de adaptarse y dialogar sin imponer ideas es fundamental en la educación. Esta adaptabilidad no solo atiende el nivel académico del estudiante, sino que también reconoce y valida sus experiencias personales, como el dolor, la pobreza y la frustración.

La clase ideal, entonces, no es solo un espacio de aprendizaje académico, sino también uno terapéutico, donde el conocimiento se presenta de manera que pueda ser personalmente liberador y enriquecedor. El objetivo es no solo transmitir información, sino también inspirar un amor genuino por el aprendizaje, convirtiendo incluso la falta de motivación inicial en una oportunidad para despertar la curiosidad y el interés. Establecer una conexión humana con los estudiantes, comprendiendo y atendiendo a sus necesidades individuales y mostrándose abierto y accesible, es esencial para lograr un aprendizaje significativo. La educación ideal en filosofía debe ser una experiencia holística que enriquezca tanto intelectual como emocional y espiritualmente a los estudiantes. Esto requiere profesores bien preparados en su disciplina, que además posean la sensibilidad y la habilidad para relacionarse con los alumnos de forma significativa y empática. Admitir el «no sé» y mostrarse dispuesto a investigar son actitudes que humanizan al profesor y fomentan un ambiente de aprendizaje colaborativo.

En cuanto a las expresiones

La Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo representa un refugio y un marco de estabilidad y esperanza. Es una institución que no solo brinda protección y dirección al estudiantado y al profesorado, sino que también asegura la transmisión y evolución del pensamiento filosófico en la República Dominicana.

Institucionalidad y estabilidad laboral: evoca seguridad, continuidad y el respaldo necesario para el desarrollo académico y profesional, elementos fundamentales para el crecimiento sostenido de la comunidad educativa y filosófica.

Paternidad al estudiantado: sugiere una relación de cuidado, guía y responsabilidad de los profesores hacia los estudiantes, enfatizando el rol formativo y protector dentro del ámbito educativo.

Por consiguiente, la filosofía, su enseñanza y práctica, son indispensables para el tejido social y cultural, no solo de la República Dominicana sino globalmente. La potencial desaparición de los filósofos o de nuestra escuela implicaría una pérdida considerable para la sociedad, ya que la filosofía ofrece herramientas críticas y reflexivas esenciales para el entendimiento profundo de nuestra realidad, la ética y la existencia. En este sentido, la contribución de la filosofía y de sus profesionales es vital para mantener una sociedad crítica, reflexiva y profundamente consciente de su ser y su hacer en el mundo.

Si los filósofos desapareciesen, aparentemente no cambiaría nada, pero en realidad perderíamos la capacidad de reflexionar de manera profunda y precisa. Si bien todos pensamos, nuestras reflexiones suelen estar influenciadas por la economía, la política, las luchas de poder, o nuestras aspiraciones y tendencias personales. Sin embargo, el pensar filosóficamente implica abordar la realidad desde la profundidad de los pensadores que han moldeado campos como la economía, la filosofía política y las concepciones del ser humano y la sociedad.

Al igual que un médico no ofrece respuestas superficiales o meramente experimentales, sino basadas en una profunda comprensión médica, un filósofo responde desde el conocimiento acumulado de la filosofía, abarcando desde los orígenes del pensamiento hasta su influencia en la formación de nuestra sociedad actual. La sociedad, como construcción humana, ha sido pensada y re-pensada buscando el bien, un concepto profundamente filosófico, al igual que la noción del mal.

Argumentar que podríamos prescindir de la filosofía es negar la posibilidad de alcanzar una comprensión profunda de cualquier aspecto de la realidad. Aunque la filosofía pueda parecer que ocupa un lugar escondido o incluso desprestigiado en la sociedad actual, si esta desapareciese, el mundo se vería profundamente afectado. La construcción de una humanidad vivible, gobernable y socialmente armoniosa depende de la filosofía para justificar valores como la hermandad, la amistad, la moral, el bien y el orden, conceptos que trascienden las ciencias médicas o físicas.

La Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, al enfocarse en lo humano, se alinea estrechamente con la filosofía, que no solo trata sobre el ser humano sino también sobre temas trascendentales como Dios y el cosmos. El humanismo en este contexto puede verse como el esfuerzo por integrar disciplinas que cultivan lo humano más allá de lo meramente técnico o profesional, como la historia y la gramática, contribuyendo así al enriquecimiento del ser humano.

En cuanto a la filosofía dominicana, el concepto puede parecer en conflicto con la visión universalista de la filosofía aristotélico-tomista, que no se limita a una región o historia específica. 

El enfoque universalista en filosofía persigue la búsqueda de verdades que trascienden fronteras geográficas y temporales, centrando su interés en los fundamentos de la existencia, como el origen del mundo, los elementos naturales y la esencia humana, sin limitaciones nacionales o culturales. Dicho enfoque sostiene que los principios filosóficos se aplican a toda la humanidad, independientemente de su origen o identidad cultural.

La discusión sobre la existencia de una filosofía específicamente dominicana o latinoamericana surge en el contexto de la filosofía de la liberación, que se enfoca en las dinámicas políticas y económicas desde una noción de resistencia a la dominación eurocéntrica. Esto implica una orientación más antropocéntrica, considerando al ser humano como agente central en la creación de historia, sociedad y cultura. En este sentido, la pregunta sobre una filosofía dominicana invita a reflexionar más allá de los marcos establecidos por pensadores como Aristóteles y Tomás de Aquino, hacia una consideración del rol del ser humano y su contexto específico en la generación de pensamiento filosófico.

Al abordar la idea de una filosofía dominicana, se debe considerar el estudio de la historia y la cultura dominicanas, identificando a aquellos pensadores que, aunque no necesariamente filósofos en el sentido tradicional, han contribuido significativamente a la construcción de la identidad dominicana. Esta construcción no solo abarca la filosofía política o económica, sino también la forma en que se entiende y practica el liberalismo o el neoliberalismo en el contexto dominicano, a pesar de que estas corrientes no hayan sido originadas por filósofos dominicanos.

Por lo tanto, hablar de una filosofía dominicana implica reconocer y valorar los aportes de figuras que, desde diversas disciplinas, han reflexionado sobre la realidad y la identidad dominicanas, contribuyendo a la comprensión de lo que significa ser dominicano en un mundo globalizado. Reconocer y valorar la filosofía dominicana no implica limitarse a un regionalismo estrecho ni negar la universalidad de la filosofía. En lugar de eso, se trata de entender y participar en el diálogo filosófico global desde nuestra propia identidad y contexto cultural. Si se busca profundizar en una filosofía específicamente dominicana, sería esencial explorar el pensamiento de figuras históricas y contemporáneas que han moldeado nuestra identidad nacional, sin perder de vista que la filosofía, en su esencia, trasciende las fronteras nacionales.

La República Dominicana de hoy difiere significativamente de la que conocí en mi juventud. El crecimiento urbano, la diversificación demográfica y los avances socioeconómicos han transformado profundamente la sociedad. Sin embargo, este proceso de cambio no nos aísla del contexto latinoamericano y global; somos parte de un mundo en constante evolución y debemos encontrar nuestro lugar en él, manteniendo nuestros principios, valores y la hermandad con otras naciones.

El futuro de la República Dominicana en el ámbito global y regional plantea desafíos y oportunidades. A pesar de que muchos se enfocan en resolver problemas inmediatos, es crucial también proyectar a la nación hacia adelante, fortaleciendo la cohesión social y fomentando el diálogo constructivo con nuestros vecinos, especialmente con Haití.

Agradezco profundamente la oportunidad de compartir mis reflexiones en este encuentro. La discusión sobre la filosofía y su importancia en el contexto dominicano contemporáneo demuestra la vitalidad del pensamiento crítico y establece la necesidad de dialogar sobre nuestro futuro colectivo. Este intercambio busca profundizar nuestro entendimiento sobre nosotros mismos y nuestro lugar en el mundo, destacando la universalidad de la filosofía y su capacidad para enriquecer la diversidad del pensamiento humano a través de distintos contextos culturales y nacionales.

La historia personal y profesional y las experiencias compartidas durante esta conversación, revelan conexiones profundas no solo con los orígenes comunes en barrios como Capotillo, sino también en la vivencia y comprensión de la filosofía desde nuestras particularidades como dominicanos. Estas historias personales entrelazadas con el desarrollo académico y humano resaltan la importancia de la comunidad filosófica y educativa en la República Dominicana y, cómo, a través del tiempo, hemos evolucionado tanto en el ámbito social como intelectual.

Es un honor para mí que la Escuela de Filosofía reconozca y valore mi contribución académica y humana. Este reconocimiento me motiva a seguir participando activamente en la vida académica, compartiendo conocimientos y experiencias que puedan inspirar y formar a futuras generaciones de filósofos y pensadores dominicanos. Me comprometo a colaborar con la Escuela en futuros proyectos, incluyendo la contribución de artículos para la revista La Barca de Teseo y la participación en el Sexto Congreso Dominicano de Filosofía en 2025, enfocado en la filosofía pensada en español y su contribución a nuestra identidad cultural y lingüística.

Este diálogo ha sido también una oportunidad para reflexionar sobre la distinción entre el Dios de Aristóteles y el Dios cristiano, un tema fascinante que ilustra la riqueza y la complejidad de la filosofía en su búsqueda por comprender la realidad, la divinidad y la existencia humana. La filosofía, en su esencia, continúa siendo un puente entre el conocimiento y la trascendencia, ofreciendo horizontes únicos que enriquecen nuestro entendimiento del mundo y de nosotros mismos.

Agradezco a todos los que han hecho posible este encuentro y espero que las ideas compartidas hoy inspiren una continua búsqueda de conocimiento, entendimiento y diálogo en nuestra comunidad y más allá.