Dr. León David
Mientras oía lo que estaban diciendo acerca de mí, de lo que yo había escrito, pensaba si realmente se trataba de mí. Uno escribe y no sabe después las repercusiones que pueda tener aquello que ha escrito. Pero, en fin, dejemos eso de lado y vayamos a lo nuestro.

Se me ha invitado a hablar, a decir algunas palabras acerca de uno de los diálogos primerizos de Platón: el que lleva por título Ion. Pero antes de entrar en materia, por fuerza debo hacer un breve preámbulo. Aunque pueda parecer una captatio benevolentiae, es decir, poner la venda antes de la herida, tengo que decirlo.

El hecho es que en este momento siento cierta ambivalencia, es decir, en mí coexisten de manera conjunta dos sentimientos opuestos. El primero es de felicidad, de satisfacción, de saber que estoy siendo honrado y de que tengo el privilegio de hablar sobre el tema para el que se me ha invitado. Eso, por un lado. Pero el otro sentimiento, opuesto, es de confusión y de extrañeza.

¿Por qué? Porque, señores, yo no soy un filósofo. No estudié filosofía en ninguna alta academia de estudios. Yo me considero apenas un asistemático merodeador del pensamiento, nada más. Por eso, todo lo que yo he escrito en torno a lo que podría llamarse filosofía han sido fragmentos sueltos. Fragmentos que, sin embargo, creo que de alguna manera responden a lo esencial de mi sentir y de mi vivencia.

Pero, en fin, aunque yo no sea un filósofo profesional, sí puedo asegurarles que he leído a Platón, y lo he leído mucho, y con la mayor profundidad a la que yo puedo acceder. Ahora bien, eso no asegura de ninguna manera que las opiniones que voy a verter aquí sean las más válidas o las más correctas desde un punto de vista objetivo. Así que yo les invito a que todo lo que diga lo tomen cum grano salis, de acuerdo.

Por otro lado, dentro de este preámbulo, quiero señalar que hace tanto, pero tanto tiempo que abandoné la docencia, que me jubilé, que estoy encerrado en mi casa escribiendo y leyendo, que la verdad se me hace difícil hablar en público, y más aún ante un público como ustedes, que no es un público cualquiera. Entonces, creo que mi elocuencia está un poco gastada, un poco oxidada.

Por eso les pido disculpas de antemano. Temo aburrirles, y justamente por eso voy a ser muy breve. No voy a prolongar mucho esta disertación. Dicen que la brevedad es una virtud, ¿verdad? Bueno, lo es porque evita el fárrago verbal, por un lado, y por otro, me evita arriesgarme a errar el tiro, como también suele decirse. Ustedes saben muy bien que quien mucho habla, mucho se equivoca. Así que procuraré equivocarme menos, hablando poco.

Bien, eso era a modo de preámbulo. Como les decía, creo que es hora de lanzarnos directamente en materia. Después de releer el diálogo Ion de Platón —lo leí y lo volví a leer— confirmo que es un diálogo breve, de los más breves de Platón, y también uno de los más frescos, más sencillos, más fáciles. Y, además, tiene para mí una característica importantísima: trata mi tema, la literatura.

El tema de ese diálogo es justamente la creación poética, los misterios de la creación poética. Bueno, pues después de considerar este diálogo decidí que voy a hablar de tres aspectos del mismo, o de tres aspectos de la obra platónica relacionados con dicho diálogo.

Primero, haré referencia a lo que es el género del diálogo, que es muy importante porque implica toda una visión y una perspectiva de pensamiento de Platón, de la manera como Platón pensaba. En segundo lugar, voy a hacer referencia al mito, a la mitología y a lo mítico en la obra de Platón, lo cual también podemos observar en el diálogo Ion. Y, por último, en tercer lugar, trataré ya directamente cómo se desarrolla el diálogo Ion en torno a la creación poética. Ese es, pues, el planteamiento.

Entonces, vamos primero con lo del diálogo. Señores, Platón no escribía en forma de diálogo de manera accidental, fortuita o aleatoria. No. Había un gran propósito en eso de manifestar su pensamiento más profundo, sus ideas —lo que hoy llamaríamos su ideología— a través de la forma del diálogo.

¿Por qué? Bueno, para entenderlo tenemos que ver cómo era la sociedad en la que escribía Platón, cómo era la sociedad griega, ateniense más específicamente, en la que Platón compuso sus diálogos. Esa sociedad era una sociedad iletrada, ágrafa; una sociedad de gente muy viva, muy locuaz, muy habladora, muy discutidora, lo cual era favorecido tanto por el clima como por el ambiente geográfico en el que vivían. No es lo mismo discutir a la luz mediterránea de Grecia que hacerlo en la neblinosa Alemania o en la brumosa Inglaterra: son cosas distintas.

Entonces, ¿qué pasa? Esa era una sociedad donde todo se debatía oralmente. Y esa característica, la oralidad, es lo que intenta y logra en gran medida rescatar Platón a través de la forma del diálogo. Porque el diálogo no es otra cosa que la manera de retratar en la escritura la condición de oralidad de esa sociedad.

El personaje central de los diálogos platónicos es Sócrates. Y Sócrates no escribió ni un solo libro. ¿Ustedes conocen alguno? No, ¿verdad? Entonces, ¿qué era lo que hacía Sócrates? Se ponía a conversar con todo aquel que se cruzaba en su camino y que le interesaba, y hacía su filosofía justamente a través de la dialéctica: las preguntas y las respuestas que obtenía de ese procedimiento, de ese proceso.

Platón trasladó eso a la escritura. Y el diálogo, además, desde un punto de vista cognoscitivo y gnoseológico, tiene la ventaja de que no es solo pensamiento aislado, sino pensamiento encarnado, en la medida en que hay personajes que tienen vida propia, que poseen características peculiares.

Y desde esas características peculiares, desde esa vida propia que distingue a cada personaje, es que se expresan. Entonces no tenemos solamente las ideas, no tenemos solamente el pensamiento, sino también esa vibración carnal que se desprende tras el pensamiento. Y eso es lo que hace a Platón totalmente original y único entre los filósofos.

Además, si Platón escogió el diálogo no fue solo por esa razón; también lo hizo porque era un artista de la palabra. Era un artista, incluso se cree que en sus inicios intentó dedicarse a la tragedia. El hecho es que Platón era un artista: yo diría que el más grande artista de la lengua griega, sin duda alguna, y de la prosa —al menos de la prosa griega, aunque también de la prosa poética, pues no cabe la menor duda de ello.

El diálogo, como forma, como género, le permitía desplegar todo un virtuosismo verbal que una simple explicación doctrinaria jamás podría ofrecer. No es lo mismo leer a Platón que leer a Aristóteles. Sin desmerecer a Aristóteles, por supuesto, no cabe duda de que en Platón existe ese elemento artístico que cautiva, que te atrapa, que te da vida, que te invita a seguir buscando, a sumergirte en los problemas que discuten sus personajes. Y eso es único en Platón.

Esto lo vemos en todos sus diálogos, pero muy específicamente en el Ion, donde solo aparecen dos personajes. En otros diálogos intervienen varios interlocutores, pero aquí únicamente están Ion y Sócrates. Ion es un gran cantor, un rapsoda. Y hay que notar cómo lo pinta Platón, porque es muy gracioso: Ion es uno de los diálogos con un humorismo más vivo, lleno de la vanidad inocente del personaje, de esa ingenua presunción que va transformándose a medida que Sócrates lo interroga con sus preguntas.

Con esto queda dicho lo que yo quería aclarar sobre el género del diálogo. Pasemos ahora al mito.

Decíamos que la sociedad griega era ágrafa e iletrada, una sociedad de gente locuaz y habladora. Pero además era una sociedad con una base común: el conocimiento religioso. Ese trasfondo religioso, politeísta por supuesto, formaba como el suelo, la arcilla sobre la cual se nutrían las palabras y los pensamientos. Esa referencia común a los dioses, a los mitos, a lo trascendental o espiritual, era compartida por todos los griegos.

Creo que uno de los aspectos más fascinantes en Platón, tanto en sus diálogos en general como en el Ion en particular, es la manera en que embellece la filosofía mediante el uso del diálogo como forma de expresión y mediante la potencia literaria del mito. Porque el mito no es solamente expresión religiosa: en el mito hay también un componente narrativo, fabuloso, que abre el espacio de lo simbólico y lo poético.

Y ese elemento de fábula es utilísimo cuando se trata de escribir con estilo, de decir cosas hermosas. ¿Por qué? Porque en la época de Platón ya se vivía una etapa de transición en lo mítico. A causa de la sofística —los sofistas, muy incrédulos— la mitología se convirtió básicamente en alegoría y metáfora. La utilizaban de manera alegórica, metafórica, y no ya como elemento esencialmente religioso. Es en ese contexto de transición donde se encuentra Platón.

Platón también utiliza los mitos cuando le resulta útil hacerlo, para fundamentar su argumentación. Y así, su razonamiento queda iluminado a través de esa mítica.

Permítanme aquí, ya que hablamos de mitos, la lectura de un párrafo de Emilio Lledó:

“Los mitos flotan sin amarras en el mar del lenguaje platónico. No hay nadie que pueda monopolizar su interpretación ni, en consecuencia, nadie que pueda obligar a un acto de sumisión frente a unos administradores de la supuesta verdad que encierran. Los mitos no tienen verdad ni la pretenden: son bloques de ideología que ningún griego se atrevió a utilizar en exclusividad; los utilizaban todos. Por eso su verdad consistió en su maravillosa expresión de libertad: una ideología suelta, sin que pudiera imponerse por la fuerza, no era más que un estímulo para la inteligencia, una fuente de sugerencia que presagiaba aquellas palabras de Kant en el prólogo a la primera edición de su Crítica de la razón pura: ‘La mente humana tiene un destino singular en un género de conocimiento: es asediada por cuestiones que no sabe evitar porque le son impuestas por su misma naturaleza, pero a las que tampoco puede responder porque sobrepasan totalmente el poder de esa mente’.”

Hasta aquí la cita.

Estas cuestiones inevitables —destino, muerte, felicidad, justicia, amor— se entretejen en la materia de los mitos. No hay ciencia que pueda levantar ante ellas una lectura cerrada, porque, como la vida, son inagotables.

En consecuencia, los mitos, tal como los utiliza Platón, traen a la memoria los eternos problemas del ser humano, las eternas preguntas abiertas que, aunque carezcan de respuesta definitiva, dan sentido y contenido a la existencia. Esa es la función del mito en Platón.

Y en el Ion el mito está presente de manera obligatoria, porque ¿qué hace el rapsoda? Remitirnos a Homero. Y Homero, a su vez, supuestamente está inspirado por las Musas, por la divinidad. Ahí está el mito patente.

Platón, además, introduce una simpática metáfora: la de los anillos y el imán. ¿La recuerdan? El imán es la divinidad, que escoge al poeta como primer anillo para expresarse ante los hombres. El poeta, a su vez, escoge al rapsoda. Así, el rapsoda es imantado por el poeta, como el poeta es imantado por la divinidad. Finalmente, el público al cual canta el rapsoda constituye el último anillo de toda esa cadena.

De eso nos habla el Ion. Para empezar, hay que decir que es un diálogo sencillo, transparente, atractivo. Así lo siento yo.

Además, con una finísima ironía, finísima ironía, es un diálogo de índole literaria, no cabe duda. Pero que no tiene de literatura todo lo que ha escrito Platón. Siempre vamos a encontrar el elemento literario, es decir, el elemento de estilo en Platón.

¿Qué podemos destacar en ese diálogo? Por un lado, la vanidosa ingenuidad de Ion. Y acaba de salir de un concurso de poesía, de no son las Panateneas, es otro concurso, en el cual resultó ganador. Fíjense ustedes cómo eran los griegos. Los griegos eran sumamente competitivos. No solo se inventaron las Olimpíadas, no solo eran competitivos a nivel del deporte, eran competitivos a nivel del teatro, eran competitivos a nivel de estos concursos que podíamos decir los concursos de las flores, de la poesía.

Bueno, en todo caso podemos señalar que es presentado como un personaje amable, afable, pero sumamente vanidoso. Pero de una vanidad muy ingenua, muy inocente, y por eso hasta cierto punto se la perdonamos. El hecho es que esa vanidad es puesta en cuestión por Sócrates, que comienza a preguntarle, a hacerle preguntas sobre lo que se supone que él debe saber y que él cree que sabe, que es el canto.

Sabe de Homero, según él es un experto en Homero, nada se le escapa de Homero. Pero, ¿qué sucede? ¿Qué es lo que hace Sócrates? Sócrates lo lleva a través de sus preguntas a que acepte dos premisas básicas. La primera, que tanto Homero como el resto de los cantores, de los cantores —vamos a llamarlos así porque a veces se acompañaban incluso de instrumentos para recitar, nosotros hoy lo llamaríamos declamadores o recitadores—, era todo de memoria, ellos se aprendían cantos larguísimos de memoria. Pues bien, obligó a través de sus preguntas Sócrates a aceptar que tanto Homero como el resto de los grandes poetas épicos hablaban siempre sobre las mismas cosas. O sea, que no había diferencia en cuanto a los temas. Siempre trataban tanto Homero como el resto de los cantores los mismos temas.

Y luego obliga al pobre Ion a aceptar que él realmente, cuando habla de Homero, cuando se refiere a Homero o cuando canta Homero, lo hace de una manera maravillosa, entusiasta, totalmente embargado por la emoción, mientras que cuando habla o trata de otros poetas no le pasa eso, es gris.

A partir de esa aceptación empieza Sócrates a martillar a Ion, a hacerle ver: “Bueno, pero ven acá, entonces, ¿cómo es el asunto? Si tú dices que tú eres el conocedor máximo de Homero y Homero trata tales temas, ¿por qué cuando se trata de otros poetas no te pasa lo mismo y no lo puedes explicar con la misma vivacidad y con el mismo interés, digamos, como haces con Homero?”. Y a partir de ahí se desarrolla el diálogo y hace llegar a la conclusión de que Ion no sabe nada de Homero, porque él lo que hace es dejarse dominar o poseer por Homero, que a su vez está poseído por la divinidad. En consecuencia, él está ciego y sordo para las ideas y para lo que expone Homero.

Él lo hace, pero sencillamente porque está totalmente endiosado, así es la palabra que utiliza Platón: endiosado, dominado por la divinidad. Dice aquí Platón: “Porque no es una técnica lo que hay en ti al hablar bien sobre Homero, tal como yo decía hace un momento. Una fuerza divina es la que te mueve, parecida a la que hay en la piedra que Eurípides llamó magnética y la mayoría heraclea o heraclea”.

Bueno, tenemos que ver que es muy interesante este tema que trata Platón, porque es un tema de gran actualidad. Si nosotros quitamos la vestidura mítica de hablar de dioses, etcétera, ¿qué es lo que nos queda? De lo que está hablando Platón es de la inspiración, la inspiración poética, que es un tema de permanente actualidad, en el que Platón alude a los mecanismos inconscientes de la creación poética.

Y eso es todavía tema de discusión hoy día: qué parte hay de razón, de pensamiento, de preparación intelectual en una creación, y qué parte hay de esas fuerzas ocultas, sumergidas, que tenemos todos, de eso que hoy llamamos inconsciente. ¿Cuál es la participación de cada uno de estos elementos o factores en la belleza de la expresión poética? Eso lo dejo así, en el aire, para que ustedes traten de analizarlo.

Y yo voy a concluir, porque les prometí que sería breve. Ya que de Platón hablamos, les voy a leer, así como la divinidad inspiró a Homero y Homero inspiró a Ion, a mí quizás no fue la divinidad la que me inspiró, pero sí me inspiró Platón. Y entonces, inspirado por Platón, yo escribí esto:

La idea de Platón

La idea de Platón, esa inmutable,
prima claridad, lumbre perdida,
del saber fuente, fuente de la vida,
que mis ojos elude, inabarcable.

Lo que mis ojos ven y lo que nombra
el labio desleal con torbo apaño
es error, ilusión, quimera, engaño,
especioso discurso de la sombra.

¿Quién se puede fiar de lo que crece?
El tiempo es un taur que todo troca:
hoy brote verde, mañana rama seca,
polvo al final que el viento desvanece.

Solo la idea indómita resiste
el asalto brutal de la jornada,
el filo de esta angustia, de esta nada
que estruja, muerde, corta, quema, enviste.

La idea de Platón, única estancia
donde mora el instante detenido,
donde la eternidad, sordo bramido,
prolonga en el añoro su fragancia.

Es la verdad que en la palabra hospeda,
es la belleza que en la flor fulgura,
presencia de lo eterno en la impostura
de todo lo que pasa, lo que queda.

El único pilar al que la mente
puede asirse en su vuelo, temblorosa,
la que hace que la rosa sea la rosa,
vulnerable y fugaz y permanente.

Es la que rompe el oprobioso estigma
de esta tránsfuga carne desahuciada,
la única que siembra en la mirada
el relámpago oscuro del Enigma.

Idea primordial, modelo de aquella
inmemorial región arcana
en donde tañe y tañe la campana
del apremiado ayer, del hoy remoto.

Forma esencial que canta y enmudece
y que todo lo llena con porfía,
que más allá del polvo y de la impía
vorágine del tiempo permanece.

Yo pasaré, pero otro yo en la pura
latitud transparente siempre habita,
y cuanto más mi carne se marchita,
más la verdad de ese otro yo perdura.

Solo la idea que amorosa escruta
mi alma en su afán de augustos esponsales,
la que incita a contemplar de frente,
sin ser apuñalado, mansamente,
por la nuda verdad casta y eterna.