Dr. Alejandro Arvelo:
Son las 10:15 de la mañana del miércoles 21 de febrero de 2024. Nos ha convocado el profesor Eulogio Silverio para dar continuidad al programa El Archivo de la Voz, y hoy tenemos un invitado de diamante. Un invitado que es motivo de orgullo no solo para la Escuela de Filosofía, sino para cada uno de los compañeros que tuvimos la oportunidad de compartir con él viajes, aguaceros y polvaredas en los caminos del sur. Y también para muchos otros que, quizás sin haber compartido esos afanes en los años 80, lo reconocen como una de las piedras angulares de esta Escuela y de nuestra Universidad.
Se trata del profesor Roberto Reyna Tejada.
El profesor Reyna Tejada es Profesor Meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Fue rector de nuestra universidad, y también director de la Oficina de Personal Académico, donde dejó huellas y aportes que aún se conservan. Durante su gestión como rector, se recuerda como una persona enteramente dedicada a sus funciones. Bajo su liderazgo, la universidad se institucionalizó notablemente, se dio a conocer en el extranjero y firmó valiosísimos acuerdos con universidades europeas y con la Biblioteca de Alejandría. Muchos de esos acuerdos siguen vigentes y bien podrían ser aprovechados por la universidad en el presente y en el porvenir.
El profesor Roberto Reyna Tejada es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Fue uno de los primeros maestros egresados de la Maestría en Educación Superior de nuestra universidad, y es profesor de la Escuela de Filosofía desde principios de los años 80, donde comenzó como ayudante hasta alcanzar la titularidad.
Tiene una trayectoria que, como se diría en griego, bella de ver, y que aporta flor y prestancia a nuestra universidad. Ha sido asesor presidencial, ha dirigido redes internacionales de universidades, y lo más importante de todo: se mantiene mentalmente activo y trabajando, ahora en un marco más amplio, por el porvenir de nuestro país.
Bienvenido al programa El Archivo de la Voz, profesor Roberto Reyna.
Este es un programa que ha creado el profesor Silverio con la finalidad de legar su voz, su pensamiento, su testimonio acerca de su trayectoria académica, profesional y vital. De manera que le invitamos a que no escatime datos.
Bienvenido, en nombre del profesor Silverio y en el mío propio, a este programa.
Mtro. Roberto Reyna
Muchas gracias, querido amigo y colega Alejandro Arbelo. Como bien has dicho, somos amigos de larga data, unidos en todos estos avatares de la universidad. Considero que el profesor Eulogio Silverio está haciendo un gran trabajo en la Escuela de Filosofía. No solo por programas innovadores como este, que podría muy bien ser una producción institucional de toda la universidad para preservar el patrimonio de sus recursos humanos y sus contribuciones históricas. Desde su posición, Silverio está dejando un legado valioso sobre cómo deben hacerse las cosas al dirigir una escuela, en el buen sentido aristotélico de construir una manera de hacer las cosas. Me siento muy satisfecho y agradecido por esta invitación.
Pienso que esta es una excelente oportunidad para reflexionar sobre la pregunta: ¿Quién es Roberto Reyna Tejada? ¿De dónde viene? ¿Cómo llegó a ser rector? El legado que una persona puede dejar en toda una historia de vida está más asociado a los valores y resultados que puede transmitir como modelo de actuación para las generaciones presentes y futuras. Estos deben centrarse, primero, en el respeto a los derechos de los demás. Cualquier dominicano puede aspirar a ser rector de la universidad si se actúa de manera adecuada y con propósito. La Universidad Autónoma de Santo Domingo es una institución de justicia social, que ofrece grandes oportunidades a todos, tanto a los dominicanos como a quienes nos visitan desde otros países para formarse aquí.
El perfil que desarrollamos como estudiantes, profesores e intelectuales de la UASD refleja el esfuerzo necesario para superar las condiciones sociales de origen. En mi caso, provengo de una familia humilde, compuesta por doce miembros. Mi madre tuvo once de esos hijos y enviudó dos veces. Con 24 años, quedó viuda con cinco hijos en un campo de Salcedo. Posteriormente, se casó con mi padre y tuvo seis hijos más. Mi padre, un jornalero sin tierras, trabajaba en el campo para el sustento diario, mientras mi madre, que aprendió a coser en una vieja máquina, se convirtió en costurera para sostenernos.
Esta familia, desde una situación de pobreza extrema, logró salir adelante gracias a los valores inculcados por mis padres. Pudimos formarnos y crecer hasta alcanzar diversas metas. Mi hermano mayor, por ejemplo, fue maestro rural, alfabetizador, inspector de educación, director de escuela y, finalmente, ministro de Educación. Su trayectoria refleja el esfuerzo continuo y una carrera basada en el trabajo arduo y constante. Similarmente, mi propia experiencia en la universidad muestra que no hay mejor resultado que aquel que se alcanza como fruto del esfuerzo personal y el respeto al curso natural de las cosas.
Ese estado natural se presenta como un resultado inevitable, prácticamente, cuando uno llega a ser rector. Cuando llegué a ser rector de la universidad, lo intenté dos veces. En la primera ocasión, agradezco haber perdido, al igual que cuando aspiré a la vicerrectoría docente, ya que también agradezco haber perdido esa oportunidad. Fue en el segundo intento cuando finalmente llegué, porque lo hice en el estado natural de las cosas. Por ello, es fundamental tener una visión clara. A los profesores jóvenes de la UASD, me gustaría transmitirles que no se puede dar grandes saltos sin pasar por un proceso donde se construyan confianza, valores, trabajo, y resultados. Este proceso genera una base sólida y, más aún, para quienes no cuentan con una herencia detrás.
Mi padre era analfabeto, y lo alfabetizó mi madre, quien solo llegó hasta cuarto o quinto curso. Tuvo que abandonar sus estudios porque, a los 15 o 16 años, le dijeron: “Usted se va a casar con este hombre”, como se acostumbraba en esa época. Así fue: dejó todo para casarse con un pariente cercano. Esa fue su historia. La mayoría de los profesores que conozco provienen de historias similares. Mi abuela, la madre de crianza de mi madre, Doña Julia Santana, fue la primera profesora rural normal de Tenares. Crió a mi madre en un entorno donde se valoraba la educación, aunque mi madre no fue maestra. Sin embargo, fue madre y maestra para nosotros, inculcándonos principios y valores.
Mis hermanos y yo crecimos en esa tradición. Mi hermano Cristian, por ejemplo, es un exitoso empresario e industrial en Santiago; dirige una zona franca y preside un banco. Él tuvo que superar obstáculos significativos: cuando quiso estudiar agronomía en la universidad, tuvo que pedir prestados unos zapatos. Mi padre se opuso porque decía: “¿Quién te autorizó a ir a ese examen?”. A pesar de la negativa, mi hermano pasó el examen con notas sobresalientes. Hoy en día, lo veo como el más exitoso materialmente de todos nosotros, aunque tuvo que empezar prácticamente sin nada.
Crecí en una familia humilde y logré llegar a ser rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ser rector de la UASD es una gran responsabilidad. Para mí, es incluso mayor que ser cardenal o presidente de la República, porque la universidad tiene la virtud de humanizarte una vez que terminas el cargo. En estos días, me otorgaron el título de “Meritísimo”, pero yo digo: “¿Para qué un reconocimiento mayor, si no hay mérito más grande que haber sido rector de esta universidad?”.
Bueno, Bueno dice que después de haber sido rector, uno siente que ha contribuido en algo. Por eso quieren reconocerme de nuevo, pero en realidad, para llegar a todas estas oportunidades que se abren al ser rector de la UASD, hay que considerar los orígenes de donde venimos. En mi caso, vengo de una familia humilde, y mi hermano menor, que tiene síndrome de Down, no pudo llegar a ser maestro, pero es quien nos ha enseñado a todos cómo amar. Es el maestro de los abrazos, los besos, el amor, la entrega y la resiliencia.
Cuando mi madre estaba embarazada, le dijeron: “No lo puede tener, va a salir anormal”. Sin embargo, mi madre respondió: “Que sea lo que Dios decida, él nacerá”. Hoy, a sus 46 años, mi hermano nos ha dado un ejemplo de amor y dedicación. Fue el último de los hijos que permaneció al lado de nuestra madre, atendiéndola hasta el último día de su vida. Este ejemplo demuestra que es posible llegar a cualquier posición, siempre y cuando se haga de manera legítima, legal y correcta, incluso sin ambiciones desmedidas.
Tú sabes, Arvelo, y te hablo con confianza, que en toda mi trayectoria en la universidad, nunca mostré interés por un cargo electivo. Algunos se preguntaban: “¿De dónde viene esto? ¿Cómo se explica esa actitud?”. Eso fue algo construido en el seno de mi familia y la sociedad, basado en los valores de humildad, sencillez y la aspiración que solo surge cuando los demás te miran y reconocen algún mérito en ti.
Provengo de la izquierda revolucionaria del país. Desde los 12 o 13 años ya militaba, porque en el campo los niños son hombres desde temprano. Acompañamos el trabajo, asumimos responsabilidades y tareas adultas a los 13 o 14 años. Por ejemplo, a los 14 perdí la visión de mi ojo izquierdo. Fue un accidente mientras estudiaba para el bachillerato. Un 28 de abril, durante una protesta conmemorativa contra la intervención norteamericana, lanzaban bombas caseras, y un fragmento de plomo me hirió, rozando el nervio óptico detrás del ojo.
Desde entonces, llevo un fragmento de plomo alojado en mi cabeza como un talismán, porque los médicos dijeron que extraerlo sería demasiado riesgoso y podría perder el ojo por completo. Recuerdo que el neurólogo me dijo: “Tu ojo está bien, no necesitas uno de cristal. Mejor conserva el tuyo, aunque no veas. Para eso tenemos dos ojos, uno de repuesto”. Ese consejo me marcó. He cuidado mi ojo derecho durante 53 años, y he vivido, sobrevivido y recorrido este camino hasta aquí.
¿Puede un discapacitado llegar a ser rector de la UASD? Sí, yo soy discapacitado físicamente hablando, pero siempre procuré evitar estudiar de noche para no forzar la vista. Actuaba de forma preventiva y prudente. Esos hábitos, junto con la experiencia de vida, me ayudaron a trabajar en la universidad en temas de gestión de riesgos. Esta vivencia me permitió comprender que las posibilidades siempre existen. No se necesita dinero ni padrinos políticos para alcanzar el éxito. Claro, muchas personas han llegado con la ayuda de padrinos, porque es parte de nuestra cultura. En mi familia cristiana, los padrinos siempre fueron importantes, pero lo esencial es que las oportunidades existen, y la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) es una de las pocas instituciones en República Dominicana que puede considerarse, como dijo Fernando Álvarez Bogaert, “la gran igualadora social”.
Es increíble que alguien como Fernando Álvarez, a quien muchos consideraban un pensador conservador, haya reconocido el valor de la UASD como una institución que podría transformar este país si cumpliera con su misión: formar transformadores sociales, líderes comunitarios, y profesionales que, desde el conocimiento de la ciencia y la técnica, puedan contribuir al servicio público y comunitario. La UASD recibe estudiantes de todas las clases sociales, pero la mayoría son personas de condiciones sociales y económicas muy humildes, como las que describen mi propia historia.
Llegar a la rectoría de la UASD implicó recorrer una historia de vida que demuestra que es posible desarrollarse y sobrevivir en una sociedad democrática. Mi familia tiene una tradición antiautoritaria y antidictatorial. Por eso, lo único que me dolió durante mi rectorado fue que me llamaran “faraón”. Esa etiqueta me hacía sentir que se negaban los valores que yo representaba. Me decían así porque, según ellos, concentraba las decisiones y tenía una voluntad fuerte para alcanzar las metas. Pero detrás de mi carácter voluntarioso siempre hubo un propósito claro. Si tienes un propósito definido en la vida, aunque cometas excesos, puedes mantenerte firme.
Recuerdo que le decía a mi esposa: “Cuando me miro en el espejo, no reconozco a la persona que pintan allá fuera. Aquí estoy yo, pero aquel no soy yo”. Esa discrepancia entre cómo uno se percibe y cómo lo ven los demás es parte del proceso de liderazgo. Una sociedad democrática abre oportunidades de desarrollo personal, y estoy profundamente agradecido por eso. El agradecimiento es un valor esencial en la vida. Algunos dicen que las personas humildes no son agradecidas, pero eso no es cierto. Nuestra gente sí lo es, siempre que se les dé la oportunidad de expresar ese agradecimiento con dignidad y sin humillaciones.
Servir es la mayor oportunidad que uno puede tener. Mi carrera de vida se resume en eso: el servicio. Yo no aspiré a la rectoría por ambición personal, sino porque las personas cercanas me hicieron ver que podía asumir esa responsabilidad. De hecho, en 1993, un amigo me dijo que le gustaría que yo fuera rector. Recuerdo que le respondí: “¿Te has vuelto loco? No estoy pensando en eso”. Pero todo se dio en el estado natural de las cosas, sin forzar el momento.
En mi formación política también influyeron líderes de izquierda con los que trabajé. Con 13 años fui parte de la línea roja del 14 de junio y dirigente de la Unión de Estudiantes Revolucionarios (UER) en los liceos, especialmente en el Liceo Emiliano Tijerina. Esa experiencia me enseñó a luchar desde la humildad y la sencillez, valores que me acompañaron siempre en mi camino hacia la rectoría.
Con 13 o 14 años, estudié en el Liceo Juan Pablo Duarte, conocido como “La Normal” en la época de Trujillo, considerado el liceo más incendiario del país. Vivíamos a pocas cuadras de allí, en Villas Agrícolas, luego de que mi madre decidiera mudarse a la capital. Esa es otra historia: cómo y por qué llegamos a la capital, un mensaje importante para las familias. Al llegar, me involucré en actividades políticas desde los liceos y las escuelas. Poco a poco, me fueron organizando y reclutando en la vida partidaria. Trabajé en política en la zona norte de la capital y me convertí en responsable de toda esa región para la izquierda.
Cuando surgió el Frente de Izquierda Dominicana, yo ya era profesor universitario. Recuerdo que viajaba en autobús para dar clases en Barahona, pero al llegar, me quitaba la ropa de profesor, dejaba el anillo de graduado y me dirigía a barrios como Guachupita, Gualey, Los Guandules, Capotillo, La Ciénaga y Cristo Rey. Recorriendo esas zonas en bicicleta, repartía periódicos y, en ocasiones, otros materiales. A pesar de mi posición como profesor, prefería no hacer carrera interna en la universidad porque rechazaba la ideología pequeño-burguesa que veía en algunos colegas. Mi tendencia ideológica era hacia la proletarización, aspirando a convertirme en un dirigente obrero desde joven.
A los 15 o 16 años recorrí las fábricas de Villas Agrícolas, como La Manicera, Colgate, Malla Industrial y La Cartonera, buscando empleo. Soñaba con ser como los grandes dirigentes obreros de la historia. Desde pequeño, mi formación estuvo marcada por la lectura. Gracias a mi madre y mis hermanos mayores, accedí a libros clásicos antes de ingresar a la universidad. Ya había leído a Rousseau, incluyendo sus Confesiones, y otras grandes obras. Aunque no comprendía todo, esas lecturas me acercaron a la sociología y la filosofía.
Mi compromiso político me llevó a orientar células obreras en sectores como Gualey y Los Guandules. Recuerdo a un obrero de la construcción, ya mayor, y a su esposa María, quienes vivían en condiciones de extrema pobreza. A pesar de las dificultades, mi vocación política me mantenía trabajando en esos barrios. No aspiraba a una carrera en la universidad; mi interés estaba en servir y organizar desde las bases. Eventualmente, fui presidente de la Asociación de Profesores de Barahona, motivado por el trabajo comunitario y político más que por la ambición de ascender.
La filosofía la encontré por primera vez en el Club José Martí, en Villa Consuelo. En ese entonces, Germinal Grillo, hoy profesor meritísimo de la universidad, era el secretario general del partido de la Línea Roja del 14 de Junio en el Distrito Nacional. Le encomendaron a él y a Esteban Díaz Jáquez, conocido como “el filósofo”, impartir un curso de filosofía a los dirigentes clubistas de la zona norte. Fue en ese espacio donde comencé a estudiar a Fanfani, Politzer y el Manual de Filosofía de la URSS. Sin haber llegado aún a la universidad, ya asistía a esas clases. Siempre buscaba destacarme en lo que hacía, y ese club, en la clandestinidad, me permitió adentrarme en el mundo de la filosofía.
En aquel tiempo, no podíamos ni siquiera sacar la bandera para mostrar que estábamos en un acto oficial, porque todo era clandestino. Estudiar filosofía, especialmente marxista, en la época de los 12 años de Balaguer, podía llevarte a la cárcel. Yo enterraba los libros, como los tres tomos de Lenin, en un hueco en el patio de mi casa. Leía escondido, porque al lado vivía un alto oficial de la custodia de una hermana del Dr. Joaquín Balaguer. Esa cercanía me obligó a desarrollar una vida de cuidado, protección y seguridad personal, para que nunca supiera que yo era comunista y, por lo tanto, su enemigo.
La generación de líderes en la que me formé me enseñó la humildad, la sencillez y la importancia de alcanzar posiciones por mérito y reconocimiento. Para ellos, los méritos debían basarse en resultados concretos, respetados y reconocidos con justicia. Esa ética me hizo rechazar el camino empresarial. Incluso cuando mis hermanos intentaron apoyarme con negocios, yo decía: “No quiero nada de eso. Si me vas a ayudar, ponme una panadería, para repartir pan a la gente del barrio”. Finalmente, con su ayuda, establecí una imprenta: Editora Lire, nombrada por los apellidos de mi primera esposa y el mío, Liberato Reina.
Tuvimos una editora, y los recursos los buscó mi hermano. Él decía: “Ponme la editora. ¿Para qué vas a imprimir volantes?”. Claro, imprimimos cinco millones de volantes en 1978 y luego en 1986, luchando para que Balaguer no regresara. Era un sinsentido, una derrota total para nuestra generación, el retorno de Balaguer en 1986. Todo ese desprecio hacia los intelectuales venía cargado en su mensaje y en su ‘tebaida lírica’.
Lanzamos esos volantes desde una avioneta en plena capital, cinco millones de copias esparcidas por todos lados. Esa era la imprenta de aquel tiempo, y fue el resultado del esfuerzo colectivo. Llegar a la posición máxima en la OEA fue un logro significativo. Sin embargo, aquí en la universidad veo gente desesperada por alcanzar un cargo. Esa lucha constante, ese afán desmedido, muchas veces les impide construir desde un verdadero convencimiento del otro.
Lo más importante, cuando llegas a una posición, es tener una visión clara del compromiso y los propósitos. Yo no tuve que estudiar en la universidad para saber qué hacer al llegar a rector, porque ya existía un libro que contenía, tres años antes, el resumen de una visión compartida por profesionales e intelectuales. Estaban ahí Amparo Chantada, Juan Ramírez Fiallo, los Avelino, Luis Gómez y otros que fundaron el famoso MPT en aquellos congresos. Esa generación nos mostró a nosotros, jóvenes de entonces, lo que era construir una universidad con la Reforma de los años 65 y 66.
Treinta años después, esos profesores, con toda su humildad, seguían enseñándonos. Ese sentido de responsabilidad y legado marcó mi llegada a una posición de liderazgo. Cuando asumí el cargo, le pedí a mi familia que me prestara tres años. Mi hija menor tenía entonces 18 años, y yo había cumplido siempre con mis deberes de padre. Les dije: “Denme tres años; no sé si lograré todos mis sueños, pero dedicaré cada minuto y segundo de mi vida a este propósito”.
Esas palabras no las olvidé nunca, porque eran lo que realmente sentía. No descansé ni un segundo, incluso en los momentos más difíciles. Cuando la universidad no comprendía mis grandes sueños, o yo no representaba las aspiraciones inmediatas de los profesores —como ocurrió en una huelga de 30 días por aumento salarial—, enfrenté una incomprensión general. Mi familia me decía: “¿Qué haces ahí si no tienes los recursos?”. Pero yo respondía: “La universidad me formó para esto”.
En medio de esa huelga, recuerdo estar en Londres, firmando un convenio con la Universidad de Cambridge, al lado del presidente de la república. Allí, en la biblioteca donde se guardan los escritos de Newton, entendí que mejorar la universidad implicaba mejorar la vida de las personas.
Sin embargo, las crisis políticas y preelectorales del 2006 irrumpieron en la universidad. Enfrenté decisiones difíciles, como sacrificar 20 millones destinados al plan nacional de alfabetización, 50 millones para las fincas y residencias estudiantiles de la Facultad de Agronomía en San Francisco de Macorís, y 20 millones para la recién creada Facultad de Educación. Todo eso para garantizar un aumento salarial interno del 10%.
Sacrificamos proyectos fundamentales para resolver problemas inmediatos, con la esperanza de que ese esfuerzo se tradujera en una mejora real para la universidad y para el país.
En definitiva, yo no me sentía mal sabiendo que los fondos iban a un destino justo, porque todo reclamo legítimo lo es. Nunca abandoné el juicio de la justicia en los reclamos. Nunca habrá forma de pagarle a un profesor lo que realmente merece, ni siquiera hoy, considerando el contexto en el que vivimos y lo que significa la labor de construir una comunidad de conciencia en una nación. Mucho más en un país donde las desigualdades son tan amplias y profundas. Ese es un trabajo que genera riqueza, una inversión en la educación que produce la mayor recuperación de riqueza social.
Si hablamos de retorno de inversión, dicen que en gestión de riesgos por cada peso invertido se recuperan diez. Pero en educación, la relación es de uno a cien. Nosotros —tres, Alejandro y yo—, si no hubiésemos pasado por la escuela, probablemente estaríamos con un machete en las manos, como muchos de donde venimos. ¿Qué hubiese sido de esta nación sin la Universidad Autónoma de Santo Domingo? En los últimos 25 años, la UASD ha graduado a 200,000 egresados, quienes sustentan el sistema de salud, con médicos en emergencias, agrónomos en el campo, maestros en las escuelas y profesionales en el sistema jurídico.
A pesar de sus limitaciones económicas y dificultades operativas, la UASD ha mantenido su misión. ¿Qué sería de la República Dominicana sin esta institución? Por eso, siempre defenderé el valor de la UASD ante cualquier gobernante. La legitimidad de la instrumentalización política de su impacto social no puede ponerse en duda, porque es una institución que ha transformado la vida de generaciones.
En el caso del presidente actual, hijo de Don José Abinader, veo en su familia el mismo espíritu que la UASD inculcó. Don José, como vicerrector, dejó huella en esta universidad. Y en el caso de Leonel Fernández, profesor de esta institución, conozco su dedicación a la academia. Incluso tomé su cátedra de sociología de la comunicación cuando se fue a su primera diputación. Él dejó sus tesis y libros aquí, siempre comprometido con la universidad.
La UASD es una institución de un valor incalculable. Siempre valdrá la pena el sacrificio y la entrega por ella. A los jóvenes estudiantes y profesores les digo que la lección más importante es nunca abandonar sus sueños. Hay ciclos naturales en las instituciones, pero mantenerse apegado a los ideales y al propósito es esencial.
Muchos me preguntan: “¿Qué haces todavía en la UASD? ¿Por qué no te vas a otro lugar?”. Pero, ¿a qué me iría? Mi compromiso está aquí. Mi rol actual puede ser distinto, pero siempre estoy dispuesto a dar una opinión, acompañar y contribuir. Mientras pueda enseñar, seguiré siendo profesor de esta universidad.
Recuerdo que cuando era estudiante, a menudo tenía que caminar largas distancias para llegar a la UASD. Esos esfuerzos me enseñaron el valor del sacrificio y la importancia de la educación. A los 16 años, descubrí a José Martí, leyendo un libro que marcó mi vida. Esa lectura me impactó profundamente y me enseñó el valor de la coherencia entre el decir y el hacer.
En aquellos años, la biblioteca de la UASD tenía libros que databan de 1937, como las obras completas de José Martí, enviadas desde La Habana. En complicidad con los empleados de la biblioteca, logré llevarme esos libros para leerlos. A través de sus cartas y discursos, Martí me enseñó la importancia de los ideales y el deber.
Un libro puede cambiar una vida, y así lo hizo conmigo. Hoy, incluso mientras camino en la cinta de correr, escucho audiolibros para refrescar ideas y mantenerme conectado con el conocimiento. En el ejercicio de la rectoría, esas lecturas me ayudaron a enfrentar momentos difíciles, a improvisar discursos y a conectar con la gente.
El legado de la UASD y de figuras como José Martí son recordatorios constantes de que el conocimiento y el compromiso son herramientas poderosas para transformar vidas.
Ese hombre, en vez de impresionarse con todo eso, recuerdo que decía: “Yo nunca estaré montado en otro carro que no sea el de la historia. Concha, a mí no me engrandece nada de eso mientras mi pueblo sigue colonizado”. Y así concluyó esa conferencia. En ese entonces, él andaba creando clubes en Nueva York y en otras ciudades de Estados Unidos, promoviendo la libertad de su país.
Yo casi me leí todo su material. Escúchenme bien, porque esto también ayuda a entender que el hijo de aquel señor, que echaba para adelante, y de aquella mujer que cosía ropitas para sobrevivir, evolucionaron después y lograron montar un pequeño taller. Pero ese otro, como todos nosotros, también tuvo que hacer su parte: abrir libros, mirar hacia el pueblo y ponerse a estudiar. Lo grande aquí no es el esfuerzo individual, sino entender que pensar en uno mismo implica también reconocer lo que necesitamos como seres humanos para crecer, entender el mundo y valorar el conocimiento.
Es fundamental reconocer los sacrificios que otros han hecho por nosotros. Todos debemos estar agradecidos con el pasado, porque nadie nace de la nada. Ni siquiera Adán y Eva, que están allá, en la historia bíblica, como símbolos de los orígenes. Todos los que habitamos este planeta tenemos algo que agradecer, algo que hemos recibido. Y, a partir de eso, debemos construir y cultivar. No podemos limitarnos a recibir; tenemos que dar, porque eso también enriquece.
Esa idea religiosa de dar sin esperar recibir tiene un fondo valioso. Despréndase de lo que pueda, porque todo eso vuelve. Y déjenme decir que yo estoy muy agradecido con mi universidad. Incluso en esta etapa de madurez, siento que estoy renaciendo. A mis 66 años, aspiro a la meta ambiciosa de llegar a los 100, es decir, vivir 34 años más. Pero lo importante es que no dejamos de ser, que seguimos en ese proceso de renovación. Yo sigo siendo el joven de Villas Agrícolas, el muchacho que empezó desde cero. Soy el mismo Robert de Salcedo, el Robertico de los cercanos, el Roberto de la universidad. Todo eso es el resultado de un camino.
Recuerdo cómo veía pasar a los jóvenes frente a mi casa en Villas Agrícolas. Yo estaba ahí, sin camisa, escuchando la vieja trova y leyendo. No solo leía lo que me pedían en clase, sino todo lo que caía en mis manos. Además, tuve el apoyo de una madre que alfabetizó a mi padre, pero que también, con su educación básica, siempre estaba leyendo. Ser un modelo en el hogar es fundamental. Ustedes no saben cuánto valor tiene que sus hijos los vean leer, aunque sea un periódico. Eso, en algún momento, se reflejará como un incentivo, un valor que ayudará a crecer a esa persona.
En la actualidad, vivimos en una época con tantas oportunidades. Pienso que hay muchísimo que compartir con las nuevas generaciones. Nosotros, como maestros de vocación, siempre queremos darlo todo, comunicarlo todo, enseñar todo. Pero el tiempo es un tirano, como dicen, y la síntesis no es una de mis virtudes. Aun así, quiero dejar esta idea para quienes son emprendedores, innovadores y buscan siempre el apoyo necesario para seguir adelante.
Como esta recuperación de Alejandro al colocarlo al frente de esto, siempre se necesitan personas así para estas tareas. Yo siento que, en parte, a nosotros nos corresponde precisamente tener la oportunidad de seguir sirviendo a estos jóvenes, a los profesores jóvenes de la universidad. Esos profesores jóvenes deberían contar con nuestro acompañamiento, una especie de tutoría. La universidad carece de un sistema de tutoría, al igual que los alumnos, quienes también la requieren. Deberíamos organizar mejor el apoyo a nuestros miles de estudiantes.
Entre todos nosotros, debemos comenzar por decidir cuáles requerirían mayor soporte, porque no todos lo necesitan. Con un buen estudio, podemos identificar a esos jóvenes que requieren apoyo y transmitirles constantemente experiencias valiosas. A los 66 años, se puede hablar de muchas cosas; hay tiempo suficiente para contar y hablar. Esta edad ofrece la oportunidad de cuestionar, preguntar y recibir orientación. Debemos convertir la universidad en un centro de orientación. Aunque existe un departamento de orientación profesional, no da abasto y no puede atender a todos. Es necesario crear una cultura de voluntariado entre el cuerpo docente de la universidad para que se convierta en una labor de extensión interna. Esto se suma a la función fundamental y sustantiva que realiza, proporcionando apoyo a la familia.
Si logramos reducir el 80% de fracaso entre los estudiantes —es decir, de cada 100, solo 20 egresan y 80 fracasan— y disminuir esa cifra gradualmente hasta un nivel razonable, considerando las limitaciones propias que la vida impone, esto sería una contribución significativa, especialmente en un país con tanta inequidad y desigualdad.
Es fundamental encontrar maneras de reintegrar a los profesores jubilados al entorno universitario a través de programas de tutoría y apoyo. Esto no solo mejora la vida de los jubilados, sino que también justifica la función social de la universidad. Después de retirarse, muchos enfrentan condiciones peores a pesar de haber dedicado su vida al trabajo. Un país que no reconoce estos sacrificios no merece llamarse tal. Si pudiéramos seguir integrando a estos jubilados en la comunidad universitaria, estaríamos aprovechando el potencial humano que, a pesar de la tecnología, sigue siendo vital.
El voluntariado en la universidad debe ofrecer condiciones adecuadas, como lo sugiere el programa de voluntariado de las Naciones Unidas. No se trata de un sacrificio romántico sin recompensa, sino de una contribución significativa que requiere apoyos mínimos.
En esta era tecnológica, la universidad debe abrir espacios para la interacción, utilizando la tecnología para expandir nuestras posibilidades. Debemos ver el futuro no como un mundo de autómatas controlados por la tecnología, sino como un espacio humanizado por la filosofía. La filosofía ha jugado un papel crucial en nuestra humanización desde los inicios y seguirá siendo esencial en el futuro para mantener la conciencia y la humanidad frente a los avances tecnológicos.
La inversión en tecnología no debe ser vista solo como un gasto, sino como una inversión en el futuro de la humanidad, asegurando la supervivencia y coexistencia pacífica de nuestra especie en el planeta. Estos esfuerzos deben ser parte de una visión a largo plazo que reconozca nuestra responsabilidad de vivir en armonía con nuestro entorno y abrir nuevas posibilidades para la vida futura.
Por último, la influencia de nuestros educadores desde la infancia hasta la universidad es imborrable. Recuerdo con especial afecto a mi profesora Ana Victoria Brach en el tercer curso de la básica, quien me enseñó el respeto por la naturaleza y la admiración por la vida. Estos valores fueron reforzados por profesores de historia en la educación media, quienes me inspiraron a valorar la historia y eventualmente me llevaron a estudiar sociología y filosofía.
Porque nunca he sido filósofo; he sido un estudiante de filosofía toda mi vida. Cada uno de los profesores ha jugado un papel importante aquí, en la Universidad Autónoma. El profesor Luis Gómez, de la Escuela de Sociología, fue un docente que nos marcó para siempre. La profesora Ivanna Yuso tenía un pensamiento complejo y aunque era difícil entenderla, nos comunicaba mucho. Yo desarrollé habilidades en política, y en cada lugar al que llegaba, me nombraban secretario de actas. Esa habilidad de escribir mientras otro habla, similar a la de un intérprete o traductor, me ha servido para toda la vida. Estudié en una universidad sin libros, por lo que era necesario tomar notas de lo que decía la profesora o intentar grabar sus palabras sin disponer de un grabador. No teníamos recursos, así que debíamos escribir y copiar todo. Con Ivanna, mis compañeros venían a mi casa a estudiar porque yo lograba capturar bien las pausas y los puntos importantes de sus cátedras, especialmente cuando no disponíamos de libros.
Otro profesor que me ayudó mucho fue Max Fernández. Esto es algo que quisiera transmitir a los profesores de la OEA y a los de la universidad. Hace unos años doné mi biblioteca a la universidad sin hacer ruido sobre ello. Perdí mi primera biblioteca durante mi primer divorcio; se quedó con mis hijos y su madre, y me quedé sin ningún libro. Desde los años noventa, reconstruí mi biblioteca con libros que pude recoger, recibir, comprar y aquellos que obtuve en eventos internacionales. Doné todo a la universidad. Incluso construí una gran biblioteca con mi fundación “Manos que Educan”, un proyecto de voluntariado para la alfabetización en el país. Tomé una provincia como mi área de enfoque, y llegué tan lejos como pude, ayudando a comunidades como Cayetano Germosén, entre otras.
En esa fundación, muchas personas, incluidos mis hermanos, donaron libros. Entonces pensé: ¿qué hago con todos estos libros si no están siendo utilizados? Imagina que un joven de cualquier parte del país encuentre esos libros de arte que mi hermano trajo de Roma, libros de literatura latinoamericana, y textos de educación superior. Fui delegado en muchas conferencias de la UNESCO, donde recibía donaciones de libros. ¿Qué hago con todos estos recursos si no los estoy utilizando tanto como debería? Así que los doné a la universidad junto con una carta explicando que también estaba entregando el patrimonio de Daniel, quien cuidaba y administraba la biblioteca. Daniel, el más joven de mis hermanos con síndrome de Down, catalogó e indexó esos 5000 libros con un sistema que permitía saber todo sobre cada libro, desde el país y el autor hasta el número de páginas y la editorial. Fue un trabajo de tres años.
Finalmente, cuando doné esos libros a la universidad, los dejé con una estructura que permite saber exactamente qué se está entregando como patrimonio bibliográfico. Así, los profesores y estudiantes pueden desprenderse de sus colecciones personales, dejando solo aquellos clásicos que necesitan para consulta inmediata, y utilizar la biblioteca para todo lo demás. No sé si han visto la película “Fahrenheit 451”, que habla de una sociedad que perseguía los libros para quemarlos. Los bomberos en esa sociedad no apagaban fuegos, sino que quemaban libros. La resistencia consistía en memorizar libros para salvar el conocimiento. Esa película me impactó enormemente, mostrando el valor del aprendizaje y los recursos. Esto solo tiene sentido cuando hay un lector. Si un libro pasa 300 días en un anaquel y solo se usa durante los 65 días que tardas en leerlo, ese libro debería estar en otro lugar, y tú deberías estar leyéndolo durante los días que necesites. En la sociedad del futuro, también veo un enfoque similar.
Evidentemente, con todos esos recursos de ciber y tecnología, llegará algún día en que los libros no serán físicos; te inyectarán o te pondrán una cosita para que los absorbas por ahí. No estarán toda la colección de los clásicos, aquella de mi madre que lo cogió fiado y pagaba cada 15 días. Un señor que pasaba por allá cobraba por eso. Era la colección marrón, la marrón, eran como 12 tomos, el primero La Ilíada, sí, exacto, todo lo que abarcaba, completo, el Paraíso Perdido, todo. Hemos hablado, profesor, de libros, de maestros, ahora nos falta hablar de autores. Entre sus múltiples lecturas, usted nos ha hablado de José Martí, que es un maestro no solo del pensamiento, sino muy especialmente de la lengua. ¿Con qué gracia, con qué hermosura, con qué riqueza verbal escribía Martí! Dios mío. Pero además de Martí, ¿qué otros pensadores, ya del ámbito de la sociología, ya del ámbito de la filosofía, siente que le impactaron de una manera especial o que le siguen impactando? Porque usted ha mencionado, por ejemplo, en dos ocasiones a Thomas Hobbes y su Leviatán, retomándolo en la Edad de Oro, trabajar el valor de los héroes, los mártires, el símbolo de esos grandes ideales, o sea, ese poder de comunicación con la infancia para explicar valores tan complejos. Cuánto mérito. Busquen, no sean rebuscados, jóvenes. Busquen la vía más sencilla de comunicar. Lo importante no es lo bonito como usted se escucha, lo importante es si el otro puede comprender y entender lo que se le plantea, lo que se le dice. Michael Foucault y Antonio Gramsci han sido dos de los grandes pensadores que más me han influido en la parte de la literatura política, evidentemente que la obra del “Capital” y los clásicos de Lenin, pero principalmente los libros que recogen los grandes debates en la construcción del partido obrero socialdemócrata ruso que devino posteriormente en el PCUS, en el partido comunista, me impactaron mucho. Por ejemplo, el hecho de que este hombre, cuando escribía, tomaba en cuenta hasta el gesto que hacía su contraparte, el que estaba haciendo uso de la palabra, cuando registraba su punto de vista a discutir, te ponía entre paréntesis el gesto, la risa, el detalle tal. Me enseñó a valorar algo más que la forma, algo más que el contenido, mirar el significado que puede tener la comunicación gestual en un debate. Es decir, cuando yo leía a Lenin, yo no leía solo el problema. Por ejemplo, en “Qué hacer”, el tema de si era más importante la economía que la política o si la ideología o la política, que fueron dos grandes temas de discusión permanentemente en toda mi formación y la práctica política que tuve. Siempre hubo dos grandes líneas de pensamiento respecto a si había que darle más importancia a la formación ideológica o si había que darle más importancia a la construcción política. Entonces, lo que siempre mirábamos desde la visión de los chinos, decía yo, y desde la visión leninista de llevar desde fuera del intelectual, llevando desde fuera la formación de las masas y la construcción del partido, yo siempre decía que en el largo plazo, el camino era la ideología porque nadie puede transformar lo que no conoce y nadie puede construir nada permanente que no esté sustentado en las ideas. Entonces, si las masas no tenían conciencia de sí mismas, de sí y para sí, las dos condiciones, si no tenían esa formación, no era posible que ellas pudieran sostener en el tiempo la transformación y podría suceder lo que sucedió: todo ese mundo de transformación devino en un retroceso y terminó creando burocracia donde debía haber igualdad, verdad, o sea, autoridad de nuevo donde debía haber libertad. Es decir, donde una vieja discusión que tuvimos nosotros en la universidad, no sé si la recuerda, Vero, respecto al tema del poder, discutimos una vez, tú no te recuerdas seguramente, hablamos de cómo el poder envilece, cómo el poder, o sea, la ideología por encima del tema del ejercicio de la política de las cosas, y eso. Entonces, en el caso de Gramsci, me impactó porque me permitió comprender que el sujeto puede hacer vida de compromiso social y político más allá de ser parte de un partido. Es decir, cuando tú eres un militante de un partido, tú te crees que toda la sociedad tiene que pasar por él, tiene que ser como él, tiene que ser parte de él y no es así. La existencia humana te abre la oportunidad de ser el hombre más comprometido, la mujer más comprometida alrededor de una idea o de una causa sin que tengas necesariamente que ser un militante de un partido. Es más, quizás la única posibilidad que hay de pensar en todo es cuando tú trasciendes ese punto y tienes que alejarte de una actitud ciega militante que termina siendo fanática, que termina haciendo distorsión de la conciencia respecto a que tú eres solo la representación, verdad, de una soberanía que no te corresponde, que te descansa en lo que tú representas que está en otro, en el otro. Entonces, en el caso de Gramsci, me permitió dar el salto de mirar hacia el mundo académico, abandonar la militancia partidaria que yo tuve desde tan temprana edad y dedicarme a ser un hombre de compromiso social, un ente que promueva la transformación y el cambio donde quiera que yo esté, independientemente de que no esté militando en ningún partido político. Incluso, quiero… Y en el caso de Foucault, la otra parte fue que me permitió una ruptura porque a veces uno, en toda esa formación ideológica y política, también termina en algún momento siendo dogmático. Entonces, Foucault me rompió el dogmatismo cuando me enseñó que no solo la continuidad es importante, sino también la ruptura, cuando tú puedes valorar la diferencia. Ahí está el valor de las cosas, no es en la continuidad de ellas. El significado incluso de las cosas puede estar precisamente en aquello que lo hace distinto, aquello que lo interrumpe, que no le da la continuidad. Entonces, recibí a Foucault en la maestría en educación superior en la década de los 80, la primera promoción, como citaste, que para mí fue una gran escuela. Yo no he recibido, ni siquiera en la carrera de sociología, una, o sea, competencia, como se habla ahora, elogio del desarrollo de la formación por competencias para yo desarrollarme en la vida de la educación superior, de lo que ha sido mi historia personal en el mundo de la universidad y la educación superior, que no recibí más contribución a mi formación intelectual que la que yo recibí en esa maestría de esos 3 años, esos años y tantos que pasamos en esa maestría recibiendo de grandes pensadores la formación en educación superior. Esos autores, Foucault, los conocí en trabajos que me pusieron profesores de ese momento, Max Pui fue un gran profesor nuestro también, el un excelente maestro que nos marcó significativamente. Yo no quisiera que cerráramos esta conversación, que yo no sé qué conversación porque parece más un monólogo, yo hablo mucho. Bueno, es un poco la idea del profesor porque el profesor Silverio, lo que quiere es un poco prestar estos canales para que quede el testimonio de usted que es la personalidad, nosotros aquí estamos como parte del decorado, más bien. Yo no quisiera, en esta ubicación en el tiempo que ustedes me han hecho, me han dado de mirarme, mirar esto como una contribución de que miren su pasado y miren allá a ver si sirve para algo, lo que luego se estarán riendo de nosotros tal vez de todo esto pero en el futuro, pero, que esa visión, ustedes lograron muy bien colocarme a mí en actitud respecto al futuro, por lo menos eso. Exacto, bueno, como yo veo a J ahora, la que me impide
el mirar quizás una recomendación de corto plazo que a mí me gustaría hacer para lo que sería el futuro inmediato, la generación de hoy que está construyendo ese futuro inmediato sin lo cual el futuro está aquí. Hoy no está en mañana, es aquí que está, o sea, está en potencia pero también está en acción. Entonces están aquí las dos cosas, el a mi universidad, o sea, decir una, la comunidad académica de la universidad, las autoridades actuales de la universidad, Señor Rector Bertrán me pidió que quería hablar conmigo un día, ahora después de la rectoría, me dijo que quería una ayuda, él fue vicerrector administrativo en el periodo que yo fui rector, nos conocimos y además de eso fue decano de ciencias cuando yo era vicerrector docente en un momento de reformas en la universidad, claro, en el año 99 a 2002, y él fue una pieza clave.
Fue la primera persona a quien llamamos cuando vimos la necesidad de que la UAS viviera un proceso de reforma. Dijimos: “Hace falta buscar a alguien que nos dé soporte”. Siempre fue un hombre administrativo, de negocios, del mundo empresarial y de la administración, pero también un gran académico. Hay que reconocer que era un buen físico, constantemente esforzándose por demostrarnos su capacidad en esa área. Lo pensamos inmediatamente como alguien que podía ser un gran apoyo para un posible proceso de reforma en un momento en que la UAS parecía no avanzar. El rector en ese entonces, Miguel Rosado, el ya fallecido Rosado, estaba muy presionado por los conflictos internos y los intereses particulares. Decidimos llamarlo. Él me recordó eso y me dijo: “En aquel período de reformas estuvieron tú, Valerio y otros más muy involucrados en el tema. Me gustaría que la universidad pueda mejorar y quisiera que me ayudaras con el tema de la reforma”.
En este momento estoy asumiendo tareas que me he impuesto. Veo problemas y digo: “Esto lo tengo que trabajar”. Por ejemplo, estoy trabajando con los estudiantes que están fracasando académicamente. He creado un inventario de todos los que están en baja académica o en condiciones difíciles. Hice una propuesta que ya está avanzando en DIGEP y DIPLÁN, y los técnicos están dándole forma al proyecto. Incluye orientación para todos esos jóvenes, pero lo que he planteado es que la universidad está perdiendo sentido de misión. Solo abre sus puertas para que los profesores mantengan docencia y los estudiantes sigan aquí sin avanzar. Es como si el objetivo fuera que se queden adentro, cuando no debería ser así. Los resultados no pueden conformarnos cuando los jóvenes pasan nueve o diez años dando vueltas y apenas uno o dos logran egresar, mientras el resto queda en el camino, como espermatozoides: millones fracasan y solo uno alcanza la meta. Esto no es aceptable.
Si la universidad tiene una misión, un propósito, una responsabilidad trascendental con la nación dominicana, está obligada a generar respuestas. No es justo que llame a los más necesitados y luego les dé el peor trato solo porque no tienen otra opción. Aquí no hay que salir a buscar estudiantes, salvo en áreas como filosofía, donde sí es necesario convencer a la gente de estudiar. Recuerdo que cuando le dije a mi madre que iba a estudiar sociología, ella me preguntó: “¿Por qué no te haces maestro primero, para que tengas algo seguro, y luego haces lo que quieras?” Ella veía la sociología como una carrera con pocas oportunidades, y lo mismo se pensaba de la filosofía. Sin embargo, hoy en día, el filósofo tiene una gran demanda, porque lo que más se necesita es alguien que dé sentido holístico a las cosas.
El rector me dijo que quería que me incorporara a la comisión de reforma, pero mi papel será el de acompañante, no el de líder. En nuestra generación, siempre hemos sido acompañantes, pero nos involucramos en lo que sea necesario. Si hay que lavar platos, los lavamos. No somos pensadores que se quedan en la teoría. Asumimos los procesos de manera directa porque, al final, lo que cuentan son los resultados. Estos resultados deben estar asociados a un propósito y a un compromiso profundo con la transformación. Ahora me corresponde ser un buen segundo, porque en su momento, él lo fue conmigo. No puedo suplantarlo ni competir. La universidad que imagino trasciende lo que soy como ser humano. Es una universidad responsable, crítica, pública, formadora de conciencia social y fuerzas transformadoras.
Cuando piensas desde la razón, el intelecto y el conocimiento experto, trabajas construyendo nación. Esto trasciende a cualquier rector, porque tres años en el cargo son apenas una gota de agua. La universidad siempre necesitará transformación; el cambio es inherente a su naturaleza. No puede quedarse atrapada en un conservadurismo institucional que la convierta en un cementerio, donde la paz absoluta signifique estancamiento. La paz más grande es la del cementerio, donde nada cambia, pero la universidad no puede aspirar a eso. Necesita un nuevo espíritu, una nueva conciencia que la reconstruya. La universidad de hoy debe decidir qué hará. La sociedad dominicana necesita una UAS que le diga al país hacia dónde debe ir.
El país está dividido, fragmentado, enfrentado en luchas de intereses y presiones del mercado. Esto no ocurre solo a nivel local, sino también en un contexto global caracterizado por la incertidumbre. Y frente a la incertidumbre, lo que brinda certeza es el conocimiento, que reside en la universidad, la casa de la ciencia. Este debería ser el lugar al que todos acudan, un oráculo donde se busquen respuestas. Incluso las universidades privadas deberían venir aquí a aprender cómo somos, qué hacemos y quiénes somos. La educación, constitucionalmente concebida como un bien social sin fines de lucro, no puede ser vista como un negocio privado. Aunque pueda gestionarse con criterios de eficiencia, debe mantenerse fiel a su naturaleza como un bien social.
En este marco, la universidad debe recuperar su espacio como mandataria de la ciencia, del conocimiento y del poder que esto otorga. Hoy enfrenta una gran competencia de los centros de investigación que se desarrollan paralelamente a ella, y corre el riesgo de que el conocimiento se forme en otros espacios. Por ello, debe fortalecer su sistema de investigación y alinearlo con las necesidades de la sociedad. Los gobernantes deben comprender que la universidad no es simplemente una obra o un presupuesto más. Es una institución estratégica, esencial para el cambio y el desarrollo social, que merece todos los recursos necesarios para cumplir su misión.
Esta realidad requiere, al mismo tiempo, que quienes estamos dentro rindamos cuentas para justificar lo que se invierte y se hace. Al final, todo tendría sentido solo si cumple con su misión. Pero eso requiere un cambio, porque la manera en que está articulada la gobernanza, cómo se eligen las autoridades, necesita transformarse. Hoy en día, yo no podría ser candidato a rector en esta universidad. No puedo ser candidato a regidor del país habiendo sido rector de la UAS. No puedo porque el sistema está diseñado como un mercado que implicaría gestionar recursos de una forma que negaría quién soy, cómo pienso y lo que creo. Tendría que realizar una gestión de recursos mayor que lo que podría retribuirme el ejercicio de una posición. Entonces, uno se pregunta: ¿para qué lo voy a hacer? ¿Para servir a esos intereses que se reparten la universidad como si fuese un mercado? ¿Para responder a quienes financian, a aquellos que esperan favores o retornos?
Se requiere una reingeniería interna que parta desde una visión de compromiso social de la universidad. Esto es trascendental, y aquí es donde la filosofía tiene un papel crucial. La Escuela debe enseñar al resto de la universidad que no hay posibilidad de cambio sin una visión holística de la realidad. Este cambio no se logrará con la lógica simple de modelocompetencias o la rutina que reproduce el sistema actual de gobernanza. Incluso lo que se logra avanzar con esfuerzo se pierde posteriormente, cuando desaparecen los actores que sustentaron esas mejoras.
La alternancia es una virtud de la universidad, pero incluso en eso hay distorsiones. La política ha llevado a la universidad a adoptar modelos de actuación que no le corresponden, traduciendo prácticas políticas al ámbito universitario, lo que es un error. Necesitamos un modelo académico sólido, pero no academicista. La academia debe jugar su papel político como orientadora y agente de cambio en la sociedad. Esto es algo que aprendí de Vasconi al estudiar cómo el currículo organiza la realidad en forma de conocimientos. Un abogado, un médico, un ingeniero, un sociólogo o un filósofo que egresa de la universidad debe salir con una visión de cambio y compromiso social, articulado a un estado social democrático de derecho, tal como lo establece nuestra Constitución.
En este contexto, la UAS debe desempeñar su rol no como pedestal, sino como herramienta al servicio de la sociedad. Debe recuperar su sentido académico y reconstruir su mecanismo de gobernanza interna para garantizar que quienes gestionan la universidad sean responsables del valor más preciado que posee: su autonomía. La autonomía es el logro histórico que permitió a la universidad certificarse como la institución que determina quién sabe, dejando atrás el control de los gremios artesanales y la política estatal. Sin embargo, hoy esa autonomía está en peligro debido a la intervención externa que busca dirigir la universidad según intereses particulares.
La universidad debe repensarse como un proyecto de nación, cultural, académico, social y político. Su misión es formar un componente humano con competencias desarrolladas a través de la investigación y la formación, trabajando en la transformación de la sociedad. Sin embargo, este proceso está incompleto. La reforma necesaria no debe costar sangre, porque ya no hay justificación para seguir promoviendo viejos esquemas. El cambio debe impulsarse con una visión revolucionaria, continuando el proceso de transformación más allá de las edades biológicas de quienes lo lideran.
Hoy, la universidad se encuentra atrapada en pequeñas querellas, aspiraciones limitadas y procesos que no funcionan. Los intelectuales que ejercen su opinión en diversos campos no están pensando en su universidad como objeto de investigación. La universidad se ha negado a pensarse a sí misma. El día a día la está agotando, mientras pierde áreas de influencia y funciones básicas, dejando de cumplir su misión y propósito.
En este momento, es crucial regresar al mérito. Sueño con una universidad acreditada, pero no por cualquier organismo externo. No se trata de que alguien venga a decirnos que somos buenos; debemos estar convencidos de que lo que hacemos es bueno, y que la evaluación externa simplemente confirme si lo estamos haciendo correctamente. La universidad debe construir un pensamiento propio que oriente su desarrollo en un sentido claro y transformador.
A pesar de la pérdida de valor en ciertos aspectos, la autonomía sigue siendo fundamental. Es la única institución, junto con algunas otras como la iglesia, que puede opinar y actuar en la sociedad desde la razón, por encima de intereses particulares. En el plano terrenal, es la universidad la que debe dar el paso hacia el cambio. No puede ser que llegar a ser rector o decano requiera cientos de millones de pesos. Este modelo debe revisarse y ajustarse para centrarse en los méritos.
La gestión del conocimiento no debe ser un sistema cerrado, sino una comunidad de pensamiento que aborde la realidad de manera multidisciplinaria, transdisciplinaria e interdisciplinaria, buscando soluciones sostenibles. Sin embargo, la universidad está atrapada en trincheras, con cada grupo defendiendo su territorio, lo que obliga a los rectores a rodearse de equipos cerrados para manejar los problemas inmediatos. Mientras tanto, la universidad sigue sin una misión clara y cada quien piensa en su propio derecho adquirido.
Es urgente transformar esta situación y devolverle a la universidad su propósito como motor de cambio social y cultural, cumpliendo con su misión de servicio a la sociedad y su rol en la construcción de una nación más justa.
El ejercicio de control y dirección en la universidad se ha convertido en algo procesual, donde las acciones, una vez salen del despacho de quien las dirige, pierden su sentido si no se articulan dentro de una cadena de procesos orientada a resultados. Por esta razón, el estudiante no está en el centro de las preocupaciones de la universidad. No se le observa como el sujeto clave para analizar qué está ocurriendo con él. En cambio, se priorizan las sesiones, los profesores, los horarios y otros aspectos logísticos.
Hace dos o tres años construí una curva que analiza el comportamiento de la matrícula estudiantil en el país desde 1956 hasta la fecha. Esta curva, que actualizo cada semestre, reveló un fenómeno interesante: al incorporar la variable género, observé que entre 1984 y 1985 la tendencia cambió. En ese momento, comenzó a haber un aumento significativo de mujeres, mientras que la matrícula masculina descendía. Este cambio, que visualicé como un cono en la curva, muestra que actualmente la matrícula estudiantil de la UASD está compuesta por un 71.8% de mujeres y un 28.2% de hombres.
La feminización de la matrícula es un fenómeno latinoamericano e internacional, pero aquí no hemos reflexionado lo suficiente sobre sus implicaciones. En la UASD hay 167,717 estudiantes, y al aplicar esta proporción de género, resulta evidente la necesidad de abordar las diferencias en las causas del fracaso académico entre hombres y mujeres. Además, al considerar que el 70-80% de los estudiantes tiene menos de 30 años, surge otra pregunta crucial: ¿cómo están resolviendo los problemas básicos estos jóvenes, como la necesidad de toallas sanitarias o el manejo del embarazo adolescente? Por ejemplo, si el 2% de las mujeres jóvenes estudiantes queda embarazada, estamos hablando de aproximadamente 4,000 estudiantes en esta condición. Esta cifra equivale a la matrícula completa de muchas universidades privadas en el país. Sin embargo, ¿quién está pensando en estos estudiantes? ¿Cuántos de ellos no logran reinscribirse cada semestre? ¿Cuántos están en carreras críticas como filosofía, sociología, estadística, biología o matemáticas puras?
Actualmente, tenemos apenas 37 estudiantes inscritos en la carrera de filosofía. Dos estudiantes en esta carrera no son insignificantes; su situación merece la misma atención estratégica que cualquier otra, considerando que la UASD no puede darse el lujo de abandonar disciplinas fundamentales como filosofía. Pensadores como Sócrates surgieron en contextos mucho menos favorables que el nuestro, lo que demuestra que es posible formar grandes intelectuales aquí, como lo fue Pedro Henríquez Ureña. No podemos permitir que estos pocos estudiantes sean abandonados.
La universidad necesita reinvertir su lógica de prioridades y rediseñar su estrategia para identificar actores prioritarios, colocando al estudiante en el centro de sus metas estratégicas. Los planes operativos anuales deben formar parte de un proyecto estratégico más amplio, con una visión a largo plazo que guíe el día a día hacia el cumplimiento de su misión. Sin embargo, la universidad ha perdido la noción de sistema y el valor de la integración de sus elementos. Este elefante llamado UASD requiere un cambio fundamental en su visión y conducta. Es necesario revisar su misión no solo en términos conceptuales, sino también en la práctica de cada función y acción que realiza.
Sueño con una universidad diferente, una institución que para su quinto centenario en 2038 o en los escenarios del bicentenario de la República en 2044 tenga el reconocimiento, prestigio y respeto que merece. Yo viví destellos de esos momentos cuando fui rector. Como presidente de la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL), logré que esta universidad fuera reconocida nuevamente a nivel internacional. En mi gestión, prioricé una reingeniería que transformó espacios como el Aula Magna, la biblioteca y los centros regionales. Estos cambios no solo fueron logísticos, sino también simbólicos, mostrando que la universidad podía renovarse y liderar.
Un ejemplo significativo fue mi trabajo con el Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA), una de las redes de universidades públicas más eficientes del mundo. Convencí a sus miembros de que el Caribe debía incluirse en su nombre, ampliando su alcance y relevancia. Este tipo de liderazgo estratégico es lo que necesitamos para que la UASD recupere su papel protagónico como institución académica transformadora, con una visión clara de su misión y un compromiso renovado con el desarrollo del país y la región.
Los acuerdos creados con Centroamérica y el sistema interamericano han generado vínculos importantes entre Estados. Logré que se modificaran los estatutos del CSUCA para que universidades fuera del territorio físico de Centroamérica, como la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), pudieran ser miembros de pleno derecho, aunque estuvieran en el Caribe. Así, la UASD pasó de ser miembro observador a miembro de pleno derecho del CSUCA.
Recuerdo un momento clave al finalizar mi mandato en el CSUCA, cuando había que renovar un convenio con Alemania por cinco millones de dólares para programas de titulación de docentes. Alemania proponía transferir esos fondos a los gobiernos de Centroamérica en lugar de mantenerlos en las universidades. Me pidieron que viajara a Alemania para defender la continuidad del convenio. Estuve en el Ministerio de Economía alemán, sentado en una gran mesa donde todo se discutía en inglés. Aunque leo inglés, no lo hablo con fluidez, así que decidí expresar mis ideas en español, mi lengua materna. Les expliqué que desmontar ese convenio sería un grave error. Las universidades son las instituciones más autónomas de los Estados nacionales y las que realmente llegan a la gente que lo necesita. Defendí la importancia de que esos fondos se mantuvieran en las universidades, y logramos renovar el acuerdo.
Durante mi rectorado, firmamos convenios internacionales en países como Corea del Sur, Taiwán, España, Inglaterra y otros. Se me criticó por realizar 67 viajes en tres años, pero esos viajes abrieron las puertas para una dirección general de internacionalización en la UASD. Hoy en día, una universidad no puede existir sin internacionalización. La movilidad académica de estudiantes y profesores, así como el intercambio de conocimiento, son esenciales para el desarrollo de las ciencias y el pensamiento global.
La UASD debe mirar hacia el mundo, integrándose en un contexto global. Es fundamental recibir estudiantes y profesores de Asia, Europa, Estados Unidos y América Latina, tanto de manera presencial como virtual. También debemos aprovechar el conocimiento de figuras intelectuales internacionales para ofrecer conferencias y programas de alto impacto desde nuestra universidad.
En mi gestión, enfrenté decisiones difíciles, como firmar un convenio con Taiwán en medio de tensiones diplomáticas. Ese acuerdo permitió la modernización tecnológica de la UASD, incluyendo la plataforma de inscripción y gestión administrativa. Aunque tenía mis reservas, entendí que mi responsabilidad era con la universidad y su desarrollo. Esta capacidad de actuar con autonomía, incluso frente a intereses políticos, es lo que distingue a la UASD como una institución estatal, pero autónoma.
La UASD debe mantener y fortalecer esta autonomía, construyendo relaciones internacionales y ejecutando proyectos que impulsen su misión. Siempre he dicho que es preferible iniciar acciones concretas antes de formalizar acuerdos, para asegurar que los compromisos se cumplan de manera efectiva.
A medida que avanzamos, la universidad necesita un cambio fundamental en su visión. Debemos ampliar nuestra matrícula, recibir estudiantes de todo el mundo y establecer conexiones con figuras intelectuales globales que enriquezcan nuestra oferta académica. La UASD debe ser un referente internacional en educación superior, capaz de integrar pensamiento y recursos para generar impacto social y cultural.
Hoy, hablo desde el presente hacia el futuro, como un Sócrates que defiende firmemente los valores y propósitos de esta institución. Mi esperanza es que, dentro de 100 o 200 años, la UASD sea reconocida por su prestigio y liderazgo. Esta universidad es la primacía más importante de la República Dominicana en la sociedad del conocimiento. Más allá de su historia, su futuro debe ser motivo de orgullo para todos.
Agradezco profundamente la oportunidad de continuar sirviendo a la UASD, una institución que sigue siendo parte de mi vida. Me emociona ver cómo se mantiene vital y comprometida con su misión. Invito a las generaciones actuales y futuras a construir sobre este legado, transformando la universidad en un espacio que responda a las necesidades de su tiempo y continúe enriqueciendo la sociedad.




