Dr. Alejandro Arvelo:
Hoy es miércoles 20 de agosto de 2025 y nuevamente nos hemos dado cita en el despacho del director de la Escuela de Filosofía para darle continuidad a uno de los programas de esta gestión: Archivo de la Voz. Hoy contamos con la presencia de una persona que es un ejemplo no solo para los jóvenes a quienes orienta y enseña, sino también para muchos de nosotros, sus coetáneos y contemporáneos, que compartimos con él los desvelos propios de la docencia. Se trata del profesor Julián Álvarez.
El profesor Álvarez podría decirse que ha llevado una vida dedicada al estudio de manera ejemplar. Es licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Ha cursado una maestría en Epistemología y Metodología de la Ciencia, el DEA y el doctorado en Filosofía en la Universidad del País Vasco, siempre graduándose con altas calificaciones. Tiene una larga trayectoria administrativa y una extensa carrera docente. Además, ha realizado estudios de Lingüística a nivel de maestría y de Derecho a nivel de licenciatura.
En nombre mío y de la Escuela de Filosofía, le damos la bienvenida, profesor, a este Archivo de la Voz.
Dr. Julián Álvarez:
Muchas gracias. Lo primero es agradecer esta oportunidad de archivar mi voz para la posteridad y saludar esta iniciativa tan valiosa, conducida por el maestro Alejandro Arvelo y auspiciada por el maestro Eulogio Silverio en su gestión como director de la Escuela de Filosofía. Me parece un proyecto importante y ojalá logre recoger el testimonio de todos los profesores durante este período. Estoy aquí para responder a las expectativas del programa.
Dr. Alejandro Arvelo:
El profesor Silverio ha concebido este programa en tres dimensiones: la primera, el aspecto familiar y personal; la segunda, el aspecto profesional y académico; y la tercera, el sistema de pensamiento del entrevistado. Muchos jóvenes que siguen estas entrevistas conocen al académico ya formado, al expositor brillante, al profesor sistemático y puntual que es Julián Álvarez. Pero pocos saben de dónde viene, dónde nació, quiénes fueron sus padres y hermanos, y cuáles fueron las experiencias que marcaron su niñez y adolescencia hasta convertirse en el académico admirable que es hoy.
Dr. Julián Álvarez:
Es cierto, a veces es difícil hablar de lo personal, pero cuando se trata de enunciar elementos externos de los que uno puede dar cuenta, resulta más sencillo. Vengo de una familia de once hermanos, y tuve la dicha de ser el menor. Hasta hoy, todos están vivos. Mis padres fueron Leoncio Álvarez y Consuelo Acosta, dos personas trabajadoras, preocupadas siempre por la integridad familiar, formados en valores religiosos.
Nací en una comunidad de Piedra Blanca, Bonao, llamada Rincón de Yuboa. Allí realicé mis primeros estudios primarios en una escuela que solo llegaba hasta sexto grado. Antes de terminar ese curso, mi familia se mudó a Piedra Blanca, pero yo permanecí en el campo, trabajando en la finca: ordeñando vacas, acarreando leche cada mañana y asistiendo a la escuela.
Al concluir el sexto grado, se suponía que se abriría el séptimo, pero la escuela no estaba en condiciones de impartirlo. Fue entonces cuando mi familia, en especial mi madre y mis hermanos, me animaron a buscar alternativas. Los varones mayores se quedaron trabajando la tierra junto a mi padre, y yo me debatía entre ese mundo rural y el impulso de continuar con los estudios.
Como tenía interés en seguir estudiando, me trasladé a Piedra Blanca y me inscribí en la escuela Ambrosina Ramírez de Abad, aunque ya había transcurrido casi la mitad del primer semestre. Tuve que esforzarme mucho para ponerme al día con el curso, pero logré salvar el séptimo grado y después completé el octavo en esa misma escuela, que en ese tiempo era considerada de nivel básico e intermedio.
En Piedra Blanca no había liceo, de modo que para continuar los estudios había que trasladarse a Bonao. Los estudiantes de Piedra Blanca íbamos al liceo en un autobús facilitado por Falconbridge Dominicana, que salía cada mañana a las seis y media. Así cursé el primer año del bachillerato en el liceo Elías Rodríguez, que en ese tiempo era conocido como uno de los más combativos del país, comparable incluso con el de San Francisco de Macorís. Allí rara vez se completaba una semana de clases, porque los estudiantes estaban constantemente organizando protestas.
Recuerdo una muy significativa: la llamada “lucha por la silla”. El liceo no tenía suficientes butacas, de manera que cada estudiante debía llevar la suya desde su casa. Eso generó una movilización estudiantil que mantuvo cerrado el liceo por dos meses. A raíz de esa protesta, se eliminó lo que se llamaba la “liberación”, es decir, el sistema de promoción basado únicamente en la nota del examen final.
En ese liceo coincidí con quien hoy es profesor y doctor, Daniel Vargas. Nos conocimos primero en unas jornadas vocacionales para el sacerdocio en el seminario Santo Cura de Ars, y luego coincidimos como estudiantes: yo en primero y él en segundo de bachillerato. Más adelante, cuando pasé a segundo y él a tercero, ambos fuimos aceptados en el seminario menor Santo Cura de Ars en La Vega.
De allí pasamos al Liceo Secundario Don Pepe Álvarez, también en La Vega, donde completamos nuestros estudios de bachillerato. Yo cursé segundo, tercero y cuarto, y Daniel completó tercero y cuarto. Al terminar el bachillerato se hacía entonces un año inicial de filosofía en La Vega, y Daniel tuvo incluso la oportunidad de tener como profesor al cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez.
Yo cursé también ese primer año de filosofía en La Vega, y al concluirlo ingresamos al Pontificio Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino, donde en ese tiempo se estudiaban tres años de filosofía. Completé los tres, y justo entonces se firmó un acuerdo con la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra que permitía cursar un cuarto año para obtener la licenciatura.
Así formé parte de la primera promoción de licenciados en filosofía en el país, entre los años 1980 y 1982. Tras culminar los cuatro años de filosofía, pasé a estudiar teología.
En teología hice tres años. Me faltó uno para concluir, pero por diversas razones tuve que suspender el seminario y regresar a La Vega. Allí me enviaron a la universidad que hoy se llama Universidad Católica Tecnológica del Cibao (UCATECI). En esa institución me inicié como profesor y desempeñé varias funciones administrativas. Llegué a ser director de tres escuelas: la de Educación, la de Humanidades y, en sus inicios, también la de Mercadeo. Además, ejercí como asistente de la Vicerrectoría Académica.
En cuanto a mi familia, mi padre y mis hermanos siempre estuvieron dedicados principalmente a la agricultura. Había fincas y ganado, y aún hoy conservamos esas tierras, aunque ya no todos se ocupan de trabajarlas. Fue gracias a ese cultivo que mi padre pudo sostener a toda la familia. Un elemento fundamental, sin embargo, fue la unidad. Mis hermanos que vivían en Santo Domingo o en Santiago siempre buscaban regresar para compartir; esperábamos su llegada con entusiasmo, y eso fortaleció un espíritu de cercanía que se mantiene hasta el día de hoy.
Un hilo conductor en nuestra formación familiar ha sido la religiosidad. Mi familia ha sido profundamente católica, siempre en servicio activo a la Iglesia y a las comunidades, tanto en el campo como en Piedra Blanca. Esa identidad religiosa y comunitaria ha marcado a todos los miembros de la familia. Es cierto que en la juventud uno puede pasar por momentos de rebeldía y alejarse, pero en mi caso, hoy puedo decir que la fe no es solo una costumbre heredada, sino una convicción personal, alimentada también por la formación académica.
Dr. Alejandro Arvelo:
Yo creo que el recorrido que usted nos ha compartido, maestro Álvarez, es muy rico e inspirador. Refleja, además, el interés del profesor Silverio al concebir este programa: irradiar con estos testimonios a la juventud de hoy y también a la juventud del porvenir.
Yo creo que esa vida que usted nos ha descrito es una vida que puede inspirar a otras. Pero me gustaría preguntarle: ¿hubo algún profesor, algún pariente cercano, que usted sienta que tuvo un peso específico en que finalmente tomara el camino de la filosofía y del servicio religioso? Me refiero, por ejemplo, a profesores de primaria o secundaria, o familiares que hayan marcado esa ruta.
Dr. Julián Álvarez:
Bien, en primer lugar debo mencionar a mis hermanas, que todas eran mayores que yo y servían como catequistas. Ellas enseñaban los fundamentos religiosos a los niños y, además, en la casa siempre había lectura en las noches. Yo entré a primero de primaria a los siete años, y las lecturas que correspondían en la escuela me las leían en casa; yo me las aprendía de memoria. A veces parecía que estaba leyendo, pero en realidad estaba recitando de memoria. Ese ambiente fue muy favorable para despertar el interés por el estudio.
En cuanto a maestros, la profesora Mabel, que me alfabetizó en primer grado, fue una motivación decisiva. Ella fue quien realmente me puso en el carril de la lectura y del estudio. Luego, ya en segundo o tercer grado, tuve un profesor joven, proveniente del sur, que enseñaba matemáticas y asignaturas afines. Se llamaba José de los Santos Heredia. Como era relativamente joven, hubo una conexión especial con los estudiantes. Creo que estuvo haciendo una práctica o pasantía durante un año o un poco más. Su partida se sintió mucho entre todos los muchachos.
Mabel y el profesor Heredia fueron, en definitiva, figuras que inspiraron mi interés por el estudio. Representaron para mí el modelo de maestro: alguien que explica, que se interesa por el aprendizaje de sus alumnos, que enseña con dedicación. Otros profesores de la escuela eran mayores y seguían métodos más duros; recuerdo incluso al director, que castigaba con tres varas a los estudiantes, y a un maestro que, cuando una muchacha fallaba en la pizarra, le pegaba la cabeza contra ella. En contraste, este profesor joven enseñaba con un estilo más humano y dedicado. Creo que ese contraste fue decisivo para inspirarme.
Luego, cuando voy a Piedra Blanca, tuve un profesor muy recto llamado Ricardo González, que me dio clase en séptimo y octavo. Él era muy dedicado y puntual en sus quehaceres. Ese tipo de docente, que todavía recuerdo por su nombre, de alguna manera inspiró en mí la idea de la dedicación y la preocupación por el aprendizaje de los estudiantes. Era un profesor que cumplía con el horario, pasaba lista, daba su clase y no dejaba que hubiera pérdida de tiempo. Ese ejemplo quedó grabado en mi memoria como referente del quehacer docente.
Más adelante, en La Vega, cuando estaba en cuarto de bachillerato —un curso común en el que se daban filosofía, matemáticas, lengua y literatura— tuve profesores que también me marcaron. Uno de ellos fue Ron Suárez, estudiante de la Madre y Maestra, que nos enseñaba física y matemática. Incluso muchos compañeros creían que yo terminaría dedicándome a la ingeniería por mis destrezas en esas materias. También recuerdo al profesor Ramón Peralta, de la escuela de ingeniería, quien nos impartió clases de matemáticas y llegó a resolver problemas que otros docentes no podían explicar. Esas influencias positivas fueron alimentando una curiosidad que, en la madurez, uno termina valorando como decisiva en la formación.
Dr. Alejandro Arvelo:
Usted es recordado por muchos de los que han sido sus alumnos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo con una mezcla de admiración y orgullo. Lo tienen como un modelo de académico. Aprovechando que estamos hablando de profesores, me gustaría preguntarle: ¿cómo concibe el profesor Julián Álvarez una clase ideal de filosofía? O bien, ¿cuál sería, a su juicio, el perfil ideal de un maestro de filosofía?
Dr. Julián Álvarez:
Yo creo que hay varios elementos, algunos académicos y otros que no lo son en sentido estricto, pero que de alguna manera se vinculan con lo académico. El primero es la puntualidad. Llegar siempre puntual, porque el profesor es un modelo, y si queremos formar a las nuevas generaciones debemos mostrar con el ejemplo lo que esperamos de los estudiantes.
Otro elemento esencial es la preparación: el docente de filosofía debe llegar a clase bien preparado, con el contenido trabajado y con la seguridad de que podrá orientar a los estudiantes en la reflexión.
Creo también que el profesor debe tener identidad con lo que enseña y hacerlo como si fuera la mejor materia del mundo. No se puede enseñar filosofía sin creer en ella o de manera desmotivada. Las ideas que se presentan a los estudiantes deben asumirse con compromiso, casi como si fueran propias. Incluso cuando uno enseña un autor con el cual no coincide intelectualmente, debe hacerlo desde dentro de su pensamiento, tratando de ser ese autor mientras lo explica.
Por ejemplo, si enseñas a Kant, en ese momento tienes que ser kantiano; si enseñas a Hegel, debes pensar como hegeliano, porque solo así puedes entrar verdaderamente en el espíritu del autor.
Para mí, un elemento fundamental es que la clase se convierta en un escenario vivo, en un espacio donde las ideas y la disciplina dialoguen con las experiencias del estudiante. Cualquier tema que se aborde, incluso los más triviales, debe tener una finalidad didáctica: servir como punto de partida para el análisis filosófico.
A veces, el estudiante trae a clase su propio lenguaje, sus experiencias y creencias. El papel del profesor es partir de esas vivencias, de esas convicciones —aunque no siempre estén fundamentadas— para someterlas a reflexión y análisis filosófico. A partir de ahí se puede alcanzar una madurez reflexiva, que es, en esencia, el fin de la enseñanza filosófica.
Otro aspecto que considero importante es comprender que enseñar en una universidad pública implica respetar su carácter laico. No se puede confundir la función docente con la promoción de convicciones religiosas personales. Sería contrario tanto a la Constitución como a la naturaleza de la universidad estatal.
Las convicciones religiosas pueden ser tratadas, sí, pero solo como objeto de análisis y reflexión, no como instrumento de adoctrinamiento. El aula universitaria no es un espacio para catequizar, sino para pensar. En ese sentido, el respeto a la libertad de pensamiento y de culto es un principio esencial para el docente.
Yo trato de moverme dentro de ese marco: enseñar con convicción, con rigor, con respeto por la diversidad de ideas y garantizando que el aula universitaria sea siempre un espacio de libertad.
Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, dentro de la población suele haber muchos prejuicios acerca de la filosofía. Uno de los más comunes es la idea de que la filosofía tiene como propósito “raer” de las conciencias de los estudiantes la creencia en Dios. Usted nos decía hace un momentito que uno entra a la fe por costumbre y termina sentándose en ella por convicción. ¿Cómo ve usted la relación entre filosofía y religión, a propósito precisamente de la docencia?
Dr. Julián Álvarez:
Bueno, la filosofía y la religión, de cierta manera, han venido vinculadas históricamente desde los griegos. Desde entonces ha habido tanto posiciones a favor de los dioses como posiciones a favor de los ritos y los mitos. Por ejemplo, Ernst Cassirer sostiene que antes del lenguaje gramatical existe un lenguaje expresado a través de los ritos religiosos, y que esos ritos constituyen una plataforma que define costumbres y creencias, las cuales están presentes también en la filosofía.
Es decir, pensemos en Sócrates: a él se le acusó de impiedad. ¿Y qué era la impiedad en ese contexto? No identificarse con las costumbres religiosas de la comunidad, de la polis. Por eso se le acusaba de no creer en los dioses de Atenas.
Ese vínculo entre razón y fe, que fue ampliamente debatido en la Edad Media, planteaba precisamente si la fe sustituía a la razón o si la razón sustituía a la fe. Tanto San Agustín como Santo Tomás de Aquino expresan con claridad que la revelación no sustituye la razón. Y San Agustín formuló aquella expresión que se convirtió en lema del pensamiento medieval: “Entiende para que creas y cree para que puedas entender.”
Esa idea permitió que la religión se convirtiera en promotora de la educación y de la formación intelectual. De hecho, en la Edad Media era característico que cada iglesia tuviera al lado una escuela. Ese modelo todavía se conserva en muchos países, como en Estados Unidos, donde existen instituciones religiosas con escuelas asociadas de filosofía y religión.
Así, la religión ha tenido históricamente un papel determinante en la manera de pensar del ser humano. Pero, al mismo tiempo, ha sido también objeto de crítica, sobre todo con el surgimiento del ateísmo moderno, representado por pensadores como Nietzsche, Feuerbach, Marx y Freud.
A pesar de esa crítica y de la expansión del ateísmo en Europa y en el mundo occidental, lo cierto es que Europa misma, nacida bajo una profunda tradición religiosa, sigue marcada culturalmente por ese legado. Sin embargo, a partir del siglo XIX se inicia un fenómeno que conocemos como secularismo: una progresiva independencia del pensamiento frente a lo religioso.
Hace poco leía a Jürgen Habermas en un texto titulado El mundo de la vida, política y religión, donde él explica —como también lo hacen otros autores— que la sociedad occidental se ha ido haciendo cada vez más secular, es decir, más distante de la religión. Sin embargo, la religión, particularmente el cristianismo y de modo especial el catolicismo, ha mostrado una notable capacidad de resiliencia.
Recordemos que el marxismo intentó eliminar la religión con la idea de crear una “ciudad atea”. Ese experimento se realizó en Polonia, cuando el 95% de la población era católica. Se pretendió erradicar la práctica religiosa, pero los feligreses comenzaron a reunirse en los parques para celebrar sus cultos, demostrando que la fe no se suprime por decreto.
Habermas señala que, pese al avance del secularismo, en los últimos años ha habido un resurgir de la mentalidad religiosa. Por ejemplo, aunque el catolicismo europeo ha vivido una crisis desde el punto de vista racional y moral, y una creciente independencia de lo religioso en la vida pública, lo cierto es que en 2025 el catolicismo ha aumentado en cerca de 100 millones de feligreses en todo el mundo.
Dr. Julián Álvarez:
Entonces, ¿qué pasa? Que en el caso católico, el Vaticano tiene una Academia de Ciencias y también organiza eventos donde se reúnen teólogos y científicos. En días pasados vi que miembros de la NASA realizaron una visita al Vaticano para buscar orientación sobre temas en los que la ciencia aún no tiene una posición definitiva. Y así se mantiene un diálogo entre ciencia, razón y fe, buscando puntos comunes y no necesariamente de exclusión.
Sobre todo, en los temas donde todavía no hay una verdad última ni definitiva acerca del origen del universo y de la cosmovisión, estos encuentros resultan valiosos. La fe y la religión han sostenido históricamente ese diálogo, y yo me inscribo dentro de ese espíritu de diálogo, sobre todo cuando se trata de posiciones que parecen estar en contradicción.
Ahora bien, eso no ocurre igual en todas las manifestaciones religiosas. Algunas son de carácter fundamentalista. El cristianismo europeo, por ejemplo, es más racional, más académico y más crítico, mientras que el cristianismo norteamericano tiende a ser más fundamentalista. Y de ahí surgen choques de mentalidades en distintos contextos.
Por eso creo que el espíritu debe ser siempre mantener el diálogo, un diálogo fundamentado y razonado. Habermas plantea que los elementos religiosos, que han formado parte de la cultura y la mentalidad colectiva, deben mantenerse, porque pueden incidir de manera positiva en la comunidad política. Es decir, que las convicciones religiosas, cuando son argumentadas racionalmente, pueden contribuir al fortalecimiento de la vida pública sin entrar en contradicción con la razón.
Bajo esa convicción, yo me inscribo en ese modelo de diálogo: el diálogo fundamentado, el diálogo que se apoya en el estudio y que no se cierra a la comprensión del otro. Naturalmente, para que exista un verdadero diálogo tiene que haber interlocutores válidos. No se puede dialogar entre una posición científica o filosófica y un fanatismo sin base racional. Y de eso tenemos muchos ejemplos hoy en el escenario mundial.
El fenómeno religioso, lejos de estar en decadencia, está en auge en muchos lugares del mundo. Aunque en Europa se note una crisis o una decadencia del sentimiento religioso —justamente en el continente que impuso el cristianismo a sangre y fuego—, parece que el ser europeo hoy reniega de su propia raíz, de su propia condición de ser.
Dr. Alejandro Arvelo:
Y a propósito del ser, maestro Julián, la pregunta por el ser es, digamos, una de las preguntas fundamentales del quehacer filosófico desde los griegos hasta el presente. Una de sus líneas de investigación es el lenguaje, la filosofía del lenguaje y la hermenéutica. Escuchándole hablar sobre la religión como universo simbólico —lo mismo que el lenguaje, proveedor de esquemas de pensamiento—, me atrevo a preguntarle: ¿cuál es, a su juicio, el ser de los dominicanos?
Es evidente que hay una realidad llamada República Dominicana, habitada por personas que son dominicanos. ¿En qué medida religión, lenguaje y otros elementos que usted considere constituyen los factores fundantes de la dominicanidad, profesor?
Dr. Julián Álvarez:
Bueno, yo creo que hay una realidad original que da origen al ser latinoamericano y, dentro de ella, a la particularidad dominicana.
Cuando los europeos llegan a la isla, ya había habitantes que tenían una cosmovisión, un estilo de vida, un ethos, una manera de actuar, de ver el mundo y de relacionarse, aun teniendo sus diversos conflictos, como los que se han dado en diferentes pueblos que dominan el escenario latinoamericano y también el sajón.
Es decir, entre los nativos americanos hubo pueblos más avanzados, como los aztecas o los incas; en el norte, los wayomin y otros grupos que presentaban ciertos avances sociales y políticos. Pero ¿qué ocurre? Que esa relación entre el español y el indígena no duró mucho, aunque constituye un punto de partida esencial.
Había un estilo de vida, una mentalidad y una cosmovisión que luego fueron complementadas con las de los africanos que llegaron al continente con sus propias creencias, cosmovisiones y estilos culturales, los cuales contrastaban con la mentalidad tanto del español como del indígena.
Entonces, el elemento dominante —el español—, como grupo de poder, terminó imponiéndose: impuso la lengua, la religión, los nombres y la visión del mundo.
Como dice Humboldt, cada lengua parte de una visión del mundo.
Yo creo que se trata de analizar cómo esos elementos —el africano, el español y el indígena—, aunque los últimos no conservaron su lengua, dejaron huellas culturales profundas. En la cultura dominicana hay visiones y comportamientos que reflejan esa triple herencia: la africana, la española y la indígena.
Del español sabemos bastante: su lengua, su religión, sus instituciones.
Del africano, también: su estilo de vida, su ritmo musical, sus creencias, su espiritualidad, que han formado parte del sincretismo religioso dominicano, donde las manifestaciones africanas se mezclan con las del cristianismo.
Ahora bien, la dominación haitiana introdujo un nuevo elemento de contraste que obligó a los dominicanos a buscar una identidad.
Cuando tú te enfrentas a otra cultura, a otra mentalidad, eso te obliga a definirte, a preguntarte quién eres. Es como cuando sales del país: vas a España y dices, “Yo no soy español.” Pero esa afirmación se te devuelve como pregunta: ¿Y entonces, qué eres tú?
Dr. Julián Álvarez:
¿Quién soy yo?
Yo creo que ese fue un punto de partida histórico para comenzar a definir un ser y una identidad, que luego se ha utilizado con múltiples propósitos, algunos incluso para exacerbar ánimos nacionalistas. Sin embargo, considero que cada hecho cumple con un cometido histórico, así como la conquista —estemos o no de acuerdo con ella— cumplió una función histórica. Hay toda una región del mundo que fue producto de ese proceso, y eso forma parte de lo que hoy somos.
Entonces, esos hechos históricos —la independencia y la restauración— marcan escenarios claves en la búsqueda de nuestro ser. Lo que hace falta es profundizar en una reflexión filosófica que permita fundamentar esa identidad.
Hay algo que he pensado, aunque no he tenido la oportunidad de desarrollarlo con profundidad, y sé que puede resultar controvertido: me refiero al personaje de Trujillo.
Creo que a Trujillo no se le ha hecho un juicio histórico completo. Es necesario realizar un juicio histórico riguroso, con una rúbrica clara de los elementos que deben analizarse, para determinar qué aspectos trascienden de ese fenómeno.
Es decir, debemos preguntarnos: ¿fue Trujillo completamente negativo y malo, o hubo también elementos positivos en su gestión?
Lo que planteo no es una defensa de su figura, sino la necesidad de hacer un análisis filosófico e histórico desapasionado, porque, como señala Norbert Elias, de todo hecho social e histórico algo positivo debe trascender.
Por tanto, hay que identificar qué elementos de ese proceso han contribuido a la conciencia nacional. Cada escenario histórico se presta para la reflexión: debemos discernir qué queda, qué sobrevive, y cómo eso influye en la manera en que los dominicanos pensamos nuestra identidad.
Por ejemplo —y salvando las distancias—, Hitler tuvo como propósito el dominio de Alemania, y llegó a decir: “Hoy Alemania, mañana el mundo.” Muchos alemanes ven esa época como un momento oscuro de su historia.
Sin embargo, tengo la impresión —aunque no lo he leído expresamente en ninguna fuente— de que los alemanes estudiaron profundamente a Hitler y su propósito. ¿Qué sacaron de ahí? Tal vez el espíritu de organización y liderazgo que, transformado, dio lugar al proyecto de la Unión Europea.
¿Y quiénes fueron los principales artífices de la Unión Europea? Alemania y Francia, precisamente los archienemigos históricos del mismo conflicto. Es decir, se sentaron a dialogar, a impulsar una nueva forma de liderazgo. En el fondo, ese liderazgo europeo realiza por vías pacíficas lo que Hitler pretendía imponer por la fuerza: unificar Europa, pero ahora bajo otro espíritu, un espíritu racional, ético y cooperativo.
Del mismo modo, entre Haití y la República Dominicana debe darse un diálogo profundo que conduzca a la coexistencia y a la convivencia, trascendiendo los elementos conflictivos hacia una dimensión positiva.
Trujillo enfrentó el problema haitiano a su manera; la pregunta que deberíamos hacernos hoy es si el país, en las condiciones actuales del escenario mundial —social, político y ético—, estaría preparado para abordar ese mismo problema desde una perspectiva distinta, acorde con los valores contemporáneos.
Entonces, hace falta ideólogos que sustenten un modelo de convivencia en el cual esos elementos se trasciendan, salvando las identidades de ambos pueblos. Esto significa que el papel del filósofo en el presente tiene desafíos concretos a los cuales hay que buscarles una perspectiva de trascendencia. Se trata de asumir los hechos históricos que nos han marcado y, al mismo tiempo, visualizar el potencial de alternativas fundamentadas que conduzcan a una convivencia madura.
¿Fundamentadas para qué? Para que esa identidad del ser dominicano se fortalezca, pero fortalecida desde el diálogo y la convivencia. Es decir, el ser dominicano no es una esencia cerrada, sino una construcción en progreso. Hay en él elementos tangibles —como la lengua, la religión o la historia— y otros más sutiles, intangibles, como la conciencia colectiva o la sensibilidad cultural.
Por eso digo que el ser dominicano es un constructo en desarrollo, una identidad en devenir, en la cual conviven lo visible y lo invisible, lo heredado y lo que aún está por hacerse. Ese es, precisamente, un campo fértil para la filosofía, que debe seguir contribuyendo a pensar críticamente sobre esos elementos.
Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, como usted sabe, el VI Congreso Dominicano de Filosofía, a celebrarse en Santo Domingo en 2025 bajo la coordinación del profesor Eulogio Silverio, tiene como lema “Pensar en español: apuesta por la identidad dominicana”.
Ya acercándonos al final de esta conversación, que bien podría prolongarse muchas horas más, quisiera preguntarle: ¿cuáles expectativas tiene usted respecto a ese congreso? Y, a propósito del lema y de lo que ha dicho sobre Humboldt y la lengua, ¿considera usted que la identidad dominicana se mantiene por sí misma, está en peligro o, como constructo, debe ser alimentada continuamente?
Además, ¿qué papel le corresponde a la escuela —desde la primaria hasta la universidad— y, en particular, a la filosofía en esa tarea de preservación y fortalecimiento de nuestra identidad?
Dr. Julián Álvarez:
Sobre el congreso Pensar en español, considero que se trata de una iniciativa de enorme relevancia. Pensemos que el español es hablado por cerca de 500 millones de personas, lo que constituye una comunidad inmensa de potenciales consumidores y productores de pensamiento filosófico, científico y cultural en nuestra lengua.
Esa comunidad hispanohablante necesita desarrollar pensadores de alto nivel, capaces de reflexionar desde el castellano sobre los grandes problemas universales, pero también sobre nuestras propias realidades. Desde que inicié mis estudios en filosofía, siempre ha estado presente la preocupación por la identidad latinoamericana, por la originalidad del pensamiento de nuestra región, por la posibilidad de producir ideas propias que no sean meras reproducciones del pensamiento europeo.
Creo que el lema del congreso apunta precisamente en esa dirección: pensar en español es reafirmar la posibilidad de producir conocimiento desde nuestra lengua, desde nuestras circunstancias, desde nuestra historia y nuestras preguntas. En ese sentido, la escuela y la universidad tienen una misión fundamental: formar conciencia crítica, fortalecer la identidad cultural y promover el pensamiento propio.
La filosofía, particularmente, debe ser el espacio donde esa reflexión alcance su mayor profundidad. Es la que puede ofrecer el marco teórico y conceptual para entendernos como pueblo, para repensar nuestros valores, nuestra lengua y nuestra historia. En definitiva, la filosofía está llamada a ser la conciencia lúcida de esa identidad dominicana que, como he dicho, está siempre en construcción.
En los últimos tiempos estuve leyendo un texto de un autor colombiano que intenta rastrear los elementos originarios del pensamiento latinoamericano. Ese texto se titula Crítica de la racionalidad latinoamericana, y fue, en su momento, una referencia importante. También lo fueron los planteamientos de Leopoldo Zea y de otros pensadores de la región, así como las corrientes de la filosofía y la teología de la liberación, con figuras como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff o Enrique Dussel.
Dussel, de hecho, se apoya en Levinas, pero reconoce que sigue siendo un autor europeo. Eso muestra cómo los pensadores latinoamericanos siempre han tenido la preocupación de construir una identidad propia, de buscar una racionalidad verdaderamente latinoamericana. El problema, sin embargo, es que el vehículo común de comunicación y pensamiento es una lengua europea, lo que introduce inevitablemente un componente de dependencia cultural. Aun así, este esfuerzo por pensar desde nosotros mismos continúa y va avanzando.
Creo que ese mismo desafío se aplica también a la realidad dominicana. En nuestro caso, la globalización introduce nuevos peligros: la desculturización y la creación de una cultura global uniforme. Es una estrategia de dominio. Se busca borrar las particularidades culturales para crear un sujeto sin identidad definida, un sujeto vacío, y por tanto, más vulnerable al control y la manipulación.
Si tú vas hoy a Europa o a cualquier país de América Latina, te encuentras con los mismos símbolos de consumo: un McDonald’s, un Starbucks, una misma estética. Esa homogeneización cultural borra las diferencias y debilita la conciencia de pertenencia. Cuando se pierde la conciencia de quién se es, se pierde también la capacidad de resistir y de afirmar lo propio.
Ahí entra el papel fundamental de la escuela. En la antigua Grecia, los ritos, los mitos y las narraciones formaban parte de la educación moral y cívica. A través de esos relatos se transmitían valores, tradiciones y un sentido de pertenencia. Con el tiempo, esa herencia mítica se articuló en un lenguaje filosófico y, más tarde, científico.
Si las escuelas de hoy no promueven los actos culturales —como hacer fila, cantar el himno, celebrar las fechas patrias con sentido de conciencia y pertenencia—, entonces se pierde un vínculo fundamental con la nación. Son actividades aparentemente sencillas, pero con una enorme carga simbólica y formativa.
Pensemos, por ejemplo, en lo que sentimos cuando vemos la bandera dominicana entre cientos de otras en la ONU. Buscamos la nuestra. O cuando escuchamos el himno: algo se mueve dentro de nosotros. Eso no es casualidad, es resultado de una educación simbólica. En mi época, y supongo que también en la suya, el himno se cantaba todos los días; se celebraban con entusiasmo las efemérides patrias, la Independencia, la Restauración. Todo eso formaba parte del alma nacional.
Por eso, considero que la visión del maestro debe transformarse. El maestro no puede limitarse a enseñar una disciplina: debe ser un promotor social, un agente cultural. Enseñar matemática, por ejemplo, no debería reducirse a transmitir fórmulas; a través de la matemática también puede promover valores, disciplina, amor al país, conciencia histórica.
La universidad, en consecuencia, tiene el desafío de formar ese tipo de docente. No solo un profesor competente en su materia, sino un ciudadano educador, un promotor de valores sociales, culturales e históricos. Cada profesor, desde su pequeño escenario, debe convertirse en un agente activo de reconstrucción de la conciencia nacional.
Y no importa la asignatura que usted enseñe: lo importante es que sea un dominicano con conciencia e identidad nacional. Si el sistema educativo descuida esa dimensión, las nuevas generaciones perderán el sentido de pertenencia. Se cuenta a veces, como chiste, que un estudiante al que se le pregunta quiénes son los Padres de la Patria responde: “Juan, Pablo y Duarte”, y añade que “el que más se distinguió fue Duarte”. Eso, más que una anécdota graciosa, muestra el debilitamiento de la educación cívica y de la memoria histórica.
Por eso creo que la universidad —y en particular esta Universidad Autónoma de Santo Domingo, por ser la universidad estatal— está llamada a asumir con mayor responsabilidad la defensa de la conciencia nacional y de los valores sociales y culturales. Es su deber natural y su misión histórica.
Hace poco leía el libro Identidad, de Francis Fukuyama. En él se analiza cómo la crisis de identidad puede producir incluso fenómenos extremos, como el terrorismo. Fukuyama observa que muchos de los terroristas contemporáneos provienen de países musulmanes o son descendientes de inmigrantes de esas regiones que viven en Europa. Son personas que nacen y crecen en Alemania, Francia o Inglaterra, pero que no se sienten parte de esas sociedades.
En Alemania, por ejemplo, hay más de cinco millones de turcos que nunca han estado en Turquía, no hablan el idioma, pero tampoco son considerados plenamente alemanes. Entonces, ¿quiénes son? Esa ambigüedad identitaria los lleva, según Fukuyama, a buscar refugio en sus raíces religiosas o culturales como una forma de afirmación personal. Y cuando esa búsqueda ocurre en un contexto de exclusión o rechazo, puede degenerar en radicalización.
Esa pérdida de identidad, que conduce a una necesidad desesperada de pertenencia, explica en parte la radicalidad de ciertos movimientos. Fukuyama concluye que la mayoría de los extremistas actuales no provienen directamente de sociedades musulmanas tradicionales, sino de descendientes de inmigrantes que han perdido el sentido de quiénes son.
Eso nos enseña algo importante: la globalización puede ser también una estrategia de colonización cultural. Su objetivo no es solo económico, sino simbólico. Busca borrar las identidades nacionales, las lenguas, los valores, los símbolos que dan cohesión a los pueblos. Un individuo sin identidad es más vulnerable, más manipulable, más fácil de dominar.
Por eso sostengo que el foco de ataque contemporáneo no es militar, sino cultural. La cultura es hoy un arma más poderosa que la invasión armada. Si no fortalecemos nuestra conciencia cultural, si no cultivamos en la escuela y la universidad el orgullo por lo que somos, terminaremos convertidos en una extensión amorfa de otros.
Necesitamos reafirmar nuestros valores culturales, históricos y espirituales en la práctica cotidiana y en la enseñanza. Esa es la tarea del filósofo, pero también la del historiador. Ambos deben trabajar juntos para reflexionar sobre estos problemas y contribuir a fortalecer la conciencia nacional.
Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, creo que hemos tenido una entrevista realmente jugosa para nuestro Archivo de la Voz. Al final de cada encuentro, solemos proponerle a nuestros invitados una breve dinámica: les decimos unas palabras o expresiones, y ellos nos responden con una frase, una idea o una reflexión inmediata.
Las que hemos seleccionado para usted, maestro Julián Álvarez, son las siguientes.
La primera es “Filosofía”. ¿Qué le evoca esa palabra?
Dr. Julián Álvarez:
Bueno, la filosofía evoca toda una tradición de pensamiento y de estudio del ser humano y de la naturaleza. Es decir, el ser humano y su entorno. Según Hegel, la filosofía se ha desarrollado en torno a dos grandes conceptos: el concepto de naturaleza y el concepto de subjetividad. El primero lo aportan los griegos; el segundo, el cristianismo.
Por eso, la filosofía es, en su trayectoria histórica, una reflexión constante sobre esos dos polos: la naturaleza y el ser humano. Es la búsqueda del sentido del mundo y de nosotros mismos.
Dr. Alejandro Arvelo:
Y en cuanto a la enseñanza de la filosofía en la escuela dominicana, ¿cuál es su valoración?
Dr. Julián Álvarez:
Cuando yo cursé el bachillerato común —como decía al inicio— se enseñaba filosofía. En el Liceo Don Pepe Álvarez tuvimos un sacerdote español que dejó el ministerio y se dedicó a la docencia. Él impartía filosofía, y el primer manual que yo conocí fue el suyo: Introducción a la filosofía, del exsacerdote Fernando de Ormachea.
Aristóteles afirmaba que la lógica y la matemática son propedéuticas, es decir, disciplinas preparatorias para el estudio de todas las demás ciencias. Pues bien, la filosofía cumple una función semejante: es un propedéutico que ayuda a las nuevas generaciones a desarrollar su capacidad crítica, analítica y reflexiva.
Si la filosofía se ausenta de la escuela, corremos el riesgo de tener generaciones que podrán repetir palabras y fórmulas, pero sin pensar ni comprender lo que dicen.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y cómo evalúa usted el papel actual de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo?
Dr. Julián Álvarez:
Siempre he pensado que en la Escuela de Filosofía ha existido un espíritu común que la ha caracterizado: el afán de formación y cualificación, tanto por motivaciones personales como por compromiso colectivo.
Me parece, sin temor a exagerar, que es una de las escuelas más cualificadas de toda la universidad. Y precisamente por eso está llamada a ejercer una mayor incidencia en la vida académica y cultural de la institución.
Como dice el Evangelio: “A quien mucho se le da, mucho se le pedirá”. Esa riqueza de formación que posee el cuerpo profesoral de la Escuela de Filosofía implica también una gran responsabilidad. En un contexto donde predomina una visión economicista en las últimas gestiones universitarias, la Escuela de Filosofía debe contribuir a reequilibrar el modelo con una visión académica más profunda y crítica.
La tarea de pensar la universidad —su sentido, su misión y su proyección histórica— corresponde fundamentalmente a los filósofos. Y si no lo hacemos nosotros, sería como aceptar sin más el estado actual de las cosas, lo cual sería, en sí mismo, una renuncia a nuestra función crítica.
Dr. Alejandro Arvelo:
Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Dr. Julián Álvarez:
Bien, es la facultad a la que pertenezco. Desde que entré a la Escuela de Filosofía y conocí a Morla, a Minaya y a usted, profesor Arvelo, que formaban parte de ese equipo académico, comencé a ver la facultad a través de esas personas que me recibieron. Sin embargo, creo que la Facultad de Humanidades también debe desarrollar una línea de pensamiento humanístico que tenga incidencia real en la sociedad.
No se trata de imponer una uniformidad o de alcanzar un acuerdo absoluto, sino de construir una identidad común en torno a los valores del pensamiento humanístico. En los últimos años se ha planteado, en distintos escenarios, la necesidad de formar técnicos; y, claro está, eso tiene su valor. Pero siempre me pregunto: ¿y qué pasa cuando ese técnico sale de su trabajo?
Cuando llega a su casa, debe comprender a sus hijos, entender a su esposa, ver una película y saber interpretarla. Es decir, hay un componente humano que no desaparece por la formación técnica. Por eso, la formación humanística debe ser una bandera de la Facultad de Humanidades: mantener viva la defensa del ser humano frente a las visiones puramente instrumentalistas que conciben el desarrollo racional solo como medio para la producción.
¿Dónde queda el ser humano? Nos estamos convirtiendo en máquinas productivas, pero sin sensibilidad ante el dolor, la depresión, la soledad o la pobreza espiritual. El humanismo, por tanto, no puede quedar subordinado a la técnica: debe ser su guía, su fundamento, la brújula que devuelva sentido a la acción educativa.
Dr. Alejandro Arvelo:
Finalmente, maestro Julián Álvarez: República Dominicana de cara al porvenir.
Dr. Julián Álvarez:
Creo que la República Dominicana tiene un enorme potencial. Usted recordará que en tiempos coloniales, a partir del Centro de Estudios Superiores Santo Tomás de Aquino, se formaron grandes intelectuales que luego llevaron su influencia a tierra firme, razón por la cual se nos llegó a llamar la Atenas del Nuevo Mundo.
Ese espíritu hay que recuperarlo. Debemos reproducir los Pedro Henríquez Ureña, aquellos dominicanos que trascendieron las fronteras de la isla y contribuyeron al pensamiento universal.
Hoy el país ha experimentado un notable desarrollo material, pero no estoy tan seguro de que el desarrollo espiritual, moral e intelectual haya crecido en la misma proporción. Y ahí está uno de nuestros grandes desafíos: equilibrar el progreso económico con el desarrollo del espíritu.
República Dominicana es un país pequeño, pero, como conversábamos hace un momento, el tamaño no determina la grandeza. Mire el caso de Israel: su poder no reside en la extensión territorial, sino en su potencial espiritual y académico. Han logrado hacer florecer un desierto gracias a la inteligencia, la educación y la investigación científica.
Esa debe ser también la ruta de la República Dominicana: fortalecer su espíritu creador, su pensamiento crítico y su capacidad académica para transformar el país desde dentro, con una educación que forme no solo profesionales competentes, sino también ciudadanos conscientes, comprometidos con su historia y su destino.
Entonces, hay un énfasis muy fuerte y los presidentes, en sus informes de gestión, solo resaltan lo material. Ahora bien, ¿la sociedad dominicana es solo realidad material? ¿Cuál es la concepción del ser dominicano que una gestión de gobierno debe fortalecer en función de esa identidad nacional?
Dr. Alejandro Arvelo:
Perfecto. Bueno, maestro Julián Álvarez, tanto en nombre de nuestro anfitrión, el maestro Eulogio Silverio, como de la gestión toda y del equipo que acompaña al maestro Silverio, no tenemos más que agradecerle esta intervención en el Archivo de la Voz. Y, como de costumbre, cedemos la palabra al maestro Eulogio Silverio, director de la Escuela de Filosofía, quien siempre cierra estos encuentros. Maestro Silverio.
Prof. Eulogio Silverio:
Muy bien. En nombre de la Escuela de Filosofía, profesor Julián Álvarez, queremos agradecerle. Fue una tarea difícil, ¿verdad?, sentar a Julián en esa mesa. Julián es un hombre muy ocupado, y en lo que se ocupa, se ocupa de verdad. Por eso, en la oficina donde él trabaja, es una oficina que crece. Julián, cuando toma las cosas, las toma en serio.
Así que le agradecemos, profesor, que haya sacado este tiempo para el Archivo de la Voz, que realmente sé que es importante para el presente y para el porvenir. Personas que, viendo de dónde usted viene y hasta dónde ha llegado, la capacidad que ha logrado desarrollar, tendrán en usted una fuente de inspiración. Así ha ocurrido con otros casos, como el del profesor Daniel Vargas, quien contó una anécdota interesantísima de cómo, a partir de un billete que su padre cambió, la familia pudo trasladarse al pueblo, tener mejores oportunidades, y de ahí llegó ese hombre hasta Alemania. Imagínese usted, Julián, ¡una figura!
A usted, profesor, no hay que decirle mucho, porque es parte de nuestro equipo y ha estado integrado en todos los trabajos. Hemos contado con su colaboración en la revista La Barca de Teseo, la revista indexada de la Escuela de Filosofía. Ojalá nos envíe algún trabajo para publicarlo en un próximo número.
El profesor también ha participado en El Banquete de las Musas, otra de nuestras actividades emblemáticas, y está comprometido de lleno con el Sexto Congreso Dominicano de Filosofía, que en esta ocasión tiene un lema que le toca muy de cerca: “Pensar en español: apuesta por la identidad dominicana.”
No solo por el tema de la identidad dominicana, sino también porque Julián trabaja todo lo relacionado con la filosofía del lenguaje y esos aspectos tan esenciales para comprender nuestro ser y nuestro pensamiento.
Así que, para nosotros, ha sido realmente un gran placer haber contado con su presencia. Agradecemos al profesor Alejandro Arvelo, como siempre, por su excelente labor al conocer y entrevistar a nuestros invitados con preguntas tan precisas, y agradecemos también a Osvaldo Familia, quien ha estado a cargo de la parte técnica de este programa.




