Dr. Alejandro Arvelo
Bueno, nos encontramos de nuevo en el despacho del señor director de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) para darle continuidad a El Archivo de la Voz, uno de los programas emblemáticos de la gestión que encabeza el profesor Eulogio Silverio.
¿Y qué cosa? Hoy nos encontramos justamente para entrevistar al anfitrión de El Archivo de la Voz, al creador de este programa: el profesor Eulogio Silverio.
Nos acompañan en este encuentro el Dr. José Flete Morillo, el Dr. Dustin Muñoz y, naturalmente, el profesor Eulogio Silverio.
El profesor Silverio es un docente de larga trayectoria en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Es egresado de la Escuela de Filosofía de esta casa de estudios y cuenta con una vasta experiencia como profesor viajero. También ha sido fundador de revistas como Arje, Identidad y Logos, allá por finales de los años noventa y principios de los 2000.
Es, además, un activo promotor de la filosofía dentro y fuera de la universidad. Basta mencionar las 24 Horas de Filosofía, ya un clásico en los pasillos de la UASD, tanto en la sede central como en los centros regionales, donde ha servido incansablemente. Ha “quemado sus 40 días de desierto” —como él mismo diría—, sembrando esperanza e ideales cada fin de semana en diversos centros universitarios regionales.
Su obra intelectual es vasta, aunque en gran parte dispersa en revistas y medios, muchos de los cuales ha fundado él mismo. Es también autor de El problema de la elección moral, un texto ya en su tercera edición y considerado un referente, por ser uno de los pocos diálogos filosóficos producidos en el país.
Profesor Silverio, le doy la bienvenida formal, al igual que a los profesores José Flete Morillo y Dustin Muñoz.
¿Qué se siente, profesor, ser invitado en su propia casa? Usted, que fundó este programa precisamente como parte de su gestión como director de la Escuela, hoy será entrevistado por tres de sus propios colegas.
Eulogio Silverio:
Muchas gracias, profesor. La verdad es que, bueno, supongo que a la mayoría, cuando se sientan aquí, les pasa como a mí: no saben bien por qué lo han traído. Uno piensa que no tiene tantas cosas que decir. Pero vamos a ver. Ustedes, que me han tomado en cuenta, quizá entienden que hay algo que sería importante expresarlo. Así que vamos a ver qué sale.
Dr. Alejandro Arvelo:
Si me permiten los colegas, yo comenzaría preguntándole: ¿qué pasó en su vida, en su juventud, en su desenvolvimiento profesional? Porque no dije que el profesor Silverio primero estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes. ¿Qué hace que usted, hoy profesor de filosofía, se interese por esta área del saber humano?
Eulogio Silverio:
Bueno, surgieron casi al mismo tiempo el interés por la filosofía y por las artes plásticas. Más bien primero la plástica, y luego eso me llevó a lo otro. Y todo surgió en Capotillo, en el barrio Capotillo.
Recuerdo que fue fruto de una especie de crisis. Yo trabajaba en un taller siendo muchacho, y un día otro joven me insultó mencionando a mi madre. Eso, en el campo, no se perdonaba. Reaccioné violentamente y desde entonces me cogí miedo a mí mismo. Sentí que debía aislarme. Y en ese aislamiento, en casa, comencé a leer y a expresarme a través del dibujo. Dibujos muy malos, naturalmente (risas), pero fue un inicio.
Ya vinculado con el dibujo, empecé a relacionarme con los problemas sociales. En esa época estaban de moda los partidos y movimientos de izquierda en Capotillo. De repente me vi involucrado, interesado en la política. Y en esos grupos se decía que no se podía ser un verdadero socialista ni un verdadero militante de izquierda si no se sabía filosofía.
Eso me llevó a leer mi primer libro de filosofía: el manual de Tulio Chalevela, que se usaba en la asignatura 01. Era un manual marxista que presentaba todas las categorías del marxismo, las leyes de la dialéctica. Ese texto me marcó y me involucró.
A partir de esa lectura, que comencé con José Mendoza y Juan de la Cruz, nació mi amor por la filosofía. Juan era un militante de izquierda verdadero; José, en cambio, era más teórico, lector apasionado, pero no tanto de huelgas ni de tirar piedras. Ese pequeño círculo fue muy importante: Juan de la Cruz con su disciplina de trabajo —capaz de escribir textos hasta de madrugada— y José como lector incansable.
Ese ambiente, en el Liceo de Capotillo, me condujo a la filosofía, a acogerle un verdadero amor. Recuerdo incluso que fundamos una Sociedad de Investigación Filosófica y Científica. Nos reuníamos en el Politécnico Nuestra Señora de la Altagracia, en el barrio Simón Bolívar. Éramos pocos: José, yo, Jason (que hoy es abogado), Ernesto, y otros militantes de izquierda. Nos juntábamos los domingos. Luego, cuando otros se fueron integrando, abrimos otro grupo los sábados para los que recién comenzaban.
Ahí entraron otros muchachos, como Serafino —que ahora es profesor de sociología— y otra gente que también son profesores aquí. Es decir, casi todos los que estuvimos en aquel grupo terminamos vinculados a la vida académica.
Estar involucrado en la filosofía me llevó a leer mucha literatura, mucho para lo que era un barrio como el nuestro. Eran obras que me iban heredando. José, por ejemplo, leía mucha literatura; a él se la hacían llegar otros amigos, y en esa época había como un espíritu de compartir: cuando uno terminaba de leer un libro, se lo pasaba al otro. Como José leía mucho, le traían muchos libros, y él me los pasaba a mí. Así circulaban las lecturas entre nosotros.
Eso nos llevó a cogerle verdadero amor a la filosofía. Pero creo que el enganche mayor para mí fue cuando me cayó en las manos un libro de Will Durant: Una historia de la filosofía. Era un libro amarillo, que recuerdo muy bien. Muy poca gente lo conoce como historiador de la filosofía, porque lo suelen identificar solo como historiador, pero ese texto era una especie de manual de filosofía.
Ahí fue que comencé a leer a Platón, los Diálogos, porque el libro incluía mucho material suyo. Supongo que eran una especie de resúmenes, pero en palabras de Platón mismo. Eso fue muy importante para mí. Recuerdo que alguien se sorprendió una vez: “¿Tú has leído todo eso?”. Y yo respondí que sí, porque la verdad es que no tenía nada más que hacer.
Aunque yo sabía trabajar en zapatería, fruto de aquel problema que mencioné antes, me mantuve aislado por muchos años. No quería ir a trabajar en ningún sitio con el miedo de volver a enfrentarme a un conflicto de ese tipo. Aquí en la ciudad era normal que se relajara con la gente diciéndole cosas, y eso me pesaba mucho.
Supongo que esa situación me ayudó a refugiarme en la lectura y en el dibujo. Como ya dije, comencé dibujando muy mal, malísimo, pero estaba interesado en los grandes pintores gracias a lo que leía. Lo primero fueron Leonardo, Rafael Sanzio y Miguel Ángel. Y a mí se me metió en la cabeza que yo quería dibujar como Miguel Ángel. ¡Imagínese! Yo quería hacer dibujos como los de Miguel Ángel.
Cada vez que venía del liceo de noche —porque estudiaba en la tanda nocturna—, esperaba a que en mi casa se durmieran. Era una casa pequeña, de dos habitaciones, y entonces yo me quedaba despierto leyendo o, en este caso, dibujando.
Recuerdo que incluso hice una oración. Una oración católica, pidiéndole a Dios que me concediera el espíritu de Leonardo y de Miguel Ángel, para que me saliera ese dibujo grandioso, con trazos expresivos y sueltos.
Pasé meses con esa oración, encerrándome en la sala de mi casa. Había un radio ahí, típico de esas casitas de gente del campo que se mudaban a un barrio. Y al cabo de unos seis meses, con mis oraciones y mis dibujos, me di cuenta de que los trazos malísimos que hacía empezaban a mejorar. Nada que ver con Miguel Ángel, claro, pero sí mejores que antes.
¿Y qué conclusión saqué? Que no era la oración la que estaba haciendo efecto, sino la práctica. Nunca me llegó el espíritu de Miguel Ángel, sino que la práctica fue lo que mejoró mi dibujo. Y de ahí entonces surgió la idea de buscar una escuela donde estudiar.
Primero me acerqué a la Henfield School, esos cursos por correspondencia que siempre aparecían en los muñequitos con la palabra “gratis”. Como no teníamos con qué pagar, uno pedía el folleto inicial, que en realidad era pura publicidad, y luego venían las demás lecciones que sí había que pagar.
Recuerdo que bajé al Conde a buscar un folleto y me encontré con un muchacho, cuyo nombre ahora no recuerdo. Yo estaba tan mal que hasta unos zapatos prestados llevaba, me los había prestado Tony, el hermano de Julito. Ese joven me dijo: “Eso funciona así, te mandan uno gratis al principio, pero después hay que pagar. Ahora, mira, allí hay una Escuela de Bellas Artes donde la inscripción es gratuita”.
“¿Cómo va a ser?”, le respondí. Y él me llevó. Así fue como llegué a la Escuela Nacional de Bellas Artes, que en ese tiempo estaba en el Palacio Güell. No sé si tú llegaste a estudiar allí.
Dr. Alejandro Arvelo:
No, yo entré ya en el edificio nuevo.
Eulogio Silverio:
Pues yo empecé en el Palacio Güell. Venía desde Capotillo, muchas veces a pie hasta el Conde. Después conseguí una bicicletica, pero casi siempre era a pie o en bicicleta, porque dinero no había. Estudiaba en Bellas Artes y en la noche asistía al liceo. Básicamente, por ahí fue que se vincularon en mí las dos cosas: el arte y la filosofía.
Dr. Alejandro Arvelo:
Eulogio, mencionabas lo de Bellas Artes. ¿En qué momento entras a Bellas Artes? Porque tengo entendido que también estabas inscrito en la universidad estudiando arte. Es decir, ¿estuviste primero en Bellas Artes, luego en la universidad y después regresaste otra vez a Bellas Artes?
Eulogio Silverio:
Cuando entré a Bellas Artes todavía estaba en el liceo. Mi matrícula era 83-115, ya con ese número te puedes ubicar en qué época entré. Hice el preparatorio, pasé a primero, pero por alguna razón dejé de asistir y me concentré en terminar el bachillerato.
La historia se interrumpe un poco ahí, porque en medio de los estudios también aparecían las inquietudes propias de la juventud: la teoría, las discusiones, el deseo de darse a conocer. Y claro, aunque uno no tuviera dinero, en los liceos siempre aparecía una muchacha que le hacía caso a uno.
Recuerdo a la madre de mi hija. En el liceo le decían “Fulana la ciencia”, porque era muy inteligente. Estábamos en el mismo grado, pero en cursos distintos: ella en uno de los destinados a los más jóvenes, yo en otro. Siempre se decía que ese curso era de los “más inteligentes”, pero en realidad lo que pasaba es que los organizaban por edad.
La conocí en un examen de geometría. Ella andaba buscando un lápiz, nadie se lo prestaba, y yo sabía que tenía fama de arrogante. Entonces hice un gesto: partí mi lápiz en dos y le pasé la parte buena, quedándome con el pedazo que solo tenía el clavo, sin borrador y sin punta. Ella resolvió su problema, y yo me quedé con el mío.
Parece que a ella le gustó aquel gesto de desprendimiento. No sé por qué, pero algo significó. Yo resolví mi problema después, y ese detalle fue lo que determinó, en cierto modo, ese vínculo temprano que me llevó a salir del bachillerato casado y con una hija. Ya te puedes imaginar. Eso interrumpió tanto Bellas Artes como la entrada a la universidad.
Por eso entré después a la universidad: mi matrícula era 90-2020, así que se supone que ingresé en 1990. Antes había comenzado en 1983 en Bellas Artes, pero lo dejé interrumpido.
Cuando finalmente entré a la universidad, lo hice unos dos años después de salir del liceo. Ingresé a estudiar Publicidad. Pero justo cuando llevaba un tiempo en esa carrera, se produjo una huelga que duró 60 días. Entonces dije: “No, yo no puedo estar perdiendo tiempo. Déjame aprovechar y avanzar en Bellas Artes”. Fue así como volví a Bellas Artes, y allí nos encontramos en primero, alrededor de 1990 o 1991.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿En primero de preparatoria?
Eulogio Silverio:
No, en primero ya. Allí encontré otra generación de estudiantes. Fue entonces cuando nos conocimos. No sé si recuerdas cómo ocurrió. Yo estaba en el pasillo conversando con un grupo de estudiantes, teorizando mucho, casi como un pastor con sus ovejitas. Los motivaba, y en ese momento planteaba que la carrera de Publicidad ofrecía más seguridad económica que las Artes Plásticas.
Tú interrumpiste y me dijiste: “Mira, no es tanto así. También las Artes Plásticas dejan ingresos. No se lo digas a los estudiantes de manera tan absoluta”. Y tenías razón. Tu planteamiento era más abierto, más equilibrado.
Dr. Dustin Muñoz:
Bueno, hay que decir que mi comentario tenía un poco de veneno. No lo digo ahora para defenderme, pero es que mi realidad era distinta a la de los demás en la escuela. Yo ya tenía más encargos de cuadros de los que podía atender en un mes. Mi situación era diferente, porque vivía de la pintura.
Eulogio Silverio:
Exacto. Yo lo que defendía era que la Publicidad garantizaba un ingreso, aunque fuera modesto. No se trataba solo de arte puro, sino también de letreros, diseños, todo aquello que podía comercializarse aunque no fuera estrictamente arte. Esa era mi defensa.
Después Dustin me explicó que en su caso no daba abasto con los encargos de pintura, que su nicho estaba en la venta de obras de arte. Y es verdad: no era solo él, sino todo un grupo de su pueblo que había pasado primero por la etapa de la publicidad —haciendo letreros— y luego encontraron en la pintura un camino más sólido.
Así que aquel debate inicial fue útil. Yo encontré que su planteamiento era muy absoluto; él me mostró que su experiencia ya había superado esa visión. En definitiva, fue un buen intercambio que nos permitió romper lo absoluto y matizar los argumentos.
Dr. Alejandro Arvelo:
Yo me quedé escuchando y vi que el planteamiento era muy absoluto. Pero noto ahí dos rasgos que quizás definen la personalidad del profesor Silverio. El primero es esa capacidad de sacrificio y empatía con los demás, como en la anécdota del lápiz. Creo que ese rasgo de su carácter tendrá luego futuros desarrollos hasta desembocar en el proyecto Generatio Nova, y también en esa capacidad de servicio que ha mostrado en la Escuela de Filosofía.
El segundo rasgo es su manera de manejar la diferencia sin enemistarse ni ofenderse, algo que comparto con él. Eso también atraviesa la personalidad del profesor Silverio.
Yo creo que así fue como nos conocimos: no nos tratábamos mucho todavía, pero sí recuerdo un episodio en la clase de dibujo. Yo estaba bromeando con Falcón y otros compañeros. Íbamos de caballete en caballete, viendo los dibujos, y decíamos: “Este dibuja bien, pero el que es un genio es este otro”. Pasamos junto al caballete de Dustin, que estaba concentrado en su trabajo, y repetimos lo mismo. Pareció llamarle la atención que, a pesar de que él dibujaba muy bien, destacáramos a otro como “genio”. Creo que fue ahí cuando empezamos a acercarnos más.
Después coincidimos en la misma sección de primero. Ya en segundo nos dividimos: yo tomé una materia con Trabulse, mientras tú elegiste otra.
Siguiendo con la línea del tiempo, sabemos que después el profesor Silverio entra a la Escuela de Filosofía. En esa época había cierta competencia por la cantidad de estudiantes: Pedagogía era la carrera más numerosa, mientras Filosofía tenía pocos. ¿Cuál fue el escenario que encontró Silverio al llegar? ¿Cuál fue su impronta en esa escuela que, físicamente, estaba arrinconada en un espacio al que muchos iban solo a retirar papeles en los casilleros?
Lo pregunto porque, por ejemplo, en mi caso, yo llegué a la Escuela de Filosofía por dos razones: quien me conquistó fue Tomás Novas, pero quien me llevó y me conectó con los estudiantes fue Eulogio. Eso indica que él ya tenía un liderazgo. ¿Cómo surge ese liderazgo? ¿Qué hizo en ese momento para lograr crecer en esa escuela?
Eulogio Silverio:
Es una pregunta compleja, muy compleja. Yo diría que el verdadero “armador” de la escuela fue el profesor Luis Cruz, en lo que respecta a los estudiantes. Él fue quien se dedicó a recoger estudiantes. Recuerdo bien que, desde el primer día que llegamos buscando información —subíamos a Humanidades—, él nos acogió. Yo lo conocía ya desde el Liceo Capotillo. Cuando le dije: “Voy a estudiar Filosofía”, de inmediato me agarró, me llevó para allá y nos dio seguimiento.
Ahora, en cuanto a lo que me preguntas de cómo me vinculé… ya yo venía con el amor a la filosofía desde Capotillo. Era un amor sincero, distinto al de ciertos amigos que tienen otros “amores” además de la filosofía. Lo mío era un cariño auténtico: nunca pensé que la filosofía me serviría para ganarme el pan o para otra cosa, era un amor ingenuo, desinteresado.
Y sobre la decisión de venir a estudiar Filosofía, no sé si recuerdas cómo fue. Teníamos un grupo en Bellas Artes, un grupo que se llamaba así, simplemente: “el grupo”.
Sí. Teníamos un grupo de estudiantes que ya veníamos con la idea de que Bellas Artes no formaba teóricamente a los estudiantes. ¡Oiga qué crítica, no! Una frescura. Decíamos que era mucha práctica —y eso estaba muy bien—, pero teóricamente no sabíamos nada. La historia del arte que se impartía era muy escasa.
Por eso formamos un grupo para reforzar esa parte en la que nos sentíamos flojos. Hacíamos lecturas, escogíamos un tema, lo discutíamos allí en el techo o en el parque. Y luego ese mismo grupo decía: “Estamos flojos en dibujo al natural, ¿recuerdan?” Entonces nos reuníamos en el parque a hacer dibujo al natural y después retratos.
Supongo que muchos de ustedes, los que tenían verdadero talento, avanzaron más. Pero, aun así, todos empujábamos. En historia del arte, por ejemplo, nos poníamos un tema, lo desarrollábamos, llevábamos parte teórica y parte práctica. Hacíamos dibujos vinculados a ese movimiento y los discutíamos: arte egipcio, épocas del arte que no estaban contempladas en el programa, incluso arte en América.
No sé si recuerdan que en ese tiempo me gané el mote de “Toro Bravo”. Fue por una dificultad con un profesor, aunque en verdad, viéndolo después, fue por un error de mi parte. El profesor era Glauco Castellano, quien impartía historia del arte. Al llegar al tema de América, hizo un comentario que a mí me pareció grosero —y yo, como marxista consumado en ese momento, enemigo de todo lo que viniera de Europa— reaccioné.
Él dijo algo así como que los indios no produjeron una gran cultura, que más bien se dedicaban a fumar, a bailar y poco más. Y yo le respondí: “¿Y cómo usted deja fuera a los incas y a los mayas, que desarrollaron una civilización? Mire esas pirámides, mire todo lo que lograron…”. Para mí era inconcebible que no lo tomara en cuenta.
Claro, ahora entiendo que en realidad no era como yo pensaba. El profesor no me tomó en serio: para él solo era un estudiante diciendo una tontería. Pero para mí fue un asunto personal. Además, creo que había un problema con la voz: no se escuchaba tan claro su planteamiento desde el fondo del salón, y podía parecer otra cosa.
El problema real vino al día siguiente, en el examen final. Yo estaba en la primera fila, pero no tenía borrador. Dustin sí lo tenía, porque Dustin siempre ha sido organizado: iba con su lápiz y su borrador.
Yo llegué al examen con un lápiz en la mano y ni siquiera tenía hojas. Iba a hacerlo en un pedazo de manila. Entonces le pedí a Dustin: “Préstame una hoja, dame la goma de borrar…”. El profesor escuchó y giró hacia donde yo estaba. Dijo algo que no fue ofensivo en sí, pero yo lo interpreté como si me estuviera acusando de querer hacer trampa. Me paré y me fui directo a la dirección. No lo hice como un chisme, sino para informar lo ocurrido y decir que no iba a tomar el examen porque me sentía incómodo.
Allí estaban el profesor Juan Medina —un gran pintor— y Marianela Jiménez, la directora. Medina no comentó nada en ese momento, pero más adelante, cuando terminamos el primer año de pintura y cada uno presentó su autorretrato, él fue observando los trabajos. A un compañero le dijo: “Ese parece un nazi”. Luego vio el mío y dijo: “Este es un griego… pero un toro bravo”. Desde entonces me quedé con el mote de “Toro Bravo”, porque me gané fama de no dejar pasar las cosas.
Sin embargo, eso cambió con el tiempo. En mi exposición final en Bellas Artes, el profesor Sterling escribió unas palabras a modo de prólogo en el folleto de presentación. Conociendo la fama que yo tenía, él escribió que yo era disciplinado, callado y respetuoso con los profesores. Eso me marcó mucho, porque comencé a verme a mí mismo de esa manera. Pensé: “Si Sterling me ve así, debo serlo”. Y desde entonces, cuando llegué a la universidad, me propuse vivir bajo esa idea: ser respetuoso con los profesores. Eso me ayudó a tener una convivencia más armónica.
Ahora, Flete, tú decías que cómo fue que nos vinculamos. La verdad es que yo ya venía con ese amor por la filosofía desde antes. Pero fue clave lo que pasó ese día que nos encontramos con Luis Cruz. Él fue quien nos llevó a la Escuela de Filosofía. En ese momento yo todavía estaba indeciso sobre si estudiar arte o filosofía. Tú ya estabas inscrito en arte, y yo terminé inscribiéndome en filosofía.
El vínculo definitivo lo produjo Luis Cruz: nos llevó con el director de la Escuela, el maestro Félix Gómez, y le dijo: “Mire, estos dos jóvenes están interesados en estudiar filosofía”. Yo ya había cursado Introducción a la Filosofía; tú también la habías tomado, pero desde la carrera de arte. Entonces nos permitieron inscribirnos en Lógica Formal con el profesor Mor. Fue así como comenzamos a integrarnos realmente en la Escuela de Filosofía.
Si Luis Cruz no nos lleva ese día y no intercede para que nos permitieran tomar esas materias de manera extraoficial, probablemente no hubiéramos podido avanzar. Nos guardaron las calificaciones para cuando formalmente ya estuviéramos inscritos. Fueron dos asignaturas: Lógica Formal y Historia Universal con la profesora Gladis Martínez. Luis Cruz también nos llevó al Departamento de Historia y allí nos permitieron entrar bajo esa misma condición. La directora en ese momento era Ana Dolores Chavarría.
En mi caso, la decisión de estudiar filosofía ya estaba clara, pero recuerdo que Dustin tenía la idea de marcharse a Italia, a Roma, para continuar en Bellas Artes. Y yo, más que por envidia, lo convencí por amistad: uno no quiere que los amigos se vayan lejos. Le dije: “Tú eres bueno técnicamente en la pintura. Allá quizás te enseñen lo mismo que ya dominas. Lo que te falta es la capacidad conceptual, la capacidad de elaborar ideas y ponerlas en el lienzo. Si unes lo conceptual con tu destreza técnica, lo que saldrá será algo realmente explosivo.”
Así entramos juntos a filosofía. De hecho, recuerdo tu primera exposición en la Alianza Francesa, sobre los taínos. Desde entonces tu pintura quedó marcada por esa búsqueda de representar conceptos en la plástica.
En esa primera clase de filosofía —la de Lógica— solo estábamos Dustin y yo de la Escuela de Artes; todos los demás eran de Filosofía y Letras. En el semestre siguiente se sumó Edison Minaya, que también venía de Bellas Artes, aunque dos años más joven que nosotros. Eso hizo que, a partir de entonces, siempre eligiéramos las materias juntos, porque éramos muy pocos: apenas tres estudiantes activos. También estaba Francisco, de Contabilidad, que trabajaba y se costeaba la vida, pero en la práctica éramos nosotros tres los que sosteníamos el curso.
Por eso digo que Luis Cruz fue el verdadero armador de la Escuela en esa etapa. Él organizaba los grupos, hacía la lista de asignaturas, buscaba quién más se podía integrar, y hasta pasaba por nuestras casas para asegurarse de que todos estuviéramos inscritos. Lo que hoy se hace de manera institucional, en aquel tiempo comenzó con ese esfuerzo suyo.
Había que buscar a fulano, a Hill, no sé si recuerdan, a Félix Hill. Había que buscarlo para que se inscribiera, le dábamos el dinero y lo inscribía, aunque a veces él no venía, pero nosotros podíamos cursar la materia. Todo eso nos obligaba a unirnos.
José Flete:
Sí, pero era por el campo ocupacional. Filosofía y Letras tenía un campo ocupacional garantizado en cierta medida. Filosofía era algo incierto realmente. De hecho, no sé si Eulogio estaba presente en el momento en que me iba a inscribir, se insistió mucho en que yo no entrara a la carrera.
Eulogio Silverio:
Claro que sí, porque eso fue… no sé si fue para hacer el cambio o cómo fue. No fue lo mismo. Recuerda que eso fue lo que nos obligaron a ir a la Escuela de Filosofía. Estábamos inscribiéndonos en el comedor y no nos dejaban inscribir porque dijimos Filosofía. Nos dijeron: “No, están equivocados, eso es Filosofía y Letras, Filosofía no la dan aquí”.
Dustin Muñoz:
Exacto. Nos decían: “Ustedes están equivocados, ¿de qué van a vivir? ¿Cómo van a ganarse la vida con eso?” Y es verdad, estaban haciendo su trabajo, porque no es cómodo que un muchacho entre a una carrera equivocado.
Eulogio Silverio:
Entonces por eso nos mandaron a la Escuela de Filosofía, para que nos explicaran en qué consistía la carrera. Y si traíamos algo firmado de allá, entonces sí, que estábamos eligiendo la carrera que realmente queríamos. Ahí fue que encontramos a Luis Cruz en el pasillo, y él nos acogió y nos ayudó con ese proceso. Por eso no volvimos a coincidir con Flete en ninguna otra materia.
José Flete:
Sí coincidimos. Coincidimos en Teoría del Conocimiento I y II con el profesor Nova. Una vez nos dio clase un sábado, cuando hubo un conflicto con Roberto Mercedes. Estábamos ahí reunidos, sentados en lo que hoy es la cancha de fútbol, conversando.
Eulogio Silverio:
Sí, estábamos hablando de 1994 o 1995. Flete en ese tiempo tenía un problema personal con un marxista, porque siempre ha sido evangélico. Ese marxista lo ninguneó una vez, y él se la quiso cobrar en ese curso de Teoría del Conocimiento. Compró un librito —creo que era de Jacob, ¿Qué es la filosofía?— y comenzó a hacer preguntas específicas: “¿Qué dice fulano en tal libro?” Claro, fue un tema de vendetta, porque ya había un pleito casado.
José Flete:
Pero yo no di esa materia con ustedes.
Eulogio Silverio:
No, eso fue Teoría del Conocimiento II.
José Flete:
Yo creo que la I tampoco la dimos juntos.
Eulogio Silverio:
Sí, ustedes la dieron. Nosotros sí la dimos juntos.
Alejandro Arvelo:
En ese tiempo, Flete trabajaba mucho el tema de la muerte en la poesía.
José Flete:
Sí, la poesía, la muerte, la muerte, la muerte. Fue un tiempo bueno.
Alejandro Arvelo:
Me llama la atención esa suerte de hermanamiento que presidió el tránsito de ustedes por la academia. Un hermanamiento que al parecer también se proyecta hacia algunos académicos, como el caso del maestro Luis Federico Cruz, y el profesor Flete ha mencionado también al maestro Novas, con quien tengo entendido que los tres hicieron una relación que iba más allá de la relación típica entre maestro y alumno.
Pero antes de entrar en ese aspecto de cómo una relación académica puede devenir en una relación personal, quiero retomar la primera anécdota, la de la zapatería y el peso de la familia. Porque la idea que el profesor tiene es que Archivo de la Voz sirva como testimonio para cuando ya no estemos. En ese sentido, me gustaría preguntarle al profesor Silverio: ¿qué peso ha tenido en su trayectoria vital y profesional la familia? Sabemos que emigró del interior hacia Santo Domingo. ¿Cómo se produce ese proceso? ¿De dónde viene ese joven Silverio? ¿Llega aquí un niño o un joven? ¿Qué rol juega la familia en la configuración de la mentalidad del académico de hoy?
Eulogio Silverio:
Bueno, es difícil responder, pero de la familia hay que decir siempre que es un soporte básico, importante. Quizás no tanto para lo académico, porque muchas veces no comprendían lo que uno hacía. Si uno hubiera sido un académico normal, de esos que leen un libro, van a la escuela y sacan notas, bien. Pero yo estaba metido en grupos de izquierda, y eso generaba temor, sobre todo en mi mamá, que pensaba que la policía podía matarme.
En ese sentido no había un soporte que apoyara directamente ese tipo de cosas, porque ellos entendían que uno estaba en riesgo. Pero el soporte más importante era otro: en mi casa, por más trabajo que se pasara, nunca se pasó hambre. Todavía en la universidad, tú recuerdas, Flete, que nos pasábamos a veces los sábados sin comer, con una galletica y agua, por no dejar la fila del comedor. Pero yo siempre decía: “No, Flete, el asunto de nosotros es llegar a la casa. Yo sé que cuando llegue a mi casa habrá comida”. Eso fue importantísimo.
Recuerdo también que, como la casa era pequeña y todos se acostaban temprano, yo me quedaba leyendo o pintando de madrugada con la luz encendida, y eso molestaba. El malestar no era de mi mamá ni de mi papá, sino de mis hermanos. Hasta que un cuñado les dijo: “Espérense, ese es el que está en la cosa, tienen que apoyarlo”. Me dejó un consejo muy bueno: “Busca un bombillo focalizado”. Yo resolví con una caja de cartón de jugo donde metí el bombillo y así la luz caía solo en la mesa. Problema resuelto.
Mi hermana Mercedes —que ya falleció— fue clave en esa etapa. Desde el campo me enviaba libritos pequeños de cuentos. Para un muchacho del campo, eso era un mundo nuevo: cuentos ilustrados europeos, El gato con botas, Pulgarcito. Eso me ayudó a imaginar un mundo que en el campo era imposible de concebir. Y luego, ya en la ciudad, los libros que ella dejaba de los cursos también los mandaba para mí.
Yo recuerdo que siempre en la escuela nosotros teníamos libros, mientras que otros no tenían. Cuando llego a la ciudad sigo con ese vínculo con mi hermana, que fue la primera en llegar a la universidad: estudió contabilidad. Ella me trajo a inscribirme a la UASD; había que llegar de madrugada, a las tres de la mañana, y ella me acompañó en todo el proceso. Ese apoyo fue fundamental, básico.
La familia quizás no aportó en el sentido de comprarme libros, pero sí me apoyó en lo materialmente necesario para que yo pudiera hacer todo eso aun sin estar trabajando, y eso es importantísimo. Hoy lo valoro con claridad: tener una casa donde vivir, tener comida segura, y que además te dejen vivir ahí nada más leyendo, eso es demasiado.
Alejandro Arvelo:
Siguiendo con la familia, quiero mantener esta misma línea. Dos personajes que yo sé fueron centrales —sobre todo doña Paula, porque tuve más contacto con ella—, mamá y papá, son quienes transmiten el insumo espiritual, los valores. ¿Qué impacto produjo doña Paula en la vida y en la formación del profesor Silverio?
Eulogio Silverio:
Nosotros relajábamos con eso, porque es familia, ¿verdad? Siempre decíamos que la inteligencia venía de los Silverio, por parte de mamá, y no de los Ventura. En el campo se reconocía: mi tío Esteban Silverio era muy inteligente, y mi mamá también lo era.
Recuerdo, por ejemplo, que cuando en mi campo llegó el programa de planificación familiar —que parece que venía de Estados Unidos a través de la Iglesia Católica y de la Universidad Madre y Maestra—, escogieron a tres personas que tuvieran capacidad para recibir formación y luego enseñar a las mujeres. Fueron mi mamá, mi tío y otro señor, que vinieron a la ciudad a hacer un curso de un mes. Eso muestra lo despierta que era.
Pero lo más importante es que mamá fue quien nos alfabetizó. Cuando yo llegué a la escuela ya sabía leer y escribir. Fue tan decisivo que, aunque me pusieron en el curso más bajo, yo ya sabía leer, escribir, sumar, restar y hasta resolver quebrados. Todo eso me lo enseñó mamá.
En la escuela realmente no se daba clase, para que estemos claros, y era por una razón: básicamente nos pasábamos la mañana cocinando. Había que buscar leña, fregar los trastes, preparar la comida. Cuando terminábamos de comer ya eran casi las once de la mañana y a las doce se salía, así que gran cosa no se aprendía.
La profesora se llamaba Elsa, venía de una comunidad llamada Zaballo, a unos cinco o seis kilómetros, y tenía toda la escuela a su cargo. Era muy buena maestra, pero el tiempo se iba en cocinar. Esa era la dinámica. Claro, era importante, porque en el campo se pasa hambre y esas comidas escolares eran un alivio.
Por eso digo que quien realmente nos alfabetizó fue mi mamá. Cuando, por arte de magia, cambian a la profesora y llega un nuevo maestro, el profesor Trejo, de un municipio, la cosa cambió. Él decidió hacer un examen para medir el nivel de los estudiantes. Yo estaba en segundo de primaria. Me pusieron ejercicios de quebrados, divisiones, sumas y multiplicaciones, y yo resolví todo. Al día siguiente ya estaba en tercero; a los tres días, en cuarto de primaria.
Ese era el máximo nivel al que se podía llegar en mi campo: cuarto curso. La escuela más cercana que seguía estaba en el municipio, a diez kilómetros, y era demasiado peligroso mandar a un niño tan pequeño solo por la carretera. Mi papá no estaba en eso.
Se creó entonces todo un movimiento para que pudiera seguir estudiando. Un tío mío, Felicito —le decían Folón—, se ofreció para llevarme. Recuerdo que me agarraba de la mano en la carretera, porque cada vez que pasaba un camión yo salía corriendo hacia la cuneta, convencido de que el vehículo se iba a volcar.
Fue así como llegué a la escuela de Inver, donde cursé quinto y sexto grado. Y quiero destacar algo importante: el profesor Trejo, al ver que no había condiciones para que yo siguiera, propuso que me dejaran vivir en su casa en el municipio. Hoy quizás algunos malinterpretarían eso, pero lo cierto es que era un gesto sincero de interés y protección. Quiero creer —y es una vanidad mía— que él vio algún talento en mí y quiso apoyarlo.
Finalmente, mi mamá se opuso a que me fuera de la casa, pero obligó a mi papá a buscar una solución. Y gracias a eso, pude continuar estudiando.
Nosotros nos reuníamos todos los domingos a estudiar. O yo iba a la casa de Flete, o él venía a la mía. Muchas veces llegamos a amanecer aquí mismo en la universidad, en la biblioteca, porque el viaje no era fácil. Terminar una clase a las diez de la noche, como ahora que el estudiante coge el metro y se va, no era así. En nuestro tiempo había que esperar un autobús, y en mi caso ir a Sabana Perdida, y Flete hacia Los Mina.
Había que tener mucha fuerza de voluntad para inscribir una materia a las diez de la noche. A veces nos quedábamos en la biblioteca estudiando, leyendo. Gloria se echaba su sueñito en la mesa, yo no tenía esa facilidad para dormir.
Lo confieso: yo era un marxista confeso. Todo lo veía a la luz de lo que decía el diccionario marxista. Si estudiábamos a Hegel, a Kant, a cualquier pensador, y no encontrábamos la solución, yo buscaba en el diccionario qué era lo que correspondía. Para mí, lo que no fuera filosofía materialista, y más aún marxista, no era verdadera filosofía.
Alejandro Arvelo:
¿Y en qué momento comienzas a ser más flexible, no solo como interlocutor que acepta diferencias, sino capaz de ver más allá de lo que decía el diccionario marxista?
Eulogio Silverio:
Eso se produjo por una pregunta que me hizo Flete. Yo sostenía que si no era marxista no era filosofía, y él me dijo: “Ah, pues entonces Platón no hizo filosofía”. Esa pregunta me quedó en la cabeza. Daba vueltas, buscando cómo responderle, y al final me di cuenta de que sí, Platón también hizo filosofía… y Kant, y otros. Entonces se produjo en mí la ruptura.
Comprendí que no podía llevar todo a un solo esquema. Yo lo reducía todo al marxismo. Recuerdo incluso con Tellerías, en una materia de metodología o de filosofía de la tecnología: concluí diciéndole que lo que le da a una ciencia su carácter de ciencia es cuando usa el método científico marxista. Él me dejó pasar, pero me di cuenta por su rostro que no estaba convencido.
Ahí entendí que algo no estaba bien. Que muchos profesores que eran verdaderos marxistas no reducían todo al manual. Y comprendí que, aunque el marxismo ofrecía respuestas rápidas para todo —hasta para la física nuclear—, la filosofía no podía limitarse a eso. Fue ese el momento de la ruptura, cuando comencé a ver la filosofía con más apertura.
Eso se dio a partir de que tú me hiciste esa pregunta: “¿Entonces Platón no fue filósofo?”. Eso me quedó dando vueltas…
¿A qué altura de la carrera estaba ya? En cuarto o quinto semestre, porque en ese momento se me produjo la gran crisis, una crisis que para mí fue terrible.
Alejandro Arvelo:
¿En qué consistió esa crisis?
Eulogio Silverio:
Hasta el cuarto o quinto semestre de la carrera yo juraba que tenía respuesta para todas las preguntas de filosofía, en serio. Pero un día estaba yo en la pulpería de Arroyo Hondo, un negocito que tenía mi hermana, y de ahí yo salía para la universidad. Y como que me llegó a la cabeza: “Pero tú no has leído a fulano, no has leído a fulano, no has leído a fulano…”. Todo lo que yo sabía de esos filósofos era porque lo había leído en una Historia de la filosofía o en la interpretación marxista del diccionario.
Esos manuales mataban a Kant en un par de párrafos, mataban a Hegel en un par de párrafos, y uno se creía con ese arsenal que ya sabía todo de ellos. Ahí me dio la crisis: me convencí de que no tenía ninguna respuesta para nada, que no sabía nada de lo que me preguntaban. Y creo que si yo he crecido en esto, ha sido a partir de esa gran crisis, porque me llevó a querer saber las cosas en los textos originales.
Yo no sé si tú recuerdas, con Luis Cruz, que era profesor de Historia de la Filosofía —excelente profesor—, que nosotros casi le hicimos una rebelión: “No, profesor, nosotros no queremos historia de la filosofía contada a través de otro autor. Queremos que en cada tema, cada uno de nosotros haya leído un libro del filósofo que estemos estudiando”.
Luis, de muy buena gana, aceptó. Entonces en cada historia de la filosofía nos daba la opción de trabajar, además de lo que él explicaba, con un texto directo de un autor. El trabajo final era que cada quien reportara lo aprendido.
Yo recuerdo que muchos de esos filósofos presocráticos apenas tienen fragmentos cortos, frases breves, y aun así había que leerlos y discutirlos.
Y sí, Luis Cruz me ofendió en una ocasión en esa asignatura.
Alejandro Arvelo:
Eso es una excepción grande, profesor. Cuéntela.
Eulogio Silverio:
No fue queriendo, pero me ofendió. Él tenía razón, pero al mismo tiempo no la tenía. Para que se entienda: yo recuerdo que me tocó leer un libro de John Locke, el Ensayo sobre el gobierno civil. Tenía que hacer el reporte y la crítica: de cada párrafo, yo escribía lo que decía Locke y mi crítica.
Cuando entregué el trabajo, él me puso buena nota, pero me escribió: “Mira, Eulogio, es bueno que cuando leas a un autor lo critiques con tu pensamiento, no con lo que han dicho los marxistas”.
¡Y qué ofensa, profesor! Porque ese era mi pensamiento.
Alejandro Arvelo:
O sea, él entendió que no era que tú eras marxista, sino que habías buscado una interpretación hecha por un marxista cualquiera.
Eulogio Silverio:
Exactamente. Y no era así. Cada crítica que hice era con mi propio pensamiento y mis propias palabras. Lo que pasa es que mi pensamiento, en ese momento, era marxista.
Los trabajos que hicimos en grupo —que éramos básicamente nosotros dos— siempre tenían esa diferencia: yo quería una introducción marxista y una conclusión marxista. Era la fórmula que aplicaba: leer, analizar, pero al final encuadrar el texto en la salida marxista. Entonces llegamos a un acuerdo: Dustin relataba el cuerpo del trabajo y yo hacía la introducción y la conclusión. Y claro, mi introducción y mi conclusión siempre comenzaban dialécticamente, desde la historia, con ese enfoque marxista que yo insistía en mantener.
Dr. José Flete:
Entonces, nada, después de haber escuchado todo lo que el maestro nos ha contado —esas memorias, como diría Neruda, confieso que he vivido— hay una parte que me interesa mucho. Porque fíjense: yo conocí a Eulogio, como dijo Dustin, cuando estudiaba Educación, mención Filosofía y Letras. Pero hubo algo que me conectó mucho con la Escuela de Filosofía, razón por la cual me despegué tanto de Pedagogía como de Letras y me quedé merodeando en el área de Filosofía.
Eulogio, igual que el maestro Cruz, mantenía a uno conectado con el quehacer diario de la Escuela de Filosofía. Yo me enteraba de los movimientos, de la revolución que se hizo en torno a formar pensadores desde la escuela misma. Y algo que llegó a mis manos fueron las revistas: la revista Logos, la revista Argénida, y otra más.
Entonces me gustaría saber: ¿cuál fue la función de Eulogio en esa producción? Porque siempre lo conocí como alguien muy proactivo, no solo como profesor, sino también como estudiante. En un contexto donde muchos esperan que todo se lo den hecho, él trabajaba, sentaba precedentes. Háblanos de ese detalle.
Eulogio Silverio:
Bien, ahora que tocas ese tema, recuerdo una pregunta que le hice a un muchacho que dirigía Jeto Color, una empresa de impresión. Fue con relación al boletín Logos. Ese boletín lo había diseñado yo en una computadora que le regaló Marmol a Morla, pero allá nadie sabía comprenderla ni usarla.
Yo tampoco la dominaba del todo, pero tenía el interés. Desde que llegó, la pusieron en una mesita aparte donde se sentaban los profesores y los estudiantes a discutir. Como estaba ahí, comencé a usarla. Y como tenía un poco de conocimiento de Bellas Artes y de diseño, se me hizo más fácil manejarla y dar forma a esas publicaciones.
Eh, y yo diseñé el boletín Logos. Yo recuerdo que lo diagramaba yo. El “conejo”, sí. Minaya, que era coordinador de la cátedra de Introducción a la Filosofía, figuraba como director, pero realmente la mecánica de la revista era yo quien la hacía.
Recuerdo que le llevé el boletín a un muchacho en Jeto Color, muy seguro de que me iba a decir que estaba bien diseñado, y le pregunté: “¿Cómo ves el diseño de este boletín?”. Me miró y me preguntó: “¿Quién lo hizo?”. Le respondí: “Yo”. Entonces me preguntó: “¿A qué usted se dedica?”. Le dije: “Soy profesor de filosofía. Bueno, ayudante, monitor todavía”. Y me contestó: “Pues está muy bien, está muy bien. Si usted lo que se dedica es a la filosofía y logró hacer eso, está excelente. Ahora, si fuera un diseñador profesional, yo le diría otra cosa”.
Yo entendí: como diseño gráfico no servía del todo, pero para un profesor de filosofía era excelente. Te cuento esa anécdota para mostrarte que la tecnología siempre me gustó. Desde que llegó a mis manos, me aficioné. Los primeros correos electrónicos se los creé yo a todo el mundo. Alvelo mismo me dijo: “¿Y qué yo voy a hacer con eso?”. Claro, era el 99 por ahí. Después nos dimos cuenta de lo mucho que nos sirvió.
Siempre puse interés en la tecnología, no la solté. Llegó un momento en que reparaba computadoras de los amigos: las desarmaba, compraba piezas, armaba máquinas completas. Hasta que un día me dije: “Tengo que dejar esta imagen, porque ya me está quitando demasiado tiempo”. Cada vez que a alguien se le dañaba la computadora, pensaba que yo tenía que reparársela, y eso me alejaba de lo mío.
La tecnología me sirvió para el boletín Logos, y después emprendimos Arché, donde estaban Dustin, Edickson, Leonardo y yo. Ese diseño también lo hacía yo, y después Olivio me ayudaba. Luego vimos la necesidad de sacar la revista Identidad. Ese proyecto ya fue distinto, porque ni Edickson ni Leonardo tenían mucho espacio ahí: ellos tenían una mentalidad más abierta, más internacional. Nosotros, en cambio, éramos más locales, más nacionalistas, y esos temas no les atraían tanto como a nosotros. Por eso busqué a Arvelo, que siempre compartió esas preocupaciones. Recuerdo, por ejemplo, que él trabajó un artículo sobre el racismo en la República Dominicana, y Dustin publicó también varios.
Llegamos a ir a algunos pueblos a dar charlas. Bien, la revista Identidad, como le había comentado, era un proyecto que lo encabezábamos Albelo, Dustin y yo. Dustin estaba vinculado al tema porque ya sabíamos que había trabajado sobre el racismo en la República Dominicana y otros temas relacionados, y yo siempre había tenido esa inquietud. El profesor Arvelo, desde siempre, también tuvo mucho que ver.
Porque —recuerde— un marxista que se respete, ¿verdad?, no anda con esas preocupaciones nacionalistas. El postulado es que el proletariado es universal: que los proletarios del mundo no tienen patria, que quienes tienen patria son los burgueses. Entonces, ser nacionalista, para esa visión, implicaba negar la universalidad del obrero. Los obreros no conocen frontera, no tienen patria; el concepto de patria es más burgués que otra cosa.
Por eso, en ese tiempo, yo no tenía la preocupación por lo nacional, por lo propio. Me costó mucho trabajo llegar a la conclusión de que había que defender la nación dominicana y los derechos de los nacionales, incluso aunque eso implicara limitar las posibilidades de que otros —como los haitianos que están pasando hambre al lado— entraran sin documentación. Entiendo a los izquierdistas que todavía están atrapados en ese discurso: que no hay fronteras para el obrero, que el Estado puede con todo, que todo el que pasa trabajo tiene derecho a resolver sus problemas en la casa del otro.
Pero el nacionalismo, de alguna manera, implica negar ese discurso. A mí me ayudó a salir de ese bucle el ver cómo los países socialistas controlaban estrictamente quién entraba y quién salía de su territorio. En el discurso creían en el universalismo del proletariado, pero en los hechos no permitían que nadie ilegal entrara a dañar su economía o su espacio de trabajo.
La revista Identidad estaba dirigida claramente a trabajar los problemas nacionales, porque ya nosotros veíamos que el tema haitiano-dominicano, si no se atendía a tiempo, se iba a agravar. Esa constante entrada sin control estaba presionando los servicios de salud y otros espacios, aunque quizás en ese momento no se veía tan fuerte como se ve hoy. Ya hoy todo el mundo está integrado a ese discurso, pero en el 99 nosotros lo teníamos claro, y por eso sacamos la revista Identidad.
Publicamos algunos libros, los poníamos a circular entre los estudiantes, y llegamos a dar charlas en muchísimos lugares; hasta en Miches fuimos nosotros. En Higüey también. Teníamos un activismo real en la defensa de lo nacional. Creo que, aunque con distinta intensidad, siempre hemos mantenido esa preocupación.
A propósito, esos dos números me faltan para ponerlos en la página de la Escuela. Me gustaría que me los consigas para subirlos. Básicamente, Flete, todo eso es lo que me dio el conocimiento que, 25 años después, me ha servido para impulsar el trabajo de digitalización en la Escuela de Filosofía.
De hecho, en el primer Congreso Dominicano de Filosofía yo recuerdo que me quedé en la parte de atrás, en la parte que no llevó exposición pública. Creo que para mi formación eso me hizo un poco de daño, porque dedicarme a la parte técnica resta tiempo a la lectura. Edison, por ejemplo, siempre estuvo en la parte de adelante, y yo en la parte de atrás.
Yo soy de las personas que, cuando veo un problema y nadie lo resuelve, si yo tengo una idea de cómo hacerlo, lo tomo. En ese caso, tenían la prisa por publicar una revista. Morla tenía la urgencia de publicar un número que, después de que Micaía se fue, quedó en el aire. Nadie sabía cómo resolverlo, y al final me lo encargaron a mí. Era un número sobre Hegel. Yo me lo tiré encima, y sin saber mucho lo sacamos. Incluso logramos que saliera en El Nacional. Recuerdo que amanecí allí con un técnico, diseñando y corrigiendo hasta sacarlo.
En el mismo primer congreso de filosofía había que editar una obra del profesor Andrés Avelino que se había prometido imprimir en la editora de Valdez. También había veinte mil problemas para lograrlo. Y otra vez me tiré esa responsabilidad encima. Eso fue lo que me llevó a adquirir cierto conocimiento y, si se quiere, un liderazgo en esa área. En la Escuela de Filosofía comenzaron a verme como alguien que sabía cómo resolver ese tipo de cosas.
Dr. José Flete:
Perdonando que interrumpa, pero vale la pena resaltarlo. Algo que yo siempre he observado es que Eulogio, en el sentido de la tecnología, fue proactivo y conectó el quehacer filosófico de la Escuela con la informática. Si algo se preserva de la memoria de la Escuela de Filosofía, es gracias a ese trabajo.
Me atrevo a decir que fue el precursor en ese campo. Cuando todavía estábamos en pañales con la digitalización, ya él estaba dando pasos decisivos. Un ejemplo de eso fue el foro Eulogio, que aún se recuerda. Ese foro marcó un antes y un después: en una universidad donde todo se comunicaba con papeles y memorándums impresos, el foro empezó a reemplazar esas prácticas. Ahí se avisaba de todo: hasta lo de “ya pagaron, ya pagaron” se volvió famoso.
Y fíjate en lo curioso: el foro llegó a adquirir esencia propia, casi como en aquella película de Johnny Depp, donde el personaje se queda diseminado en la red. Pues así mismo, el foro de Eulogio adquirió vida propia y trascendió.
Todavía, al día de hoy, el foro sigue teniendo utilidad. Quiero resaltar ese dato porque, con la cercanía que tengo de la Escuela, veo claramente la impronta que dejó el profesor Silverio al conectar el quehacer filosófico con la tecnología.
Dr. Dustin Muñoz:
Y no solo en eso. Hay otras experiencias que él mismo ha mencionado y que no creo que muchos hicieran; quizás fue el único. Recuerdo, por ejemplo, que en una ocasión me dijo: “Mira, viene un problema con la energía eléctrica”. Fue como un visionario, con esa capacidad de anticiparse y de entender el problema en su momento.
En ese tiempo también lo vi reparando computadoras. Tenía muchísimas computadoras en su casa de amigos y compañeros. No cobraba, sino que asumía el problema como suyo: resolvía, cambiaba memorias, arreglaba piezas. Y un día me dijo: “Aquí lo que viene es un problema serio de energía eléctrica; hay que pensar en inversores. Yo quiero hacer un curso para aprender a fabricarlos, pero necesito el dinero para armar el primero como prueba”.
Yo se lo entregué, y con ese dinero hizo el inversor para mí. Al final, yo no lo usé porque mi madre lo necesitaba más, y se lo mandé a ella. Hasta el día de hoy mi mamá lo conserva, y todavía funciona. Te digo la verdad: el mejor inversor que he tenido es ese, hecho por Eulogio. Fue el único que fabricó, porque justo después entró el gobierno de Leonel y mejoró la situación eléctrica, pero ese inversor sigue siendo de altísima calidad.
Me cuenta mi madre que, cuando en el barrio pusieron 24 horas de electricidad, alguien fue y le dijo: “Doña, véndame ese inversor, que ya no lo va a necesitar”. Ella respondió: “No, eso no me pesa, yo lo dejo aquí por si acaso”. Y con el regreso de los apagones, se dio cuenta de que había tenido razón.
Mtro. Eulogio Silverio:
Sí, ella todavía lo tiene. Naturalmente, en ese proceso fui asesorado por los maestros. Ahí estuvo Jorge Quesada, un ingeniero que tenía un instituto junto con otro colega. Él incluso me ofreció una especie de beca para la maestría, ¿recuerdas? Ya estábamos en ese nivel, pero a mí me interesaban mucho esos temas de la electrónica, ese mundo de la técnica siempre me atrajo.
Dr. Alejandro Arvelo:
Pero me interesa también, profesor, conectar esa anécdota del inversor con otro aspecto de su personalidad o de su perfil profesional: el del emprendedor. Por lo general, a los filósofos se les cuelga el san Benito de que son inútiles, de que viven mirando para el cielo, preocupados por problemas generales, pero con poco sentido práctico. Entonces, me gustaría preguntarle, ¿qué pasa en usted para que se den esas iniciativas? ¿Y cuáles entiende que han sido, digamos, sus iniciativas estrella como emprendedor?
Eulogio Silverio:
Ahora, bueno, es difícil uno mirarse como emprendedor, realmente. Después uno se da cuenta, por lo que dice la gente, que sí, que uno lo es. Pero mirarse uno mismo como emprendedor es complicado.
Lo que sí recuerdo es que, cuando llegué a la universidad, ya estaba la crisis de la decadencia del marxismo y la entrada de la tecnología. Yo entendí que las ideas que había tenido desde siempre estaban en crisis, que no estaban necesariamente conectadas con lo que se estaba dando en el mundo en ese momento, con la evolución tecnológica.
Entonces hubo un cambio de mentalidad. Yo decía que las generaciones anteriores se habían ocupado de la crítica y de la queja, pero nunca dieron pasos para solucionar nada. Por eso lo del inversor: yo decía, “viene una crisis eléctrica, hay que buscarle solución a esa vaina”. Y saber fabricarlo no era un asunto solo para resolver mi problema, sino para resolver el de mi mamá y el de los amigos que lo necesitaran.
Esa idea la comentaba mucho con los muchachos: que había que dejar de quejarse y dar pasos concretos para buscar soluciones a nuestros problemas. Esa mentalidad me llevó entonces a lo que hoy llaman emprender.
De ahí surge el grupo Generación Nova, que en cierto modo es una herencia de un nombre anterior: Generación Última. Ese fue un grupo que formamos en Bellas Artes, ya después de salir de la parte formal de la academia, cuando hacíamos lo que llamábamos “separación de campo”. Generación Última era un grupo de egresados de la Escuela de Bellas Artes que pintábamos juntos. Era a finales de los noventa, entrando el 2000. Se nos ocurrió llamarnos así porque éramos la última generación del siglo pasado.
Luego, cuando entramos a la universidad y quisimos formar un movimiento, lo bautizamos como Generatio Nova, por el inicio del nuevo milenio. Y esa Generatio Nova surgió en su casa, profesor, ¿recuerda? La primera reunión la hicimos allá, en la casa suya, cerca de la embajada de los vecinos. Esa casa estaba abarrotada de libros, nunca había visto tantos libros juntos. Usted amablemente nos prestó el espacio y estuvimos allí un domingo, varios compañeros reunidos, y formamos Generatio Nova. En ese momento no era universitaria todavía, sino simplemente Generatio Nova UASD, con la idea de preparar la mentalidad de los nuevos académicos.
El público nuestro en Generatio Nova eran los estudiantes, monitores y ayudantes. ¿Por qué escogimos ese público? Porque no queríamos hacer un movimiento que estuviera maleado con lo que entendíamos eran las mañas de la universidad: esos grupos que se forman solo para buscar un puesto o un beneficio.
Nosotros siempre nos negamos a eso. Nos vinculamos con la gente nueva, trabajamos con los estudiantes que iban llegando, orientándolos, apoyándolos.
Otra cosa que podríamos señalar como parte del espíritu emprendedor es que Generatio Nova Universitas luego tuvo que transformarse. La rectora —que en ese tiempo era vicerrectora administrativa— nos hizo saber que ningún grupo podía llevar la extensión “UASD”, que estaba prohibido en los estatutos. Mientras no apareciera en documentos oficiales no había problema, pero desde que aparecía, sí.
Nosotros incluso usábamos como símbolo el alma mater, esa figura de la madre nutricia, que se veía bellísima. Pero nos dijeron: “No, está prohibido, eso les traerá problemas”. Entonces cambiamos el nombre a Generatio Nova Universitas Abierto y modificamos el logo. Ese logo lo diseñó Toribio: una especie de flor de loto de varios colores, que simbolizaba la integración de todas las ideas sin que una ideología dominara.
La idea era clara: en Generatio Nova cabemos todos. Ateos, marxistas, cristianos, apolíticos… caben todas las ideologías, pero lo que nos une es lo académico. Decíamos: “No nos vamos a dividir por cuestiones políticas o ideológicas externas; vamos a trabajar en lo que tiene que ver con la UASD, que es lo que nos unifica”.
Y así lo hicimos, respetando a todo el mundo. Por ejemplo, cuando llegaba un gobierno, había compañeros del PLD, otros de diferentes partidos. Recuerdo una vez que fuimos a visitar a Leonel Fernández. Dustin y yo siempre tuvimos simpatía con él, pero había otros radicalmente en contra. Yo tenía miedo de que se armara un lío frente a Leonel. Entonces llegamos a un acuerdo: no sacar fotos.
Sin embargo, cuando llegamos allá y hablamos con Leonel, ¡los que más hablaron y más reclamaron fueron precisamente los perredeístas del grupo! Después hasta se quejaban: “¿Por qué no trajeron una cámara para yo sacarme una foto con él?”. ¿Quién entiende?
Lo importante es que nos manejamos siempre como grupo, de manera orgánica, aunque hubiera diferencias políticas.
Ese fue un primer ejemplo de emprendedurismo. Y de ahí surgió otro proyecto aún más importante: la Cooperativa Generatio Nova. Una iniciativa que nace de nosotros, ya no como estudiantes, sino como egresados de la universidad, recién graduados, que veíamos la necesidad de organizarnos de otra manera.
Yo recuerdo los trabajos que me dio poder hacer una maestría. No tenía dinero, y era una exigencia. Todo egresado nuevo salía con licenciatura, pero la universidad ya exigía maestría. ¿Y quién te la financia? Nadie. Uno sale de la carrera sin vehículo, sin casa, y generalmente en la edad de casarse. Entonces pensé: “tenemos que hacer una cooperativa que atienda los problemas de la nueva generación”.
Por eso le pusimos Generatio Nova. El perfil inicial era claro: programas para resolver las dificultades de quienes estaban empezando su vida profesional. ¿No tienes para pagar tu maestría? Nosotros la financiamos. ¿No tienes para tu primer vehículo? Nosotros lo financiamos. Se trataba de atender esas primeras necesidades. Claro, después entró mucha gente que ya no tenía nada que ver con la nueva generación, pero en principio fue esa la idea.
Y funcionó porque confiábamos entre nosotros, porque siempre habíamos estado vinculados como amigos y colegas. Yo quiero creer que fue esa confianza lo que lo hizo posible, y de hecho tiene que ser así, porque de otra manera no se hubiera mantenido.
Además, en esos años yo estaba estudiando los problemas de la pobreza extrema y descubrí que la mayoría de soluciones se logran gracias a lo que un autor llama la capacidad de agencia: la habilidad de organizarse, gestionarse y buscar salidas. Y esa capacidad pasa por educación financiera. Las cooperativas han sido básicas para que las personas salgan de la pobreza.
Ahí se me ocurrió que podíamos aplicar ese modelo: que nosotros, que no teníamos nada, aprendiéramos a resolver nuestros problemas entre nosotros. Recuerdo que una Semana Santa yo iba para Constanza, ya con el viaje listo, y decidí: “No, me voy a quedar leyendo sobre cooperativismo”. Me puse a estudiar las leyes, toda la normativa, porque estaba convencido: vamos a fundar una cooperativa.
Ese mismo fin de semana llamé a Dustin y le dije: “Din, para diciembre me tienes 200,000 pesos, porque vamos a iniciar una cooperativa”. Dustin, que siempre ha sido un hombre con recursos, seguro pensó que se me iba a olvidar la idea. Pero no. También llamé a Pilier, a Dioni, a Roque, a Gleny, a Manuel Erasme, al profesor Albelo, y a otros compañeros. A todos les pedí lo mismo: 200,000 pesos para diciembre.
Comenzamos a entrenarnos, a hacer cursos de educación cooperativa con IDECOOP. Hicimos muchísimos talleres, seguimos los pasos. Y así llegamos a diciembre de 2011.
La asamblea constitutiva se celebró el 15 de enero de 2012, en el Salón de los Espejos de Bellas Artes, gestionado por Dustin. Así nació formalmente la Cooperativa Generatio Nova.
Comenzamos con un capital simbólico: 2,000 pesos que cada socio había ahorrado. En total juntamos 99,000 pesos. Pero ese dinero se gastó casi todo en educación, alquiler de local, compra de computadoras, en fin… así que empezamos con la cooperativa constituida, pero con cero pesos y con una deuda de 99,000.
Para comenzar, el modelo que yo había planificado para que la cooperativa funcionara era con los 200,000 pesos de diez compañeros, lo que daba un total de 2 millones de pesos. Yo calculaba que esos 2 millones, trabajando en el mercado a una tasa de 1.5% —que era la tasa de mercado en ese momento, incluso por debajo de lo que cobraban la cooperativa de la UASD y otras—, iban a generar lo suficiente para cubrir los gastos básicos: pagar el local, pagar una secretaria y lo demás. Siempre hemos querido estar por debajo de la tasa del mercado, por la visión social que tenemos.
Así mismo lo organizamos. Pero, profesor, llega el domingo 15 de enero, día de la asamblea constitutiva, y yo les digo a los convocados: “Mañana está la cuenta abierta; por favor, depositen los 200,000 pesos”.
Oiga, cuando reviso la cuenta ese lunes al final del día: cero pesos, profesor. Ni un centavo. El martes en la tarde la reviso de nuevo: otra vez, ni un solo peso.
Ahí pensé: “Pues yo fracasé en esto”. Pero inmediatamente reaccioné: “No, yo no fracaso en lo que me propongo. He invertido demasiado tiempo en esto. Yo no me rindo”.
Entonces dije para mis adentros: “Voy a llamar a Dustin. Él tendrá que depositar esos 200,000 pesos, ya sea porque cree en el proyecto de la cooperativa o porque cree en mí como amigo”.
Lo llamé:
—“Dustin, ¿por qué no has depositado los 200,000 pesos?”
—“No, que no he tenido tiempo, tú sabes que estoy ocupado con tal cosa…”
Y yo le respondí:
—“¿Cómo que ocupado? No, no, no, deja lo que estás haciendo ahora mismo, ve y deposítame esos 200,000 pesos y mándame la foto del recibo”.
Así comenzó de verdad la cooperativa.
Dr. Dustin Muñoz:
Yo no me acordaba que había que depositar los 200,000 pesos. Eso usted lo dijo en Semana Santa, profesor, ocho meses antes. Oye, en diciembre ya yo no me acordaba de eso. Sí recuerdo lo de diciembre, pero lo tenía como algo hablado, no como un compromiso tan formal. Eso es lo primero. Y lo otro: ¿qué estaba haciendo yo en ese momento? No me acuerdo. Algo estaba haciendo, seguro, porque siempre uno está en algo.
Mtro. Eulogio Silverio:
Lo cierto es que Dustin dejó de hacer lo que estaba haciendo y, al poco rato, me mandó la foto del depósito de los 200,000 pesos. Entonces, así mismo agarré esa foto y le mandé a Roque: “Mire, ya Dustin depositó, necesito lo suyo”.
—“Está bien, de aquí a mañana” —me respondió.
Hice lo mismo con Glenny, con Diony… y, profesor, ya el miércoles estábamos Pilier y yo en Constanza colocando esos 2 millones de pesos en préstamos.
Ahí arrancó el proyecto Generatio Nova, que desde entonces no se ha detenido. Ha generado confianza entre nosotros, los mismos amigos, nunca hemos tenido conflictos, siempre nos hemos llevado armónicamente.
Y quizás sea indiscreto decirlo —pero en edición se puede cortar, si no lo consideran adecuado—: hoy la cooperativa, que comenzó con 99,000 pesos, tiene 450 millones de pesos.
Eso, creo yo, si es emprender, es un verdadero ejemplo. Porque además de crecer, ha resuelto muchos problemas de la gente de nuestra generación. De hecho, hay personas que han hecho sus maestrías y doctorados con financiamiento de la cooperativa. No damos becas —no tenemos recursos para eso—, pero sí prestamos para estudios. Cuando los compañeros comienzan a trabajar, lo devuelven. Y así, poco a poco, se han resuelto muchos problemas.
Dr. Alejandro Arvelo:
Bueno, pero planteado este escenario, profesor, la parte tecnológica, la parte de la fundación de revistas, la realización de eventos, la gestoría, la capacidad para aunar voluntades y para trabajar en equipo en un plano de apertura y tolerancia. Nosotros, cualquiera de nosotros, podría hacer un retrato dinámico de su gestión.
Pero usted hoy es el entrevistado. ¿Cómo han confluido todas esas capacidades y esas experiencias para hacer la gestión que usted encabeza en la Escuela de Filosofía? Y que muchos de los que han sido directores —puedo decir nombres: Minaya, Morla, Lusitania— reconocen que, sin duda, es la mejor gestión de la que se tiene noticia en la escuela.
¿Cómo ve usted que esto ha ayudado o no? ¿Y cuáles cree usted que son los logros más palmarios de su gestión? Porque vemos que hay vasos comunicantes. Por ejemplo, se hace El Banquete, pero entre quienes auspician El Banquete está la cooperativa Generatio Nova. Se publica la revista La Barca de Teseo, que es otro logro de su gestión, pero en La Barca de Teseo también participa Generatio Nova, ya sea como colaboración, como inversión en educación, o prácticamente como una donación.
Mtro. Eulogio Silverio:
Bueno, que cómo ha influido eso o cómo se entrelazan. Definitivamente, las experiencias anteriores vienen a dar con lo que hemos hecho en la Escuela. No creo que sea todo lo que uno quería hacer; yo quería hacer más. Pero tiene que ver con esa visión que mencioné antes de dejar de quejarnos. Si el que estuvo anteriormente no hizo tal cosa, yo no tengo por qué lamentarme de lo que no se hizo. No. Ellos hicieron lo que tenían que hacer y lo que pudieron hacer. Si hay algo que no se hizo y yo lo puedo resolver, lo resuelvo.
Y creo que ahí es que hemos comenzado a hacer lo que se ha hecho en la Escuela. Por ejemplo, todo lo que se había publicado en la Escuela, que lo encontré en formato análogo, inmediatamente pensé en cómo digitalizar esos textos. Me puse en eso, y naturalmente no lo hago todo solo: yo tengo la idea de cómo se hace, pero me he contado con colaboradores; todos ustedes han colaborado en las tareas que se les han encomendado.
Así fue como comenzamos a digitalizar todos esos textos: escanearlos, corregirlos y montar una página que recogiera todo ese trabajo. Recuerdo que ahí me ayudó mucho el conocer cómo se hace una página web, cómo se configura. Porque, por más ideas que yo le diera a un hermano mío, como él no conocía la lógica de la UASD, al final tuve que fajarme yo mismo a diseñarla “por detrás”: decidir qué iba dentro de qué, cómo debían aparecer las publicaciones, cómo debía vincularse El Banquete. Yo diseñé la maqueta —no el código de programación web, pero sí la estructura—, y eso me obligó a fajarme con tutoriales durante un par de meses, aprender lo necesario y hacerlo.
El primer semestre lo dedicamos a escanear y montar: los cinco números de la revista Academia, los dieciocho números del boletín Episteme, los cuatro números de Logos, lo que apareció de Arché, y todas esas publicaciones quedaron digitalizadas. También incorporamos los cuatro números de la Revista Dominicana de Filosofía, los libros de Avelino que estaban en PDF, y los de Troncoso Sánchez y Juan Francisco Sánchez. Todos esos textos están ahí integrados.
Eso, al final, tiene que ver con saber un poco de tecnología, con comprenderla, pero también con tener el ánimo de hacerlo. Y, sobre todo, con la idea de no quejarnos, profesor. Porque si yo me llevo de esperar a meter todo eso en los consejos, a que lo aprueben y lo financien, no se hace nada.
Entonces, lo que yo decidí fue que, vista la imposibilidad de que a través de los mecanismos institucionales se hiciera ese trabajo —porque nadie más lo estaba haciendo y yo lo quería hacer para mi escuela—, había que asumirlo de otra manera. Yo sabía que no iba a tener el financiamiento de la Escuela ni de nadie, porque nadie apoya una iniciativa tan individual que uno quiere realizar. Eso no está en ningún reglamento de la UASD.
De modo que lo que hice fue armarme de valor y hacerlo con mis propias manos. Por ejemplo, esa cámara que está ahí costó más de 200 mil pesos, pero era un trabajo que había que hacer. Yo no podía ponerme a quejarme de que no había cámara y dejar de hacer lo que quería por no tenerla, o ponerme a pedirle al Consejo de la Facultad para ver si lo aprobaban. No. Invertí yo. Y mi razonamiento fue: cuando me vaya de la Escuela, la cámara es mía, pero el trabajo quedará hecho. No sé si me entienden la idea.
Lo mismo con La Barca de Teseo. No había dinero, o el proceso de aprobación institucional hubiera tomado demasiado tiempo. Solo mantener el sitio web cuesta cientos de miles de pesos al año. Y configurar una revista indexada cuesta todavía más. Entonces, recurrí a Generatio Nova. Teníamos a Edwin Santana, que precisamente domina todo ese proceso de P a Pa y que trabaja en una institución haciendo eso. Yo le pedí: “Edwin, necesito que me armes este proyecto, una revista para ser indexada”. Y ahí trabajaron también el profesor Albelo, Daisy —que igualmente es de Generatio Nova—, y logramos que desde el primer número la revista ya estuviera indexada en más de diez bases.
Pero ese logro viene de no esperar, de no quedarse cruzado de brazos. Ahí está la revista funcionando.
Antes de llegar aquí ya teníamos Literanova, que no estaba indexada, pero servía para publicar ensayos y otros escritos, lo que cada quien producía. O sea, que tanto el profesor Flete como yo sabemos que esas experiencias previas nos han permitido hacer lo que ahora estamos haciendo.
Y todo se conecta con una idea que considero central: no quejarse. Yo no creo en eso de “no hay recursos”. Si no hay recursos, se gestionan. Eso es gestión. Y precisamente las cooperativas nos han ayudado a gestionar algunas cosas, porque siempre tienen un capítulo dedicado a educación.
De hecho, para el Congreso de ahora yo he comprometido a amigos que dirigen cooperativas que conozco, para que financien parte de la estadía de los invitados. Y no se me han negado. Eso es gestión. En El Banquete también lo hemos hecho: hay un capítulo de la cooperativa que está dedicado a la educación.
Entonces, casi todos los que formamos El Banquete, ¿verdad que sí? Somos miembros de la cooperativa. Casi todos los profesores que van a participar son miembros también. Entonces, eso cabe ahí. No es mucho lo que se da, pero cabe la ayuda, porque la gente no va por el brindis que se hace, va por el banquete de ideas que se produce ahí. Básicamente esas son las cosas.
Dr. Alejandro Arvelo:
Y su experiencia con Archivo de la Voz, profesor, que ha sido otro de los programas de su gestión.
Mtro. Eulogio Silverio:
Bueno, el asunto es que lo mismo habíamos prometido hacer eso cuando comenzamos. Yo no sé si usted recuerda, lo hicimos con Moreta. Los primeros salieron con una calidad que, vamos a decir, era aceptable para el de fuera, pero para mí era muy pobre, muy deficiente.
Si es algo que queremos guardar para la posteridad, tiene que tener mayor calidad. Entonces ahí dijimos: hay que comprar una cámara. Yo lo estaba grabando con el teléfono y todo el mundo decía, “Sí, que los teléfonos graban bien.” No. Si se va a hacer esto en serio, hay que comprar una cámara para que eso salga bien. Hicimos esa inversión.
El decano me dijo: “¿Y por qué no lo sometes por aquí?” Yo respondí: “No, profesor. Sé que eso se va a tardar dos años en que lo aprueben, y yo lo necesito ahora.” Entonces me pidió un presupuesto. Le dije: “No, porque si lo someto por la Facultad, esa cámara quedaría a disposición de todo el mundo, y no para el trabajo exclusivo de la Escuela.”
Esas son de las decisiones que uno toma. Naturalmente, si uno llegara a ser decano, entonces sí se podría gestionar equipos para toda la Facultad, o incluso extender este trabajo a todas las Escuelas. Pero como me dijo Dustin un día: “El trabajo que tú estás haciendo en la Escuela solamente podrías hacerlo tú.”
Al principio no entendí. Después quise entender lo que él me quería decir: que solamente podía hacerlo yo porque soy quien conoce estos mundos de la tecnología y, al mismo tiempo, entiendo cómo funciona lo que se hace aquí dentro, en la academia.
Dr. Alejandro Arvelo:
Y desde el punto de vista de la aceptación o de la popularidad de esos programas, profesor, ¿cuáles son los que usted entiende que han tenido más incidencia al interior de la universidad y de la facultad y hacia afuera?
Mtro. Eulogio Silverio:
Ya. Okay, pero voy a decir la verdad. La verdad es que —me disculpan los que puedan ver esto— el trabajo que estamos haciendo en la Escuela de Filosofía lo estamos haciendo porque creemos que es un trabajo que hay que hacer. Y si no cuenta con la popularidad de algunos, pues bien. Porque la filosofía no tiene que ser para todo el mundo: es para el que la quiere, para el que quiere acercarse y comprenderla.
En ese sentido, cuando planificamos El Banquete, lo planificamos para que asistieran entre cuatro, cinco, no más de ocho personas. Esa era la idea inicial: que ocho profesores fueran a escuchar a uno que hablara de un tema. Luego se desbordó, y hoy llegan hasta 70 u 80 personas. Pero no era nuestra idea que fuera para tanto.
Si ha tenido éxito, mejor. Lo mismo pasó con las 24 horas de filosofía: la concebimos para que los estudiantes pudieran escuchar a sus profesores en un espacio abierto de debate. Nunca un solo profesor hablando de lo que él cree, sino que hubiera otro con la idea contraria, para que esas ideas chocaran y de ese choque pudiera surgir conocimiento.
Generalmente lo hacíamos con los profesores amigos, porque casi nadie tiene tiempo para eso. Pero luego nos hemos encontrado con que muchos profesores, tanto de la Escuela como de fuera, ya son ellos los que solicitan ser incorporados al programa: “Mira, invítame a eso.”
Entonces, creo que ha sido exitoso el programa de las 24 horas de filosofía, ha sido exitoso El Banquete y también las Olimpiadas. La Olimpiada de Filosofía es una idea que traíamos desde antes de llegar aquí: que a los estudiantes hay que incentivarlos a leer, a competir. Porque la filosofía que debemos hacer aquí tiene que ser una filosofía que choque, un choque de ideas.
La filosofía no puede ser algo muerto, en el que alguien dice cosas, se le aplaude y nos vamos. No. La filosofía en la universidad debe ser un ejercicio en el que está la idea que usted plantea, pero también la idea contraria, para que el estudiante no quede atrapado en una sola corriente ideológica, sino que sea él mismo quien elija. Pero para elegir, debe escuchar las dos, las tres, las cinco campanas, todas las campanas posibles.
Otra de las cosas que hemos hecho y que creo que ha sido exitosa es el Curso de Filosofía de Verano. Tenemos ya dos ediciones. La primera fue más pequeña: se inscribieron unas 30 personas, porque queríamos darle valor en créditos. Pero eso limita el alcance. Y nuestra idea no era restringir, sino ampliar. Ese primer curso lo hicimos sobre ética general.
El segundo curso de verano lo hicimos sobre filosofía de la religión. Filosofía y religión. Fue exitosísimo: se inscribieron más de doscientas personas y lo terminaron alrededor de ciento nueve. Una semana completa. Ahora ya estamos terminando el programa de la tercera edición, que habíamos prometido, y será sobre los feminismos, los diferentes feminismos, sobre la cuestión de género, sobre lo que haya que saber de los transgénero, del transhumanismo, de los transexuales, de todas esas cosas que se discuten hoy.
Tendrá la característica de que no será una cuestión ideológica, de que alguien venga a hacer ideología con esto. Claro, estarán representadas todas las posiciones. Un expositor podrá defender una ideología, pero después vendrá la posición contraria, para que los participantes se lleven la idea que entiendan más racional. Porque la filosofía no busca formar una mentalidad única, sino una mentalidad crítica. Siempre hemos apostado a eso.
Así que los profesores que quieran participar como expositores pueden proponérselo al comité, y los estudiantes recibirán el enlace para inscribirse. Todo es gratuito. Lo haremos en modalidad virtual, y el diploma se entregará de manera digital para que lo impriman, sin costo alguno. Yo creo que ha sido sumamente exitoso.
En cuanto a otras iniciativas, ya había hablado de las 24 horas de filosofía. Ese proyecto ha sido también exitoso. Se ha mantenido desde antes de que nosotros llegáramos y lo hemos realizado en Santo Domingo, en Santiago y en San Francisco de Macorís.
Dr. Dustin Muñoz:
No hemos estado entrevistando, pero quiero añadir algo. Aunque reconozco que Eulogio tiene esa vocación hacia la docencia desde siempre —porque desde muy joven en la escuela ya se veía esa empatía suya con otros, de menor o mayor edad— siempre lo vi como un profesor natural. Ese primer encuentro lo percibí así: otros le escuchaban, y él tenía esa vocación, esa facilidad.
Lo que quisiera preguntarle ahora es: ¿cuándo Eulogio se acerca a la docencia ya de manera formal, institucional, no espontánea? ¿Cuándo inicia su carrera docente? Y conectando con eso: ¿cuándo se interesa también por el liderazgo, por formar y dirigir grupos, por estar al frente de proyectos? Porque ahora lo vemos dirigiendo la Escuela de Filosofía y con aspiraciones al decanato de la Facultad de Humanidades.
Mtro. Eulogio Silverio:
Yo nunca he tenido la intención de dirigir grupos. Lo que ha ocurrido es que, por las circunstancias, he terminado dirigiéndolos. Sí, siempre he estado dispuesto a organizarnos, a trabajar en colectivo, pero no por ambición personal de mando.
Porque recuerde que con lo de la cooperativa, pregúntele a él quién era el que yo tenía visto para que fuera el presidente. Era Dustin, pero él se negó, ¿no? Y me convenció a mí. Me decía: “Tú eres el que más involucrado está en el estudio, y la gente va a confiar en ti”. Yo, en cambio, pensaba que confiarían más en Dustin, porque yo confiaba mucho en él. Pero él insistió tanto que me convenció. Recuerdo que íbamos por el malecón y me dijo varias veces: “Tú puedes, tú puedes”. Y al final me lo creí, y ahí estuve.
Mi primer contacto con la docencia fue sin darme cuenta, en el Liceo Capotillo, cuando estaba terminando el bachillerato. En segundo de bachillerato se me había quedado la física; yo no entendía eso de despejar ecuaciones. Le pedí a un amigo, Alex, que estudiaba ingeniería y trabajaba en una zapatería, que me enseñara para poder pasar el examen. Y él me respondió: “No, yo te voy a enseñar para que aprendas de verdad y pases todo lo que tenga que ver con números”.
Me enseñó a despejar y me dijo que practicara mucho. Yo practiqué tanto que en el examen saqué 95 de un fuetazo. Eso me dio fama. Imagínense, todos decían: “Eulogio sacó 95”. Los demás se fueron a la tercera convocatoria, y mientras tanto me llenaban la casa buscándome para que les explicara física. Así empecé a explicarles cómo se resolvían los problemas. Sin darme cuenta, ya estaba ejerciendo un liderazgo docente en el liceo.
Cuando terminé el bachillerato, me quedé con esa costumbre de pasar por el liceo a preguntar: “¿No faltó un profesor hoy?” Y si faltaba el de física, trigonometría o geometría, me iba como un león a dar la clase. Aunque yo había hecho cuarto de filosofía, dominaba muy bien esas materias, y me sentía a gusto enseñándolas. Pero todavía no pensaba en ser docente.
Cuando entramos a la universidad, tampoco vine a estudiar filosofía con la idea de ser profesor. La intención era enriquecer mi formación para la pintura. Luego me pusieron como monitor, creo que fue con el profesor Novas. Al principio no me veía como alguien que pudiera llegar tan lejos. Pero un día, detrás de la Facultad de Humanidades, el profesor se despedía de mí mientras se montaba en su carro y me dijo: “Nos veremos, profesor”. Eso me chocó mucho. Le respondí casi ofendido: “¿Cómo usted me dice profesor?” Y él me contestó: “Claro, usted es profesor. Nosotros tenemos la esperanza puesta en ustedes”.
Me mencionó a Edickson, a Leonardo, y a mí. Flete todavía no había entrado a estudiar filosofía. Ese día caí en cuenta de que sí, de que me gustaba la docencia y de que podía ser profesor universitario. Y por ahí comenzó mi vinculación formal con la docencia.
Y con relación a ser director de la Escuela, realmente en Generatio Nova nunca tuvimos vocación de poder. Creíamos que los cambios podían hacerse desde fuera, aportando ideas y organizando actividades. Pero llegó un momento en que nos dimos cuenta de que eso no bastaba. Algunos compañeros que asumieron funciones no lo hicieron mal, pero repitieron lo mismo de siempre, salvo el caso de Flete en San Pedro, que hizo una transformación enorme. Sin embargo, la mezquindad llevó a que lo que él había logrado fuera destruido por quienes vinieron después.
A partir de esa experiencia, dijimos: “Si queremos transformar de verdad, todos los de Generatio Nova tenemos que llegar a los puestos de dirección de la universidad”. No podíamos seguir siendo un ente aislado. Así fue como entendí que había que aspirar.
Yo ni siquiera me había visualizado como coordinador de cátedra, mucho menos como funcionario de la UASD. Sin embargo, estuve cuatro años en OSEPLANDI, que me sirvieron de entrenamiento para habilitarme. Luego decidí aspirar a dirigir la Escuela de Filosofía.
Afortunadamente gané, aunque muy reñidamente. La victoria fue por un pelito, porque en la UASD el peso de las relaciones personales es enorme. Yo había trabajado mucho en filosofía, sí, pero desde fuera. Y a muchos de los profesores que entraron del 2012 en adelante casi no los conocía. Era natural que no tuvieran razones para confiar en mí de la misma manera que sí podían confiar en Hidalgo, mi contendor, con quien habían compartido más el día a día.
Aun así, agradezco profundamente tanto a quienes votaron por mí como a quienes no lo hicieron, porque en todos he encontrado disposición para trabajar. Nadie se ha quedado al margen. Todo el que ha recibido una tarea ha cumplido con ella, y eso ha hecho que la gestión tenga, como dicen, cierto brillo.
Cuando Dustin me preguntó qué faltaba por hacer, le mencioné la Lectio Brevis, que es una novedad de nuestra gestión: una lección de inicio de semestre, siempre en torno a la cuestión de lo nacional. La inauguramos con el profesor Arvelo, y ha sido una práctica muy enriquecedora.
Además, organizamos el precongreso del VI Congreso Dominicano de Filosofía, cuyo lema es Pensar en español: apuesta por la identidad dominicana. Ese congreso se celebrará ahora en noviembre y, según los números que tenemos, será sumamente exitoso.
Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, sabemos que el trabajo que usted ha hecho en la Escuela de Filosofía naturalmente atrajo a un conjunto de personas que piensan que usted podría servir a la universidad desde otra posición. Ahora bien, no le parece un dilema a resolver en su caso: ¿la labor administrativa docente que ha desempeñado —y que podría desempeñar a mayor escala— es continuación de su labor como académico, o la vería como una ruptura frente a su producción intelectual e investigativa?
Mtro. Eulogio Silverio:
Mire, lo que yo hago o me propongo hacer muchas veces no es porque sea lo que quiero para mi vida personal. A mí, en lo íntimo, me gustaría quizás estar tranquilo ya a esta edad en mi casa. Pero siento que hay una necesidad, profesor, una necesidad de hacer lo que uno tiene que hacer y puede hacer por la universidad.
Yo sé que la universidad necesita, en este momento, personas dispuestas a trabajar, a emprender proyectos, a asumir compromisos. Y eso es hacer algo por la universidad, pero en realidad es hacerlo por el país. Retirarme sería posible, estar más cómodo, porque no se puede decir que ahora mismo la vida nos esté llevando al límite. Sin embargo, creo en la labor que hacemos en Generatio Nova y en la empatía que hemos encontrado en la gente. La comunidad reconoce el trabajo, incluso aquellos que han sido contrarios en candidaturas lo reconocen.
Yo creo que tenemos el potencial de hacer mucho más desde otros espacios de mayor importancia y trascendencia dentro de la universidad. Lo que hemos logrado en la Escuela de Filosofía, con nuestras propias manos y con nuestros propios recursos, perfectamente podemos multiplicarlo a nivel de la Facultad. No es una promesa vacía: estoy convencido de que podemos hacer una gestión en la Facultad de Humanidades que sea ejemplo para toda la universidad.
Eso significa generar un cambio de mentalidad. Y no porque uno crea ser el mejor, sino porque tenemos la disposición de trabajar, porque tenemos claridad de ideas y porque sabemos gestionar. Hemos aprendido a gestionar para resolver tanto nuestros problemas como los de los demás.
La universidad tiene un potencial esencial para el país. En mi propio caso, si no hubiera tenido la oportunidad que me dio la UASD, no estaría aquí. Estaría en mi campo, quizá siendo uno más. Por eso creo que todo lo que hagamos para fortalecer la universidad es, en definitiva, un servicio al país.
Lo que otros hacen no es que sea malo, pero hay que reconocer que de alguna manera me ha ido un poco mejor, y esa oportunidad me la brindó la universidad. Por eso creo que, si puedo aportar para que la universidad siga siendo ese faro de luz, ese fanal de luz que permite que jóvenes vengan aquí a buscar un conocimiento que les sea útil para la vida y que les permita cambiar de estatus cultural y económico, rehuir ese compromiso sería un acto de cobardía.
Quizás no sea yo realmente el indicado y esté soñando al pensar que lo que puedo hacer también lo puede hacer otro. Pero mientras yo crea que puedo hacerlo, y mientras la gente me compre la idea de que puedo hacerlo, lo voy a intentar. Por eso voy a intentar ganar el decanato de la Facultad de Humanidades, con el apoyo de ustedes, de nuestros amigos y de todos los que han visto y valorado nuestro trabajo. Estoy convencido de que podemos lograrlo y de que podemos dar un ejemplo, un ejemplo válido para toda la universidad.
Sé que en algún momento alguien querrá sacar a relucir mis actividades privadas, sobre todo el tema del cooperativismo. A eso no le tengo miedo ni vergüenza, al contrario: para mí es un orgullo lo que hemos construido desde la cooperativa, en torno a la amistad y al esfuerzo común. Hemos levantado algo serio, donde soy celoso de que no haya nada inmoral ni ilegal. Y lo soy no porque me considere el más moral, sino porque me he rodeado de personas de una vida ordenada, cuya compañía obliga a mantener altos estándares.
A veces, en confianza, le digo a Gladys: desde que conozco a Dustin, ni siquiera un mal pensamiento podría atribuirle. Lo mismo de Erasme, de Arvelo, de Roque, de Flete. Estar al lado de personas así es un estímulo permanente para conducirse bien.
Y algo que siempre dije, incluso cuando murió mi madre, es que cada vez que estaba tentado a hacer algo cuestionable desde el punto de vista moral, pensaba en la cara de mi mamá y en la explicación que tendría que darle. Si la explicación no me convencía a mí mismo, me apartaba de ese camino. Ese recuerdo fue siempre un freno y una guía.
Dr. Alejandro Arvelo:
No nos queda más que agradecer esta intervención formidable del profesor Silverio. Podríamos continuar todavía algunos minutos más, pero pienso que, como decía Montaigne, no existe una fórmula segura para agradar, pero sí para desagradar, y esa es decirlo todo.
Esperamos que el profesor complete con su trabajo, en el tiempo por venir, lo mucho que aún tiene que aportar. Que sus años sean largos para que pueda seguir contribuyendo a la Escuela, a la Facultad de Humanidades y a la universidad.
Mtro. Eulogio Silverio:
Y como he dicho en otra de mis intervenciones, todo esto lo hacemos por la universidad y, por ende, por la República Dominicana. Pero yo lo pondría al revés: en primer lugar está la República Dominicana. Lo que nos motiva a hacer lo que hacemos aquí y fuera de aquí es, en realidad, el país.
Lo digo con toda sinceridad, aunque alguien me tache de ingenuo: creo que la República Dominicana, en este momento histórico, necesita más que nunca de sus hijos. Estamos en una coyuntura en la que debemos defender la nación, y para defenderla necesitamos comprender cuál es el problema dominicano: el problema de seguir siendo dominicanos. Y si vale la pena seguir siéndolo, debemos preguntarnos por qué llegamos a serlo y por qué razones podríamos dejar de serlo.
Este no es tiempo para ingenuos ni para discursos abstractos. Como suelo decir, no es el tiempo del humanismo malentendido, sino de hacer patria. Y cuando hablo de patria me refiero a la tierra, al territorio, a la defensa de este legado que nos dejaron los padres fundadores y que nosotros debemos dejar a nuestros hijos y a nuestros nietos.
Si no resolvemos ahora los problemas que enfrenta la República Dominicana, se los vamos a dejar a ellos, y eso sería un acto de irresponsabilidad. Claro que podríamos retirarnos a vivir tranquilamente lo que nos queda de vida, pero hacerlo sería una evasión, una falta de compromiso, porque sabemos que estaríamos dejando a nuestros descendientes un problema grave, gravísimo.
En este momento, para mí es más importante ser dominicano que ser director de la Escuela de Filosofía, que ser decano de la Facultad o que ser profesor o estudiante. Esto es un llamado que hago sinceramente a todos los dominicanos y a los amigos de los dominicanos para que entendamos la importancia de este momento. Y si alguien no comprende por qué lo digo, que estudie la historia dominicana y encontrará las razones de estas alertas.
Muchísimas gracias, profesor, gracias colegas por haber participado en este encuentro del Archivo de la Voz. Antes de concluir, quiero dejar constancia de nuestro agradecimiento a John Montero, que nos ha ayudado desde temprano y ha estado trabajando sin sentarse, como un verdadero guardia. También a Osvaldo, que siempre nos apoya en la parte técnica.
Espero que dentro de quince o veinte años ustedes estén haciendo esto mismo con sus compañeros y, quizás, con los profesores que vengan, porque los que tenemos en la Escuela de Filosofía son buenos, tanto los formados en nuestra propia casa como aquellos que han venido de otras escuelas y se han integrado magníficamente. Aspiro a que construyamos una escuela en la que todas las ideas puedan convivir y que, como dijo Albelo, aunque no pensemos igual —ni Flete ni yo hemos pensado nunca igual— podamos ser, como hemos sido, amigos entrañables.
Recuerdo, Flete, aquel artículo tuyo en el foro donde decías que eras amante de la filosofía, y yo te respondí, de un modo que algunos creyeron grosero, que el verdadero amor de tu vida era la religión y no la filosofía. Pero eso nunca afectó nuestra amistad. Al contrario, forma parte de nuestro deber: matarnos en la teoría, pero en la vida personal ser tan hermanos como lo somos quienes estamos aquí sentados.
Gracias.




