Mtro. William Mejía Chalas
A quien a continuación le corresponde hacer uso del micrófono para hacer su presentación es licenciado en Filosofía. Tiene cursos de metodología de la investigación científica y epistemología. Tiene un máster en Filosofía en un Mundo Global por la Universidad del País Vasco. Ha realizado múltiples diplomados en inteligencia artificial, enfoque por competencias y clases virtuales.
Ha sido un abanderado de la divulgación filosófica a partir del debate, no solamente de una divulgación filosófica por divulgarla, sino como creador de espacios para que dichos debates se produzcan. Ha sido un forjador, desde diferentes ámbitos y campos, y un luchador contra la pobreza, buscando siempre la forma de que exista una posibilidad de ayuda a las personas que así lo ameriten, especialmente a través del cooperativismo.
Se ha dedicado por completo al estudio de los problemas morales. De hecho, viene trabajando desde hace casi treinta años un problema que no se estudiaba. En ese sentido, puede considerarse un precursor, pues donde otros veían desprecio, él vio un campo de estudio. Este campo no ha sido abordado únicamente desde una especie de metaanálisis o análisis documental, sino que ha ido al campo, ha ido al lugar mismo, realizando censos in situ para conocer dicha realidad y, a partir de ahí, elaborar reflexiones filosóficas.
Yo le preguntaba hace un momento si la preocupación por ese problema la aprendió de Gustavo Bueno o si conoció a Gustavo Bueno después de haber identificado el problema. No me refiero a usted, sino a su padre, por supuesto. Entonces me respondió: “No, no, no. Yo conocí el problema primero y a Bueno lo conocí después”.
Ahí se da entonces una especie de coincidencia, donde este gran pensador, Gustavo Bueno, tiene toda una fundamentación teórica y una reflexión que también ha enriquecido su investigación. El tema al que me refiero es el siguiente: si un individuo vive en una situación de extrema pobreza, ¿cuál es la condición de los valores morales en ese contexto?, ¿se le puede exigir o analizar de la misma manera que a un individuo que se encuentra en otras condiciones?
Entonces, vamos a recibir con un fuerte aplauso al director de la Escuela de Filosofía, director y presidente de este Congreso Dominicano de Filosofía Pensar en español: una apuesta por la identidad dominicana, el maestro Eulogio Silverio.
Mtro. Eulogio Silverio
Bueno, será un discurso de barricada, ¿verdad? Me toca hablar de un tema importante, al igual que el de la nación dominicana. Naturalmente, agradezco a todos los presentes y a quienes posteriormente van a ver esta exposición.
El tema que he venido trabajando, como dice William, es la situación de los valores morales en los individuos en pobreza extrema. Hace tiempo que comencé a trabajar este problema; desde la licenciatura encontré la cuestión. Pero en el camino surgió la pregunta: ¿qué hacer para que la pobreza tenga una respuesta? De hecho, yo era parte del grupo de los más pobres, no tan pobre porque estaba estudiando, ¿verdad?
Bueno, una vez se dijo que la filosofía había hecho rico a un filósofo en Grecia, que adivinó, o más bien determinó, que iba a haber una tormenta y, con esos datos, pudo hacer una reserva de ciertas especies que se iban a escasear si dicha tormenta ocurría. Así pudo salir adelante. Y yo dije: tengo que probar que la filosofía, para una persona que está en un aula como yo, que no tiene un peso encima, puede servirle para salir de la pobreza.
Entonces, en ese camino surgió la idea de la cooperativa. En el proceso de investigar la pobreza, una de las soluciones que se proponen es precisamente la educación financiera, lo que decía Malthus: aprender a gestionar, aprender a organizar lo propio. Por eso, formar una cooperativa lleva tiempo.
Esto me sacó del tema durante mucho tiempo; por eso no he terminado la tercera etapa. Es una excusa que yo mismo me digo y que le digo a Dul, aunque reconozco que no es una excusa válida. No he terminado porque me dediqué a otra cosa. Finalmente, voy a presentarles algunas ideas que aparecerán desarrolladas en mi tesis: Situación de los valores morales en los individuos en pobreza extrema.
Mi preocupación por este tema comenzó un día que venía para la universidad y vi a unos muchachos a quienes aquí les llamaban los palomos. Eso era por el año 98, más o menos. Los palomos eran unos muchachitos que vivían en la calle, que olían cemento y que eran un grupito de delincuentes; es decir, desde esa óptica, delincuentes. Usaban una técnica muy particular para robarles a los chóferes de carros públicos, como les decimos aquí. Consistía en embarrarse de su propio excremento para que, cuando los chóferes les cayeran atrás, al verlos sucios de sus propios excrementos, los dejaran.
Un día dije yo: aquí hay un fenómeno interesante. Cada vez que venía para la universidad me quedaba un rato observándolos. Pero un día vi que unos policías atraparon a uno en un callejón y, sorpresivamente, él encontró una botella. Yo dije: “Bueno, se la va a tirar a los policías”. No la partió y se hizo una herida en un brazo, y le dijo a los policías: “Llévenme, que voy a decir que fueron ustedes”. Yo dije: “No, pero aquí está pasando algo sumamente extraño”. Yo creo que en ese tiempo estábamos estudiando el monográfico de Kant. Dije: “Pero esto no encaja en lo que hemos leído sobre la cuestión de los valores morales”.
Luego observo: estaba yo cenando frente al Parque Independencia y veo a un señor sacando de los desperdicios que echan en el zafacón y comiéndoselos. Yo dije: “Bueno, es un loco”. Pero me quedé observándolo y, cuando me miró, vi que era una mirada atenta, una mirada inteligente. Dije: “Pero él está consciente de lo que está haciendo”.
Y me pregunté: “¿Yo preferiría dejarme morir antes que comer delante de esta gente?”. Quizá, si no me están viendo, con hambre lo haría, pero yo me dejaría morir. Pero él no. Entonces, él no tenía vergüenza. Él me estaba mirando y estaba mirando a todo el mundo.
Es como si no le importara lo que usted piensa, no me importa lo que ustedes piensan, yo estoy en lo mío. No sé intentar responder a esa pregunta: ¿por qué no le da vergüenza? Eso me llevó a preguntarme cuáles son las condiciones mínimas necesarias para que una acción tenga valor moral. Después de analizar la tradición filosófica occidental, aparecen cinco condiciones mínimas.
Primero, lo que intentó decir el profesor Albero: que el individuo tenga conciencia de lo que hace. Esa es la primera. Segundo, que tenga libertad para actuar. Tercero, que sus acciones, según Kant, tengan la intención de hacer el bien o hacer el mal. Cuarto, que el individuo disponga de los medios operatorios para obrar. Y quinto, y no menos importante, que el individuo pertenezca a una comunidad que juzgue sus acciones.
Entonces, cuando aplicamos esta tabla de estos cinco requerimientos a las acciones de individuos que viven en pobreza extrema, encontramos lo siguiente: que, efectivamente, el individuo en pobreza extrema tiene conciencia de lo que hace, aunque está seriamente limitada; es decir, su juicio está limitado por la situación de sobrevivencia en la que se encuentra.
Sin embargo, no podemos afirmar la segunda condición: que tiene libertad. El que está en una situación de pobreza extrema no podemos decir que está en libertad y que puede elegir si hago esto o no. No: está sobreviviendo y hace lo que debe hacer para mantenerse.
Después de analizar la finalidad —y cuando digo analizar no es que me puse a leer libros—, me puse primero a observar y luego fui a la teoría para contrastar. Yo seguí a los palomos. Yo creo que ya era casi compañero de ellos, por todo el malecón, por ahí por Güibia. Ellos tenían una cueva donde vivían y se reunían en distintos lugares. Los observé durante mucho tiempo. Inclusive, se ponían a tener relaciones sexuales delante de la gente y no les importaba nada; es decir, no les daba vergüenza.
A veces yo creía que era para provocar, pero no; es que su grupo realmente no está conectado con nosotros. Después de analizar la finalidad de sus acciones, encontramos que no rebasan la intención de satisfacer necesidades primarias básicas.
William dijo —y es verdad— que yo descendí al campo, no solamente aquí en Santo Domingo, sino que también encontré en Santiago, en el vertedero de Rafey, un grupo al que le llaman, o le llamaban, los buzos.
Lo que ocurre es que el Ayuntamiento de Santiago me modificó el entorno y me descompuso la tesis. No obstante, yo duré mucho tiempo trabajando a través de una fundación que tenía un español —no recuerdo ahora de dónde—, que se llama Cometa de Esperanza. Es una fundación que se dedicaba a recoger a algunos de los niños que eran buzos, porque esa es una situación muy difícil.
Esa fundación trataba de rescatar a los niños que subían al vertedero, pero los padres no querían, porque de alguna manera eso formaba parte del ecosistema familiar, y a veces las fundaciones tenían que ofrecerles cosas a los padres para que dejaran que los niños fueran. Entonces, había una estudiante mía, una muchacha que conocía mi trabajo, que me dijo que podía hacerme el contacto.
Duré mucho tiempo observando, pero me dio una gripe de profesor que casi me muero, porque era una situación tan terrible que usted no podía ni hablar: las moscas se le metían casi en la boca. Yo no sé si era porque yo tenía un olor diferente, porque observaba que a ellos, a los que vivían allí, las moscas como que no les hacían nada, pero a mí venían todas encima.
Ya estaba cansado de sudar, sí, sí, me parece que sí.
Bien, en cuarto lugar vemos que los individuos no disponen de los medios operatorios para obrar. Esto es importante y viene de Aristóteles, naturalmente. Ustedes ven —es el ejemplo que yo siempre uso— que en una familia dominicana, cuando hay una situación que resolver, qué sé yo, una operación de la madre, si hay cinco hijos, siempre hay tres o cuatro que manifiestan la intención de querer hacer algo por su madre, pero no hacen nada para resolverlo. Siempre el problema se lo dejan al que tiene los medios para hacerlo.
Entonces uno se pregunta: ¿obra moralmente aquel que solo tiene la intención, como dice Kant, que es la intención la que determina si una acción es moral o no, o es el que obra realmente quien tiene los medios para hacerlo?
Eso simplemente lo dejo como un apunte.
En último lugar, y no menos importante, las acciones de estos individuos tienen que ser juzgadas en el contexto de la comunidad donde se realizan. Aquí entra, de alguna manera, lo que es el relativismo cultural y moral. ¿Por qué? Bueno, porque un individuo que viene de una cultura que tiene otros valores y sigue actuando como si estuviera en su propia cultura, está haciendo lo que es normal en su cultura.
Por eso decía yo, en un programa que tuvimos donde alguien intentó promover la idea del multiculturalismo, que eso es bello, bello, bello, pero en la poesía. En el contexto de una nación política, de un Estado-nación, eso es totalmente imposible, improcedente, porque un Estado tiene que tener un conjunto de leyes que deben aplicarse a todos los ciudadanos, y no permitir, por ejemplo, que un musulmán —porque en su cultura se casan con niñas de diez, de doce o de quince años— pueda venir a vivir aquí, al lado de mi casa, y enamorarse de mi hija de nueve años y que, porque él es musulmán, se le permita. Mientras que a Pedro, que se enamora de una joven de diecisiete años que es dominicana, lo meten preso por treinta años. Eso no puede ser. En el contexto de un Estado-nación, de una nación política, eso no es posible.
Lo que quiero decir con esto, con el ejemplo, es que la acción del individuo que está en situación de pobreza extrema, al final, lo que va a determinar si es inmoral o no es el grupo que lo juzga. Y aquí viene el problema que a mí me pareció que estaba en la base.
Si nosotros juzgamos —yo, por ejemplo, estudiante universitario, que no era rico ni nada de eso, pero estaba mejor que los muchachos, que los palomos, o que el señor que estaba comiendo de la basura— y juzgo desde mi óptica, digo: bueno, eso es inmoral. Pero juzgándolo desde la óptica de él, de aquel individuo, lo que se diría es que sí. Entonces serían perspectivas totalmente distintas. Por eso hay que tener en cuenta quién juzga la acción para saber si es inmoral o no.
¿Cuál es el problema entonces aquí? Que el individuo no pertenece. El individuo que está en situación de pobreza extrema no pertenece ya a la comunidad de valores donde sobrevive. Tampoco ellos constituyen una comunidad. Es decir, los indigentes no constituyen una comunidad. Muchos dicen: “Pero ellos viven juntos debajo de los puentes, en los parques”. Es posible que en la noche se junten, pero no constituyen una comunidad. No tienen una comunidad de valores que los guíe. Los niveles de solidaridad pueden ser muy mínimos.
El que está sobreviviendo no tiene esos vínculos, porque si los tuviera se organizarían y posiblemente crearían un entorno mejor. Eso no se observa. De hecho, volviendo al vertedero de Rafey, con la familia que yo más observé, con la que duré más tiempo observando, había siete miembros y lo que se daba ahí era una cosa de locos.
El padre —entre los dominicanos, y esto que voy a contar ahora no se da; quizá entre los vecinos sí, según me han dicho incluso guardias de la frontera— no es posible que en una casa donde viven siete personas alguien cocine solo para sí mismo, a menos que esté enfermo, y no le dé a los otros. En esa casa, el padre con un compadre cocinaba, cuando bajaba del vertedero, solo para él y para el compadre. La madre cocinaba para ella y para dos más, y así sucesivamente. O sea, aunque usted diga que allí había una familia, realmente los valores de una familia no estaban presentes.
Entonces, lo que yo digo es que muchos podrían argumentar que los indigentes o las personas en situación de pobreza extrema constituyen una comunidad porque se agrupan debajo de los puentes, en los parques, en los monumentos, pero evidentemente eso no es suficiente para que exista una comunidad.
Llegando a este punto, supongo yo que ustedes se estarán preguntando: usted está hablando de pobreza extrema y de valores morales y no ha definido ni qué es la pobreza extrema ni a qué llama moral. En ese sentido, paso a definir qué es lo que nosotros hemos adoptado como definición operativa de pobreza extrema y cuál es la definición que hemos elegido para trabajar lo que es la moral y, naturalmente, la ética.
Como ustedes saben, existen definiciones políticas de pobreza extrema. Cada Estado, de acuerdo con su nivel de desarrollo y su Estado de bienestar, define lo que es pobreza y, a partir de ahí, establece una línea de pobreza extrema. Todo lo que está por debajo se considera pobreza extrema. Por ejemplo, un profesor del País Vasco hablaba de pobreza y decía: “Sí, en Alemania pobreza extrema es el que gana menos de 750 euros”. Aquí, para ganar 750 euros, hay que tener dos maestrías, y aun así es un sueldo casi de lujo. Esa medida, por tanto, no me sirve, porque cada Estado define eso como puede o como quiere.
Por otro lado, hay medidas conocidas, como las del Banco Mundial y del PNUD, que hacen definiciones que terminan siendo relativas. Por eso, en la década de los ochenta, el Banco Mundial hizo un esfuerzo por establecer un estándar, lo que llamó una línea internacional de pobreza, y definió la pobreza extrema a partir de un umbral monetario.
En un primer momento establecieron que estaba en situación de pobreza extrema el individuo que disponía de un dólar diario. Luego ajustaron esa cifra a la paridad estándar. Posteriormente la revisaron en 2005 y la subieron a un dólar con veinticinco centavos. Luego la revisaron en 2011 y la subieron a un dólar con noventa centavos. En 2017 la subieron a dos dólares con quince centavos, y finalmente, en 2023, la subieron nuevamente a dólares diarios, calculados en lo que ellos llaman un dólar internacional.
¿Por qué menciono esta medida? No porque la asuma como definición, sino porque tiene un elemento importante: ellos calculan ese monto a partir de la cantidad de calorías que se pueden comprar con ese dinero.
Entonces, la definición de pobreza extrema que yo utilizo es la biológica. ¿Y qué plantea la definición biológica de pobreza extrema? Que el cuerpo necesita diariamente una cantidad de calorías para mantenerse vivo y viable, como decimos aquí, para mantenerse funcionando. Para el varón se calcula aproximadamente en 2,500 calorías diarias, y para la mujer, dependiendo de su constitución corporal, alrededor de 1,800 calorías para mantenerse funcionando.
Sharon, supongo yo, que necesita cien solamente, ¿verdad? Bueno, es una medida importante porque me está hablando de algo que es real y que no está sujeto a interpretaciones. Es un dato que no está sujeto a interpretaciones. Entonces, ¿cuál es la definición de moral y de ética que hemos asumido? Aquí viene la pregunta de William.
Creo que el profesor Gustavo Bueno, William, en vez de servirme de ayuda, me sirvió para retrasar mi tesis, porque yo tenía todo amarrado antes de conocer su teoría, pero al conocerla he tenido que desbaratarlo todo y comenzar de nuevo. O sea, gracias por colgar los videos de la fundación, porque si yo no me entero del profesor Gustavo Bueno, bueno, pues ya yo estaría graduado de doctor.
Ahora estoy obligado, al conocer el enfoque de ética, de moral, de política y otras cosas que tiene el profesor Gustavo Bueno, a replantearlo todo. Y lo hago no porque eso sea una religión ni un sentimiento religioso, sino porque los planteamientos son objetivos, están basados en cuestiones materiales. No es un asunto de querer; es que obligatoriamente tengo que hacerlo. Por eso creo que me sirve de crecimiento.
Bien, entonces, ¿cómo definimos la moral? Como el conjunto de normas, reglas, categorías o estrategias dirigidas a proteger la integridad, sobre todo física, del grupo. Y la ética, algo parecido: vendría siendo el conjunto de normas, reglas o estrategias dirigidas a proteger la integridad, sobre todo física, del individuo corpóreo como tal.
Por eso dice el profesor Gustavo Bueno que la medicina es la profesión ética por excelencia. Porque todo lo que el médico hace es preservar el cuerpo del otro; siempre está de frente al otro en su cuidado. Y yo eso lo he llevado a los estudiantes de educación física. No es de deporte, es educación física. A ellos se les da una ética especializada.
Yo siempre les digo a los muchachos que vienen de alguna disciplina deportiva: a ustedes se les da ética porque van a la escuela precisamente a trabajar de frente al cuerpo del otro, de niños y niñas, y hay que tener un cuidado especial solo por eso. Y por ahí comienzo entonces a justificarlo hasta que ellos entienden que es porque están trabajando con el cuerpo del otro, y el cuerpo del otro siempre demanda un cuidado especial.
Esta definición de moral y de ética quedaría en el plano metafísico si no tiene una explicación sobre cuál es la fuerza que obliga a actuar ética y moralmente. Esto es lo interesante. Generalmente, las definiciones de ética que tienen William y otros amigos, cuando uno les pregunta: “¿Cuál es la fuerza que me obliga a actuar moral o éticamente?”, responden con cuestiones teóricas, razones muy importantes, pero que en los hechos se ve que no es así. Tiene que haber algo más.
Yo no lo sabía, no lo había encontrado, y por eso digo que tuve que replantear todo esto. William, no se ponga guapo. Contrario al enfoque tradicional —estoy hablando del enfoque del profesor Gustavo Bueno—, el profesor Bueno plantea que las normas éticas y morales se aprenden corpóreamente a través de la repetición, la educación, la disciplina, el trabajo, el lenguaje y los gestos.
O sea, es un asunto que se aprende corporalmente. Verán por qué. Él mismo pone un ejemplo, pero yo quise “aplatanarlo”. Él dice que un músico desarrolla una memoria muscular para tocar su instrumento. Dice: “Así como un músico desarrolla una memoria muscular para tocar su instrumento, el sujeto moral incorpora hábitos de acción y reacción que se vuelven automáticos, inscritos en su sistema nervioso, neuronal y hormonal”.
Entonces aquí viene el aplatanamiento, como decimos los dominicanos: el camino de la boca no se pierde. Nosotros decimos que el camino de la boca no se pierde porque usted puede comer sin luz, puede llevarse la comida a la boca sin problema, porque ese camino se ha repetido tantas veces que ya está incorporado en nuestro cuerpo.
Eso está programado, sí, claro. Como dicen los dominicanos, el camino de la boca no se pierde. Entonces, esto queda confirmado; es decir, lo que dice el profesor Bueno queda confirmado. Esto confirma que la mayor parte de las normas morales y éticas son de carácter somático: están encadenadas en la conducta y en la estructura corporal del sujeto operatorio, no flotando en la mente o en el alma espiritual por ahí.
Para el profesor Bueno, las virtudes no son esencias morales; son instrumentos somáticos adquiridos dentro de un marco institucional: la familia, la escuela, el ejército, la religión y los grupos sociales. Por eso encontramos tantas morales como grupos puedan existir.
Eso es así porque eso se aprende. Yo antes se lo atribuía —antes de conocer a Bueno— a un psicólogo norteamericano, creo que se llama Jonathan Haidt, que había hablado de esto. Pero la parte psicológica siempre me ha generado cierta sospecha; atribuirle estas cosas a la psicología me parecía peligroso. Por eso me puse muy contento cuando encontré una explicación más adecuada, por lo menos para lo que yo pienso.
Por eso encontramos tantas morales como grupos. Por esa razón decíamos que la comunidad que juzga la acción es la que determina si esta es moral o inmoral, porque una misma acción puede estar bien aquí y mal en otro sitio. El conjunto de normas somatizadas forma parte de lo que él llama la ética utens, es decir, la moral efectiva que rige el comportamiento social de los hombres reales.
No es la moral de un hombre como el que definen, por ejemplo, los derechos humanos: un hombre sin cualidades, al que se le quita casi todo. Cuando usted le quita al hombre su religión, su lengua, su territorio y sus prácticas, ¿qué queda?, ¿qué hombre queda? No queda nada. Por eso es importante que se esté hablando de hombres y mujeres reales.
¿Qué es entonces la ética utens? Bueno, ya lo he dicho: es la ética o la moral institucionalizada históricamente. Frente a ella está aquella de la que vivimos nosotros, los profesores de filosofía, y de la que viven los filósofos que escriben libros de ética: la ética docens, la que elaboran los profesores y filósofos cuando reflexionan sobre la moral.
Ayer, frente a la facultad —no sé si usted recuerda—, se cayó una joven. Parece que dio un paso en falso. Victoria me dice: “Se cayó alguien”. Antes de que yo mirara, ya había como ocho muchachos ayudándola: uno la levantaba, otro la limpiaba, otro recogía la cartera. No hubo tiempo para pensar.
Eso muestra que la ética y la moral no funcionan como algo que primero se piensa teóricamente o que hay que predicar. Esa respuesta fue somática e inmediata. Nadie se puso a pensar: “¿La ayudo o no la ayudo?”. Fue un reflejo, porque está inscrito en el sistema hormonal, neuronal y nervioso.
Esto es importante porque hay otros países donde alguien se cae en la calle y todo el mundo se aparta. Han aprendido que ese es el tipo de respuesta que se debe dar. Aquí nadie te va a demandar porque tú te caigas en la calle y yo vaya a ayudarte. Y aunque yo no sea médico ni paramédico y, eventualmente, pueda causarte algún daño, todo el mundo entiende que mi intención no era perjudicarte, sino ayudarte.
En otros países, en cambio, se ha aprendido que, si tú ayudas a alguien sin ser médico o paramédico, puedes terminar demandado por el propio individuo al que intentaste ayudar.
Bueno, yo quisiera pensar que el ejemplo de la muchacha y la reacción de todos los que estaban ahí representan la forma de actuar de todos los dominicanos. Realmente, ustedes saben que no. Claro que no. Y ahora tengo que dar un ejemplo que me lo prestó William también.
El día pasado conocimos, a través de los medios de comunicación, un escándalo de dos pícheres dominicanos en Estados Unidos. Los descubrieron apostando dinero. Eran personas con grandes salarios y grandes expectativas de ganar dinero. ¿Por qué apostaban? Bueno, porque por hacer cierto lanzamiento oportunamente —fulano, en el juego tal, en la entrada tal, tira una bola mala— les pagaban por hacer eso.
Escuchamos entonces aquí, en los medios de comunicación —ustedes saben que aquí hay profesionales de la opinión, lo que nosotros llamamos opinadores profesionales—, que los medios están llenos de gente que habla de todo. Uno se queda pensando. Hubo uno que dijo que iba a escribir un libro sobre eso. Bueno, habrá que leerlo, porque usted es abogado. ¿Cómo usted va a escribir un libro de ética, de moral y esas cosas? Pero bueno, habrá que leerlo.
Entonces, dice ese opinador que debemos reforzar la enseñanza cívica y moral en las escuelas. Voy a poner el problema en su justo círculo. Pensé que el amigo estaba perdiendo de vista lo que habíamos expresado anteriormente. ¿Qué habíamos dicho? Que estas son habilidades aprendidas de manera somática por los individuos en el medio donde se desarrollan.
O sea, ese tigueraje de buscarse unos pesos por la izquierda no lo aprendieron ellos allá. Eso no lo aprendieron allá. Esas habilidades no las aprendieron allá. Y no es que ellos sean brutos o poco inteligentes, como también se dijo. No, no son brutos ni poco inteligentes. Es que hacer trampa para buscarse unos pesos por la izquierda no es algo malo para ellos.
Para esos muchachos que se socializaron en ese tigueraje de buscarse unos pesos por la izquierda, de evadir las reglas, no necesariamente es malo buscarse un beneficio, sobre todo si se trata de unos gringos que, según ellos, se creen que saben más que todo el mundo. Eso es algo que se aprende aquí, o que lo aprendieron desde aquí. No crean que allá los corrompieron ni nada de eso. No, no, no. Son tiguerajes que se llevan, que se aprenden. Es una actitud, vamos a decir, reflejo.
Finalmente, ¿qué es lo que queremos decir? Que las acciones de los individuos en situación de pobreza extrema, tal y como hemos definido la pobreza extrema, no poseen valor moral. Eso es lo que al final queremos decir y queremos probar. No sabemos si al final se logra, pero al menos algunos jurados, por lo menos unos cuantos, esperamos convencer de que es así, o de que por lo menos el intento de nuestro planteamiento está bien hecho. Porque al final lo que las universidades buscan es que el planteamiento esté bien argumentado.
En primer lugar, porque no poseen la libertad para elegir. El que está en modo de sobrevivencia, el que está con miles de calorías atrasadas, con un hambre permanente, funciona desde los instintos. ¿Y cuál es el instinto fundamental? El de la autopreservación.
Entonces cobra mucha importancia ahora el asunto de lo somático. Así como nosotros aprendemos esa actitud reflejo de ayudar, se da también el proceso contrario. Si usted está pasando hambre permanentemente, con necesidades insatisfechas, va aprendiendo otras habilidades. ¿Para qué? Para sobrevivir.
Establecida esta primera condición —no, William, usted me cogió como diecinueve minutos; por lo menos va a tener que escuchar hasta el final, ya estoy terminando—, una vez establecida esta primera condición, no deberíamos hablar más del asunto. Es decir, un individuo que no tiene libertad para elegir, que no tiene libertad de acción, todo lo que haga no se puede juzgar moralmente, porque habíamos dicho que la libertad es una condición indispensable para que una acción tenga valor moral.
Por eso decía Aristóteles que los esclavos, ni las mujeres, ni los niños, ni los enajenados mentales tenían ese asunto de la ética o de la moral. Yo sé que eso todavía causa ruido, pero entre los filósofos no, porque se entiende que lo que él está diciendo es que los esclavos no tenían libertad, que las mujeres no tenían libertad, que el niño no tiene conciencia plena de lo que hace y que el enajenado mental tampoco.
Muchos dicen de inmediato: “Está discriminando a la mujer y esas cosas”. No, no se trata de eso. Estamos defendiéndola.
Las acciones de los individuos en situación de pobreza extrema, tal y como la hemos definido, no poseen valor moral porque no poseen la intención de hacer ni el bien ni el mal, como decía Kant. Es como decimos aquí: ellos están puestos para ello, no están en gente. Cada quien mira por sus propios asuntos. El que está en autopreservación no está en el otro; está tratando de salvar su propio cuerpo.
Las acciones de los individuos en situación de pobreza extrema, tal y como las hemos definido —y no se trata de otra definición—, no poseen valor moral porque el individuo carece de los medios operatorios, como ya habíamos señalado. Las acciones de los individuos en situación de pobreza extrema no poseen valor moral porque no pueden ser juzgadas por la sociedad que les permite vivir de sus zafacones.
Este es un punto clave: una sociedad que le permite a otro vivir de sus zafacones no puede juzgar a ese que está sobreviviendo, porque de alguna manera se lo ha permitido, lo ha dejado fuera. Él no tiene esos valores; no se puede comportar como tú, porque no tiene las comodidades y ha perdido incluso la destreza de vivir en esa sociedad.
Ya no está vinculado a los valores de esa ciudad, ni a sus conocimientos, ni a nada. Él está sobreviviendo. Pero también porque estos individuos ya no poseen —bueno, no poseen ese grupo—… Es como querer acusar de inmorales… Aquí viene, como se dice aquí: diste muchas vueltas y al final terminaste en lo mismo.
El cuento del elefante y la lombriz: un estudiante que no sabía biología, algo así, tenía que explicar unos animales. Él se había aprendido la lombriz, y el profesor sacó el elefante. Entonces él dijo: “Bueno, está bien”. Dijo: “El elefante es un animal grandote, con unas orejotas así, una trompota, pero al final tiene una colita que le parece una lombricita”. Y a partir de ahí hizo la explicación de la lombriz. Entonces yo voy a hacer lo mismo.
Es como querer acusar de inmorales a los haitianos que atraparon unos patos y unos gatos en un parque norteamericano. Esas aves, esos gatos, pueden ser mascotas y constituir vida protegida con fines estéticos, recreativos, para usted sentir que protege la naturaleza y los animales, en sociedades y en individuos donde el hambre no es un problema de vida o muerte.
O sea, está bien: nadie quiere que se coman un gato, nadie quiere que se coman un pato que esté en un parque. Pero ese pobre hombre que fue atrapado comiéndose ese pobre pato seguro tenía atrasadas muchas, muchas, muchas calorías, porque no creo que, si él tiene ese problema resuelto, vaya a agarrar un gato o un pato para comérselo.
Entonces entendámoslo por ahí. Tampoco podemos juzgarlos con los valores morales de los indigentes, porque no constituyen una comunidad. Si fuera así —ya lo dije— se organizarían.
Finalmente, otra vez, si tal y como hemos dicho, la fuerza que nos obliga a actuar moral y éticamente son las normas que hemos somatizado y que están dirigidas a preservar la integridad del grupo en un caso y del individuo en otro, entonces, así como el individuo somatiza, a nivel corporal, en su sistema nervioso, neuronal y hormonal, la respuesta del grupo para hacer frente a la realidad, asimismo el individuo en situación de pobreza extrema somatiza que lo importante es su supervivencia, no el grupo.
Por eso hay una niña como de doce años a la que la madre le da cien pesos para la escuela. Había una fiesta de un niño y le dio doscientos más para la fiesta, pero se le olvidaron los cien de ella. Ese día nada más se llevó los doscientos. ¿Qué pasó? Bueno, que ella agarró cien y se compró su desayuno. Llevó los otros cien. Se le olvidaron los cien de ella, nada más llevó los doscientos para la fiesta del niño, pero cometió un “error”. ¿Y qué hizo ella? Agarró cien, desayunó, y llevó los otros cien a la profesora. Y la profesora llamó a la madre y le dijo: “Mira, nada más trajo cien”.
¿Eso está bien o está mal? Depende de cómo usted lo vea. ¿Qué usted quiere: tener un hijo que a los doce años se muera de hambre por estar pensando en el grupo, o quiere un hijo que tenga las habilidades para sobrevivir, aunque el grupo se lo lleve quien lo trajo? Esa es una pregunta para reflexionarla. Yo no le voy a dar la respuesta.
Se preguntarán ustedes: “¿Y cuál es el problema?”. Yo respondería: el problema es que los individuos en pobreza extrema, tal y como la hemos definido, son conscientes de lo que hacen, y hemos dicho que las acciones de los seres conscientes poseen valor moral. Aquí hay un problema de tipo epistemológico que debemos resolver: o les negamos la condición de humanos a estos individuos.
Esa puede ser una posibilidad, como dicen algunos con el problema palestino. Yo digo —se lo dije a un profesor amigo—: “Bueno, hay una solución fácil: eliminen a todos los palestinos que están ahí, sáquenlos, llévenselos en aviones, masácrenlos y limpien eso, y ya se acaba el problema. Si no, van a tener que buscar otra solución, porque si van a vivir ahí al lado, siempre van a tener problemas”.
Entonces van a tener que buscar otra solución. Bueno, si le negamos la condición de humano a estos individuos, esa es una solución. O podemos intentar otra, que es una solución tipo la que propuso el presidente de Colombia, Petro, a quien escuché decir, con una genialidad, que lo ilícito se resolvería simplemente quitándole la i a ilícito. Entonces ya se convierte en lícito. Digo, bueno, pues ya sabemos: le quitamos la condición de humano a estos individuos y ya no hay problema.
O nos abocamos a solucionar los problemas materiales que llevan a un individuo a vivir de los zafacones de nuestra sociedad. Bueno, era un comentario, pero yo creo que ya ustedes lo saben.
Como ustedes pueden ver, la ética y la moral, en muchas ocasiones, no coinciden. Como lo definimos, la ética apuesta por la preservación del individuo, sobre todo del cuerpo del individuo, y la moral por la preservación del grupo. Entonces, como se puede ver, no siempre la ética y la moral coinciden en los propósitos, los intereses o la finalidad.
En este sentido, creo que esto queda bastante reflejado. No digo más. Muchas gracias.
Mtro. William Mejía Chalas
Ahora va a tener que valorar, desde la posición de su padre, la postura: si ha sido buen alumno. Bien, tenemos tiempo para una sola pregunta. Axel, y bueno, también Marcos. Axel, vamos a hacer las dos preguntas juntas y después se responden ambas.
Intervención de Mtro. Axel Juarez
Pues nada más una pregunta, y además aprovechar para agradecer lo que dijo el señor director. Agradeciendo la generosidad que nuestro señor director tuvo con nosotros al contarnos su trayectoria doctrinal y filosófica. Eso es muy valioso, maestro, porque no se suele comentar en estos entornos. Fue una generosidad extraordinaria de su parte.
Y solo una nota, dentro de la filosofía moral de Gustavo Bueno, donde se toma la posición kantiana como una posición absoluta. Yo creo que la de Bueno resulta otra postura, que se confronta con la kantiana justamente en su obra El sentido de la vida, en una parte que se llama Ética, moral y derecho. Ahí, explícitamente, dice algo muy parecido a lo que usted nos acaba de decir, maestro. Abriendo comillas, un poco en paráfrasis, viene a decir que es fundamental que el individuo cubra unas necesidades básicas mínimas para que pueda tener una vida ética, precisamente.
Entonces, nada más eso: que justamente la tesis de Bueno se coordina perfectamente, o se ha ejercido precisamente, en esas tesis que usted ha presentado aquí. Muchas gracias, doctor. Muchas gracias, profesor.
Intervención de Mtro. Marcos Zabala
Hablando de la dignidad del ser humano, que no se le puede negar, yo creo que antes de ser ciudadanos somos seres humanos. Y si el hombre es lo que es por ser cooperativo, ¿cómo sobrevive el individuo y no sobrevive el grupo? ¿No habría ahí una especie de aporía epistémica, en tanto que yo, egoísta, vivo yo, y el grupo, la sociedad, la colectividad, entonces muere?
Yo creo que, en el problema de la pobreza, el hecho de que haya individuos que tengan que comer de zafacones se debe más a una falta de empatía del grupo que a una falta real de alimentos o de accesibilidad a la alimentación. Hay imposiciones en el ámbito de la política, de la economía, del acceso a fuentes de trabajo, del derecho a la participación en los modos de producción para satisfacer la necesidad de alimentación y de supervivencia biológica.
Pero entiendo que sería una especie de aporía decir que una moral individualista debería sustituir o anteponerse a una moral colectiva, porque el ser humano no se hace solo. El ser humano no se hace humano solo: nos hacemos humanos en tanto encontramos el reconocimiento, la empatía y la solidaridad del otro.
Yo veo que usted sonríe y yo sonrío, y yo siento que hay una afinidad en usted. Yo veo algo que lo identifica a usted conmigo. Yo veo que usted llora y yo lloro, y noto que hay algo que nos hace comunes a nosotros. Entonces, antes de ser ciudadano, el ser humano es humano propiamente dicho. Entonces la pregunta es esta: ¿cuál sería la conclusión o la salida a esa aporía que, entiendo yo, en términos epistémicos usted nos ha planteado?
Mtro. Eulogio Silverio
Bueno, yo no quisiera decirle lo que le voy a decir, ¿verdad? Porque, por ejemplo, usted habla de dignidad humana y, cuando usted lo dijo, supongo que la mayoría sabe a qué se refiere, pero a mí me causó un ruido terrible. Yo realmente no sé a qué se refiere uno cuando se habla de dignidad humana, porque es un concepto totalmente metafísico.
Franklin está ahí y él recordará que hace un tiempo me hablaba con mucha firmeza de la dignidad humana, y yo le pregunté: “¿Pero en qué se fundamenta eso?”. Me decía: “No, que el ser humano tiene dignidad por el hecho de ser humano”. Y yo le respondía: si las piedras pudieran hacer su discurso, dirían que las piedras tienen dignidad por el solo hecho de ser piedras. Entonces, ese asunto de la dignidad humana es una cuestión metafísica.
En mi trabajo de tesis yo no pretendo dar soluciones. Como dijo Sharon —creo que fue antes de ayer, el jueves—, mucho hacemos los filósofos con señalar el problema. Lo que yo estoy señalando es un problema. La solución vamos a dejársela a los científicos, ¿verdad?, a que planteen soluciones. Yo estoy señalando un problema, y si tengo razón en ese sentido, se trata de un hecho nuevo: la pobreza extrema es un hecho nuevo. Por eso, quizá, hay que pensarla desde los filósofos de este tiempo.
Entonces, nosotros estamos señalando un problema. Yo no me voy a poner a dar recetas de cómo solucionarlo. Claro que traté de dar una respuesta con nuestros amigos, con nuestros cercanos, simplemente para probar que sí se puede, que sí se puede: organizarse, educarse financieramente dentro de este sistema, educarse, y eso funciona.
Ahora bien, el que ya llegó a la pobreza extrema, tal y como yo la he definido, lo tiene muy difícil. Tiene que haber una intervención de muchos años para que ese individuo logre somatizar otros valores, logre incluso recuperar la confianza en el otro. Porque usted dice: “Yo no tengo una apuesta por lo individual”.
Aquí estamos dando una definición distinta de la ética, que yo creo que es más correcta que las anteriores, porque da razones del porqué, contrario a otras tradiciones que se envuelven en cuestiones metafísicas y que al final uno no sabe bien de qué está hablando. Claro, se habla de ética, se habla de moral en una comunidad.
Si usted le habla a estudiantes, los estudiantes le creen al profesor porque quieren pasar. Si le habla a colegas, como están en la misma burbuja, todo está bien, porque nos entendemos: entre bomberos no nos pisamos la manguera. Sin embargo, la definición que estamos ofreciendo tanto de ética como de moral y de política está dirigida a algo concreto.
Yo ofrecí también una definición de política encadenada con esa definición de moral y de ética, sobre todo para los hechos del Estado-nación o de la nación política. En un texto que tenemos por ahí con Osvaldo, que aún no se ha publicado, trabajamos el concepto de ética, moral y política tomado del profesor Gustavo Bueno y lo aplicamos a la realidad de nuestros vecinos que están aquí. Y como dice el profesor Bueno, claro, si encontramos a un inmigrante en la calle no le vamos a negar el alimento, no lo vamos a patear.
Hay que darle comida, hay que darle agua, hay que darle abrigo, hay que protegerlo. Y moralmente, nosotros, en nuestra comunidad, tampoco vamos a repudiar al vecino que es extranjero ni nada de eso. Pero las naciones políticas no se gobiernan ni con ética ni con moral. Todo eso está bien, pero no es con eso que se gobierna.
El Estado, si alguien entra, tiene que brindarle esa protección del cuerpo; pero inmediatamente, de manera administrativa, montarlo en un avión o en un barco y devolverlo a su país. Porque un país que, a fuerza de ética y moral, con una economía débil, con diez millones de personas, le mete diez millones más, ¿quién va a pagar eso?, ¿quién lo va a pagar?
Entonces, lamentablemente, Marcos, no se gobierna ni con ética ni con moral: se gobierna con acciones políticas. Y para mantener la eficacia de un Estado —es decir, el Estado de bienestar que hemos logrado— hay que tomar medidas políticas. Para eso está el Estado, no nosotros los individuos.
Porque a mí usted no me verá nunca tirándole una piedra a un haitiano. Ahora bien, sí apoyo que el Estado ponga control en la frontera y que no deje pasar a quien no tiene que pasar, para forzar a que la solución de los haitianos se busque en Haití, no en la República Dominicana ni en nuestro territorio. Porque eso sería condenarnos a nuestra propia aniquilación. Y eso sí, ¿no?, aunque seamos buenos para que nos digan que somos buenos moralmente.
Claro, el que quiera decir que somos buenos, que nos lo diga. Pero nosotros tenemos derecho a defendernos, derecho a defender el poco o mucho bienestar que hemos construido a fuerza de sacrificio y de la sangre de nuestros antepasados.

