Prof. Eulogio Silverio
Hoy tenemos el honor de contar con la presencia del hermano y amigo, José Flete Morillo. El propósito de esta entrevista es doble: en primer lugar, dejar un registro sonoro de su voz para la posteridad; en segundo lugar, actualizar y difundir su perfil biográfico en los distintos diccionarios de filosofía en español, en Wikipedia, y por supuesto, en la página de la Escuela de Filosofía.
Aspiramos a que tanto quienes deseen estudiar filosofía como aquellos con interés en ella puedan conocer a fondo el perfil de nuestros profesores.
Para comenzar, te vamos a solicitar que nos hable sobre tu formación académica y tus orígenes, y nos comente cómo la filosofía y la Universidad Autónoma de Santo Domingo han influenciado su trayectoria.
A modo de introducción te agradeceríamos nos indicara tu nombre completo, el de tus padres, el lugar de procedencia y nos relatará algunos aspectos destacados de tu infancia y juventud.

Dr. José Flete Morillo,

Como ya saben, mi nombre es José Ernesto Flete Morillo, aunque me conocen simplemente como José Flete. Mi padre, Baudilio Ernesto Flete Reyes, era conocido tanto por Baudilio como por su segundo nombre, y mi madre es Felicia Altagracia Murillo. 

Mi padre provenía de un campo entre La Vega y Santiago. No estoy completamente seguro de la zona, pero la familia Flete viene de un campo en Santiago llamado Papayo. Mi madre, por su parte, es oriunda de Las Cañitas y posteriormente se mudó a Gualey, donde yo viví desde joven.

Crecí cerca de la orilla del río, en una época en la que era un recurso natural hermoso y limpio, disfrutando de la vista de muchos barcos y de un entorno realmente bello con balnearios y demás. 

De Gualey salí para estudiar en la Escuela Club Gualey, fundada por miembros de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) que pertenecían a la Unión Patriótica Antiimperialista (UPA). Fue allí donde aprendí a leer. Luego, pasé al colegio Filadelfia del mismo barrio y, finalmente, al Liceo Ramón Emilio Jiménez para realizar mi bachillerato. De ahí seguí mi camino a la UASD y aquí nos encontramos.

En cuanto al barrio, pese a que nuestras condiciones económicas eran de pobreza, era una pobreza singular. Mis tíos, que eran pescadores, siempre me proveían de camarones y todo tipo de pescado, tanto de río como de mar. Podría decir que, en cuanto a mariscos, tuve una vida plena. Nadie podría imaginarse cuánto disfruté de esos alimentos. Es por esto que refiero a esa pobreza como inusual. A pesar de vivir en un área pobre, donde carecíamos de recursos básicos, como uniformes para ir a la escuela, teníamos una riqueza distinta en familia y naturaleza.

Mi niñez transcurrió en una pobreza extraña. Digo extraña porque, aunque vivíamos en un lugar muy pobre, sin recursos básicos como un uniforme escolar —yo vine a usar uniforme ya a los doce años—, era una pobreza rodeada de cierta abundancia natural. Comíamos de todo tipo de peces, de río y de mar, mariscos también. En eso tuve la vida resuelta. Nadie puede decirme que pasé hambre en ese sentido.

Recuerdo que, para ir a la escuela, había que caminar dos o tres kilómetros hasta lo que llamábamos la “Internacional”. Los días de Reyes eran una algarabía, esperando que al menos dejaran algo, aunque fuera sencillo. Pero, como digo, era una pobreza extraña: vivíamos entre iguales, en un lugar tranquilo, con hermandad entre las personas. La niñez se vivía en su pleno apogeo: juegos infantiles, recreación, invención constante. No había los vicios ni los conflictos personales que vemos hoy.

Eso sí, muchas veces pasábamos hambre. Recuerdo que mi padre, por ejemplo, cuando no había cuadernos suficientes, tomaba uno y lo cortaba por la mitad para que alcanzara. Como yo era el más inseguro, el que más borraba, siempre me daba a mí la parte más pequeña. Allí empezaba la disputa con mi hermana. Así crecimos: estudiando con lo que había, usando los libros de texto una y otra vez.

Prof. Eulogio Silverio:

¿Y cómo surge entonces en ti ese interés por la lectura, y posteriormente por la filosofía? Porque, según los registros que tengo, cuando te conocí estabas formalmente en una carrera vinculada a la filosofía, pero lo que más hacías era poesía. Sobre todo, recuerdo tus poemas dedicados a la muerte: los traías los sábados en la mañana y siempre tenían ese tema central. Cuéntame de ese enamoramiento con la muerte.

Finalmente hiciste una tesis de grado sobre la muerte. Entonces, ¿cómo surge ese amor tuyo por la lectura y luego por la filosofía? Porque recuerdo que en tus poemas juveniles la muerte era un tema central, casi obsesivo.

Dr. José Flete:

Mira, el amor por la lectura surgió, en principio, por un tema de ego. En esa época, el que sabía mucho llevaba ventaja; había un nivel de respeto hacia quien dominaba conocimientos, hacia quien podía hablar con propiedad, con un léxico amplio y una dicción pausada. Eso se consideraba el ideal de una persona bien formada. Yo quería ese respeto, y eso me llevó a buscar el saber como un placer.

Mi acercamiento práctico comenzó con los famosos paquitos: Memín Pinguín, Kalimán, El Fugitivo Temerario, Samurái. Eran series, y uno siempre andaba detrás de conseguir la siguiente entrega. Ese hábito me despertó el gusto por la lectura. Al dominar conceptos y tener información, uno sentía que alcanzaba un privilegio.

En cuanto a la muerte, hubo un evento muy cercano en mi niñez. Yo tendría unos seis años cuando mataron en Santiago a un tío muy querido. Para esa misma fecha también murió mi hermano menor, Vladimir, y poco después un primo, hijo de un tío paterno. Así, una tras otra, fueron llegando experiencias de muerte a mi entorno inmediato.

A eso se añadía la tradición familiar de cada 2 de noviembre: caminar desde Gualey hasta el cementerio de Los Mina para limpiar las tumbas. Yo observaba los retratos en las lápidas, las imágenes, las historias que los mayores contaban sobre los muertos que “salían” o sobre cadáveres que sangraban al ver pasar al asesino. Esas narraciones fantásticas, sumadas a la experiencia personal de la pérdida, fueron creando en mí una familiaridad con la muerte.

De ahí surgió mi interés, no desde el pánico, sino desde la seriedad y la curiosidad filosófica: ver la muerte como un fenómeno fascinante. Por eso terminé escribiendo mi tesis de grado en filosofía sobre la intermitencia de la muerte.

Prof. Eulogio Silverio:

Tomaste como referencia Las intermitencias de la muerte de Saramago. ¿Cuál fue exactamente el título de tu tesis? ¿Podrías abundar un poco más sobre tu trabajo en torno al problema de la muerte? Y, además, quisiera que nos aclararas cómo surge tu acercamiento definitivo a la filosofía.

Dr. José Flete:

Mi tesis fue sobre el problema de la muerte en general, aunque en la investigación utilicé como texto de apoyo Las intermitencias de la muerte de José Saramago.

Pero antes de entrar de lleno en ese punto, quiero aclarar algo: yo llegué a la UASD con la intención inicial de estudiar filosofía, motivado por ese deseo de saber que te conté antes. Fue ahí donde me enteré del sistema de carreras paralelas y terminé en Educación, mención Filosofía y Letras.

En ese proceso tuve dos profesores que marcaron profundamente mi formación: Luis Cruz, que era de los profesores oficiales que nos impartían clases en ese tiempo, y Tomás Nova, que fue quien más se me acercó personalmente.

Recuerdo que salíamos los sábados, a las diez de la mañana, de la clase de Teoría del Conocimiento, y Nova se quedaba conversando conmigo. Practicaba una especie de mayéutica socrática, induciéndonos a descubrir por nosotros mismos. Ese proceso de diálogo fue clave en mi acercamiento a la filosofía.

También hubo experiencias de confrontación que me marcaron. Por ejemplo, en una ocasión, en el año 2000 o 2001, estando en un aula del Gobierno Universitario, un compañero, Roberto —que leía muchísimo— me preguntó de qué carrera era. Yo respondí: “de Letras”. Entonces me lanzó la pregunta directa: “¿Y tú qué lees?”. Yo, con la respuesta clásica de quien está inseguro, le dije algo sobre “el tema del tiempo”. Y él me replicó: “¿Cómo que tú no lees? ¿Un estudiante de Letras que no lee?”.

Eso me golpeó. Fue un reto. Desde ese momento me reforzó la inclinación por la lectura, porque entendí que si uno quería ser tomado en serio, tenía que leer de verdad.

A partir de ahí me acerqué más a Nova. Recuerdo que incluso llegué a inscribirme en dos materias con él. Él había organizado una asignatura sobre las corrientes del pensamiento y me tocó estudiar el marxismo. En el área de venta de libros de la universidad encontré un pequeño texto titulado ¿Qué es el marxismo? de un autor llamado Yahood, y me lo compré. Me dediqué a leerlo con paciencia y con interés. Esa fue otra puerta de entrada definitiva al estudio sistemático de la filosofía.

Recuerdo una anécdota que me marcó. En una clase, un compañero leyó un poema. Ese día, en vez de sentarme en primera fila, como acostumbraba, decidí sentarme atrás. Cuando terminó la lectura, el profesor le hizo una pregunta directa. La estudiante no supo responder, y entonces me pasó la palabra a mí: “Ya que el compañero Flete tiene tanta insistencia, que la responda él”.

Yo, en realidad, había formulado la pregunta sin saber la respuesta; si la hubiese sabido, no la habría hecho. Eso me dejó claro que, a veces, mi insistencia nacía más del ego, del deseo de lucir, que de un verdadero dominio del tema.

Con el asunto de la muerte, mi pasión se consolidó gracias a la lectura de El sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno. En principio, yo había presentado “el problema de la muerte en general” como tema de tesis. El maestro Nova me dijo que era demasiado amplio y que debía centrarme en un pensador. Entonces llegué a Unamuno, cuya visión me atrajo porque vinculaba el existencialismo con una óptica cristiana.

Más adelante, usted mismo —como director de mi tesis— me orientó a concretar aún más el tema. Fue así como terminé trabajando Las intermitencias de la muerte de José Saramago, como un texto que me permitió acotar la investigación.

En síntesis, hubo tres factores que me condujeron al tema de la muerte:

La experiencia familiar y mi cercanía con los cementerios desde niño.

La influencia de Tomás Nova, que me abrió las puertas al diálogo filosófico.

Su orientación personal, profesor, que me llevó a centrar el tema en un autor específico.

Usted siempre nos decía algo que conservo hasta hoy: “Una tesis de grado es un trabajo para graduarse; el premio Nobel viene después”. Es decir, que la meta debía ser cumplir con las exigencias académicas, sin pretender resolver de golpe todos los problemas de la filosofía.

Por eso, aunque yo quería abarcar grandes temas —como el pesimismo dominicano o los valores morales—, aprendí a reducir el objeto de estudio. En mi caso, lo reduje primero a José Ramón López y uno de sus textos más breves, de apenas 43 páginas. El reto no era la extensión, sino la capacidad metodológica para trabajar un tema con rigor.

Prof. Eulogio Silverio:

Háblanos un poco ahora de tu formación. Ya sabemos —o al menos yo lo sé, pero no todo el mundo lo sabe— que primero estudiaste Filosofía y Letras. Estuviste mucho tiempo ejerciendo como profesor en bachillerato, e incluso llegaste a dar clases en la primaria. ¿Cómo surge tu interés por la docencia en filosofía? ¿Cómo llegas a la carrera de filosofía? Y después de haber ingresado en Filosofía, ¿qué más has hecho a nivel de maestría o doctorado, si tienes esa formación?

Dr. José Flete:

Mira, realmente mi primera carrera no fue Filosofía y Letras, ni Educación mención Filosofía y Letras, sino Técnico en Electrónica. Mi papá trabajaba en eso y me pagó un curso en la agencia School. Pero esa área no era para mí: no tenía ni la habilidad ni la paciencia necesaria. Además, el instructor era un hombre de campo, muy iracundo y con un vocabulario “rico” —para que me entiendas—; no explicaba con calma. Incluso llegó a tener un incidente grave con mi hermano.

Por eso, casi de manera accidental, terminé en la docencia. En el colegio de la iglesia donde estudié necesitaron a alguien, me llamaron, y recién salido del bachillerato empecé a dar clases.

Mi idea inicial, desde un principio, era estudiar Filosofía, pero en ese momento promovieron la carrera de Educación mención Filosofía y Letras. Por la cercanía, por lo práctico y porque tenía que seguir dando clases en el colegio, me inscribí en Educación. Al final me gustó el área y me desarrollé en ella. Esa fue mi primera carrera universitaria formal.

Luego, cuando me gradué en 2003, volví a la UASD y me di cuenta de algo: mis amigos de la Escuela de Filosofía estaban mucho mejor formados que yo. Aunque yo estudié Educación, la verdad es que mis amigos estaban en Filosofía, no en Educación. Eso me hizo reflexionar.

Antes de regresar a Filosofía, probé con Derecho. Pensaba, como muchos, que “el que habla mucho puede ser abogado”. Pero me di cuenta de que el Derecho es un mar de tiburones, y yo era apenas un pececillo. No tenía el ángel ni la facultad para moverme en esas aguas. Ahí entendí que no era lo mío.

Ya estando casado con Matilde y con mi segunda hija, tomé la decisión: regresé a la Escuela de Filosofía. Estudié Filosofía pura. Por suerte, me convalidaron algunas materias de Educación, lo que me permitió avanzar más rápido. Pude haber terminado antes, pero cometí algunos errores en el camino, y concluí la carrera en tres años.

De ahí, pasé a formarme más a fondo. Cuando apliqué al concurso para docente, el profesor Tomás Nova fue clave. Él me aclaró un error: yo pensaba que, porque me había graduado con honores en Educación, ya tenía suficiente formación. Pero Nova me mostró que una cosa es Educación y otra cosa es Filosofía.

Recuerdo que ya había dado clases de Historia I, y creía que estaba preparado. Nova me dijo: “No, acércate a la Escuela de Filosofía; estudia la carrera completa, para que te formes de verdad”. Y esa orientación fue decisiva: llené los huecos que me faltaban y me integré plenamente en el mundo de la filosofía.

Eran cuatro materias más por delante, no dos. Yo pensaba que eran solo resúmenes de dos asignaturas, pero el profesor Tomás Nova me corregía: “Viejito Flete, no es así. Aquí los estudiantes tienen que cursar todo”. Él trataba de convencerme, y yo no quedaba del todo conforme, hasta que corrí con la suerte de comprobar lo que me decía.

Fue en una clase con el profesor Rafael Morla, en Historia de la Filosofía I (Filosofía Antigua). Ahí me di cuenta de que no sabía absolutamente nada de filosofía. Yo siempre fui aplicado, cumplía con las prácticas, participaba, entregaba a tiempo; pero carecía de la formación profunda que ofrece la carrera de Filosofía.

En esas clases con Morla —y luego con Nova en Filosofía Antigua II y III— comprendí mi vacío. Gracias a Dios que entré a la Escuela de Filosofía: ahí adquirí la verdadera formación. En Educación recibí el carácter, la organización y la metodología; pero la formación intelectual rigurosa me la dio Filosofía, con profesores como Morla, Nova y el propio Arvelo, que nos llevaban a lo hondo y nos obligaban a pensar por nosotros mismos. Eso despejó mis dudas y me convenció del error en que estaba.

Luego participé en el concurso de oposición. Ese concurso duró cuatro horas, y no era para ser profesor titular, sino apenas profesor ayudante. Empezamos a las 10 de la mañana y cuando ya todos se habían ido, quedamos redactando y pensando solo unos pocos: el profesor Gil (q. e. p. d.), el profesor Fernando Valdez, William, y yo. Finalmente, los tres últimos que permanecimos fuimos egresados de la Escuela de Filosofía. Esa misma tarde llegó el profesor Julio Minaya para el examen oral, que duró una hora. Ahí comprendí, una vez más, que necesitaba toda esa formación para sostenerme en un espacio de tanta exigencia.

Después continué mi formación académica. Primero hice una especialidad en Historia y Geografía del Caribe en la Universidad Católica de Santo Domingo. Luego cursé la maestría en Filosofía con la Universidad del País Vasco. Posteriormente realicé otra carrera de grado: Teología, en la Universidad Nacional Evangélica. Más adelante, un doctorado en Teología, y finalmente me inscribí en el Doctorado en Filosofía Global, cuya tesis ya he presentado y estamos a la espera.

Esa parte se me retrasó porque, como tú sabes, fui director del centro UASD-San Pedro de Macorís. Y ahí tuve que elegir: o hacía un buen trabajo como director o completaba mis requisitos de doctorado. Fue un error, porque me descuidé en lo académico y tuve que reinscribirme.

Prof. Eulogio Silverio:

¿Entiendes que fuiste un buen director?

Dr. José Flete:

Sí, yo creo que sí. Recibí un centro con apenas ocho aulas, en un edificio viejo y abandonado, y lo dejamos con 52 aulas: construimos y habilitamos 44 más. Pasamos de cuatro oficinas en mal estado a más de veinte oficinas nuevas con aire acondicionado. La matrícula estudiantil, que estaba en 500 estudiantes, creció por encima de los 2,000. Dejamos diez programas de maestría funcionando, y hasta logramos dos vehículos más para el centro —aunque uno vino donado y hubo que repararlo, pero ahí quedó—.

Además, habilitamos un dispensario médico, completamos el laboratorio de la cámara de Gesell que solo necesitaba un amplificador, y dejamos funcionando laboratorios de psicología y otros cuatro más. También logramos el programa de inglés por inmersión, un salón de actos habilitado y más de dos salones de profesores. En fin, yo creo que fue una buena gestión.

Prof. Eulogio Silverio:

Pero tú sabes que en estos ambientes, el que hace una buena gestión en vez de recibir flores recibe piedras. Por eso te lo pregunté, para que tú mismo lo dijeras. Tú mencionaste algo: la teología. Y ahí quiero retomar una vieja discusión que hemos tenido. ¿Recuerdas un artículo en el que tú escribiste que amabas la filosofía, que era amor por la sabiduría, amor a la filosofía? Yo respondí entonces que la filosofía debía buscarse mejores amantes, porque el amor verdadero de Flete no era la filosofía, sino la religión.

Te lo pregunto de nuevo: ¿es posible conciliar el amor verdadero a la filosofía con el amor hacia la religión?

Dr. José Flete:

En la carrera de Filosofía es donde más se recrudece la convicción. Yo siempre digo a mis estudiantes que la filosofía no ateíza a nadie. Uso esta metáfora: la filosofía es como una ferretería; te ofrece los materiales para construir, pero tú decides si quieres una casa de cartón o una de block. Ella te prepara, te habilita, te capacita y te empuja a pensar, a ser osado.

Si quieres creer, en la filosofía encuentras aval y recursos para formar tus argumentos. No existe esa distancia tajante que algunos quieren plantear, como si todo filósofo fuera necesariamente ateo. Eso no es verdad. Ahí están Kant, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, incluso Descartes, que sentaron precedentes. Cada uno con perspectivas distintas, pero todos usaron la razón en diálogo con la fe.

Prof. Eulogio Silverio:

Pero lo que yo siempre me pregunto es si no hay una contradicción implícita entre decir creo y soy racional. La filosofía es el camino de la razón, mientras que la religión busca la verdad por otros medios: el sentimiento, la fe. ¿No es eso una contradicción?

Dr. José Flete:

Es que no es posible tener fe al margen de la razón. Ahora bien, cuando se trata de creer, hay un momento en que necesariamente hay que sacrificar la razón. Eso lo planteaba Kierkegaard: creer implicaba sacrificar el conocimiento. El problema de muchos que entran en crisis de fe es que quieren abordar a Dios solo desde la razón.

Prof. Eulogio Silverio:

Te hago esta pregunta porque tiene un sentido auténtico. Y el que me conoce sabe que no sería honesto si no la formulara. Yo reconozco en ti algo: aunque siempre has cultivado tu fe —y no la escondes, porque es pública—, en el aula no llevas necesariamente los elementos de tu fe. Tengo constancia de que en tus clases no introduces la práctica religiosa como dogma. Eso lo valoro, porque pienso que el aula no es el espacio de la fe, igual que critico a quienes llevan al aula cualquier tipo de dogmatismo.

En la Escuela de Filosofía tuvimos que luchar contra dogmas que estaban instaurados. No eran religiosos, sino políticos, pero eran dogmas al fin. La filosofía nos enseñó apertura, y hubo un proceso para cambiar eso. Sin embargo, la historia nos ha vuelto a mostrar que los dogmas siempre asoman. Por eso te hice la pregunta, porque creo que el aula debe estar libre de ellos. El aula debe ser un espacio abierto a todas las corrientes de pensamiento, y si se lleva un elemento como la fe, debe ser para discutirlo, no para enseñarlo como dogma.

Por ejemplo, un día tuve un caso con una estudiante que quería orar en clase. Yo le dije que no, porque si le permitía a ella orar, también tendría que permitir al católico rezar, al budista hacer su mantra, o incluso al satanista realizar un sacrificio ritual. La Constitución consagra la libertad de culto, pero el aula no es un templo. Ahora bien, sí trato el fenómeno religioso como objeto de conocimiento, no como práctica. Y tampoco trato de conquistar a nadie para que vaya a la iglesia: eso lo respeto. Mis estudiantes saben que en mis clases no se pasa por ser evangélico, católico o de cualquier convicción; se pasa por el trabajo académico.

Pues bien, para cerrar esta conversación, me gustaría que nos dijeras por dónde andan tus líneas de investigación. Sé que tu doctorado con la Universidad del País Vasco trata un tema muy interesante, ligado a la moral, a la ética y también al cine. Tú eres un apasionado del cine: desde la primera película de Avatar ya estabas reflexionando sobre sus elementos filosóficos, y hasta llegaste a comentar sobre efectos especiales en un programa con Noel y conmigo en Santiago.

Dr. José Flete:

Déjame explicarte que mi interés por el cine también se remonta a un asunto familiar. Tenía apenas cuatro años cuando mi papá me llevó al cine a ver dos películas que nunca he olvidado: Nido de avispas y una de James Bond, con Roger Moore, donde aparecía el personaje de “Mandíbula”, aquel villano alto y fuerte. Desde entonces me fascinó el cine. De niño incluso fabricaba proyectores de película; siempre me gustó todo lo relacionado con ese arte.

Ahora bien, donde ese interés se convierte en criterio y se desarrolla con formalidad es en la Escuela de Filosofía. Mi tesis de grado ya contenía elementos de filosofía del cine: cito películas, las analizo desde un marco filosófico. A partir de ahí fui enfocando más mi atención hacia ese ámbito, casi como un homenaje, porque nada en filosofía surge de la nada: siempre hay un precedente, alguien que abre el camino.

Y en ese sentido tengo una deuda con Carlos Pineda, allá en Luperón, Puerto Plata. Carlos fue quien llevó a las clases con Arvelo Tellerías esas discusiones prolongadas contra él y contra Joseph. Aquellas discusiones eran un caos, pero un caos ordenado. Y fue con él que yo aprendí a hacer filosofía del cine. Yo lo observaba y veía cómo citaba constantemente películas, y eso se lo agradezco mucho.

Luego viniste tú, cuando me tomaste en serio invitándome a participar en aquel programa en Santiago, a analizar películas y conversar. Ese espacio me permitió comenzar a pensar el cine de manera más seria.

De ahí nace mi tesis de grado y también mi tesis doctoral en teología, que fue precisamente sobre cine. Mi aporte a la teología del cine se tituló El problema del bien y el mal en la película La sombra de una duda, de Hitchcock: una lectura desde la perspectiva paulina, donde planteo una propuesta para la teología del cine.

Después vino mi tesis doctoral con la Universidad del País Vasco, también vinculada al cine: El problema del bien y del mal en la película Los pájaros, de Hitchcock. Esa investigación es igualmente una propuesta para la filosofía del cine.

Pero todo eso lo aprendí aquí, en las clases, en las sesiones, en los debates con los profesores y con mis compañeros. Como digo siempre, yo veo más lejos —si es que logro ver más lejos— porque estoy de pie sobre los hombros de un gigante. Nada de lo que tengo hoy procede únicamente de mí.

De hecho, quiero dejar constancia de mi gratitud. En primer lugar, a Dios; en segundo lugar, a mis padres, que se quitaron el pan de la boca para que yo llegara hasta aquí; y finalmente, a la Escuela de Filosofía y a mis compañeros, porque siempre voy a estar en deuda con ellos.

Eso quería decirlo, porque uno nunca sabe, y a veces uno muere y esas cosas se quedan sin decir. Pero yo siento la necesidad de expresarlo.

Prof. Eulogio Silverio:

Bien, antes de pasar a las preguntas que suelo hacer al cierre, vamos a dar la oportunidad al público que nos acompaña, por si alguien desea intervenir y ayudarnos a completar la conversación. A mí me ha parecido muy interesante notar la conexión y la constancia en tu línea de investigación: el cine, la muerte y el problema del bien y del mal.

En ambas tesis, ya de nivel doctoral, ¿hay algunas publicaciones que usted haya hecho en esa línea o que tenga pendiente hacer?

Dr. José Flete:

Sí. En el foro era donde más publicaba sobre películas. Hice una publicación en la página monografias.com sobre el personaje de Samuel Jackson en la película Django desencadenado, con Leonardo DiCaprio. Ese personaje, el viejito retorcido, siempre me llamó la atención. Mi análisis fue que su actitud era una forma de sobrevivir. Puede sonar cruel, pero en lugar de estar bajo el sol, con el látigo, o expuesto a que lo vendieran, buscó refugio en la estructura de poder, aunque aparentara apoyar a los blancos.

También publiqué en ese mismo foro artículos sobre películas de venganza, sobre Megamente y otras más. Recuerdo también un comentario sobre La casa del árbol, que analizamos aquí en el Cine Cultural de la UASD.

Ese foro fue una gran oportunidad, porque me sentía muy bien cuando veía que profesores leían mis artículos, que me tomaban en cuenta. Eso me animó bastante y sigo, de cuando en cuando, publicando algunas cosas. La página Filosofía y Cine está ahí precisamente para eso.

Reinaldo García:

Mi pregunta es un poco personal. Usted ha hablado de su fe religiosa. Muchas veces, cuando ocurren acontecimientos como la muerte de seres queridos, hay una fragilidad en el ser humano, y hasta se llega a dudar de Dios. Usted mencionó la muerte de sus tíos y de su hermano pequeño. ¿Cómo se fortalece la fe en medio de esas experiencias y no se debilita?

Dr. José Flete:

Lo que pasa es que, en el caso del cristianismo, la fe tiene una visión diferente: uno la entiende como una prueba, como parte normal de la vida. Al final, todos morimos. Eso me recuerda una frase de la película La habitación 1408: “Todo el mundo muere”.

Pero el proceso más difícil de mi vida no fue la muerte de mis tíos o de mi hermano, sino la desaparición de mi papá. Ese fue el golpe más fuerte que he vivido. Sin embargo, lejos de debilitar mi fe, me afianzó más en el Señor.

Incluso dejé de escribir poesía a raíz de eso, porque descubrí que la musa era él. Mi mamá lo sabe: yo sentía más inclinación, más amor hacia mi papá que hacia ella. Y su desaparición fue como una ruptura interior, como si algo se hubiese quebrado en mi mundo.

Recuerdo una expresión que usaste en un escrito titulado La calumnia, que decía justamente eso: “algo se quebró en su mundo interior”. Esa expresión se quedó conmigo.

Prof. Eulogio Silverio:

Pienso que sería importante, ya que estamos conociéndote, que abundes un poco más sobre ese asunto. Cuando hablas de la desaparición de tu padre, ¿te refieres a una desaparición física? ¿Podrías narrar un poco eso? ¿Y cómo conecta con lo que decías a Reinaldo sobre tu vida de fe y tu formación como filósofo?

Dr. José Flete:

Bueno, lo que pasó fue que mi papá un día simplemente salió en la mañana… y no volvió. Fue una desaparición física, sin explicación. Eso marcó mi vida profundamente.

 

Desde que tuve uso de razón, siempre tuve una relación muy estrecha con él. Para que se tenga una idea: cuando nos encontrábamos en la calle, aunque yo tuviera ya 23 años, nos saludábamos con un beso. Había una inclinación muy fuerte hacia mi papá. Tanto así que mi hijo mayor se llama Ernesto por él, y el más pequeño Braulio, también por él.

Cuando desapareció, yo tenía 27 años. Fue un golpe muy duro. Recuerdo que ese mismo día lo había dejado en la mañana, y horas después recibí la noticia: “Fulano no aparece”. Ese vacío lo sigo sintiendo. Incluso, a veces estoy con mi mamá —porque vivo al lado de ella— y, por cariño o costumbre, me sorprendo diciéndole: “Mami, háblame con Pablo”, como si él todavía estuviera ahí.

En cuanto a la poesía, descubrí que en todos mis poemas él estaba presente de algún modo. Después de su desaparición, ya no pude volver a escribir. Intenté un par de veces, pero no me salía nada. La poesía se me fue con él. Entonces me refugié en la filosofía, que se convirtió en mi baluarte, en mi sostén.

Y sobre la fe: no la perdí, sino que me afiancé más en ella. La fe no es un intercambio, como piensan algunos, que se fortalece solo si uno recibe respuestas. La fe es convicción. Es amar a Dios por encima de todas las cosas, incluso cuando las cosas más dolorosas ocurren.

Prof. Osvaldo Familia

Usted mencionaba que en su tesis de grado ya había elementos de filosofía del cine. ¿Por qué no continuó directamente con el tema de la muerte en sus siguientes investigaciones, en la maestría y en el doctorado, en vez de enfocarse en el cine?

Dr. José Flete:

Eso tuvo que ver con varios factores. En parte, porque fui condicionado —y lo digo en buen sentido— por el propio profesor Eulogio, que me orientó a tomar un tema más acotado. Y también fue un tema de inmadurez mía, de poca claridad en ese momento.

Recuerdo incluso que el profesor Caballero me recomendó seguir una línea relacionada con derecho, economía, desarrollo. Y por un tiempo me desvié de lo que ya venía trabajando. Eso me hizo perder tiempo. Hoy lo reconozco: lo ideal es que uno siga una sola línea, porque cuando uno se dispersa pierde continuidad.

Con el tiempo fui madurando, sentando cabeza, y comprendí que debía mantener una línea constante. Eso fue lo que pasó con el cine: empecé, me fui quedando ahí, y hasta hoy me mantengo.

Prof. Eulogio Silverio:

Muy bien. Para cerrar, ahora te voy a plantear tres conceptos. Lo que quiero es que respondas sin pensarlo demasiado, con lo primero que te llegue a la cabeza. Después, si hay que precisar o recoger, lo hacemos. ¿Está claro?

Dr. José Flete:

Perfectamente.

Prof. Eulogio Silverio:

Bien. Empecemos. Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Dr. José Flete:

Es lo mejor que hay. Yo no pude haber llegado a donde estoy si no fuera por la UASD. No tengo manera de agradecer lo que esa universidad ha hecho por mí. A veces me lleno de piques, como tú sabes, porque pienso que debemos preservar lo que tenemos. Un estudiante de orilla de río, como yo, nunca habría tenido acceso a una universidad privada; hubiera sido imposible. La UASD es un paraíso que debemos cuidar.

Prof. Eulogio Silverio:

República Dominicana.

Dr. José Flete:

La República Dominicana la estamos echando a perder. Donde se pierde el sentido de justicia y de corrección, se pierde todo. A pesar de los problemas políticos, aquí todavía hay oportunidades: puedes recibir salud en un hospital, puedes estudiar en la universidad. Hace poco estuve en Estados Unidos y vi cómo tres plátanos, un café y un galón de agua sumaban casi 24 dólares. Eso me hizo pensar en que, aunque tengamos dificultades, aquí tenemos un país con posibilidades… pero lo estamos echando a perder si no cuidamos lo que es nuestro.

Prof. Eulogio Silverio:

Familia.

Dr. José Flete:

No sé pensar al margen de mi familia. Lo que soy se lo debo a mis padres, a mis hermanos, y como esposo le agradezco a mi esposa: porque que una mujer te quiera y eche contigo para adelante cuando no tienes nada, es un acto de fe y de valor. Ella giró la cara y me acompañó, y gracias a eso hoy estamos donde estamos. Para mí, la familia es lo mejor que tengo.

Prof. Eulogio Silverio:

Y la última: Amigos.

Dr. José Flete:

Soy de pocos amigos. Para mí el amigo es algo muy delicado. No es solo el que te acompaña, sino el que se detiene, el que te llama, el que te dedica tiempo y respeto. El amigo verdadero te corrige, te pone en cintura cuando es necesario. Eso lo viví contigo, Eulogio, cuando fuiste mi asesor de tesis: me corregías sin contemplaciones, me hacías reescribir, me decías: “Eso es un disparate, no lo pongas así, léelo bien”. Eso es amistad: respeto, corrección y apoyo.

Ahora bien, quiero aclarar: el amigo no es solo quien se detiene, sino quien reconoce una cualidad, quien se identifica contigo en lo esencial. Recuerdo un cuento de Federico Bermúdez: el doctor reconoce a un amigo en la calle, pero lo ve tan feliz, tan ensimismado, que prefiere no interrumpirlo. La ignorancia y la felicidad eran sus amigas, y el doctor entendió que lo mejor era dejarlo en paz.

Algo parecido me ocurrió recientemente. Volví a mi campo y me encontré con un compañero de infancia, campesino, con quien jugábamos juntos. Yo iba en un vehículo —un Wrangler— y al verlo me detuve, lo monté y lo llevé a mi casa. Al despedirnos, le dejé algo, no mucho, pero lo que podía darle en ese momento. Quien me acompañaba me dijo: “¿No lo hará sentir mal, verlo a usted en un carro así y encima recibirle algo?”. Yo respondí: “Peor sería que él supiera que lo vi y no me detuve”. Lo que hice fue reconocerlo, decirle con ese gesto que sigue siendo mi amigo.

El doctor de aquel cuento no lo reconoció, pero yo sí reconozco a mis amigos. Y eso es lo importante: identificarse, acompañar, no necesariamente resolverle la vida al otro, sino demostrar que uno está ahí.

Prof. Eulogio Silverio:

Flete, sencillamente darte las gracias por haber acudido a nuestro llamado. Seguiremos el trabajo que el profesor Arvelo inició mientras está de vacaciones en Europa. Por cierto, él está ahora recorriendo lo que llaman “la ruta de los filósofos”: España, Grecia, Francia, Alemania, lugares históricos de la filosofía. Nosotros también debemos organizarla algún día, aunque aquí no será gratis.

Gracias por esta conversación.

Dr. José Flete:

Gracias a ustedes por la oportunidad. Para mí ha sido un privilegio y una gran valoración que me tomen en cuenta. No tengo más palabras, solo agradecer.

Prof. Eulogio Silverio:

Excelente. Pues, cambio y fuera.