Dr. Alejandro Arvelo:
Hoy, miércoles 7 de febrero de 2024, a las 10:42 de la mañana, nos encontramos en el despacho del señor director de la Escuela de Filosofía, junto al Dr. Fidel Munnich, para dar continuidad a este proyecto de la gestión del profesor Eulogio Silverio: El Archivo de la Voz.
Este proyecto busca legar a la posteridad, en la voz de sus protagonistas, la historia viva de la Escuela de Filosofía y de la Facultad de Humanidades. Al mismo tiempo, pretende mostrar el músculo intelectual de esta Escuela, que no solo es la más antigua de América, sino que continúa siendo la primavera del pensamiento, la vanguardia del quehacer filosófico y docente en nuestro país.
El doctor Fidel Munnich es licenciado en Filosofía por la Universidad Católica Madre y Maestra —antes de ser Pontificia—, cuando aún se conocía como UCAMAIMA. Además, es egresado de la Universidad Carolina de Praga, y su grado de doctor constituye un activo valioso de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Ha sido director de la Escuela de Historia y Crítica de Arte de la Facultad de Artes de la UASD, y actualmente se desempeña como Vicedecano de dicha facultad. El profesor Munnich es un intelectual activo, no solo en la Universidad, sino en el país. Es un filósofo in statu faciendi —en proceso de creación—, con una obra constante, significativa, de presencia continua en los medios de comunicación y en la prensa escrita.
Su trayectoria filosófica se manifiesta en una obra representativa que habla alto por él y por nuestra generación. Aunque soy un poco mayor que él, de alguna manera somos congeneracionis, porque ambos formamos parte de ese movimiento, de esa eclosión que vivió la filosofía dominicana a partir de los años 90, especialmente desde la Escuela de Filosofía de la UASD.
Para la gestión del profesor Silverio, de la cual me siento parte, constituye una gran oportunidad este encuentro con el profesor Fidel Munnich, uno de los pensadores dominicanos actuales más originales, dedicados y con mayor presencia académica y mediática.
Ha escrito alrededor de cinco libros, algunos de los cuales tenemos hoy sobre esta mesa. Su primera obra, Huellas del errante, es una pieza profunda, escrita para pensar y cultivarse. Su estilo destaca por el dominio del ensayo breve, del ensayo de gran aliento, y por la capacidad de elaboración filosófica refinada.
Bienvenido, profesor Fidel Munnich, a este programa de la gestión del profesor Silverio: El Archivo de la Voz.
Dr. Fidel Munnigh
Gracias, doctor, maestro Alejandro Arvelo, y al maestro Eulogio Silverio por la invitación a participar en este programa Archivo de la Voz, que se va creando y gestando poco a poco, y que yo sé que, sin duda, va a dejar un legado importante en nuestra academia y en nuestra Escuela de Filosofía para todos, para la posteridad.
Dr. Alejandro Arvelo
También hablemos de Fidel Munnigh, el Fidel Munnigh no conocido: el Fidel Munnigh niño, adolescente, que cursa estudios preuniversitarios, sus profesores, padres, influencias de juventud, antes de entrar en la parte propiamente vocacional, en la vocación filosófica. ¿Quién es ese niño? ¿De dónde viene?
Dr. Fidel Munnigh
Gracias, doctor, maestro Alejandro Arvelo, y al maestro Eulogio Silverio por la invitación a participar en este programa Archivo de la Voz, que se va creando y gestando poco a poco, y que yo sé que, sin duda, va a dejar un legado importante en nuestra academia y en nuestra Escuela de Filosofía para todos, para la posteridad.
Yo nací en Santo Domingo, casi frente al mar, aquí en la clínica Gómez Patiño, y mis primeros meses, los primeros años, los pasé en el Conde. Mi padre y mi madre vivían en una pensión de quien sería mi madrina, doña Pura de Ricard.
Luego, con la Revolución… Yo nací en el año 62, en mayo del 62, un año después del ajusticiamiento del tirano, justo un año. Mi padre decía —y yo le preguntaba—: “Hijo, es que yo dije que no iba a tener un hijo mientras Trujillo estuviera en el poder”. Entonces yo nazco al año, justamente.
Cuando está ya la Revolución de Abril, la Guerra Patria de Abril, mi madre se traslada conmigo y con mis hermanas a San Cristóbal. Mi padre se queda trabajando en Santo Domingo; luego él emigró a Estados Unidos. La familia se separó, mis padres se separaron, y yo crecí en San Cristóbal desde finales del año 65 o principios del 66. Recuerdo que tendría cuatro años cuando me llevaron allá, a la casa materna de mis abuelos, una casa que ahora está en venta, en la calle Salcedo esquina Constitución, donde guardo mis más hermosos recuerdos de infancia, adolescencia y primera juventud.
Entonces crecí en San Cristóbal, en varios colegios. Para el bachillerato, mi madre me inscribió en una escuela católica, la Escuela Parroquial Santa Rita, la que queda justo al llegar por la vieja carretera, ahora tapada por el monumento a los constituyentes de la Constitución. Era una escuela de varones y hembras, dirigida por los padres agustinos recoletos.
Allí hice el bachillerato y, al mismo tiempo, entré en la iglesia, en grupos juveniles cristianos —no la Acción Católica, sino unos grupos que había en la parroquia cerca de mi casa—. Siempre tuve la presencia y orientación de los padres agustinos recoletos. Fui monaguillo y luego pensé en la carrera sacerdotal.
A los 18 años entré al seminario agustino, a la orden agustiniana o agustinos recoletos, para estudiar filosofía. Hice cuatro años, dos como seminarista y dos como externo. Salí en 1982, cuando descubrí que no era mi vocación, a los 20 años.
Luego continué los estudios. En 1984, a los 22 años, me gradué. Era muy aplicado y obtuve mi título con honores summa cum laude. Esto fue en la PUCMM, porque el Seminario Santo Tomás de Aquino funcionaba como la Facultad de Filosofía de esa universidad. Allí me formaron padres y sacerdotes de distintas órdenes: dominicos, agustinos, agustinos recoletos y jesuitas. Entre ellos, el profesor Fernando Ferrán, quien fue mi maestro; el padre Pavés, excelente profesor de Historia de la Filosofía; y el padre José María Guerry, agustino recoleto que actualmente está en España.
Al mismo tiempo, tenía una sensibilidad política y social heredada de los grupos juveniles cristianos. No militaba formalmente, pero sí estaba afiliado al pensamiento de izquierda, al Partido Comunista Dominicano, al PSD y a otros movimientos.
En los años ochenta ingresé al periódico El Nacional y a la revista Ahora como crítico de cine. Cuando don Armando Almánzar Rodríguez —que en paz descanse— se marchó a otro medio, yo empecé a hacer mis primeros trabajos en crítica de arte, crítica literaria y crítica cinematográfica. Siempre me atrajo la escritura. A inicios de esa década también comencé a colaborar en el suplemento Aquí, dirigido por Mateo Morrison, quien me dio acogida en el medio para publicar mis textos.
Era muy joven e inquieto: hacía crítica de cine, iba diariamente a las salas, tenía un pase de cortesía, escuchaba rock y jazz, y leía mucho. En 1984 presenté mi tesis de licenciatura en la PUCMM sobre “Marxismo y religión”, enfocada en la crítica de la religión en La ideología alemana.
En 1985 empecé a dar clases de bachillerato en el Liceo Ulises Francisco Espaillat de La Agustina, cerca de Cristo Rey. Con 23 años quise aplicar a becas internacionales, y en 1987 obtuve una para estudiar en Checoslovaquia, a través del Partido Comunista Dominicano. Me marché con una beca de posgrado en Filosofía y permanecí en Praga ocho años.
Aquella etapa fue un gran shock cultural, una experiencia fundamental: viví el proceso de cambio político, el derrumbe de los regímenes totalitarios y el retorno de la democracia y el capitalismo. Llegué marxista y salí con una visión más crítica. Leía a Kundera y Kafka, estudiaba y también vivía intensamente.
Me quedé más tiempo del previsto porque me casé y tuve una hija, Teresa, checo-dominicana, que hoy tiene 30 años. Luego nació mi otra hija, Sofía, dominicana, estudiante de música en la Facultad de Artes de la UASD.
En 1995 regresé al país y, en abril de 1996, ingresé a la UASD como profesor visitante en San Francisco de Macorís, en el entonces Departamento de Artes (la Facultad de Artes se creó en noviembre del 2000). Ese mismo año entré al Banco Central como traductor, donde trabajé hasta 2019.
Mi primer libro, Huellas del errante, lo publiqué en 2002, a los 40 años. En 2018 fui electo director de la Escuela de Historia y Crítica de Arte, y desde 2022 soy decano. He publicado cinco libros —deberían ser más— y cultivo sobre todo la escritura ensayística, que me ofrece libertad expresiva sin sacrificar el rigor y la claridad. No me considero un filósofo sistemático, sino un lector y educador que intenta mantener una estética filosófica en la escritura. La filosofía ha sido mi compañera y sostén en los momentos más difíciles de mi vida.
Superar la crisis de mi existencia en el país, en mi juventud, en el exterior, en esa experiencia de desarraigo y soledad que viví durante mis ocho años en Praga, pero también de enriquecimiento como estudiante anónimo, caribeño, latino, solitario. Y ahí estuvo siempre la filosofía, estuvo la literatura, estuvo el arte, de algún modo como un aliciente, como un estímulo. Y bueno, ese soy yo.
De hecho, en su obra podría decirse que es una constante el tema de la vida, el tema de ese “aquí”, ese “ahora” y ese ser un poco arrojado al mundo. Sí, digamos que la filosofía existencial me marcó particularmente: Sartre, el existencialismo sartreano; luego, por supuesto, Kafka y la lectura de Dostoievski —para mí, el mayor escritor de todos los tiempos, con perdón de Cervantes, de Shakespeare, de Goethe y de Dante—, pero el que más me llega. Y, bueno, claro, uno descubre siempre nuevos escritores que lo marcan, y sí, siempre estoy…
Se trata de escribir desde el vivir, y de tratar de descubrir lo universal en lo local, en lo particular, desde lo particular. Y como decía John Dewey, el gran esteta y filósofo americano pragmático, lo universal está en lo local, ¿no? Y ahí está todo: el arte se desarrolla desde lo local, toda reflexión filosófica debe partir de una situación particular, pero intentar ser universal, tener una validez universal aunque sea localizada. Y ahí está esa gran dificultad, ese gran reto.
Dr. Alejandro Arvelo:
Claro, claro. Nos ha hecho mención usted de algunas de las luminarias que conoció ya cuando ingresó a la carrera de filosofía, pero siempre, en la vida de académicos, de personas destacadas, pensadores como usted, hay también, en la enseñanza preuniversitaria —la primaria, los estudios secundarios, como llamábamos intermedios—, alguien que deja huella, que orienta, que ayuda, que sirve de inspiración. ¿Ese fue su caso también?
Dr. Fidel Munnigh:
Sí, hay varios, hay varios. El padre José María Aguerri, con el cual me comunico por WhatsApp, me envía todos los días pensamientos de San Agustín. Es el que, digamos, me dirigió. Hubo otros sacerdotes en esa etapa de formación que me ponían a leer a San Agustín: Las confesiones, Los soliloquios, De civitate Dei (La ciudad de Dios) —excelente filosofía de la historia de San Agustín—, Contra los maniqueos, Las cartas contra los maniqueos, y todo eso.
Trataba de enseñarnos, a nosotros jóvenes seminaristas, no solamente a nivel intelectual; también se preocupaba por ese sentido de la justicia, de la igualdad, de la paz en el mundo. Yo estudié con padres muy progresistas. Digamos que no estaban claramente en la onda de la teología de la liberación de entonces —Leonardo Boff y otros pensadores—, pero sí eran bastante progresistas, como los llamaban.
No, yo no diría “progres”, yo diría liberales, que nos ponían a leer a Marx, incluso: “No, hay que entender el marxismo”. Y a mí, durante un tiempo, me preocupó el diálogo marxismo-cristianismo, un tema que yo cultivé y que luego abandoné porque vino la crisis del marxismo como horizonte teórico, con toda la caída del comunismo en Europa, y aparecieron otros temas.
Pero sí, el padre Aguerri —español— fue un gran padre. También el padre Ferrán, sacerdote jesuita, y otros estuvieron ahí siempre. Yo tenía, de un lado, la influencia de los curas, y del otro lado, de los compañeros de izquierda que me estimulaban a leer lecturas políticas: El manifiesto comunista, El 18 Brumario de Karl Marx, Crítica de la economía política, Contribución a la crítica de la economía política, y todo eso. La sagrada familia, La cuestión judía, y por ahí.
Yo tuve una influencia muy diversa, parece como un “arroz con mango”. ¿Cómo es posible que tuviera esas influencias y, por otro lado, la literatura, el descubrimiento del cine, del arte? Iba mucho al cine en esa época, vi el cine de los 80 y de los 70, escuchaba mucha música también. No tanto las artes plásticas, ese fue un descubrimiento posterior; las artes visuales llegaron después.
Tengo una relación con todas las artes. Estoy a caballo entre la filosofía y el arte, de ahí que haya estudiado estética como especialidad. Creo que hay un diálogo permanente entre las artes y las humanidades, y eso es lo importante: un diálogo abierto, también entre las artes y las ciencias, y entre estas y las humanidades. Creo que debemos ir hacia un diálogo integral, abierto, que nos complemente, cada uno salvando su propia especificidad.
Siempre hay maestros, siempre hay figuras que te orientan en la vida.
Dr. Alejandro Arvelo
¿Y amistades de entonces, profesor?
Dr. Fidel Munnigh:
Sí, conservo una buena relación con mis amigos de juventud, de la primera juventud, digamos. Profesionales, algunos están aquí: Jesús María Díaz, profesor; David Martí, biólogo; y Jesús María, sociólogo. Tuvimos siempre una relación de amistad que luego se interrumpió al irme a vivir fuera, durante mi estancia de estudios.
Siempre estuve también vinculado a los clubes que entonces existían —hablo de finales de los 70 y principios de los 80—, eso ha desaparecido prácticamente, y también al movimiento cultural. Luego, cuando volví a Santo Domingo a terminar la carrera —porque estuve un año en la universidad, a los 17 años, en el colegio universitario, pero no me fue muy bien porque era muy inmaduro—, ingresé al seminario a estudiar filosofía.
En los 80, antes de irme, tuve amistad con Pedro Chahín, por ejemplo, y con Odalís Pérez, sobre todo cuando regresé, que me abrió las puertas a la universidad. Con él conservo una gran amistad; lo considero mi mentor, mi hermano mayor. Siempre hay nombres; uno no se puede construir solo, claro.
San Cristóbal no deja de ser un punto de luz para la filosofía en la actualidad. Yo creo que alrededor del 40% o 50% de los estudiantes de la carrera provienen de San Cristóbal. De allí proviene también una de las filósofas dominicanas por excelencia, viva: la profesora Lusitania Martínez; el maestro Odalís Pérez; yo mismo. A Lusitania la traté después, ya cuando era profesional, en los 90, con un trato mayor.
Dr. Alejandro Arvelo
Eso le iba a preguntar: ¿se aventura a lanzar alguna hipótesis? ¿Por qué San Cristóbal es tan fértil para la filosofía, como también para la pintura, la poesía y la narrativa?
Dr. Fidel Munnigh:
San Cristóbal es también la cuna de uno de los narradores de mayor renombre del país, Diógenes Valdez, Premio Nacional. En la Facultad de Artes, en la Escuela de Música, están ahora los hermanos Javier —Hipólito, Leini y Leobardo—; Leo fue profesor aquí mismo en la universidad, muy querido, falleció en 2018. También están músicos como José Pelletier y Fermín Ceballos. Hay una tradición cultural, artística y literaria importante. Lamentalidad muy conservadora, que viene del trujillismo; muy de relaciones primarias, relaciones sociales primarias, y que Efraín Castillo vivió allá en su juventud. Y bueno, pues sí, siempre hemos estado tratando de impulsar el movimiento y apoyar la gestión cultural. Pero San Cristóbal tiene una presencia importante; yo pienso que debería ser mayor esa presencia.
Dr. Alejandro Arvelo
Y eso que usted plantea acerca de San Cristóbal podría proyectarse sobre el país? ¿Qué le parece a usted, profesor, la cultura dominicana y la gestión estatal cultural? ¿Goza de buena salud? A propósito de las diez fórmulas que usted da en Ejercicios de resistencia.
Dr. Fidel Munnigh
Yo soy muy crítico de las políticas culturales del Estado. Las políticas públicas implementadas en el campo del arte y la cultura son las políticas culturales, como sabemos. Soy muy crítico, y te hablo desde mi experiencia, desde dentro: yo estuve durante dos años, fui asesor en cuestiones de pensamiento cultural del presente Ministerio de Cultura, entre el año 2020 y 2022; luego fui separado, desvinculado, como se dice.
Esto me parece que no tiene ningún tipo de criterio, ningún tipo de filosofía ni orientación; no hay ningún tipo de interés. Los gobernantes democráticos siguen la misma política de ignorar la cultura, de utilizarla como espectáculo. Mira, hay mucha deformación en torno a lo que es realmente la política cultural desde el Estado: la clase política dominante y la clase que está de turno, los gobernantes, pues tienen la cultura como un relleno, como un adorno, no como algo vital, sino como un espectáculo, como un entretenimiento para las masas.
Mientras no entendamos que la cultura es la totalidad de lo existente —como dice una amiga, es la plenitud del ser—, la cultura es lo que le da vida, existencia y sentido de pertenencia a un país o a una colectividad. Pues no vamos a poder romper con todos estos falsos paradigmas. Luego de salir, me di cuenta de que realmente no había un interés. Ha sido una constante de los políticos y de los partidos de gobierno.
Hay un Ministerio que hace poco… y no hay un verdadero interés por la gestión cultural. Es decir, una gestión cultural realmente transformadora, emancipadora; no simplemente como un añadido, como un adorno estético o como un espectáculo. No creo… como un show. Eso ha sido la mayor tergiversación que hemos podido ver acá, y por eso hay esa orfandad. Se hacen algunas cosas, se publicita mucho, pero no hay verdaderamente una política cultural.
Mira, la cultura es el eje transversal de toda transformación social; eso lo dicen hasta los documentos de la UNESCO: el eje transversal de una sociedad y de un proceso de transformación social revolucionario, en el sentido realmente emancipador. Pero, ¿cuál es el eje transversal de la cultura? Pues la memoria. Sin memoria no hay identidad; sin memoria cultural no hay identidad y no hay cultura.
Entonces, nosotros tenemos un gran problema con esto de la identidad: cómo la conceptualizamos, cómo la practicamos y cómo la vivimos. Arbelo, nosotros creemos que la identidad es algo estático, y no lo es; creemos que es una serie de rasgos casi metafísicos, permanentes, fijos, que nos definen desde 1844 hasta ahora, y resulta que la identidad cultural es móvil, cambiante y está siempre asimilando cosas nuevas.
Porque, ¿cuál es la identidad cultural del dominicano de la diáspora, por ejemplo? Esa dominicanidad trashumante, errante, que sale del país y que se transculturiza, en términos de una identidad abierta y plural. Lo cual no significa que no la tengamos: hay una manera de ser en el mundo, tenemos una dominicanidad, yo no la niego; pero no es algo estático, no es la misma. Es como la vida, es como el río heraclitiano, que está incesantemente cambiando, pero apropiándose de los nuevos elementos, negando, asimilando, en esta dialéctica de asimilación, negación, síntesis y todo esto.
Volviendo al punto: yo no creo… por eso, por mi decepción en esos dos años en el Ministerio de Cultura, ha sido una decepción…un y un desencanto. Yo apuesto por la gestión cultural independiente; creo que hay que apostar más por el apoyo del sector privado. Y si bien hay alianza público-privada, creo que los grupos culturales y los gestores tienen que tratar de atraer más a los empresarios, a los emprendedores, a como dé lugar, sin depender tanto del Estado. La dependencia del Estado en términos de inversión en cultura nos ha hecho daño.
Y hay otra cosa, que lo he dicho públicamente: en la República Dominicana las políticas culturales están condicionadas por la cultura política, y esa cultura política es clientelista y patrimonialista. Mientras persista eso, no va a haber desarrollo real.
Dr. Alejandro Arvelo
Precisamente, usted lo tenemos como uno de los… a mí no me gusta la palabra “experto”.
Dr. Fidel Munnigh
Yo te voy a pedir que la retires. Porque lo que pasa es que hoy hay un abuso con el “experticio”; todo el mundo… No, yo soy un estudioso, digamos, me gusta más la palabra “estudiante” o “estudioso”. Porque la palabra “experto” está —como diría un amigo, que él mismo suele abusar— sobrevaluada. Entonces, cualquiera que lee un artículo sobre el gobierno argentino de Milei, el nuevo gobierno, se cree un experto en cuestiones de Argentina. Creo que hay un pseudo-saber que hace daño.
Sí, y tú sabes que en filosofía, Popper lo dice: la humildad, la modestia, y que cuanto más sabemos, menos sabemos.
Dr. Alejandro Arvelo
Claro, Sócrates sin duda.
Dr. Fidel Munnigh
Entonces yo he tratado de estudiar esto, de acercarme, pero no me gusta hablar desde esa seguridad falsa. Prefiero manejarme con —como dice la expresión— había una en Praga, en mi época de estudiante de doctorado, pues en los 90, con la caída del comunismo y la apertura, se abrió un bar que en checo se decía Solini inota. Se traduce como “incertidumbre sólida”.
Nosotros hoy, los filósofos caribeños, los filósofos isleños, estamos trabajando con sólidas incertidumbres realmente. Bueno, no hay certezas, no hay certezas.
Dr. Alejandro Arvelo
Y yo creo que usted ha abierto el camino para justamente poner a la filosofía —que es su área de elección— en el escenario de esta conversación. ¿Qué lugar usted le asigna a la filosofía junto a la cultura en la creación de la ciudadanía, de la ciudadanía posible, de la ciudadanía necesaria, a propósito de la identidad que es otro tema filosófico que usted ha traído a esta conversación?
Dr. Fidel Munnigh
A propósito de tu pregunta, recuerdo que Plotino preguntó una vez —Plotino, siglo III d. C.— a sus alumnos: ¿qué es la filosofía? Y él mismo se contestó: “La filosofía es lo más importante, más importante”. Pero claro, lo dejó ahí. Goethe, en su lecho de muerte, pedía “más luz, más luz”; y Unamuno pedía “menos calor, menos calor”.
Es fundamental la filosofía. Sin filosofía no podemos pensar la realidad con rigor, con amplitud, con profundidad; sin filosofía no podemos cuestionar el mundo, la sociedad, el orden de las cosas, nuestras vidas. Sin filosofía no podemos aprender a vivir realmente.
Siempre le digo a mis estudiantes de Introducción a la Filosofía —una materia que nunca he abandonado precisamente porque es introductoria y no especializada—, recuerdo que cuando entré a la Escuela en el 99, primero entré a las Artes, a la cátedra de Teoría y Crítica de Arte, cuando aún era Departamento. Y luego, en el 99, creo, entré a la Escuela de Filosofía.
Recuerdo que estaban Concepción Minaya, Rafael Morla y otros; también mi amigo David Álvarez —no, el filósofo Daniel Vargas, que vive aquí—, él trabaja muy bien la filosofía de Karl Jaspers. Y bueno, recuerdo que en esa época en que empezaba a impartir la materia de Introducción a la Filosofía, me valía de tu libro Si quieres filosofar, de Noé Honoré.
Sí, también recuerdo una conferencia que dio en la Facultad de Filosofía de la Universidad Carolina en Praga, donde decía que hay que tratar de explicar la filosofía hoy no como una simple historia, sino como un relato, una historia de relatos. No se trata de una moda posmoderna, sino de una forma de acercar la filosofía a los jóvenes. La filosofía les enseña a pensar y a vivir.
Algunos creen que la filosofía es “bonita” o que solo sirve para hablar bien, pero eso es confundirla con la retórica. Otros me preguntan: “Profesor, ¿es verdad que los filósofos no creen en Dios?”. Esto es un eco del ateísmo marxista que dejó huella durante mucho tiempo, aunque afortunadamente eso ha cambiado.
Hablando del papel de la filosofía, creo que es fundamental en la educación. Hay que luchar por mantenerla en el currículo universitario y enseñarla también en colegios y escuelas de nivel secundario. Pero no basta con la filosofía: también se debe enseñar estética, no como una rama estrictamente filosófica, sino como formación para ver, interpretar y comprender los fenómenos actuales.
Vivimos en una era de culturas visuales, donde los jóvenes perciben el mundo a través de imágenes más que de textos. Por eso, propongo una materia transversal que llame “Cultura visual” y que enseñe a leer e interpretar imágenes. Al mismo tiempo, la enseñanza de la filosofía debe actualizarse, relacionando a Descartes, Sócrates, Kant y otros con la experiencia vital concreta de los estudiantes, más allá de un conocimiento puramente intelectual.
Dr. Alejandro Arvelo
A propósito de la filosofía como donadora de ciudadanía, pienso que en tu libro Pensar la mirada, pensar la imagen planteas un programa para una nueva área que podría insertarse en la formación. ¿Podríamos decir que tienes una visión del quehacer filosófico dominicano? ¿Existe una filosofía dominicana o una filosofía “en” Dominicana?
Dr. Fidel Munnigh
Creo que sí existe un quehacer filosófico en la República Dominicana. Ponerle o no el adjetivo “dominicana” es una cuestión semántica, pero sin duda la filosofía tiene un papel en la construcción de ciudadanía. Me refiero a la ciudadanía cultural, al nuevo sujeto que tenemos que crear. Esto exige un cambio real de mentalidad y de cultura, en el que entren la filosofía, las artes y el papel transformador de la cultura.
No se puede construir una ciudadanía cultural nueva sin educación filosófica y artística. Yo propondría una educación integral, en la que artes y humanidades vayan de la mano, creando una nueva sensibilidad. Ese ciudadano debe romper con los paradigmas que nos lastran: el clientelismo político, el individualismo, la falta de sensibilidad hacia el otro y la desintegración social que nos vuelve cada vez más groseros, violentos y agresivos.
Hay una dispersión, un resquebrajamiento del tejido social, y tenemos que recuperar eso porque estamos viviendo una época de disolución de valores. No se trata de una simple pérdida o decadencia: es una desintegración, incluso de la identidad nacional, que pone en peligro lo que somos. Vivimos en la inmediatez. Yo decía a mis estudiantes que en la República Dominicana se vive en la inmediatez: los jóvenes no conocen su propia historia, ni siquiera la historia del siglo XX, no tienen una conciencia clara de su identidad.
Tenemos un gran problema de desarraigo, de inmediatismo, de desmemoria. Vivimos al día, pero vivimos mal: un “aquí y ahora” falso, enajenante, alienante, que no nos mejora ni nos emancipa, un inmediatismo que no nos permite proyectarnos hacia el futuro.
Dr. Alejandro Arvelo
¿En qué medida puede contribuir la mirada del filósofo o del pensador a lo político, tanto en el ámbito nacional como en el internacional? Usted es un filósofo que toma posición cuando hay que hacerlo frente a lo político y lo cultural.
Dr. Fidel Munnigh
Trato de hacerlo, sí. En la política internacional y en lo posible, a pesar de las limitaciones que todos tenemos, trato de asumir una postura y ser coherente con ella. Los intelectuales y, especialmente, los filósofos no pueden renunciar a una actitud crítica frente al poder. No podemos ser dóciles ni sumisos, ni ante poderes autoritarios ni ante poderes democráticos.
El poder, como sigo pensando junto a Noam Chomsky o Eduardo Galeano, debe ser confrontado con la verdad: speak truth to power. Hay que decirle la verdad al poder, aunque al poder no le guste. Y no me refiero solo al poder político: el poder es múltiple. Hay poder académico, poder universitario, poder mediático, poder económico, político y social. Incluso, cada uno de nosotros tiene un poder: un profesor, sobre sus estudiantes; un funcionario, sobre su oficina. La cuestión es saber usar ese poder, no para servirse a sí mismo ni para servir al propio poder, sino para servir a un bien, a una causa, a un proyecto de nación y de humanidad.
La institución universitaria también debe ser crítica; no debe ponerse al servicio de ningún poder temporal o mediático. Debe pensarse a sí misma y repensar su papel. En el caso de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), la Escuela de Filosofía tiene que ser protagonista en el proceso de reforma universitaria.
Ahora bien, debemos distinguir entre reforma y transformación. No es lo mismo. Reforma es mejorar gradualmente algunos aspectos; transformación es un cambio total, estructural, revolucionario —y no hablo aquí de insurrección armada—. Si queremos elevar la calidad académica, la calidad docente y la pertinencia social de la universidad, tenemos que ir más allá de las simples reivindicaciones de los profesores y pensar en cómo mejorar lo que somos como institución.
Cuando hablamos de calidad académica, no podemos olvidar a los estudiantes, que son lo más importante, el insumo esencial. Hay que volver a colocarlos en el centro de todo debate. Debemos ser menos egoístas, pensar menos en nosotros y más en ellos. Repensar la universidad y la reforma, evitando que sea un mero decorado, una reforma cosmética. No queremos algo estético: queremos una reforma real.
Hoy existe una voluntad de reforma, una voluntad de repensar la universidad para reinventarla, para innovar, para reinventarnos nosotros con ella. En este ejercicio de resistencia hablo mucho de reinvención e innovación, porque este libro lo escribí durante la pandemia, en medio del inmovilismo, la inercia y el confinamiento.
A favor, puedo decir que estoy muy contento con lo sucedido en la Escuela de Filosofía en los últimos veinte años, desde que entré como profesor. Vi una apertura tras el derrumbe de la ortodoxia marxista: una apertura a diversas escuelas y tendencias. Hoy hay una pléyade de filósofos, jóvenes y no tan jóvenes, que producen, enseñan y están activos.
Bajo la dirección de Silverio, antes de Edickson Minaya y de Leonardo Díaz, la Escuela ha tenido filósofos ensayistas y producción textual importante. Nuestros colegas han publicado libros que han concursado y ganado premios de ensayo, casi de manera consecutiva —parece un monopolio—. Están trabajando no solo en la enseñanza, sino también en la producción escrita, que es fundamental.
La filosofía se habla —recuerda: Sócrates no escribió nada, pero Platón sí—, se escribe, se discute y se debate. Tiene que convertirse en un tema cotidiano, pero sin banalizarla ni trivializarla. Debe ser filosofía con fundamento, y eso es lo que veo que hacen nuestros profesores. Hay mucha actividad en los chats, mucha diversidad y pluralidad, algo que aplaudo. No se trata de “parir” a un gran filósofo, sino de crear muchos filósofos y muchas escuelas.
Dr. Alejandro Arvelo
A propósito de esa apertura y de lanzarse al ruedo, de llevar la filosofía a la calle, pienso, por ejemplo, en Marx y aquella tesis sobre el vestuario. Veo que usted lleva algo que aquí llamaríamos bufanda. El vestuario, la ropa, habla, como habla el gesto, como habla la imagen. Como usted bien nos ha dicho, ¿qué significa, profesor, esta prenda de vestir novedosa en nuestro país?
Dr. Fidel Munnigh
Esta es la famosa kufiya palestina —o bufanda palestina—, un símbolo de la resistencia del pueblo palestino contra la ocupación israelí y a favor de la dignidad y de un Estado palestino libre, independiente y soberano. Es una causa que siempre he apoyado, y que hoy apoyo con más fuerza ante el genocidio que está ocurriendo en Gaza y en Cisjordania, perpetrado por el Estado de Israel. La hizo famosa Yaser Arafat, líder histórico palestino, que fundó la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).
Se ha convertido en un símbolo, entre otros, político y cultural, de un pueblo que tiene derecho a existir, a ser y a tener un Estado. Un pueblo que ha sufrido una catástrofe y una opresión durante casi cien años, especialmente desde 1948, cuando se autoproclama el Estado de Israel y se produce la Nakba —palabra árabe que significa “catástrofe” o “desastre”—, equivalente en su sentido histórico a lo que en hebreo se llama Shoah para referirse al Holocausto judío perpetrado por los nazis.
La Nakba fue la expulsión de aproximadamente 750,000 palestinos de sus tierras en 1948. Tuvieron que huir y establecerse en otros países árabes, o en Gaza y Jordania. Fue una catástrofe que hoy se está reproduciendo ante la mirada del mundo y el silencio cómplice de Occidente, particularmente de Estados Unidos. Yo he asumido públicamente una posición al respecto; creo en ello y he sido honesto.
Existe un movimiento a favor del respeto y la dignidad de los pueblos, de la emancipación de los pueblos oprimidos. Esta bufanda ya es típica: en la universidad me la reconocen y me dicen “el profesor con la kufiya”. Suelo usarla en los congresos de la Escuela y de la Facultad; es como un talismán, una manera de decir “apoyo esta causa” y de mostrar que estoy aquí.
Saludo tu sensibilidad, porque te escuché públicamente condenar el genocidio y la limpieza étnica, las masacres y matanzas. Los filósofos tenemos que volver a irrumpir en la escena pública y reflexionar sobre problemas como la ética en las relaciones internacionales. Hay que dejar de encerrarnos en nuestros proyectos personales o en la búsqueda de puestos futuros —que es legítimo—, o en el conocimiento desligado de la acción.
Tenemos que abrir los ojos y ver que más allá de nuestras vidas hay una humanidad doliente y sufriente. Si los filósofos no somos quienes inspiramos humanidad, humanizamos y sensibilizamos, ¿quién lo hará? Si los artistas y los filósofos renuncian a esta tarea por mediatismo, individualismo o indiferencia, ¿a quién se la vamos a dejar?
Dr. Alejandro Arvelo
En el país, de alguna manera, la filosofía tiene en personas como usted agentes que constantemente la están sacando de los claustros y de las aulas, llevándola al espacio público. Ese es el caso de su ejemplo de toma de posición frontal frente a lo que considera inaceptable, ni ética, ni política, ni geopolíticamente. Claro, pero naturalmente no es lo común, porque no solo en la UASD se estudia filosofía, pero los filósofos están un poco haciendo lo suyo en sus claustros. ¿Cómo ve usted la salud de esa otra filosofía, la que se regodea en lo académico y mira hacia otro lado?
Dr. Fidel Munnigh
El academicismo es un peligro y una tentación. No estoy en contra de la filosofía académica, obviamente: la academia tiene que existir y tener presencia institucional. Pero la filosofía tiene que salir de la academia, ir a la calle.
Barthes es un ejemplo de pensador francés que trasciende lo académico y va a lo social, a lo cultural. Habla de cualquier tema: la semiología de la moda, la lucha libre, el cine… está presente en todo. Si nos limitamos a las aulas y los departamentos, nos convertiremos en filósofos grises, sin intervención.
La filosofía tiene que participar en los debates de la contemporaneidad, pero con mesura. No creo en los filósofos excesivamente mediáticos. Alguien me preguntó en una entrevista hace un tiempo: “¿A quién apoya, a Žižek o a Byung-Chul Han?”. —El esloveno y el coreano son muy vedettes, muy mediáticos, hablan de todo. Yo creo que el filósofo no tiene que hablar de todo, sino medir primero, no hablar por afán de figurar.
Decir, como recordaba Wittgenstein, que “de lo que no se puede hablar, es mejor callarse” es fundamental. Entonces, no se trata de hablar de cada cosa, sino de hablar con propiedad, de intervenir en aquello en lo que se tiene algo esencial que decir. Cuando hay una palabra esencial que se debe pronunciar, hay que hacerlo; pero otras veces el silencio también es necesario. No el silencio cómplice, sino el silencio sabio, el silencio que te permite encontrarte contigo mismo, el silencio prudente.
No se trata de un vedetismo, sino de una presencia constante y orientadora en la sociedad. Creo que hay un grupo de filósofos que lo está haciendo ahora: escribiendo en la prensa, en medios digitales, en los medios impresos tradicionales, en televisión, o haciendo programas como este. Y yo saludo eso. Está muy bien. Será porque siempre he estado ligado a los medios de comunicación de algún modo, así inicié. Saludo eso y, al mismo tiempo, continuar la docencia de calidad y seguir pensando el mundo, la realidad, el presente y la vida.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y qué es docencia de calidad para el filósofo Fidel Munich? ¿Cuál sería una clase ideal, un profesor ideal de filosofía? Usted que tiene casi treinta años de experiencia…
Dr. Fidel Munich:
No existe el modelo perfecto, Arvelo, no lo hay. No estoy diciendo que no haya calidad en la enseñanza de la filosofía, sino que hay que mantenerla. Y en muchos lugares sí la hay. Hablo de una docencia más allá de la nemotecnia y de la repetición de lugares comunes; una docencia que empodere al estudiante, actualizada, que haga pensar, que posibilite realmente el aprendizaje significativo y colaborativo.
El nuevo currículum basado en competencias, que se celebra universalmente y que es casi una imposición, me genera reservas. He sido crítico porque se nos quiere imponer y yo me pregunto si no será algo etnocéntrico que viene de Europa —de Francia, concretamente— y nos lo quieren imponer. ¿Es realmente eficiente este modelo basado en competencias? Bueno, es lo que hay. Coloca al estudiante en el centro, depende menos de la memoria y más de la interacción, de las habilidades y destrezas.
Pero no olvidemos que el profesor no es un mero facilitador. Rechazo esa palabra. Yo no facilito; al contrario, complico las cosas. No se trata de facilitar, sino de complicar de manera sencilla. El educador no es un “facilitador” —imagínate que a Aristóteles le dijeran: “maestro, usted es un facilitador”, o a Pedro Henríquez Ureña, o a Américo Lugo—. Ese es un invento de los norteamericanos con sus nuevas pedagogías. No: usted es un enseñante, un educador, y tiene un estatus.
El estudiante es el insumo, el objetivo. Entonces, los nuevos currículos habría que ver hasta qué punto son pertinentes. La docencia de calidad es aquella que mantiene el rigor por el conocimiento y, al mismo tiempo, hace posible que se produzca el aprendizaje. No es la mera transmisión de saber. Puedes dar una clase sobre Tucídides, sobre la filosofía de la historia en San Agustín o en Hegel, pero si el estudiante no asimila eso, no lo entiende, entonces no hay verdadero aprendizaje. Y si no lo comprende, si de algún modo no lo relaciona con su entorno y con el presente, es puro conocimiento especulativo o erudito. Y la docencia no es solo erudición, es aprendizaje.
Dr. Alejandro Arvelo:
Visto este desenvolvimiento, es evidente que usted es una maquinaria de producir ideas. Tiene una obra representativa que habla alto por usted y por nosotros, quienes le conocemos, le seguimos y le admiramos. Pero acaso para el porvenir —y aún para los jóvenes que le admiran y le siguen— sea de utilidad saber cómo trabaja el profesor Fidel Munich, cómo se gesta un libro o un ensayo.
Dr. Fidel Munich:
Yo pienso que sí, que no es totalmente inútil, aunque Oscar Wilde dice que todo arte es completamente inútil en el prefacio de El retrato de Dorian Gray. Pues sí, al final no sabemos si todo es absurdo, Arvelo, y a dónde va a parar todo. Pero creo que tiene una utilidad en lo referencial, en lo informativo. Creo que está ahí para orientar, no para pautar o decir “así hay que hacerlo”, sino “así lo hacía el profesor Munich, o el profesor Arvelo, o el profesor Silverio en tal época, y así enseñaba”.
Dentro de las limitaciones —porque todos tenemos limitaciones, incluso los grandes maestros—, esto es un apostolado. La enseñanza es un apostolado, yo creo en ello y siempre he apostado por ello. Creo que la educación tiene un valor en sí misma, no solo por su aporte al PIB. La cultura lo tiene, y el arte también, no por su contribución al producto interno bruto. Que es importante, sí, pero no podemos reducir estos fenómenos a enfoques economicistas o reduccionistas. Decir que la educación es buena únicamente porque aporta al PIB es un error; si no, parecería que no es buena. La educación es importante, y entre ella, la educación filosófica, porque contribuye a formar seres más libres, más independientes, más críticos, autocríticos, autónomos; seres capaces de pensar su vida.
Dr. Alejandro Arvelo:
Bueno, profesor Fidel Munich, lo tenemos como un ejemplo de lo que es un intelectual, un filósofo en producción, con una obra seria, naturalmente inacabada. Quienes leemos sus artículos en los medios de comunicación —por ejemplo, en Acento, siempre en Areíto, y también desde hace muchísimo tiempo— esperamos siempre con la sensación de que lo mejor está por venir. ¿Cómo trabaja intelectualmente el profesor Fidel Munich? ¿Cómo surge un libro, cómo surge un ensayo en su vida intelectual, ya en el plano personal y privado?
Dr. Fidel Munich:
Siempre hay un estímulo, una provocación, que puede partir de una lectura. Yo suelo “saquear” mucho a otros, es decir, leo autores que me estimulan y tomo algún pensamiento y digo: “Esto puede convertirse en un tema que puedo desarrollar”. Todos venimos de influencias; la originalidad absoluta no existe, y todos sabemos que prácticamente todo es intertextual. Me gusta leer aquellos autores que me provocan, que me resultan sugestivos y que, de algún modo, me orientan.
Tomo alguna línea de pensamiento que puede ser un verso, un aforismo, una frase. Y otra cosa: también me siento a pensar, a escribir sobre vivencias, me doy a la reflexión. Me siento frente a la laptop, pero escribo primero a mano; nunca escribo directamente en la computadora. Primero garabateo, hago borradores manuscritos, corrijo mucho. Por eso parece que produzco mucho, pero en realidad corrijo mucho y me tomo bastante tiempo para dar por terminada una idea.
Escribir no es fácil; es una tarea ardua que exige disciplina, dedicación y muchas correcciones. Siempre estoy leyendo, y de lo que leo saco algo. No tengo un método fijo, en realidad. Cuando me inspiro —si es que la inspiración existe— puedo producir más de manera seriada. Siempre me provocan cosas, siempre estoy tomando notas; algunas las desarrollo, otras las dejo ahí, y lo que no me gusta lo desecho.
Escribir en la prensa, en los medios, es bueno porque te disciplina. La escritura es una cuestión de disciplina: la producción textual, el acto escritural como tal. No tengo una fórmula establecida, pero me siento cómodo con el ensayo de largo aliento, con el ensayo más extenso, y sobre todo con el aforismo, el apotegma, el pensamiento suelto, la escritura fragmentaria. Hay quienes critican que eso no constituye un sistema, pero pienso que tal vez es mi temperamento. Esa escritura ensayística es la que mejor se ajusta a mí, lo cual no significa que no pueda leer o asimilar a un filósofo sistemático.
Creo que hay un exceso de sistemas; hace falta más apertura. Tal vez sea la influencia de la literatura, del ensayo literario o de las artes. Me gusta el ensayo interpretativo que me permite vincular erudición con sensibilidad, imaginación con intelecto, razón con emoción. Trato de mezclar todo eso. A veces me resulta, y siempre intento ser honesto al escribir. No escribo simplemente por escribir, por pose, por figurar; un tema tiene que lacerarme, llegarme, incluso desgarrarme internamente. Si no, no escribo sobre él.
No es una escritura fría. Respeto a quienes escriben así, con frialdad y objetividad, de forma muy controlada. Aunque pueda parecer que soy moderado o “apolíneo”, como me decía un amigo, en el fondo soy dionisíaco. Él insistía en que mi escritura es apolínea porque cuido la forma, porque me preocupo por la estética. Esa dialéctica entre contenido y forma me acompaña siempre: hay que plantear la idea, pero decirla bien o intentar decirla bien.
La escritura, para mí, es un deleite igual que la lectura, y así lo recomiendo a mis estudiantes: no lean por obligación. La lectura obligatoria —como dice Borges— es una “anti-lectura”. Solo hay lectura de placer, de goce. Leer es una de las formas posibles de la felicidad, como también decía Borges. La lectura tiene que ser placentera; si un libro no te gusta, déjalo.
El sistema educativo, sobre todo en la enseñanza media, tiene que cambiar la forma en que se enseña la literatura y las humanidades. Hay que convertir la lectura en un acto placentero y, al mismo tiempo, cognitivo. El estudiante debe descubrir en la lectura una fuente de enriquecimiento, un acto de placer solitario pero sublime, que le permita conciliarse o reconciliarse con el mundo y con el universo, soñar, imaginar, criticar, descifrar —como diría Octavio Paz—, decodificar. Ese es un acto que puede hacerte feliz.
Usted, Silverio, y el profesor Arvelo son grandes lectores. Yo no concibo la vida sin lectura, sin libros, pero tampoco sin música ni arte. Sería imposible entender la vida sin ellos. No tengo un método fijo: a veces llego, me siento frente al computador y corrijo lo que tengo. No hay fórmula, pero pensar comporta un rigor, eso sí. Digamos que soy algo errático en este sentido, pero las cosas me salen. Creo que trato de escribir bien y, a veces, lo consigo.
Dr. Alejandro Arvelo:
Y a los jóvenes que siguen su obra y sus artículos, con muchos de los cuales nos encontramos en las aulas… ¿algún consejo, profesor, para esos jóvenes que sueñan que, cuando tengan su edad —que no es mucha—, sean como es Fidel Munnigh hoy?
Dr. Fidel Munnigh:
No, que traten de ser ellos, que busquen su propio camino, su propia voz. Yo no soy modelo de nada. Nunca me he propuesto serlo. En esto me recuerdo a Maradona. Siempre he seguido el deporte de algún modo, y sobre todo a aquellos deportistas que se convierten en fenómenos culturales, como Mohamed Alí o Maradona, que trascienden su época y su campo propio. Y, sabes, la vida de Maradona pasó por vicios y excesos. Él decía: “Yo no soy modelo de nada. No quiero que me tomen como modelo”, contradiciendo toda esa tendencia de la cultura americana que presenta al deportista como modelo.
Yo puedo inspirar a alguien, así como otros me han inspirado, pero no quiero plantearme como ejemplo de nada. Ahora bien, debo dar el ejemplo. La cosa es que uno no es un ejemplo, pero debe dar el ejemplo. La clase no se puede dar borracho, ni mucho menos drogado, ni sin preparar. Y si vas a faltar, tienes que anunciarlo. Hay que respetar a los estudiantes y tener paciencia.
Porque los estudiantes de hoy… sí, hay mucha haraganería, es cierto, hay que decirlo. No hablo de “generación de cristal” ni digo que “mi generación fue mejor” o “mi época fue mejor”, eso es una tontería. Cuando hablo con mi hija, trato de evitar esa expresión de “en mis tiempos”, porque eso crea una barrera infranqueable.
Lo importante es que sean ellos mismos y, sobre todo, que se valoren. La autoestima es clave: muchos estudiantes la tienen por el suelo, creen que no pueden. Los profesores tenemos que ser motivadores. El estudiante ya llega con problemas de todo tipo: existenciales, materiales, del barrio, de la violencia. La clase debe ser un oasis de paz donde puedan escapar de esa realidad y, al escapar, descubrir otras: la del conocimiento, el pensamiento, el arte, lo sublime, la posibilidad de ser otro… ese profesional y ciudadano en potencia que hay en cada estudiante en acto.
Dr. Alejandro Arvelo:
Conversar con usted, profesor, es como asistir a un manantial inagotable de ideas, propuestas, visiones, lecturas y nombres de filósofos. El profesor Silverio y yo somos aquí, más que nada, canales, decorado, ambiente para escuchar al maestro invitado.
Solemos terminar estos encuentros con dos juegos. Primero, le voy a decir tres o cuatro expresiones o palabras para que usted nos diga qué le evocan. Y segundo, una intervención final del profesor Silverio, como ideador de estos encuentros y director de la Escuela de Filosofía.
Usted ha dejado claro que es un gran lector. Así que se me ocurre —idea del profesor Silverio— preguntarle: si tuviera que irse a una isla imaginaria, en solitario, ¿qué libros llevaría? Puede ser una sola maleta, y tiene que llevar otras cosas. Digamos… cinco libros.
Dr. Fidel Munnigh:
Soy clásico en eso. La Divina Comedia de Dante, sin duda. Crimen y castigo de Dostoievski. El proceso de Kafka. Así habló Zaratustra de Nietzsche. Y, claro, Don Quijote. Perdona la franqueza, pero soy clásico.
Dr. Alejandro Arvelo:
Creo que sí, pero ahí hay solo literatura y filosofía. ¿Y si le permitieran incluir tres libros dominicanos?
Dr. Fidel Munnigh:
Ah, bueno… no mencioné libros dominicanos porque entendí que eran universales. Pero claro que sí: algún libro de Pedro Henríquez Ureña, cualquiera de sus ensayos, como Plenitud de España o Seis ensayos en busca de nuestra expresión, sin duda. Otro podría ser El clan de los búhos pesados de Pedro Peix, que me gusta mucho; es un libro nihilista, disolvente, sórdido. Y otro, Solo cenizas hallarás, buena novela. También me gusta La metamorfosis de Makandal de Manuel Rueda, y por supuesto, Compadre Mon de Tomás Hernández Franco.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y no se llevaría la Biblia, el Bhagavad-gītā o el Corán?
Dr. Fidel Munnigh:
Bueno, me han limitado el espacio… así que no.
Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, ¿qué le evoca la Facultad de Humanidades?
Dr. Fidel Munnigh:
O la de Artes, porque pertenezco a ambas. No quiero elegir una sola: debo mi amor a las dos, aunque paso más tiempo en Artes. Desde hace dos décadas, ambas son mis utopías diarias, mi utopía estética y filosófica. Son mundos que no existen pero que pueden existir. Son los lugares donde gozo y sufro más. Son mi espacio vital, donde puedo expresarme libremente gracias a la libertad de cátedra que todavía existe en la UASD, algo que no hay en muchos países. Esa libertad no es para enseñar lo que se quiera sin más, sino para poder expresarse con honestidad, siguiendo los programas, pero con libertad intelectual.
Las aspiraciones son legítimas. Son individuales y, a veces, muy individualistas, pero no he visto en otras escuelas tanto activismo, entusiasmo y productividad como en Humanidades. No digo que no exista en otros lugares, pero aquí es más notorio. Creo que es un ejemplo para toda la universidad, porque los filósofos tienen que seguir pensando y, de algún modo, reclamando ese papel protagónico. Claro, no como gobernantes del Estado platónico —los filósofos no deben gobernar—, sino como críticos de los gobernantes.
Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, hablemos un poco de San Cristóbal.
Dr. Fidel Munnigh:
San Cristóbal… la recuerdo con amor y mucho cariño. Voy poco. Hace poco fui al funeral de la madre de un gran amigo mío de toda la vida. Nuestra casa se va a vender próximamente. Los amigos se han ido. Mucha nostalgia. La cosa ha cambiado tanto que a veces me siento un extraño allí. Es raro, porque es mi lugar de origen, el espacio de mi infancia. Pero los cambios, la modernidad, me han hecho casi no reconocerla, igual que me pasó cuando regresé al país después de ocho años de lo que llamo un autoexilio cultural y académico.
Siempre guardo a San Cristóbal en mis recuerdos y trato de colaborar en lo posible desde mi área, la educación y la cultura, con sus movimientos culturales. Le deseo lo mejor en su desarrollo provincial.
Dr. Alejandro Arvelo:
Usted ha mencionado Praga varias veces.
Dr. Fidel Munnigh:
Praga es, para mí, la ciudad más hermosa del mundo. Algunos dicen que es París, otros que es Venecia o Ámsterdam, pero para mí es Praga. Los años que viví allí fueron inolvidables, fundamentales. No solo por los estudios, sino por lo que me tocó vivir: la Revolución de Terciopelo, la organización, el orden, la cultura de la gente, ese entusiasmo por los cambios, esos aires de libertad… algo que nunca volví a ver.
Llegué en 1987 y viví allí la revolución de 1989. Praga está unida a mi vida, no solo por lo mágico de la ciudad, su arquitectura y cultura, sino por la experiencia personal. A veces sueño que estoy allá. Sin embargo, Santo Domingo es mi aquí y ahora. Como digo parafraseando el poema: “Mi cielo tan querido, mi infierno tan temido”.
Dr. Alejandro Arvelo:
Filosofía y creatividad…
Dr. Fidel Munnigh:
Esenciales. La filosofía fue una elección consciente. No me arrepiento. Cuando terminé el bachillerato, tenía 17 años y vivía en San Cristóbal con mi padre. Le dije que quería estudiar filosofía. Él, que trabajaba en hoteles y casinos, y había vivido en lugares como Las Vegas, Puerto Rico, Nevada e incluso África, me miró y me dijo: “Hijo, te vas a morir de hambre, porque eso no deja nada”. Pero era lo que quería.
En algún momento pensé en la sociología, pero la filosofía me fue inculcada por los curas, y con ella, la lectura. No era lectura obligatoria como tarea, sino la lectura como medio de conocimiento. Luego descubrí el placer y la parte lúdica de leer. Eso lo recomiendo siempre a mis estudiantes y amigos.
La filosofía es una búsqueda que no termina. Aspiro a ser, más que un sabio, un pseudosabio, alguien que quiere llegar a la sabiduría.
Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, le agradezco su franqueza, la riqueza de sus expresiones y de sus lecturas, y sobre todo el tiempo que nos ha dedicado.
Dr. Fidel Munnigh:
Gracias a ustedes por la invitación, por este diálogo académico y humano.
Prof. Eulogio Silverio:
Como de costumbre, cerramos estos encuentros con unas palabras del director de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Profesor Fidel, lo primero que queremos es agradecerle, en nombre de la Escuela de Filosofía, por dedicar este tiempo y habernos brindado esta cátedra, porque eso ha sido: una verdadera cátedra. No podemos quedarnos sin invitarlo de nuevo.
Yo le comencé a tener un cariño especial desde la condición rebelde, desde el existencialismo y esas cosas, pero también leyendo sus artículos y sus pronunciamientos sobre la cuestión palestina. Le he dado seguimiento a eso. Tenemos un vínculo que nos une: la injusticia, dondequiera que se manifieste, y creo que es nuestro deber combatirla.
Como decía el profesor —y voy a prestarme esa expresión—, hay que ser, por lo menos, “un pequeño delincuente de escritorio”: si no tiramos la piedra en la calle, que sea desde el escritorio, escribiendo. Eso usted lo ha hecho muy bien.
Queremos invitarlo de manera especial para que en el año 2025 participe activamente en el VI Congreso de Filosofía. Lo otro es que lo comprometo aquí, en vivo, para que nos envíe un artículo para La Barca de Teseo, la revista de nuestra escuela dirigida por el profesor Arvelo. Sería un gran aporte para que esta publicación sea lo que tiene que ser.
Naturalmente, también queremos comprometerlo para que sigamos abordando ese tema que nos une, en la actividad 24 Horas de Filosofía de este semestre.
Usted, quizá no lo haya visto así, pero representa a la Escuela de Filosofía en todos los espacios donde ha estado. Nos sentimos muy bien por su trabajo, tanto en el sector privado como en la Facultad de Artes. Usted sabe que la Facultad de Artes y la Facultad de Humanidades, administrativamente, son cosas distintas, pero en el fondo no lo son.
Yo mismo vengo de Bellas Artes, de estudiar artes plásticas, y nunca he visto esa separación entre filosofía y arte, porque comencé leyendo filosofía en Capotillo, mientras estudiaba arte. Esa separación es solo administrativa, no esencial.




