Entrevista al profesor Yoanis Ferreira

Hoy nos trasladamos a la ciudad de Puerto Plata para conversar con uno de los profesores estrella de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Yoanis Ferreira, egresado de esta misma escuela. Es una persona con una trayectoria de gran calado y ha sido director en dos ocasiones del Centro Universitario Regional de Puerto Plata, desde el 2000 hasta el 2008. 

Como ha mencionado el director de nuestra Escuela, Eulogio Silverio, ha dejado una impronta en esa institución, que aún hoy es recordada, por lo que hemos querido venir personalmente hasta el pueblo natal del profesor Ferreira, para legar este testimonio de vida y académico a la posteridad. 

Bienvenido al Archivo de la Voz, estimado Ferreira.

Muchísimas gracias. Reconozco la importancia de esta gran labor de gestión del compañero y maestro Silverio. En mi caso particular, pienso que tiene un doble valor, dado que Alejandro Arvelo, con quien me unen afectos muy particulares, ocupa este rol. Aunque no pertenecemos directamente a la misma promoción, compartimos aula en la década del 80, pero sí creo, si no me equivoco, que él estaba mucho más avanzado que yo en la carrera. 

Agradezco enormemente, sobre todo, el esfuerzo que han hecho para estar aquí. Esto es una deuda que teníamos, y estoy muy contento de que al fin pueda darse y que podamos compartir esta tarde.

Soy nativo de una comunidad rural en la provincia de Puerto Plata, conocida como Vuelta Larga, que pertenece al municipio de Imbert. Mi historia es posterior a la Revolución del 66, específicamente. Mi padre, que no tenía vacas ni tierra, como él mismo decía, colocó a sus seis hijos en un canasto que usan los caballos —no es un canasto, tiene otro nombre— y emigró a la ciudad, como le ha pasado a una gran cantidad de campesinos de la República Dominicana que no tienen posibilidades de mantenerse en su zona de origen. Entonces, surge el tema de la migración y llegué a Puerto Plata a la edad de  ocho años; ese proceso se suponía que debía completarse antes del 65 o antes de la Revolución.

Justamente al inicio de la Revolución, fui víctima de polio. Soy paciente postpolio y quedé con lesiones considerables en la parte motora, las cuales logré comenzar a superar ya después de adulto, porque mi vida de estudiante, desde el nivel inicial hasta la universidad, la pasé con mis lesiones. Tengo en mi historia de vida estudiantil en la UASD, cuando las manifestaciones eran el día a día, que me caí como tres o cuatro veces en el campus, precisamente por la dificultad.

El proceso de traslado de la familia se produjo a mediados del 66, cuando todavía tenía las lesiones frescas de haber padecido polio. Mi padre, con una visión muy avanzada a pesar de que apenas había llegado a un tercer grado de primaria, nunca se amilanó, nunca abandonó y prefirió conseguir la opinión de los médicos. 

En mi historia de estudiante de media, cursé la primaria entre las escuelas más importantes del sector público de Puerto Plata, incluyendo la Virginia Lee Norte y la Fundación Luisa Ortea, un plantel con el nombre de una empresa de gran peso en la ciudad, que me voy a reservar.

De ahí tengo recuerdos muy positivos, como el de una experiencia que me marcó en sexto curso, con una profesora llamada Cristian Monag de Ortiz. Esta maestra tenía un modelo de trabajo que me colocó un sello en lo que son hoy mis valores como profesor. Ella sostenía que si un compañero tenía algunas limitaciones con la calificación, uno de los otros podía cederle parte de sus notas, siempre que éste hiciera un compromiso con quien le cedió la puntuación. Desde mi punto de vista, esto conlleva una acción relevante porque tiene que ver con un acto de solidaridad y también con el compromiso, dos valores de muchas implicaciones en el mundo moderno.

En 1982, me inscribí en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en contra de la voluntad de mi padre, quien entendía que podía hacer muchas cosas más allá de mis limitaciones motoras, pero cuando le dije que iba para la UASD se opuso, pues estaba convencido de que tendría que enfrentar difíciles retos de distancia y movilidad. Le contesté que sí, que quería ir para la Autónoma, debido a que mi hermano mayor estaba matriculado allá y evidentemente su negativa tenía que ver con las situaciones que éste había vivido, producto de sus vínculos con los grupos políticos y el movimiento cultural. 

Había sido fundador de un club popular aquí, el Francisco del Rosario Sánchez, y la aspiración de todo joven de la época, especialmente del interior del país, era llegar a la UASD, ya que representaba una simbología fuera de lo que podemos ver hoy, distinto a lo que valoran los jóvenes  actualmente. Significaba un escenario en el que podíamos manifestar nuestras inquietudes, mayormente las ideológicas, que eran las que más preocupaban. 

Ingresé en enero del 83 y terminé a finales del 87, un tiempo récord; sí, nadie terminaba filosofía en tan pocos años. Me pasó varias veces algo de lo que probablemente tú eras culpable también, es que nos enrolábamos en asignaturas que no nos correspondían para poder hacer el grupo y que se pudieran aperturar. Entonces, algunos de los más avanzados nos decían: «No, yo te voy a pagar la inscripción, no te preocupes». Traigo a la memoria una de esas anécdotas que compartí contigo, que fue un tanto jocosa, creo que con Sociología del Conocimiento. Recuerdo hasta la vestimenta que llevaba puesta, para comparar la madurez de los demás integrantes del grupo casi todos estaban con camisas de manga larga, y yo llegué con una camiseta que decía «Puerto Plata», con el teleférico bien visible.

A pesar de que completé la carrera en un tiempo relativamente corto,  cada año, algunos estudiantes enfrentaban ciertos atrasos en los ciclos académicos. Terminé en el ’87 y, por un asunto particular, no nos habíamos decidido a realizar el monográfico y había que hacer fila para inscribirse, porque no había tanta disponibilidad y no estaban lo suficientemente estructurados todavía. Incluso, cuando ustedes vean mi borrador, que espero entregar a la dirección, se darán cuenta de que los niveles de exigencias eran totalmente diferentes a los de hoy. Ahí viví una experiencia inolvidable, ya que uno de mis profesores fue Narciso Gonzalez. Pero, bueno, como les decía, debido a la situación en que se encontraban los cursos optativos o monográficos, me pasé prácticamente dos años esperando para poder graduarme. Qué bien, me gradué en abril del ’89. 

Y, así como en los estudios primarios o intermedios hubo una profesora que te marcó durante los estudios de bachillerato, ¿hubo alguien que tuviera algún peso específico en tu formación o en la forja del carácter del académico reconocido que soy, Yoanis Ferreira?

Yo pienso que sí, y parece contradictorio que no fuera una persona de las ciencias o de las humanidades. Se trata de un profesor de matemáticas, Ne Santana, y me marcó por la disciplina y el cumplimiento. Las clases comenzaban a las 7:00 de la noche y antes de sonar el timbre, él estaba en el aula, con una mano detrás y la tiza en la otra, puntualísimo. Nos decía adiós y de inmediato sonaba el timbre, con una disciplina que evidentemente valoro y destaco de manera particular.

Claro, y sin que me lo preguntes, una experiencia valiosísima en la universidad fue con los profesores Andrés Avelino y Solano. Avelino, por lo acucioso de sus argumentos y por su sentido de comprensión del contexto de la diversidad y la heterogeneidad del grupo. ¿Cómo era él tan capaz de conectar? Por supuesto, en la década del 80, no era de los más jóvenes de nuestros profesores. Era realmente uno de los que ya exhibía una marcada madurez. Y siempre que lo veía en el aula, yo decía: «Cuando yo esté en el aula, voy a vestirme como él, voy a actuar como el profesor Avelino». Es un referente que no pierdo de vista, al igual que el profesor Solano.

Por igual, fue particularmente solidario, en términos de que era de esos pocos profesores que nos prestaba sus libros. Todavía comparto con mis alumnos las veces que visitamos la casa de Avelino y fuimos atendidos por su distinguida esposa, la cual se encargaba de entregarnos los textos. Esto es especialmente conmovedor porque en los 80 nuestra biblioteca acusaba una profunda debilidad tanto cuantitativa como cualitativa. Pero para analizar el término cualitativo, habría que situarse en el contexto en que estábamos. También, tengo presente la encomienda de hacer fila en las bibliotecas de la universidad, la principal y la de nuestra facultad, sentados afuera, esperando que alguien desocupara un libro para usarlo. Ante esa dificultad, estos distinguidos maestros nos invitaban a sus casas, a jóvenes, la mayoría del interior del país, para que pudiéramos usar sus valiosos tesoros. Para mí, eso tiene un valor que no puedo olvidar y que creo que no voy a olvidar nunca.

Y esa decisión, profesor Ferreira, de estudiar filosofía, ¿de dónde surge? ¿cómo se enhebra en un joven de un pueblo del interior, como usted dice, joven y con todo un porvenir por delante, para estudiar la carrera que hubiera querido estudiar? ¿por qué filosofía y no otra cosa? 

Bueno, viví una situación única. Mi papá, como con todos los jóvenes de la década del 80, participaba en la elección de la carrera de sus hijos. Él me percibía como abogado y esto tiene que ver con esos antecedentes antes de llegar a la universidad, y mi mamá como médico, y dentro de su dominio, dentro de su cultura, ella decía «médico de las mujeres». En honor a la verdad, me fui a estudiar odontología a la UASD y se impusieron la razón y otros elementos que probablemente tenían igual valor que la razón, como la disponibilidad de recursos. Mi hermano mayor ya llevaba como dos años estudiando y mi papá era un pregonero de billetes y quinielas y en mi casa había un pequeño colmado que mi papá había decidido crear o establecer para que nos diera apoyo a mi hermano y a mí, que éramos los únicos que iríamos a la universidad. Cuando subí los primeros escalones para entrar a la Escuela de Odontología, dije no, a mi hermano le falta mucho y mi papá no va a poder con esto. Yo me voy a estudiar filosofía porque es mi principal opción en estos momentos. Tomé la decisión. Me recomendaron letras, antropología e ingeniería civil, yo dije no, filosofía es lo que quiero. 

Eso estuvo determinado porque desde los 14 años milité en un partido político de la izquierda radical de entonces. Como nos pasó a una buena parte de nosotros, fui miembro de Bandera proletaria, luego del 14 de Junio, del comité propio del PTD, fundador del PTD, y llegué con esas inquietudes. Ya había entrado en contacto con lo que nos llegaba aquí de esa cultura del Manifiesto del Partido Comunista, Miseria de la Filosofía, es decir, me sentía cómodo con la elección. Cuando me fui de aquí, incluso, era declamador en un grupo de poesía coreada que llegó a presentarse en la principal sala de cine de Puerto Plata y eso formaba parte del paquete de la izquierda de ese momento. Los gestores de ese grupo de poesía eran justamente los mismos de la izquierda, quien lo dirigía de manera un poco indirecta era un cuadro del partido y eso, obviamente, fue determinante para tomar mi decisión. Luego, tuve que enfrentar los retos de justificación de por qué filosofía, ya que todavía hoy arrastra muchos estigmas y dudas.

No se percibe esta actividad como una necesidad y la realidad es que cada vez la vemos como más necesaria en el país, en el mundo y en la multiculturalidad. La reflexión filosófica es una obligación. Mi padre, que era quien más vivía el orgullo, como todos los padres de aquellos que hemos estado en la universidad y los que están hoy, lo resolvía muy fácil: «No, mi hijo estudia para ser maestro». Otro de mis hermanos tenía las ideas mucho más claras en términos de por qué filosofía. Esto podría ser la parte final de mi testimonio, pero reafirmo que, como estoy casi seguro de otra vida, en términos esenciales y existenciales, no sé qué forma o qué contenido tendrá, estoy seguro de que volveré a estudiar filosofía, y seguro también, por demás, de que volveré a estudiar filosofía en la UASD. 

Qué bueno, se da por descontado, profesor Ferreira, que las expectativas del joven se cumplieron en el curso de su carrera de filosofía. ¿Qué siente usted que cambió, que entró a la universidad, el que ingresó en 1982 y aquel que egresó en 1987, que terminó el pensum porque regresó en el ’89? 

Correcto, bueno, muchas expectativas y esperanzas. Probablemente pasé cosas que hablan de manera satisfactoria de mi testimonio. El hecho de que me gradué en el ’89 y a los dos meses conseguí trabajo, pero la gente dice que quienes estudian filosofía no tienen campo laboral para el ejercicio. Pues yo puedo dar un testimonio totalmente diferente. A lo mejor muchos de mis colegas, de los egresados de nuestras escuelas tendrán otras vivencias, pero yo me gradué en abril del ’89 y a los dos meses tenía un empleo. Es más, me casé en el mismo ’89, y me parece que fue un gran año en el que me gradué. Me casé y nunca he estado desempleado. En mi primer puesto fue justamente lo que más tomó en cuenta la persona que me contrató, la formación. Me recomendó un compañero de la izquierda y le dijo: «Mira, él estudió filosofía pura y estoy seguro de que tiene conocimientos en formulación y elaboración de proyectos». De una vez dijeron: «Ven para acá». Posteriormente, un nombramiento en el Ministerio de Educación como profesor, para el cual trabajé por 25 años. A los dos años entré a UTESA, ahí duré ocho años como profesor de filosofía y de metodología, y nada, la historia es otra. Casi 25 años en la universidad porque justamente llegué un poco tarde a la UASD. Yo creo que fui de los que llegó más tarde. 

¿En qué año se produce su ingreso como académico de la Universidad Autónoma, en el 2001, cierto? 

Sucedió algo particular y esto, por igual, tiene que ver con la experiencia positiva que he vivido. El hecho de que ingresé en el 2000, solamente con el aval de profesor, egresado de la UASD, como coordinador del Centro Regional de Puerto Plata, que fue la fecha en que abrieron las oficinas, la docencia se inició en el 2001. Desde el 2001 estoy como docente. Participé en un concurso e ingresé como profesor a la carrera. 

¿Cómo definiría usted la labor ya como académico de su alma mater?

Pienso que es lo mejor que me ha pasado, porque he estado combinando, dentro de mi carga académica, asignaturas del nivel inicial, Introducción a la Filosofía, y eso me permite entrar en contacto con los estudiantes que llegan del liceo, del primer semestre. Y allí cumplo, de alguna manera, un rol altamente positivo orientándolos sobre reivindicar los valores, el compromiso ético, la disciplina, la identificación y la decisión de qué carrera cursar, para que luego no tengan que cambiar o abandonarla.

Creo que es una oportunidad que no desestimo aún, y, evidentemente, la mayor parte del tiempo en la universidad lo he dedicado a áreas como teoría del conocimiento, lógica y metodología. En el caso de metodología, ha sido una apuesta esencial, pues trabajar esta asignatura hasta en postgrado, a nivel de maestría, me ha permitido construir una visión respecto al reto y compromiso que tiene la sociedad moderna con la investigación y cómo la asume la gente. Entiendo, además, que puedo aportar para que el estudiante que egresa de un programa de cuarto nivel pueda salir con algunas herramientas que le permitan tener un mejor desempeño profesional. 

Usted hizo la maestría en metodología de la investigación o en educación  superior, ¿no es así?

Hice una especialidad en metodología, en un momento en que no había maestría y luego realicé una maestría en un campo que siempre fue de mi interés, pero que no está estrechamente vinculado con la filosofía: psicología industrial, un ámbito en el que también he incursionado a nivel de posgrado y de maestría en la parte docente. 

¿Siente usted alguna diferencia desde el punto de vista de la constitución de las bases mentales entre la licenciatura y la especialidad o la maestría? ¿cuál de estas áreas de formación le ha aportado más en términos de estructura conceptual y mental?

No cabe duda de que la formación en el grado es el principal recurso, la primera inquietud, los desafíos cuando me acerco a una librería, cuando hago clic en la búsqueda de alguna información. Estoy orientado específicamente a la filosofía. Ahí está mi nido, ahí están mis luchas, ahí está la esencialidad que probablemente le da sentido a mi perfil, especialmente, los temas con los que, de manera voluntaria, he hecho un activo de vida: el ético, el buen actuar del ciudadano, que para mí, tienen una relevancia inagotable en el mundo de hoy. 

En términos temáticos de disciplina y de lecturas, ¿qué pensadores han influido de manera determinante en usted, así como algunos de sus profesores?

Básicamente, la filosofía del lenguaje es donde están mis intereses más profundos y acá tengo la tarea de escribir. Acumulo algunas ideas sueltas que aspiro a concretar en el momento en que se produzca la reducción de la carga. Probablemente, en el presente año. Es un tema que me apasiona y que podría aportar para tratar de desentrañar nudos que distorsionan y estructuran una nueva visión desde la necesidad de un lenguaje apropiado. Por demás, me parece que es una gran oportunidad para la filosofía, para los que amamos este saber.  En ese aspecto, hay mucha escasez, mayormente para la generación a la que tú perteneces y para una buena parte de la acción del siglo XXI, tomando en cuenta todo lo que tiene que ver con la obra que se ha construido en el mundo de la filosofía. Creo que hay una especie de hueco, un nicho en el que pudiera incursionar.

Nos ha dicho usted, profesor, que si volviera a nacer, esperamos que así sea, elegiría de nuevo la misma carrera, la misma universidad, pero ¿elegiría también los mismos compañeros de aula y los mismos compañeros en el camino académico que le ha dado la vida?

Estos testimonios casi como que han llegado de manera circunstancial, pero parecerían como que fueron escritos, porque ayer mismo hablaba de algo similar con un amigo comunicador que tiene un programa especial. Yo creo que sí, no solamente elegiría los mismos amigos, los mismos compañeros de aulas, sino también la misma generación de profesores, y en un plano mucho más privado: elegiría los mismos hermanos y los mismos padres; no me cabe la menor duda.

Es una manera formidable de poner un punto y seguido a este encuentro, porque es evidente que tanto el profesor Silverio como yo podríamos continuar esta conversación, quizás hasta el infinito. Aquí vamos a realizar una suerte de experimento que siempre hacemos al final, que consiste en lo siguiente: antes de que Silverio cierre, como suele hacerlo, yo le voy a decir cinco expresiones o cinco conceptos para que usted me diga qué le evocan, qué le sugieren, en un golpe de intuición o en una palabra o en una frase.

Pensamiento filosófico dominicano, pensamiento filosófico en Dominicana, filosofía dominicana.

Pensamiento filosófico dominicano.

Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Escenario ideal.

Centro Universitario Regional de Puerto Plata.

Primer eslabón.

Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Nicho de las ideas.

La República Dominicana presente y porvenir.

Reto de construir lo que se puede exhibir.

Muchísimas gracias, profesor. Lo dejo en manos de nuestro director, para que concluya este encuentro.

En nombre de la Escuela de Filosofía de la UASD y en el mío propio, queremos agradecerle que nos haya dedicado su tiempo y, más que su tiempo, su vida a la universidad, devolviendo a la juventud dominicana un poco de lo que la nación le ha dado a través de la educación recibida en la academia del pueblo, que nos ha acogido y que usted muy generosamente ha redituado, especialmente en la labor que hizo para la fundación y la formación del Centro Universitario Regional de Puerto Plata, una obra esperada por todos. 

Como sabe, somos vecinos, usted es de Vuelta Larga y yo de la Colorada, y cuando me marché no estaba la universidad, ni siquiera existía esa posibilidad, lo que definitivamente ha venido a llenar un gran vacío. En ese sentido, queremos felicitarlo y decirle que la Escuela de Filosofía, que yo represento en este momento, se siente orgullosa de tenerlo como docente, ya que como hemos dicho en otras ocasiones, nuestra escuela es grande por el tipo de académicos que tiene, y usted es un digno representante.

 Un tercer punto, es convocarlo para que algunas de esas ideas que usted tiene y que no ha publicado, las publique en la revista de la Escuela de Filosofía, La Barca de Teseo, un esfuerzo editorial que está llamado a perdurar. Es un compromiso de todos alimentarla con los recursos necesarios para que siga saliendo. 

Y un cuarto y último punto, es comprometerlo, como hemos comprometido también a otros compañeros de aquí de Puerto Plata, para que se integren a los trabajos del sexto Congreso Dominicano de Filosofía, que en esta ocasión estará dedicado a explorar y valorar la filosofía en español, lo que se ha pensado desde la lengua española, desde nuestra lengua, en una búsqueda de la identidad de lo que somos o de lo que debemos ser. Muchas gracias, maestro Ferreira.

Ferreira

No, muchas gracias por esta oportunidad. Estamos comprometidos con la dirección que usted encabeza, porque entendemos que, aunque pueda sonar como un cliché de carácter político, probablemente su gestión sea la que hable de un antes y un después. 

Esto es especialmente significativo, debido a la labor de recoger la voz y el perfil de los integrantes del cuerpo docente de la universidad, lo cual, para mí, tiene un valor incalculable por la multiplicidad de utilidades que vamos a obtener. 

No puedo dejar de expresar mi afecto y gracias infinitas.

 

 

Biografía de Yoanis Ferreira

Filósofo, psicólogo industrial y académico

Yoanis Ferreira es nativo de la comunidad Vuelta Larga, del  municipio de Imbert, Puerto Plata. Su historia es posterior a la Revolución de Abril, que marcó el devenir de la República Dominicana.

Su padre, agricultor, que como reza en sus testimonios, no poseía ni vacas ni tierras, colocó a sus hijos en un ¨canasto de caballos¨ y emigró a la ciudad con toda la familia, como le pasa a la mayoría de los campesinos dominicanos, en busca de nuevos horizontes, de otro tipo de vida.

Llegó a la ciudad de Puerto Plata a los ocho años de edad, con graves lesiones motoras como secuelas del polio, provocado por las inclemencias de la Revolución, que dejó una estela  de muertes, enfermedades, pérdidas y sufrimientos en todo el territorio dominicano.

A pesar de las limitaciones, su padre, un pregonero de billetes y quinielas, nunca se rindió y no abandonó a su suerte a Yoanis y a sus cinco hermanos, a quienes estaba decidido a legarle una mejor suerte, un futuro menos duro y más prometedor.

Estudios. Cursó la primaria y media en las escuelas más importantes del sector público de Puerto Plata, incluyendo la Virginia Lee Norte y la Fundación Luisa Ortea, que lleva el nombre de una reconocida empresa de la provincia.

En 1982, se matriculó en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), no obstante a la negativa de su padre, quien entendía que su muchacho podía realizar muchas actividades más allá de las lesiones, pero que no estaba en condiciones físicas para lidiar con los desafíos de distancia y movilidad que conllevaría el día a día. Sumado a esto, aún estaban frescos en el patriarca de la familia, los recuerdos de las peligrosas luchas qu había tenido que enfrentar el hermano mayor en la misma universidad, por sus vínculos con los grupos políticos y el movimiento cultural.

Ferreira no cedió, la decisión estaba tomada: iría a la UASD, ya que era un sueño acariciado desde que fundó en su ciudad natal el club Francisco del Rosario Sánchez, donde se le despertó, como a todo joven de pueblo, la idea de estudiar en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, que para los bachilleres de aquella época significaba una simbología distinta a como la ven los de hoy. Representaba un faro de luz, el escenario ideal para manifestar sus inquietudes, especialmente las ideologías, que eran las más recurrentes y preocupantes.

No obstante a las caídas que tuvo en el campus universitario, por  complicaciones en las extremidades superiores e inferiores, estaba dispuesto a aferrarse a los estudios de odontología, aunque el padre lo percibía como abogado y la madre como ¨médico de las mujeres¨. En seguidas, la decisión cambió, se impuso la razón y otras cuestiones que casi siempre tienen más peso que la  ilusión: la pobreza económica.

Imponiéndose a su corta edad, Ferreira comprendió que era demasiado para su padre el sustento de dos carreras costosas, la de él y la de su hermano mayor. Sin perder tiempo, se puso en acción, para la nueva elección. Le recomendaron letras, antropología e ingeniería civil, pero la decisión de estudiar filosofía venía de lejos. Estaba predeterminada por la militancia, desde los 14 años, en los partidos políticos de izquierda radical de ese entonces. Fue miembro de  Bandera proletaria, del 14 de Junio, del PTD y del propio comité del PTD.

Estas membresías a tan tierna edad, le permitieron ponerse en contacto con lo que de manera clandestina entraba al país del Manifiesto del Partido Comunista y de la Miseria de la Filosofía. Al mismo tiempo, era declamador en un grupo de poesía coreada, que tuvo la dicha de presentarse en la principal sala del cine de Puerto Plata y que formaba parte del paquete de la izquierda, a movimientos revolucionarios.

Terminó el pensum de filosofía en un tiempo record, a finales del 87, pero no pudo graduarse hasta el 89, pues, cada año, los estudiantes de la UASD tenían que sortear atrasos en los ciclos académicos y la falta de disponibilidad para inscribirse en los cursos optativos de tesis o monográficos, los cuales, aunque no estaban debidamente estructurados, les ganaban a los actuales en calidad temática, rigurosidad metodológica y presentación.

Con titulo en manos, en el mismo 89 contrajo nupcias y consiguió empleo, muy a pesar de las voces que señalan que los filósofos no tienen espacios en el mercado laboral. La preparación, la disciplina y el conocimiento en formulación y elaboración de proyectos, le allanaron el trecho, vía recomendación de un camarada de partido. Luego, fue nombrado como maestro en el Ministerio de Educación, donde se mantuvo por más de 25 años. Posteriormente, entró a formar parte del cuerpo docente de la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA), como profesor de filosofía y metodología.

Hoy lleva casi 25 años en la UASD, pero siente que llegó un poco tarde. Ingresó en el 2000 solamente con el aval de profesor, egresado de esa misma casa de estudios, como coordinador del Centro Regional de Puerto Plata, fecha en que se aperturaron las oficinas. Un año más tarde, inició la docencia y desde entonces imparte asignaturas introductorias y del nivel básico en la Escuela de Filosofía.

Influencias. En sexto curso, fue altamente influenciado por el modelo de la profesora Cristian Monag Ortiz, quien le colocó un sello que aún utiliza en sus prácticas docentes. Ella sostenía que si un estudiante acareaba dificultad con las calificaciones, otro  podía darle parte de las suyas, siempre que el favorecido se comprometiera con quien se la cedió, depositando en Ferreira el embrión de la solidaridad, del dar y recibir, acciones sumamente necesarias en el mundo moderno.

En los cursos intermedios, fue puntualmente marcado por el profesor de matemáticas, no de humanidades, Ne Santana, inculcándole el don de la disciplina y el cumplimiento. Este maestro comenzaba sus clases justo a la 7:00 de la noche, antes de sonar el timbre ya estaba en el aula, con una mano detrás y la tiza en la otra. Decía adiós y de inmediato sonaba el timbre de salida, con la cronometría única de los relojes suizos.

Como se ha señalado en párrafos anteriores, por supuesto, su mayor campo de elección y decisión estuvo estrechamente vinculado con membresías y contactos con los clubes culturales y los movimientos de izquierda, los cuales trillaron su camino hacia la filosofía y hacia unas inquietudes ideologías que aún forman parte de su quehacer político, cultural, social y académico.

En la UASD, rememora a los profesores Narciso Gonzalez, Solano y Andrés Avelino, con quien vivió una experiencia valiosísima. Avelino, consciente de las debilidades cuantitativas y cualitativas de las bibliotecas de ese tiempo, ponía a disposición  sus libros, para suplir las fallas y carencias de recursos.

Ferreira lo recrea como un hombre acucioso, bien vestido y observador, que en pocos segundos era capaz de conectar con el contexto, la diversidad y la heterogeneidad de los alumnos. Era, por igual, decididamente solidario, hasta el punto, como ha contado en varias ocasiones, que abría las puertas de su casa e instruía a su esposa para que prestara a los estudiantes su tesoro más abundante: sus libros.

Intereses. En su labor académica, ha mostrado interés por  asignaturas del nivel inicial, que le proveen contactos con alumnos de liceos, del ciclo básico y, desde allí, de alguna manera, jugar el rol de orientador sobre cómo reivindicar la ética, la disciplina, el respeto, que son valores que siempre han figurado en su carpeta de vida.

De igual forma, ayudarlos a elegir la carrera adecuada, para que luego no se arrepientan y deseen cambiar en el trayecto, proceso que, a la larga, lleva a los estudiantes a desmotivarse, a desperdiciar tiempo, dinero, entrega, vitalidad y dinamismo.

También, dedica esfuerzos a las áreas de teorías del conocimiento, lógica y metodología, que han sido una apuesta crucial, tanto a nivel de grado como maestría, ya que a través de estos cursos ha podido construir una visión respecto al reto que tienen las universidades y la sociedad, en sentido general, con la investigación y cómo la asume la gente. Pero, sobre todo, por los aportes a los egresados de los programas de cuarto nivel, para que puedan salir con las herramientas necesarias para un mejor desempeño laboral.

Otro punto de referencia dentro de sus intereses, es la psicología industrial, en la que ostenta un titulo de maestría y, aunque, aparentemente, no bordea la filosofía, lo ha ayudado a complementar su complejidad académica y a adherirse a los estudios en un ámbito rigurosamente estructural, conceptual y complicado.

Pero, básicamente, sus mayores esfuerzos están puestos en la filosofía del lenguaje, donde aguarda la tarea de escribir. Desde ya, acumula algunas ideas sueltas que aspira a concretar en el momento en que se produzca la reducción de su carga docente. Probablemente, este mismo año. Es un tema que le apasiona y que podría implementar para desentrañar nudos que distorsionan y reconstruyen otros paradigmas a partir de la necesidad de un lenguaje apropiado. Por demás, le parece una gran oportunidad para la filosofía, para los amantes de este saber.

En ese aspecto, asume que hay muchas falencias, especialmente dentro de la generación a la que pertenece y dentro de una buena parte de la acción del siglo XXI, tomando en cuenta lo que se ha creado hasta ahora, dejando una especie de hueco, una suerte de nicho por incursionar.

Ahora bien, donde Ferreira hace diariamente su nido es en la filosofía, mientras más pura mejor. Ahí teje sus luchas, sueños, esperanzas, anhelos, diálogos, ilusiones, intenciones y la esencialidad que da carácter a su perfil profesional. Pero, sobre todo, donde siembra y cosecha los temas que, de manera voluntaria, ha convertido en un activo de su vida: lo ético y el buen actuar ciudadano.