Dr. Alejandro Arvelo
Hoy es miércoles 4 de octubre de 2023, siendo las 10:21 de la mañana. Nos encontramos en el despacho, como ya es costumbre, del señor director de la Escuela de Filosofía para dar continuidad al programa Archivo de la Voz de la Escuela de Filosofía. Hoy tenemos el honor de contar con una de esas figuras de referencia, a pesar de su juventud: el profesor Francisco Alexis Viloria.
El profesor Viloria es un activo intelectual de esta escuela, con una extensa obra científica y filosófica publicada en revistas, periódicos y libros. Uno de sus últimos aportes es el texto que tenemos sobre la mesa: Lecturas y Textos de Filosofía: Ciclo Básico, elaborado junto al doctor Ángel Moreta.
El profesor Viloria es egresado de la Escuela de Filosofía, así como de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Además, posee un doctorado en pedagogía, sociología y filosofía. Es reconocido como metodólogo y experto en evaluación curricular, habiendo dirigido evaluaciones curriculares en la UASD y otras instituciones de educación superior del país. Actualmente, se desempeña como viceministro para la acreditación y evaluación curricular del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología.
Para nosotros, en nombre de la gestión encabezada por el profesor Eulogio Silverio, es un motivo de gran orgullo compartir la condición de profesor de esta escuela con una persona que, aun siendo joven, tiene una trayectoria académica marcada por la excelencia y la dedicación. Su presencia en cada evento, su constante trabajo en investigación, y su vocación docente reflejan un compromiso ejemplar.
En el profesor Viloria convergen la profundidad del pensamiento y una visión clara del presente, como si fuera una suerte de “centauro ontológico”: con la cabeza entre las nubes, pero con los pies bien plantados en la tierra. Bienvenido, profesor Viloria, al programa Archivo de la Voz de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Mtro. Juan Francisco Viloria
Gracias, doctor Arvelo y profesor Eulogio Silverio. Para mí es un honor, un gran placer, y algo que no tengo palabras para expresar plenamente, que me hayan invitado a participar en este espacio. Este programa busca recuperar la memoria de la Escuela de Filosofía a través de sus actores fundamentales: sus profesores e investigadores.
Siempre me he preguntado, y ahora veo que ustedes ya han tomado la iniciativa, por qué las demás escuelas de la UASD, como Historia, Letras, Sociología, Física, Química, Ciencias de la Salud, Ingenierías, y Educación, no hacen lo mismo. Este tipo de programas registra las historias de vida y la memoria de su personal académico, grabándolas para la posteridad y para el presente. Lo que ustedes están haciendo vale oro, no solo para la Escuela de Filosofía, sino para toda la universidad.
Dr. Alejandro Arvelo
El profesor Silverio tiene clara la trascendencia de este programa, no solo para el presente, sino con vocación de eternidad. Como se trata del Archivo de la Voz y de registrar su trayectoria académica y vital, nos encantaría comenzar este diálogo escuchando de su propia voz: ¿Quién es Alexis Viloria? Más allá del nombre y del renombre académico, ¿quién es usted? ¿De dónde viene? ¿Quiénes fueron sus progenitores? ¿Qué lo llevó a elegir una carrera humanística y a abrazar el sacerdocio docente?
Mtro. Juan Francisco Viloria
Es una pregunta muy interesante. Nunca me habían hecho esa pregunta antes. Soy una persona de origen humilde, nacida en un campo de La Vega, en el corazón del Cibao. Mi comunidad se llama Carrera de Palmo, cerca del Santo Cerro, un lugar histórico dentro de la cultura religiosa de nuestro país.
Me crié con mis padres y mis abuelos, rodeado de mi familia cercana. Mi padre, oriundo de La Vega, se llamaba Juan de la Cruz Viloria Santos. Mi madre era mocana, nacida en La Guazuma, en Moca. Mi abuelo materno, Francisco Antonio Santos, también era mocano.
Mi infancia transcurrió entre La Vega y Moca. Durante el periodo escolar vivía en La Vega, y en las vacaciones me trasladaba a Moca. Frecuentemente, acompañaba a mi abuelo a llevar víveres a su familia en el campo. Recuerdo que su padre murió a los 98 años, y su madre a los 105. Mi abuelo también vivió hasta los 105 años, al igual que mi madrina, mientras que otra de sus hermanas, llamada “la Niña”, llegó a esa misma edad. Mi familia tiene una notable longevidad.
En nuestra casa, había un fuerte sentido de solidaridad, tanto entre familiares como con los vecinos. Cualquiera que llegara buscando refugio o necesitando ayuda era bienvenido. Había un rancho grande donde podían alojarse, y siempre se les ofrecía comida. Una vez, un hombre llegó para pasar una noche lluviosa y terminó viviendo con nosotros por 22 años.
Era una familia de ideas políticas liberales. Tuve dos tíos antitrujillistas que estaban vinculados a corrientes socialistas y liberales. Uno de ellos, Sócrates, era poeta y narrador. Publicó cuentos en el suplemento literario del periódico El Caribe, dirigido por Doña María Ugarte, y también escribió poesía, dejando varios libros publicados.
Herede su pequeña biblioteca, y mi madre solía decirme que, en lugar de jugar en la calle, debía leer los libros de mi tío. Tanto insistió que, poco a poco, comencé a leerlos. Encontré colecciones de revistas como Hora y la cubana Carteles. Mi abuela materna tenía un ejemplar de La Divina Comedia y una Biblia, que leía con frecuencia.
Mi padre, aunque solo cursó estudios primarios, era un hombre muy hábil e inteligente. Era ebanista, capaz de diseñar y construir muebles con gran destreza. Más tarde, se convirtió en profesor de la Escuela Radiofónica Santa María.
Recuerdo que, siendo un niño, veía a mi padre recibir los paquetes de materiales de la Escuela Radiofónica Santa María, que eran conocidos como esquemas. Él se dedicaba a enseñar y ayudar a las personas con sus tareas. La Escuela Radiofónica Santa María fue una de las primeras iniciativas de educación a distancia en el país, logrando un enorme éxito, especialmente en el Cibao.
Tenía otro tío, conocido como tío Chiche, el más pequeño de la familia de mi abuelo. Lo visitaba frecuentemente en Santiago porque los sábados estudiaba francés en la Alianza Francesa, aunque vivía en un campo de La Vega. Era siempre el primero en llegar a la clase, que estaba ubicada cerca de la calle El Sol y del parque que hay en esa zona. Después de clase, caminaba hasta Bellavista para visitar a mi tío y a mis primos. Cruzaba el puente Hermanos Patiño a pie, pasaba dos o tres horas con ellos y luego regresaba para pedir “bola” frente a la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) para volver a La Vega.
El dinero que me daban para los pasajes lo gastaba en periódicos y libros. Llegaba con todos los periódicos posibles, incluyendo los suplementos literarios de alta calidad que se publicaban en esa época. Comencé a coleccionar artículos políticos e intelectuales. Por ejemplo, tenía un archivo completo de los artículos de Juan Isidro Jiménez Grullón publicados en el periódico El Sol. También coleccioné los primeros 500 números de Vanguardia del Pueblo, que contenían artículos semanales de una página completa escritos por Juan Bosch.
Además, recibía todos los periódicos de izquierda que circulaban en el país, como Libertad y otros vinculados a movimientos comunistas. Leía tanto las secciones de economía y política internacional como los discursos de figuras políticas como Peña Gómez y Balaguer. Todo esto lo hacía por iniciativa propia, sin que nadie me lo pidiera.
Una vez, durante una visita a mi tío Chiche, me dijo: “Como a ti te gusta leer, toma este libro de filosofía. Tienes que aprender filosofía”. Me entregó un ejemplar de Fundamentos de Filosofía de Afanasiev, que todavía conservo. Más tarde, me regaló otro libro: Las Cinco Tesis Filosóficas de Mao Zedong. Así fue como comencé a leer filosofía, mucho antes de llegar a la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Durante este tiempo, me relacioné con el movimiento de clubes culturales. Fundamos un club al que llamamos Wilf, en honor a un primo mío que falleció en un accidente. Fui presidente de ese club, que agrupaba a jóvenes contemporáneos míos e incluso mayores. En el club, formamos un grupo de poesía coreada y montamos el poema Hay un País en el Mundo de Pedro Mir. Nuestra primera presentación fue durante una Pascua Juvenil celebrada en el Santo Cerro.
Más tarde, conocí personalmente a Pedro Mir y le conté nuestra experiencia con su poema. Le dije: “Don Pedro, lo montamos con una estética bastante fea”. Él se rió a carcajadas. Todavía conservo un pequeño ejemplar verde de Hay un País en el Mundo, que fue mi puerta de entrada al interés por la obra de Pedro Mir. Descubrí que no solo era un poeta, narrador y ensayista, sino también un filósofo, especialmente de la historia, como demuestra en obras como Tres Leyendas de Colores.
Cuando ingresé al bachillerato, los líderes de diferentes grupos estudiantiles intentaron reclutarme casi de inmediato. A los pocos meses, ya formaba parte de uno de esos grupos, lo que me permitió desarrollar un liderazgo político temprano.
En ese tiempo, me interesaban mucho la matemática y la física, pero también la literatura. Mi padre quería que estudiara ingeniería, pero finalmente me inscribí en la carrera de sociología. Mientras avanzaba en esta carrera, me matriculé también en filosofía. Iba cursando las materias poco a poco, influido por varios elementos, como la pequeña biblioteca que heredé de mi tío Sócrates y los libros de filosofía que me regaló tío Chiche.
Desde antes de llegar a la universidad, ya tenía una vocación docente, aunque no me lo propusiera. Los muchachos me llamaban “profesor” porque siempre les explicaba cosas y los ayudaba. Al llegar a la Universidad Autónoma de Santo Domingo, participé activamente en las actividades del Centro de Estudios de la Realidad Social Dominicana (CERES), dirigido por Luis Gómez.
Recuerdo haber participado en una jornada organizada por el CERES para presentar avances de investigaciones. Durante esa semana, Roberto Cassá presentó avances de su investigación, al igual que Pedro Mir, quien expuso sobre La Estética del Soldadito. Ese trabajo, más tarde, se convertiría en un libro. También estuvieron Isidoro Duarte y Andrés Corten, quienes hablaron sobre la condición de los trabajadores en la República Dominicana.
Me integré plenamente en la Facultad de Humanidades, participando en todas las actividades posibles. Desarrollé un interés especial por el pensamiento social dominicano y pasé mucho tiempo en la Biblioteca Central de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, especialmente en la Sala Dominicana. Allí tuve contacto con las obras de destacados pensadores dominicanos, como Andrés Avelino García Solano (Andrés Avelino Padre).
Leí su obra Problema antinómico para la fundamentación de una lógica pura. Al principio no la entendí, y cuando la releí, seguía siendo un texto complejo. Es una obra que exige una formación fina para ser comprendida, ya que aborda las corrientes fenomenológicas y neokantianas más avanzadas de su tiempo. Avelino planteaba una lógica basada en la significación pura, donde los juicios se entendían como relaciones entre significados. Dado que no podía expresarlo de otra forma, utilizó el lenguaje como medio para articular su teoría. Este era el núcleo de su propuesta.
También leí su Metafísica categorial completa y tomé numerosas notas. Su prólogo a La Cósmica de García de la Concha merece especial atención. Esta obra refuta, nada menos, que la teoría de la relatividad general de Einstein. García de la Concha propuso una teoría de la relatividad basada en el reposo, no en el movimiento, como planteaba Einstein. Avelino escribió dos prólogos para este texto: uno para el público general, sin fórmulas técnicas, y otro especializado, con terminología matemática y física avanzada. Es un tema que todavía no ha sido suficientemente estudiado y que merece atención.
Mi interés también abarcó la obra de Pedro Francisco Bonó. Comencé leyendo Papeles de Bonó, recopilados por Emilio Rodríguez Demorizi, y realicé un análisis sociológico de su obra El Montero. Ese análisis fue publicado en un periódico digital dirigido por Moreta, aunque creo que sería valioso publicarlo también en una revista académica.
Además, me interesé por otros autores dominicanos como José Ramón López y Federico García Godoy, así como por los primeros escritores vinculados al pensamiento socialista en la República Dominicana. Actualmente, tengo un libro en prensa, elaborado junto al profesor Ángel Moreta, titulado Las ideas socialistas en la República Dominicana. Este trabajo analiza la obra de Jacques Viau Chapuis y hace un levantamiento de publicaciones en los diarios nacionales sobre las ideas socialistas.
El libro también refuta la tesis de Bernardo Vega y Alejandro Paulino, quienes sostienen que las ideas socialistas llegaron al país con los inmigrantes españoles tras la Guerra Civil Española de 1936. Hemos encontrado evidencia de que ya había un pensamiento socialista en el país antes de esa época, con textos y artículos que datan incluso de la década de 1920 y antes. Por ejemplo, Juan Isidro Jiménez Grullón, en su obra Sociología política dominicana, volumen 1, menciona hojas sueltas publicadas en la década de 1890 por movimientos obreros que exponían ideas socialistas.
Recuerdo que usted, profesor, ha estudiado profundamente a Juan Isidro Jiménez Grullón, siendo su obra el tema de su tesis de licenciatura en filosofía. Por la profundidad y amplitud de ese trabajo, considero que no es una tesis de licenciatura, sino de doctorado. No entiendo por qué aún no se ha publicado como libro, ya que sería una valiosa contribución al pensamiento dominicano.
Un amigo nuestro, Aristófanes, era un gran admirador de esa tesis. Lamentablemente, falleció demasiado pronto, pero siempre hablaba maravillas del trabajo.
Fíjese cómo mi vida se fue configurando a partir de diversos elementos: mis estudios primarios en el liceo Don Pepe Álvarez de La Vega, mi participación en el movimiento estudiantil, mi inmersión en la política, y la influencia de una familia que siempre estuvo abierta a todo el que llegara. Ese ambiente humano y solidario fue determinante en mi formación.
Un elemento clave de mi trayectoria académica ha sido mi dedicación al estudio del pasado filosófico dominicano. Considero que, sin una apropiación adecuada de nuestro pasado, no puede haber una tradición filosófica sólida. Además, siempre he intentado mantener una actitud dialogante con otros autores que se han ocupado de los mismos temas.
Por ejemplo, en el caso del libro sobre las ideas socialistas en la República Dominicana, hemos dialogado con el trabajo de Bonó, quien, en su análisis de la condición de la clase trabajadora, ya se adelantaba a discusiones que luego encontramos también en Andrés Avelino.
Dr. Alejandro Arvelo
Pero volviendo un poco atrás, profesor, ¿la escuela o el liceo dejaron una huella significativa en usted? ¿Podemos decir que su vocación por las humanidades proviene únicamente de las influencias de su tío Sócrates, el tío Chiche, el profesor Fran, o del vecino que también era profesor? ¿O hubo algún docente, además de su padre, que ejerció como instructor de las escuelas radiofónicas, que marcó su pensamiento y perfil?
Y trasladando esta pregunta a su etapa como estudiante en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, tanto en Sociología como en Filosofía, ¿hubo alguna figura que influyera en usted? Hay que destacar que llevar en paralelo dos carreras tan exigentes como estas requería valentía y determinación, ya que ambas contaban con profesores de alta calidad.
Mtro. Juan Francisco Viloria
Sí, claro, hubo influencias importantes. En la escuela primaria tuve un profesor llamado Israel Acosta. Él fue un estímulo constante para mí; incluso, terminamos siendo amigos. Me prestaba libros, me recibía en su casa y se mostraba muy atento a mi desarrollo.
Cuando llegué al bachillerato, ya tenía cierta autonomía y ese espíritu lector propio de la juventud. Tuve excelentes profesores, como doña Ismenia, esposa de Hernando de la Mota. En La Vega existía esa tradición de profesores comprometidos. También conté con la amistad del profesor Petit Torres, historiador y geógrafo nacido en Salcedo, pero cuya vida y obra se desarrollaron en La Vega. Petit me invitaba a su biblioteca y marcó profundamente mi formación.
Recuerdo un intento por revivir el Instituto Vegano de la Cultura. Se organizó un grupo de jóvenes para reuniones, y me nombraron en una comisión para la publicación de una revista que recogería poemas, cuentos y ensayos de escritores emergentes. También se propuso organizar un evento sobre “los nuevos” en La Vega. La comisión estaba encabezada por don Mario Concepción, historiador y autor del libro La Concepción de La Vega.
Yo formaba parte de esa comisión. Como veía que la revista tardaba en publicarse, comencé a recoger poemas y cuentos entre los jóvenes escritores. Logré reunir un volumen casi completo, aunque carecía de un criterio editorial definido. Era más bien un esfuerzo impulsado por el espíritu cultural y creativo.
Recuerdo que, al salir del liceo, acostumbraba a parar frente al Ayuntamiento, donde don Mario trabajaba como secretario, y a insistirle sobre la publicación de la revista. Un día, después de varias visitas, me confesó: “Lo que pasa es que ustedes son marxistas, y por eso no se va a publicar la revista”. Fue un golpe fuerte para mí, pero lo entendí como un obstáculo más que debía superar.
Después de eso, vine a la capital y establecí contacto con Mateo Morrison, quien comenzó a publicar los artículos y poemas de los jóvenes en el suplemento Isla del periódico La Noticia. Este suplemento, que lamentablemente desapareció, era un espacio cultural valioso. Iniciativas como las del Archivo General de la Nación han trabajado para rescatar materiales similares, y creo que se debería hacer algo similar con esos textos.
Cuando llegué a la Universidad Autónoma de Santo Domingo, encontré una acogida muy buena tanto en Sociología como en Filosofía. En Filosofía, formamos un grupo con compañeros como Fran Acosta y Ángel Moreta, quien fue nuestro profesor en Sociología. Moreta nos hizo leer directamente a autores como Karl Popper, Hegel y Marx, abordando la lógica dialéctica en El Capital. Estas lecturas nos marcaron profundamente.
Moreta también nos permitía acceso a su biblioteca y nos integraba en actividades académicas. Recuerdo que en 1994 nos reuníamos en una casa suya para analizar discursos políticos y económicos. De esos encuentros surgió un ensayo inédito sobre la política económica del gobierno de Jorge Blanco, escrito en los años cercanos a la “Poblada de Abril”. Este ensayo se perdió, pero años después lo encontré en un archivo y lo conservé. Es un documento que sirve como radiografía de ese momento histórico.
Otra figura que influyó en mi formación fue Fran, con quien trabajé en investigación. Participé en un proyecto sobre el proceso migratorio hacia Estados Unidos, financiado por la Fundación Fred. Mi tarea consistía en tabular los datos de la investigación de manera manual, utilizando hojas cuadriculadas. Incluso trabajé con el hijo de Fran, quien era muy joven en ese entonces pero ya destacaba por su inteligencia.
Conservo muchos de esos papeles de investigación, ya que tengo la costumbre de guardar todos los documentos relevantes. Esa era una práctica común en nuestra generación, a diferencia de la actual, que utiliza medios digitales como las redes sociales para almacenar información.
Otros profesores dejaron una huella importante en mí, como Wilfredo Lozano Duarte y la profesora Iris Guzmán. Aunque tuve algunas diferencias con Guzmán, su exigencia me llevó a leer y estudiar profundamente. Ella me dio clases tanto en Sociología como en Filosofía. En sus materias, nos obligaba a estudiar el estructuralismo y textos de autores como Merton y Parsons. Fue gracias a esa rigurosidad que comencé a leer a Weber de manera profunda.
El libro El sistema social de Talcott Parsons, por ejemplo, es un texto intrincado, pero me ayudó a desarrollar un pensamiento más estructurado. Estas influencias marcaron mi formación académica y consolidaron mi interés por las ciencias sociales y las humanidades.
Esa profesora tuvo una gran influencia en mí, aunque en su momento no lo percibí de esa forma. Por las circunstancias, me vi obligado a leer y estudiar con mucho detalle textos clásicos, anotando minuciosamente cada idea. En sus asignaturas de “Método 2” y “Método 3”, además del monográfico en Filosofía sobre Marx, me enfrenté a obras fundamentales como La rebelión de las masas y otros textos de Ortega y Gasset. A pesar de nuestras diferencias, hoy valoro positivamente esa etapa porque me llevó a enfrentarme con el lenguaje filosófico moderno occidental, algo que para un joven del campo como yo representaba un gran desafío. Sin embargo, con el tiempo, el esfuerzo de leer esos textos se convirtió en un verdadero placer.
Dr. Alejandro Arvelo
A propósito de estas experiencias de lectura y del ensayo que realicé sobre El Montero de Pedro Francisco Bonó, así como de aquella frustrada revista del Instituto Vegano de la Cultura, surge una reflexión sobre la filosofía dominicana. Hay una característica interesante en nuestros pensadores: una recurrencia entre poesía y filosofía. Por ejemplo, Juan Isidro Jiménez Grullón comenzó publicando poesía con su libro Aguas de remanso. Andrés Avelino García Solano, padre, fue uno de los fundadores del movimiento Póstumo y autor del manifiesto de este grupo.
Quisiera preguntarle, profesor, ¿cómo percibe usted la relación entre poesía, filosofía y ciencia? ¿Considera que existe continuidad o discontinuidad entre estas formas de conocimiento?
Mtro. Juan Francisco Viloria
Esa es una pregunta muy interesante. En sus orígenes, no había una distinción clara entre poesía, filosofía y ciencia. El logos, esa razón filosófica, no estaba separada del mito; ambas coexistían. Esto es evidente tanto en el pensamiento filosófico occidental como en el oriental. De hecho, la forma en la que se expresaba ese pensamiento racional filosófico era a menudo el verso, el aforismo o el poema.
Si tomamos como referencia los fragmentos de Heráclito sobre la naturaleza, por ejemplo, veremos que son aforismos:
- “Nacidos, quieren vivir y luego recibir la muerte.”
- “Nadie se baña dos veces en las aguas de un mismo río.”
- “Nadie toca una sustancia perecedera en el mismo estado.”
La escuela pitagórica también recurría al aforismo, con un énfasis particular en lo moral y ético, dado el carácter de su doctrina como una suerte de secta filosófica. Por otro lado, el poema de Parménides, Sobre la naturaleza, introduce el concepto de ser desde una perspectiva filosófica. Este poema funda la línea de pensamiento basada en el principio de identidad, que es la base de toda lógica.
Heráclito, por su parte, desarrolla una concepción del ser como devenir y multiplicidad, utilizando un lenguaje metafórico que muchos han considerado oscuro, pero que en realidad responde a su naturaleza poética. Los antecedentes de este lenguaje mitopoético se encuentran en textos como Los trabajos y los días de Hesíodo, La Ilíada y La Odisea de Homero, los textos bíblicos, los Upanishads y el Tao Te Ching en China. Todos ellos expresan pensamiento filosófico a través de formas poéticas.
El gran creador del lenguaje filosófico en Occidente fue Platón. Sus 35 diálogos, con más de medio millón de palabras, exploran temas como la belleza, el amor, la política, el poder, los valores y la ética a través de mitos. El Mito de la caverna, por ejemplo, es una obra filosófica eterna que utiliza la narrativa mitopoética para ilustrar conceptos profundos.
Aristóteles, en contraste, fundó el lenguaje argumentativo científico y filosófico. Obras como el Órganon, De Anima, Metafísica, Poética y Retórica establecieron un estilo basado en la lógica y la argumentación rigurosa. Sin embargo, el propio Aristóteles heredó el legado mitopoético de Platón.
El esfuerzo por separar filosofía, poesía y ciencia puede obedecer a limitaciones en el conocimiento del pensamiento filosófico o a la especialización extrema que caracteriza al mundo moderno. Este especialismo fue necesario para el desarrollo científico de los últimos 300 años, pero ha llevado a concebir la filosofía como algo separado.
En la filosofía contemporánea, encontramos corrientes como el positivismo lógico del Círculo de Viena o la filosofía analítica, que intentaron reducir la filosofía a un lenguaje puramente lógico y verificable. Sin embargo, siempre han existido figuras que integraron diferentes lenguajes. Por ejemplo, Nietzsche y Schopenhauer combinaron filosofía y narrativa poética; Sartre utilizó tanto el lenguaje filosófico puro, como en El ser y la nada, como la narrativa literaria, en La náusea y El muro.
En conclusión, existe una relación estrecha entre poesía, mitopoética, filosofía y ciencia. Esto se observa tanto en los orígenes de la filosofía como en la tradición que ha continuado hasta nuestros días. La ciencia, como disciplina separada, surgió con la modernidad, gracias a avances como los de Copérnico, Galileo, Kepler, Leibniz, Descartes y Newton, quienes consolidaron un lenguaje estrictamente formal y científico. Sin embargo, la filosofía siempre ha dialogado con estos lenguajes, manteniendo su riqueza expresiva y su capacidad de abarcar lo humano en toda su complejidad.
La obra de Newton, que conviene recordar a los físicos contemporáneos, se titula Principia Mathematica Philosophiae Naturalis (Principios matemáticos de la filosofía natural). Es importante destacar que en su época, la filosofía no estaba separada de la ciencia; más bien, la comprendía como una suma de conocimientos. Esto es algo que muchos especialistas actuales parecen haber olvidado cuando intentan negar el valor de la filosofía o separarla completamente de la ciencia altamente especializada.
Hoy en día, encontramos científicos extremadamente especializados que, por ejemplo, son expertos en el comportamiento de una subpartícula como el spin de un electrón. Sin embargo, fuera de ese ámbito particular, carecen de una visión amplia y son incapaces de dialogar incluso dentro de su propia área. Esto los convierte en individuos profundamente sabios en un campo muy reducido, pero extensamente ignorantes en todo lo demás.
En este contexto, la filosofía cobra un valor esencial, ya que permite recuperar una visión global y articular las partes de ese todo. Además, ofrece la posibilidad de mirar más allá de lo que dictan los experimentos y las fórmulas matemáticas. Ese es el papel insustituible de la filosofía: proveer amplitud, profundidad y capacidad de relación, características necesarias para comprender la complejidad del mundo y avanzar en los diversos saberes humanos.
El lenguaje científico, en sus inicios, estaba contenido dentro del lenguaje filosófico. Hoy, aunque ha alcanzado un altísimo nivel de simbolización —lo que podríamos llamar un lenguaje de “tercer orden”—, sigue necesitando de la filosofía para ir más allá. Por ejemplo, los avances en la física cuántica y el modelo estándar han llevado a los científicos a reconocer que este modelo tiene limitaciones. Aunque lograron demostrar la existencia del bosón de Higgs, aún hay enigmas que el modelo estándar no puede explicar. Aquí, la física ya no puede avanzar sola; necesita de la filosofía de la física para formular nuevas hipótesis y especular sobre aquello que aún no es verificable empíricamente.
Este fenómeno no se limita a la física. En el caso de la inteligencia artificial, la discusión trasciende el ámbito técnico-científico y entra en el filosófico. Se plantean preguntas fundamentales sobre la subjetividad, el libre albedrío y las implicaciones éticas de estas tecnologías. Por ejemplo, si una máquina tiene la capacidad de tomar decisiones, ¿puede hacerlo de manera moral o sensible? ¿Puede una máquina decidir no ejecutar una orden debido a sentimientos como la compasión? Hasta ahora, esto parece imposible porque las máquinas carecen de subjetividad y libre albedrío, elementos esenciales para la ética humana.
Esas preguntas, lejos de ser técnicas, son problemas filosóficos profundos. La inteligencia artificial, aunque puede realizar tareas impresionantes y emular la inteligencia humana, actúa únicamente según lo programado por el cerebro humano, el cual incorpora siglos de conocimiento acumulado tanto científico como filosófico. La filosofía sigue siendo fundamental para reflexionar sobre los límites y las implicaciones de estas tecnologías.
La capacidad de la filosofía para mirar más allá de los problemas inmediatos, para proyectar y especular sin necesidad de comprobación inmediata, le otorga una ventaja única. Si la sociedad tuviera un mayor conocimiento filosófico, podríamos reducir muchos problemas, como los conflictos y las guerras. Una visión filosófica global permitiría la creación de leyes más universales y reduciría los intereses estrechos que dominan nuestras estructuras políticas y económicas.
Dr. Alejandro Arvelo
En palabras de Juan Pablo Duarte, la filosofía no es una especulación, sino una herramienta para comprender y transformar el mundo. Los filósofos tienen grandes tareas por delante, especialmente en este momento en que la filosofía podría ayudar a las masas a reflexionar críticamente sobre los desafíos éticos, sociales y tecnológicos que enfrentamos.
A propósito de su comentario sobre el poema de Parménides, el principio de identidad (“el ser es, y el no ser no es”) sigue siendo un tema fundamental en la filosofía. Aunque algunos argumentan que conceptos como identidad y esencia han perdido vigencia en un mundo dominado por la antropología y el folklore, estos siguen siendo relevantes en la reflexión filosófica.
Esa exposición en la que usted nos dice cómo hay que encarar la ciencia filosóficamente, y que la filosofía debe seguir ese trayecto que transita entre el discurso filosófico y el discurso científico —que, en el fondo, es un discurso—, me recuerda lo que usted comentaba acerca del poema de la naturaleza de Parménides, el tema de la identidad, aquello de que “el ser es y que el no ser no es”, que es un tema eterno de la filosofía.
Aunque parecería que es un asunto que ha pasado a otras áreas del saber humano —al área del folclore, a la antropología—, quería preguntarle lo siguiente: usted sabe que hay una tendencia contemporánea a plantear que esas nociones “duras” —como las llama Bim o Eco—, esas nociones como esencia, identidad, conceptualidad, etc., han perdido vigencia.
En el fondo, esta es otra manera de preguntarle si usted cree que la filosofía evoluciona o si está condenada a comerse su propia historia, como decía Hegel.
Pero, sobre todo, lo que quisiera preguntarle —porque usted tiene la ventaja de tener un ala en la ciencia y otra en el pensamiento puro— es: ¿tiene sentido hablar de la identidad, por ejemplo, de una identidad de los dominicanos, o no tiene sentido? Porque hay quienes dicen que no, que eso no es más que una narrativa.
Mtro. Juan Francisco Viloria
La identidad, tanto individual como colectiva, es esencial para comprender la historia, la cultura y las sociedades. Incluso en el ámbito personal, cada individuo tiene elementos que lo diferencian de los demás, aunque también comparta características comunes con su comunidad o familia. Esa combinación de elementos diferenciales y comunes define la identidad, y su estudio sigue siendo vital en un mundo en constante cambio.
El pensamiento filosófico, naturalmente, evoluciona. Los conceptos abstractos como la identidad cambian a lo largo del tiempo, al igual que el lenguaje en el que se expresan. Su significado se amplía y se enriquece semánticamente. Tomemos, por ejemplo, el concepto de “ser”, que puede trazarse desde Parménides, para quien el ser es inmutable, hasta Heráclito, quien lo concibe como cambio y movimiento, representado a través de las metáforas del fuego y del río. Este recorrido llega hasta filósofos postmodernos como Gianni Vattimo, pasando por Heidegger y retrocediendo a Nietzsche.
El filósofo no puede desvincularse de su contexto ni de los cambios de su época. Debe filosofar sobre su mundo y su tiempo. Sin embargo, hay elementos que permanecen, aunque también se enriquecen. Por ejemplo, el mito de la caverna de Platón sigue siendo relevante hoy, a pesar de haber sido concebido hace más de 2500 años. Este texto encarna una identidad filosófica que resiste el paso del tiempo.
Si observamos la historia de la República Dominicana, encontramos un trayecto que comienza en 1492 y está profundamente influenciado por las culturas aborígenes taínas y caribes. Elementos como el casabe, que todavía consumimos hoy, son ejemplos de esa identidad enraizada en nuestra historia. Recuerdo haber visto cómo se elaboraba el casabe en burenes y guayos, siguiendo métodos ancestrales. No solo se preservan los alimentos, sino también las palabras, los significados y los valores asociados a ellos.
La lengua española, quizás la mayor riqueza heredada de Europa, es otro elemento identitario fundamental. En ella encontramos sistemas de palabras, sintaxis y valores que reflejan maneras de pensar y sentir. Esta lengua no solo es un vehículo de comunicación, sino también un portador de hábitos, creencias y tradiciones que moldean nuestra identidad como dominicanos.
Desde el siglo XVII, figuras como Luis Joseph Peguero y Antonio Sánchez Valverde empezaron a delinear lo que significa ser dominicano. Sánchez Valverde, por ejemplo, escribió sobre la naturaleza, la geografía, la economía y los valores de la isla para destacar su valor frente a la corona española y diferenciarla de la parte francesa de la isla. Sus textos muestran los primeros indicios de una identidad colectiva que fue profundizándose con los trinitarios y los pensadores conservadores del siglo XIX, como Manuel de Jesús Galván.
La identidad dominicana se manifiesta en múltiples dimensiones: la religiosidad popular, el arte, la música —como el merengue y la bachata—, y hasta en nuestra forma de comer, vestir, bailar y relacionarnos. Estas características, aunque influenciadas por siglos de historia, permanecen como elementos unificadores que nos identifican dentro y fuera del país.
A pesar de los intentos de la globalización por homogeneizar las culturas, hay un pensamiento latinoamericano que se opone a esa tendencia. La filosofía de la liberación y la teología de la liberación, impulsadas por figuras como Enrique Dussel, han reivindicado nuestras raíces y categorías propias, permitiendo una recuperación crítica de nuestras identidades frente al pensamiento neoliberal global.
Aunque la postmodernidad ha intentado borrar conceptos como la identidad, estos siguen siendo esenciales. La identidad, como categoría aristotélica, se encuentra en las bases del pensamiento lógico y filosófico. Incluso quienes critican la identidad, como algunos filósofos posmodernos, terminan utilizando sus elementos fundamentales, como el lenguaje y las categorías filosóficas, para articular sus ideas.
El desarrollo del capitalismo avanzado también ha contribuido a la erosión de las identidades locales, promoviendo un consumo uniforme y un presente perpetuo que ignora el pasado. Sin embargo, esta dinámica genera resistencias que buscan reivindicar las especificidades culturales y nacionales.
En la República Dominicana, el pensamiento social y filosófico no es una mera reproducción de ideas europeas o norteamericanas. Autores como Eugenio María de Hostos, José Ramón López y Pedro Henríquez Ureña articularon un pensamiento que, aunque influido por corrientes occidentales, tiene una especificidad única. Henríquez Ureña, por ejemplo, exploró las raíces literarias de nuestra identidad y propuso una utopía cultural para Hispanoamérica.
Pedro Henríquez Ureña mantuvo siempre a Santo Domingo en su pensamiento. Aunque conoció profundamente los Estados Unidos, centró su obra en las corrientes literarias de Hispanoamérica. A pesar de su contacto con autores europeos y su lectura de Platón, entre otros, nunca se desligó de su identidad cultural. Su análisis del arte y de los cambios que ocurren cuando, por ejemplo, un artista occidental español interactúa con una cultura azteca, revela su habilidad para identificar diferencias culturales incluso en aspectos abstractos como la geometría o el dibujo. Estas observaciones refuerzan la tesis de que existe una identidad cultural que se refleja incluso en los elementos más sutiles.
Sostengo que hay un pensamiento dominicano y, más aún, una filosofía dominicana. Aunque no hemos desarrollado una tradición filosófica que supere a las escuelas precedentes, ya desde figuras como Antonio Sánchez Valverde se percibe un intento por introducir la filosofía moderna en nuestras tierras. En su obra La idea del valor de la isla Española, Valverde no solo reivindica la identidad de esta parte de la isla, sino que también enfrenta prejuicios europeos, como la idea de que las enfermedades venéreas fueron llevadas desde América a Europa. Sus sermones, cargados de reflexión antropológica, también contienen elementos filosóficos que aún resuenan.
Otros pensadores dominicanos como Andrés López de Medrano, con su Manifiesto a la juventud, y José Núñez de Cáceres, autor de las Fábulas, también reflejan una filosofía política ilustrada y comprometida con la identidad dominicana. Juan Pablo Duarte, por su parte, bebió de diversas fuentes filosóficas en España, Alemania e Inglaterra, plasmando en su proyecto constitucional principios como la inalienabilidad del territorio, que siguen siendo vigentes.
En el pensamiento social dominicano, autores como Pedro Francisco Bonó y José Ramón López han dejado un legado significativo. En el siglo XX, figuras como Andrés Avelino García y Juan Francisco Sánchez sentaron las bases de una filosofía formal. Sin embargo, el desarrollo de la filosofía dominicana ha sufrido rupturas generacionales, en parte por la falta de continuidad en publicaciones, programas o revistas que fomenten un diálogo constante entre los intelectuales. A pesar de ello, hay un pensamiento cotidiano dominicano que se refleja en el refranero popular y en obras como las décimas de Juan Antonio Alix, que trascienden lo poético para convertirse en una manifestación del pensamiento social.
El pensamiento feminista también ha tenido un lugar destacado en la filosofía dominicana. Investigadoras como Lusitania Martínez, con sus estudios sobre Olivorio Mateo, y Elsa Santos, con su trabajo sobre Spinoza, han contribuido a enriquecer nuestra tradición filosófica desde una perspectiva crítica y antropológica.
No obstante, queda mucho por hacer. Aún no hemos realizado una crítica filosófica profunda del discurso de la colonización ni de figuras clave como Bartolomé de las Casas, cuya Historia de las Indias merece un análisis detallado desde una perspectiva filosófica. Lo mismo ocurre con el sermón de Montesinos y otros textos coloniales que forman parte de nuestra identidad fundacional. La confluencia entre historia y filosofía sigue siendo un terreno por explorar.
Dr. Alejandro Arvelo
Y si miráramos, como de través, profesor Viloria, esas clavijas íntimas, esos elementos fundantes de la identidad del dominicano, ¿usted los situaría en qué familia cultural? ¿En la familia cultural asiática, en la familia cultural africana, en la familia cultural precolombina —o en las familias culturales precolombinas—, o en la familia cultural occidental? ¿Cómo lo ve usted?
Mtro. Juan Francisco Viloria
Si consideramos las raíces culturales del pueblo dominicano, podemos identificar tres grandes influencias: la hispánica occidental, la africana y la precolombina. De estas, la hispánica tiene un predominio evidente. La lengua española, como sistema de símbolos, valores y estructuras, ha moldeado nuestra manera de pensar y ser. La organización de las ciudades, las leyes y las tradiciones también reflejan esta herencia.
Sin embargo, la influencia africana también es profunda. Desde los primeros años de la colonización, los africanos trajeron su lengua, religión, cosmovisión, gastronomía y modos de ser, elementos que aún persisten en nuestra cultura. Por otro lado, las raíces precolombinas, representadas por los taínos y caribes, se manifiestan en aspectos como la gastronomía (el casabe) y ciertos términos que aún usamos. Estas influencias se entrelazan en nuestra identidad cultural, enriqueciendo la complejidad de lo que significa ser dominicano.
En el ámbito académico, figuras como Marcio Veloz Maggiolo han contribuido a explorar estas raíces culturales. Su trabajo sobre las culturas precolombinas y su influencia en la historia dominicana subraya la importancia de reconocer y valorar estos orígenes como parte integral de nuestra identidad.
No solo la antropología, sino también la arqueología en República Dominicana han tenido una preocupación filosófica importante, aunque no se les reconozca generalmente por ello. En este contexto, las tres culturas dominantes que conforman nuestra identidad —junto con las particularidades históricas— son: la cultura hispánica europea occidental, la cultura africana y la cultura taína.
A estas raíces se suman influencias contemporáneas, como la cultura asiática, que se evidencia en la comunidad china en Bonao y el barrio chino en Santo Domingo, así como la cultura japonesa. También destacan la cultura judía, presente en Sosúa desde la Segunda Guerra Mundial, y otras comunidades del Medio Oriente, como los sirio-libaneses, quienes han dejado huellas en nuestra cultura. Además, los flujos migratorios actuales enriquecen la identidad dominicana con aportes de dominicanos residentes en Europa, Estados Unidos y Sudamérica.
Históricamente, República Dominicana fue pionera en la economía de plantaciones, establecida desde los primeros 20 años de la colonización con las encomiendas. Aún quedan vestigios de los grandes ingenios cerca de la capital y de la ciudad de la Concepción de la Vega, que fue un punto de referencia para la explotación minera en Cotuí. Durante los primeros 50 años de colonización, Santo Domingo fue el epicentro del dominio europeo en América. Sin embargo, a partir de la década de 1540, este centro se trasladó a La Habana, dejando a Santo Domingo en un relativo aislamiento.
En este aislamiento, la sociedad dominicana comenzó a conformarse como una mezcla cultural. Fue en este período que surgieron elementos como el mulataje, el sancocho y otros aspectos de la gastronomía y costumbres. Incluso la palabra “dominicano” aparece por primera vez en textos coloniales como la Historia de Santo Domingo de Luis Joseph Acosta y el Manifiesto a la juventud dominicana de Andrés López de Medrano, ya en el siglo XIX.
A lo largo de la historia, el país atravesó múltiples episodios de intervención y dominio extranjero, desde la ocupación haitiana hasta la anexión a España, la independencia y la posterior ocupación estadounidense. Sin embargo, en cada una de estas etapas, la identidad dominicana permaneció intacta, gracias a una combinación de resistencia popular y liderazgo por parte de las élites liberales.
La Guerra de Restauración, encabezada por figuras como Gregorio Luperón, marcó un hito en la reafirmación de la identidad nacional. A pesar de las intervenciones extranjeras y los desafíos internos, los dominicanos han mantenido su identidad cultural y su sentido de pertenencia, resistiendo incluso los momentos más difíciles de su historia.
Afirmar que el pueblo dominicano tiene una identidad débil sería ignorar su capacidad de adaptación y fortaleza. Los dominicanos son trabajadores, creativos y resilientes. Un claro ejemplo de esta fortaleza es la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la primera institución universitaria del continente, que ha sobrevivido a todo tipo de vicisitudes y sigue siendo un símbolo de nuestra historia y cultura.
Nuestra identidad cultural se basa en tres pilares fundamentales: la influencia hispánica europea, la africana y la taína, enriquecidas con influencias contemporáneas. Esta mezcla ha generado una identidad fuerte, que aunque algunos critiquen como “débil” o “inconstante”, demuestra su vitalidad en la creatividad, el trabajo y la cultura del pueblo dominicano.
Sin embargo, como lo señaló Américo Lugo, una de nuestras principales deficiencias ha sido la falta de una élite gobernante con visión de desarrollo. Lugo y Juan Bosch coincidieron en criticar que nuestras clases dirigentes, aunque dominan económica y políticamente, carecen de un proyecto claro para el fortalecimiento del Estado. Esto se traduce en una falta de planificación estratégica que permita construir una sociedad más robusta y un Estado con políticas exteriores propias.
La situación actual del Estado haitiano subraya nuestra obligación de convivir y cooperar con nuestros vecinos. Haití forma parte de nuestra realidad, y cualquier reflexión sobre nuestra identidad y desarrollo debe incluir una consideración ética, política y práctica de cómo abordar esta convivencia.
Precisamente, debido a las influencias de sus élites internas y de las potencias capitalistas —como Francia, Estados Unidos y Canadá, sobre todo Estados Unidos—, Haití ha llegado a una situación crítica: un estado disuelto, un ejército inexistente y múltiples intervenciones. Hoy, tristemente, se encuentra en la necesidad de solicitar la intervención de un país africano, algo que dudo que logre resolver los problemas estructurales de esa nación.
Lo paradójico es que las mismas élites que critican y rechazan a los haitianos son quienes los emplean como mano de obra barata, desprotegida y sin cualificación. Son estas élites las que facilitan su ingreso al país, los contratan para labores agrícolas, de construcción o en el sector turístico, beneficiándose de su explotación. Esto evidencia una doble moral: por un lado, se les desprecia públicamente, pero por otro, se les utiliza como una fuente de ganancia económica.
Dr. Alejandro Arvelo
Retomando, profesor Viloria, esa mirada de largo alcance —lo que usted ha ensayado, lo que en la Escuela de los Annales se llaman “prisiones de larga duración” o “prisión de sí”—, ¿qué cree usted, profesor? Entre las clavijas íntimas de la identidad dominicana, aunque sea como un accidente o como una propiedad, no necesariamente como un rasgo esencial, ¿cree usted que podríamos incluir la condición de que el pueblo dominicano es un pueblo racista?
Mtro. Juan Francisco Viloria
En cuanto a las claves de la identidad dominicana, a menudo se ha planteado la acusación de que este es un pueblo racista. Sin embargo, no estoy de acuerdo con esta afirmación. República Dominicana es, de hecho, uno de los pueblos más abiertos y acogedores del mundo. Decir que es racista es una muestra de mala fe y una manipulación de la verdad.
Los dominicanos conviven con personas de diversas culturas y etnias: rusos, chinos, japoneses, ingleses, entre otros. Esto contrasta con lo que muchos dominicanos experimentan al viajar a otros países, donde son tratados con indiferencia o incluso desdén. Aquí, el trato es cálido y humano.
Claro está, puede haber individuos racistas, pero el pueblo dominicano en su conjunto no lo es. Este es un país solidario, compuesto por una mezcla de culturas: mulatos, negros, blancos, asiáticos y personas de origen sirio-libanés o judío, todos conviviendo en un mosaico cultural. Decir que somos racistas no solo es falso, sino que se alinea con lo que hoy se llama posverdad: una manipulación interesada de la realidad.
Enfrentar estas falsas narrativas requiere utilizar nuestras mejores armas: el pensamiento, la palabra y la escritura. Sin embargo, este esfuerzo se ve obstaculizado por un sistema educativo debilitado, donde la filosofía ha sido relegada del currículo preuniversitario. Esto no es casualidad. Al eliminar la filosofía, se busca evitar que las personas piensen críticamente y cuestionen las estructuras de poder.
No somos un pueblo racista, sino una sociedad diversa y abierta. No obstante, enfrentamos desafíos importantes: desde la influencia de élites económicas que controlan sectores claves como la educación, hasta un sistema que limita el acceso a una formación crítica. Ante esto, es esencial fortalecer la educación y promover la reflexión filosófica, para que podamos enfrentar estas problemáticas con la profundidad que merecen.
Dr. Alejandro Arvelo
A continuación, profesor, yo le voy a decir cinco expresiones o cinco conceptos para que usted, en una suerte de epoché fenomenológica, me diga —o nos diga, a quienes seguimos este programa— qué evocan, qué tipo de evocación producen en usted.
La primera expresión que voy a utilizar es: Escuela de Filosofía, Facultad de Humanidades, Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Mtro. Juan Francisco Viloria
Sobre el concepto de la “Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades en la Universidad Autónoma de Santo Domingo”, para mí, evoca lo que he sido en los últimos 40 años. Representa un interés por el saber infinito, por las grandes lecturas filosóficas que abarcan desde Platón y Aristóteles hasta los presocráticos, pasando por la Edad Media, los modernos y los debates filosóficos actuales.
Dr. Alejandro Arvelo
¿La Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) está profundamente justificada en la historia?
Mtro. Juan Francisco Viloria
Esta institución antecede al Estado dominicano por más de 300 años y ha sido esencial en la formación de líderes, profesionales y ciudadanos que han contribuido al desarrollo del país. Además, ha sido un motor clave en la movilidad social, ayudando a reducir la pobreza y a elevar la condición ciudadana de muchos dominicanos.
Si la UASD realizara un estudio de impacto, abarcando dimensiones económicas, sociales, culturales y científicas, su contribución al país quedaría claramente demostrada. La estabilidad democrática actual de República Dominicana, que destaca en la región, se debe en gran medida al papel que esta universidad ha desempeñado como núcleo de pensamiento, formación y transformación social.
La Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) no solo ha sido un centro de formación profesional en áreas como medicina, ingeniería, derecho, educación, economía y arte, sino también una escuela de ciudadanía. Ha sido un espacio donde se han formado ciudadanos críticos, capaces de participar en la construcción de la democracia.
Dr. Alejandro Arvelo
Y, a propósito, profesor, de la supresión de la filosofía en la educación preuniversitaria que usted refería hace un instante, ¿qué razones ve usted? ¿Será que la filosofía es dañina para la democracia?
Mtro. Juan Francisco Viloria
En cuanto a la supresión de la filosofía en la educación preuniversitaria, esta decisión refleja el miedo de los poderes fácticos y elitistas frente a un saber que forma individuos críticos. La filosofía es profundamente beneficiosa para la democracia, pero peligrosa para quienes prefieren una ciudadanía manipulable. Un ser humano con formación filosófica no se puede comprar con un picapollo o 500 pesos en una jornada electoral. Este individuo tiene las herramientas para analizar discursos, imágenes y textos, tomando decisiones como sujeto autónomo.
El modelo neoliberal, por otro lado, considera innecesario formar filósofos, sociólogos, antropólogos o artistas. Desde esta perspectiva, dichos saberes son vistos como un gasto, ya que no contribuyen directamente a la productividad o competitividad económica. Según esta lógica, los países como República Dominicana están destinados a roles periféricos: producir materias primas, servir en la economía turística y generar mano de obra barata.
Los organismos internacionales como el Banco Mundial y el BID han reforzado este discurso, promoviendo términos como “mano de obra calificada” y “profesionales para el sector productivo”. La educación se transforma en un mecanismo de formación de individuos funcionales al modelo de trabajo, dejando de lado la formación crítica y ciudadana.
La filosofía fue excluida del currículo bajo el argumento falaz de que su enseñanza podía integrarse de manera transversal en asignaturas como matemáticas, física y lenguaje. Sin embargo, esta idea ignora que la filosofía es un saber autónomo, con una tradición histórica y cultural, y que constituye la base de todos los otros saberes. Aunque las ciencias se desprendieron de la filosofía, su avance y complejidad requieren volver a ella para mirar el todo, lo particular y las relaciones con una perspectiva crítica.
La filosofía es indispensable para enfrentar los desafíos éticos de nuestro tiempo: el impacto de la tecnología, los efectos de la inteligencia artificial, los daños al medio ambiente y la amenaza de la industria armamentística. Estos problemas no se resuelven únicamente con herramientas técnicas, sino con una reflexión profunda que solo la filosofía puede ofrecer.
Hoy, enfrentamos un panorama global donde las élites militares, financieras y políticas tienen el poder de destruir la humanidad en cuestión de horas. Ante esta realidad, la filosofía es más necesaria que nunca. Este saber crítico, capaz de transformar a los individuos en ciudadanos conscientes y responsables, ha sido marginado porque amenaza las estructuras de poder que buscan perpetuar el utilitarismo y la productividad como valores supremos.
Respecto al perfil ideal de un profesor de filosofía, el primer requisito es su compromiso con el conocimiento directo de los textos fundamentales de la tradición filosófica. Este profesor debe haber leído y reflexionado sobre autores clave como los presocráticos (Parménides, Heráclito), Platón, Aristóteles, San Agustín, Tomás de Aquino, Descartes, Hobbes, Locke, Hume, Kant, y otros. Su tarea es no solo transmitir el contenido de estos textos, sino también enseñar a pensar críticamente a partir de ellos.
Por ejemplo, al estudiar el Discurso del Método de Descartes, el profesor debe destacar la importancia de la duda metódica como punto de partida para el conocimiento. La capacidad de dividir un problema en sus partes, organizar los conceptos de lo más simple a lo más complejo y sintetizar el conocimiento son habilidades fundamentales que un profesor de filosofía debe enseñar a sus estudiantes.
De manera similar, en el Novum Organum de Bacon, el análisis de los ídolos del pensamiento y la distinción entre inducción y deducción son herramientas cruciales para cualquier investigador. El profesor ideal no solo enseña estas técnicas, sino que las conecta con la práctica de la investigación, ayudando a sus estudiantes a aplicar estas metodologías en diversas disciplinas.
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Debemos tomar en cuenta que existen obstáculos para encontrar la verdad. El primero de ellos son los ídolos de la tribu. ¿Qué es la tribu? Según Bacon, la tribu representa al género humano, que funciona como un espejo infiel: los rayos de la realidad chocan, se refractan y se desvían. Por ejemplo, si yo le cuento una historia a usted, usted se la relata a alguien más, y luego me la devuelve con elementos totalmente diferentes. El ser humano altera la realidad debido a su subjetividad, a la imperfección de sus órganos sensoriales —en este caso, los oídos— y a la carga ideológica y de pensamiento previo que lleva consigo. Por ello, el investigador debe cuidarse de este sesgo.
El segundo obstáculo son los ídolos de la caverna. Platón ya lo sabía: la caverna es la interioridad de nuestra mente, donde habitan los prejuicios, los traumas y, como señalaría Freud, el inconsciente y el subconsciente. Cuando investigamos fenómenos sociales o filosóficos, debemos realizar una epoché, como proponía Husserl, y dejar esos prejuicios de lado. El investigador debe cuidarse también de sus propias limitaciones internas.
El tercer obstáculo surge del foro, es decir, del lenguaje del pueblo. El investigador debe manejar un lenguaje depurado, lleno de categorías y conceptos claros, para evitar malentendidos.
Finalmente, están los ídolos del teatro. Estos se refieren a las obras de los filósofos y las autoridades, que pueden influirnos de manera indebida. Para superar estos obstáculos, el investigador debe valerse de un instrumento esencial: el método. El método, que incluye teoría y técnica, es el eje del conocimiento en Occidente. Descartes, por ejemplo, construyó su sistema sobre la base de la duda metódica, y luego Hegel, Marx y otros filósofos continuaron desarrollando estas herramientas.
Dr. Alejandro Arvelo
Finalmente, profesor, quisiera preguntarle: ¿cuál es el modo ideal de llevar una clase de filosofía?
Mtro. Juan Francisco Viloria
El modo ideal, aunque problemático, es aquel que me ha dado buenos resultados. Primero, debemos reconocer que el estudiante es un sujeto con saberes previos, como destacan los constructivistas. Por lo tanto, el punto de partida debe ser lo que el estudiante ya sabe.
Segundo, el docente debe ser un orientador. Gracias a su formación, el docente puede identificar los textos que deben ser leídos, señalar líneas de reflexión y motivar tanto al estudiante como al grupo a desarrollar su creatividad. Es fundamental que el estudiante tenga contacto directo con textos filosóficos clásicos, como los fragmentos de Heráclito, el Poema de Parménides, La República de Platón, el Discurso del método de Descartes, el Novum Organum de Bacon, la Crítica de la razón pura de Kant, las Tesis sobre Feuerbach de Marx, o incluso textos más recientes como el Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein.
Además de los clásicos, los manuales introductorios pueden servir para guiar al estudiante hacia una comprensión más profunda de los textos. Por otro lado, también es importante introducir problemas filosóficos en áreas específicas como la ontología, la epistemología y la axiología, conectando los textos con los problemas del pasado y del presente.
Otra estrategia es buscar la filosofía en textos literarios o poéticos. En un curso reciente, comencé con una cita de Juan Salvador Gaviota de Richard Bach:
“No te fíes de lo que tus ojos te dicen. Solo muestran limitaciones. Llévate de tu entendimiento.”
Esta cita permitió conectar el racionalismo y el optimismo presentes en el personaje. A partir de ahí, introduje a los estudiantes a Descartes y otros pensadores, mostrando cómo la filosofía puede estar presente en distintos discursos.
En resumen, enseñar filosofía implica utilizar herramientas diversas: los textos clásicos, manuales auxiliares, literatura, poesía, y el discurso oral. Pero el punto de partida siempre debe ser el propio sujeto, mientras que el rol del profesor es ser un guía que facilite el proceso de descubrimiento.
Dr. Alejandro Arvelo
Profesor, agradecemos profundamente su intervención en este programa del Archivo de la Voz de la Escuela de Filosofía, una iniciativa que, bajo la dirección del profesor Eulogio Silverio, busca preservar estos valiosos diálogos para la posteridad. Como es costumbre, cerramos con unas palabras finales del profesor Silverio, quien siempre nos deja una reflexión para el presente y el futuro.
Mtro. Eulogio Silverio
Muy bien, gracias, profesor Alexis Viloria. Como usted dijo, lo del “profesor Arvelo” es con cariño, ¿verdad? Sí, sí. No estamos sorprendidos porque lo conocí en las aulas hace mucho tiempo, y desde entonces sabemos de la profundidad de su pensamiento, no sólo en filosofía, sino también en otras áreas que dialogan con el saber filosófico.
Siguiendo esa misma línea, por lo menos yo, en términos personales, considero que usted representa el modelo de filósofo al que debemos aspirar. Un filósofo que no solo ve la filosofía como una fuente de conocimiento, sino que también la conecta con otras áreas. No se trata de ser simplemente un “filósofo puro”, como se dice, sino de integrar saberes. Desde mi visión, la filosofía es un saber de segundo grado que se nutre de áreas específicas como la sociología, el arte, el teatro, las ciencias, las matemáticas, y más. Queremos atraer a ese tipo de personas a estudiar filosofía.
Por eso, usted es un referente para nosotros, tanto en términos personales como institucionales. Su figura tiene un prestigio bien ganado, no porque nosotros, como dirección, queramos otorgarle ese nombre, sino porque los comentarios de quienes han recibido docencia con usted en esta escuela son altamente positivos.
El domingo pasado, por ejemplo, una estudiante que recientemente tomó clases con usted me comentó: “Estoy enamorada del filósofo Alexis Viloria.” Yo, sorprendido, le pregunté: “¿Cómo así? ¿Qué fue lo que pasó?” Y ella respondió: “No, no, es que ese hombre sabe, pero de verdad. Domina, orienta y se entrega al estudiante cuando este tiene el interés de aprender más.”
Así que, profesor, lo felicitamos y le agradecemos profundamente por el tiempo que ha dedicado hoy. Sabemos que sus funciones actuales le ocupan mucho tiempo, por lo que valoramos aún más su disposición.
Queremos aprovechar esta oportunidad para comprometerlo a participar en una entrevista más focalizada, especialmente sobre temas de pensamiento latinoamericano y dominicano. Creemos que este contenido puede ser muy valioso como parte del material de estudio para la carrera de filosofía en línea que estamos diseñando. Con su autorización, nos gustaría que sus intervenciones se convirtieran en un soporte para las futuras generaciones de egresados.
Muchas gracias, profesor.




