William Mejía Chalas

Colabora en la gestión de textos y artículos de la Escuela de Filosofía de Oviedo y en el Nódulo Materialista. Participa en la difusión filosófica presentando debates en el programa de televisión Teatro Crítico. Ha publicado una serie de trabajos, entre los que se destacan, por ejemplo: Ni género ni sexo, Los milagros de los milagros, Oleadas y mareas.

Usted no sabe nada sobre mi obra, El sufriente, La pelota en tu tejado, El congreso de Murcia, Las oleadas del materialismo filosófico, La expansión del materialismo filosófico, La invasión de los ultracuerpos, Veo, veo, ¿qué ves?, Vete al infierno, querido Pirulí, entre otras conferencias y artículos que ha publicado la conferencista.

Así que vamos a recibir con un fuerte aplauso para que presente la conferencia de clausura titulada Feminismo administrado. Con ustedes, la doctora Sharon Calderón Gordo.

Sharon Calderón Gordo.

Bueno, no se lleven una mala impresión de mí por los títulos que les pongo a los artículos que que escribo. Tienen más enjundia de lo que parece por el título.

Bien, en primer lugar, esto es un poco como tocar después de los Rolling Stones, ¿no? [Risas]. Pero haré lo que pueda. El protocolo —porque estas cosas funcionan así— me obliga, en primer lugar, a agradecer a los organizadores de este congreso Pensar en español: apuesta por la identidad dominicana que me hayan concedido el honor, el privilegio y la responsabilidad —que yo asumo como tal— de impartir la conferencia de clausura.

Por supuesto, debo agradecer también a todos ustedes que estén aquí, que hayan hecho el esfuerzo de venir a escucharme, teniendo en cuenta que ya es el último día, que estamos todos muy cansados después de muchas conferencias y muchas charlas. Entiendo perfectamente que, quizá, algunos preferirían estar tomando un aperitivo, una cerveza o algo parecido.

No voy a entrar todavía en materia, porque he incorporado a lo que les voy a exponer algunas de las cosas que he ido escuchando a lo largo de estos días. Yo llegué el martes; el lunes, lamentablemente, me lo perdí. Aquí se ha hablado de Platón en relación con el llamado feminismo administrado, calificándolo o insinuando que era un filósofo machista.

Se ha hablado también de Aristóteles en esos mismos términos. Yo no voy a emitir ningún juicio personal; me limitaré a leer un breve fragmento de La República de Platón. Dice así:

“En cuanto a la formación de las mujeres guardianas, no habrá una educación que forme a nuestros hombres y otra distinta para las mujeres, sobre todo puesto que es la misma la naturaleza sobre la que una y otra actúan; por tanto, no serán distintas”.

Y añade:

“¿Existe algo más ventajoso para una ciudad que el que haya en ella mujeres y hombres dotados de toda la excelencia posible? No, no la hay”.

Esto no lo traigo como defensa de Platón —que se defiende perfectamente por sí solo—, sino porque me veía en la obligación moral de romper con una suerte de pesadilla recurrente que se difunde desde la ideología del feminismo administrado: la tendencia a censurar o cancelar determinados autores, sobre todo clásicos, autores del pasado.

Esta censura se realiza mediante una herramienta profundamente tramposa: juzgar el pasado desde categorías del presente. Eso tiene un nombre muy preciso: anacronismo, y no puede hacerse de ninguna manera rigurosa.

Ahora sí entramos en materia. Lo más complicado, desde mi punto de vista, a la hora de plantear el asunto que voy a desarrollar no es tanto llegar a la conclusión —porque esa conclusión podría ofrecérsela ahora mismo sin ningún problema—, sino lograr tener la pericia suficiente para que ustedes lleguen a ella por sí mismos.

Y, sobre todo, que comprendan el delirio que supone hoy el feminismo administrado: no solo como delirio ideológico, sino también como un enorme peligro —y quédense con esto, porque lo repetiré en varias ocasiones—, un enorme peligro para las mujeres. No únicamente para las mujeres, pero principalmente para ellas.

Entramos ya en materia; si les parece, comenzaré con algo que me ocurrió hace menos de un mes.

Hace menos de un mes ocurrió algo que, en verdad, fue para mí un auténtico momento eureka, porque hasta entonces no sabía muy bien cómo comenzar a exponerles esta cuestión del feminismo administrado. Y debo agradecer sinceramente a una usuaria de Twitter que me diera el pie necesario para poder articularlo.

Perdonen si hablo mucho de mí, pero, como decía Unamuno, uno es lo que mejor conoce. Y me parece oportuno hacerlo, sobre todo porque quiero que entiendan que lo que voy a exponer aquí no es una reflexión que brota ex nihilo, ni una disquisición etérea que me sitúe levitando a tres palmos del suelo, hablando por hablar. No. Todo lo que voy a contarles está muy pegado a la tierra; estamos hablando con los pies firmemente apoyados en la realidad.

No se trata de reflexiones internas, críticas de taller o ejercicios teóricos que —insisto— nos colocan muchas veces a tres palmos del suelo, completamente alejados de la realidad efectiva y de las posibles desigualdades que puedan existir entre mujeres y hombres.

Pues bien, a propósito de la reciente concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado —y les ruego, por favor, que dejemos completamente al margen el debate sobre la Fundación Alfred Nobel y sobre los méritos o deméritos de la premiada, porque eso aquí no nos importa en absoluto—, se produjo en España un hecho verdaderamente llamativo.

Por un lado, un silencio absoluto: ninguna felicitación, ninguna declaración, nada por parte del Gobierno de España ni de ninguno de sus miembros. Y, por otro lado, la crítica directa a la premiada por parte del resto de fuerzas políticas, principalmente de las fuerzas de izquierda, o de lo que solemos denominar la izquierda indefinida.

Este conglomerado de fuerzas se define —o, mejor dicho, se autopercibe, porque creo que ese es el término más adecuado— como el más feminista de la historia, y clama de manera constante por la necesidad absoluta de una mayor presencia de mujeres en todos los ámbitos, bajo el argumento de que, siendo las mujeres el 50 % de la población, deben estar representadas en el 50 % de todas las actividades.

Hasta aquí, bien; podríamos incluso aceptarlo. Ahora bien, resulta que el número de hombres galardonados con el Premio Nobel de la Paz supera con creces —con muchísima diferencia— al de mujeres galardonadas. Entonces, cabe preguntarse: ¿qué ha ocurrido aquí? ¿No debería ser, según sus propios presupuestos ideológicos, motivo de regocijo, de alegría y de celebración constante que, por fin, una mujer reciba este premio para equilibrar la supuesta desigualdad histórica entre mujeres y hombres?

Pues parece que no. Y la razón es clara: la principal preocupación del feminismo administrado no son todas las mujeres, sino únicamente aquellas mujeres que se encuentran alineadas con su propia ideología. Ayer, Marcelino Suárez Ardura hablaba del bucle en el que entra este discurso, atendiendo solo a aquellas cuestiones que no ponen en tela de juicio los presupuestos fundamentales de dicha ideología.

Y ya les adelanto algo que puede resultar chocante: las mujeres no son, ni de lejos, uno de los asuntos fundamentales del feminismo administrado.

Permítanme hacer un inciso y ponerles un ejemplo. Aunque ya hablé de ello en una intervención el martes por la tarde —creo que fue durante la intervención del profesor Flete—, entiendo que muchos de ustedes no se encontraban en la sala.

En Pamplona, una ciudad del norte de España, hace apenas unas semanas, una joven fue brutalmente violada, robada y abandonada en un parque de la ciudad. Los agresores fueron cinco jóvenes magrebíes con órdenes de expulsión no ejecutadas y con un historial delictivo considerable.

El silencio fue absoluto. En España, un gobierno que se autopercibe como el más feminista de la historia —ni siquiera la ministra de Igualdad, que en teoría es la responsable de garantizar la igualdad y la seguridad de las mujeres— emitió declaración alguna. El silencio fue total.

Años antes, en 2016, en la misma ciudad y en el contexto de las fiestas principales, se produjo otra violación grupal a una joven, pero esta vez perpetrada por ciudadanos españoles.

 

No se pueden imaginar ustedes la que se montó en España. “Qué bien está”, se decía; “qué bien está”. No se puede consentir de ninguna manera este tipo de agresiones, pero aquí empiezan a aparecer elementos que ya no cuadran. ¿Por qué, si los violadores son españoles, salimos en masa a protestar —como se debe protestar— para denunciar que los hombres no pueden violar alegremente a una mujer, pero cuando esos hombres no son españoles, guardamos silencio?

Recordarán también ustedes —estoy seguro de que algo les habrá llegado— el caso de 2023, cuando la selección española femenina de fútbol ganó el Mundial. En el transcurso de la ceremonia de premiación, el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, delante de las cámaras y en directo, tomó a una de las jugadoras por los carrillos y le dio un beso en la boca. Todo el mundo lo vio.

En ese momento no pasó absolutamente nada. De hecho, después del episodio, la propia jugadora se grabó un vídeo bromeando con sus compañeras en el vestuario, restándole importancia al asunto. Nadie le dio mayor relevancia hasta que, cuarenta y ocho horas después, desde la órbita del feminismo administrado, comenzó a hablarse de agresión sexual.

A partir de ahí, la bola creció: manifestaciones multitudinarias en las calles, una presión mediática enorme, y el resultado fue que el presidente de la Real Federación Española de Fútbol acabó fuera de su cargo y con un proceso judicial abierto por agresión sexual.

Lo que quiero subrayar con esto es que el tratamiento ante lo que, en abstracto, se presenta como el mismo tipo de hecho es completamente distinto, no tanto por el hecho de que la víctima sea una mujer, sino por el origen de quien comete la agresión. Y esto debería hacernos pensar seriamente que hay algo que no encaja, que el feminismo administrado alberga una contradicción profunda. Pero lo dejaré aquí.

Vuelvo ahora a María Corina Machado. En medio del fragor de los ataques —de los improperios, de los calificativos de “conservadora”, “fascista”, etcétera— por considerar intolerable que se conceda el Premio Nobel de la Paz a una mujer con ese perfil ideológico, una exdiputada española, Carolina Alonso, que se presenta en la red social X (antes Twitter) como politóloga, máster feminista, y que añade la curiosa aclaración “mis opiniones son mías”, escribió lo siguiente:

“Ser feminista no te obliga a apoyar a todas las mujeres ni a que siempre te tenga que agradar más el liderazgo de una mujer porque sí. Ya está bien de simplismo idiota y de oportunismo”.

Pueden imaginarse mi entusiasmo al leer esto escrito por una de las representantes destacadas del feminismo administrado en España. Pensé: “Madre mía, me está dando la razón”. Es una prueba clarísima de lo que llevo diciendo desde hace mucho tiempo: que al feminismo administrado no le importan las mujeres en general, sino únicamente aquellas mujeres que pertenecen a un determinado espectro político.

Si, como se afirma constantemente, el 50 % de la población debe verse representado en ese mismo porcentaje en todas las actividades, ¿por qué no estamos todos celebrando que haya una mujer más premiada por la Fundación Alfred Nobel?

Yo compartí su publicación y escribí: “Está reconociendo que, para el feminismo, lo más importante no son las mujeres”. Lo está reconociendo explícitamente.

Hasta aquí, podrían decir ustedes, parece que no estamos ante más que una anécdota. Pero fue entonces cuando se produjo el auténtico momento revelador. No sé si esto funciona —si no, no se preocupen, se lo leo yo—. Carolina me respondió lo siguiente:

“¿Estás afirmando que no tienes ni idea de lo que es el feminismo?”.

Y añade —atención, porque aquí está lo importante—: “Y como buen señoro…”. Señoro es la forma rancia que utilizan en España las feministas administradas para referirse a los hombres; es decir, si te llaman señoro, te están calificando de machista.

Continúa: “Y como buen señoro de palillo en boca, ¿me lo vas a explicar?”. La expresión “palillo en boca” forma parte de lo que hoy se denomina el imaginario popular: la imagen del hombre vulgar, grosero, con un palillo entre los labios.

Sí, es exactamente lo que ustedes están pensando.

Creyó que yo era un hombre. Creyó que, por el hecho de criticar el feminismo —aunque fuera una crítica mínima en Twitter—, necesariamente tenía que ser un hombre. Claro, porque no vio pistas suficientes sobre mi sexo. Hombre, en principio bastaría con mi fenotipo, pero, en cualquier caso, si se hubiera molestado en mirar mínimamente mi perfil de Twitter, habría descubierto con facilidad que soy una mujer. Pero no lo hizo. ¿Por qué? Por lo que ya he dicho antes: porque critiqué su gorgeo; sencillamente por eso.

Automáticamente supuso que esa crítica solo podía proceder de un hombre, de un señoro. ¿Y por qué llego yo a esta conclusión? Porque, inmediatamente después, borró el tuit que les estoy mostrando. Tuve —no sé si llamarlo así— un momento de lucidez mental, poco habitual en mí, e hice una captura de pantalla, de modo que lo conservé.

Se dan cuenta de que la reacción inicial fue: “Eres un hombre, me estás explicando cosas, y eso está mal. ¿Tú qué vas a saber de feminismo?”. Ese es el mecanismo que opera aquí; es automático. Es una forma de proceder que, además, puede categorizarse sin demasiada dificultad. Y, por las charlas que he tenido aquí y las conversaciones que he mantenido con otros hombres en España, esto se puede sostener perfectamente sin temor a equivocarse.

Ella se dejó llevar inmediatamente por los prejuicios del feminismo administrado; es decir, por los prejuicios de su propia ideología. Tras borrar el tuit, rehízo su respuesta y me formuló la siguiente pregunta: “Cuéntame qué es para ti el feminismo. Tengo curiosidad”.

Aquí ya había visto que no era un hombre, y observen cómo cambia completamente el tono. Cuando creía que yo era un hombre, me insultó; cuando descubrió que era una mujer, ya no: ahora pasamos al “amiga, vamos a charlar, cuéntamelo”.

Obviamente, no podía pasar por alto el hecho de que me hubiera confundido con un hombre. No por la confusión en sí misma, sino porque constituía una prueba empírica de las tesis que yo estaba defendiendo. Y le contesté: “Amiga, date cuenta”.

“Amiga, date cuenta” es una expresión que popularizó en España la entonces ministra de Igualdad, Irene Montero —con consecuencias muy negativas para las mujeres en España, como luego explicaré—, y que utilizaba sistemáticamente para responder a todo el mundo. Yo decidí devolverle exactamente esa fórmula.

Le escribí: “Amiga, date cuenta. Me creíste hombre y eso te bastó para gorgear un tuit indignado con señoro incluido. Esto, por sí solo, ya daría para explicar algunas de las cosas que fallan en el feminismo administrado. Te lo cuento aquí”. Y compartí dos enlaces a dos lecciones impartidas en la Escuela de Filosofía de Oviedo, en la Fundación Gustavo Bueno, en las que explico qué es el feminismo administrado y analizo el rótulo de ‘violencia de género’.

La explicación no le sirvió. La expolítica hizo una lectura en diagonal —o algo parecido— y me respondió: “Sigues sin responder una simple pregunta: ¿qué es para ti el feminismo? No lo vas a hacer. Y porque seas mujer no tengo por qué sentirme identificada contigo. Cuéntame más, te leo”.

Aquí ya se apreciaba de nuevo el enfado. Como no estaba de acuerdo con ella, el tono volvía a tensarse. Pueden imaginarse que, a estas alturas, el intercambio de gorgeos me resultaba casi inverosímil, porque estaba sirviéndome en bandeja pruebas clarísimas para mi argumentación. Y no estábamos hablando de una figura menor, sino de una de las representantes más destacadas del feminismo administrado en España; una persona muy conocida.

Mi siguiente respuesta fue algo más extensa, porque no quería que se refugiara en el argumento de que “no le había contestado”. Sí le había contestado. Volví a señalar que pasaba por alto deliberadamente el hecho de haberme respondido primero creyendo que yo era un hombre y de haber borrado después el tuit. Ese gesto, le expliqué, era enormemente significativo del estado de ensimismamiento del feminismo administrado, de su falta de crítica interna y de su modo de respuesta automática.

Ese modo de operar revela que una parte sustancial de su argumentario está compuesto por un cúmulo de suposiciones aceptadas como verdades absolutas, sin necesidad de demostración alguna. Por ejemplo: “los hombres me explican cosas y eso está mal”. Esta es una posición que se sostiene en España por activa y por pasiva, a base de repeticiones, mantras y consignas, mucho más cercanas a la autoayuda que a cualquier reflexión filosófica seria.

Le reiteré: “Carolina, aquí tienes los enlaces”. Son las charlas en las que explico qué es el feminismo administrado y cómo se conceptualiza la violencia de género desde el materialismo filosófico. Y añadí: “Como veo que apuestas por la apariencia de un debate —apariencia, porque lo que realmente buscas es un gorgeo— sobre una cuestión que requiere algo más de tiempo y explicación, te lo resumo en una píldora fácil de digerir”.

Y concluí: el feminismo administrado hoy en España es una ideología completamente ensimismada por su enclaustramiento en las instituciones, más preocupada por su propia supervivencia que por los problemas reales que puedan afectar a las mujeres.

Es, en realidad, una estructura al servicio de un programa político en el que las mujeres funcionan como una herramienta y no como una verdadera preocupación. Me ahorraré relatar lo que ocurrió después; pueden imaginar sin dificultad que esta respuesta tampoco le sirvió de nada. Insistió en que no había contestado a su pregunta sobre qué es el feminismo administrado.

Sin embargo, si se fijan bien, yo sí había contestado. Lo que ella no quería saber era qué entendía yo por feminismo; lo que me pedía, en realidad, era una confirmación de sesgo. Me pedía que dijera exactamente aquello que ella quería escuchar. Este es el verdadero problema: la imposibilidad de entablar un debate racional, basado en argumentos, con el feminismo administrado.

Por eso vuelvo a apelar a lo que señalaba ayer Marcelino —te cito mucho, Marcelino— cuando hablaba del dogmatismo propio de las ideologías. Se trata de un bucle del que no solo no pueden salir, sino en el que resulta imposible penetrar desde fuera. Es absolutamente imposible penetrar.

Y no se rían de esto, porque este es el esquema con el que opera argumentativamente el feminismo administrado. Hoy les voy a contar algunas cosas que, probablemente, susciten risa en un primer momento, y entiendo perfectamente que la reacción inicial sea reírse. Pero se trata de cuestiones serias, reales, que están ocurriendo, y que son muy graves. Esta es una de ellas.

Cuando se critica el feminismo, la primera pregunta que aparece es: “¿Eres un hombre?”. Si la respuesta es afirmativa, la conversación se termina. No hay nada más que hablar. Estás hablando —se dice— desde el heteropatriarcado opresor. “Tú, hombre, no me vas a explicar a mí, mujer, absolutamente nada”. Esto ocurre. Esto pasa. Y pasa con mucha más frecuencia de la que se suele admitir.

Tan es así que —sin entrar en demasiados detalles para no aburrirles— en determinadas tertulias en España, cuando una fuerza política quería confrontar con una feminista destacada, se llevaba deliberadamente a una mujer. ¿Por qué? Porque llevar a un hombre implicaba que, por el mero hecho de serlo, perdía automáticamente toda legitimidad en el debate. La solución práctica era evidente: llevar a una mujer.

“¿Eres un hombre?”. No. Bien, entonces seguimos hablando. “Eres una mujer”. A estas alturas podrían pensar: si no eres un hombre, necesariamente serás una mujer. No se confíen; lo veremos más adelante. No necesariamente. Según el feminismo administrado, si no eres un hombre puedes ser muchas otras cosas.

“¿Eres una mujer?”. No. Entonces no hay nada más que hablar. “Heteropatriarca opresor”.
“Sí, soy una mujer”.
“¿Una mujer que critica la ideología del feminismo administrado?”.
“Sí”.
Entonces, de nuevo, no hay nada más que hablar.
“¿Eres una mujer que comparte la ideología del feminismo administrado?”.
Entonces sí: “Hermana, yo sí te creo”.

En realidad, la ideología del feminismo administrado no busca el debate ni el enfrentamiento racional de argumentos. Lo que busca es lo que en psicología social se conoce como confirmación de sesgo. Solo está dispuesta a dialogar consigo misma.

Insisto: esto puede parecer una exageración o incluso una broma, pero está ocurriendo. Está pasando realmente.

Llegados a este punto, cabe hacerse la pregunta fundamental: ¿qué es el feminismo administrado? Porque habrán advertido que he hablado extensamente de él, pero todavía no lo he definido explícitamente.

Hoy, la palabra feminismo funciona como un término tabú, en un sentido muy similar al que han adquirido otras palabras como humanidad, democracia, derechos humanos o género —siendo esta última, en realidad, la madre del cordero en toda esta historia del feminismo administrado—. Se trata de palabras que no se someten a crítica alguna y ante las cuales todos debemos alinearnos —o, más propiamente, alienarnos; no es casual este desliz— con unos presupuestos que, paradójicamente, ni siquiera están del todo claros.

Aquí todo el mundo habla de humanidad. Ahora bien, ¿qué es exactamente eso de humanidad? Se habla también de democracia. ¿Y qué es la democracia? “Bueno, tú ya sabes lo que es la democracia”. No, no: dígame qué es para usted la democracia, o qué son exactamente los derechos humanos, de los que hemos oído hablar aquí en multitud de ocasiones. La profesora Lusitania, por ejemplo, ha apelado reiteradamente a esos derechos humanos.

Se trata de conceptos acríticos que, precisamente en virtud de su falta de sometimiento a la crítica, no pueden ni deben ser triturados. Esta es la cuestión central. Si alguien dice: “Yo soy feminista”, se acabó el debate. El feminismo funciona como una especie de escudo: en determinados ámbitos, en el momento en que se porta ese escudo, ya no hay discusión posible y, en muchos casos, se obtiene una auténtica patente de corso para decir verdaderas barbaridades.

Es cierto que dentro de lo que se conoce como el movimiento feminista existen debates, discusiones interminables, talleres, encuentros, reuniones y todo tipo de disputas. Pero estas disputas no cuestionan el principio; no salen del bucle. Giran una y otra vez alrededor de la supuesta necesidad de que todos seamos muy feministas, cada vez más feministas, en la ingenua creencia de que más feminismo —insisto, sin someterlo a crítica— nos conducirá automáticamente a una sociedad más justa, más democrática y más igualitaria.

Todo ello obvia cuestiones tan básicas como las naciones políticas a las que pertenecen las mujeres a las que se refiere ese feminismo. Esto es crucial. No es lo mismo hablar de igualdad entre mujeres y hombres en España que hacerlo en la República Dominicana.

España, República Dominicana, Francia, México, Chile, Alemania: el país que ustedes quieran. En España, por increíble que pueda parecer, un hombre que se siente mujer —solo con sentirlo, subrayo— puede convertirse legalmente en mujer sin necesidad de ningún otro requisito. No necesita someterse a ningún proceso médico, ni a intervenciones quirúrgicas, ni a transformaciones corporales de ningún tipo. Basta con el sentimiento.

Cualquiera de los hombres presentes en esta sala —el profesor Eulogio, el profesor William— podría, del mismo modo que yo, acudir al registro civil y decir: “Mire, es que yo me siento un hombre”, y recibir como respuesta: “No se preocupe, ¿cómo quiere llamarse?”. Se cambia el nombre y, legalmente, se es un hombre.

Dentro y fuera del feminismo somos muchos quienes hemos puesto el grito en el cielo ante esta situación, porque se trata de una absoluta barbaridad y de un atentado directo contra las mujeres. Así de claro. Es un atentado frontal contra las mujeres.

Lo que quiero subrayar con esto es que este es un problema específico que tenemos las mujeres en España, pero que ustedes aquí, en la República Dominicana, no tienen —y sinceramente espero que no lleguen a tener—. En un congreso en el que hablamos tanto de identidad, imagínense lo que supone para las mujeres que cualquier hombre, con solo sentirlo, pueda ser considerado una mujer. De ahí que se hable, con razón, del borrado de las mujeres.

Les pongo otro ejemplo. Cuando se habla de violencia contra las mujeres, o de violencia de género, el contexto español no es comparable al de otros países. En España se registran, de media, alrededor de 50 mujeres asesinadas al año bajo este rótulo. La cifra varía, pero se mantiene en ese entorno. Sin embargo, si miramos países como México, hablamos de alrededor de 3.000 mujeres asesinadas al año. La diferencia es abismal.

Evidentemente, no es lo mismo. Según he podido leer en la memoria anual del Ministerio de la Mujer, aquí en la República Dominicana existe un programa específico para evitar los embarazos no deseados en adolescentes, que rondan aproximadamente el 20 %. En España, la tasa de embarazos no deseados en adolescentes se sitúa en torno al 2 %.

Sin embargo, donde España tiene un problema enorme —enorme, y además situado en el centro del debate del feminismo administrado— es en las cifras de aborto. Estas cifras no dejan de crecer. En 2024 se practicaron en España 106.172 abortos, según el último informe presentado por el Ministerio de Sanidad.

Conviene tener en cuenta que la demografía en España está en claro descenso. España es, hoy por hoy, un país envejecido. Y el 94 % de esos más de 106.000 abortos practicados en 2024 se acogieron a un supuesto legal concreto: el de motivos no médicos.

No sé si ustedes alcanzan a percibir lo que esto dice de España como sociedad cuando, en pleno 2025, en un contexto en el que cualquier mujer y cualquier hombre puede acceder a todo tipo de métodos anticonceptivos, se practican más de 106.000 abortos anuales y, además, la cifra sigue creciendo. Esto nos sitúa, sencillamente, a los pies de la barbarie.

No quiero detenerme más en este asunto, pero me sirve para que se entienda con claridad que los problemas no son los mismos en todas partes y que dependen, de manera decisiva, de las naciones políticas. ¿Por qué insisto tanto en esta idea de las naciones políticas? Porque una de las pretensiones fundamentales del feminismo administrado es, precisamente, igualar y homogeneizar a todas las mujeres del mundo, del mismo modo en que, en otro momento histórico, se pretendió homogeneizar a todos los trabajadores del mundo.

“Trabajadores del mundo, uníos”; “mujeres del mundo, uníos”. Dicho de forma sintética, se intenta sustituir la lucha de clases por la lucha de sexos. Y aquí encontramos otra de las claves fundamentales de todo este asunto. El feminismo administrado es, en realidad, un programa político en el que las mujeres no constituyen una preocupación genuina, sino una herramienta para la ejecución de dicho programa a escala global, lo cual, además, es una ficción en sí misma.

España es, sin duda, uno de los países que más ha avanzado en la aplicación de este programa político. El Gobierno de España se presenta como uno de los más “avanzados” en esta materia, aunque somos muchos quienes no compartimos en absoluto esa valoración, sobre todo a la vista de las consecuencias gravísimas que esto tiene para las propias mujeres, como ahora les explicaré.

Se está configurando una generación de mujeres que, bajo una apariencia constante de empoderamiento —estamos permanentemente empoderadas, saturadas de empoderamiento—, crece en la falsa creencia de que vive acosada por una multiplicidad de violencias y de que cualquier hombre, por el mero hecho de serlo, es un agresor potencial. Esto es extremadamente grave.

Quienes estén familiarizados con el materialismo filosófico habrán advertido ya que el rótulo feminismo administrado recuerda poderosamente al de filosofía administrada. Creo que fue ayer —no sé si lo dijiste tú u otra vez Marcelino, a quien vuelvo a citar— cuando se aludió a esta noción.

Gustavo Bueno emplea el concepto de filosofía administrada en, al menos, dos de sus obras: ¿Qué es la filosofía? y El sentido de la vida. Cuando Bueno habla de filosofía administrada, se refiere a aquella filosofía que se gestiona desde determinadas instituciones y que, si bien en un momento pudo necesitar ser encerrada e institucionalizada para adquirir una organización sistemática, con el paso del tiempo terminó ensimismándose y, cito, “alejándose de la filosofía mundana del presente, que es siempre su fuente”, así como “acogiéndose a los intereses de la administración que la ha incorporado a sus fines propios”, orientándose hacia formas anquilosadas y convirtiéndose en un mero vehículo ideológico.

Donde dice filosofía, pongan feminismo, y el encaje es prácticamente perfecto.

Añade Bueno que la filosofía ensimismada, en tanto institución administrada y tendente incluso a la autoadministración, cree poder nutrirse de su propia sustancia, alejándose de los problemas reales del mundo. Exactamente lo mismo ocurre con el feminismo administrado, que cree poder alimentarse de sí mismo, desvinculándose de los problemas concretos que puedan afectar a las mujeres en una nación política determinada.

Esta ideología confía en que el desarrollo autónomo de su propio discurso la conducirá progresivamente a la verdad —“verdad”, entrecomillada en el texto de Bueno—, del mismo modo que el feminismo administrado vende hoy la ficción, todavía no demostrada, de que cuanto más feministas seamos, mejores personas seremos.

Pues bien, eso depende. Es algo que, al menos, debería discutirse.

El feminismo administrado encaja perfectamente en esta descripción. Un movimiento que, en su origen, buscaba equilibrar las desigualdades entre mujeres y hombres, se encerró en las instituciones —ministerios de la mujer, de igualdad, y estructuras similares— y, a medida que se fue institucionalizando, se fue alejando de los problemas reales de desigualdad para convertirse en un instrumento ideológico al servicio de la administración de turno.

Miren: el pasado mes de octubre se celebraron en Asturias los Premios Princesa de Asturias. El Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica fue concedido a una genetista de reconocido prestigio, Marie-Claire King. Pues bien, en España, la ideología del feminismo administrado ha impregnado —o, mejor dicho, ha preñado— prácticamente toda la vida social.

Esto es más que evidente. Existe alguna resistencia, sin duda, pero esa resistencia suele ser inmediatamente desacreditada mediante el insulto; aunque este es ya otro asunto.

Durante su estancia, la profesora Mary-Claire King mantuvo un encuentro con estudiantes. En ese contexto, una estudiante —desde la ingenuidad, no desde la mala fe— levantó la mano y le formuló la siguiente pregunta: “Dígame, por favor, profesora, ¿cuál ha sido el momento más grave, el que mayor impacto le ha causado como mujer?”.

Lo más sencillo habría sido suponer que la joven esperaba una respuesta en la línea habitual: un jefe de laboratorio que la agredió, que la insultó, que no le dio trabajo por ser mujer. Esa es la narrativa dominante, porque es lo que muchas jóvenes españolas creen realmente: que el 50 % de la población es un agresor potencial para el otro 50 %.

Sin embargo, la respuesta de Mary-Claire King fue muy distinta. Dijo: “Mi momento más terrible como mujer fue cuando, siendo madre de un hijo prácticamente recién nacido y estando al inicio de mi carrera investigadora, con un laboratorio todavía muy incipiente a mi cargo, falleció mi marido y me quedé sola”. Y me quedé sola.

Este es, efectivamente, un problema real que afecta a muchas mujeres, como el de la viudedad, pero del que prácticamente no se habla. En cambio, se habla insistentemente de la menstruación o de la menopausia, cuestiones que no constituyen problemas en sí mismas, sino procesos biológicos que las mujeres han vivido desde siempre y que han afrontado históricamente sin dificultad.

De hecho, en España ha habido mujeres que no percibían estas cuestiones como un problema hasta que el Ministerio de Igualdad lanzó campañas millonarias para decirles: “Amiga, tú que menstruas, tienes un problema”. Esto es así.

A medida que el feminismo administrado se aleja de la realidad y se ensimisma —tal y como ocurre con la filosofía ensimismada—, se llega al punto de que esa ideología, tendente a la autoadministración y a la mera supervivencia institucional, termina convirtiéndose en el principal valedor y productor de aquello que, en teoría, pretende erradicar.

Me explico. Damos por supuesto que el fin último del feminismo es acabar con las desigualdades estructurales. La profesora Lusitania habló aquí precisamente de desigualdades estructurales entre mujeres y hombres. Ahora bien, la pregunta es inevitable: ¿cómo va el feminismo administrado a reconocer el fin de esas desigualdades en el ámbito de aquello que las instituciones pueden abarcar, si reconocerlo supondría la desaparición de esas mismas instituciones?

No lo va a reconocer nunca. Nunca se reconocerá que, aun admitiendo la existencia de determinados restos de machismo social, institucionalmente ya no queda nada más por hacer. El concepto mismo de “estructura” resulta, además, poco claro, aunque puede intuirse el sentido con el que lo emplea el feminismo administrado.

Por un lado, tenemos la definición recogida en el Diccionario de la Real Academia Española, según la cual “estructural” hace referencia a la estructura, es decir, a la disposición o modo en que están relacionadas las distintas partes de un conjunto. Dado que el feminismo administrado se ha encerrado en las instituciones y es desde ellas desde donde se gestiona, podemos concluir que esa estructura es el Estado, el Estado-nación.

Ahora bien, ¿qué ocurre si aceptamos esto? Ocurre que el feminismo administrado se derrumba, porque el Estado ya reconoce formalmente la igualdad entre mujeres y hombres. No creo que sea necesario recordarles su propia Constitución, que conocen mejor que yo —y que, por cierto, está redactada de manera admirable si la comparamos con la española—.

El artículo 39 reconoce el derecho a la igualdad sin discriminación por razones de género, color, edad, discapacidad, nacionalidad, vínculos familiares, lengua, religión, opinión política o filosófica, condición social o personal. En su apartado cuarto establece expresamente que la mujer y el hombre son iguales ante la ley.

El artículo 42 reconoce el derecho a la integridad personal y condena la violencia intrafamiliar y de género en cualquiera de sus formas. El artículo 55 establece que toda persona tiene derecho a constituir una familia en cuya formación y desarrollo la mujer y el hombre gozan de iguales derechos y deberes. El artículo 62 garantiza la igualdad y equidad de mujeres y hombres en el ejercicio del derecho al trabajo.

Y, además —algo que me resulta especialmente llamativo—, su Constitución incluye el artículo 273, en el título XV, disposiciones generales y transitorias, capítulo I, dedicado expresamente a los géneros gramaticales.

Esto me llama poderosamente la atención. El propio texto constitucional establece que los géneros gramaticales utilizados en su redacción no implican, en modo alguno, restricción alguna al principio de igualdad de derechos entre la mujer y el hombre. Con ello, además, se evita caer en una de las trampas habituales del feminismo administrado.

Veamos: en español existen el género no marcado y el género marcado. El género no marcado es el masculino, también denominado masculino genérico. Y, curiosamente, antes de que el feminismo administrado irrumpiera en nuestras vidas, hemos podido comunicarnos, comprendernos y convivir sin mayores problemas con el género gramatical. El español es un idioma extraordinariamente preciso y completo; entendíamos perfectamente los contextos en los que se utilizaba el masculino genérico y ninguna mujer se sentía discriminada por ello.

Al menos, en mi caso, nunca me he sentido discriminada por el género de las palabras. No sé ustedes. Y, por cierto, antes, Cristian, mencionabas el término poeta. En español existe poeta, no poeta masculino o poeta femenino por necesidad gramatical. Lo mismo ocurre con palabras cuyo género viene determinado por el artículo: el cantante, la cantante; el piloto, la piloto; el comerciante, la comerciante; el cliente, la cliente.

El español está lleno de términos inclusivos. Sin embargo, desde un desconocimiento profundo del funcionamiento de la lengua, muchos de estos términos han sido forzados y retorcidos. No siempre por mala fe, sino, en muchos casos, por simple desconocimiento. Así, se ha pasado de cliente a clienta, porque cliente “sonaba” a masculino, cuando en realidad el género lo determina el artículo: el cliente, la cliente.

No quiero detenerme más en esta cuestión. Lo relevante es que, tanto la Constitución dominicana como la española afirman explícitamente la igualdad entre mujeres y hombres, garantizada por el principio de igualdad jurídica entre los ciudadanos de nuestras respectivas naciones. Podemos afirmar, por tanto, que la igualdad entre hombres y mujeres no corre peligro alguno desde el punto de vista estructural, en el sentido en que hemos definido la estructura: está asegurada por ley.

La estructura garantiza la igualdad. Entonces, ¿qué se quiere decir cuando se habla de “desigualdades estructurales”? Si partimos de la buena fe —y vamos a suponer que no se nos quiere engañar—, ese adjetivo no puede significar otra cosa que algo esencial, fatal en sentido griego, genético, irresoluble, irreconciliable.

Y esto es clave, porque abre el camino a la perpetuación indefinida del feminismo administrado. Si la desigualdad es esencial e irresoluble, entonces siempre será necesaria la presencia de una instancia —el feminismo administrado— que venga a “ajustar” esas desigualdades. Esa es la cuestión de fondo.

Se nos ha hecho creer que el enfrentamiento entre mujeres y hombres existe desde que ambos habitan la Tierra y que nunca se resolverá, porque o bien los varones o bien las mujeres —no queda muy claro— tendrían alguna tara genética, alguna disposición natural o alguna forma de pensar esencialmente distinta. Esto es metafísica pura. Pura metafísica.

Ahora bien, atiendan con cuidado, porque esto es importante: nadie está negando aquí que puedan existir comportamientos machistas. Nadie lo niega. Lo que se cuestiona es la idea de que esos comportamientos puedan erradicarse por decreto o por ley. Esa pretensión es una fantasía, difícilmente sostenible, salvo que se asuma implícitamente un modelo de Estado totalitario.

Una vez alcanzada la igualdad jurídica y administrativa entre mujeres y hombres, lo razonable es regular aquellos desajustes concretos que puedan darse, allí donde se produzcan, desde las instituciones competentes y dentro de sus límites. No desde una ideología que necesita negar sistemáticamente la posibilidad de que esa igualdad ya haya sido alcanzada.

Permítanme ahora citar unas declaraciones recientes de la ministra de Igualdad de España, Ana Redondo, que ilustran con claridad el modo en que opera este discurso. Dijo lo siguiente:

“Qué terrible falta de respeto por la igualdad. Qué terrible falta de respeto hacia las mujeres. Qué terrible machismo el que se ha escuchado hoy aquí. Machismo reaccionario. Machismo y negacionismo. Machismo y negacionismo del Partido Popular. Cuando llevamos cuarenta y ocho horas con dos mujeres asesinadas y dos niños asesinados por violencia vicaria. Vergüenza, vergüenza, vergüenza. No se puede, no se puede, no se puede. Vergüenza mezclarlo todo. El negacionismo mata. El negacionismo mata. Y ustedes son cómplices”.

Este tipo de intervenciones muestran con nitidez cómo el feminismo administrado sustituye el análisis racional y la argumentación por la descalificación moral y la imputación automática de culpabilidad, cerrando cualquier posibilidad de debate público razonado.

“Y llevamos cuarenta y ocho horas terribles, terribles de violencia de género, de violencia machista, terribles…”. Podemos retirar ya el vídeo. Lo he mostrado porque fue un momento que causó un gran impacto en España, sobre todo por la respuesta airada de la ministra. Lo relevante es la reiteración de una consigna que se ha convertido en lema: “El negacionismo mata. El negacionismo mata”.

Esta es una acusación que se dirige con frecuencia a quienes cuestionamos el rótulo violencia de género. No puedo detenerme aquí a explicar por qué lo cuestionamos, pero existe una lección disponible en abierto —en la plataforma X o en YouTube— que puede consultarse sin ningún problema.

Conviene dejar algo absolutamente claro: aquí no se está negando, en modo alguno, que exista violencia contra las mujeres. Eso sería absurdo. Los asesinatos existen, los datos están ahí y nadie los niega. Lo que se niega es el diagnóstico que hace el feminismo administrado sobre las causas de esos asesinatos.

Según ese diagnóstico, si un hombre asesina a una mujer, lo hace por ser hombre y ella muere por ser mujer. Y con ello se dejan completamente de lado factores fundamentales, como los culturales. Retomo el ejemplo de la agresión cometida por jóvenes magrebíes: comprenderán ustedes que la consideración de la mujer en sociedades fuertemente islamizadas no es la misma que en sociedades de tradición cristiana o católica. No es la misma.

Se dejan fuera también factores relacionados con la institución familiar, con su estructura, con su descomposición o con su ausencia. El diagnóstico se reduce a una fórmula simplista: “un hombre mata a una mujer porque él es hombre y ella es mujer”. Insisto: no se niega la violencia; se niega ese diagnóstico. Y cuando el diagnóstico es erróneo, la solución necesariamente lo será también. El resultado es un desastre para las mujeres que realmente sufren violencia, agresiones o maltrato.

Les he dicho antes que el feminismo administrado es un programa político, pero todavía no les había explicado cuál. Y no es algo que yo me esté inventando: está explícitamente formulado. ¿Dónde? En un texto titulado Manifiesto para un feminismo del 99%, publicado en 2019, aunque el rótulo feminismo del 99 % ya había sido adelantado en 2017 en una revista marxista llamada Viewpoint Magazine.

El manifiesto está firmado por tres feministas estadounidenses, vinculadas a universidades norteamericanas, y afirma literalmente lo siguiente:

“Las feministas para el 99 % no actuamos aisladas de otros movimientos de resistencia y rebelión. No nos desentendemos de las batallas contra el cambio climático o la explotación en el lugar de trabajo. Tampoco estamos al margen de las luchas contra el racismo institucional o los desahucios. Estas luchas son nuestras luchas. Son parte integrante de la lucha por desmantelar el capitalismo, sin la cual no puede haber fin para la opresión de género y sexual.

El feminismo para el 99 % debe unir fuerzas con otros movimientos anticapitalistas, antiimperialistas, con el colectivo LGTBIQ+ y con los sindicatos. Debemos aliarnos, sobre todo, con las corrientes anticapitalistas de izquierda de todos los movimientos que defienden al 99 %”.

¿Entienden ahora por qué la izquierda española no celebró la concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado? Porque María Corina Machado no se inserta en este marco ideológico; está fuera de él.

¿Recuerdan cuando les dije que se pretendía sustituir la lucha de clases por la lucha de sexos? Aquí lo tienen explicitado. Y lo más preocupante es que este planteamiento se está asumiendo en todo el mundo de manera acrítica —o, si lo prefieren, de forma romántica: “qué bonito que las mujeres del mundo nos unamos”—, sin comprender que lo que hay detrás es una lucha política en la que, insisto una vez más, las mujeres funcionan como una macroherramienta, no como el verdadero sujeto de preocupación.

Nos están utilizando para imponer su propio delirio. Somos —por expresarlo en términos ideológicos comprensibles desde el propio feminismo administrado— mano de obra gratuita. Se trata de un ensimismamiento profundo y, lo cierto, es que, marxista o no, total o parcialmente, muchas naciones políticas se han dejado embaucar por este ideario, profundamente cargado de ideología.

Voy a ir adelantando, porque he mirado el reloj y, con cierto horror, veo que ya son casi las ocho. Quería detenerme en algunos de los campos de batalla preferidos del feminismo administrado, aquellos en los que conviene estar especialmente atentos. Uno de ellos es, sin duda, el lenguaje.

En España, el feminismo administrado emprendió una batalla absurda contra la Real Academia Española, reivindicando términos como portavoza, militantas y otros similares. Esto podría quedar en el terreno de lo anecdótico, de la necedad o de la idiotez —en su sentido etimológico—, y no merecería mayor atención.

Sin embargo, existen otros retorcimientos del lenguaje mucho más peligrosos. Por ejemplo, en el marco de la ideología de género, se ha comenzado a sustituir la palabra mujeres por expresiones como personas que menstruan o personas que gestan. Pero las personas que gestan son mujeres; no existe ningún hombre que geste. Este tipo de giros no es inocente: sirve para introducir la noción de una multiplicidad de géneros mediante la manipulación del lenguaje.

Cuando, por ejemplo, en el Manifiesto para un feminismo del 99% se habla reiteradamente de derechos reproductivos, conviene preguntarse qué se quiere decir exactamente con esa expresión. En realidad, lo que se está reivindicando es el derecho al aborto. Entonces, ¿por qué no llamarlo por su nombre? Lo que se está defendiendo no son derechos reproductivos, sino derechos antirreproductivos. Pero se recurre al eufemismo, se decora el término para hacerlo más aceptable y facilitar su asunción acrítica.

Si lo que se reivindica es eso, debería decirse de frente y con claridad, sin disfraces lingüísticos.

Otra palabra que se utiliza de forma problemática es víctima. Cualquiera puede entender que, cuando una mujer denuncia a un hombre por una agresión sexual, la condición de víctima se adquiere una vez que existe una sentencia judicial firme. Salvo en casos de agresiones evidentes y constatables —como el de la joven de Pamplona al que me he referido antes—, la condición de víctima no puede establecerse automáticamente.

Sin embargo, en España, según el feminismo administrado, basta con presentar una denuncia para adquirir inmediatamente la condición de víctima. Pero no: la condición de víctima se adquiere cuando el proceso judicial ha concluido y un juez ha dictado sentencia. Es entonces, y solo entonces, cuando puede afirmarse jurídicamente que existe una víctima y un culpable.

Confundir denuncia con sentencia no solo pervierte el lenguaje jurídico, sino que socava principios fundamentales del Estado de derecho y termina produciendo un grave daño, precisamente, a la credibilidad de las verdaderas víctimas.

Entonces, no soy víctima de nada, porque en el ordenamiento jurídico español todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Entonces, se ha retorcido el lenguaje de una manera tremenda. Me lo voy a pasar, me lo voy a pasar, porque adonde quiero llevar yo al feminismo administrado y al género —[risas]— es al tema del género.

Es que, de verdad, el tema del género… Les he leído su Constitución, perdónenme por haberles leído su propia Constitución, pero se habla todo el rato de género, de género, de género. Vamos a ver, para empezar: las personas tenemos sexo, no género, y hay dos: masculino y femenino. Ya está. O sea, yo lo lamento.

Es como, no sé si han visto ustedes La vida de Brian, una película de los Monty Python de los años 70, en la que Loretta dice: “Es que quiero ser una mujer”. Y al final acaban diciendo: “No, pero reivindiquemos su derecho…”. No sé qué dicen exactamente. No, es que estamos reivindicando un derecho a ir contra la naturaleza, contra la realidad. Es que la realidad es esta.

Yo, bien que lo lamento, de verdad. A mí me gustaría ser, pues, veinticinco centímetros más alta, rubia y, a poder ser, millonaria, pero es que no puede ser. ¿Qué le vamos a hacer?

A ver, la cuestión del género es uno de los asuntos más sorprendentes del feminismo administrado. Sorprendente por la facilidad con la que se ha impuesto, a pesar de la oscuridad de un concepto —el de género— que, nuevamente, tal y como dije al comienzo, se acepta de forma acrítica.

Afirmo, a modo de conclusión, que el género no existe, porque el género es un cuento. Así de claro.

Se suele hablar de la palabra género, en el contexto del feminismo administrado, refiriéndose a los famosos estudios de género que se iniciaron en los Estados Unidos allá por los años 60, 70. Este es el origen que a todos nos enseñan en la facultad y que todo el mundo da por bueno.

Claro, pero esta es la versión bondadosa o académica, la versión que blanquea la realidad del concepto de género. Porque el género, en su uso moderno, corresponde al sentido de construcción cultural. Ustedes saben que el género es un constructo cultural. Esto es lo que dice el feminismo administrado.

Esto pertenece al psicólogo estadounidense John Money, que ya en los años 50 afirmaba que —cito— “el grado global de masculinidad, que es íntimamente sentido, es decir, lo que tú te sientas, y se manifiesta públicamente en el bebé, el niño o el adulto, y que usualmente, aunque no necesariamente, se corresponde con la anatomía de los órganos de procreación”.

¿Lo han visto, no? O sea, el género es lo que yo siento y no tiene por qué coincidir con mis órganos sexuales. Esto es así. Esto es lo que se dice.

Y esto lo dijo John Money en los años 50. En 1972 publicó un libro —no voy a leer el título, que es muy largo—, pero confíen en mí, lo publicó con una sexóloga estadounidense llamada Anke Ehrhardt, y es ahí donde se introduce la cuestión de la identidad de género.

Y aquí es donde realmente se populariza, donde se produce el boom del concepto de género y de identidad de género. Y lo que te dicen sobre la identidad de género es que dicha identidad es “la identidad, la unidad y la persistencia de la individualidad de cada uno como macho, hembra o ambivalente, en un grado más o menos grande, especialmente en tanto en cuanto lo ha experimentado en la conciencia y en el comportamiento”.

La identidad de género es la experiencia privada del rol de género, y el rol de género es la expresión pública de la identidad de género.

Es decir, si en 1950 todavía estaban hablando del sexo biológico, en 1970 olvídense. En 1970 el cuerpo no es absolutamente nada. Tus órganos sexuales no dicen absolutamente nada de ti, porque lo que importa es lo que sientas.

Y de estos barros, los lodos que tenemos ahora. Los lodos que tenemos ahora.

Es decir, el cuerpo, el sexo biológico, sería algo completamente accesorio, y lo que realmente sería importante es el género, que es algo cultural y que no tiene por qué tener ninguna relación con tus órganos sexuales y dependerá de lo que uno sienta.

Claro, así las cosas, el género sería un invento en el que, a modo de cajón de desastre, se guardan una multitud de identidades que estarían constreñidas por tu cuerpo. Esto es así. Aunque parezca una locura.

Y esto es lo que está funcionando. Les leo —podemos poner el PDF muy rápido, ¿eh?, para que se vayan haciendo—. No, perdón… Aquí está. Uy, perdón.

Estos son algunos de los géneros que están socialmente reconocidos: agénero, bigénero, mujer trans, hombre trans, trigénero, demigirl, demiboy, género fluido, género expansivo, no binario… Todo esto está funcionando administrativamente en España.

Eh, no se crean que esto es una cosa que yo encontré en internet navegando después de seis horas de investigación, ¿vale? Claro, el caso de Money es especialmente interesante, y se lo cito porque Money, que estaba absolutamente convencido de que lo importante era el género y no el sexo, tuvo un caso.

Unos padres acudieron a la consulta de Money en 1960 con unos mellizos, y a uno de ellos, en una operación de circuncisión, le destrozaron el pene. Los padres estaban absolutamente desesperados. Acudieron a la consulta de Money porque Money era una eminencia en aquel entonces, y Money les dijo, convencido —convencido— de que el género era lo importante y el sexo biológico era algo accesorio: “No se preocupen ustedes. Extirpamos los órganos sexuales de su hijo y lo educan como una niña”.

Porque, como el género es cultural y se construye, pero —les dijo— tienen que hacerlo ustedes cuanto antes, porque cuanto antes lo hagamos mejor responderá al tratamiento. Porque también había tratamiento hormonal, médico y tratamiento psicológico.

No les voy a contar los detalles porque son muy escabrosos. Solo les puedo decir que no resultó, que no resultó. Este experimento acabó de la peor de las maneras posibles para el chico. Obviamente, sus padres tomaron la decisión de extirparle los genitales masculinos, educarlo como niña y, pasados unos años, acabó muy mal.

Entonces, lo que tenemos aquí es que grandes figuras de la teoría del género, como puede ser Judith Butler o Paul B. Preciado —que, por cierto, es una mujer que se siente hombre y se quiere llamar Paul, le llamamos Paul, no tenemos ningún problema—, reivindican a John Money como el padre del género.

Claro, le reivindican. Le reivindicaban más que lo que le reivindican ahora, porque John Money también era un defensor de la pederastia. Y esto está escrito, ¿eh? Esto está escrito. No son habladurías ni rumores. Está escrito.

Entonces, claro, a John Money, que es realmente el padre de toda esta locura, se le tiene un poco como tapado. Tapado. Porque, efectivamente, las hipótesis que defendía Money eran una locura y, sobre todo, porque él mismo desmontó, él mismo desmontó, con este terrible experimento, la cuestión del género y la cuestión de la construcción de la identidad de género.

Voy a ver cuánto tiempo tengo… Nada. Ya. Pues voy al final. Voy al final.

La Alianza Internacional Feminista. Esto sí quiero contárselo un poquito. A ver, el tema de la Alianza Internacional Feminista está íntimamente ligado con el tema de la sustitución de la lucha de clases por la lucha de sexos.

Lo que pretende el feminismo administrado es crear una alianza internacional feminista. Y digo que lo pretende y lo hace porque les cuento que el 13 de marzo de 2025 la ministra de Igualdad del Gobierno de España, Ana Redondo, organizó, en el marco de la 69.ª edición de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer, al amparo de la ONU, una mesa de diálogo llamada Diálogos para una alianza internacional feminista. Le puso este nombre.

Es el “mujeres del mundo unidas”, en esa mesa que consideraban como un espacio de reflexión y construcción colectiva para fortalecer la cooperación internacional en igualdad. Todo palabras que suenan muy bonito, ¿eh?, pero no sé si lo conocen: en español hay un dicho que dice que de las palabras no importa el sonido, sino el sentido.

Entonces, esto son un montón de palabras que suenan muy bien, pero que no tienen absolutamente ningún sentido. Claro, y Ana Redondo decía: “No, no, esto tenemos que hacerlo por nosotras y por nuestras predecesoras”. No va a dar tiempo a hablar de los referentes, que era un tema que quería tocar, pero bueno, me lo salto.

En esa mesa había mujeres de Brasil, Chile, España y Ecuador. Y porque había que luchar también —esto es muy importante— contra la ola ultraconservadora. Claro, se pueden imaginar… pero qué desmadre, perdón, pero qué delirio es este. O sea, ¿de qué estamos hablando?

Para empezar, ser conservador en Chile no es lo mismo que ser conservador en España ni en cualquier otra parte del mundo. Pero lo homogeneizan todo, lo meten en un cajón desastre, y les quedan, insisto, palabras bonitas, pero que no explican nada. Les quedan conceptos, ideas que ni siquiera trituran; simplemente las sueltan, las repiten y, como suenan bien, pues nosotros nos vamos tragando esa papilla.

Fue un momento también interesante de esta cumbre, de esta alianza internacional, que yo estaba viendo en directo. Por supuesto, hablaban en inglés, claro, porque en una alianza internacional tienen que entenderse en algún idioma.

Bueno, pues estaban todas hispanas y estaban hablando en inglés. Y esto, eh… entonces son detalles que parecen anecdóticos, pero que dicen mucho de lo que hay detrás de todo este asunto. Hablaban en inglés y, casi a modo de metáfora, se produjo un hecho curioso: hasta una hora después de empezado el evento no hubo sonido. No hubo sonido.

Entonces dije: bueno, qué metáfora más bonita, ¿no? La alianza internacional feminista es absolutamente imposible. Aquí no hay diálogo, es imposible escuchar nada de esto.

Bueno, voy al final. Me da mucha pena, porque al final les he hablado muy poco de este asunto que realmente es la madre del cordero, pero bueno, les leo ya la conclusión, miren, eh, solo es esto, la conclusión, para que vean que no les engaño.

Pensar la identidad también pasa por la consideración que se tenga de las mujeres, pero no de todas las mujeres, sino de aquellas que forman parte de una nación política determinada, con su propio ordenamiento jurídico, sus costumbres y sus instituciones, como por ejemplo las familias. Lo que el feminismo administrado pretende es la homogeneización, la igualación de las mujeres y, por tanto, la pérdida de identidad.

Es un desprecio absoluto a las mujeres, un desprecio absoluto a las mujeres como ciudadanas. ¿Por qué? Me voy a meter en el saco, porque nuestra identidad se está reduciendo al hecho de ser mujer, y no mujer biológica, ni siquiera mujer biológica, como hemos visto. Y nuestros intereses políticos quedarán automáticamente anulados a favor de nuestra condición, no ya sexual, sino sentida, es decir, lo que yo me sienta.

Se nos obliga a dejar de ser miembros de una nación política para ser solamente personas preocupadas por cosas de mujeres, y cosas de mujeres que ni siquiera nosotras podemos decidir, sino aquellas que el feminismo administrado dice que son de las que nos tenemos que preocupar. Es sencillamente un insulto a nuestra inteligencia. Así de claro: un insulto a nuestra inteligencia.

El feminismo administrado no anda en la defensa de las mujeres ante posibles agravios; anda en la defensa de lo suyo a costa de las mujeres. Somos la hoz y el martillo, un mero instrumento de un movimiento que ha convertido a las mujeres en sujetos incapaces de defenderse por sí solas y sujetas a unos dogmas de fe impuestos por un feminismo que sobrevive amedrentando a las mujeres, haciéndoles creer que viven acosadas por multitud de exóticas violencias, en buena parte inventadas. No todas, pero una parte sí.

Una sociedad igualitaria, como la que pretenden, no puede permitirse vivir en la creencia de que la mitad de la población está siendo acosada y violentada por la otra mitad solo por el hecho de ser unas de un sexo y otros de otro.

Les he hablado mucho de España, pero no lo he hecho con la intención de que sigan nuestro camino, sino de que huyan, de que vayan en sentido contrario. La experiencia en España está siendo tremenda.

Ustedes están a tiempo de frenar este delirio, como hizo el profesor Arbelo ayer o antes de ayer, que citó al profesor Eulogio Silverio: “El que tenga oídos que oiga”. Y yo añado: y el que pueda hacer, que haga.

Muchas gracias.

William Mejía Chalas

Bien, a lo que salen los compañeros que tienen que retirarse. Vamos a dar tres turnos. Tres turnos. Tenemos aquí… ya están ahí los tres. Lusitania Martínez, Kirvio y su nombre… Liduina. Eh, Sharon, ¿quiere responder cada turno por independiente o quiere los tres turnos?

Sharon Calderón Gordo

No, no, uno a uno, porque tengo una… uno a uno, porque tengo una memoria… no me acuerdo de las personas.

William Mejía Chalas

Claro.

Lusitania Martínez

¿Qué tal?

Sharon Calderón Gordo

Bueno, perdona, tengo que decir que a la profesora la he visto fuera antes de empezar y ella me dijo: “Nos vamos a pelear”. Y yo dije: “Sí, sí, nos vamos a pelear, pero no nos vamos a enfadar”.

Lusitania Martínez

Lo que yo dije fue que el maestro quiere que nos peleemos, el maestro Gloria… Sharon, yo no me siento representada. Contaba con ella en el feminismo. ¿Cómo que tú le llamas? Administrado. Por supuesto, el feminismo tiene una historia de muchos feminismos, y el que aquí nosotros discutimos no es el administrado.

Probablemente tenga algunos puntos, pero la mayoría no. Nosotros aceptamos a los hombres, nosotros aceptamos debates, nosotros tenemos una cátedra de filosofía y género. Sabemos quién es Judith Butler, sabemos qué es lo que persigue. No estamos a favor de intercambiar la noción biológica, sexo, por género.

Sharon Calderón Gordo

Lusitania, en España el feminismo tampoco estaba en eso, y de repente, precisamente porque estaban donde estaban, llegaron a eso. Eso es lo que estoy diciendo: que ojo, ojo, ojo al tema del feminismo, ojo a la palabra género, porque es la puerta de entrada a todo este delirio. Es exactamente la situación en la que estaba el feminismo en España y dejó que entrara todo esto.

Lusitania Martínez

Sharon, yo conozco bien el movimiento feminista español y las feministas de mi grupo se salieron del apoyo al feminismo administrado. Nosotros aquí sabemos lo que es el lenguaje inclusivo que habla de “todes”. Sabemos que es antifilosófico y anticientífico porque reniega la biología. Entonces conocemos los presupuestos y el debate está muy avanzado.

Es lamentable que no se haya formado una mesa para que algunas feministas —no yo necesariamente— hubieran discutido contigo el feminismo desde el materialismo filosófico, que ahí sí voy a plantear, si es que no malentendí algo, una posición en contra.

La clase y el género, los dos, son importantes. No se busca sustituir uno por otro, y eso tiene una historia que viene desde Lenin, Rosa Luxemburgo, etcétera, etcétera. Gracias.

Sharon Calderón Gordo

Claro. Vamos a ver, de pie, claro que sí. La clase y el género tienen una historia, pero una historia que no ha funcionado. La lucha, la Internacional de los obreros, fracasó. El “trabajadores del mundo, uníos” ha fracasado, y tú lo haces desde los presupuestos marxistas.

Nosotros, desde el materialismo filosófico, no es que no entendamos que hay hombres y mujeres y trabajadores y empresarios, todo lo que tú quieras, pero lo importante no es que yo sea una mujer o que él sea un hombre. Lo importante es que sea un individuo dentro de una nación política, que seamos ciudadanos. Eso es lo verdaderamente importante.

En el momento en el que descendemos a peculiaridades que son absolutamente accesorias —mi sexo, mi condición económica, etcétera, etcétera—, ya nos estamos despistando con otras cuestiones. Claro, nosotros no lo hacemos desde presupuestos marxistas, pero, insisto, la lucha de clases fracasó. Esta es la realidad.

Don Quilvio

Me toca a mí, profesora. Tengo la impresión de que su fe no está enterada. Póngase de pie, por favor, para la grabación y la transmisión, por favor. Gracias. Profesora, ¿usted no está enterada de que desde que el mundo es mundo la mujer es culpable de todo?

Entonces tenemos que mirar nuestra educación, la educación sobre el machismo, sobre el feminismo. Nosotros tenemos que verla de esta manera. Usted se imagina que se encuentra con un cristiano y ese cristiano, usted le explica que a una muchacha la secuestraron, la golpearon y la dejaron en un parque. El cristiano le va a decir: “Gracias a Dios que no nos pasó”. Entonces hay que entender que la educación de todas las religiones del mundo es machista.

Y entonces queremos ocultar eso y por eso negamos la importancia de la filosofía en la educación y en la formación de la persona. Una educación de conciencia es muy diferente a aquella educación que conduce a que todo sea sometido a un premio o un castigo; una educación que la lleva a entender que no es su conciencia la que debe determinar sus acciones, sino una ley.

Me gustaría saber por qué en todos los discursos que yo oigo se ignora ese proceso.

Sharon Calderón Gordo

Sí es verdad que no entiendo, sí es verdad que no entiendo, como usted ha dicho. Bueno, no he entendido nada de lo que me ha dicho. No le he entendido absolutamente nada. Me ha hablado de conciencia, me ha hablado de religión, ha dicho gratuitamente que la religión es machista.

Hombre, no entiendo lo que quiere decir. Honestamente, no entiendo lo que quiere decir. Si lo que quiere decir es que el bucle y el sesgo del feminismo administrado… si usted quiere que yo le diga lo que usted quiere oír, no lo va a conseguir, porque yo me mantengo en mi trece de lo que he mantenido.

Pero tampoco entiendo muy bien a qué se refiere, cuál es la pregunta. ¿Quién ha defendido aquí o quién ha postulado una educación machista? Nadie. Yo no lo he dicho. De hecho, he dicho —y ha quedado perfectamente claro— que nadie entienda aquí que criticar el feminismo administrado supone aceptar las agresiones o las desigualdades entre mujeres y hombres.

Lo que ocurre es que el diagnóstico del feminismo administrado del problema es erróneo. Le pongo el caso de la violencia de género. La violencia de género en España es una violencia que está tipificada penalmente por la ley. En la ley lo dice así: la violencia que un hombre ejerce sobre una mujer por el hecho de ser mujer.

Esto no ocurre. Ningún hombre pega a una mujer por el hecho de ser mujer, porque siguiendo esa lógica ficticia, a mí cualquier hombre en esta sala se levantaría, me pegaría y se iría. Y eso no va a ocurrir. Eso a mí no me ha ocurrido. Créame que ya tengo unos años a mis espaldas. O sea, ya el medio siglo lo paso.

Entonces, ya he tenido oportunidad para que muchos hombres, por el hecho de ser hombres, me agredan por el hecho de ser mujer. Y luego el tema de la violencia de género, sigo con él. En España se dice que esa violencia es muy específica. Lo desconozco aquí. Creo que tú me dijiste que era exactamente lo mismo. No estoy segura, porque he hablado con tanta gente.

La violencia de género es la que un hombre ejerce contra una mujer, pero necesariamente ha tenido que mediar o mediar en el momento de la agresión una relación de pareja. ¿Qué significa esto? Que si un exmarido agrede a su exmujer es violencia de género, pero si un tío agrede a su sobrina no es violencia de género y la pena por esa agresión va a ser menor.

Estamos hablando de violencia contra las mujeres en los dos casos. Sí. ¿Por qué tiene que ser la pena mayor cuando ha mediado entre el agresor y la agredida una relación sentimental? Que alguien me lo explique. Eso es ideología pura. Eso es ideología. Eso no es pretender mejorar la vida de las mujeres.

Como este caso que le acabo de contar, le puedo contar cien mil. Por ejemplo, en donde la lucha —Lusitania se ha marchado ya—, ella no se creerá inmersa en la lucha de sexos, pero está funcionando constantemente en toda la ideología del feminismo administrado, y lucha de sexos en donde, en muchos casos, para compensar una desigualdad estructural, esencial, histórica, se cometen graves desigualdades entre hombres y mujeres amparadas por la ley.

¿Eso es preocuparse por las desigualdades entre mujeres y hombres? Yo diría que no.

Es más, sumo la apuesta. Un juzgado de la ciudad de Sevilla ha dicho que la muerte de los perros de una pareja, que los mató el novio de ella, es violencia vicaria. ¿Qué me dices? Igualando a los perros con los niños.

Estamos subidos en un delirio en el que, como no hay sustancia, no hay sistema, no hay verdadera filosofía, nos vale todo. Nos vale todo y no hay límite para estas cuestiones.

A usted le parece normal —y le pregunto—, ¿le parecen normales los asuntos que yo le acabo de contar? Que la violencia vicaria sea la que el hombre ejerce contra los niños o contra la mujer utilizando a sus hijos, pero no se considere violencia vicaria a la inversa, dándose por supuesto —dígamelo—. Se lo voy a decir yo: que el hombre es malo por naturaleza y violento.

William Mejía Chalas

Bien, a ver, con esta última pregunta terminamos las participaciones para dar paso entonces al maestro Eulogio Silverio.
Muchas gracias.

Lidina Cueva Cella

De este lado. Maestra, felicidades. Gracias. Para quien no entendí una pregunta, fue una respuesta muy… muy esclarecedora, eh, profunda, ¿verdad? [risas]. Pues realmente agradezco muchísimo la oportunidad de poder estar aquí y escucharla, porque hace dieciséis años dejé una monografía aquí, en la UASD, la primera que se hizo en psicología sobre feminicidios, y precisamente tipifico en esa monografía cuando se dan los asuntos de violencia entre hombre y mujer como violencia de sexo, porque el género es demasiado realmente.

El profesor… déjeme ampliar también. Entonces, lo importante es que precisamente con este asunto de luchar por nuestros derechos, cualquier situación que pase puede rupturar lo que son exactamente los derechos, valga la redundancia.

A mí me pasó una situación de que se hizo una querella —discúlpeme que estaba en el tiempo—. ¿Se hace la pregunta o una conclusión? No, yo lo voy a hacer, pero para que se den cuenta por qué pasan las cosas y lo permitimos.

Pues a una persona que hizo una investigación de la Procuraduría, cuando estaba dando las referencias y llegó a las investigaciones, cuando iba a mencionar la que yo hice, que dejé aquí en la UASD, mi monografía, dijo: “y otra”.

Entonces yo le reclamé en público, en un público más grande que este, de psicología, y entonces después él me dejó fuera de algo que se iba a hacer para el porte y tenencia de armas.

El caso es que hay que exigir sus derechos. Y hago la pregunta: ¿el feminismo administrado se ha visto más afectado por las mujeres y hombres machistas o por la ignorancia de sus funciones? Y, además de todo, también, si se podría marcar el feminismo administrado como una victimización.

Gracias.

Sharon Calderón Gordo

Respondo primero a la segunda pregunta. Sí. El feminismo administrado vive de victimizar a las mujeres, engañándolas con empoderamiento. Engañándolas con empoderamiento. Absolutamente.

Cada día brotan multitud de violencias que no sabíamos que existían. Yo me levanto por la mañana y me veo violentada por algo nuevo. Lo último ha sido la ansiedad vaginal, hace unos días. No, no, no se rían, no se rían, que les dije que se iban a reír de algunas de las cosas que iba a decir.

Pero es que estas cosas están así, publicadas por el periódico El País. O sea, no es ningún periódico pequeño. El periódico El País. La ansiedad vaginal consiste en que las grandes marcas de productos de higiene femenina nos están acosando para que nuestras vaginas huelan como quieren ellos que huelan y no con un olor natural.

Discúlpenme que trate estos temas, pero es que esto es un artículo de El País, de hace unos pocos días. La violencia obstétrica, la violencia… no sé. Por ejemplo, en Francia, hace unos años, ya hace unos cuantos años, se produjo un debate feminista muy intenso sobre el asunto de los urinarios, donde las feministas francesas —esto es rigurosamente cierto— reclamaban que era un agravio para las mujeres los urinarios, en los que tenemos que estar sentadas, porque claro, significaba una sumisión clara y evidente frente al varón que orinaba de pie.

Entonces, a esto me refiero. Yo nunca me había planteado que, por la posición que tomo cuando tengo que usar el cuarto de baño, estaba sometida a la opresión heteropatriarcal hasta que lo descubrí. Y dije: “Joder…”.