Mtro. William Mejía Chalas

En la continuación de este Congreso Dominicano de Filosofía, Santo Domingo 2025, Pensar en español: una apuesta por la identidad dominicana, la persona que nos va a presidir a continuación es doctor en Filosofía del Lenguaje, con énfasis en lingüística hispánica; magíster en Lingüística Aplicada; máster en Filosofía en un Mundo Global; magíster en Entornos Virtuales de Aprendizaje; profesor-investigador adjunto de nuestra Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ha concluido también todos los estudios del Doctorado en Humanidades, Estudios Culturales y del Caribe, un doctorado de nuestra universidad, avalado por el MESCyT.

Para hablarnos sobre La condición humana en la obra de Andrés L. Mateo, recibimos a nuestra estrella, el Dr. Gerardo Roa Ogando.

Dr. Gerardo Roa Ogando

Muchas gracias a Wilson, a nuestro querido William. La estrella es él; ese maestro es bueno, señores, excelente, brillante. Para mí es un placer poder expresarme ante ustedes. Me suscribo y me adscribo a las salutaciones que ha hecho nuestro querido William, a todos, sin excepción, pues no dejo a nadie fuera. Debo saludar también a los tres millones de personas que nos están viendo a través de las redes sociales en este momento.

Les voy a hablar a partir del título que aparece en la pantalla: La condición humana en la obra de Andrés L. Mateo. El mismo título supone que lo humano existe y que somos nosotros. No pretende ningún otro tipo de circunloquio o palabrería que no pertenezcan a mi ámbito de estudio y de reflexión.

Hablar de condición humana implica necesariamente referirse al siglo XX. Debemos remitirnos a Hannah Arendt, nacida en 1906, en el contexto de un siglo convulso. Su vida se desarrolló en medio de la Primera Guerra Mundial, las diferentes revueltas colaterales a esta, la influenza española, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y, por supuesto, el Holocausto.

Todos estos acontecimientos caracterizaron y condicionaron la vida, y motivaron a Hannah Arendt, de ascendencia judía alemana, a reflexionar profundamente sobre el sentido de la vida del ser humano en la Tierra, es decir, sobre para qué vive el ser humano. En 1951 escribió Los orígenes del totalitarismo.

Posteriormente, en 1958, publicó La condición humana. Entre 1961 y 1963 escribió una obra inspirada en el juicio realizado a Adolf Eichmann en un tribunal israelí, por su papel como uno de los altos responsables de la logística del traslado de judíos a los campos de concentración, donde se materializó el asesinato de más de seis millones de personas, entre judíos y miembros de otros grupos perseguidos por no ajustarse al perfil ideológico esperado por la élite que llegó al poder en Alemania.

Esta élite se inspiraba en una ideología que Marx había descrito, casi cien años antes, como una falsa conciencia: la idea de la existencia de una raza superior, una raza aria, hablante de una lengua supuestamente distinta. Se trata, sin embargo, de una ideología, pues la raza, en sentido estricto, no existe: existe el ser humano; existen etnias, diversidades, y nadie es puro.

Somos seres humanos diversos. Esa es la gran verdad. En su obra La condición humana, Arendt conceptualiza la condición humana en el ámbito de la vida activa, de la vida social y de la vida política. Por ello se refiere al nacimiento, a la vida adulta y a la muerte.

Dentro de la vida adulta y de la vida activa, Arendt maneja tres conceptos fundamentales: la labor, el trabajo y la acción. La labor se refiere a las actividades necesarias e indispensables para la vida, como alimentarse, dormir, descansar o acudir al médico. El trabajo comprende las actividades humanas orientadas a la construcción de objetos duraderos: edificar una casa, fabricar una máquina o desarrollar tecnología que facilite distintas actividades.

Cuando habla de la acción, le concede una mayor carga política. Afirma que es la más importante, porque implica la relación del ser humano con los otros en la toma de decisiones y en la elaboración de políticas públicas. Es en este ámbito donde Arendt señala que la condición humana se refiere al conjunto de experiencias y actividades que condicionan la vida del ser humano en el planeta.

A manera de síntesis, en el contexto de la presente investigación, la condición humana se entiende como el conjunto de características biológicas y sociales que hacen del ser humano distinto del resto de los seres vivos. Algunos tratadistas coinciden en presentar al ser humano como malo por naturaleza, cuya conducta puede ser moldeada a través de los aparatos ideológicos del Estado. A manera de síntesis, en el contexto de la presente investigación, la condición humana se entiende como el conjunto de características biológicas y sociales que hacen del ser humano distinto del resto de los seres vivos. Algunos tratadistas coinciden en presentar al ser humano como malo por naturaleza, cuya conducta puede ser moldeada a través de los aparatos ideológicos del Estado.

Entonces, esa definición, esa caracterización, nos remite necesariamente al año 1651, con la publicación de Leviatán de Thomas Hobbes, en el contexto de la guerra civil inglesa. En dicho conflicto se enfrentaban el Parlamento y el rey Carlos I, en una lucha por la hegemonía y por la determinación de quién debía ostentar el poder político. Carlos I sostenía una visión de corte medieval, según la cual Dios era la fuente del poder y los gobernantes ejercían su autoridad por designio divino; mientras tanto, el Parlamento procuraba limitar ese poder absoluto.

Finalmente, Carlos I fue ejecutado. Sus poderes fueron reducidos, aunque se mantuvo la monarquía bajo una forma constitucional. En ese contexto histórico surge Leviatán, obra inspirada y motivada, de una u otra forma, por la guerra civil inglesa. En ella, Hobbes describe al ser humano en su estado natural como un ser inmerso en una condición bárbara, caracterizada por la lucha del hombre contra el hombre, por la guerra de todos contra todos.

Al final de la obra, Hobbes sienta las bases de la idea del contrato social, al sostener que lo único capaz de garantizar cierta armonía entre los seres humanos, y de posibilitar una forma mínima de gobernanza, es precisamente la existencia de un contrato social, la creación de los Estados modernos, las constituciones y las leyes.

Jean-Jacques Rousseau profundiza posteriormente este concepto en El contrato social, así como en otras de sus obras. En particular, en Emilio, o De la educación, Rousseau sostiene que el ser humano no nace malo, sino que es el medio el que lo corrompe, para bien o para mal. De este modo, las concepciones según las cuales el ser humano nace malo o nace bueno no deben entenderse como contradictorias o antagónicas, sino más bien como perspectivas complementarias.

En el contexto en el que aquí utilizo el concepto de condición humana, este se refiere, en primer lugar, a las condiciones biológicas que incluyen la capacidad de raciocinio, el lenguaje articulado —doblemente articulado— y otras condiciones psicobiológicas que distinguen al ser humano del resto de los seres vivos.

Por otro lado, se encuentra la dimensión de la normalización social. Esta permite que el ser humano se sujete a normas y haga posible la vida colectiva. Gracias a ello surgen las naciones; sin embargo, aquellas que no logran consolidar y fortalecer el Estado —entendido como el conjunto de leyes e instituciones— tienden a reproducir conflictos y problemas que son propios de la condición humana.

En el contexto del siglo XX a escala mundial, encontramos un conjunto significativo de obras que reflejan la condición humana. Para ilustrarlo, basta pensar en experiencias universales: ¿qué sucede cuando perdemos a un ser querido?, ¿qué sentimientos emergen ante la imposibilidad de sostener económicamente a una familia?, ¿existe un factor común en estas vivencias? Se trata de situaciones compartidas por la humanidad en su conjunto.

Algo distinto ocurre, por ejemplo, en la novela El extranjero de Albert Camus. En ella, al personaje principal se le notifica la muerte de su madre. Él se encuentra en Argelia, mientras su madre residía en un asilo en París. Su reacción resulta profundamente desconcertante: se pregunta por qué su madre decidió morir en ese momento, sin esperar una semana más. Se muestra indiferente, viaja al funeral, toma café, fuma un cigarrillo, se reencuentra con una mujer, va a la playa, se ve envuelto en un conflicto y termina matando a una persona. Finalmente, es juzgado no tanto por el crimen cometido, sino por su actitud de insensibilidad, ajena a lo que comúnmente se espera del ser humano: el remordimiento, el arrepentimiento.

Este ejemplo permite comprender mejor a qué nos referimos cuando hablamos de condición humana. La historia de la humanidad testimonia, en efecto, la lucha del todo contra el todo, manifestada en guerras mundiales y conflictos locales, lo que pone en evidencia una dimensión racionalmente problemática —o incluso moralmente negativa— del ser humano.

El estudio de la literatura permite conocer la representación de la condición humana. En el caso de la narrativa dominicana, dicha representación puede analizarse desde tres categorías fundamentales: la imagen de la palabra, la imagen del mundo y la imagen de los personajes.

Lo último que estoy utilizando proviene de un autor español, Luis Beltrán Almería, investigador de la Universidad de Barcelona, reconocido estudioso de la obra de Mijaíl Bajtín, de la teoría de la novela y de la tradición semiótica rusa, francesa e italiana. A partir de sus aportes, abordo el estudio de la condición humana en la literatura de Andrés L. Mateo desde tres dimensiones fundamentales.

En primer lugar, la imagen de la palabra, que remite a lo propiamente literario: el uso de metáforas, metonimias, recursos estilísticos y la configuración del lenguaje artístico. En segundo lugar, la imagen del mundo, que es donde se inscribe todo este análisis: la capacidad de la obra literaria para representar la realidad histórica, en este caso las guerras, las matanzas y los conflictos que ha vivido la humanidad a lo largo del siglo XX. Finalmente, la imagen de los personajes, entendida como la capacidad del creador para construir figuras verosímiles, reconocibles y semejantes a las de la vida real.

Existe una amplia cantera de obras literarias, particularmente novelas —que constituyen mi género de lectura preferido para el estudio— sobre la Primera Guerra Mundial, muchas de las cuales han sido llevadas al cine. Entre ellas se encuentra Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, una obra emblemática de su tiempo; Johnny tomó su fusil, de Dalton Trumbo; y Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez, novela inspirada en el imaginario bíblico del Apocalipsis, pero que puede leerse como una sátira de la Primera Guerra Mundial.

En relación con la Segunda Guerra Mundial, pueden mencionarse obras como Una mujer en Berlín, de autoría anónima; Veintiocho días; El niño con el pijama de rayas; y El diario de Ana Frank, que, aunque no es una novela en sentido estricto, sino un diario personal, se ha convertido en un testimonio fundamental de ese periodo histórico.

Andrés L. Mateo es ampliamente conocido en la República Dominicana. Se trata de un gran intelectual cuya vida estuvo marcada por los principales acontecimientos políticos del país en la segunda mitad del siglo XX. Sus primeros años coincidieron con los últimos años de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Cuando Trujillo fue asesinado, el 30 de mayo de 1961, Andrés L. Mateo tenía quince años; durante la Guerra de Abril de 1965 contaba ya con diecinueve años. Vivió, además, los doce años del régimen de Joaquín Balaguer, experiencia que le permitió conocer de cerca lo que significa un Estado caracterizado por el abuso de poder, cercano a formas de totalitarismo.

Por ello, sus obras reflejan, de una u otra manera, estas vivencias, pues todo autor habla desde su subjetividad, desde aquello que su mente ha representado a partir de su experiencia histórica y vital. Las cuatro novelas de Andrés L. Mateo son: Pisar los dedos de Dios, Penélope, La balada de Alfonsina Bairán y El violín de la adúltera.

Finalmente, he incorporado un mapa del Caribe para situarnos geográficamente y recordar que no estamos solos en esta región. A veces resulta llamativo que existan tantas dificultades legales para desplazarnos entre islas tan cercanas, cuando históricamente los pueblos originarios —taínos y caribes— se movilizaban desde el Orinoco, en el norte de Venezuela, hasta Puerto Rico y nuestra isla.

 

Desde una perspectiva geográfica, la isla de La Española no es “media isla”, como suele decirse poéticamente, sino una isla compartida: Haití ocupa aproximadamente una tercera parte, mientras que la República Dominicana posee cerca de dos terceras partes de su territorio. Esta ubicación caribeña, junto a islas como Cuba y Puerto Rico, forma parte del contexto histórico, cultural y simbólico desde el cual también se piensa y se representa la condición humana.

Está Puerto Rico, que coincidimos, ¿verdad?, nosotros tres en hablar, eh, la lengua de Cervantes. Eso lo hice porque lo presenté en Italia, ese mapa, y quería que supieran que era la República Dominicana, porque al principio, cuando decía en algunos contextos que era la República Dominicana, eh, me preguntaban que dónde estaba la República Dominicana. Entonces yo le hice, allá mismo, le coloqué este mapa.

También en México, en Chilpancingo y en Tlaxcala, había estudiantes que me decían: “¿Y qué parte de México es eso?”. Yo dije: “No, no, eso no, ningún parte de México”. También a verlo aquí. Míralo. Aquí tenemos aquí nuestro padre —bueno, porque será para ellos los taínos—. La condición humana de la República Dominicana ha estado precisamente condicionada por los gobernantes que hemos tenido, por las diferentes situaciones.

Novelas de la condición humana sobre la dictadura de Trujillo: tenemos El masacre se pasa a pie. De Mario Vargas Llosa está La fiesta del Chivo, de Julia Álvarez En el tiempo de las mariposas. Tienen que ver, porque reflejan esa condición de inseguridad, de inestabilidad, de miedo, de terror, que es propio del ser humano, porque el ser humano siente. Cuando hablemos de condición humana, es eso: lo que es propio, no es nada de ángeles, es lo que es propio del ser humano.

Que si estoy majando un clavo —¡pan!— me doy —¡concho!— me duele porque soy humano. Es eso, señores. Sí, porque cuando yo, ahorita que decía que la condición… un amigo mío dijo que la condición humana no existe. Entonces me pregunté: “Oye, pero tantos libros que hay sobre la condición humana, yo creo que esa gente no son locos que los han escrito”.

Aquí tenemos la condición humana en la Guerra de Abril del 65. No voy a entrarme, porque ese es un tema que me apasiona, porque es de mis más recientes proyectos de investigación, y si empiezo a hablar de ello, tal vez me desvíe demasiado. Eh, aquí tenemos de nuestro gran escritor, antropólogo, querido magiólogo, Marcio Veloz Maggiolo, De abril en adelante, una protonovela que yo pido que lean. De nuestro querido, mi profesor Manuel Matos Moquete, Los amantes de abril.

Eh, tenemos también, eh, dos obras más. Eh, esa La avalancha, he hecho un estudio profundo de ella. De las tres, de las cuatro —bueno, de todas las que están ahí— las he estudiado, pero el más profundo, o sea, la que yo me siento más bien, eh, y bueno, también a los que la han leído, es La avalancha, eh, que representa un conjunto de haitianos que se escaparon de una cárcel, y entonces cruzaron todo para acá y construyeron un barrio en lo que sería el Pequeño Haití.

Y ahí entonces se ven todo tipo de, de solidez, de cuestión, de, de, de convivencia entre esos dominicanos que roban y matan, no por ser dominicanos, sino porque eran delincuentes. Y ahí se pone en evidencia la condición humana en situación de ilegalidad, en situación de pobreza extrema, en situación de anomia social, eh… etcétera, etcétera.

Pero a la vez él crea dos personajes interesantes, que son el ingeniero Santillana, de origen español, y una haitiana, hija de un arquitecto que vive… que esa no vino con la avalancha de presos, sino que, eh, empezó a visitar esa zona porque era haitiana y vivía aquí. Ella tenía una situación social distinta porque su padre era un arquitecto acaudalado que vivía en París, y entonces se enamora… muchos hombres se enamoran de ella.

Ella no le hace caso, era una morena despampanante, tenía buen perfume, pues. Y el ingeniero Santillana empezó a observar la morena, se enamora de esa, de esa morena, y entonces él rompe con la presión social que lo critica de enamorarse de una haitiana, y se enamora de la muchacha haitiana, de Irene. Los dos se enamoran, hacen el amor, y entonces empieza la gente a criticarlo.

Él no puede estar en reuniones dentro de contextos sociales de esos empresarios porque empiezan a decirle: “¿Quién es esta persona?” Y este hombre… y entonces él logra hacer un edificio que al principio era de diez pisos y lo elevan a quince pisos, y el edificio representa la fortaleza de la relación entre ellos, independientemente de los estereotipos sociales.

Es como una crítica. La novela, yo creo que tiene un discurso —yo lo digo— un discurso de denuncia social soterrado que indica que la tesis de Bosch, de que en República Dominicana no existe racismo, que lo que existe es diferencia de clase. Porque si tú tienes dinero, entonces no importa tu color, y si tienes buen perfume, buen carro, eres aceptado en la sociedad.

Hay mucho más que se puede descubrir sobre la condición humana en esas y otras novelas. Bueno, aquí estoy hablando de los doce años de Balaguer, es una historia muy reciente que la mayoría de los que están aquí conocen mejor que yo. Eh, esta novela Pisar los dedos de Dios, de Andrés L. Mateo —porque es mi autor estrella de esta mañana—, tiene que ver, es una metáfora de un colegio, de un colegio católico en la capital, pero la metáfora es del país.

Es como un colegio en que las normas son violadas, pero el poder es solo de quienes dirigen: del director y de su asistente, el del padre Vicente. Los niños son violados, son torturados. Algunos tienen que salir y miran a través de un hoyo, y ven con la doble moral de alguno de los dirigentes del colegio, quienes visitan el burdel de la vieja, eh, de noche, mientras entienden que los niños están durmiendo.

Entonces aquí yo digo que la normalización social es la faceta de la condición humana que permea todas las acciones de los personajes representados en esta primera novela de Andrés L. Mateo, desde 1978. Se materializa, es decir, la normalización social, mediante el aparato educativo y por el aparato religioso, ambos descritos por el filósofo francés Louis Althusser en su libro Ideología y aparatos ideológicos del Estado.

Bajo esa condición, el narrador-autor otorga vida a la imagen de los personajes. Se trata, por una parte, de los alumnos internados en un importante centro de enseñanza católico y ubicado en la capital dominicana. Por otra parte, están los sacerdotes que fungen como profesores, y uno de ellos como el padre director.

Por nombre se menciona al padre Vicente, quien se presenta como un cruel y despiadado docente. Abusa constantemente de sus alumnos. Destaca por torturar a los alumnos, pegándoles fuertemente en sus manos hasta verlos casi sangrar. El padre director es un señor mayor y enfermo, quien casi no puede caminar, casi siempre también ayudado por los hombres del reverendo Mimes. En la página 24 está este relato.

Este se construye como un mediador entre los padres-profesores y los alumnos. Un cuadro que muestra este hecho tiene lugar cuando Mayía entra —Mayía es un personaje—, entra a la habitación del director y le cuenta todos los atropellos que el padre Vicente comete contra él y sus compañeros.

En total son veinte actantes, siguiendo el modelo actancial de Greimas. Dentro de estos se encuentra el narrador-autor, quien es omnisciente, testigo y autor. Es decir, que estamos ante un narrador heterodiegético, según Gérard Genette. Es este quien cuenta la historia en primera persona del singular y, al mismo tiempo, es uno de los alumnos del centro, compañero de Bernardo Cui, Mayía, Tuto Zavala, el Curo y Jacinto Crespo.

Estos seis actantes, más el padre director y el padre Vicente, son los personajes principales de la novela. Los secundarios son el reverendo Newmash, el guardián Colorado, Josefina, Mi niño, Trujillo, Jao, Él y Dios. Personajes, objetos o símbolos que adquieren personalidad son el cacerón de la vieja, el ojo del buey, las estrellas con las que convergen el guardián, la forma, y… y así sigue, ¿no? Sigo leyendo.

Como establecimos en el marco teórico, el personaje colectivo es un tipo de actante que actúa como grupo, como si se tratase de algún tipo de personaje jurídico. Este interactúa al responder el saludo del padre director, en la página 28, de forma real y tímida: “Buenas noches.”

Todos responden como si fueran un solo personaje. Sin embargo, este actante se reduce a seis personajes físicos, ya que en el resto del relato las acciones del grupo se limitan a la diégesis del narrador principal: Magía, Tuto, Zavala, Jacinto Crespo, Bernardo, Pu y el Curro. Entonces, aquí tenemos una breve muestra de esa novela.

Me lo voy a adelantar, para no… para solo presentar las muestras. Como dice aquí este personaje: “Me sentí aludido en un primer instante, sin consecuencias. Cuando la escena se instaló en mi conciencia, me estremecí. Hacía dos semanas que el padre Vicente me había golpeado. Fue cuando me distraje un instante en la clase de geografía, tal vez sin esa manía de escalar los muros que todos practicamos.

Yo también me había ido de viaje y dejado el cuerpo como colorado, de modo que todavía tuvo que tocarme para repetirme la pregunta, que, por la manera de subrayarla y la forma como los demás se miraban, deduje que hacía ya mucho tiempo que me la estaba repitiendo”.

La otra Penélope es una tremenda novela que refleja la imagen de Dios porque inicia con un cadáver en el río Sama.

Y entonces ese cadáver de una mujer se convierte en objeto de observación por Álvaro, que… de hecho, cuando la primera vez que estaba leyendo esa novela, eh… ahí representa el autor una… eh… una gran pelea que se armó ahí en el parque Independencia y empiezan a tirar, en el contexto de la Guerra de Abril, y mataron a Álvaro. Yo le digo a mi esposa: “Ay, mi amor, mataron a Álvaro”.

“Ay, ¿cómo va a ser?”, porque ella creía que era el vicedecano. Yo dije: “¡No! Es la novela, muchacha, la novela que estoy leyendo”. Entonces, eh, ¿no nos pasó cuando teníamos amores? Que yo estaba leyendo La Pandora en el Congo, de Albert Sánchez Piñol, antropólogo español, sobre la explotación de Leopoldo I en el Congo.

Y entonces había uno de los personajes que se llamaba Richard, un personaje inglés, y lo matan en medio de la selva. Y, verdad, que estaba muy mencionado, porque tenemos un amigo en común español que se llama Richard, y entonces ella se me confundió, o yo la hice confundir, no sé. Pero bueno, aquí volviendo…

La otra Penélope es una novela que yo empecé a leer en el año 98, no entendí mucho, después la retomé. De verdad que sí, que es una gran novela, y que, como me decía mi profesor Benavides: “Es que te faltan referentes, tienes que seguir leyendo otros autores más fluidos”, y ya, de verdad que me encanta. Eh, aquí el personaje protagonista responde al nombre Félix Marcel.

Son imágenes, eh… en la narración. Bueno, ¿qué es lo que dice? Sus imágenes en la narración son las siguientes: es la máscara del autor, es el narrador omnisciente quien lo cuenta todo, es un joven combatiente de la Guerra de Abril del 65, es un joven cuyas imágenes de la guerra lo mantienen en constante frustración, aunque con menos intensidad que otros personajes.

Es el amante preferido de Alba Vesoria. Es el mejor amigo de Álvaro Pascual. Es el joven que se introduce en un… en su propio ser después de la muerte de Álvaro, y además es el vengador de los asesinatos tanto de Alba como de Álvaro al final de la novela. El tercer personaje principal es Álvaro Pascual, quien conjuga al mismo tiempo tres imágenes:

El joven que emigró a la capital a estudiar Derecho, el joven que combatió en la Guerra de Abril del 65, el amante de Isis, el hombre frustrado, atormentado y atribulado, quien era consciente de que la mente lo acechaba al doblar de una esquina. Y finalmente, el cadáver que resultó después de su asesinato a manos del escuadrón de la muerte.

Este personaje representa, además, a la generación de jóvenes combatientes, sus sentimientos frustrados, sus temores e incertidumbres, y finalmente su asesinato. El otro personaje protagonista es Alba Vesoria, quien aparece en función de las siguientes imágenes: cadáver flotante al inicio de la obra;

Retrospectivamente fue una joven campesina de la ciudad, joven prostituta de quien Félix Marcel se enamora y a quien La Torre somete a todo acto de sadomasoquismo. Es, para Marcel, otra Penélope, ya que se enamoró de ella y posteriormente ella desapareció por un espacio prolongado de tiempo que a él le pareció una eternidad.

Cuando apareció ya era propiedad del doctor La Torre. Por lo tanto, también en este personaje tenemos cuatro funciones, las cuales proyectan imágenes distintas en cada escena. Y aquí hay una breve muestra, de página 11 y 12: “Contra el cuarto, contra el cuartito del hotel de chinos de la calle Duarte donde ofrecías tus…” Bueno, no lo voy a leer porque mi niña está aquí.

Aquí está, eh, La balada de Alfonsina Bairán. La condición humana, La balada de Alfonsina Bairán. Esa es una tremenda novela. A mí me encanta esa novela, de verdad que sí, porque me muero, mucho me provoca risa. La balada de Alfonsina Bairán. Eh, la verdad, la condición humana se manifiesta en las acciones de más de cuarenta personajes, entre los cuales tenemos al narrador testigo, quien percibe desde el principio como un erudito.

Es un licenciado, un tipo culto, eh, tiene mucho conocimiento, pero en el contexto de la dictadura de Trujillo él tenía problemas no resueltos en su adolescencia, porque aquí se representa que los… el papá de esos muchachos los llevaban a un burdel para que se entrenaran como hombres, ¿verdad?, a donde una prostituta.

Y entonces los primeros dos que entraron fueron exitosos, pero cuando el licenciado, que era un jovencito, entró, que empezó a ver esos senos arrugados y esta… la mente lo nubló y entonces no pudo materializar, y quedó con ese problema. Entonces se casa con Maribel Sicilio, una muchacha de origen italiano, eh, que quería estudiar música.

Él, eh, llegan a un acuerdo para que ella aprendiera a tocar violín con un maestro italiano del violín y a tocar otros instrumentos. Y ustedes saben que la gente de una vez empezaba a cuchichear, que esa muchacha, ¿para dónde es que está saliendo?, dizque aprender música, pero nunca la hemos oído tocar violín en su casa.

Y empiezan a llegarle al licenciado Moreira Luciano, le empiezan a llegar, eh, unos anónimos. Y esos anónimos eran diciendo que ella no era aprendiendo a tocar violín que estaba, que era en otra… en otra… en otra situación, que posiblemente le estaba siendo infiel. Entonces es interesante, porque él, eh, cuando era estudiante de la UASD, aquí de Derecho, tenía amores con la hija de un diplomático italiano que tuvo que salir del país por contradicción con la dictadura. Y entonces se llamaba, eh, Margarita esa novia, la primera novia que tuvo aquí en la UASD. Dice ahí en

Matahambre se juntaban a comer mango —eso en la novela— a comer mango y hablar, y venían caminando de allá para acá. Eh, pues el asunto es que ahora que tenía a Maribel Sicilio, y que tenía todos esos rumores, que la cabeza se le había llenado de muchas cosas, eh, él se consiguió una gallina y le puso Margarita a la gallina, para darle celos. Y la llamaba, le echaba maíz, y decía: “Margarita, Margarita”.

Da risa. Bueno, pues entonces, que en la novela, en esa narrativa, emerge la condición humana en sus diferentes vertientes. El licenciado Moreira era un hombre que no tenía prejuicios. Él era amigo de la gente sin importar su situación social. Era un hombre culto, era un hombre educado. Era el único que hablaba con Paco, que era el homosexual, eh, público de ahí del sector. Y dice que Paco le colocaba la mano en el hombro y él no se… cuando estaba hablando con él, porque él lo sentía que era un amigo. Él veía más allá, veía al ser humano. En una ocasión sucedió algo muy tétrico, terrible para Paco. Era que él tenía un novio y el novio lo descubrieron robando, eh, en un colmado. Él fue a defender al novio y le cayeron a trompada limpia los que le estaban dando golpe. Y el novio lo que hizo fue que se mandó corriendo, lo dejaron a él, le dieron una trompada, le sacaron un ojo, le rompieron un brazo y lo mandaron al hospital.

El único que fue a verlo al hospital fue el licenciado Moreira. Y ahí hay un diálogo interesante. Y dice: “¿Cómo…?”, le pregunta el licenciado, “¿Cómo usted se siente, Paco?”. Dice él: “Imagínese, ¿cómo yo me voy a sentir? Pobre, tuerto y… ¿cómo yo voy…?” Pues el asunto es que él se recupera con el tiempo y él se sincera.

El licenciado Moreira empieza a llorar un día, eh, con él, con Paco, porque eran amigos, y le dice lo que le está pasando. Le dice: “Yo lo voy a llevar a donde el poeta Héctor J. Díaz, que la poesía es buena para aliviar el alma. Él me ayuda mucho y me dice que sea como soy, como yo me sienta feliz y que no me meta, no haga nada mal hecho”.

Vamos donde… pues van a un bar, eh, y se sientan con el poeta. El poeta representa a la especie de psicólogo en la narrativa, porque él le dice: “No se lleve de eso. Eso es mentira. Quiera a esa mujer, eh, sáquela a pasear. Eh, olvídese del mundo, que es que la gente es pendenciera, chismosa, le gusta meterse en lo que no le importa. Haga su vida, levante la cabeza, sea feliz.”

Y entonces él hace, eh, precisamente eso en un matrimonio que estaba al borde del fracaso. Luego descubre, decide visitar al maestro de violín, y descubre que realmente no existía esa, eh, insinuada infidelidad, sino que realmente la muchacha, por su linaje, ¿verdad?, y su, eh, amor por la música y las artes, estaba aprendiendo a tocar violín. Y ahí se acabaron los estereotipos. No recuerdo exactamente cómo termina la novela. Ahora, tampoco le voy a leer eso porque… ah, bueno, déjame ver este pedacito, este fragmento. Dice: “Nadie supo cómo Alfonsina Bairán levantó en…” Ah, no, esta es otra. Esta es la… bueno, terminamos con esa, La balada de Alfonsina Bairán. Solo le voy a leer esta. Esta novela, eh, tiene que ver con la llegada… Ustedes recuerdan que, por lo que hemos leído, ¿verdad?, porque no somos tan viejos ninguno de los que estamos aquí, que Trujillo le abrió las puertas —claro, iba a recibir algunas ayudas internacionales—, eh, a un millón de judíos, ¿verdad? Aunque se dice, dicen los historiadores, que vinieron… que no vinieron toda esa gente, tal vez 700,000, y a 4,000 exiliados españoles intelectuales, aunque también se dice que vinieron algunos, pero luego la mayoría se fueron para otros países. Pero bueno, le abrió esas puertas. Y entonces esta novela tiene dos personajes estrellas. Eh, uno que es producto de la llegada de los españoles, de esos 4,000 españoles, que es Alberto Cuadra González, y la señora doña Alfonsina Bairán, regia, hermosa, alta, así, buena, hermosa como Lusitania Martínez, me la imagino.

Ella representa, a la mujer libanesa, de origen libanés, eh, cuya principal actividad económica era montar tienda y vender productos de Líbano: tela, aceites preciosos. Y él, como esos intelectuales españoles —Alberto Cuadra—, la mayoría eran intelectuales, se dedicaban a la docencia. Entonces ellos se enamoraron y se casaron.

Y así ampliaron su negocio aquí. Sin embargo, Alberto Cuadra una vez hizo unos pronunciamientos en su salón de clase, y no se percató de que uno de los alumnos era hijo de uno de los calies de Trujillo. Y Alberto Cuadra desapareció. Lo encontraron luego, un cadáver con un block en el cuello, eh, en el río Sama. Había quedado ahogado.

Y entonces, en venganza del asesinato de su marido, Alfonsina cambia el negocio de productos orientales por un prostíbulo. Y ahí demuestra, con esa metáfora, que el país era como un burdel, eh, y que el principal cliente era quien gobernaba, porque ahí iban todos los funcionarios de Trujillo. Ese prostíbulo… es interesantísima esa novela.

La narrativa de Andrés L. Mateo se caracteriza porque, eh, los personajes… en cada obra hay una prostituta, hay un chulo especial, hay un burdel, entre otras cosas. Pero hay que entender que esa es una metáfora. Una metáfora de resistencia ante la dictadura y los abusos de poder, ante la condición humana que estábamos… ante las situaciones, ¿verdad?, que hablaban de la condición humana que estábamos viviendo.

Ya eso lo leyeron, por eso no se lo voy a leer ese fragmento. ¿Y qué fue? Yo le hablé… Ah, yo no le voy a leer las conclusiones porque ya basta. Yo lo que quiero es animarlos a que ustedes lean esas obras, los que no la hayan leído, eh, y que sé yo, que descubran algo nuevo, de esas, así, sobre la condición humana. Porque originalmente quería hablar en sentido general, para luego caer en Andrés L. Mateo.

Les invito a leer sus obras. Les voy a leer un poema, porque él no solo tiene novela. Él tiene una obra que es su tesis doctoral, eh, sobre el discurso ideológico de la dictadura de Trujillo: Mitos e ideología en la dictadura de Trujillo, Premio Nacional de Ensayo Científico de 1992. Todas sus obras tienen premios, Premio Nacional, las obras de Andrés Mateo.

Ese fue uno de los criterios que utilicé, ¿verdad?, el respeto social de las entidades sociales, para elegirlo como uno de mis objetos de análisis. Y dice:

“Lo único perpetuamente estático es la nostalgia.”

Dicho esto, por supuesto, al margen del venerable Heráclito:

“Contra el tiempo se diluyen las cosas. En la vida todo es ir, o lo que a lo que el tiempo deshace”, dijo el poeta.

“Regresas y ha cambiado lo que antes era tuyo, menos en la nostalgia en la que igual las cosas permanecen. A pesar del círculo implacable que el vivir arrasa, todavía la luz sucede a la luz. Cuando vuelvo al viejo barrio, ha pasado algún tiempo, pero soy todavía el niño cruel que cazaba mariposas.”

“Y hasta que el ángel venga, esperaré sonreído en una esquina del barrio San Juan Bosco, ardiendo de inquietud con mi rama en la mano. Fui implacable. Jamás tuve más cierto en mi memoria. Las batallas ganadas, el día ardiente del verano, lejano y próximo, en el cual fui el rayo de tinieblas que mataba mariposas y era feliz.”

“Y me veo regresar en la nostalgia, no como el que ahora soy, sino como el que fui. Bajé desde mí, desde mí mismo, encontrando aquel niño de tenue corazón, al alborozado rostro, que con su rama desflechaba las durezas de una tierra en la cual el mal no estaba escrito todavía. Ha pasado algún tiempo. Cambia todo, hasta la rancia sentencia del venerable Heráclito, menos en la nostalgia, donde no hay antes ni después, y el olvido nunca construye su morada, y nada puede transformar lo dado, lo vivido, al margen del venerable Heráclito.”

Ay, gracias. Voy a concluir con una poesía que, eh, tiene… eh, bueno, este libro yo lo… fue una colección como de 25 libros que compré en Efemérides Patria. De verdad que esos libros recogen una cantera de ensayo, de poesía, sobre nuestros acontecimientos históricos: la Guerra de Abril, la tiranía de Trujillo… interesantísima.

Yo le voy a leer aquí Canto a Santo Domingo vertical, que es uno de los… es un famoso, y está aquí recogido:

“Ciudad que ha sido armada para ganar la gloria. Santo Domingo, digna fortaleza del alba. Hoy moran en mi alma todas las alegrías al presenciar tus calles conmovidas y claras.

El rostro erguido y bronca la voz de tu trinchera: ‘Yankee, vuelve a tu casa’. Sé que para engullirte como sardinas rondan 36 tiburones en tu ardiente ensenada, y celosos de los hombres que construyen la vida y nunca se arrodillan en sus grandes batallas. Y tú estarás de pie diciendo al enemigo: ‘Yankee, vuelve a tu casa’.

El cinturón de fuego que tu vientre comprime puede volver ceniza la vastedad del mapa. Pero quiero decirte, guardiana en mis sueños, que todos tus infiernos y sus hombres se apagan en el océano inmenso de los pueblos que gritan: ‘Yankee, vuelve a tu patria’.

Quiero que sepas hoy que te amo más que nunca, corazón de la vida que prefiere la patria que a todos los amores sembrados en el mundo. Quito una flor y es poco para cantar tu hazaña. Nunca te había visto tan hermosa diciendo: ‘Yankee, vuelve a tu casa’.

Tú estarás para siempre dibujada en mi pecho de marinero en ruta tras la estrella del alba. Tu voz será la música de mis noches de fiesta, y cuando en algún sitio la luna esté apagada, desplegando mis velas repetiré conmigo: ‘Yankee, vuelve a tu casa. Vuelve a tu casa, Yankee’.

Santo Domingo tiene más ganas de morirse que de verse a tus plantas. Y si violas sus calles combatientes y puras, la tendrás en cenizas, pero nunca entregada. En medio del silencio de la ciudad hundida gritarán los escombros: ‘Yankee, vuelve a tu patria’.”

De nuestro querido Abelardo Decamps Delicioso. El segundo decano que tuvo la Facultad de Humanidades fue Abelín, y primer director de la Escuela de Letras.

Mtro. William Mejía Chalas:

Señores, fuerte el aplauso para el señor decano. Entonces, tenemos chance para una o dos preguntas, no más. Una joven por allá.

Estudiante:

Buen día. ¿Cómo están? Mi nombre es Mary. Eh, yo vengo de parte del profesor José Flete. Me gustó mucho la charla del señor. Él dijo que podemos hacer sugerencias.

Miren, yo estudio pintura y estoy en la Facultad de Artes. Entonces, no hay ninguna expresión más política que el arte. La poesía es arte. Casi todo lo que se hace en la Facultad de Humanidades es arte. Entonces, esos libros que mostró el señor —o sea, las novelas— muestran cómo a través del arte tú puedes hacer una crítica a la sociedad e inspirar a otras personas a que piensen, a que despierten, qué es lo que está pasando en el país.

Y si no despertamos, las cosas se van a seguir repitiendo, repitiendo y repitiendo hasta que lleguemos a un punto donde va a ser muy tarde para salir. Gracias.

Mtro. William Mejía Chalas:

Maestro Garibaldi y a lo que el micrófono llega, saludamos la presencia del maestro Ramón Hernández. Gracias, maestro por estar presente. La dramaturga, filósofa y amiga Ingrid Luciano, gracias por estar presente. Adelante, Garibaldo.

Mtro. Garibaldi:

Muchas gracias, maestro. Decano usted mencionaba dos grandes doctrinarios del contrato social, pero que tienen una concepción antropológica muy diferente. Eh, Tomás Hobbes, como usted señala, parte de que el hombre es malo por naturaleza y por eso se necesita ese leviathan, ¿verdad? El estado que lo controle.

Y Rousseau cree todo lo contrario. El ser humano es bueno por naturaleza, pero es entorno de la sociedad que lo daña. Lo cual es una discusión que no solamente corresponde al ámbito político, está en la filosofía. También ya los judíos cuando escriben en Génesis la cuestión que está,  por eso terminan diciendo que el ser humano es bueno por naturaleza porque es creado por Dios, pero luego se corrompe.

Aunque Martín Lutero en su reforma cree todo lo contrario. El ser humano es malo por naturaleza y la gracia con un paño blanco que solamente permite para que Dios no vea la maldad que hay detrás. En la obras que usted ha presentado de Andrés L. Mateo donde trata la condición humana, usted podría decirme de qué lado estaría él, cuál enfoque podría tener él con respecto a eso, antropológicamente.

Dr. Gerardo Roa Ogando:

Bueno, lo primero que debo es agradecer su comentario, y decirle que el hombre es un animal, ¿verdad? Por naturaleza. Nosotros somos animales. De hecho, esa palabra viene del… se vierte de ánima, que significa “que se mueve”, que tiene vida, porque la vida está asociada a la movilidad. Entonces, en su estado natural —eh— la historia de la humanidad ha mostrado que en su estado natural el hombre actúa como animal.

¿Qué es lo que es propio del animal? Podemos ver que en un gallinero no puede haber más de un gallo, porque se matan. ¿Tú ves? Entonces, el hombre por naturaleza es malo. Y el capítulo 6 del Génesis, en la mitología, ahí dice que el hombre es malo por naturaleza. Recuerda que después del diluvio, dice Dios: “No volveré a destruir el mundo con un diluvio, porque el hombre es malo desde sus orígenes.”

Lo dice ahí. Yo lo cito en mi trabajo ese capítulo, o sea, que el mito también confirma que el hombre es malo por naturaleza. Pero también el mito te dice que lo necesario para poder garantizar cierta armonía es la normalización social. Fíjate que cuando Dios hace —eh— el muñeco, ¿verdad?, que le sopla en sus narices aliento de vida, y que luego lo duerme y saca… le puso norma.

O sea, la norma… aquí lo diferente es que la norma no fue social, la norma fue de arriba, fue impuesta, ¿tú ves?, fue impuesta por el que lo hizo. Y entonces, nosotros necesitamos normas para poder convivir. Y eso es lo que se refleja en la novela. En la novela se refleja que ninguna forma de gobierno, —eh— vista en términos absolutos, que no tome en cuenta la dignidad humana —vamos allá, no de condición, sino la dignidad humana—, es decir, el hecho que todos tenemos de un trato digno, independientemente de nuestra religión, de nuestro color de piel, de nuestra nacionalidad, de nuestro estado, de lo que sea… dignidad humana. Eso es incuestionable.

Y entonces, sí, eso se refleja en todos los personajes de la novela. Está reflejada, está reflejada la condición del ser humano. Eh, y por supuesto, todos decidimos qué hacer. Porque también todos tenemos el derecho de decidir qué hacer frente a las normas. Si uno —eh— se acopla a la obediencia de la norma social, de las leyes, ¿verdad?, que es el resultado —debe ser el resultado— de la discusión del pueblo, de las representaciones,

una vez se aprueban, uno decide, pero sabe a qué se atiene. Entonces, sí hay una representación en la novela, como yo había presentado aquí, de varios personajes de esa naturaleza cruel y mala. En Pisar los dedos de Dios, el padre Vicente es cruel. No solo castiga, sino que viola a algunos estudiantes de manera cruel.

Y también, eh, hay un personaje en La otra Penélope que representa la Banda Colorá, que hace alusión a la Banda Colorá del gobierno de Balaguer, de los doce años de Balaguer, de cómo agarraban a esos jóvenes que venían de las provincias a estudiar en la universidad. Álvaro Pascual era uno de ellos, ese personaje que también es asesinado. Y se ven los abusos de múltiples formas y las persecuciones.

Bien, muchas gracias.