Dr. Alejandro Arvelo

Nos encontramos hoy en el Archivo de la Voz con una de las damas de la filosofía de la Escuela de la Universidad Autónoma de Santo Domingo: la profesora Carmen Castro. La maestra Castro estudió inicialmente sociología, pero luego también se interesó por la filosofía y, bueno, impartió docencia en nuestra escuela hasta su jubilación. Es recordada con mucho cariño, no sólo por sus colegas, sino por sus estudiantes. Bienvenida a este Archivo de la Voz.

Prof. Carmen Castro

Muy buenos días a todos, a usted, querido amigo y colega Arvelo, y a mi amigo de siempre, el maestro Eulogio Silverio, nuestro actual director de la Escuela de Filosofía, quien con tanto honor y esfuerzo ha llevado adelante esta escuela. De hecho, me siento bien orgullosa de estar aquí compartiendo este proyecto que ya es una realidad. Felicidades.

Dr. Alejandro Arvelo

Más bien, felicito a ustedes porque este Archivo de la Voz, más que servir a la escuela misma, sirve a la universidad y destaca la importante labor y el empeño de los maestros, además de dejar un legado a los estudiantes de Filosofía y, qué decir, al país. Esta iniciativa refleja el compromiso de la escuela con la consecución de conocimientos por parte de los estudiantes. Agradezco su esfuerzo por llevar adelante este proyecto que engrandece nuestra escuela, nuestra institución y nuestro país.

Prof. Carmen Castro

Gracias a la audiencia que ve y escucha este programa, porque no está dirigido únicamente a profesores y estudiantes, sino a todo aquel que tenga acceso al Archivo de la Voz de la Escuela de Filosofía. Me siento  honrada de estar compartiendo este momento.

Dr. Alejandro Arvelo

Bueno, precisamente la idea del profesor Silverio es mostrar esa fortaleza que tiene la Escuela de la Facultad de Humanidades, porque ciertamente es una entidad en la que el profesorado siempre se ha caracterizado por su excelente formación. Esto tiene que ver con la manera en que se manejan los concursos de selección. Generalmente, acá el proceso de selección se ha mantenido como una institución seria. No suelen influir ni puntos de vistas de políticos, ni se toman en cuenta las tendencias personales. Esto ha sido así desde que el profesor Félix Gómez era director, y desde antes, desde que los profesores Lusitania y Ángel Moreta fueron directores.

Le agradezco sus palabras, pero naturalmente el mérito es del director, quien concibió estos encuentros. Sin embargo, también es mérito de quienes lo acompañan como asesores, porque la verdad es que ustedes forman un equipo perfecto para este Archivo de la Voz. Como usted sabe, profesora, la idea es, como ha manifestado, legar a la posteridad su testimonio de vida, su testimonio académico y su testimonio profesional en general. De manera que le sugiero que no ahorre detalles: ¿Quién es Carmen Castro? ¿Dónde nace? ¿Cuáles son sus padres? ¿Quiénes fueron esos profesores de primaria, de preuniversitario y de la universidad que marcaron su vida? Aquellos que, de alguna manera, sin decírselo en palabras, la indujeron a querer enseñar.

Prof. Carmen Castro

Así es, correcto, como usted acaba de decir, comenzaré señalando que mi nombre es Carmen Esperanza Castro García, un nombre kilométrico, pero normalmente conocida como Carmen Castro. Oriunda de Santiago de los Caballeros, la segunda provincia en importancia del país, asumida como la ciudad corazón porque acoge a la gente con empatía y solidaridad. Vengo del barrio La Joya, una comunidad popular, con una gran historia. Es un sector que luchó incansablemente durante la tiranía de Trujillo y los doce años de Balaguer. Sus habitantes son humildes pero valientes, amantes de la libertad y del disfrute de la existencia.

Mi mamá y mi papá también eran humildes. Ambos ya fallecieron. Mi madre se llamaba Rosadelia García Pérez y mi padre Juan María Castro López. Ambos fueron personas luchadoras y empeñadas en que sus hijos salieran adelante. Recuerden que en esa época, en la que muchos de nosotros nacimos, la situación económica no era nada halagüeña, y había que trabajar duro para sacar adelante a la familia.

Mi mamá era modista, muy conocida, porque hacía su trabajo de manera excelente, y la gente apreciaba su labor. Mi papá también fue sastre. Ambos tenían oficios similares. Mi papá empezó con la sastrería en casa, pero luego fue ganando reconocimiento y terminó siendo solicitado por una de las sastrerías más prestigiosas de Santiago: La Sastrería Rey, que sigue teniendo tradición hasta hoy.

El tuvo que emigrar a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades para los suyos. Se fue a mediados de los años 60, dejándonos pequeños. Allí continuó trabajando en su oficio y mantuvo a la familia por muchos años. Intentó regresar para jubilarse en su país, pero lamentablemente murió antes de cumplir su meta. Sin embargo, nos queda la satisfacción de que fue un hombre trabajador y amante de sus vástagos. Siempre quería lo mejor para nosotros, no sólo en lo humano, sino también en lo académico. Su gran empeño era que nos formáramos correctamente.

Solía repetirnos: «Ustedes tienen que ser mejores que yo, no pueden quedarse como yo». Aunque no era filósofo de profesión, sus palabras siempre dejaban enseñanzas profundas. Estudié en el Colegio San Francisco de Asís de Santiago, un centro que, en el momento histórico en el que me tocó estar, mediados de los 60 y finales de los 70, ofrecía una formación integral y religiosa. Teníamos un cuerpo de profesores compuesto tanto por laicos como por sacerdotes y monjas. En la primaria, la mayoría era sacerdotes o monjas, mientras que en la secundaria eran principalmente  civiles.

 

Tengo recuerdos inolvidables de mi tiempo en el colegio y un agradecimiento profundo hacia gran parte de los profesores que participaron en mi formación. Tanto los civiles como las monjas se dedicaron a  formarnos no sólo en las asignaturas, sino en lo humano, lo ético y lo moral, y eso marca. Conservo un tremendo cariño hacia esos educadores, muchos de los cuales ya no están vivos. Entre ellos, hay tres maestras que distingo con especial admiración y que siempre menciono al corregir a mis hijos y nietos, como decía Doña Orilia, por ejemplo.

Estas tres damas se empeñaron en darnos fortaleza, seguridad y capacidad para enfrentar los problemas de la vida, algo que está en decadencia. Hago esta crítica porque hoy día los maestros no reparan en formar moralmente y en inculcar actitudes positivas a los estudiantes, nada más enseñar contenidos. Esto es más evidente en los niveles básicos, donde se forjan la personalidad y el temple de un ser humano.

Agradezco a Doña Orilia Ramos, de gramática, que se ocupaba de que habláramos y escribiéramos correctamente, una cuestión que también hoy está de capa caída. Incluso, hay profesionales con terribles faltas ortográficas que, lamentablemente, dice mucho, no sólo del profesional en sí, sino de quienes lo graduaron.

Reconozco, también, a María del Castillo, de historia, quien nos enseñó a vivir la historia en carne viva. Aunque fue la historia de esa época, sus enseñanzas todavía las tengo presentes. Igualmente, a Mercedes Báez, de matemáticas. A pesar de que nunca entendí las matemáticas, ella se entregaba para que no nos quedara ninguna duda, afirmando que las matemáticas son la comprensión cuantificada de todo lo que existe en el mundo. No se equivocó, porque si vemos a nuestros filósofos y científicos históricos, ellos han dirigido un sin número de postulados filosóficos hacia la perfección en el número, en las matemáticas, en la racionalidad abstracta. Hoy extraño más a Doña Mercedes Báez, que en paz descanse.

Sobre la educación en la primaria, puedo asegurar que ese colegio me enseñó de todo, hasta a comportarme en sociedad y a saber vestirme adecuadamente. No es lo mismo recibir esta formación en la familia; los maestros de esa época se fijaban incluso cómo entrabas al recinto. No se podía ir con zapatos sucios, y para eso estaban las monjas. Otro aporte, fue la revisión del uniforme, las uñas y el pelo. Tenías que ir bien peinado; no se permitía estar sudado o con olores desagradables. Esto no sólo sucedía en los colegios, sino también en las escuelas públicas, porque los maestros se esmeraban en estos aspectos.

Si no cumplías con esas exigencias, no podías entrar, te devolvían. Esto contrasta con la educación actual, donde nuestros niños y adolescentes carecen de esos elementos tan importantes para la creación de una personalidad fuerte e higiénica. Internamente, había que tener un comportamiento tranquilo. No se admitía discusión, especialmente por la situación religiosa. Había libertad, pero no se toleraba insubordinación ni enfrentamiento con un maestro. Otra cosa, es que los padres daban autoridad al tutor escolar, considerándolo un segundo padre o regulador integral de los estudiantes.

Eso es loable. Los maestros se dedicaban a que fuéramos personas de bien y de comportamiento envidiable dondequiera que estuviéramos. Nos indicaban: «No únicamente dentro de la escuela porque aquí están vigilados, sino fuera de ella». Querían que tuviéramos ese comportamiento para sentir que habían hecho un trabajo verdaderamente significativo.

Se esmeraban en dotarnos de ética y moral, principalmente los religiosos. Nos instruían sobre cómo teníamos que amar a Dios y al prójimo. Imagínese, una escuela religiosa al fin. En la secundaria, los profesores tenían una perspectiva diferente, pero mantenían la misma línea ética y moral. Sin embargo, apreciaban una actitud más cívica, no centrada en enseñarnos dogmas religiosos. Ya en esta etapa, nuestras metas y sueños cambiaban. Aspirábamos a entrar a la universidad y queríamos ver qué podíamos hacer en la sociedad.

El bachillerato fue una época de preocupaciones sobre qué estudiar, qué carrera seguir, y cómo demostrarle a nuestros padres que podíamos ser alguien. Los profesores en la secundaria, además de impartir las asignaturas correspondientes, buscaban inyectarnos una conciencia crítica porque estábamos viviendo momentos duros. Cada época trae sus desafíos, y la juventud siempre enfrenta crisis políticas, sociales y económicas. Cuando estaba en el bachillerato, vivimos los doce años de Balaguer. Esta etapa implicaba el cierre del pensamiento de la juventud, el desconocimiento de las libertades en general, y la persecución policial. Los padres temían por la seguridad de sus hijos, pues los estudiantes que protestaban eran llamados «cabeza caliente».

Los profesores en la secundaria nos guiaron y abrieron la mente hacia la necesidad de tomar partido y no dar la espalda a la situación que vivíamos. Nos explicaban que no podíamos ignorar la lucha por la libertad de expresión y la emancipación juvenil. Agradezco mucho a todos, pero especialmente a tres, que fueron claves al mostrarme el trayecto hacia el amor y el porqué de las cosas.

Uno de ellos, Ramón Olguín, un hombre altamente querido, todavía vive; y fue rector de una universidad privada. Caramba, uno de los primeros en inculcarnos la idea de que, aunque estuviéramos en un colegio, teníamos que estar conscientes y participar de la realidad social que nos rodeaba. Teníamos que apoyar la lucha que estaban librando los estudiantes en  liceos y escuelas públicas para recuperar la libertad. Eso, para mí, fue impactante, como una revelación. De pasar de un ensueño tan bonito a chocar con esa realidad de lleno, siendo una muchachita joven, un verdadero choque. El profesor Olguín nos empezó a dar libros que, para ese entonces, estaban prohibidos. Nos introdujo a la literatura rusa con Dostoievski y «Crimen y castigo». Óigame, eso fue épico. Nos habló de los hermanos Karamazov, del mismo Dostoievski.

Pero, también, nos llevó por la literatura latinoamericana, con el famoso Boom de García Márquez: «El coronel no tiene quien le escriba» y «Cien años de soledad», que me pareció un libro exageradamente largo. Nos ponía trabajos sobre estas obras, que teníamos que entregar de manera discreta para no chocar con los otros profesores.

El profesor Olguín nos daba historia, y otras asignaturas como idiomas y literatura. Era dueño de un conocimiento amplio, un individuo aguerrido, comprometido con la lucha por los derechos humanos en sentido pleno. Nos ponía a leer todos esos libros, pero bajo discreción porque la directora estaba al tanto. Ay, pobre Doña Inés Tejada, a quien quiero mucho, igual, todavía está viva.

Otros profesores extraordinarios fueron Doña Goyita, cuyo apellido olvidé, creo que era Núñez. Enseñaba geometría y álgebra, introduciéndonos al mundo matemático. Mercedes, de historia, otra mujer guerrea. Finalmente, Rafael Espinal, también de historia, alguien crucial en mi formación.

Igualmente, otro llamado Ricardo González. Tuve varios educadores comprometidos con la lucha juvenil, porque era agobiante para la escuela, las familias y el país. Aunque había miedo de que nos arrestaran, ya que la policía usaba las «perreras», unos vehículos verdes que llamábamos «cepillitos». Cuando veíamos esos «cepillitos» verdes, nuestras madres corrían a encerrarnos en casa.

Mis tíos, matriculados en el Liceo Aníbal Jiménez eran arrestados con frecuencia. Mi abuela vivía asustada porque tenían libros prohibidos. Me refiero a textos de Marx, de izquierda; de Juan Bosch, que estaban totalmente vetados por ser considerados comunistas.

Mi abuela tenía un rincón especial para esconder esos libros. En nuestra casa, aunque teníamos un baño moderno, ella mantenía una letrina antigua, limpia y bonita por nostalgia. Allí, los ocultaba, en un saco bien amarrado.

Cuando venía la policía a buscar libros, ella rápidamente los guardaba en ese lugar. Pueden imaginarse lo que habría pasado si los encontraban.

Dr. Alejandro Arvelo

Recuerdo que incautaban libros en el aeropuerto y, realmente, a quien encontraban con esos libros, lo llevaban detenido. Creo que usted no vivió eso.

Eulogio Silverio

En Capotillo, claro que sí.

Dr. Alejandro Arvelo

No me diga. O sea, si encontraban a alguien con un libro de algún autor…..

Prof. Carmen Castro

De cualquier escritor que hablara de cambio social, protesta o libertades, ya era prohibido.

Eulogio Silverio

Pero era una juventud rebelde. Recuerdo que, aun sabiendo eso, lo que más nos gustaba era andar con un libro.

Dr. Alejandro Arvelo

Exacto, salir con uno debajo del brazo. A veces, para evitar problemas, le cambiábamos la portada y le poníamos una del Nuevo Testamento.

Prof. Carmen Castro

Sí, lo camuflábamos.

Dr. Alejandro Arvelo

Me encanta lo que ha narrado sobre sus profesores. Pienso que su intervención hasta ahora puede llevar conciencia a los maestros sobre el tremendo poder que tienen. Un profesor de primaria o secundaria puede hacer muchísimo, como ha dicho usted. No sólo se trata de ser bueno, organizado y preparado en su área, sino también de ocuparse de la formación del carácter y las maneras sociales de los estudiantes. Es un mensaje puntual para los educadores actuales, tanto de primaria como de secundaria.

Prof. Carmen Castro

Igual para los universitarios. En toda mi experiencia como maestra de filosofía, déjenme contarles algo: más que enseñarles pensamientos y posturas de los filósofos que han influido en la evolución de la razón humana, también hay que empeñarse en forjarles ideas de libertad, progreso y solidaridad. Debemos despertarles interés por el bien común, que está bastante deteriorado. No sólo me refiero en filosofía, sino en todos los campos.

Uno de los problemas que ha mantenido a la sociedad en crisis es de índole ético. La ética y la moral son el cordón umbilical que debe regir el pensamiento humano, sea en política, sociedad, economía, psicología o cualquier otro aspecto. Cuando hay una formación ética y moral, las cosas funcionan bien. Esa es, para mí, una de las preocupaciones que debe tener cualquier maestro, de primaria, secundaria o nivel universitario.

Dr. Alejandro Arvelo

Estimada Castro, ¿por qué escogió la carrera que escogió y no otra? ¿Cuáles fueron sus lecturas y maestros que la marcaron al ingresar a la universidad?

Prof. Carmen Castro

Déjenme aclararles que, antes de ingresar a la universidad, ya tenía una intención sobre la carrera que elegí: la sociología. Además de tener maestros que me inyectaron interés y asombro por los problemas sociales, me topé con un personaje que es mi compañero de vida: el maestro Félix Gómez, mi esposo, padre de mis hijos. Nos conocimos durante mi bachillerato. Él ya tenía grado universitario, habiendo terminado la sociología, llegó a Santiago con una empresa promotora de encuestas: Gallup y Asociados.

Necesitaba personal para esa labor, y una vecina donde él se hospedaba, la madre de su compañero de equipo, el sociólogo y querido amigo Danilo Peim, me recomendó. Su mamá, Doña Francisca, que me conocía bien y sabía lo inquieta que era, fue quien mencionó mi nombre primero. Le dijo que buscaba jóvenes para que trabajaran con él, y ella me llamó. Fui, lo conocí y entablamos una amistad. Fungí como la supervisora de las encuestas en Santiago. Ahí comenzamos a tener conversaciones y discusiones. Yo, inquieta, le preguntaba, porque él era un hombre de mundo y tenía más que aportar que yo. Empezó a darme apertura al conocimiento filosófico a través de los clásicos griegos como Sócrates, Platón, Aristóteles. Me habló de Marx, El capital; y El manifiesto comunista. Y yo: «¿Qué es esto?»

Así empecé a inquietarme por la sociología y en la universidad comencé a toparme con Foucault, Weber, Parsons, que me mostraron otras aristas desconocidas. Me fui llenando de esos autores y observando una realidad más compleja, que me ha hecho adoptar una postura de aprendiz. Me declaro aprendiz del conocimiento, aprendiz de la filosofía.

Terminé la carrera, pero luego vino la incertidumbre de dónde iba a trabajar. En 1990, se dio un incremento en la población estudiantil de la UASD y todas las escuelas se vieron copadas. El personal no crecía en la misma proporción, así que la Escuela de Filosofía abrió un concurso. En esa época, había varios concursos, pero tenían que tener afinidad con la filosofía. Sentí que podía participar porque, como socióloga, tenemos mucho en común. La  mayoría de los autores de sociología son filósofos; y los métodos de la sociología coinciden con los de la filosofía, pero con aplicaciones diferentes.

Me arriesgué a participar en el concurso junto con otros ocho o diez profesionales de diferentes áreas. Hubo una tendencia a que no necesariamente fueran filósofos, sino carreras afines, como abogados, pedagogos, historiadores y sociólogos. Tuve el grato placer de conocer a uno de los maravillosos filósofos de nuestra escuela, un buen amigo, a quien estimo y respeto sobremanera, el doctor Julio Minaya. Concursamos el mismo día junto a otras diez personas, y nos eligieron a él y a mí.

Qué bueno. Así entramos, en 1991, a la Escuela de Filosofía, donde seguimos aprendiendo, porque creo que el conocimiento es un constante aprendizaje, un continuo nutrirse de todo lo que nos rodea para tener una visión más acabada y respuestas cada vez más certeras sobre la solución de los problemas que nos aquejan. Y son bastantes.

Diría que todas las ciencias tienen que unificarse, aunque suene un poco ambicioso, alrededor de la filosofía, para tener una aplicación óptima de sus preceptos en dispersos ámbitos. Por eso, me gusta la filosofía y siempre he sido una necesitada ávida del conocimiento filosófico. Siento que es la ciencia que nos enrumba hacia un espacio claro, generalizado, global y crítico. Al no estar encasillada, en ella confluyen diversas perspectivas, desde los inicios del conocimiento filosófico hasta nuestros días. Eso no tiene precio.

Dr. Alejandro Arvelo

A propósito de esa noción que tiene sobre la filosofía, ¿le parece que debería volver la filosofía a la enseñanza secundaria o debería dejarse únicamente en la universitaria?

Prof. Carmen Castro

Jamás. Diría que si cada estudiante del bachillerato tuviera la oportunidad que tuve yo de encontrar a esos profesores que, aunque no eran netamente filósofos, sí estaban interesados en que tuviéramos una noción general de los problemas y una conciencia crítica, las cosas serían diferentes. Por supuesto, estoy de acuerdo en que la filosofía regrese a la secundaria porque los bachilleres vienen vacíos, nulos y, a veces, hasta asustados cuando llegan a introducción a la filosofía. En algunos casos, hasta indiferentes, pues ciertas personas han propagado la noción de que la filosofía es cosa de locos, que es demasiado rara; y que ha sido sustituida por la ciencia porque no ofrece respuestas a los problemas particulares del mundo.

A esos detractores les respondería como Ortega y Gasset: «Estoy contento de que digan eso de la filosofía, porque es verdad, la filosofía no es una ciencia simple, va más allá.» Así que creo que los estudiantes deben entrar de lleno desde la secundaria al conocimiento filosófico, para que desarrollen una conciencia crítica, un predicamento ético y moral, que los guíe por el camino correcto. Como nos señalarían Sócrates y Platón: “El bien común no se busca solo; se busca a través de nuestra interioridad, de nuestra razón y de nuestro saber qué es lo bueno y lo malo”. No se trata del bien individual, que es hacia donde nos empujan actualmente, sino del bien común, que es lo que requerimos para seguir construyendo el progreso en el sentido último de las cosas. Ha sido el afán del ser humano: alcanzar la felicidad, el bienestar, pero no de forma individual, sino de manera social, colectiva, interconectados con todo lo que hay en este cosmos. Entonces, pues sí, la filosofía tiene que volver a la secundaria.

Dr. Alejandro Arvelo

Dada su vasta experiencia como maestra, que como nos ha comunicado, inició su andadura docente en la Universidad Autónoma de Santo Domingo en 1990 hasta jubilarse, ¿cómo concibe usted una clase ideal de filosofía? ¿Cómo hacia usted sus clases de manera que, al llegar los estudiantes con todas esas presuposiciones, lograran salir con una narrativa distinta del aula de Carmen Esperanza Castro?

Prof. Carmen Castro

Bueno, lo primero que siempre intenté con mis estudiantes fue decirles que tuvieran la mente abierta. Nunca quise encerrarlos en una idea única, porque la filosofía no se puede enclaustrar; tiene que propiciar la libertad, pero de manera crítica, sistematizada y  racional. Conocer todo lo que ha sido el conocimiento humano desde los primeros indicios del razonamiento, cuando nos topamos con lo religioso y lo mitológico. Hacerles entender que los mitos han sido una base fundamental para entender el mundo, porque es lo primero que encontramos antes de entrar en la etapa de la racionalidad. No obstante, es imprescindible salir de ahí para asistir a un terreno racional y comprensible de  los problemas que nos invaden, ya sean en la naturaleza, en la sociedad o en el propio pensamiento y sentir humano. Eso es la filosofía, ¿verdad?

Mi objetivo era mover a mis alumnos por esa historia del pensamiento humano, mostrando cómo muchos seres humanos han dignificado la capacidad de poner la razón y el conocimiento por encima de las demás cosas y de los vicios que nos han invadido hasta ahora. Les daba una enseñanza crítica, primero; y, luego, una histórica del progreso del conocimiento humano, de los obstáculos que hemos enfrentado y de cómo lo hemos solucionado. La ciencia, en sentido general, no sólo la filosofía, se preocupa por lo que pasa a su alrededor, por conocer su origen, sus características y su interrelación, porque aquí nada está aislado; todo está íntimamente relacionado, una cosa depende de la otra. Esto es cierto tanto para los fenómenos naturales como para los sociales.

Mi meta era que mis estudiantes tuvieran un pensamiento abierto, que no se circunscribieran a una posición, que observaran la importancia de la razón.

Dr. Alejandro Arvelo

Usted es una docente de larga data. Inició sus trabajos en 1990 y estuvo impartiendo clases hasta jubilarse, 31 años de caudal de experiencias y vivencias que pueden servirnos, y especialmente a quienes ahora se inician en esta labor en la Escuela de Filosofía y en cualquier otra escuela. Entonces, sería muy útil que nos haga una exhortación, sobre todo a los jóvenes profesores de hoy.

Prof. Carmen Castro

Claro, con gusto. Entiendo que el profesor debe realizar su labor dándoles libertad a los estudiantes. Libertad en el sentido de que puedan expresarse, comunicar qué es lo que quieren de la filosofía, de la vida. Pero, además de darles esa libertad, hay que mostrarles el camino de la criticidad, de forma tal que no sean entes pasivos, sino sujetos  preocupados y ocupados de los temas que están acaparando al mundo.

Ese desinterés de la juventud por las cosas que están ocurriendo es un problema serio. El estudiante de hoy simplemente precisa pasar la materia y ya. El profesor tiene que empeñarse más de lo normal, es un trabajo duro el que tiene la clase de filosofía. Bueno, históricamente, pero ahora más que nunca. Los valores están cambiando y dañando la mente de nuestros estudiantes con cuestiones totalmente ahistóricos, que no se corresponden con lo que conocemos de la integridad humana.

Por ejemplo, se les está metiendo en la cabeza, a través de los medios de comunicación masivos: televisión, YouTube, Facebook y otros, que lo importante es el dinero, lo que sea útil, y que son dueños de su cuerpo y pueden hacer lo que deseen. Yo no estoy de acuerdo con eso. Debemos regirnos por unos valores universales que nos lleven a lo que históricamente hemos pretendido en la humanidad: el bien común, como decían Sócrates, Platón, Aristóteles y los que han marcado ese accionar.

Toda la filosofía ha trillado el camino de alcanzar el bien común, la felicidad, pero no individual, sino de todos, donde el respeto y la justicia se impongan, donde la libertad sea el faro del conocimiento. Eso es la filosofía: libertad, justicia, paz y criticidad.

Dr. Alejandro Arvelo

Bueno, es evidente que hay mucho material para continuar y extender indefinidamente esta conversación tan amena que hemos sostenido para el Archivo de la Voz con la profesora Castro. Pero, preferimos dejar a la gente con el deseo de seguir escuchándola.

Es una costumbre que al término de las entrevistas mencionemos cinco expresiones, conceptos o nombres de instituciones. A partir de hoy, a sugerencia del profesor Silverio, también incluiremos los nombres de algunos de nuestros colegas ya fallecidos, como usted mencionaba con tanto cariño y gratitud a esos maestros que le ayudaron tanto en la primaria y que ya no están con nosotros. La primera expresión que voy a usar es «Escuela de Filosofía.» ¿Qué significa para usted su Escuela de Filosofía?

Prof. Carmen Castro

Dios mío, aprendizaje, eterno agradecimiento, formación.

Dr. Alejandro Arvelo

Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Prof. Carmen Castro

La que me abrió las puertas a la Escuela de de Filosofía, una facultad que agradezco por los compañeros que he tenido. Es una facultad empeñada en seguir cultivando el conocimiento.

Dr. Alejandro Arvelo

Doctor Darío Solano.

Prof. Carmen Castro

Ay, compañero filósofo, emprendedor, aguerrido, forjador de la Escuela de Filosofía.

Dr. Alejandro Arvelo

Luís Federico Cruz.

Prof. Carmen Castro

Dios santo, mi eterno amigo, mi eterno consejero, un hombre empeñado en llevar al estudiante por los valores éticos y morales.

Dr. Alejandro Arvelo

Tomás Novas.

Prof. Carmen Castro

Se me llenan los ojos de lágrimas al pensar en Novas, el alma encarnada de la bondad, de la solidaridad, un punto de coincidencia entre los profesores de filosofía y los estudiantes. Un hombre entregado a la escuela y a la filosofía.

Dr. Alejandro Arvelo

Muchísimas gracias, profesora Castro.

Prof. Carmen Castro

Gracias a ustedes.

Dr. Alejandro Arvelo

Como de costumbre, cerramos estos encuentros con la intervención del maestro Silverio, director de la Escuela de Filosofía.

Eulogio Silverio

Bueno, para mí es una situación extraña, ya que soy amigo y colega de la profesora. Nos conocemos desde que entré a la escuela como estudiante. Y no digo que usted sea vieja, ni nada, pero ahora yo soy el director y tengo que hablar en nombre de la institución.

Los papeles cambian, ¿verdad?

Es curioso cómo la vida cambia.

Dr. Alejandro Arvelo

¿En qué año entró usted, profesor?

Eulogio Silverio

Entré a estudiar en 1996, o por ahí, quizás en 1994.

Dr. Alejandro Arvelo

El profesor Félix Gómez hizo dos períodos.

Eulogio Silverio

Esta mañana, Flete me llamó desde Estados Unidos, donde está dando una conferencia.

Prof. Carmen Castro

¡Qué interesante!

Es otro punto a favor de nuestra escuela.

Eulogio Silverio

Me llamó para el asunto de la licencia y le dije: «Adivina a quién tenemos hoy en el Archivo de la Voz: a dos amigos tuyos, Félix Gómez y Carmen Castro.» Entonces, él me recordó una anécdota sobre el sentido de justicia que siempre la guió cuando fue coordinadora de cátedra.

Dice que se presentó un profesor reclamando derechos de antigüedad para quitarle la asignación a otro profesor, y usted le dijo: «No señor, buen abusador, ¿cómo le hace eso a un compañero?»

Usted siempre fue así, con un fuerte sentido de justicia. Creo que por eso nos hicimos más amigos. Incluso, les di clase a sus hijos: Pavel y Jenny, que hoy son profesionales. Jenny es arquitecta y Pavel ingeniero.

Les di clase de dibujo en su casa, de pintura, verdad.

La profesora Carmen siempre daba consejos certeros y con ese cariño cibaeño.

Prof. Carmen Castro

Hay un cariño recíproco.

Eulogio Silverio

Me llamó la atención esa cuestión que menciona la profesora de las escuelas del Cibao, porque en mi campo, muchos muchachos salían directamente del conuco para la escuela. Se bañaban, pero tenían que cargar víveres en la cabeza y el profesor, cuando uno llegaba revisaba detrás de las orejas, para ver si se habían bañado, si las uñas estaban limpias, dientes cepillados.

Lo importante aquí es que esa era una regla de higiene que se implementaba en todas las escuelas, y esa medida fue muy provechosa.

Siempre resalto que la Escuela de Filosofía se nutre y debe nutrirse de todos los saberes. Casos como el de la profesora que viene con una formación en sociología, contribuyó a la cualificación de esta escuela, y es algo que nos propusimos rescatar en esta gestión, porque la filosofía, concebida como un saber de segundo grado, se alimenta del conocimiento que producen las ciencias particulares.

Ese encuentro de personas con especialización en otras áreas enriquece el saber filosófico.

Tenemos dos peticiones para Carmen.

La primera, que colabore con la revista de la Escuela, «La Barca de Teseo». Estamos disponibles para recibir y publicar cualquier artículo que quiera enviar.

La segunda, que se integre al 6to Congreso Dominicano de Filosofía, que en esta ocasión estará dedicado a explorar ¿qué se ha pensado filosóficamente en español?

Pretendemos analizar la filosofía desde la lengua española, no necesariamente en alemán o inglés, en español. Con este congreso intentamos entender y objetivizar el sentido de nuestra identidad como pueblo.

Así que están convocados para integrarse a una de las comisiones y ayudarnos a que el congreso sea un éxito en 2025.

Prof. Carmen Castro

Encantada, y agradezco de antemano esta grata invitación. Me siento muy contenta porque están trabajando duro para fortalecer la Escuela de Filosofía y para que los profesores se empeñen en seguir avanzando, en concientizar más a los estudiantes y motivarlos a crecer racionalmente.

A Eulogio y a Alejandro, les agradezco muchísimo. Eulogio, como director de la escuela, te felicito por estas tremendas iniciativas.

Eulogio Silverio

En nombre de la Escuela de Filosofía, gracias a usted; y al profesor Arvelo, porque como siempre decimos, no es lo mismo el Archivo de la Voz sin Arvelo.

 

 

Biografía de Carmen Castro

Educadora, Socióloga, Filósofa

Carmen Esperanza Castro García nació en la Joya, uno de los barrios más humildes, históricos y aguerridos de la ciudad de Santiago de los Caballeros, provincia Santiago, República Dominicana.

Hija de los señores Rosadelia García Pérez, modista; y Juan María Castro López, sastre; quien por la elegancia y la calidad de sus trabajos alcanzó reconocimiento entre notables familias de Santiago y gran parte de la región del Cibao.

Como todo padre, dispuesto a legarles a sus hijos un futuro promisorio, emigró a los Estados Unidos entre mediados de los 60 y finales de los 70, abriéndoles la brecha hacia una educación no sólo rica en contenidos, sino comprometida con el esfuerzo, la disciplina, el agradecimiento y la consecución de metas, logros y propósitos.

A partir del sacrificio de su padre, Carmen Castro, como mejor se le conoce en el mundo académico, tuvo la oportunidad de recibir una educación integral y religiosa, con un cuerpo de profesores laicos, dirigido por sacerdotes y monjas; y civiles, tutelado por maestros altamente preocupados por dotar a los jóvenes de las herramientas necesarias para luchar contra los 12 años del entonces presidente Joaquín Balaguer.

El ideal de estos maestros no fue en vano, pues durante los 31 años que dedicó a la docencia en la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Castro se esmeró por despertar en sus estudiantes el sentido de justicia, la búsqueda incesante de libertad: libertad de conocimiento, libertad de pensamiento, libertad de ser cada vez más humanos.

Formación Académica:

-Educación primaria y secundaria: Colegio San Francisco de Asís de Santiago.

-Estudios Universitarios: Sociología, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

Experiencia Profesional:

-Supervisora y promotora de encuestas en Santiago: Gallup y Asociados.

-Docente en la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), hasta su jubilación.

-Coordinadora de Cátedra en la Escuela de Filosofía de la UASD.

Influencias: Profesores y Autores:

-Profesores: Orilia Ramos, Goyita Núñez, María del Castillo, Mercedes Báez, Ricardo González y Ramón Olguín, quien ostentó la distinción de rector en una universidad privada.

-Autores: Platón, Aristóteles, Sócrates, Gabriel García Márquez, Fiódor Dostoyevski, Juan Bosch, Foucault, Weber y Parsons.

Contribuciones y Metodología de Enseñanza:

-Enfatizó en la importancia de una mente abierta, amplia, activa y crítica.

-Destacó por una formación ética y moral de los estudiantes.

-Despertó en jóvenes universitarios la búsqueda de libertad: conocimiento, pensamiento y acción.

-Inculcó a los alumnos el requerimiento práctico del bien común, la justicia y la solidaridad.

-Abogó por el retorno de la filosofía en la educación secundaria.

Fomentó la integración del conocimiento de otras ciencias con la filosofía.

Anécdotas y Reconocimientos:

-Recordada con aprecio y alta estima por sus colegas y estudiantes.

-Resaltada por guiar a sus estudiantes por el camino de la responsabilidad, el buen comportamiento y el bien hacer.

-Reconocida por su organización, laboriosidad y entrega por más de 30 años a la Escuela de Filosofía y la UASD, en sentido general.

-Apoyo a otros profesores, incluso cuando se desempeñó como coordinadora de cátedra.

-Estimada por sus consejos certeros y cariño cibaeño.

Propuestas y Proyectos Actuales:

-Invitada a colaborar con la Revista de la Escuela de Filosofía de la UASD: “La Barca de Teseo”.

-Invitada a formar parte de las comisiones de trabajo para el 6to Congreso Dominicano de Filosofía 2025, enfocado en la filosofía en lengua española.

Familia:

-Compañero de vida: Félix Gómez, exdirector de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

-Hijos: Pavel (ingeniero) y Jenny (arquitecta).

-Conclusión:

La profesora Carmen Castro es una figura emblemática de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD),  conocida por sus aportes, vocación de servicio, dedicación, fuerte sentido de justicia y  compromiso con la formación ética y moral de sus estudiantes. Su influencia y legado continúan inspirando a nuevas generaciones de estudiantes y profesores.