Dr. Alejandro Arvelo:
Hoy es miércoles 13 de diciembre de 2023. Son las 10:46 minutos de la mañana y nos encontramos, el profesor Eulogio Silverio, director de la Escuela de Filosofía, y quien les habla, en la residencia de Juan José Jiménez Sabater, mejor conocido como León David, su nombre artístico. León David es una de las mentes más preclaras que tiene la República Dominicana del presente. Profesor de generaciones, ejerció como director de Extensión y como director de la Escuela de Letras de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ha sido nuestro embajador ante la República Argentina y nos ha abierto las puertas de su casa para dar continuidad a este proyecto de la gestión del profesor Eulogio Silverio, que él ha denominado Archivo de la Voz.
León David, un académico de cuerpo entero, ha cultivado todos —o casi todos— los géneros literarios de los que tenemos noticia. Ha escrito poesía: su primer libro de poesía vio la luz a finales de los setenta. Poemas se titula. Luego Los adentros, que leíamos primero en el periódico y que luego fueron recogidos en dos volúmenes, ya lo adentran en el ensayo. Pero ha cultivado el aforismo, la epístola, el ensayo de gran aliento, el diálogo filosófico, el teatro, la crítica de arte. Y ante todo, ante todo, resalta en él su pensamiento: el pensamiento filosófico es una de las vetas capitales de su obra, que ya ronda por los 33 o 35 libros.
Muchísimas gracias por recibirnos en su hogar, el hogar que usted y doña María han forjado. Esta entrevista tiene la finalidad de legar el testimonio viviente de su trayectoria vital, profesional, académica e intelectual a las nuevas generaciones de dominicanos. De manera que le pedimos que no ahorre datos. Háblenos libremente: ¿dónde usted nació?, ¿quiénes fueron sus padres?, ¿cómo se formó?, ¿cómo se inicia su vocación académica, su vocación de escritor?
León David:
Alejandro, quien tiene que dar las gracias soy yo. Agradezco profundamente que ustedes se hayan tomado el trabajo de venir aquí. Yo estoy hace ya bastantes años recluido, desde que me jubilé, en mi casa, que es mi particular nido, donde trabajo, y donde no he dejado de escribir, porque eso es lo que hago todo el tiempo: escribir y pensar. En fin, tú me podrás hacer las preguntas que quieras y yo trataré de responderlas como mejor pueda. Adelante.
Dr. Alejandro Arvelo:
Se sabe que usted no nació en la República Dominicana, pues su padre se encontraba en el exilio en ese momento. ¿Dónde nació?
León David:
Yo nací en Cuba, en La Habana, el 25 de junio de 1945. Mi padre, como bien sabes, estaba entonces en el exilio. Él era uno de los principales líderes de la oposición a Trujillo. Según me cuentan mis padres, fue un parto bastante largo, casi un día entero, pero finalmente nací bien, sin mayores complicaciones.
Toda mi primera infancia transcurrió entre Cuba y Puerto Rico. Mi padre también trabajó un tiempo en Puerto Rico como médico —él se había graduado de doctor en Medicina en París, en la Sorbona—. Vivimos en Barranquitas y en Morovis, dos pequeñas poblaciones puertorriqueñas. De esa época conservo lindos recuerdos.
Luego volvimos a Cuba y recorrimos varias regiones. Pasé parte de mi niñez en el oriente cubano, en Bayamo —de donde era oriunda mi madre, que era bayamesa—, también en Holguín, y más tarde nos mudamos a Las Villas, en el centro mismo de Cuba. Allí crecí y, mirando en retrospectiva, diría que fue allí donde tuve mi primera iniciación literaria.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿A qué se refiere con esa primera iniciación?
León David:
En la escuela donde estudiaba —una escuela que pertenecía a la Universidad de Las Villas— se organizó una actividad vinculada a la historia. No sé si era un concurso o una representación estudiantil, pero allí escribí un texto teatral basado en un episodio de la historia cubana. Ese fue mi primer intento literario.
Sin embargo, lo que realmente marcó mi vocación fue la lectura del Quijote de Cervantes. Mi padre solía leernos algunos capítulos, y aquello me interesó tanto que tomé el libro y lo leí entero. Tenía unos doce años, quizás un poco más, y no solo lo leí, sino que lo volví a leer una segunda vez. Me maravilló, y creo que allí despertó de verdad mi vocación literaria.
Dr. Alejandro Arvelo:
Después de esa etapa, ¿cómo continuó el peregrinaje de su familia en el exilio?
León David:
Luego nos trasladamos a Venezuela: primero a Caracas, después a Mérida. Allí estudiamos un tiempo con mi hermano en el liceo de la ciudad. Más tarde nos enviaron a París para continuar nuestro bachillerato en Francia.
Yo seguí mis estudios hasta que cayó Trujillo y terminó la tiranía. Entonces mi padre pudo regresar a la República Dominicana y, con él, regresamos también mi hermano y yo. Fue la primera vez que pisé tierra dominicana, ya siendo un muchacho, un adolescente. Terminé aquí mis estudios, y luego volvimos otra vez a Europa. A mí me enviaron a España para completar mi formación.
Fue un tiempo bastante dramático para mí. Yo sentía el deseo, las ganas de escribir, de expresarme, pero también la frustración de no tener todavía la capacidad ni las palabras suficientes para decir lo que quería decir. Eso me sumía en un estado de ansiedad muy grande. En España, incluso, recuerdo que intenté suicidarme… Por suerte me salvaron. Fue un periodo difícil, muy difícil, el de mi adolescencia.
Después continué mis estudios en Venezuela, donde hice la licenciatura en Letras. En esa época también me involucré mucho en la política estudiantil, llegué a ocupar espacios de liderazgo y hasta caí preso en una ocasión. Cosas de juventud, diría yo.
Lo más importante de ese tiempo fue mi encuentro con Rómulo Rivas, director de teatro en Mérida. Hicimos una gran amistad. Con él me involucré mucho en el mundo del teatro, llegué a actuar, y de algún modo podría decir que también me gradué como actor además de licenciado en Letras.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y cómo se dio su regreso definitivo a la República Dominicana? ¿Por qué volver después de esa andadura internacional?
León David:
Porque siempre tuve como punto norte a este país. No importaba que me sintiera bien viajando, estudiando o trabajando en otros lugares. Yo sabía que mi casa estaba aquí. Aunque no nací en la República Dominicana, siempre sentí que pertenecía a ella.
Fue aquí donde me casé con mi primera esposa, que es venezolana, con quien tuve tres hijos: dos hembras y un varón.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y qué papel jugó el hogar en su desarrollo como pensador y hombre de letras?
León David:
El hogar es fundamental. Es el remanso, el suelo firme que te permite caminar con seguridad y desarrollar tu obra. Esa paz que da el hogar es decisiva.
Durante mi primer periodo aquí fui profesor en la Universidad Autónoma de Santo Domingo hasta más o menos 1973 o 1974. Luego volví a Venezuela y ejercí como profesor en la Universidad de Coro y después en la Universidad de Los Andes, en Mérida.
Fue precisamente allí donde vieron la luz los tres tomos de Al margen de Ortega y Gasset. En esa época también recuerdo a mi padre escribiendo La República Dominicana: una ficción. Lo dictaba a mi madre, y ella lo iba copiando. Es una imagen que conservo muy viva.
Dr. Alejandro Arvelo:
Entonces, podemos decir que estuvo en Venezuela en dos etapas distintas.
León David:
Exactamente. Al principio, para mis estudios; luego vine a la República Dominicana, estuve varios años aquí, hasta el 73 o 74, y regresé después a Venezuela, donde seguí enseñando. Pero siempre volvía en vacaciones, nunca dejaba de venir al país.
Con el tiempo, mi primer matrimonio se disolvió, me divorcié de mi esposa venezolana. Después tuve otra compañera, aunque no llegamos a casarnos. Y ya, hacia los años 80, regresé definitivamente a la República Dominicana. Coincidió con la muerte de mi padre en 1983.
Sí, más o menos en ese tiempo regresé y me quedé en la UASD. Volví a entrar como profesor, y allí trabajé durante muchos años como profesor itinerante. Fue un trabajo duro, agotador, pero constante.
En ese mismo periodo conocí a mi actual esposa, María Ivar. Nos casamos en 1986 y hasta hoy hemos estado juntos.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y qué recuerdos le vienen del día a día de la familia en esa época?
León David:
Muchísimos. Pienso siempre en mi padre, sentado frente a su máquina de escribir desde la madrugada. Se levantaba todavía de noche para escribir. Lo recuerdo en aquella primera casa que tuvimos, cerca de la avenida Churchill.
Recuerdo también con gran cariño a mi hermano Arturo, un intelectual de mucho calibre, extraordinario profesor que se dedicó de lleno a la lingüística. Y, por supuesto, a mi madre. La tuve hasta bastante avanzada edad: falleció con más de 90 años.
Mi madre, doña Cuquita Sabater, era declamadora, y lo hacía muy bien, con mucho arte. Ella y mi padre se conocieron en Bayamo, Cuba. En aquel tiempo mi padre, para ganarse la vida, ejercía la medicina; viajaba por toda la región oriental de Cuba, y al mismo tiempo hacía política.
También debo mencionar a la poetisa Julia de Burgos, con quien mi padre tuvo una relación importante en aquellos años.
Dr. Alejandro Arvelo:
En la sala vimos un cuadro suyo muy hermoso. ¿Quién fue el autor?
León David:
Ese cuadro lo pintó Cánnepa, el gran pintor, íntimo amigo de mi padre. Eran amigos de toda la vida, casi como de familia.
Dr. Alejandro Arvelo:
A propósito de la familia, parece que entre los Jiménez y los Jiménez Grullón se hereda tanto la política como la literatura.
León David:
Así es. Si uno mira hacia arriba y hacia abajo en la genealogía, abundan los artistas y los políticos.
Ahí está, por ejemplo, Juan Isidro Jiménez, el trinitario, que fue el segundo presidente de la República. Después, Juan Isidro Jiménez Pereira, que fue presidente en dos ocasiones a principios del siglo XX, incluida la etapa de la intervención norteamericana de 1916.
Dr. Alejandro Arvelo:
Él, de hecho, renunció a la presidencia porque no aceptó las condiciones que le quería imponer el Colector de Aduanas de Estados Unidos, una suerte de procónsul de aquella época.
A propósito de herencias literarias, usted ha escrito un extenso ensayo sobre uno de los poetas primordiales de la literatura dominicana.
León David:
Por supuesto, claro que sí. Ese es mi libro sobre Domingo Moreno Jimenes. Tengo recuerdos maravillosos de “Dominguito”, como le decíamos en la familia, porque así mismo lo llamaba mi padre. Él nos visitaba con frecuencia en la casa: era divertidísimo, lleno de anécdotas increíbles, una maravilla de persona y un gran poeta, indudablemente.
Para mí, Moreno Jimenes es uno de los pioneros del verso libre en la República Dominicana. Más que modernismo, lo suyo fue la modernidad de la poesía. Tenía un estilo propio, muy peculiar, que bebía directamente de las raíces mismas de su tierra. Eso dio origen al postumismo.
Y debo mencionar también a Franklin Mieses Burgos, gran amigo de mi padre y visitante frecuente en casa. Para mí, él es uno de los más grandes poetas de la lengua española, sin duda alguna.
Dr. Alejandro Arvelo:
De los más de treinta libros que usted ha publicado, ¿hay alguno que le haya exigido un esfuerzo especial? ¿Cómo trabaja usted, pensando también en las nuevas generaciones de escritores?
León David:
Todo depende del género que esté trabajando en un momento dado. La poesía, por ejemplo, yo no la planifico: surge. Después viene el trabajo de corrección, que es una parte esencial de la creación. Lo digo siempre: buena parte del trabajo creador es corregir. Y yo soy, en esencia, un corrector.
También me defino, en cierto sentido, como un plagiario. ¿Por qué? Porque creo que las ideas ya están ahí: las han dicho muchos antes que nosotros. Lo que hago es leer mucho, tomar de otros autores lo que me resuena, y luego injertar mi propia vida en esos pensamientos. Ahí se produce lo que me interesa: apropiarme de una idea y hacerla mía.
Esa labor varía con el tiempo. No son los mismos intereses los que me movían hace veinte años que los que me importan ahora. Así también se modifica mi obra.
Algunas me han costado mucho trabajo, como el libro Delmira Agustini o el otro nombre de la pasión, que es una obra crítica sobre la gran poeta uruguaya. Tuve que estudiar mucho, leer a fondo y adquirir muchos libros para poder escribirlo.
En cambio, los aforismos me salían casi solos, iban surgiendo espontáneamente. Lo mismo con la poesía.
En el ensayo, yo me considero un filósofo ensayista, no un filósofo sistemático. No me asemejo a Kant, a Hegel, ni a otros grandes constructores de sistemas. Quizás me acerco más a Platón, que tampoco era sistemático, sino que escribía diálogos. Y en mi caso, también: el Diotima, el Gen, son ejemplos de esa filosofía que se expresa en ensayos, en aforismos y, sobre todo, en diálogos.
Retomando esa idea de ¿por qué mi filosofía está muy ligada a la literatura? Hay una mezcla literaria en mi pensamiento. Yo no puedo limitarme a escribir un pensamiento escueto: ese pensamiento debe decir algo más de lo que enuncia, y ese “algo más” se logra con el estilo. Por eso soy literato al mismo tiempo que pensador.
Dr. Alejandro Arvelo:
Eso se percibe también en sus lecturas. Sabemos que es un gran lector, y se nota tanto cuando habla como cuando se le lee. Además del Quijote, que leyó dos veces a los 12 o 13 años y que sigue siendo una de sus obras predilectas, ¿cuáles son sus lecturas fundamentales?
León David:
Esa es una pregunta difícil, porque son muchas. En poesía, por ejemplo, los grandes clásicos de la lírica española son todos indispensables: desde el Mio Cid hasta Machado y Federico García Lorca. Rubén Darío fue una de mis grandes preferencias poéticas. También José Martí, tanto como poeta como ensayista y pensador; es un pilar fundamental.
Por supuesto, están también los grandes extranjeros: Baudelaire, Goethe… todos ellos son fundamentales. Hay que convivir con ellos, familiarizarse, hacerlos parte de uno.
En cuanto a lo nuestro, es imprescindible leer a Domingo Moreno Jimenes y a Franklin Mieses Burgos. Para mí, Mieses Burgos es uno de los más grandes poetas de la lengua española. Todos ellos forman parte de mi vida; no son solo lecturas, son parte de mi biografía.
Dr. Alejandro Arvelo:
Si tuviera que retirarse a una isla desierta con solo cinco libros, ¿cuáles elegiría?
León David:
Me llevaría El Quijote, los Diálogos de Platón, a Rubén Darío completo, a José Martí… y, ¿por qué no?, a León David, para seguir corrigiéndolo.
Dr. Alejandro Arvelo:
Se dice que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. Pero también podría decirse que detrás de un gran hombre hay grandes maestros. ¿Qué personas intervinieron en su formación y tuvieron un peso determinante en el perfil del académico, del intelectual y del artista de la palabra que es León David?
León David:
Bueno, solo conozco dos personas con esa condición. Primero, mi padre. Y segundo, Rómulo Rivas, como vivificador y estimulante artístico y teatral. Yo también fui —no sé si lo mencioné antes— director de la Escuela de Teatro aquí, y por eso la influencia de Rómulo fue fundamental.
Dr. Alejandro Arvelo:
Y en el caso específico de su padre, Juan Isidro Jiménez Grullón, ¿cómo se hizo manifiesto ese impulso?
León David:
Mi padre nunca me dirigió explícitamente ni me dijo: “Ve por el camino de las letras, escribe”. No. Él lo vio antes que yo, se dio cuenta de mis inclinaciones. Fue un facilitador: me abrió puertas para que yo desplegara mis talentos y mi energía intelectual. Y, por supuesto, me orientaba desde el pensamiento, no desde la filosofía en sentido estricto ni de manera sistemática, sino en las conversaciones diarias, en la rutina familiar. Ahí estaba la enseñanza: en su manera de vivir, en la importancia que él daba al pensamiento, a la filosofía, a la transformación del país y del mundo. Esa fue, sin duda, la principal lección de vida que recibí.
Dr. Alejandro Arvelo:
Usted mismo ha dicho que los temas y las preocupaciones cambian con el paso del tiempo. En el momento actual, ¿cuáles son las suyas? ¿Qué siente que le falta por hacer a León David?
León David:
Creo que me falta por hacer todo. Lo hecho ya está hecho, pero lo que queda es mucho. El mundo, como ustedes ven, va de mal en peor. Tengo una visión pesimista de lo que sucederá, no solo en nuestro país, sino a nivel mundial. Pienso que vamos por un camino muy peligroso que nos llevará al desastre.
Sin embargo, lo veo con cierto optimismo. No me pongo a llorar ni a lamentarme. Esa angustia ya la expresé en libros como Memorias del desamparo o Occidente, libro de mesa. Ahí saqué de dentro ese dolor. Ahora digo: “Será lo que tenga que ser, pero yo seguiré trabajando en lo que creo”.
Creo que el hombre puede crecer, espiritualizarse, tener una vida más plena y más sana. Hay que luchar por eso, y yo lo hago en la medida de mis posibilidades, a través de mis escritos. De hecho, mi obra más importante aún no la he publicado: una novela que ya está escrita, en sus últimas correcciones. Intento editarla, aunque es difícil porque no he encontrado patrocinadores, pero sigo en eso. Y mientras tanto, seguiré leyendo y escribiendo. Esa es mi vida.
Dr. Alejandro Arvelo:
Se suele decir que un pesimista no es más que un optimista bien informado. Esa tensión entre el pesimismo y la esperanza, entre la conciencia crítica y la fe en el hombre, ¿cómo la proyecta usted hacia lo trascendente? ¿Cuál es su visión de la eternidad, del más acá o del más allá?
León David:
No, yo creo en el más acá. En el aquí y en el ahora. Solo tenemos este tiempo: el presente. Y este presente, claro, es como elástico; se estira y se estira de acuerdo con la forma que tú le das.
Yo creo que nuestra vida sigue siendo la misma. Mira, ahora tengo 78 años, y recuerdo cuando era un niño. Me veo como adolescente, como joven, como una persona madura y, ahora, como el anciano que soy. Y me digo: ¿qué es esto?
Creo que hay dos maneras de ver la vida: como un milagro o como una rutina. Y yo prefiero verla como un milagro. Es un milagro que yo esté aquí, a mis 78 años, hablando con ustedes. Ese transcurso del niñito que fui a la persona que soy ahora me parece milagroso. Quizás un científico me diría que son tonterías, pero son “tonterías” que llenan y cumplen una función: hacerte ver lo que realmente eres, esa transformación, ese tránsito de un punto al otro.
Yo estoy en ese camino, yendo hacia otra edad que trato de imaginar, pero que podría ser o no ser. Eso no depende solo de mí. Lo importante es seguir luchando, seguir haciendo lo que creemos que vale la pena hacer. Si tú piensas que es importante escribir, manifestar tus ideas y hacerlas llegar, sobre todo a los jóvenes, entonces dedícate a eso. Eso es lo que yo hago.
Ya no me preocupa la vanidad. Antes sí; como la mayoría de intelectuales y artistas, yo tenía un gran ego, quería brillar, estar en la palestra. Hoy no. Ya no me interesa. Si me consideran, bien; y si no, tampoco importa. Lo único que importa es seguir haciendo lo que para mí es significativo.
Dr. Alejandro Arvelo:
Y a propósito, profesor, ¿cómo ve usted la relación entre el intelectual y la política, entre el intelectual y el derrotero que lleva la República Dominicana?
León David:
Pues yo creo que la política actual tiene muy poco de intelectual. Hay muy poca intelectualidad en ella. Lo que veo es que la gran mayoría de nuestros políticos son unos ignorantes, una caterva de individuos sin conocimiento, sin cultura ninguna. Y no digo que la cultura lo resuelva todo, pero sin duda se necesita gente con conocimientos, y no solo técnicos: también con cultura, con visión.
Exclusivamente diseñados para la política, no: eso no puede ser. Yo, como humanista —porque me considero un humanista— creo que un político debe serlo, tendría que serlo. Y no lo tenemos. Ese es el problema. Una cosa es ser político, y otra muy distinta es ser estadista. En nuestro país hemos tenido muchos políticos, pero muy pocos estadistas.
El derrotero actual de la República Dominicana, sinceramente, no nos lleva hacia nada agradable. Tal como están las cosas, habría que cambiarlas. Y aunque poco me atrevo a dar opiniones políticas porque no me considero especialista en esa materia, como persona estoy obligado a adentrarme en ese mundo, porque la política no se elige: está ahí, nos rodea, y uno tiene que lidiar con ella obligatoriamente.
Dr. Alejandro Arvelo:
Por lo que usted expresa, se sigue que la política dominicana de nuestro tiempo no goza de buena salud.
León David:
No, no: de pésima salud. Aunque, claro, hay otros países que quizá estén peor que nosotros. Pero, como suele decirse, ese sería un consuelo de tontos: pensar que porque otros estén peor nosotros estamos bien.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Le llega a la mente el nombre de alguno de esos países?
León David:
Sí: Argentina, por ejemplo. También Estados Unidos, que tampoco creo que esté muy bien, sobre todo con la amenaza de Trump todavía presente. Y, claro, Haití y Venezuela: dos desastres que tenemos ahí al lado.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y la literatura dominicana de nuestro tiempo, profesor, goza de buena salud?
León David:
Yo diría que nunca se ha publicado tanto como ahora. Ahora bien: una cosa es la cantidad y otra muy distinta es la calidad. No obstante, creo que la literatura dominicana sigue teniendo plumas interesantes, útiles.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y de manera específica la literatura de pensamiento, la filosofía, la ensayística?
León David:
Sí, los hay. No cabe duda, los hay. Pero prefiero no dar nombres para no entrar en discusiones difíciles.
Ahora bien, la nueva realidad con la que nos hemos encontrado los de nuestra generación —los de un poco más y un poco menos— es la irrupción del ciberespacio, de internet y de estas nuevas tecnologías. ¿En qué medida me han impactado? Pues en la medida en que me han hecho sentirme un ignorante, porque soy muy malo para esas cuestiones. Me manejo mal en esa órbita. Cuando veo a mi hijo que hace chu, chu, chu con una maquinita y logra comunicarse con el mundo, para mí eso es como un enigma irresoluble. Me siento de repente amputado, como si hubiera vuelto a la ignorancia. Se necesitaría, al menos para mí, un nuevo aprendizaje técnico en ese sentido.
Pero desde el punto de vista del pensamiento, no: todos pensamos con el cerebro, y mi cerebro sigue ahí. Así que por ese lado no hay problema. Para escribir, basta un lápiz. Aunque utilizo la computadora, con un lápiz podría hacer lo mismo.
Dr. Alejandro Arvelo:
Siendo usted una de nuestras plumas, pensadores y poetas representativos del presente, ¿qué consejos daría a quienes ahora se inician en los oficios del pensamiento, de la escritura y del arte de la palabra escrita?
León David:
El primer consejo sería que se vuelquen sobre sí mismos, para asegurarse de que realmente quieren hacer eso; que sientan la certeza de que esa es su vocación. Si es así, entonces adelante. Ser literato, escritor, pensador, es un destino. Uno lo lleva dentro de sí: lo descubre o lo ignora. Pero si lo descubre, no le queda otro camino que seguir adelante.
No hay manual para eso: cada cual es su propio manual.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Cuál sería, a su juicio, el perfil ideal de un profesor de la Facultad de Humanidades?
León David:
El ideal sería una persona paciente, tolerante, de espíritu abierto y, al mismo tiempo, con claridad respecto a lo que pretende enseñar y mostrar a sus discípulos. Ese sería el perfil.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y cómo sería una clase ideal en su área, en letras?
León David:
Una clase ideal es aquella en la que tú puedes decir cosas interesantes que a ti mismo te muevan y que logren motivar a los estudiantes para que participen de lo que les estás mostrando. Una clase participativa.
Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor León David, usted es como el río de Heráclito: un flujo eternamente vivo de ideas, palabras y propuestas. Sé que podríamos agotar otra hora más, incluso toda la tarde, pero para muestra basta un botón. Tenemos suficientes botones para hacer una camisa. Estos encuentros siempre concluyen con una intervención del profesor Silverio, quien ha estado presente y que es el alma de este proyecto. De manera que, en nombre de la Escuela de Filosofía y en el mío propio, le agradecemos este testimonio, que será valioso para las generaciones presentes y futuras.
Prof. Eulogio Silverio:
Muchísimas gracias a ustedes por haberse tomado el tiempo de venir hasta aquí. Esta conversación ha sido como una tertulia, un espacio de reflexión compartida. Les agradezco que hayan abierto la puerta de su casa, y también a su compañera, la artista María Ivar, cuya obra admirable observamos mientras conversábamos.
Usted, profesor León David, es un modelo a seguir para las nuevas generaciones. Como suelo decir a mis estudiantes: no saben el privilegio que es tener un profesor de su talla en el aula. Cada palabra suya —escrita o dicha— es una enseñanza.
Desde la Escuela de Filosofía recogemos su vida y su pensamiento como parte de nuestra memoria, y agradecemos que nos haya permitido grabar este testimonio. Será un legado para quienes vienen detrás.
León David:
Gracias a ustedes.




