Buenas noches, damas y caballeros. Qué bueno reencontrarnos nuevamente para continuar este banquete de estudio sobre Platón. En el día de hoy vamos a trabajar el Eutifrón, o el diálogo sobre la santidad. Nos acompaña el maestro Javier Elena Morales. Es importante destacar que el maestro Javier Elena Morales fue, en el año 2009, un gran defensor y luchador por el fortalecimiento de la enseñanza de la filosofía en el currículo del nivel secundario de la República Dominicana. También impulsó los primeros pasos para que esta enseñanza llegara a la educación primaria.

Muy buenas tardes. Quiero agradecer a todos mis colegas, maestros y maestras, también a los estudiantes de la Escuela de Filosofía que están presentes. Lo que vamos a tener hoy es diálogo filosófico. Ya sabemos que el diálogo impera en estos espacios. En este caso, yo haré algunos planteamientos sobre el diálogo de Platón, y luego realizaremos una conversación más extensa. Es importante señalar que estos procesos en la Escuela de Filosofía son dialógicos por naturaleza, y eso es lo fundamental.

El diálogo Eutifrón, traducido en algunas versiones como “Sobre la piedad”, tiene como tema central la santidad. Vamos a ver en qué contexto Platón trata este concepto. Este diálogo pertenece al grupo de obras tempranas de Platón, y forma parte de una tríada junto con la Apología de Sócrates y el Critón. Estos tres diálogos ofrecen una panorámica de la vida de Sócrates, especialmente en torno al juicio al que fue sometido.

En el Eutifrón, Sócrates se encuentra con Eutifrón, quien era un adivino de profesión. El encuentro ocurre en el lugar conocido como el “Pórtico del Rey”, que era en Atenas el sitio donde se depositaban las acusaciones formales contra los ciudadanos. Allí es donde, según se dice, fue presentada la acusación contra Sócrates.

Es en ese espacio que Sócrates se encuentra con Eutifrón. Sócrates le pregunta qué lo lleva a presentarse allí, y Eutifrón le responde que ha hecho una acusación. Sócrates, intrigado, lo interroga: ¿a quién ha acusado y por qué? Eutifrón finalmente le dice que ha acusado a su propio padre de impiedad. ¿La razón? Según él, su padre dejó morir de frío y de hambre a uno de sus trabajadores, un colono, quien previamente había matado a un esclavo de la propiedad familiar.

Este hecho ocurrió, según el diálogo, en una isla llamada Naxos. Allí tenía propiedades el padre de Eutifrón, y es el lugar donde muere el colono. Naxos, una isla que hoy es turística en Grecia, se convierte así en el centro geográfico del relato que inicia la discusión filosófica. Este contexto histórico y cultural resulta fundamental para entender la profundidad del diálogo.

Luego de esa introducción, Sócrates revela que también ha sido acusado. Se le imputa haber introducido nuevos dioses y haber corrompido a la juventud con sus enseñanzas. Sus acusadores incluso se refieren a una especie de “daimon” o “demonio familiar”, una figura simbólica que Sócrates mencionaba como guía interior. Esta acusación implicaba una contradicción con las creencias religiosas tradicionales de Atenas, particularmente con su estructura politeísta. En este punto, el diálogo empieza a trazar el paralelismo entre la acusación de Eutifrón a su padre y la acusación que pesa sobre Sócrates.

El encuentro en el Eutifrón ocurre antes de que Sócrates comparezca formalmente ante el tribunal, hecho que se narra posteriormente en la Apología. Allí se desarrolla todo el proceso judicial, mientras que en el Critón lo encontramos ya en prisión. En este diálogo, por tanto, estamos en la antesala de esos acontecimientos, y Platón nos presenta una discusión sobre lo justo, lo piadoso y lo impío, tomando como punto de partida los casos paralelos de Sócrates y Eutifrón.

La estructura del Eutifrón se articula alrededor del diálogo entre Sócrates y Eutifrón frente al Pórtico del Rey. Ambos se enfrentan a acusaciones, y en el curso de la conversación Sócrates, mediante preguntas, interroga y refuta las afirmaciones de Eutifrón. Es relevante destacar que este diálogo no concluye con una definición clara de la piedad. Al final, Eutifrón se siente confundido ante los cuestionamientos de Sócrates y le propone dejar la conversación para otro momento. Sócrates, algo decepcionado, expresa que esperaba que Eutifrón le ofreciera una definición que le ayudara en su propia defensa.

La insistencia de Sócrates en la clarificación conceptual lleva a Eutifrón a la vacilación. Hay momentos en que Eutifrón dice que no entiende bien las preguntas de Sócrates, o que sus cuestionamientos lo confunden. Esta es precisamente una de las características de los diálogos socráticos: están estructurados como aporías, es decir, como búsquedas que muchas veces no llegan a una conclusión definitiva.

Desde mi punto de vista, esta es una de las genialidades de Platón: presentar problemáticas complejas sin resolverlas del todo, dejando abierto el diálogo para futuras reflexiones. En el caso del Eutifrón, no hay una conclusión formal; se trata de un diálogo abierto, que nos invita a pensar por nuestra cuenta qué puede significar realmente la piedad, más allá de las definiciones propuestas —y refutadas— por Eutifrón.

Cuando decimos que el diálogo queda abierto a la interpretación, nos referimos a que, a partir de lo que Eutifrón no puede responder y de lo que Sócrates le plantea, podemos deducir una serie de cuestiones filosóficas. Ya hemos visto la parte correspondiente al encuentro entre Sócrates y Eutifrón.

Ahora bien, en todo el desarrollo del diálogo podemos observar que Sócrates inicia con preguntas —en este caso, un tanto provocativas— que están conectadas con la acusación que se le ha hecho. Él vincula su propia situación con la acusación que Eutifrón ha formulado contra su padre.

Entonces, el tema de la santidad o de la piedad se nos presenta como un problema moral de doble vía: ¿cómo acuso a mi padre de un acto injusto, de un crimen? ¿Cómo me sitúo en ese dilema? Sócrates le pide a Eutifrón que le explique qué es, según su criterio, lo justo y lo injusto, lo piadoso y lo impío —en algunas traducciones, lo santo y lo no santo—; es decir, aquello que puede ser reconocido objetivamente como tal, y aquello que no lo es.

La primera definición que ofrece Eutifrón es que lo piadoso consiste en perseguir al que comete una injusticia, sin importar si se trata de su padre, de un familiar o de cualquier otro. Y, en consecuencia, lo impío sería no actuar en esos casos. Sócrates le responde: “Entonces, ¿lo que tú estás haciendo es piadoso, es lo correcto?”.

Si seguimos esa lógica, al acusar a su padre, Eutifrón estaría haciendo lo justo. Pero la objeción fundamental de Sócrates ante esta definición es que, aunque toca una parte del problema, no abarca lo esencial: ofrece un ejemplo, una manifestación de lo piadoso, pero no una definición de la piedad misma.

El diálogo se hace extenso por la forma en que Sócrates interroga. Como es sabido, se le llamaba “el tábano de Atenas” por su estilo agudo y persistente de preguntar. Después de mostrarle a Eutifrón que su definición es insuficiente, Sócrates pasa a un segundo momento, en el cual el interlocutor ofrece una segunda definición.

Esta segunda formulación sostiene que lo santo es aquello que agrada a los dioses; es decir, lo justo es lo que complace a los dioses. Sócrates objeta nuevamente: “Si lo santo es lo que agrada a los dioses, el problema de este argumento es que los dioses no están necesariamente de acuerdo entre sí”.

Esta objeción se comprende mejor si recordamos que estamos en una sociedad politeísta como la Grecia clásica. Sócrates señala que los dioses tienen desacuerdos entre ellos en cuanto a qué es justo y qué no lo es. Entonces, si asumimos que lo santo es únicamente aquello que agrada a los dioses, ¿qué sucede cuando los dioses difieren? ¿Qué ocurre si algunos consideran justo algo que otros consideran injusto?

Aquí emerge un problema conceptual importante: el argumento de Eutifrón resulta confuso, pues implica —aunque no lo diga explícitamente— que lo justo puede ser, al mismo tiempo, justo e injusto, dependiendo del dios que lo evalúe.

En este momento del diálogo se genera una cierta tensión. Sócrates insiste en que lo amado por los dioses es una propiedad de la piedad, pero no su esencia. Esta es otra crítica importante: si decimos que algo es piadoso porque es amado por los dioses, no estamos definiendo qué es la piedad en sí, sino que estamos describiendo un atributo derivado de ella.

Sócrates continúa articulando sus refutaciones y las conecta con su propia acusación. En un momento, incluso se pregunta en qué medida las definiciones ofrecidas por Eutifrón podrían servirle a él para defenderse ante su acusación.

La tercera formulación que emerge en el diálogo, a partir de lo que Sócrates va cuestionando, es que “lo santo o lo bueno es aquello que agrada a los dioses”. Sócrates responde que esta afirmación no hace avanzar la discusión, pues ya se había mostrado que no se puede definir lo santo exclusivamente con base en lo que agrada a los dioses, dado que entre ellos hay discrepancias.

Eutifrón, en este punto, comienza a mostrar incomodidad. Afirma que no entiende del todo los cuestionamientos de Sócrates. Pero Sócrates insiste: “No me hables solamente de una cualidad o consecuencia, háblame de lo esencial, de lo que define con claridad lo que estamos tratando de entender”.

En esta parte del diálogo se plantea si la piedad forma parte de la justicia y si tiene relación con el “cuidado” o seguimiento de los dioses. Sócrates formula una analogía muy interesante: “Si alguien cuida un caballo con el objetivo de que gane una carrera, ¿qué diferencia habría con decir que cuidamos a los dioses? ¿Tiene sentido hablar de cuidar a los dioses?”. A Sócrates no le queda claro el argumento, y cuestiona si esa comparación es válida.

La cuarta definición que plantea Eutifrón en el diálogo es que la santidad consiste en agradar a los dioses mediante oraciones y sacrificios. Sócrates entonces le responde que eso suena a una especie de comercio o intercambio entre los humanos y los dioses. Le pregunta: “¿Qué garantía tengo de que el sacrificio que ofrezco realmente complace a los dioses? ¿O en el fondo no estaré simplemente esperando algo a cambio?”.

A partir de esto, Sócrates resume que, según lo dicho por Eutifrón, la santidad sería dar y pedir a los dioses, lo cual tampoco constituye una definición clara de lo que es la santidad, sino apenas una descripción de prácticas rituales.

En esta parte, el diálogo se va tornando más tenso. ¿Por qué? Porque Sócrates le vuelve a señalar a Eutifrón que han regresado al punto de inicio. Le dice que sigue sin llegar a lo esencial, que permanece en cualidades secundarias. A partir de lo que dice Eutifrón, Sócrates formula una quinta definición: lo santo es aquello que es amado por los dioses.

Cuando se utiliza el término “santo” en este diálogo, se refiere a lo piadoso, lo bondadoso, lo correcto: es decir, aquello que es amado por los dioses. Entonces Sócrates le recuerda: “Habíamos acordado que lo santo y lo agradable a los dioses no son necesariamente lo mismo”. Así, vuelve a plantear que hay que retornar al punto de origen, porque no se ha encontrado una definición adecuada.

Es en este momento que Sócrates le dice que deben seguir indagando, deben retomar el planteamiento inicial, pues siente que no se ha llegado a una verdad sustancial. Y es ahí cuando Eutifrón le responde: “Será en otra ocasión”, y deja a Sócrates hablando solo. Sócrates entonces concluye con cierta decepción: “Yo esperaba de ti argumentos que me sirvieran para defenderme en el tribunal”.

Al dejarlo de esa manera, Sócrates comprende que no lograron el cometido del diálogo. ¿Qué es lo importante en esta obra?

El diálogo plantea una problemática que sigue teniendo vigencia en nuestra sociedad. Por un lado, la cuestión de si lo justo es justo porque los dioses lo determinan, o si es justo porque posee una esencia justa en sí misma. Sócrates, en un momento, cuestiona a Eutifrón, quien parece asumir que lo justo es justo únicamente porque lo aprueban los dioses, no porque sea una acción buena en sí misma.

El diálogo tiene vigencia también porque, como mencionaba antes, esas aporías que aparecen —esas situaciones sin solución inmediata— nos remiten a muchas problemáticas del mundo actual. Situaciones que creíamos superadas, como la guerra, siguen ocurriendo en pleno siglo XXI.

Recuerdo haber escuchado argumentos, por ejemplo, en el caso de Israel, donde algunos afirmaban que lo que hacían era justo porque seguían lo que decía la Biblia. Se referían a un pasaje donde Noé maldice a uno de sus hijos, Canaán. Como Palestina, en el plano territorial, corresponde a lo que fue Canaán, se argumentaba que lo que se hacía en ese territorio era justo por mandato bíblico.

Pero ahí surge la gran pregunta: ¿puedo matar personas y exterminarlas bajo el argumento de que estoy cumpliendo la voluntad de los dioses? ¿Es correcto hacer algo por estar “respaldado” por un texto sagrado? ¿Es bueno porque lo dice la Biblia o porque responde a un bien en sí mismo? Esto es, precisamente, lo que Sócrates le cuestiona a Eutifrón: ¿cuál es el concepto de justicia que estamos aplicando? ¿Uno que conviene a los dioses o uno que se sostiene racionalmente?

Un médico judío, prisionero en un campo de exterminio nazi, decía: “No tengo dudas de la preparación científica de esos médicos nazis que están experimentando con nosotros. El problema no es del conocimiento, sino de la acción”. Es decir, no basta con saber: lo esencial es cómo se actúa.

Sócrates le dice a Eutifrón que lo que está planteando es solo una cualidad de lo que podría considerarse bueno, pero eso no puede aplicarse universalmente. Si aceptamos ese razonamiento, alguien podría justificar, como en el caso de Israel, que está actuando justamente porque sigue un mandato bíblico. Pero ¿realmente podemos afirmar que eso es un acto justo? ¿Podemos decir con certeza que Dios está de acuerdo con ello? ¿Desde dónde inferimos eso?

El problema con el Eutifrón es que, aunque es un diálogo antiguo, posee una gran actualidad. A partir de la acusación contra Sócrates y la acusación de Eutifrón contra su padre, podemos reflexionar sobre lo que ocurre en nuestra propia sociedad.

Recuerdo una película —no recuerdo el título exacto, pero creo que es libia— donde, a lo largo del metraje, no se comprende del todo cuál es el conflicto, hasta el final. Allí se revela que los niños recrean un mundo imaginario, un mundo que no existe, para poder sobrevivir emocionalmente a la realidad del genocidio y la violencia que viven. Solo al final se entiende la magnitud del sufrimiento.

El Eutifrón es un diálogo que permite múltiples reflexiones sobre el presente. ¿Quién determina lo que consideramos justo o injusto? ¿Quién asume el papel de Dios o de los dioses para aplicar justicia? ¿Quién cree tener la razón y actuar correctamente, incluso cuando sus actos afectan a otros seres humanos? ¿Quién lo decide? ¿Quién afirma que no es injusto, por ejemplo, cuando se habla de más de 200,000 niños asesinados en Palestina, junto con miles de personas más?

¿Quién puede afirmar que eso es justo? ¿Quién lo garantiza? Pienso que, si vamos a buscar la vigencia del diálogo, no podemos quedarnos solo en la formalidad de las acusaciones contra Sócrates o de Eutifrón a su padre. Debemos buscar en el texto una lectura contemporánea, que nos permita reflexionar sobre cómo concebimos la justicia hoy: desde dónde la justificamos, desde qué criterios.

¿La justificamos desde Dios o desde los dioses? ¿Desde alguna verdad revelada o desde una racionalidad compartida? ¿Cómo consideramos que tenemos la verdad para actuar? Recordemos que, en algún momento, Estados Unidos llamó “guerra justa” a la guerra contra los “infieles”.

Mi participación en este encuentro no tiene como objetivo imponer una visión, sino plantear estas problemáticas para que podamos reflexionar, cuestionar y construir juntos, a la luz de las complejidades de nuestra sociedad contemporánea.

Muchas gracias.

Entonces, continuamos con las participaciones. Todo aquel que quiera un turno, ya tenemos uno, dos, tres… Comenzamos con eso.

Doctor César: Solo una reflexión que me llegó. ¿Has escuchado…? He leído un texto de historia en el que se narra que cuando los españoles llegaron a América, le presentaron la Biblia a Moctezuma, diciéndole que era la palabra de Dios. El rey se llevó la Biblia al oído y respondió: “Tu Dios es mudo”.

Hoy los dioses están en silencio. Entonces, ¿a quién acudir para discutir lo que es justo y lo que no lo es, si al preguntarles a los dioses ellos no responden absolutamente nada?

Dr. Javiel Elena Morales: El planteamiento que estamos haciendo y los cuestionamientos que se hace Sócrates… Si me dices que lo justo es lo que los dioses consideran justo, ¿qué ocurre cuando sabemos que no todos están de acuerdo en cuanto a este concepto?

En lo que usted está planteando, maestro, surgen dos problemáticas de acuerdo con el planteamiento de Sócrates:

  1. ¿Quién aplica la justicia en nombre de los dioses?
  2.   ¿Quién se atribuye el derecho de decir que lo que hace es bueno en nombre de los dioses y quién reclama que lo que se hace es injusto en nombre de los dioses?

Posiblemente, en estos planteamientos, ambos bandos creen que su acción es justa. Por ejemplo, en la Inquisición, cuando se acusaba a una mujer de ser bruja, el inquisidor estaba convencido de que actuaba conforme a la voluntad de Dios.

Ahora bien, aquí surge el cuestionamiento: ¿cómo se puede afirmar que esto es la voluntad de Dios? En el fondo, es un problema que aún persiste en nuestra sociedad. ¿Por qué seguimos explicando estas cosas una y otra vez, cuando supuestamente, desde la Ilustración, hemos avanzado en estos cuestionamientos?

Alberto Cortés tiene una canción en la que dice: “De tantos disparates, me dan ganas de volver a convivir con los primates”, refiriéndose a nuestra sociedad. Me gustó cómo concluyó su intervención, porque lo hizo al estilo del diálogo socrático: planteó el dilema y nos dejó con la tarea de reflexionar.

Pregunta: Voy a aportar más bien la postura que Sócrates plantea: el realismo moral y la teoría del mandato divino.

Por un lado, están quienes afirman que la moral proviene de Dios: “Dios es la moral, Dios establece lo que es bueno”. Pero aquí surge un problema: ¿qué ocurre si Dios hace algo que consideramos malo? ¿Se vuelve bueno solo porque Él lo hace?

Incluso en la Biblia, en una sociedad cristiana como la nuestra, encontramos actos divinos severamente cuestionables, como la matanza de niños, entre otros. Son actos difíciles de conciliar con lo que hoy consideraríamos moralmente aceptable.

Por otro lado, está el realismo moral, que plantea otra dificultad: si la moral no viene de Dios, sino que surge de los seres humanos, ¿cómo se origina? ¿Dónde empieza ese proceso?

Me parece pertinente traer esto a colación porque el diálogo que planteaste es interesante en su estructura y en la manera en que desarrolla el dilema. Sócrates utiliza un argumento similar para cuestionar la idea de que lo bueno es simplemente lo que aman los dioses.

Dr. Javiel Elena Morales: En una Atenas politeísta, al inicio del diálogo, Sócrates le dice a Eutifrón: “Tú eres adivino y la gente te cuestiona por ello, pero yo enseño gratuitamente”. Sin embargo, su enseñanza lo llevó a ser acusado de impiedad, de inventar nuevos dioses y de corromper a los jóvenes. Estas acusaciones no eran cuestiones triviales en la sociedad ateniense, sino señalamientos graves que lo llevaron a juicio y a su condena.

Sabemos que hubo cierto manejo en su condena. Incluso sus discípulos intentaron persuadirlo para que pagara una multa y se librara del castigo, pero Sócrates se negó. En la cárcel, su discípulo Critón le ofreció la posibilidad de escapar, pero él rechazó la propuesta.

Sócrates tenía 70 años y se preguntó: “Si me escapo, ¿qué dirán de mí? Dirán que Sócrates, el que corrompió a los jóvenes, también desobedeció la ley ateniense”. Entonces, afirmó: “Nací bajo la ley ateniense y moriré bajo la ley ateniense”.

Aquí encontramos un problema moral y otro relacionado con la ley y la justicia. La pregunta de fondo es: ¿quién aplica la justicia? ¿Algo es justo porque lo dice un dios, o es justo porque realmente se ajusta a un criterio racional y moral?

Ahora, pasamos a las preguntas.

Profesor García: Tengo dos preguntas.

  1. ¿Quiénes eran los dioses que eran hombres con una especie de “máscara” y cómo se manifiestan en la actualidad?
  2.   En el politeísmo, ¿se utilizaba el concepto de santidad?

Dr. Javiel Elena Morales: Bueno, debemos aclarar que, según la traducción, términos como “santidad”, “justicia” y “bondad” tienen diferentes matices.

Precisamente, Sócrates le cuestiona a Eutifrón: “Tú me dices que algo es bueno porque los dioses lo han dictaminado, pero entre los mismos dioses hay diferencias. Entonces, ¿cómo podemos afirmar que lo que ellos dicen es absolutamente cierto?”

Este es un problema que sigue vigente: en nombre de Dios se han justificado muchas atrocidades. En la mitología griega los dioses eran construcciones colectivas, figuras que podían enmascararse según las necesidades humanas.

Si asumimos, por ejemplo, que exterminar a una persona en nombre de Dios es legítimo, entonces la idea de Dios sigue viva en la mentalidad de quienes lo justifican. Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que eso es lo que realmente quiere Dios?

Sócrates, en su diálogo con Eutifrón, cuestiona precisamente esto: ¿cómo podemos saber que lo que hacemos en nombre de los dioses es verdaderamente lo que ellos desean? Y más aún, ¿quién tiene la autoridad para afirmar que su interpretación de la voluntad divina es la correcta?

¿Cómo sabemos eso? ¿Cómo sé que, por decir “estoy asesinando personas”, eso le agrada a Dios? El problema de los dioses es que, al ser construcciones humanas y colectivas, nuestras acciones pueden justificarlos o no. Ahí radica la cuestión, porque los justificamos con acciones concretas, acciones en las que podríamos decir: “Esto es correcto porque Dios lo permite”.

Lo que el profesor decía es que el problema no es si los dioses existen o no, sino que estos han sido construcciones de todas las sociedades.

El problema está en cómo los asumimos. Es decir, si entendemos que, como dijo el papa Alejandro VI, los cristianos podían conquistar a sangre y fuego sin importar las consecuencias, entonces, en nombre de Dios, se justificaban atrocidades. En aquel tiempo, se leía el “Requerimiento” en latín, donde se proclamaba que esas tierras pertenecían a la Santa Iglesia Católica y a los Reyes Católicos. Si los nativos no aceptaban, los pasarían por la espada. Un escribano tomaba nota y les advertía: “Si no están de acuerdo, los eliminaremos a ustedes y a sus hijos”.

La cuestión sobre la existencia o no de Dios es un debate de larga data porque implica lo que los seres humanos asumimos o dejamos de asumir sobre lo divino. Yo considero que este es un tema que debemos profundizar en otro momento porque abarca muchas aristas.

Comentario: Si planteamos claramente la pregunta, podemos resolver rápidamente el problema reconociendo que nada existe sin un comienzo. Si todo tiene un inicio, ¿dónde estaba Dios antes del universo? En este sentido, podemos decir que Dios es una construcción del ser humano para explicar su existencia y que esta idea se ha mantenido hasta la actualidad. Sin embargo, ya es momento de quitar esa máscara. La juventud y todos nosotros debemos hablar con claridad: los seres humanos necesitan mejores condiciones de vida, sin que se repitan los errores del pasado.

La idea de Dios ha servido como herramienta de poder para perpetuar ciertos sistemas. Ya hemos superado la Edad Media; debemos avanzar.

Comentario: Mientras escuchaba su charla, profesor, recordé el problema que tuvo Platón con Homero. Platón odiaba a Homero porque este escribía para un público culto y, según él, presentaba a los dioses como seres infrahumanos, llenos de odio, venganza y resentimiento. Pero lo que realmente hacía Homero era representar la realidad del ser humano. Eso es lo que somos, y por eso lo recordé mientras algunos compañeros conversaban.

Platón y Sócrates tenían un conflicto porque entre ellos existía una especie de sombra: cada uno veía en el otro lo que también reflejaba de sí mismo. Por eso nunca se pusieron de acuerdo.

Buscar un equilibrio universal en este plano físico no es posible. Cuando hablamos de ética, solemos asociarla inmediatamente con la moral. Sin embargo, la ética está por encima de la moral social y no puede aplicarse de manera absoluta en este mundo. Si observamos la imagen de la justicia con su balanza, notaremos que hay una ligera inclinación. Ese pequeño detalle nos muestra que el equilibrio perfecto en este plano físico no existe.

Por eso, en algunos momentos, es necesario ceder en ciertas decisiones. Homero, como mencionó, presentaba a los dioses tal como somos nosotros. De ahí la famosa frase: “Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”. Pero Homero no hablaba literalmente de dioses, sino de energía y niveles de energía.

Lo que ustedes planteaban anteriormente me hizo reflexionar: ¿cómo, en nombre de Dios o de un dios determinado, asumimos que una acción es correcta? Manipulamos las situaciones no solo en nombre de Dios, sino también en nombre del poder.

Creo que una de las funciones de la filosofía en el siglo XXI, en medio de guerras y conflictos, es no perder la visión humana. Desde los griegos existía esa visión de la sociedad y del hombre en sociedad.

Dr. Javiel Elena Morales: El problema surge cuando, ya sea en nombre de los dioses o de cualquier otra causa, asumimos que exterminar personas es algo normal, y a nadie parece importarle. A veces creemos que está muy lejos de nosotros, pero nunca se sabe.

Las diferentes concepciones sobre los dioses han sido influenciadas por el tipo de sociedad en la que vivía cada persona. No es la misma la sociedad de Homero que la de Platón. Homero vivía en una sociedad donde una determinada interpretación tenía mucha fuerza, mientras que en la de Platón esas interpretaciones ya habían sido cuestionadas.

Es importante situar a cada pensador en su contexto para no analizar sus ideas de manera anacrónica.

Dr. Gerardo Roa Ogando: Quiero felicitar al doctor Javier. Me encantó la interpretación que hizo del diálogo y su trascendencia hasta nuestros días. Creo que eso enriquece el análisis de los diálogos platónicos al traerlos a la actualidad.

En ese sentido, quiero hacer un comentario que tal vez genere alguna reacción:

En la historia de la religión y en textos como El mito de la realidad y El mito del eterno retorno, se trabaja el mito como una realidad en sí misma. No es que sea verdad o mentira, sino que constituye un discurso histórico creado por las sociedades para mitigar sus temores ante lo desconocido y darle sentido a la vida.

Desde los orígenes prehistóricos, las sociedades han creado sus dioses para dar sentido a la existencia. Cada pensador tiene su propia teoría sobre cómo surgieron las religiones.

A pesar de los avances de la ciencia y la tecnología, el egoísmo del ser humano ha impedido erradicar enfermedades o prolongar la vida tanto como se desearía. Si la ciencia lograra eliminar la muerte, quizás desaparecerían los ritos religiosos y las sociedades dejarían de deprimirse.

Las sociedades crean sus dioses para encontrar significado en la vida.

Esto no significa que la filosofía deba ser vista como enemiga de la cultura. Al contrario, la educación desempeña un papel fundamental en la construcción del pensamiento, basándose en principios universales y en el estudio de diversas morales para enriquecer el acervo cultural de las personas, incluso en temas religiosos y en la manera en que los distintos pueblos han adorado a sus dioses a lo largo de la historia.

Pero cuando la gente se educa, sabe que más adelante hay personas con otras formas de pensar y de concebir la realidad; comprende que existen tanto aquellos que no creen como aquellos que creen de manera diferente. Entonces, podemos valorar a las personas y a las culturas tal como son. Entiendo que la educación puede desempeñar un papel importante en la humanización. Y, por supuesto, no me refiero necesariamente o exclusivamente a la educación formal, sino a esa capacidad de comprender más allá de lo inmediato.

Dr. Javiel Elena Morales: Ese es uno de los papeles de la filosofía en nuestra sociedad: si somos capaces, como seres humanos, de plantear nuestras referencias y dirigirlas sin eliminarlas. El problema surge cuando, por diferencias religiosas, fanatismo o cualquier otra razón, no podemos gestionar esas diferencias.

El filósofo coreano Byung-Chul Han tiene un libro titulado Infocracia, donde alerta sobre la supuesta “libertad” en la que vivimos, una libertad mediatizada por un poder que nos controla incluso cuando creemos ser libres. Ese poder está influenciado por los medios de comunicación y por un sistema que nos hace creer que decidimos por nosotros mismos, cuando en realidad estamos sujetos a estructuras invisibles.

Este tipo de poder es comparable al que presenta la película Matrix. Ya que estamos hablando de inteligencia artificial, el verdadero riesgo que corremos no es su existencia en sí, sino el hecho de que los seres humanos no asumamos nuestro papel. El problema surge cuando la tecnología se convierte en quien decide, cuando dejamos en manos de una inteligencia artificial la toma de decisiones, olvidando que esta no genera conocimiento por sí misma, sino que se limita a procesar información ya existente.

Cada sociedad enfrenta nuevos retos, que están relacionados con la cultura, la tecnología y los cambios que nos desafían constantemente. Debemos estar atentos a estas transformaciones, ya que generan mayores tensiones y dificultades para responder a la complejidad del mundo actual. Los fenómenos que antes parecían particulares o locales, hoy se han globalizado, lo que tiene consecuencias universales en nuestras sociedades.

Maestro Martín Astacio: Creo que todos somos capaces de crear estructuras éticas para guiar a las futuras generaciones, soñando con una sociedad donde no se destruya ni se mate sin sentido. Es nuestra responsabilidad educar en valores, enseñando qué es correcto e incorrecto para que puedan vivir una vida sostenible, casarse, realizarse y contribuir al bienestar común. En este punto, el relativismo encuentra límites. No podemos decirles a nuestros hijos: “Acaben con cualquiera, peleen, maten”, porque ese no es un discurso que conduzca a una sociedad viable. Incluso las culturas que no tenían a Dios, como muchas orientales, nos enseñaron principios éticos fundamentales, como la Regla de Oro: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Esta idea, basada en la convivencia, trasciende la creencia en un dios específico y se encuentra presente en diversas tradiciones.

Sin embargo, hoy presentamos a Dios o a los dioses como conceptos rígidos, imponentes y hasta peligrosos en su relación con los demás, a veces incluso persecutorios. Me resultó muy interesante algo que observé en la pastoral carcelaria: cuando uno les pregunta a los presos, casi ninguno se considera culpable. Dicen: “Sí, lo maté, pero él tuvo la culpa”. Es decir, se percibe una ausencia de autocrítica. Cuando Dios no existe para alguien ni hay una autoridad que lo trascienda, la capacidad de cuestionarse a sí mismo se debilita. Aceptar la responsabilidad se delega en otros: “Papá se encargará de eso”, “La profesora se encargará de eso”. Pero cuando creemos en una autoridad moral, podemos desinstalarnos de nuestras propias rigideces, pensar más allá de nuestro punto de vista y cuestionarnos si lo que hacemos es correcto.

Creo que esa es la verdadera moral: la capacidad de salir de nuestra propia rigidez ante situaciones difíciles para evitar cometer errores mayores o sucumbir ante circunstancias adversas. La justicia debe humanizar y construir un mundo más habitable.

Dr. Javiel Elena Morales: Coincido en algunos aspectos con lo que plantea Martín. La convivencia y el entendimiento entre seres humanos deben estar por encima de todo. Un ejemplo de ello lo encontramos en San Pablo, cuando llegó a Atenas. Pablo predicaba la existencia de un solo Dios, pero se encontró con una ciudad politeísta. En lugar de rechazar a los atenienses o descalificarlos por ser paganos, buscó un punto de diálogo. Cuando los filósofos estoicos y epicúreos lo llevaron al Areópago, Pablo se dirigió a ellos diciendo: “Varones atenienses, veo que son muy religiosos, pues he observado un altar con la inscripción: ‘Al dios desconocido’. Ese Dios que ustedes adoran sin conocer es el que yo les anuncio”. Pablo entendió que debía encontrar un puente cultural para comunicarse con ellos en lugar de imponer su visión de manera rígida.

Creo que ese sigue siendo un gran reto en la sociedad actual. Muchas veces asumimos posturas extremas en nombre de Dios, del poder o simplemente porque creemos tener la razón absoluta. Pero la convivencia es cada vez más compleja, debido a las múltiples aristas de nuestro mundo y a las situaciones que emergen constantemente.

Prof. Cesar Zapata: En relación con lo que mencionaba sobre Freud, creo que es importante rescatar su análisis sobre la construcción de los dioses y la figura del padre. Esto me recuerda aquella idea de que “el hombre inventó a Dios a su imagen y semejanza”. En el discurso freudiano sobre la religión, la cuestión central no es solo la manipulación del mito, sino la relevancia cultural que este posee. Pero ese es un tema que merece otro debate.

En este sentido, me interesa plantear un problema filosófico central: la “mudez” de los dioses. Insisto en este punto porque, existan o no los dioses, la cuestión es que no responden. Y si no responden, no pueden arrojar sentido al mundo. Aquí es donde entra en juego el existencialismo: estamos arrojados al mundo y, por tanto, la responsabilidad recae sobre nosotros. Sin embargo, muchas veces evadimos esa responsabilidad al atribuírsela a los dioses.

Un segundo problema filosófico también es el de los imperativos categóricos, que tampoco tienen a los dioses en el centro. En ambos casos, los actos son responsabilidad mía, pero creamos a los dioses a nuestra imagen y semejanza para evadirnos de esa responsabilidad. Aquí podemos volver a Freud con el problema de lo represivo. El elemento represor necesita una válvula de escape, y esa válvula de escape es atribuirle a alguien mis responsabilidades. ¿Y qué mejor que una entidad trascendental?

León David: Quiero poner sobre la mesa estos dos elementos: el problema del sujeto en el mundo y el problema de los imperativos. Simplemente quiero decir que todo lo que se ha mencionado en este diálogo me parece muy interesante. Se han abordado muchas cosas, pero en las últimas intervenciones se ha hablado poco sobre algunos aspectos clave.

Un gran compositor musical llamado Schubert compuso una sinfonía que quedó inconclusa, y por cierto, se llamó así: La inconclusa. Es una de las más hermosas, con dos movimientos extraordinarios. Yo comparo un poco este diálogo con esa sinfonía inconclusa. ¿Por qué? Porque, en realidad, el tema que se trata es el de la piedad y la impiedad, los piadosos y los impíos. Es un tema que se desarrolla a lo largo de toda la conversación, pero que nunca llega a una conclusión, ni por parte de Sócrates ni mucho menos por parte de Eutifrón, quien finalmente sale corriendo.

Este diálogo es muy interesante no solo desde el punto de vista filosófico, sino también desde el punto de vista literario y, diría yo, humorístico. Sócrates, con su característica ironía, trata a Eutifrón como si fuera el sabio, cuando en realidad es él quien desea aprender de Sócrates. Pero la situación es exactamente la contraria: Eutifrón es el acusador, mientras que Sócrates es el acusado y quien debe defenderse. Sócrates aprovecha esta circunstancia para reflexionar sobre la impiedad, ya que es precisamente de eso de lo que se le acusa.

Al final del diálogo, no sabemos qué es lo piadoso y qué es lo impío. No obtenemos una respuesta definitiva. Pero sí sabemos algo: que Eutifrón no sabe nada, que no puede responder a las preguntas de Sócrates y que, por ello, huye.

Comentario: Me parece un diálogo brillante porque plantea una cuestión filosófica fundamental que sigue vigente hoy en día: ¿existen valores morales objetivos o son meramente subjetivos? Es decir, ¿hay un relativismo moral o un realismo moral? La pregunta clave que Sócrates plantea a Eutifrón es un verdadero “gancho”, como decimos en República Dominicana:

“¿Las cosas son piadosas porque los dioses las consideran piadosas o los dioses las consideran piadosas porque realmente lo son?”

Si respondemos que las cosas son piadosas solo porque los dioses así lo desean, caemos en un relativismo moral. Cualquier cosa que ellos declaren buena lo sería, incluso si a nosotros nos parece inmoral, como el genocidio de los cananeos a manos de los israelitas. Pero si, por el contrario, afirmamos que las cosas son buenas en sí mismas, entonces los dioses no serían necesarios para explicar la moral, pues esta sería objetiva, un hecho independiente de la voluntad divina.

Quisiera hacer un comentario sobre lo que mencionó el profesor acerca de que “las cosas que existen son aquellas que tienen un principio”. No estoy del todo de acuerdo con esa premisa, porque si hablamos de entidades abstractas, estas nunca tuvieron un principio. Si nos posicionamos dentro del realismo matemático o aceptamos la existencia de valores morales objetivos, entonces debemos considerar que hay entidades que no tienen origen ni fin, que son trascendentes y forman parte de la realidad como hechos brutos.

Esta cuestión también nos lleva a otro problema: si los valores morales son objetivos, ¿cómo los seres humanos, que somos materiales y limitados, podemos acceder a verdades trascendentes? Si realmente existen hechos morales objetivos—como la idea de que asesinar es malo en cualquier mundo posible y bajo cualquier circunstancia—, ¿cómo es posible que podamos conocerlos?

Hasta el día de hoy, nadie ha respondido satisfactoriamente a la pregunta de si los hechos morales son objetivos o subjetivos. Por eso, en la filosofía moral existen diversas corrientes: el subjetivismo, el objetivismo y el constructivismo moral, entre otras. Este es precisamente el motivo por el cual el diálogo me parece tan brillante.

Vamos a continuar con quienes quieran intervenir.

Buenas noches. Felicidades al señor por su trabajo y su presentación. Tengo dos preguntas antes de concluir.

La primera es: ¿puede definirse la piedad y lo que es moral de manera objetiva, o depende de las opiniones de los dioses?

La segunda es: ¿cuál es el papel de la razón en todo esto? Voy a parafrasear la pregunta central del diálogo: ¿Lo piadoso es piadoso porque lo aman los dioses, o los dioses lo aman porque es piadoso?

Muchas gracias.

Dr. Rafael Morla Buenas noches. Un placer estar aquí en esta primera sesión del año. Me parece fundamental contextualizar los diálogos filosóficos, porque sin contexto podemos perdernos en las interpretaciones.

Hay una figura intelectual, el autor de la Paideia, quien tiene otro libro menos mencionado: La teología de los filósofos griegos. Cuando trabajé sobre la Ilustración doctoral, leí ese libro, y en él se argumenta que todo el pensamiento griego está atravesado por una teología, por un dios que lo atraviesa transversalmente.

Sin embargo, esto debe leerse en su contexto histórico. Grecia, en aquel momento, estaba experimentando una profunda crisis religiosa. Había una pérdida de fe en los dioses de la ciudad. Aquí entra en juego la figura de Jenófanes de Colofón, quien ya buscaba un dios universal y cuestionaba los dioses tradicionales de la polis, relativizándolos en cierto sentido.

Es importante recordar que a Sócrates no se le acusó de no creer en los dioses en general, sino de no creer en los dioses de la ciudad y de corromper a la juventud. La acusación en su contra tenía, en realidad, una fuerte motivación política. Quienes estudiamos la Apología de Sócrates podemos ver claramente que su juicio y condena fueron el resultado del contexto social y político en el que vivía.

Entonces, eso es importante. Luego, recuerden que están actuando en un escenario. Para que veamos claramente la tesis de Protágoras —”el hombre es la medida de todas las cosas”—, debemos entender que es una postura que se opone a la idea de Dios como medida. Incluso en el último diálogo de Platón, Las leyes, sigue existiendo una respuesta a esta cuestión, afirmando que Dios, y no el hombre, es la medida de todas las cosas. Es decir, hay un conflicto profundo en torno a este problema, pues se establece una diferencia fundamental entre ambas posturas.

Existe una tradición teológica que se ve afectada por este debate, y es importante situarla en su debido contexto para comprender mejor la discusión. Ahora bien, recuerden que con Sócrates se produce un giro antropológico. Este giro debe analizarse en profundidad, pues no se trata de lo divino ni de lo sagrado, sino de lo plenamente humano. Estamos dejando pasar este aspecto como si no fuera esencial para el momento histórico en el que se escribieron los diálogos. De hecho, los primeros diálogos platónicos están vinculados a este cambio de perspectiva.

Estos diálogos tienen dos características fundamentales:

  1. Son socráticos, en el sentido de que promueven la figura de Sócrates, quien ha muerto, sacrificándose como un mártir de la razón y de la humanidad.
  2.   Aunque Sócrates no afirmó que “el hombre es la medida”, sí actuó en nombre de la humanidad, haciendo un discurso centrado en lo humano.

Obsérvese que Sócrates muere respetando las leyes de la ciudad, no en nombre de ningún dios. Esa es una idea equivocada. Sócrates muere por las leyes, por los valores que representan la estructura normativa de la ciudad. Es un pionero en la construcción de los valores occidentales y ha vivido bajo ellos. Incluso fue a la guerra cumpliendo con las leyes de la polis, no con las de los dioses.

Este giro antropológico coloca al ser humano en el centro de la reflexión filosófica. En este sentido, Sócrates y Protágoras coinciden en un punto fundamental: ambos ponen al hombre en el centro del pensamiento. La gran diferencia entre ellos es que Sócrates defiende la universalidad, mientras que Protágoras adopta una postura relativista.

Teniendo en cuenta esta distinción, podemos comprender mejor los diálogos de Platón. León David destacó su carácter abierto, en el sentido de que no son diálogos cerrados. Como toda discusión filosófica, siempre quedan preguntas abiertas que debemos seguir explorando. Y es precisamente por eso que debemos dejar esta conversación abierta para futuras reflexiones. Muchas gracias.

A pesar de que hay ciertos puntos del tema que podrían requerir más análisis —como el caso de Sócrates y la relación con la piedad—, considero que todos debemos reflexionar sobre estas cuestiones y enfatizar algunos aspectos que han generado inquietud entre los estudiantes.

Las preguntas filosóficas que surgen de este diálogo son fundamentales. Como mencionaba León David, hemos dejado de lado algunos temas, pero esto ocurre precisamente porque los diálogos platónicos generan nuevas preguntas filosóficas. Entre ellas, se plantea el problema de la relación entre los seres humanos y los dioses, así como las exigencias que los dioses imponen sobre los hombres.

Comentario: Aquí surge una cuestión central: ¿de qué dioses estamos hablando? ¿Hablamos de los dioses en términos tradicionales o de Dios en términos modernos?

Maestra Lusitania Martínez: En relación con la inquietud de algunos estudiantes, quisiera expresar una reflexión personal. A estas alturas de mi vida, creo que tanto la creencia en Dios como la falta de ella no impiden la búsqueda de la justicia, la piedad y la honestidad. Existe el prejuicio de que el ateísmo implica una postura de relativismo moral en la que “todo vale”, pero esto no es cierto. Filósofos como Heidegger —aunque es una de las fuentes de la posmodernidad—, Derrida y muchos otros han desarrollado planteamientos éticos sólidos sin recurrir a la divinidad.

Admiro profundamente el trabajo del profesor que ha expuesto este diálogo de manera excelente. Y considero que lo ha hecho no desde una creencia en Dios, sino desde una reflexión filosófica rigurosa. Es precisamente en cuestiones como el dolor y la muerte donde las diferentes posturas filosóficas se ven obligadas a plantearse preguntas metafísicas.

El papel del filósofo es aclarar estos dilemas y guiar a los estudiantes a examinar todas las posturas posibles. Por ejemplo, muchos consideran que la mitología es irracional porque precede a la filosofía y a lo racional; sin embargo, otros sostienen que el mito sigue formando parte de lo racional.

Lo que quiero enfatizar es que, en esta etapa de mi vida, sigo en una búsqueda filosófica. No se trata de creer en Dios, sino de comprender los problemas filosóficos en toda su complejidad. Como mencionó Zapata, muchas de las guerras de la historia han sido conflictos de clase, más allá de un mero problema ético. Sin embargo, al mismo tiempo, el profesor ha explicado con claridad cómo desde pequeños debemos formar a los estudiantes para que, cuando ocupen roles políticos, actúen con valores sólidos.

Ambas posturas tienen puntos válidos, y ahí es donde entra la tolerancia. El dolor, por ejemplo, lleva a muchas personas a buscar a Dios. Hace unos días, una madre perdió a su hijo, y la pregunta que surge es: ¿dónde está la justicia divina en ese hecho? Un joven trabajador, con una vida plena, muere de manera inesperada. Ante el problema de la muerte, es natural cuestionarse sobre Dios.

Yo también, cuando enfrenté el cáncer, me interrogué sobre Dios. Pero lo que quiero decirles es que no necesito a Dios para ser una persona buena, justa o ética.