Muchas gracias William.

Hoy vamos a trabajar el diálogo Fedón o de la inmortalidad del alma. Fedón, es un diálogo, una conversación entre Fedón y un amigo llamado Equécrates. En él se narra como los amigos de Sócrates lo visitaban todos los días y tenían largas conversaciones durante el tiempo que estuvo en la cárcel. 

¿Por qué estuvo tanto tiempo allí? Precisamente porque en Grecia existía una tradición según la cual el Estado no debía derramar sangre mientras duraban las festividades en honor a la liberación del pueblo ateniense por parte de Teseo.

Recuerden aquel mito en el que Teseo llevó catorce jóvenes —siete varones y siete mujeres— para ser sacrificados al Minotauro en la isla de Delos, como exigencia del rey Minos. Teseo, logró vencer al Minotauro con la ayuda de la hija del rey Mino, a quien —por cierto— nuestro héroe Teseo trató muy mal.

Cuando el barco regresó de Delos, los amigos de Sócrates —y digo amigos porque hay una diferencia entre ser discípulo y ser amigo; pienso que estos se comportaron más como amigos que como discípulos— acordaron reunirse más temprano al día siguiente, ya que a Sócrates le quedaba solo un día de vida.

Ese día llegaron muy temprano, pero no los dejaron entrar de inmediato, porque los guardias, por orden de los jueces, estaban quitándole los grilletes a Sócrates y haciendo los preparativos para la ejecución. Sócrates mandó a sacar a su esposa, que estaba presente con un niño en brazos. Esto sugiere que, además de su producción filosófica, Sócrates también tuvo una vida familiar activa. Un hombre de más de setenta años con una esposa y un hijo pequeño indica que aún mantenía responsabilidades familiares.

Dice Fedón a su amigo que ese día Sócrates estaba más tranquilo que nunca, a diferencia de sus amigos, quienes se mostraban perturbados. Esto resultaba contradictorio para ellos, pues se supone que alguien que va a morir no debería estar tan sereno. Para mí, esto evidencia que no eran realmente discípulos, porque no estaban entendiendo al filósofo. ¿Por qué esa calma ante la muerte? ¿No estaría Sócrates fingiendo tranquilidad para mantener a sus amigos serenos? O tal vez, insisto, no eran discípulos, sino amigos.

Una prueba de esto está en el diálogo Critón, donde estos mismos amigos le habían preparado una fuga. Sócrates les explicó que no podía aceptar esa propuesta, pues no sería propio de un filósofo, y menos de alguien como él, que había vivido comprometido con las leyes de la ciudad que lo habían protegido durante tanto tiempo.
—”Si has apoyado las leyes durante 70 años, ¿por qué huir cuando te reclaman?”
Además, ¿qué sentido tiene un hombre de 70 años corriendo?

En ese sentido, podemos hacer una comparación con los llamados discípulos de Jesús. Tampoco ahí hubo verdaderos discípulos, porque si lo hubieran sido, habrían entendido y asumido la doctrina del maestro, y su comportamiento habría sido más coherente con ella. Pero no fue así.

La serenidad de Sócrates es lo que introduce el tema de la muerte y la inmortalidad del alma. Desde mi punto de vista —y estoy seguro de que Dustin estará de acuerdo conmigo— esto evidencia la calidad estética y filosófica del diálogo. El Fedón es una obra bellamente escrita, bien organizada, estructurada como una pieza de ficción más que como un relato histórico. Sé que no todos estarán de acuerdo, pero es innegable que se trata de un diálogo profundamente hermoso.

A partir de ese momento, Sócrates comienza a dialogar con Cebes y Simmias, quienes le traen un mensaje —una especie de pregunta o queja— de Eveno, un poeta que le pregunta si, a esas alturas de su vida, Sócrates piensa dedicarse a la poesía.

Sócrates aprovecha para enviarle un mensaje a Eveno: le dice que siempre sintió el llamado del dios a dedicarse a ese arte, pero que entendía que el arte más armonioso, más bello, era la filosofía. Sin embargo, en los últimos días de su vida, intentó escribir poesía utilizando los refranes que conocía. El mensaje que le envía es lo más interesante, porque introduce directamente el problema del alma.

Sócrates le dice:
—“Dile, pues, a Eveno, Cebes, que tenga salud y que, si es un hombre sensato, me siga lo más rápidamente posible. Me marcharé, según parece, hoy, puesto que así lo ordenan los atenienses.”

¿Qué hay detrás de esta invitación de Sócrates a Eveno para que lo siga en la muerte?
Aquí está implicada, naturalmente, la idea de la preexistencia del alma y de la reminiscencia.

Sócrates lo expresa así:
—“Aprender no es sino recordar.”
Esto implica que, si dicho argumento no es falso, es necesario que hayamos aprendido antes lo que ahora recordamos.
Y eso solo sería posible si nuestra alma existía antes de llegar a este cuerpo humano.

Según Sócrates, el alma está prisionera en el cuerpo. Lo expresa con claridad:
—“Los hombres estamos en una especie de presidio, y no debemos liberarnos por nuestra propia mano.”

Aquí está implícita la doctrina del ciclo de reencarnaciones, del tránsito circular del alma, y también el problema del suicidio, que abordaremos a continuación.

Sócrates dice:
—“Si de los muertos renace lo vivo, ¿qué otra cosa cabe afirmar sino que nuestras almas tienen una existencia en el otro mundo?”

Sócrates plantea tres posibles causas para la unión del alma con el cuerpo y su posterior separación:

  1. Como castigo por impureza.
  2. Como una necesidad cósmica ordenada por los dioses.
  3. Como una misión purificadora, en la que el alma debe pasar por el cuerpo como prueba o aprendizaje.

Aquí entra el papel de la filosofía en este proceso: preparar el alma para su liberación.

Sócrates afirma:
—“Si alguna vez hemos de saber algo en puridad, tenemos que desembarazarnos del cuerpo y contemplar tan solo con el alma las cosas en sí mismas.”

Es decir, mientras estamos en el cuerpo no podemos conocer las ideas puras.
Debemos liberarnos del cuerpo para contemplar la verdad y filosofar verdaderamente.

Puntos que debemos recordar hasta este momento:

  1. El alma llega al cuerpo al nacer como parte de un ciclo cósmico.
    Platón no explica claramente cómo ocurre esta llegada. En algunos textos se insinúa que el alma simplemente entra o cae en el cuerpo; en otros, se menciona que el Demiurgo la introduce. En cualquier caso, el alma entra en una prisión corporal.
    Esto contrasta con la visión cristiana, según la cual, en el momento de la concepción, Dios sopla o insufla el espíritu (no el alma). El alma, según esa visión, se desarrolla posteriormente, cuando el ser humano toma conciencia de sí mismo.
  1. El alma preexiste, conoce las ideas y, al encarnarse, las olvida.
    En ese sentido, el ser humano no aprende las cosas, sino que las recuerda.

Cuando tenía que explicar esto a los estudiantes, usaba un ejemplo cotidiano:
En nuestras casas, cuando un niño pequeño ve una vela encendida, le llama la atención la lucecita. El niño intenta tocarla. Entonces, ¿qué hacen muchas madres?
Le acercan el dedito poco a poco hasta que siente el calor y lo retira.
Diría Platón: no es que el niño aprendió que el fuego de la vela quema, sino que recordó ese conocimiento que ya tenía.

  1. El nacimiento es una reencarnación o metempsícosis, es decir, la transmigración de las almas.
    Esta idea no es exclusiva de Platón; ya estaba presente en religiones como el orfismo, el brahmanismo e incluso el budismo.

  2. A través del contacto con las cosas, el alma recuerda aquello que había olvidado.

  3. La filosofía ayuda al alma a purificarse para regresar al mundo de las realidades verdaderas.
    Este mundo —el sensible— es solo un mundo de sombras.
    El mundo verdadero, el mundo de las ideas puras, es lo que se ha llamado el topus uranus (el “lugar supraceleste”).

Entonces, ¿qué debería buscar siempre el filósofo?
Estar donde están las ideas puras.

  1. La muerte es la liberación del alma del cuerpo.
    Al encarnar, el alma entra en una prisión que le impide contemplar las ideas puras.
    Por eso, el sentido de la vida del sabio, del filósofo, es liberarse de esa prisión.

Y es por esta razón que, para el filósofo, la muerte es un bien, no un mal.

Eso es lo que los amigos de Sócrates no logran entender, y es por eso que digo que El Fedón es literatura de la buena: porque dramatiza esa incomprensión de los que lo rodean.

Los amigos no entienden por qué este hombre, que va a morir dentro de unas horas, se muestra feliz y sereno ante la idea de morir e ir a un mundo desconocido.
Y es precisamente porque —siendo coherente— el filósofo que desea conocer la verdad y las ideas en su estado puro debe alegrarse por ir hacia ellas.
Debe alegrarse por reunirse con los sabios, con los dioses, para contemplar las ideas puras y filosofar de verdad.

Sócrates aborda también el tema del suicidio, como ya se había mencionado anteriormente. Le habla a Eveno, y en el consejo que le envía para que lo siga en la muerte, hace el siguiente comentario:

—“Quizás también Eveno me siga pronto, aunque según creo, no querrá quitarse la vida, pues esto, según dicen, no es lícito.”

¿Por qué no es lícito?
Porque Sócrates reconoce que el alma pertenece a los dioses, así como un esclavo pertenece a su amo.
No puedes disponer de tu vida a voluntad. No te puedes suicidar.

En el cristianismo también está prohibido, de forma tajante, el suicidio. En el campo mío, por ejemplo, a los ahorcados no lo entraban a la iglesia ni lo enterraban en el cementerio (el “campo santo”). Existía lo que llamaban “el corral de los ahorcados”.

Todo el que se suicidaba no era enterrado junto a los demás, sino apartado, porque se entendía que la vida y la muerte son decisión exclusiva de Dios.

Este mismo principio aparece en el orfismo, en las doctrinas pitagóricas y posteriormente en varias escuelas platónicas.
El alma pertenece a los dioses, y al ser humano no le está permitido disponer libremente de ella.

Recuerden también que, en el cristianismo, se creía que el alma del suicida iba directamente al infierno.

Aquí aproveché para hacer una nota que me hizo pensar en un amigo nuestro: Zaratustra.
No sé, Dustin, si recuerdas ese cuadro que tú pintaste allá por el ’94, de Zaratustra caminando con su muerto a cuestas.

En ese relato, el gran miedo del hombre que cayó mientras cruzaba el cable era que iba para el infierno, y Zaratustra lo tranquilizó diciéndole:
—“No, hombre, no te preocupes. El alma tuya estará muerta antes de que el cuerpo se enfríe. Antes de que tu cuerpo se enfríe, tu alma ya habrá muerto. No vas para ningún infierno. A ti te engañaron.”

El asunto es que el suicidio ha sido siempre un tema serio en la religión cristiana.

En la segunda parte del diálogo, Sócrates desarrolla una tesis profunda:
Filosofar es una forma de morir.

Cuando leía esta parte, me acordé de ti, Dustin. No sé si recuerdas a un muchacho que vivía cerca de donde tú casa en Los Minas, cuando estudiabas Filosofía y en Bellas Artes.
En Semana Santa, tú te pasabas esos días metido en la casa: pintando, leyendo, teniendo un carro con gasolina y dinero para irte a la playa, y aun así, no salías.
Ese muchacho siempre entraba a tu casa y decía:
—“¡Pintor, pero tú estás loco! ¿Cómo es que tú, teniendo carro y dinero para irte a la playa, te quedas aquí metido una Semana Santa entera?”

Entonces, filosofar es una forma de morir, porque la gente del pueblo no puede entender que un hombre con recursos para irse a disfrutar del cuerpo, del sol y de la juventud, se quede encerrado en su casa una Semana Santa entera, leyendo libros o pintando. 

Otro punto importante que aparece en la segunda parte del diálogo es que el alma debe separarse del cuerpo para alcanzar la verdad.
Existe una oposición entre el cuerpo y el alma, y las necesidades del cuerpo nos distraen y nos impiden conocer. Sócrates señala que la muerte nos provee dos bienes importantes:

  1. Encontrar hombres más sabios que nosotros en la otra vida.
  2. La seguridad de encontrarse con dioses buenos en la otra vida.

Sobre esto último, Sócrates lo respalda con estas palabras:

“Tengo la esperanza de llegar junto a hombres que son buenos.
Y aunque esto no lo afirmaría yo categóricamente, no obstante, el que he de llegar junto a dioses que son amos excelentes, insistiría en afirmarlo más que cualquier otra cosa semejante.”

Es decir, aunque Sócrates pone en duda la posibilidad de encontrarse con hombres sabios (a pesar de que la literatura y la mitología griegas narran viajes al Hades en busca de antepasados y héroes), sí cree firmemente que se encontrará con dioses justos y sabios.

Para Sócrates, la filosofía es un entrenamiento para morir, y lo dice con esta frase:

“Es muy posible, en efecto, que pase inadvertido a los demás que cuantos se dedican, por ventura, a la filosofía en el recto sentido de la palabra, no practican otra cosa que el morir y el estar muertos.”

Esto me recuerda al profesor Arvelo. Cuando uno va a su casa y se encuentra con esa inmensidad de libros —ni un apartamento entero le basta, y tiene que usar hasta el garaje—, uno piensa que ese hombre, que se dedica a la filosofía en el sentido más estricto, no hace más que practicar el arte de morir, de olvidarse del mundo y conectarse con el espíritu, con lo absoluto.

¿Qué es la muerte?
Sócrates la define así: la muerte es la separación del alma y el cuerpo.
Estar muerto consiste en que el cuerpo, una vez separado del alma, queda solo en sí mismo, y el alma, separada del cuerpo, también queda sola en sí misma.

Desde que el alma entra en el cuerpo —esa prisión—, lo único que desea es liberarse.
Por eso, para el filósofo, la muerte no debe parecerle un mal, sino un bien.

Sócrates sostiene que el cuerpo es un obstáculo para el conocimiento. Por eso, desacredita el conocimiento que nos llega por medio de los sentidos —la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto— y valora el conocimiento que llega a través de la razón.

En cuanto a las limitaciones del cuerpo, Sócrates dice:

“Mientras tengamos el cuerpo y nuestra alma esté mezclada con semejante mal, jamás alcanzaremos de manera suficiente lo que deseamos.
Si, como decimos, lo que deseamos es la verdad.”

O sea, ninguno de nosotros —filósofos que creen haber alcanzado la verdad— ha llegado verdaderamente a ella, porque todavía no hemos visto las ideas en su estado puro.

Y es que el cuerpo nos causa un sinfín de preocupaciones: hay que alimentarlo, cuidarlo… Y si se enferma, nos impide buscar la verdad.

Eso es así.
El filósofo Edwin Santana, que anda por ahí, decía que muchas veces llega a su casa con ganas de leer, pero después de un día entero de trabajo… lo que le da es sueño.
El alma quiere, pero el cuerpo no coopera.

El cuerpo nos llena de amores, de deseos, de temores, de imágenes de toda clase —un montón de naderías—. Tanto así, que como dice Sócrates, por culpa suya no es posible tener nunca un pensamiento sensato.

Es cierto.
Sobre todo cuando uno es joven, se distrae mucho enamorándose.
Ahí está un hombre que vivió enamorado toda la vida; solo en la madurez pudo contemplar las ideas puras. Pero mientras fue joven, ese “mal” lo persiguió siempre.

Sócrates afirma que quien ama la sabiduría solo la alcanzará una vez muerto, y lo dice con estas palabras:

“Por el contrario, nos queda verdaderamente demostrado que, si alguna vez hemos de saber algo en puridad, tenemos que desembarazarnos de él —es decir, del cuerpo— y contemplar tan solo con el alma las cosas en sí, en sí mismas.
Entonces, según parece, tendremos aquello que deseamos y de lo que nos declaramos enamorados. Y esto es la sabiduría.”

Tan solo entonces, una vez muertos alcanzaremos la sabiduría, según Sócrates.
Por tanto, no debemos temerle a la muerte si lo que verdaderamente deseamos es ser sabios.

El verdadero filósofo —dice Sócrates— vive en un estado cercano a la muerte. Y lo expresa con estas palabras:

“¿No sería ridículo, como dije al principio, que un hombre que se ha preparado durante toda su vida para vivir en un estado lo más cercano posible a la muerte, se irrite cuando esta llega?”

Con esta afirmación, Sócrates responde a la incomprensión de sus amigos y discípulos, que no logran entender cómo alguien que está a punto de morir se comporta como si fuera a una fiesta.

Él les dice:
—“Pero si lo que queremos y amamos es la sabiduría, y entendemos que el alma está aprisionada en el cuerpo, y que la única forma de contemplar las ideas en su estado puro es desligándose del cuerpo, entonces sería ridículo que alguien que ha vivido predicando eso, cuando le llega la muerte, se comporte como si no la deseara.”

Sócrates afirma que la actitud correcta del filósofo es mantenerse lo más alejado posible de los placeres del cuerpo y vivir en un estado semejante a la muerte.
Como aquel pintor amigo mío que se alejaba de las pasiones, del deseo, del cuerpo.
Porque si uno se deja llevar por las pasiones del cuerpo, quizás esté practicando otro tipo de filosofía, pero no la de Sócrates.

Es una especie de renuncia o de meditación permanente. Yo diría que al estilo de una filosofía budista o bráhmánica, que nos llama al desapego, más que al deseo.
Desapegarnos de lo material, del “andar bonito”, del saco, la corbata, el lujo… (no voy a seguir, porque entonces estaría yendo en contra de mí mismo, que también estoy aspirando a cargos, ¿verdad que sí?).

Dice también:

“Los que filosofan y se ejercitan en morir son los menos temerosos de la muerte.”

Es decir, los que practican el ejercicio de morir son quienes tienen menos miedo a la muerte.
Sócrates insiste: la única forma de alcanzar la verdad es cuando el alma está totalmente desligada de la materia y puede contemplar las ideas en su estado puro.

Naturalmente, Sócrates tiene que emplearse a fondo para convencer a sus amigos de que no es una locura mostrarse deseoso de morir.
Porque —seamos honestos— cualquier psiquiatra o psicólogo diría de un hombre que está a punto de morir y se muestra feliz y tranquilo:
—“Ese hombre tiene problemas en la cabeza.”

Por eso sus discípulos, o sus amigos, no le creían del todo. Él tuvo que esforzarse en darles argumentos sólidos, y parece que lo logró, porque al final lo acompañaron hasta el último momento.

Para demostrar esta “verdad”, Sócrates recurre a varios ejemplos.
Dice:
—“Oh, pero si otros hombres —héroes— bajaron al Hades por amor, por arrogancia o simplemente en busca de respuestas, como hizo Odiseo…”

Recuerden que Odiseo, perdido, tuvo que descender al Hades para consultar el camino de regreso. Se dice que allá pudo hablar con su madre, con Aquiles, y con otros héroes.

Entonces, si un cualquiera como Odiseo fue capaz de hacer ese viaje, con la sentencia de que aquel que entra al Hades no puede volver a salir, ¿cómo un filósofo, un alma superior, va a tener miedo?

Sócrates pregunta:
—“¿No es cierto que, al morir, muchos han ido tras amores humanos —mancebos amados, esposas, hijos—, con la esperanza de reencontrarse con ellos?”

Aquí se refiere a personajes como Sísifo, ese tramposo que, antes de morir, se puso de acuerdo con su esposa para que no le diera sepultura.
Le pidió que dejara el cuerpo tirado, que se lo comieran los perros, lo cual, en la tradición griega, era una falta gravísima: no recibir los ritos funerarios adecuados era considerado una deshonra.

Entonces, cuando Sísifo llega al Hades, convence a Perséfone —la esposa de Hades— y le dice:
—“Mira lo que me hizo mi mujer.”

Le cuenta que no fue sepultado, que fue abandonado, y Perséfone, compadecida, le permite volver al mundo de los vivos para castigar a su esposa.
Pero naturalmente todo era un truco: lo que Sísifo quería era escapar. Y desde que sintió el sol en la piel, no quiso volver jamás.

Nunca más regresó voluntariamente al Hades.
Pero fue devuelto… y castigado: condenado a empujar una gran piedra desde la falda de una montaña hasta la cima.
Cuando llegaba arriba, la piedra rodaba nuevamente hacia abajo. Ese sería su destino por toda la eternidad: un trabajo absurdo y sin fin.

Esa imagen ha sido tomada como una metáfora de la vida humana.

Fíjense: uno se pasa la vida entera estudiando, trabajando, organizándose… y al final, la piedra vuelve y rueda.
Aparecen las enfermedades, las tragedias, las desgracias.

Hay personas que trabajan toda la vida para casarse, y el mismo día de su boda tienen un accidente.
O están en la luna de miel y reciben una llamada trágica.
En fin, vivimos empujando una piedra sabiendo que tarde o temprano va a rodar de nuevo.

Pongamos un caso reciente: el de la discoteca que se derrumbó.
Seguramente, esa familia pasó muchos años construyendo ese negocio, pensando que habían salido de la pobreza.
Y quizá ahora, por ese accidente, podrían enfrentar la prisión o quedarse sin nada.
(No quiero dejar de reconocer el dolor de las familias que perdieron seres queridos; este es solo un ejemplo del carácter frágil e incierto de la vida humana.)

Sócrates también se refiere a otros héroes.
Uno de ellos es Orfeo, quien descendió al Hades en busca de su esposa, muerta por la mordedura de una serpiente.
Conmovió a Hades con su música, y este accedió a dejarla ir, con una condición:
—“Podrás sacarla, pero no puedes mirar atrás hasta que ambos estén fuera.”

Pero Orfeo no pudo contener la curiosidad.
Sintió la presencia de su esposa, y antes de salir del Hades, miró hacia atrás.
El mito dice que no alcanzó a verla con claridad: sólo percibió una neblina que se desvaneció ante sus ojos.
Y ella regresó al mundo de los muertos.

También bajó al Hades Teseo, nuestro héroe —el mismo de la revista, ¿verdad?—, quien descendió junto a un amigo, a raptar a Perséfone, la esposa de Hades, para casarse con ella.
Imagínese usted: habiendo tantas mujeres aquí arriba, van allá abajo, al único lugar del que se dice que nadie puede salir.

Se quedaron atrapados.
Y fue Heracles (Hércules) quien logró liberar a Teseo.
El otro amigo se quedó allí… para siempre.

Finalmente, también bajó Hércules, como parte de sus trabajos heroicos: capturó al perro Cerbero, lo trajo a la superficie, y luego lo devolvió.

Entonces, Sócrates plantea que si estos héroes —que representan almas inferiores al filósofo— fueron capaces de hacer tales sacrificios, ¿qué no haría alguien que ama la sabiduría?

Y lo expresa con estas palabras:

“Y en cambio, si alguien ama de verdad la sabiduría, y tiene con vehemencia la esperanza de que no la encontrará de forma plena sino en el Hades, ¿qué sentido tendría irritarse por morir?
¿Por qué marcharse a disgusto?”

No se supone que si usted ama la sabiduría, y si el único lugar donde podrá contemplar las ideas en su estado puro es en el Hades, entonces debería estar deseoso de llegar allá.

Aquí conviene hacer un paréntesis para comparar la visión de la muerte en ese contexto filosófico antiguo
con la visión que tenemos hoy.

Anteriormente, o al menos entre los filósofos griegos, la muerte era vista como algo deseable, como un proceso lógico, incluso como una liberación.
Hoy, en cambio, la muerte es uno de los grandes males del presente.

Y me viene a la mente —Flete lo recordará— Las intermitencias de la muerte de José Saramago,
donde la gente se queja de que la muerte ha dejado de actuar, pero también temen que pueda volver en cualquier momento y atraparlos.