Mtro. William Mejía Chalas

Entonces, quien nos acompaña en el día de hoy para hablar de todo, pero de todo mucho y mucho, es el doctor Bartolo García Molina, quien estudió Lingüística y también Literatura aquí, en nuestra universidad. Cursó además una maestría en Educación Superior y es doctor en Filosofía del Lenguaje por la Universidad Complutense de Madrid.

Es, quizás, uno de los dominicanos más versados en el manejo de la lengua y sus alcances. A tal punto que —quizás muchos no lo sepan— se ha atrevido a demostrar aspectos del español, del uso del castellano desde nuestra isla, lo cual, de una u otra forma, lo enfrentó con la madre patria en sus investigaciones.

El doctor García Molina ha sido siempre un enamorado de la educación, de la investigación y de la escritura; para él, investigar, escribir y educar son tareas inseparables. Acumula ya más de 30 años en el nivel superior —no vayan a sacar la cuenta, que comenzó temprano— y ha ejercido la docencia en distintas instituciones de educación superior, aunque nunca se ha desligado de nuestra universidad.

Entre sus obras destacan: Método de organización y expresión del pensamiento, Guía docente de fonética y fonología española, Competencias comunicativas, Morfosintaxis funcional del español, Ortografía inferencial y operativa, Lengua, pensamiento y educación, Lectura y construcción del conocimiento, El discurso científico: teorías y aplicaciones.

Ha recibido múltiples reconocimientos: fue homenajeado en la Feria Internacional del Libro en 2017 y recientemente distinguido por sus aportes a los estudios doctorales autóctonos, especialmente en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ha escrito numerosos artículos en revistas tanto de divulgación general como en publicaciones indexadas.

No sé cómo lo hace, pero siempre encuentra tiempo para apoyar en asesoría de tesis, en la orientación de investigaciones y en el acompañamiento para la escritura académica. Ha escrito también sobre El discurso: categoría y estrategia de producción, sobre las ideas en República Dominicana y cuenta con una vasta producción tanto en docencia como en investigación científica y profesional.

Sin más preámbulo, con ustedes y con nosotros, el doctor Bartolo García Molina.

Dr. Bartolo García Molina

Gracias, William, por tu magnífica y original presentación.

Doctora Rosalía Sosa, una persona que nos distingue, como ya se ha dicho, y vicerrectora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo; doctorante Eulogio Silverio, coordinador habitual de este Banquete; William Mejía Chalas, secretario perpetuo, también doctorante; doctor Alejandro Arvelo, también secretario perpetuo.

Y yo sé que discriminar es bueno y es malo, porque las palabras se usan así: “no discrimine”. Pero quien no discrimina tampoco hace nada, no distingue. Quiero hacer una excepción —dos excepciones— al grupo, para saludar a un símbolo de esta Universidad y de la filosofía: la profesora Luz Italia Martínez. Y también, ya que no lo dije, al doctor Rafael Morla. Gracias por estar aquí y por distinguirnos con su presencia.

Cuando el doctor Arvelo me dijo que preparara una disertación sobre el Crátilo, realmente titubeé. Pensé: ¿no sería un lingüista hablándole a filósofos algo así como un monaguillo predicándole a un obispo? Pero muchas veces es el punto de vista lo que determina la visión del objeto, no el objeto mismo.

De manera que, si lo pensé bien, concluí que podía abordar un tema filosófico y a un filósofo desde la teoría lingüística. A lo mejor tendría cierta importancia. Y como había hecho alguna lectura, aunque apresurada, del Crátilo, sabía que allí había una teoría del lenguaje, y específicamente del signo, que es uno de los temas que más me apasionan.

Porque, si algo une a todo el conocimiento, a todas las disciplinas universitarias, es precisamente el signo. Todos trabajamos con signos, en todas las asignaturas.

Así que, al fin y al cabo, el tema resultó bastante apropiado. Y me he quedado cómodo con él, además de sumamente honrado de compartir un escenario tan trascendente.

Normalmente, quien hace la historia ni cuenta se da de que está en un momento histórico. Muy difícilmente. Y, a lo mejor, este escenario, este grupo de estudio, está haciendo historia en la República Dominicana, sobre todo en la educación superior. Máxime en una época como esta, donde la solemnidad ya no tiene tanta importancia.

Yo le decía a Miriam, mi compañera: “Este es un escenario solemne, poco común en la República Dominicana, porque ya ni siquiera los escenarios universitarios tienen gran solemnidad”. Y dije: me gusta, porque se ha perdido eso. Comenzando por los títulos: “habitual”, “perpetuo”. Que no se interrumpe, que va a exponer, que lo tratan con la solemnidad de una autoridad.

Y esos son símbolos, son signos que gobiernan la conducta humana, que predisponen. Por eso, finalmente, me siento muy cómodo. Y creo que eso ayuda.

Bueno, entrando un poco en materia. Trabajo con la traducción encabezada por Julio Calonge y publicada por la editorial Gredos. Como ya se sabe, Gredos… (dejo de pronunciar la “s”, porque después Miriam me dice: “No te luce cometer tantas eses”).

Sabemos la importancia que tienen las traducciones en estos textos. Y ya el doctor Arvelo, en su puesta en marcha de estos estudios, nos hablaba de ello, resaltando justamente la calidad de esa traducción. A mí me gustó mucho.

Yo me enfocaré más en esa mirada desde la teoría del signo que se encuentra en el diálogo. Esa teoría que, en última instancia, plantea un triple desafío común a filósofos y a lingüistas: trabajar con el lenguaje.

El lenguaje, para mí, es el órgano del pensamiento. Y, por tanto, todos tenemos que trabajar con él. Desde el lenguaje se construye el pensamiento, comenzando desde las percepciones: la conversión de la sensación en percepción está tamizada y condicionada específicamente por la lengua que se haya desarrollado a través de esa facultad del lenguaje.

Cuando yo hablo de “lenguaje”, no voy a hacer la distinción entre lengua, lenguaje y habla, sino que lo usaré en sentido general. A veces significará lengua, a veces significará lenguaje. Porque creo que, de lo contrario, se dificultaría mucho el discurso.

Entonces, toda forma de pensamiento va a estar construida sobre la base de una lengua o variedad en específico, y sobre todo del desarrollo de esa lengua y de las posibilidades que ofrece. Porque cada lengua da posibilidades.

Para poner un ejemplo: Caonabo habría tenido imposible pensar como pensamos nosotros con la lengua que tenía. Es más, si Alfonso X, el Sabio, merece ese título, fue precisamente por la previsión que tuvo cuando iban a expulsar a los llamados “moros” en el siglo XIII —judíos y árabes—. Él dijo: “Si los expulsamos, y son quienes tienen el conocimiento, nuestra lengua va a empobrecer”.

Entonces ordenó formar una escuela de traductores, la Escuela de Sevilla. Él mismo hizo el manual, el instructivo, y participaba en la primera y en la última revisión para traducir las obras que entendía importantes.

Lo hacía con toda intención: forzar al castellano —en ese entonces castellano, porque hoy para nosotros sería inaceptable llamarle así al español— para que ampliara su sintaxis y su vocabulario. Porque era imposible pensar de manera muy abstracta y general sin ese esfuerzo de enriquecimiento de la lengua.

Desde el castellano de entonces, eso es un buen ejemplo de que la lengua condiciona el pensamiento. Por eso mi mirada va orientada en esa dirección.

Además, tanto filósofos como lingüistas —aunque más los lingüistas— trabajamos el lenguaje y la lengua como objeto también de estudio. Reflexionamos sobre la lengua y el lenguaje. Los filósofos lo hacen más sobre el lenguaje, pero la lengua no deja de ser lenguaje, sino una instancia tal vez más concreta del lenguaje; pero sigue siendo lenguaje.

Por eso coincidimos: los lingüistas haciendo énfasis en la lengua y los filósofos en el lenguaje. Y es difícil estudiar el mismo instrumento con el que uno aborda el objeto. Eso constituye un desafío epistemológico tremendo que asumimos filósofos y lingüistas: ver también el lenguaje como objeto de estudio, pero a la vez como herramienta de reflexión.

En ese sentido, tiene mucho acierto ligar filosofía y letras. De hecho, muchas veces pensé que debería existir una licenciatura en Filosofía y Letras, o en Letras y Filosofía. Hay una en Educación, pero no sería lo mismo: hablo de Letras puras, que fue lo que yo estudié, Letras sin pedagogía. También pudo haber existido esa combinación de Filosofía y Letras, porque están demasiado integradas.

De hecho, muchos problemas y reflexiones sobre la lengua y el lenguaje yo los pude trabajar desde la filosofía. Tal vez por eso, como decía William, he sido un tanto atrevido; aunque no tanto, porque muchas veces consultaba a Morla y a Alexis Viloria: “Mira, voy a hacer esto”. —“Sí, eso está bien, esas posiciones atrevidas tienen sentido, pero consúltalo también con Johan David Hume para ese asunto del lenguaje”. Es decir, yo me asesoraba, porque no se puede ser atrevido sin más, pero tampoco temerario. Hay que respetar a los demás.

Por eso mi visión parte de ese triple hecho. Mi idea es defender que en los diálogos platónicos se siembra la simiente tanto de la teoría del signo lingüístico de Ferdinand de Saussure, como de la visión triádica o semiótica de Charles Sanders Peirce. Yo creo que ahí está la semilla de esas dos grandes teorías, que todavía tienen vigencia hoy.

Mi procedimiento para hacer este estudio fue sencillo, el mismo que yo les planteo a los estudiantes. Yo aspiro a tres cosas: primero, que demuestren que leen los textos; segundo, que por lo menos intenten entenderlos; y tercero, que, idealmente, los trasciendan. Una lectura que no trascienda el texto es una lectura pobre, pero si por lo menos se hace una lectura comprensiva, ya es bastante.

Ahora yo creo que el desafío es trascender el texto, y un texto se trasciende desde alguna teoría, desde alguna perspectiva. No puede ser una visión inmanente sobre el texto, porque se va a reproducir lo mismo. Tiene que haber alguna osadía de, por lo menos, intentar trascenderlo con algunas explicaciones. Y eso es lo que pienso hacer.

En primer lugar, voy a hacer una presentación de la trascendencia del signo, porque es la teoría que voy a abordar y es la que nos une. Luego presentaré las líneas temáticas de estos diálogos, las grandes líneas, que creo sería más práctico que hacer un resumen que, en definitiva, se consigue en las redes, en internet, etc. Pero lo que me interesa resaltar es la línea temática relacionada con el lenguaje en sentido general, con el signo.

De entrada, al hablar de signo hay que tener pendiente lo siguiente: cuando yo hable de palabra, estoy hablando del signo. La palabra es uno de los signos, tal vez el signo lingüístico más común. Y de los cuatro tipos de palabras que llamamos “llenas”, es decir, que tienen algún sentido —sustantivo, verbo, adjetivo y adverbio—, de algún modo todas son signos lingüísticos. Por eso, piensen en eso cuando me oigan llamar “signo” a lo que está ahí. Porque, cuando se habla de onomástica, o sea, de los nombres propios, también se trata de signos, aunque sean signos lingüísticos muy específicos.

Por eso hay una visión del signo en el Crátilo. Luego presentaré —si se quiere, una reflexión, para no ser muy pretencioso y llamarlo una crítica— a la teoría del signo. De hecho, yo publiqué en una revista indexada una crítica a la teoría del signo de Saussure. Por eso dice William que a veces me atrevo mucho, porque recuerdo que uno de los padres de los que ahí se escandalizó, como quien dice: “¿y este dominicanito…?”. Porque era una revista internacional, aunque también estaba vinculada a Ciencia y Sociedad.

Yo pensaba que no lo iban a publicar, porque las objeciones que puse eran fuertes, hasta había pensado en someterlo a otra revista. Al final, uno de los evaluadores hizo un comentario tibio, pero reconoció que algunos de los argumentos eran atendibles. Eso me alegró, porque siempre he sostenido que la teoría de Saussure no se ha entendido bien, ni siquiera aquí en la universidad. Muchos lingüistas tienen, en parte, una visión más psicologista del signo de lo que creen, y eso se puede demostrar en el contexto, escuchando cómo habla la gente.

El caso es que finalmente la publicaron, y me sorprendió, porque al menos había la intención de trascender una teoría desde la observación. Y los que estamos en las aulas tenemos una gran ventaja: nos permite reflexionar mientras hablamos. Hasta el silencio —el silencio del profesor y de los estudiantes— nos dice algo: que no entienden, que no se motivan, que tienen dudas. Por supuesto, también cuando entienden algo, eso se percibe.

Así es que intentaré, lo más que pueda y si el tiempo me lo permite, hacer eso.

Bueno, la trascendencia del signo. En la primera parte, Charles Morris, uno de los fundadores de la teoría semiótica, en sus Fundamentos de la teoría de los signos, dice algo que a mí me impactó mucho. Precisamente afirma que el signo ha devenido en un concepto tan importante para las ciencias del hombre —y yo añadiría, de los seres humanos— como lo es el concepto de célula para la biología o de átomo para la química.

Ciertamente, el concepto de signo, yo diría que para todas las ciencias humanísticas, es una categoría sobre la cual se cimenta todo el conocimiento. Y eso realmente tiene mucha trascendencia para la importancia del signo en general.

No hablo del signo lingüístico, aunque es el que tiene más importancia sin ninguna duda, pero no nos quedamos solo en el signo lingüístico porque los signos son la concreción de todas las percepciones y, de hecho, a través de los signos es que se hacen las percepciones.

La psicología de la Gestalt ha planteado algunas leyes que nos competen con el signo, por ejemplo, la ley de completamiento o de cierre. Dicen los psicólogos de la Gestalt que muchas ideas están inconclusas. Ellos se basan mucho en la percepción visual, pero también en la auditiva. Usted ve una silueta y cómo usted puede determinar que eso es una mujer o un hombre: porque el cerebro lo completa, pero lo completa porque tiene ese signo. Si no lo tuviera, no lo podría completar. De hecho, uno no podría completar una idea que no tenga el signo.

Desde el punto de vista del signo lingüístico, muchas veces alguien está hablando y uno completa la idea sin darse cuenta. Desde la psicología de la percepción, en particular la fonética auditiva, hay una teoría que dice que existe un punto de activación, un momento en el que el cerebro completa automáticamente, dependiendo de varios factores que no voy a detallar. Por ejemplo, si alguien dice: “yo voy para la uní…” y se interrumpe, ya el cerebro completa: “universidad”. Aunque no se haya pronunciado, usted lo entendió claramente porque se activó ese mecanismo.

Existe también el punto de unicidad: hay palabras o signos que, a partir de cierto momento, ya no tienen otra posibilidad. Eso se ve en los diccionarios en línea, como el de la Real Academia: usted escribe algunas letras y llega a un punto en que ya no hay más opciones posibles. Los mismos celulares usan ese mecanismo para completar automáticamente las palabras.

Todo eso es posible gracias al signo. Esto se relaciona con la percepción: muchas veces usted percibe cosas que no estaban del todo claras, pero como tiene los signos registrados puede reconocerlas. En otras palabras: mientras más signos lingüísticos —más vocabulario— posee una persona, mucho mayor es su nivel de comprensión y de reflexión. El signo es una herramienta.

La trascendencia del signo, desde toda perspectiva, es incuestionable. Se ha escrito mucho sobre la relación entre signo y cognición, sobre los signos en general, pero sobre todo acerca del signo lingüístico. Tanto es así que John Locke, ya en el siglo XVII, lo planteó en su Ensayo sobre el entendimiento humano. Ahí señala que para cada sentido hay un tipo de sensación y de percepción y, por tanto, se construye un tipo de conocimiento. Y se pregunta: ¿qué pasaría si una persona pierde los cinco sentidos? Concluiría que quedaría inconsciente, sin posibilidad de conocimiento. Lo que quiere decir que sin signo no habría ninguna posibilidad de comprender.

A mí me llamó la atención un libro que se titula Mujer, fuego y cosas peligrosas, de George Lakoff. Lo traduje con ayuda de traducción automática, porque no existe versión en español, y tiene unas 800 páginas. Ese libro dio lugar a toda una línea de la lingüística llamada lingüística cognitiva, que es la corriente más reciente en este campo. El título surge porque, en una tribu australiana, debido a que su lengua era muy sintética, una sola palabra servía para expresar una oración o incluso un párrafo. En esa lengua, la misma palabra que significaba “mujer” también significaba “fuego” y “cosas peligrosas”.

Y él se queda reflexionando sobre el poder del lenguaje, cómo esa lengua es permeable. Me puse a recordar los prejuicios que, cuando yo era un muchacho, escuchaba a los adultos: que las mujeres eran peligrosas, que eran la perdición del hombre, que la mujer era como una condena inevitable. Esos prejuicios parecen repetirse en varias culturas.

Pero lo del fuego me puso a pensar, porque resulta que en Australia los fuegos son muy comunes en esa tribu: por la sequía, los incendios se repiten, y cualquiera que vea un documental de National Geographic sabe que son un peligro inminente, una angustia constante. Entonces, fíjense cómo asocian el fuego con la mujer y con “otras cosas peligrosas”. Ese es el poder de los signos, el poder de los estereotipos, el poder del lenguaje.

Por tanto, no es tan ingenuo como muchos quieren plantear: “Ah, pero eso es cambiar las palabras”. No, las palabras son signos, y los signos son representaciones; y las representaciones gobiernan la conducta humana.

Por ejemplo, me llamaba la atención en Semana Santa que no se comía carne. Comer carne era pecado, porque eso lo tenía interiorizado. Pero sí se comía pescado. Yo me preguntaba: ¿y esto no será carne? ¿No habrá más cercanía entre la carne de pollo y la de pescado que entre la de pollo y la de cerdo? Sin embargo, hay lenguas en las que “pescado” está dentro del mismo término de “carne”, y por tanto, si estuviera prohibido comer carne, tampoco comerían pescado. Son animales, están compuestos de lo mismo. Pero nuestra representación cultural permitía comer pescado sin ningún remordimiento.

Eso muestra el poder de los símbolos. Yo creo que, si alguien violara esa norma cultural, el cerebro activaría neurotransmisores que afectarían la digestión: hasta el cuerpo se resiente. Por eso es tan importante defender las representaciones mentales. Cuando decimos, por ejemplo, que en el discurso se respeten las minorías o se respeten las mujeres, eso no es banal. Ahí está en juego la conducta humana.

Pienso que los feminicidios son tan abundantes en República Dominicana por las representaciones mentales que tenemos. Comenzando por la idea de que la mujer “no tiene derecho a decir no”. Tenemos que luchar para que se entienda que la mujer sí tiene derecho a dejar de querer, a dejar de amar. Muchas veces, nuestra cultura no lo permite, y eso lleva a que ciertos hombres actúen de forma primitiva. Pero todo eso son representaciones, y esas representaciones son signos que gobiernan la conducta.

De ahí paso a la parte de la representación del diálogo. La dimensión sustantiva es importante en toda lectura y en todo diálogo. De hecho, en el pensamiento crítico, establecer la dimensión sustantiva es fundamental, porque a partir de ahí se sabe de qué se va a hablar. En el Crátilo, la dimensión sustantiva se plantea en la cuarta línea. Esa es una característica: se plantea de inmediato.

Dice Hermógenes:

«Sócrates, aquí Crátilo afirma que cada uno de los seres tiene el nombre exacto por naturaleza. No que sea este el nombre que imponen algunos, llegando a un acuerdo para nombrar y asignarle una fracción de su propia lengua, sino que todos los hombres, tanto griegos como bárbaros, tienen la misma exactitud en sus nombres. Así que le pregunto si su nombre, Crátilo, responde a la realidad, y contesta que sí. Y cuál es el nombre de Sócrates, pregunté. “Sócrates”, me contestó. Entonces todos los hombres tienen también el nombre que damos a cada uno, y él dijo: no, no tu nombre, al menos, no es Hermógenes, ni aunque te llame así todo el mundo».

Lo que realmente se plantea no es tanto, como a veces creemos los lingüistas, que exista una relación natural entre significante y objeto. Más bien, lo que se sugiere es que hay una relación natural entre significante, objeto y contenido. Desde la teoría de Saussure no se toma en cuenta el objeto, sino el referente, es decir, hacia dónde se dirige la referencia y su contenido. Crátilo plantea que ese contenido ya está dado a priori: que Hermógenes tenía su contenido preestablecido, y que no fue la realidad la que, de tanto designarla con “libro, libro, libro”, terminó aceptándose como “libro”. Para él, eso ya estaba preestablecido.

De hecho, Sócrates ironiza con Hermógenes y le dice: “Tú no”, porque Hermes significa “inteligente, perspicaz, de buena estirpe”, y, según Sócrates, Hermógenes no corresponde a ese significado porque es torpe. Es decir, que su realidad particular no coincide con lo que ese nombre significaba de manera natural. El nombre “Hermógenes” es exacto, pero él no lo encarna. Esa es, en síntesis, la posición de Crátilo.

Hermógenes, por el contrario, plantea que los nombres son arbitrarios, que son fruto de una convención. Esa es la postura que hoy reivindicamos los lingüistas. A veces los estudiantes me preguntan en clase, relacionándolo con las convenciones políticas: “¿Y cómo se da esa convención? ¿Se reúnen?”. Yo les digo: la convención ocurre desde que alguien usa una palabra y otros la repiten. Cada vez que alguien la emplea, está diciendo “sí”. Si se generaliza, la convención se da. Puede tardar cien años en expandirse, y puede que se asuma en un sector y en otro no; por eso existen los sociolectos.

Hay palabras que, aunque sepamos lo que significan, instintivamente rechazamos y no usamos. Con eso estamos diciendo “no” a esa convención. Les pongo un ejemplo: nunca uso la palabra teteo. Creo que esta es la primera vez que la pronuncio. No me convence; quizás por un sesgo de clase, pero simplemente no la acepto. Eso significa que no estoy de acuerdo con la convención. Y sospecho que la mayoría de ustedes tampoco la usaría.

Las palabras —como decía Neruda— “se van cargando mientras ruedan”. Es decir, se impregnan de sentido en su recorrido, marcado por su origen y su carga social. Por eso es difícil que algunas atraviesen la convención en el sociolecto culto. En cambio, en registros populares puede que se generalicen un tiempo, por moda o esnobismo, y luego desaparezcan. Pero, en última instancia, lo decisivo es el uso.

Así, la convención se da por etapas de aceptación generalizada, hasta que se consolida en determinados grupos o en toda la comunidad. Por ejemplo, la palabra “rosa”: todos la usamos, ya pasó la convención y está totalmente aceptada.

De modo que, cuando hablamos de convencionalismo, hablamos del uso, de la costumbre. Y justamente es eso lo que discuten Sócrates, Crátilo y Hermógenes. Lo curioso es que incluso la postura supuestamente naturalista de Crátilo no es del todo coherente, porque termina aceptando la fuerza del uso. Y el uso es la base de la convención en la lengua. Sin uso no hay convención.

El Crátilo fue, para mí, la puerta de entrada a Platón. El profesor Benavides lo mencionó cuando yo era estudiante de licenciatura, y eso me motivó a leerlo. La verdad es que no entendí mucho en ese primer contacto, pero lo importante es que lo había leído. No es lo mismo leer un texto desde cero que volver a él después. En ese primer acercamiento lo que me quedó fue la impresión del método del diálogo socrático: un método hábil, persuasivo.

Y debo decirlo: en ese diálogo, Sócrates es un gran manipulador. No sé si es Platón quien manipula a través de él, pero lo cierto es que el personaje Sócrates juega con Crátilo y Hermógenes, los lleva y los trae, hasta que ambos cambian de posición sin darse cuenta. Lo irónico es que el propio Sócrates tampoco deja del todo clara su postura.

El diálogo comienza con una invitación de Hermógenes a Sócrates para que participe en la conversación que ya mantenía con Crátilo. Crátilo sostenía que los nombres son exactos por naturaleza, aunque algunas personas no correspondan con ellos. Hermógenes, en cambio, afirmaba que la exactitud de los nombres no es otra cosa que un pacto, un consenso, una convención o un hábito.

La lingüística moderna respalda plenamente la posición de Hermógenes. Hasta la entrada de Sócrates, la discusión se centra en los nombres propios, lo más específico de la lengua. Recuerdo que en primaria yo también pensaba que lo importante eran los nombres propios, porque así nos los enseñaban: nombres propios y comunes. Todavía en la universidad conservaba ese prejuicio, porque venía de una visión normativa. Había leído a Andrés Bello, a Pedro Henríquez Ureña, y mi ídolo era Ñañorga, el gran defensor de la norma.

Pero recuerdo una clase con Pedro Mir —fui su alumno en estética y en historia del arte— donde me cambió la perspectiva. Dijo, parafraseando: “La invención más formidable del hombre fue el sustantivo común”. Yo esperaba que dijera “sustantivo propio”, y me sorprendió. Luego leí en Metamorfosis del lenguaje, de Emilio Alarcos Llorach, que “el sustantivo común nos permite andar con el mundo a cuestas sin que nos pese”.

¿Por qué? Porque aprendemos todo lo que nos rodea a través de los conceptos, y los conceptos son parte del signo. A veces no sabemos si, al hablar de signo, nos referimos al concepto, al objeto que significa o al referente. Tal vez el gran aporte de Saussure fue mostrar que un objeto que represente algo no tiene sentido si no está ligado de manera indisoluble a un concepto. El signo, en consecuencia, es la unidad de esas dos caras inseparables.

Por tanto, el signo debe estar compuesto por las dos partes, porque son indisolubles. No es que una cruz, por sí sola, sea un signo fuera de la lingüística, como lo plantea Peirce. Aunque Peirce habla de la tríada, él dice que, por ejemplo, el representamen es el signo; es decir, que la cruz sería el signo. Pero, según Saussure, el objeto material sin una vinculación con una idea no es nada. Realmente, cuando uno lee los textos, se refieren indistintamente a un signo de cualquier tipo, lingüístico o no lingüístico, como el objeto que es. Pero, si no se le vincula a una representación, no tiene sentido.

En ese contexto, los sustantivos y las categorías son, para mí, fundamentales. Una vez hubo una discusión, incluso en un aula doctoral en una universidad que no voy a mencionar, cuando alguien trajo a colación la canción que dice: “Si Dios es verbo y no sustantivo”. Yo respondí: “No, Dios es sustantivo”. Primero, porque hablamos del Dios de ustedes (yo soy ateo, pero continué el argumento dentro de esa lógica). No entro en la representación particular que alguien tenga de Dios —eso lo respeto—, pero ya que estamos hablando desde la perspectiva lingüística, esa representación es un sustantivo.

Las acciones sin sustantivos, de hecho, son comunes tanto a las bestias como a las máquinas. Cualquiera puede realizar acciones. Pero cuando hablamos del sustantivo, hablamos del concepto, de la representación. Así, “Dios” es un sustantivo, una representación. Tendrá la función y el sentido que cada quien le otorgue, pero lingüísticamente es eso: un sustantivo.

Recuerdo una conversación con Miriam sobre el caso de Imbert Barrera. Qué pena cómo algunas personas pueden pasar de lo sublime a lo ridículo. Hablábamos del uso de la palabra “asesinato”. Yo señalaba: “Eso no fue un asesinato, eso fue un ajusticiamiento”. ¿Acaso es lo mismo un asesinato que un ajusticiamiento? La diferencia radica en el concepto que lo guía, porque detrás de Imbert Barrera había una noción de patria. Los conceptos son fundamentales: son los sustantivos los que guían las acciones, porque condensan las representaciones.

Aristóteles lo dejó claro en Las categorías: todo depende de las sustancias. De hecho, “sustantivo” se escribía con “b”, porque derivaba de “sustancia”, aunque la ortografía moderna haya simplificado la letra. Aristóteles derivó de ahí incluso las acciones, que corresponderían al verbo.

Dicho esto, también resulta evidente que la posición de Crátilo tiene un pie en lo convencional, pues él mismo admite que algunos nombres encajan con las personas que los llevan, y otros no. Sócrates se incorpora a la conversación y emplea su método dialéctico. En principio parece estar de acuerdo con Crátilo, pero al final su postura se ubica a medio camino entre el naturalismo y el convencionalismo. Sin duda, esta fue una de las fuentes en las que bebió Saussure para su labor de lingüista.

Es importante aclarar, además, que aunque el diálogo se basa en los sustantivos —y más específicamente en los sustantivos propios—, Sócrates luego incorpora el verbo. Ahora bien, los sustantivos propios, desde la perspectiva lingüística, tienen escasa relevancia. Su estudio se ha desarrollado en la llamada onomástica, que muchas veces se acerca más a la literatura que a la lingüística.

El problema surge porque existen cuatro tipos de sustantivos que, aunque se enseñan como un lugar común desde la primaria, generan confusiones. Por ejemplo, todavía se sigue hablando de sustantivos “abstractos” y “concretos”. He escuchado incluso a profesores universitarios hablar de ellos. Sin embargo, no puede haber sustantivos concretos, porque todos los sustantivos son conceptos.

Y los conceptos pasan precisamente por un proceso de abstracción. Podría hablarse, de hecho, de que hay sustantivos más abstractos, pero no en el sentido de que “no se puedan ver ni tocar”, como a veces se dice, sino en el sentido epistémico: son más abstractos en la medida en que implican mayor generalización.

Mientras menos rasgos en común tiene una palabra, más general se hace. Si digo “mujer”, es un término general; si digo “mujer latinoamericana”, lo voy concretando; “mujer dominicana”, “mujer dominicana universitaria”, “mujer dominicana filósofa”, “mujer dominicana en El Banquete”: ya lo voy trayendo al aquí y al ahora.

En cambio, mientras voy sustrayendo rasgos, lo voy alejando del aquí y del ahora. Y esa es precisamente la característica de quien puede pensar, filosofar, hacer lingüística: alejarse del aquí y del ahora mediante el órgano del pensamiento, que es el lenguaje. Eso es lo que hace que un término sea abstracto: no que no se pueda ver o tocar.

Tomemos un ejemplo clásico: “perfume”. El perfume se puede percibir, aunque no lo toquemos con la mano. Tiene materia, son moléculas. Otro ejemplo: “amor”. El amor también pasa por ese mismo proceso de abstracción. Tal vez lo que quieren decir en la escuela es “referente tangible” y “referente intangible”, que es otra cosa distinta.

Pero al reducirlo tanto, terminan reduciendo también la perspectiva de los estudiantes para comprender el concepto. Y el concepto, que parece algo elemental, es en realidad crucial. En mi campo decían que lo peor era un ser humano sin concepto. Y tenían razón. Alguien que no tiene concepto de ética, de lealtad o de responsabilidad, ¿cómo sabe hasta dónde llegar o qué está obligado a cumplir?

De modo que los signos gobiernan nuestra conducta. Y todavía hoy la escuela, por no tener claros estos conceptos, confunde a los estudiantes repitiendo bobadas como lo de “sustantivos propios y comunes” sin comprender su fondo.

Los llamados sustantivos propios son en realidad un “renombrar” la realidad: volverla a designar. Los sustantivos comunes nos dicen que somos hombres o mujeres. Pero cuando asignamos un nombre propio, individualizamos. Por ejemplo, decimos “Rosa”. Ahora bien, como hay muchas Rosas, hay que añadir un apellido, y a veces no basta con el primero: se le agrega un segundo para individualizar aún más. Es decir, vamos de un proceso de generalización a un proceso regresivo de conceptualización, hasta llegar a lo más concreto.

Así también el ejemplo representa, de alguna manera, una degradación del concepto: lo trae al aquí y al ahora, lo hace tangible. Pero existe un peligro: que si el estudiante se queda en el ejemplo, confunda lo particular con lo general. Hasta en eso hay que tener cuidado, porque a veces el ejemplo termina tragándose al concepto.

Recuerdo que una vez le dije esto al profesor José Guerrero:
“Mira, José, hay un José por ahí que está teorizando y está en la línea contraria a la tuya”.
Y me respondió: “Pues me voy a poner el segundo apellido también”, es decir, iba a individualizarse aún más, porque ya Guerrero no le era suficiente.

Por tanto, el nombre propio es una manera regresiva, y por eso digo que no tiene tanta importancia ni desde el punto de vista de la filosofía ni desde el de la lingüística.

Entonces, para resumir: desde el punto de vista del discurso, en el Crátilo tendríamos a Crátilo con su visión naturalista, a Hermógenes con su visión convencionalista, y a Sócrates que oscila entre ambas. Y hay unas “voces invitadas”, que no aparecen en el diálogo, pero están ahí de manera implícita: Pródico, Protágoras, Heráclito y Parménides. La estrategia, ya lo sabemos, es la mayéutica: llevar a los interlocutores al punto al que Sócrates quiere conducirlos.

Las líneas temáticas —no las voy a desglosar del todo porque me extendería mucho— serían:

  1. La visión convencionalista de los nombres propios.
    Aquí se despliega toda una disquisición, más que discusión, sobre los nombres propios, con la idea de que son los dioses quienes ponen los nombres. Subyace la teoría de que nombrar es tarea de un ente superior, divino, que no se equivoca: si asignó un nombre, ese es su significado “verdadero”. En consecuencia, no cualquiera puede nombrar, lo que perfila una visión de élite dentro de la onomástica.

    Hay muchos ejemplos de nombres de dioses, héroes, virtudes, etc. Esto tiene importancia lingüística porque se enlaza con la morfología: la distinción entre sustantivos primarios y sustantivos derivados, que aún hoy conservan vigencia. Sócrates juega con ello de manera inteligente, pues al recurrir a palabras derivadas parece dar la razón a Crátilo.

    Por ejemplo: de madre se deriva maternal, y parecería natural que la relación fuera evidente. Lo mismo ocurre con la etimología: teleférico (tele = lejos, férico = hierro), donde parece “natural” la relación. Pero en realidad, esos términos tuvieron un origen arbitrario, no divino. Platón presenta esto como si fuera una mímesis: los nombres serían imitaciones de lo real.

    En español la trampa es mayor, porque es una lengua “eminentemente culta” en sentido morfológico: se apega demasiado al latín y parece natural lo que en origen fue arbitrario. Recuerdo que Mirian y yo fuimos una vez al despacho de un director de periódico y me preguntó a qué me dedicaba. Yo, con cierta modestia, le dije que trabajaba con la lengua, que era lingüista.

    En otra ocasión, un joven de mi pueblo, con poca instrucción, me dijo: “Yo fui al dientista”. Lo decía convencido, porque lo lógico para él era que si diente se decía así, entonces el especialista debía ser un dientista. No sabía que en latín se decía dent. Lo mismo con lingua en latín, de donde viene lingüista. Son trampas del español, precisamente por ser tan “culto” y tan apegado a su origen latino.

  2. La línea naturalista.
    Aquí hay defensa y ataque al mismo tiempo. Sócrates aparenta respaldar a Crátilo, pero al final deja el tema en una posición ambigua.

  3. La línea epistémica.
    Relacionada con la teoría del signo, retomada siglos más tarde por Saussure, quien planteó que la relación entre significante y significado es arbitraria y convencional. Humboldt, a su vez, respondió a la visión mimética de Platón: para él, la lengua es energía y creatividad, no simple imitación. San Agustín también retoma a Platón en este punto, y Santo Tomás de Aquino desarrolla la noción de “palabra” más que de signo. Hasta ahí, no hubo grandes cambios en la concepción del signo.

Luego tendríamos a John Locke, siglo XVII, que yo creo que Saussure debió tomar mucho en cuenta, porque Locke dice que las palabras —signos, en realidad— están asociadas a ideas, y esas ideas a su vez son el resultado de la relación con los objetos. Vamos a llamarlos objetos, evitando por ahora la palabra “referente”. Y justamente por ahí anda la teoría de Saussure. Tal vez este haya sido el cambio más revolucionario que hemos ignorado muchos lingüistas, porque no estuvimos tan vinculados a la filosofía. Por eso decía al principio que hay una relación mucho más estrecha de lo que uno sospecha entre la lingüística y la filosofía.

Fíjense: los filósofos han reflexionado mucho sobre el signo, aunque no lo llamen así. Cuando reflexionan sobre la palabra, están reflexionando sobre el signo. Entonces, Saussure lo que quiere es romper con esa tradición platónica y dice: “Bueno, no hay una relación natural; esa relación es arbitraria”. Lo arbitrario ya ustedes saben: significa que no hay una lógica detrás. De hecho, se dice que algo es arbitrario cuando no hay una razón para las cosas.

Pero Saussure dice algo interesante: él llamó significante y significado a esa relación del signo, para que no se disocie. El significante sería la parte a la que está asociada la palabra. Muchos dicen que es la parte material, y él mismo lo afirma, pero luego se corrige porque dice: el significante no es el sonido. Y ahí yo me quedaba perplejo. Si no es el sonido, ¿qué es entonces? Saussure responde: el significante es la huella psíquica que queda del sonido, y esa huella psíquica —lo que llaman fema— es la representación que te queda.

Yo pasé un momento un poco tenso con una profesora que decía: “Y cuando veníamos… y entonces, cuando íbamos a la tercera…” Yo le corrijo: “Estábamos”. Y ella insiste: “Sí, cuando estábamos…”. Y yo: “Estábamos”. Y ella vuelve: “Cuando trabajábamos…”. Y a la tercera me dice: “Profesor, ¿qué es lo que le está pasando? Póngame atención”. Yo no seguí, porque era la huella que ella tenía.

Esto pasa mucho. Hay personas que tú les dices: “Buenas tardes”. Y algunos oyen “Buenas tardes” (con -s), porque esa es la huella que tienen; otros oyen “Buena tarde” (sin -s). Y si lo escriben y tú los corriges, lo vuelven a poner como lo tienen registrado: “Buena tarde”.

Eso es lo que Saussure llama significante: no tanto el sonido material, que es volátil, sino esa huella psíquica que se construye en la práctica. Fíjense que antes los métodos de enseñanza de lenguas extranjeras hacían repetir y repetir —y eso estaba muy bien— para que el estudiante creara esa huella, desarrollara los movimientos articulatorios necesarios y fijara la representación.

Por eso, desde mi visión, Saussure vacila, pero en realidad está diciendo que el significante también tiene dos caras: una material, que es el sonido —variable, fugaz—, y otra psíquica, que es la representación.

Tanto es así que yo he hecho ejercicios con estudiantes, incluso en doctorado, dictándoles palabras, y ellos escriben cualquier cosa, porque no tienen la huella psíquica. Recuerdo un ejemplo en San Francisco: yo dicté la palabra impertérrito y un estudiante escribió “se le quedó el perrito”. Porque eso era lo que tenía en su huella. Nadie escribió impertérrito, porque no tenían esa representación previa.

La gente escucha lo que ya tiene registrado: tú captas los sonidos a partir de la huella que guardas, no de algo a priori. Esa representación hay que ir construyéndola, y lo mismo pasa con toda percepción. Para oír bien, para percibir bien, primero hay que tener creada esa representación.

 

Por tanto, mi corrección es que Saussure realmente está planteando dos caras: no solamente que el signo es diádico, tal vez triádico, porque el significante tiene —bueno, él no pudo, fue un tanto vacilante y subjetivo— en cuanto a que no planteó lo mismo para el significado, que también tiene dos caras. Pero vacila, aunque sí da pie, porque insiste en que es psíquico, es decir, mental. Lo que quería decir es que se trata de una representación mental.

En lingüística, se suele decir: la fonología estudia la representación que uno tiene, mientras que la fonética estudia los sonidos reales. Todos los fonemas tienen miles de realizaciones; es difícil que pronunciemos la misma s de manera idéntica. Son miles de s. Pero mentalmente hay una sola representación de la s, y eso nos permite procesar palabras como muchacho. Cuando llegamos a la t, ya saltamos a otra representación. Esa es la huella psíquica de Saussure.

También voy a referirme a otros teóricos, como Hjelmslev, que quiso corregir a Saussure. Saussure plantea que el significado sería el concepto, la construcción, pero se le olvidó decir que ese significado también se construye en la práctica social. Muchas de las palabras que ustedes conocen, que son signos, no las buscaron en diccionarios: las construyeron en la intercomunicación, a partir de las designaciones. Por tanto, el significado también se construye a partir de la realidad.

El significado hay que verlo como una referencia al mundo objetivo. Peirce, que aunque fue un poco anterior a Saussure, creo que Saussure no lo copió —porque estuve investigando: Peirce fue dos veces a Francia, pero Saussure no asistió, ni se enteró. Convivieron en época, pero Peirce le llevaba unos 14 años. Además, ustedes saben que Peirce era desorganizado: escribió unas 80,000 páginas, pero casi no publicaba, y lo que publicaba no era sobre lingüística, sino trabajos de un instituto geodésico. Fue después de su muerte que organizaron todos esos paquetes de hojas— ya había planteado que el signo, en general, tiene un objeto, al que llamó representamen.

Después, él mismo va a decir que ese objeto es el signo: un objeto no material, digamos, un objeto que representa. El representamen sería el signo; hay un objeto material, el mundo material, y algo muy importante: un interpretante. Yo dije: “Ah, bueno, cuando estaba leyendo parece que Peirce corrigió a Saussure y puso al sujeto”. Porque Saussure anula al sujeto que construye el signo. Pero también fíjense: en Peirce no hay un sujeto que construya el signo. En ninguno de los dos.

Ahora bien, el interpretante no es un ser humano: ese interpretante es precisamente el concepto, la representación, lo que Saussure llama la huella mental que uno tiene de las palabras. Por tanto, el interpretante de Peirce es el mismo significado de Saussure. De modo que ambos anulan al sujeto en la construcción sígnica, en el proceso de semiosis. Y la semiosis no se puede dar sin los seres humanos a través del lenguaje. Ambas teorías lo anulan, y ahí fue parte de las objeciones o señalamientos —digamos, el atrevimiento— que me hicieron: criticar a Peirce y a Saussure por anular al sujeto semiótico, que es el encargado de hacer el proceso de semiosis. La semiosis no se hace sola: es un proceso significativo.

Podríamos decir que Platón no solo inaugura una línea reflexiva sobre la naturaleza del signo, sino que con sus reflexiones sobre las palabras, la lengua y el lenguaje siembra la semilla de lo que, desde hace unos 50 años, se está llamando filosofía del lenguaje. En definitiva, la labor del filósofo es inseparable de las reflexiones sobre el lenguaje. Es ahí donde el filósofo y el lingüista tienen su punto de encuentro y, a la vez, su mayor escollo para lograr objetividad científica. Pues el lenguaje se nos presenta como una triple condición: mecanismo de percepción de la realidad, herramienta para el trabajo reflexivo sobre el mismo lenguaje y objeto de estudio.

Como muy bien dice Julio Coláng: “La dialéctica de lo pensado acaba objetivándose en la lógica de lo expresado”.

Muchas gracias.