La gobernabilidad es un concepto nuevo que hace referencia a ideas antiguas. En esencia, la gobernabilidad democrática alude a la necesaria legitimación que debe tener todo sistema político, es decir, a la necesidad de preservar la estabilidad y el orden político como resultado del apoyo que recibe de las distintas fuerzas que interactúan en el seno de la sociedad.

-Leonel Fernández [Discurso de asunción a la Presidencia de la República pronunciado ante la Asamblea Nacional de la República Dominicana, el 16 de agosto de 1996].

  1. ESTABLECIMIENTO

Poder y palabras son sinónimos. Es un hecho, tanto en el discurso como en la contingencia. «El dominio de la palabra constituye la superioridad del espíritu», comentó Werner Jaeger. Y el discurso político es esencialmente el dominio del lenguaje, a través del cual los líderes se insertan en el espíritu de un pueblo, ejerciendo así su legitimidad.

Es de esta manera que, en una lluviosa mañana de verano, la voz se fue filtrando por rendijas, tablas y balcones, atenuada, de vez en cuando, por alguna ráfaga de viento. Argumentaciones y proyectos. En ese instante, el orador reconoció la existencia del presente: «[…] por lo que en esta hora suprema de mi existencia suplico a Dios […]». Ciertamente, habitaba las regiones del poder, del control de las palabras.

La estructura de esas enunciaciones y la unidad del discurso merecen ser sometidas al análisis académico. Tanto porque provienen de un miembro del gremio, como porque nosotros también somos partícipes del cosmos (orden) del lenguaje, gracias al esquema trifuncional donde opera la reproducción orgánica de un colectivo y a través del cual se manifiesta el poder.

La pieza contiene tres partes separables: una argumentativa, el centro y la consecución del ejercicio. Íntimamente vinculadas, la mayoría se basa en razonamientos provenientes de la lógica de la Ciudad: la Historia. El secreto está en el centro, en el instante y su consecuente proyección enunciativa. Una noción la enmascara y al mismo tiempo la devela, redistribuyendo la vieja artimaña entre lo útil (lo técnico) y lo mágico (la fantasía) en ordenada y en abscisa: los registros temporales por donde se orienta lo cotidiano, el pasado (memoria) y futuro (utopía, posibilidades en el devenir). Una palabra tanto útil como mágica, catorce letras designan de lo que pasó a lo que pasará: gobernabilidad, apuntando al eje.

Físicamente están situadas en el centro de la estructura gráfica, pero, de igual forma, en los razonamientos mismos. Cerca de dieciséis argumentaciones le anteceden y más o menos el mismo número de conclusiones le continúan.

  1. EL CENTRO

El Señor Presidente de la República atravesó todo un océano de juicios, datos, refutaciones y razones hasta llegar a la enunciación del propósito de legitimidad.

En muchas ocasiones sostuve que el gobierno que hoy se inicia debería ser un gobierno de unidad nacional, he planteado también una unidad programática y la celebración de una cumbre política con el propósito de garantizar la gobernabilidad del país.

Luego de proponer el modelo de legitimidad, se remite a las tres funciones básicas del colectivo: «Obviamente, en aquellas sociedades donde no hay garantía a las satisfacciones de esos derechos fundamentales para la convivencia humana se produce una desestabilización del orden y se entra en el campo cenagoso de la ingobernabilidad». Esto se relaciona con las relaciones de orden/caos y dirigente/dirigido.

Conociendo, con ello, su posición en el juego de poder que inicia.

El plan de orden responde a establecer primero la ideología del Estado-nación moderno por encima de las características de microorden que exhiben los institutos políticos que comparten el gobierno. «[…] lo que se busca es profesionalizar la burocracia dominicana con lo cual se conquista la lealtad del empleado o funcionario público con respecto al Estado». Pero no se trata tanto de la «lealtad del empleado», sino más bien de todo funcionario público que responda a los preceptos del Estado, ya sean estos del partido gobernante o de la oposición relativa (2). Es así como surge una nueva caracterización del vocablo dominicanidad. La legitimidad que comporta la utilidad del término gobernabilidad es la noción ideológica de dominicanidad. Noción por donde opera el principio de legitimidad. Esta proposición surge de formular una entidad más trascendente que la anterior. En efecto, para la aplicabilidad de la misma, es necesario justificarla en y por una superioridad: la orientación general de la Historia, de Occidente, quedando como término intermedio de fácil aplicación.

«La revolución científico-tecnológica ha sido la base de donde ha emanado el fenómeno de la globalización, el cual ha representado un desafío al concepto tradicional de Estado-nación, en razón de que las fronteras nacionales son traspasadas por el proceso de transnacionalización de la producción, las comunicaciones, el transporte, el comercio y las finanzas». De esta manera, se adecúa la noción ideológica -mito movilizador- y, por consecuencia, pone en movimiento al espíritu colectivo: «El desafío al que nos enfrentamos como nación es el de cómo asimilamos esos cambios en nuestras estructuras económicas, sociales y políticas sin que ello represente una amenaza de supervivencia a nuestra sociedad, sino, por el contrario, un estímulo al progreso y a la modernización».

El caos es lo opuesto al orden. Desde que los etnólogos describieron la utilidad de la relación en los orígenes y repeticiones de comunidades arcaicas, la creatividad intelectual ha encontrado un magnífico modelo para operar. Así también los hombres de acción.

Ahora bien, los fundamentos filosóficos de los argumentos presentados por el Señor Presidente adolecen de ciertas fallas, discúlpenos por señalarlas.

III. LOS ARGUMENTOS

La pieza inicia con un repaso histórico que justifique el presente y se proyecte a comportamientos factibles en el futuro. Es comprensible en todo sentido. Es el hilo conductor del momento. Nada mejor que recordar las batallas épicas de los mulatos y las mulatas en aras de establecer el aquí y el ahora propio de los dirigentes que habitan el tercer tiempo. Los vaivenes criollos por entrar en el concepto de democracia y la cruenta realidad cultural que se resiste. «Ese proceso de transición de un régimen despótico a un sistema democrático no ha ocurrido de manera lineal. Por el contrario, ha tenido sus momentos de interrupciones, zigzagueo y estancamientos, como lo demuestran hechos recientes de nuestra historia», dice el doctor Fernández Reyna.

Luego pasa factura histórica a los líderes políticos convencionales que contiene el país. «Ellos han sido los responsables de haber conducido el proceso de transición democrática que en los últimos treinta y cinco años ha vivido la República Dominicana». Posteriormente, «Ese proceso de búsqueda del pueblo dominicano con un estilo renovado de liderazgo político ha coincidido con un fenómeno de mutación histórica a escala planetaria que reclama de nuevas energías nacionales para ser encauzadas en favor del progreso y la prosperidad de todos los dominicanos». Haciendo una síntesis de ambos, proyectándola al modelo de legitimidad que tiene presente. «Si en los treinta y cinco años de luchas que el pueblo dominicano ha desplegado en favor de la transición democrática ha podido contar con el talento de tres figuras de excepción, el proceso de consolidación democrática que ahora se inicia, requiere, por encima de todo, de instituciones fuertes (3).

Esta manifestación sirve de puente para vincular la realidad histórica de la República Dominicana con la orientación general del Hemisferio. Es lo que en lógica conocemos como quid pro quo – «por esto se demuestra aquello» – cuya utilidad argumentativa e ideológica resulta altamente efectiva.

La coherencia de las estructuras de pertenencias bajo los sistemas de ideas, «arriba», o de los territorios debajo de las doctrinas, no solamente invierten el centro de gravedad de la ideología, arruinando en su principio la noción de instancia ideológica (como plano de realidad o de irrealidad autonomizable), sino que conduce a interrogarse sobre las condiciones de posibilidad de una consistencia comunitaria (ya que el nacimiento de una ideología es el de una comunidad). ¿De dónde procede el nosotros? De una identificación común a un superior.

La caracterización de una entidad superior (el futuro posible de Occidente gracias a la tecnología) justifica el plano general de movilización de las fuerzas políticas criollas en favor de las prerrogativas del Ejecutivo. Desde aquí parte a la caracterización global del movimiento de la Historia de la Ciudad (externo) para definir el movimiento interno de la sociedad dominicana. La maniobra exterior que el Señor Presidente de la República toma como trascendente y justificante al principio de legitimidad que propone -la gobernabilidad- las lecturas futurólogas donde se apoya la comprobación extra ideológica, en ningún momento son homogéneas. Las conclusiones de ellas van del rosa al gris y del blanco al negro, a juzgar por los discursos en tales lindes (5). Por lo que argumentar un programa político a partir de estos cambios es argumentar sobre arena movediza. Sobre todo cuando los principios del poder convencional son cuestionados seriamente por casi todos los analistas en esa área.

DOSSIER

Tres lecturas diferentes convocamos contra los argumentos externos donde se levanta la estructura del término gobernabilidad y que ponen en peligro la base sobre la cual pretende operar el nuevo gobierno.

Jacques Attali habla de la desorganización de la economía en la imposibilidad de predecir el futuro gracias a la saturación del mercado (6). Jean Baudrillard alega el ensimismamiento del sujeto, constituyéndose apático al control gracias a su auto-video-regulación (). Mientras Warren Wagar describe la caída de las creencias, de los principios de legitimidad. Todos apuntan a la muerte del poder en Occidente. A esta situación de cambio geopolítico le ha acompañado una revolución científico-tecnológica, en virtud de la cual, las tecnologías y los sectores productivos tradicionales, entre los cuales se encuentran la siderurgia, el petróleo, la industria química, petroquímica y el transporte basado en motor de combustión interna, han sido sustituidos por la electrónica, la informática, biotecnología, las telecomunicaciones, la fibra óptica y el microchip, ha dicho el presidente de la República.

Estos argumentos a priori sustentan el centro del proyecto de control colectivo que el Primer Mandatario propone. La ejecución dependerá de la seducción en el proceso de lucha y negociación con los otros dos institutos políticos. Para ello se vale del compromiso evadiendo el anatema. Bien. «Tal vez pocas naciones en el mundo tengan una visión tan clara como la tenemos los dominicanos respecto del tipo de sociedad que deseamos para nosotros y para nuestros hijos». Es así como empieza a mover la acción colectiva en favor del modelo de poder. Moviendo, a la vez, situaciones prácticas: lucha contra la corrupción, modernización del Estado, reforma a la judicatura, entre otras cosas. Amén de definirse dentro de las reglas de juego gracias a introducirse por medio de la llamada sociedad civil y que claramente no se sabe a qué debe ser aplicado este término().

La aplicabilidad del proyecto de legitimidad bajo estos supuestos corrompe necesariamente la práctica futura del poder, obligando a la improvisación ejecutiva. En vista de que el modelo externo grafica una heterogeneidad aún no definida por los tres centros de poder que hoy se debaten la geopolítica: Estados Unidos (acuerdo de libre comercio), Europa y Asia.

  1. PRACTICIDAD Y EL DIÁLOGO DE PODER

Este informe quedaría contaminado de banalidad e infecto de pedantería si no fuéramos capaces de proponer alternativas y ofrecerlas al Ejecutivo. Es el rol académico enumerado en la nota número uno.

El término gobernabilidad es aplicable como fórmula de legitimidad y operable por la redefinición de la noción cultural de dominicanidad. La variante está en el manejo de los datos culturales provenientes de la argamasa social. Redefinición que sirve de sostén a una comunidad legítima de orden, permitiendo una coherencia en la relación dirigente-dirigido criolla.

El erudito británico R. H. S. Crossman alega:

Una nación no piensa; siente, y siente tan inconsecuentemente como apasionadamente. Para interpretar estos sentimientos en uno mismo y en la sociedad, es preciso prestar atención a la historia y estudiar las fuerzas que produjeron esa confusión de sentimientos en el individuo y en el conglomerado social. Si se logra entender esto, el teórico político puede razonar y decidir no sólo lo que debe hacerse, sino la mejor manera de persuadir a otras personas a que lo hagan (10).

Configurar las líneas generales de cómo la nación dominicana ‘piensa y siente’ revela el bosquejo de ‘razonamientos’ y ‘decisiones’ que unifica bajo un mismo abrazo a los escribas y notarios con los hombres de acción. Así, tenemos que pensar en la cultura a partir de la noción de inconsciente colectivo (11), la cual constituye la memoria gráfica de la nación. Esta memoria nace desde el momento cero de la comunidad, cuando se definió el nosotros. Cuando se venció al caos y se instauró el orden interno del colectivo. Cada evento ocurrido allí muta históricamente al inconsciente, en una suerte de lucha dialéctica entre símbolos (metafísica cultural) y realidad (física = espacio/tiempo = devenir), y en medio está el individuo (sujeto/a) que soporta el día a día. La relación dirigente/dirigido se concreta desde el momento cero (teóricamente) en cuenta de que los primeros existen en el tercer tiempo: el presente. Pasado y futuro son dos platillos propios a los segundos. El presente es el momento de la decisión, de trascender los caracteres de la historia, transformándola. La metafísica especulativa reconoce al presente como la eternidad del instante (San Agustín, Confesiones, XI, 13-20). Los dirigentes regulan a merced la relación orden/caos, lo adentro y afuera, el orden y el desorden. Pero es la cultura la que redefine esta adecuación, luego vienen los razonamientos de justificación, el logos: La Palabra.

Pero detrás de todo ello, tras el inconsciente colectivo, la memoria gráfica, la organización nacional, las clases sociales y barrios, después de todo ello está el punto cero, el punto que genera una cultura pero que, a su vez, es ingenerado: la muerte. La idea de la muerte que tiene un pueblo es la base de los principios de legitimidad. La función del dirigente, de la ciencia, de la economía, de cualquier cosa, es conjurar esta última realidad, que es la primera. Ulises Heureaux y Rafael Trujillo comprendieron, cada uno como hombre de acción, esta problemática. El dilema de ambos fue el de no dominio de los sentidos, lo que Sócrates llamó la ascesis: la continencia del cuerpo en aras de la racionalidad. Lo que un tercer mandatario hizo.

Durante el ejercicio político de Rafael Trujillo, la variable muerte se ejercía por un control de la violencia, cuyo monopolio corría a manos de instituciones de poder. Más que la ejecución y repetición de las tres funciones del colectivo, las cuales son el orden estabilizado (12)

Tras la desaparición de la tiranía, la violencia se adueñó del cuerpo social y el modelo de orden trujillista se multiplicó en forma de caos. Diversos grupos sociales propusieron su propio orden, usando una especie de lenguaje interno. El Golpe de Estado de 1963, contra el profesor Juan Bosch, es una clara muestra de este argumento. Las diversas lenguas de orden impedían la existencia de un orden superior del Estado, es decir, el diálogo del poder. Por lo tanto, el ejercicio de poder propuesto por el humanista encontró resistencia, llegando incluso a colapsar en una asonada militar.

Es por eso que entendemos la manifestación del mandatario para imponer el orden del Estado por encima de cada uno de los microórdenes de los diversos colectivos que componen la nación dominicana, proponiendo el diálogo bajo una lengua convencional: la globalización. Sin embargo, nuestro acuerdo se detiene en las bases del proyecto de legitimidad, en la convención del término exacto cuando se gesta.

La situación de violencia se generalizó después de que el gobierno de Don Juan Bosch fuera depuesto, alcanzando su punto máximo durante la Guerra Civil de 1965. Después de que las hostilidades terminaron, la situación continuó más o menos igual. Durante el gobierno de Joaquín Balaguer, conocido como el «gobierno de los doce años», a pesar de ser definido por los historiadores como una «mistificación bonapartista» (en referencia a lo que dijo el autor de «El 18 Brumario de Luis Bonaparte»), se continuó con la práctica de dos órdenes diferentes. Uno era el Estado y el otro eran las izquierdas, que bajo otros códigos de valores y con otra idea de la Historia (Collingwood), continuaron ejerciendo la «violencia revolucionaria». Dos verdades y dos principios de legitimidad coexistían en la sociedad dominicana, en una guerra civil soterrada cuyas batallas variaban en escenarios y circunstancias. La estrategia de legitimidad del Estado consistió en neutralizar a los cuadros revolucionarios (de varias maneras y formas) para debilitar las instituciones legales que estos establecieron dentro de la sociedad, como los sindicatos, clubes y hoy en día las ONG, como un híbrido de ese proceso, sin redefinir el modelo de diálogo para toda la sociedad.

Mientras que el Estado operaba en la cúpula dirigencial, los contestatarios lo hacían en la base social y en el laboratorio de la sociedad: la Academia. Nuevos cuadros surgieron al amparo de lecturas de Antonio Gramsci, Theotonio Dos Santos, Ciro Cardosso, y Faletto, mientras que otros se enfocaron en Georg W. F. Hegel, Platón, Jacques Attali, Jean Baudrillard, el nuevo Régis Debray, y Karl Mannheim. La inteligencia formada aún proclamaba la lengua de un orden diferente al ejecutado por el Estado. Pero en diciembre de 1989, el referente físico de esta lengua cayó: el Muro de Berlín. Mientras tanto, los cuadros que continuaron operando en la base social fueron paulatinamente cediendo ante el empuje de la muerte y readecuándose en otras particularidades. La estructura de represión montada contra la base social permaneció (y permanece) inalterable. Así fue como a mediados de la década de los ochenta, el narcotráfico hizo su presencia en los barrios de Santo Domingo, sumado a las constantes migraciones de connacionales hacia los Estados Unidos (producto de múltiples causas, aunque una de ellas obedece al estado de violencia heredado de esta situación). Todo esto se resume en una palabra: el silencio.

Otro punto a tener en cuenta se relaciona con los eventos que ocurrieron en la primavera de 1984. La ingobernabilidad sobrevino y la sociedad política se dividió. Los principios de legitimidad cayeron debido a los múltiples cosmos políticos existentes y la falta de comprensión de la cultura dominicana y de la lengua cotidiana. El inconsciente colectivo surgió como una vorágine, arrasando todo a su paso. Ninguna teoría pudo conjurar el caos. Solo la fuerza y la violencia sostuvieron nuestra minúscula república «de ron, risas y lágrimas». Lo mismo sucedió en 1995, cuando aumentó el precio del pasaje del transporte urbano en la ciudad de Santo Domingo. Aunque la violencia se redujo a enfrentamientos entre la población (usuarios/choferes), el maligno se objetivó de una manera extraña y rápida, como el fuego, porque es la energía colectiva de los dominicanos y dominicanas.

Por lo tanto, la cultura de la violencia es coextensiva al modelo de legitimidad ejercido durante los últimos años. Recordando que la violencia ya no es un monopolio del Estado, también existe dentro del marco de los dirigidos. Este fenómeno fue observable durante los incidentes en el barrio capitalino de Gualey, cuando bandas armadas asaltaron el Puente Francisco de Rosario Sánchez, por donde transita el 60% de la economía de la nación. Un principio de legitimidad que no tome en cuenta esta situación y las constantes culturales que la apoyan, está cerrando el diálogo a las diversas instancias de legitimidad.

Para concluir, recordamos las palabras del historiador Guglielmo Ferrero:

«El hombre, por tanto, vive en el centro de un sistema de terror, en parte natural y en parte ficticio, siendo el segundo mucho peor que el primero. El poder es la manifestación suprema del miedo que el hombre se provoca a sí mismo en su vano esfuerzo por huir del terror. Y aquí está el secreto más oscuro de la historia. Un principio de autoridad existe incluso en las agrupaciones humanas más primitivas y rudimentarias. El esquema de poder es único e igual en todas partes […]. La humanidad ha vivido, vive y vivirá siempre organizada de este modo por una razón muy simple: los hombres se temen los unos a los otros, desconfían mutuamente de los de su propia especie, principalmente debido a las armas que han fabricado para defenderse de sus miedos. […] Cada hombre sabe que es, sin duda, más fuerte que algunos de sus semejantes y más débil que otros muchos. También sabe que, solo y aislado en medio de la anarquía total, sería el terror de los más débiles y la víctima de los más fuertes. Es por eso que siempre y en todas partes, la mayoría de los hombres han decidido renunciar a ejercer el terror sobre otros hombres por la misma razón por la que se temen a sí mismos.»

«Cada hombre sabe que es, sin duda, más fuerte que algunos de sus semejantes y más débil que otros muchos. También sabe que, solo y aislado en medio de la anarquía total, sería el terror de los más débiles y la víctima de los más fuertes. Es por eso que siempre y en todas partes, la mayoría de los hombres han decidido renunciar a ejercer el terror sobre los más débiles para, en contrapartida, temer menos a los más fuertes» (13).

Precisamente este miedo es el que existe en la República Dominicana, con miles de armas en manos privadas y una violencia que puede desestabilizar cualquier ejecutoria del gobierno, cerrando el diálogo y la gobernabilidad.

En conclusión, todo principio o ejercicio de legitimidad constituye un acto de fe que los dirigidos realizan en virtud de las respuestas que ofrecen los dirigentes. Estas respuestas aseguran la repetición de las variables trifuncionales (lo material, lo biológico y lo intelectual) que sostienen al colectivo total. Si estas respuestas no se responden (es decir, si no se realiza un diálogo de poder completo), sobreviene el maligno y prevalece la ingobernabilidad.