Dr. Alejandro Arvelo
Nos encontramos hoy, 9 de julio de 2025, en el despacho del maestro Eulogio Silverio para dar continuidad a uno de los programas estrella de su gestión: el Archivo de la Voz. El Archivo de la Voz tiene el propósito de documentar nuestras grandezas presentes en la Escuela, con la finalidad de que sean apreciadas cuando ya no estemos.
Como quiera, este programa se comparte en el presente y, por cierto, tiene mucha audiencia. He visto que algunos episodios tienen 3,000 y 4,000 vistas, que es mucho decir. Hoy es un día especial porque tenemos con nosotros a uno de los invitados que más había insistido el profesor Silverio en que lo invitáramos desde el principio del programa: el profesor Francisco Acosta.
El profesor Francisco Acosta tiene una dilatada carrera académica e intelectual en nuestra Escuela. Se ha desempeñado como coordinador de cátedra, ha sido director de la Escuela, ha sido director de Posgrado, es egresado de la Escuela Filosofía y de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde también ha cursado una maestría en Filosofía, en Epistemología y Metodología de la Investigación.
También el profesor tiene un doctorado por la Universidad Enrique José Varona en Ciencias de la Educación.
Bienvenido, profesor Francisco Acosta.
Dr. Francisco Acosta
—Saludos, doctor Arvelo.
Saludos, señor director Eulogio Silverio.
Para mí es un honor realmente estar en este espacio, un espacio que es para la historia. Para la historia, porque es una manera de documentar los hechos del presente de cara al futuro, que sea un futuro lejano, bueno para todos nosotros.
Dr. Alejandro Arvelo
Uno de los asuntos con que uno se topa en filosofía es el del qué ser, el tema de la identidad personal y la identidad colectiva.
—¿Quién es Francisco Acosta, a su vista?
Dr. Francisco Acosta
Bueno, Francisco Acosta nace en Neiva un 17 de septiembre, hace mucho tiempo, ¿verdad?, en 1958. Hijo de Francisco Acosta —Hijo o Recio como segundo apellido— y de Cruceris Pérez, maestra de muchos años; mi padre fue empleado público también desde los 18 años. Allí tuve la oportunidad de desarrollarme como ser humano desde mi nacimiento hasta el bachillerato.
Allí cursé la primaria en el Colegio San Bartolomé, dirigido por padres y monjas canadienses. Era una educación que funcionaba como un enclave en el suroeste, una zona altamente deprimida económicamente. Hasta el día de hoy sigue siendo la región más empobrecida del país. Neiva funcionó entonces como un pequeño enclave, sobre todo en el ámbito educativo, donde uno se formaba.
Allí conocí la tanda extendida. Nosotros estudiábamos en la mañana, luego había un receso para almorzar en casa —como vivíamos cerca, podíamos trasladarnos—, y después regresábamos en la tarde hasta las cinco. Esa fue mi formación hasta octavo curso.
Neiva, en ese momento, funcionaba como un espacio cultural muy sui generis, porque era una comunidad pequeña —todavía lo sigue siendo, aunque ha crecido bastante—, donde todos nos conocíamos. Nos reuníamos en el parque central, que era el lugar de encuentro. Al frente estaba el cine, y a quienes les gustaba iban, y luego se quedaban comentando la película. En el parque también circulaban los chismes del pueblo, se comentaban los periódicos y se discutían los libros leídos en la semana. A quienes les gustaba la música, encontraban allí también varios grupos. Uno iba circulando por el parque y se quedaba donde mejor se sintiera. Incluso en las horas de ocio había una actividad cultural muy fuerte.
Concomitantemente a la educación formal, eran casi obligatorias las actividades extracurriculares. Existía en ese tiempo la escuela de música.
Yo, lamentablemente, apenas me alfabeticé con el pozolí, pero no pude desarrollar esa vocación, aunque me hubiese gustado. En ese tiempo había bandas musicales y, quizá con ese espíritu juvenil, hice el intento de participar hasta que mi padre me dijo: “No, si quiere aprender música, tiene que ir a la escuela antes de tocar”. Para mí la música era más diversión que obligación, y eso me distanció un poco. Lo más que aprendí fueron algunos rasgos en la guitarra y algunas notas musicales del pozolí, no más.
Además de la escuela de música, para las damas había una escuela de oficios donde se aprendía a tejer y bordar. A quienes no les gustaba eso, podían acudir a las herrerías, que servían como escuelas artesanales. Estaban también los talleres de mecánica. De modo que no había tiempo de ocio: desde la mañana en la escuela, luego en la tarde, y en la noche el cine o el parque para comentar lo ocurrido durante el día. El tiempo libre se transformaba dentro de ese ámbito cultural.
Era también la época de los clubes juveniles. Muy temprano, a los siete años, ya estaba organizado en los Lobatos, que era el club infantil de los Boy Scouts. Luego, a los doce, pasé a los Boy Scouts propiamente, y finalmente me jubilé como Rover Scout, después de los dieciocho.
Concomitantemente estaban las actividades de la iglesia y los clubes juveniles. Yo fui, casi como fundador, uno de los iniciadores del club Neiva Adelante, del cual fui directivo. Ese club tenía una orientación muy fuerte hacia los problemas educativos, pues gran parte de las escuelas que se construyeron en los barrios de Neiva las levantó el club, recaudando fondos y haciendo aportes, integrando a la comunidad en esos espacios.
Dr. Alejandro Arvelo
¿Por qué trae esto a colación? Porque quisiéramos ver que ese ser que se llama Francisco Acosta es hijo de ese contexto social dentro del cual se desenvolvió desde muy temprano. En términos políticos, ¿cómo se dio su participación en la adolescencia?
Dr. Francisco Acosta
En ese momento tenía doce años, cuando comenzaron los conflictos en las escuelas. Desde primero de bachillerato me enrolé en lo que era el movimiento estudiantil, en el Frente Estudiantil Fabio Suero.
Había dos movimientos: uno, el Frente Estudiantil Fabio, y el otro era el Frente Estudiantil Nacionalista Socialista. Nosotros nos ubicamos en el FEFLAS, que era de la izquierda radical en ese momento. Este pertenecía a un partido político, el MPD, y eran los años difíciles de la semidictadura balaguerista, con todo lo que eso implicaba. Había que alternar entonces la actividad cultural con la actividad política.
Creo que en ese primer momento está la génesis de ese ser que usted acaba de designar con el nombre de Francisco Acosta. Como se puede ver, esa sensibilidad social y humana viene de lejos, desde los tiempos de mi mocedad.
Dr. Alejandro Arvelo
Si usted tuviera que pensar en algún influjo determinante, ¿pensaría en su hogar, en algún profesor de primaria o secundaria, en algún amigo o dirigente de club?
Dr. Francisco Acosta
Claro, obviamente ese ser es una hechura social que empieza desde la familia. Recordando muy atrás, tengo recuerdos de cuando tenía dos años, recién salidos de la dictadura de Trujillo. Como nací en 1958, supongo que tendría dos o tres años en ese momento. Una de las imágenes más claras era ver lo que significaba izar la bandera, colocarla en la puerta de la casa, y la disciplina que implicaba vivir bajo una dictadura. Esa disciplina se sentía en el hogar y en la calle, y de una u otra forma eso marca para siempre.
Más adelante, esa fue una influencia fundamental, sobre todo porque yo alternaba los espacios de tiempo libre con mi familia paterna. Al mediodía, cuando salía al receso, me quedaba más cerca de la casa de mis abuelos y solía compartir con ellos. Eso me marcó, porque allí aprendí a leer antes de ir a la escuela.
Al mediodía llegaba el periódico El Caribe. Aunque salía en la mañana, los medios de comunicación eran un poco lejanos, y mi abuelo siempre lo leía después del almuerzo. Yo me sentaba con él a leer también, y eso me obligó a interesarme por la lectura desde muy temprano.
El periódico que se leía en ese momento era El Caribe. Tanto así que luego, en la escuela, cuando alguien mencionaba algo, decía: “Eso lo vi en El Caribe”, y ya era una marca de referencia. Allí había un suplemento que a mí me fascinaba: Hablemos, donde se publicaban artículos de gran profundidad.
En ese tiempo yo lo veía como algo natural, pero en realidad era asombroso. Como todo niño, lo primero que me interesaba eran las tiras cómicas. Mientras mi abuelo leía las noticias, yo me entretenía con Pirulín y otras historietas, y así aprendí a leer. De modo que cuando ingresé a la escuela ya estaba socializado en la lectura.
Esa influencia, que era la pregunta, creo que fue fundamental para mi formación. Ya en la primaria, por ejemplo en sexto curso, recuerdo que la profesora de lengua española nos dijo: “Les vamos a dejar un regalo”. Nos llevó a la biblioteca municipal, un edificio viejo, atendido por un señor mayor, con libros llenos de polvo y muy poco visitado. Esa experiencia también me marcó.
A partir de ahí me convertí en un asiduo visitante de la biblioteca, donde fui descubriendo lecturas que en la escuela no nos daban. Muchas de esas lecturas las buscaba motivado por lo que había visto mencionado en el suplemento Hablemos, lo que me daba una especie de conectividad intelectual que me atrapó desde muy temprano.
De suerte que, en términos académicos e intelectuales, fue fundamental la casa de mis abuelos. Aunque ellos eran comerciantes —muy prósperos en su época, aunque ya al final no lo eran tanto—, había una tía que fue la primera farmacéutica formada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y que ya había regresado a Neiva. Ella siempre estaba leyendo libros, y eso se contagiaba: de repente uno terminaba envuelto también en esa dinámica. De allí me llegó el interés por la lectura en el ámbito de las ciencias naturales, porque eran textos de química, de física, y eso llamaba mucho la atención.
Además, un primo que estudiaba medicina solía ir de vacaciones a la casa de los abuelos, y con él compartíamos ese ambiente. De manera que la casa de mis abuelos funcionaba casi como una pequeña universidad: fue allí donde tuve mi primer contacto con la academia. Ese ambiente fue fundamental para mi formación.
Dr. Alejandro Arvelo
Y ya el joven que cursa la segunda enseñanza, ¿qué lo impulsa a dejar el calor del hogar, a alejarse de sus amigos y venir a la universidad? Cuando llega a la universidad, ¿con qué propósitos lo hace?, ¿qué idea tiene?
Dr. Francisco Acosta
Bueno, un primer intento lo hice en primero de bachillerato. En ese momento, la primera huelga que tuve la oportunidad de presenciar se realizó en el liceo donde más tarde iba a estudiar.
Yo estaba todavía en octavo, finalizando en un colegio, cuando los muchachos dijeron: “Hay una huelga”. Era algo novedoso en Neiva, nunca había pasado algo así, y el motivo era sacar a la directora, pues se entendía que tenía un perfil trujillista. Fuimos por curiosidad a ver el escenario, y de repente, ya estábamos metidos en la manifestación.
Fue curioso porque allí uno de los muchachos comenzó a aplaudir mientras todos coreaban: “¡Fuera fulana, fuera la directora del liceo!”. Y a alguien se le ocurrió gritar: “¡Fuera mamá del liceo!”, porque entre la multitud estaba un hijo de la directora. Eso me impresionó: ver cómo la dinámica de la masa influye tanto en el individuo que llega a enajenarse de su propia individualidad. Ese muchacho se unió a la consigna en contra de su propia madre. Ese hecho me llamó mucho la atención en ese momento, como un fenómeno de psicología social.
Claro, eso fue a regañadientes, porque mi abuela me decía que, dadas las condiciones que teníamos, era mejor que me involucrara en el mundo de los negocios, ya que esa era su experiencia. Ella solía repetir una frase interesante: “amor al dinero”. Entonces me vi en la disyuntiva entre el amor al dinero y el amor al saber. Pienso que ya en ese momento terminé por inclinarme definitivamente hacia el amor al saber.
Nada tenía que ver todavía con la filosofía, porque en ese tiempo me interesaba más la tecnología. Mi bachillerato fue en electrónica, y me llamaba la atención porque era vista como la ciencia del futuro en ese momento, lo que hoy es la informática y las nuevas tecnologías. Esa fue mi primera inclinación. Sin embargo, al terminar ese primer año regresé al liceo donde había estado, y allí me involucré en los procesos de lucha política estudiantil.
Al concluir el bachillerato, la situación política seguía conflictiva y mi padre decía que yo no podía venir a la UASD en esas condiciones, por lo que optamos por una alternativa distinta. Fue así como inicié mis estudios en la Universidad Católica Madre y Maestra, donde cursé dos años de agronomía. Nada que ver aún con la filosofía ni con la tecnología.
Sin embargo, la agronomía no me convencía del todo. Finalmente decidí trasladarme a la UASD y completar allí casi todo el ciclo de la carrera de agronomía. Prácticamente lo único que me faltó fue la tesis. En ese punto decidí abandonar definitivamente la agronomía y entrar en la carrera de sociología.
Cuando llegué a sociología, en el primer semestre tuve un profesor que me orientó diciéndome que para ser un buen sociólogo había que conocer a los filósofos, que no había manera de hacer ciencia sin una base filosófica. En ese tiempo el reglamento permitía estudiar dos carreras al mismo tiempo, así que comencé a tomar asignaturas de sociología y de filosofía simultáneamente.
Allí me encontré con un compañero que hacía el recorrido inverso: él había empezado en filosofía y estaba tomando sociología. Entonces vi que era posible llevar ambas y avanzamos así juntos. De modo que a la filosofía llegué un poco tarde, como se puede ver: después de cuatro años de recorrido en las ciencias duras.
Digo ciencias duras porque desde el bachillerato aprendí que había una diferencia muy marcada entre las ciencias duras y las ciencias blandas. Esto lo vi reflejado en mis propios padres. Mi padre, equivalente a una licenciatura, era bachiller en Filosofía y Letras, mientras que mi madre era bachiller en Ciencias Físicas y Naturales, además de tener título de maestra.
En casa se daba entonces el gran debate de cuál era la mejor formación profesional: ¿la de las humanidades o la de las ciencias naturales? Más tarde comprendí que ese debate se debía a la influencia de Eugenio María de Hostos y al cientificismo que marcó su pedagogía. La filosofía, en ese contexto, se veía como continuidad del carácter teológico, y en cierta medida se contraponía a la ciencia.
No tomé el bachillerato en filosofía porque no existía en mi comunidad; había que ir a otra ciudad. Lo que sí estaba disponible era el de Ciencias Físicas y Naturales, y allí me inscribí. Nunca se me había ocurrido la idea de estudiar filosofía. En ese sentido, suelo decir que soy como San Pablo: llegué tarde al “llamado”. Fue ya en la universidad, profesor, donde comenzó ese giro.
Dr. Alejandro Arvelo
¿Hubo algún académico que ejerciera en usted un influjo especial? ¿Algún pensador —sociólogo, filósofo o ambos— que haya tenido un peso decisivo en su formación y en su concepción del mundo?
Dr. Francisco Acosta
Mucha gente, mucha gente. En toda esta historia siempre aparecen personas que te van moldeando de manera extracurricular, no solo la academia ni la escuela.
Por ejemplo, en sexto curso yo tenía un tío que estudiaba por correspondencia un curso de locución. Él me ponía como oyente para prepararse para sus exámenes, y tuve que leer junto a él el manual completo, un libro bastante voluminoso. Eso me marcó mucho, porque cuando más tarde quise hacer el examen de nivel, ya tenía ese conocimiento adelantado. Todavía conservo ese manual.
En la universidad, uno de los primeros que influyó en mí fue el profesor Ángel Moreta, que me impartió lógica formal y dialéctica. Esa materia me abrió un camino hacia la filosofía y resultó decisiva para mi permanencia en la academia.
De no haber estado allí, quizás me habría quedado en la escuela de sociología. Pero, ¿qué me empujó hacia sociología? Además de lo curricular, yo tenía un grupo de amigos con quienes nos reuníamos a reflexionar sobre literatura, que era una de mis pasiones. Entre ellos estaban Tomás Nova y Fernando Fernández. Yo vivía cerca de la UASD, en la Fenómena Roja casi esquina Núñez de Cáceres —hoy Nivia Veloz—, y solíamos juntarnos casi todos los fines de semana para teorizar.
Esa experiencia comenzó a desplazarme del ámbito agronómico. Decía: “Bueno, ¿qué hago en agronomía? Vamos a ver qué pasa con sociología”. Así que, si hablo de influencias, también debo mencionar a ese grupo de compañeros y contertulios. Aunque Tomás era de Neiva, curiosamente no lo conocí allá, sino aquí en la universidad. Para entonces ya él estaba en la escuela de filosofía; Fernando, en la de ciencias políticas; y Tomás tenía un hermano, Patricio, que había estudiado sociología.
De modo que me vi rodeado, más allá de la academia formal, de un círculo vinculado a las ciencias sociales y a la literatura. Ese entorno influyó mucho en mi inclinación hacia la filosofía y hacia esos temas.
Dr. Alejandro Arvelo
Usted ha hecho mención de uno de los referentes obligados de nuestra escuela, el maestro Tomás Novas, a quien muchos de sus compañeros han llamado el Sócrates dominicano. ¿Cómo recuerda usted al maestro Novas, no solo como académico, sino también en el ámbito de la amistad, de la familia y de lo personal?
Dr. Francisco Acosta
A Tomás Nova llegué a través de Fernando Fernández, que era muy amigo suyo. Fernando me lo presentó y me dijo: “Mira, yo te voy a presentar un amigo que quizás conozcas porque es de Estero Neiva, pero es un tipo excepcional”. Y, efectivamente, luego comprobé que era así.
Me dijo: “Es un genio”. Yo pensé: bueno, vamos a ver cómo es ese genio, ¿verdad? La primera reunión que tuvimos fue en mi casa, en la avenida Fenómena Rojas, y quedé impactado: era una mentalidad enciclopédica. Conversamos de literatura, filosofía, sociología, política, hasta de medicina. Como yo venía de las ciencias naturales, también dominaba algo de esa área, y me asombró mucho su amplitud de conocimientos.
Luego supe que Tomás venía de la Escuela Normal, que era muy buena. Conocí también el Américo Lugo, que estaba cerca, y tuve buenas relaciones con compañeros que estudiaban allí. Realmente vi lo riguroso que era ese centro: cursar el bachillerato allí equivalía a pasar por una verdadera universidad. Esa experiencia y esa amistad fortalecieron mis lecturas en el ámbito filosófico.
Dr. Alejandro Arvelo
Y ya en la Escuela de Filosofía, maestro Acosta, ¿qué ambiente encontró usted primero como estudiante y luego como profesor?
Dr. Francisco Acosta
La verdad es que era un ambiente un poco hostil, porque la universidad, como siempre, era política y académica a la vez. Yo venía de una escuela donde había mucha discusión, tanto académica como política, y ya llegué con cierto sello sindical, porque me vinculé al grupo de Ángel Moreta. Eso me complicó un poco la vida.
Recuerdo que una profesora que había sido docente de sociología me preguntó: “Ah, ¿y usted tiene vocación por la filosofía?”. Lo entendí como una ironía y le respondí: “No, no es que yo tenga vocación, es que soy amigo del profesor”. Esa respuesta no le gustó, pero no me detuve en eso, porque mi interés era académico, no político.
Fuera de ese detalle, mi experiencia fue muy positiva. Tuve la oportunidad de compartir clases con Andrés Avelino, con el profesor Luis Cruz, y también con mi amigo Tomás Nova, que además fue profesor mío en algunas materias. Ese ambiente académico me ayudó muchísimo y no me arrepiento de haber persistido.
Pronto pasé de estudiante a monitor. Se abrió un concurso de monitoría y participé. Estando ya como monitor me involucré de lleno en la vida académica.
Dr. Alejandro Arvelo
¿En qué año fue ese concurso?
Dr. Francisco Acosta
A principios de los años ochenta. Sí, en esos primeros años ochenta.
Cuando obtuve el título de sociología —porque me gradué primero en sociología que en filosofía— participé en el concurso para ayudante de profesor. Mi experiencia como monitor fue breve, porque una vez con la licenciatura ya se podía concursar como ayudante. Más adelante participé también en el concurso para profesor.
Dr. Alejandro Arvelo
¿Y cómo fueron esas experiencias de concurso, tanto para monitor como para ayudante y luego para profesor?
Dr. Francisco Acosta
Muy rigurosas, muy exigentes. Los jurados estaban compuestos por profesores de mucho nivel y había que prepararse a fondo. A veces me sorprendo cuando escucho comentarios actuales, porque la universidad que yo viví era muy rigurosa: para lograr cualquier avance había que esforzarse mucho.
No había diferencia: tanto el concurso de monitor, como el de ayudante y el de profesor tenían la misma rigurosidad. Cada nivel exigía un concurso con el mismo nivel de exigencia. Y no me arrepiento de que fuera así, porque realmente eso ayudaba a consolidarse en términos académicos.
Pienso que esa rigurosidad es fundamental, y se reflejan los resultados que hoy tenemos en la Escuela.
Dr. Alejandro Arvelo
Y a propósito de la Escuela y del quehacer filosófico en nuestro país, ¿qué le parece a usted? ¿Goza de buena salud o no el quehacer filosófico de la Escuela y de la República Dominicana en general?
Dr. Francisco Acosta
Yo pienso que es tiempo de filosofía. Este es un tiempo para filosofar porque vivimos en tiempos convulsos, y si uno revisa la historia de la filosofía, esta siempre ha crecido en los momentos difíciles.
Si miramos el existencialismo, surge en medio de la Segunda Guerra Mundial: un momento difícil que dio lugar a una nueva filosofía. En la Antigüedad también, las grandes escuelas filosóficas aparecieron en la crisis del helenismo. Por eso creo que ahora es un momento clave para consolidar la filosofía, y desde América Latina tenemos la mejor oportunidad. Europa ya cumplió su rol, ya hizo su aporte; ahora nos corresponde a nosotros.
Europa se fundó sobre los hombros de los griegos, y nosotros podemos hacer lo propio: no empezar desde cero, sino construir lo nuevo a partir de lo que ya se nos ha legado. Creo que es el momento para ese descubrimiento. Por eso confío en que la Universidad Autónoma de Santo Domingo, como lo ha hecho siempre, siente las bases para un pensamiento filosófico que consolide la filosofía latinoamericana.
Ahora mismo vamos hacia el doctorado, que implica investigación. Tenemos una gran comunidad de doctores, aunque me preocupa el exceso de carga docente frente a la investigación. Pero no hay nada que no se pueda resolver. Estoy seguro de que en un futuro cercano esto se corregirá, y nuestros doctores podrán dedicarse más a la investigación sin abandonar la docencia, generando esa producción reflexiva que necesitamos para circular por la autopista de las ideas en toda América Latina.
En ese sentido, creo que la Escuela tiene una gran responsabilidad, una visión que estamos llamados a asumir, y que ya nos estamos preparando para cumplir.
Dr. Alejandro Arvelo
Y si pensamos un poco de manera retrospectiva en su gestión como coordinador de cátedra, como director de lo que entonces se llamaba el Departamento de Filosofía, ¿cómo se mira a sí mismo? ¿Cuáles serían, a su juicio, los aciertos y lo que le faltó por hacer durante su gestión?
Dr. Francisco Acosta
¡Uf! Bueno, yo tenía grandes pretensiones con muchas cosas. Una de mis frustraciones fue no poder abrir un espacio en la escuela secundaria para captar estudiantes. Me lo imaginaba como un proyecto clave: atraer a los mejores estudiantes hacia la Escuela de Filosofía.
Fue un proyecto que comentamos, pero se entendió de manera distinta y, en cierto modo, cometí el error de plantearlo sin precisar que era una propuesta puntual, como plan piloto. Lo hablamos con una persona y se interpretó que debía generalizarse a todas las escuelas. Ya se sabe: el que mucho abarca, poco aprieta.
Mi idea era otra. Venía de la experiencia del Politécnico Loyola, donde en todos los liceos del país se realizaban exámenes de nivel. Se seleccionaban los mejores, los que obtenían las calificaciones más altas, los que tenían mejor perfil académico. Durante una semana se aplicaban las pruebas y luego se ofrecían facilidades para que esos estudiantes ingresaran en las instituciones correspondientes.
Eso mismo pensaba que se podía hacer con Filosofía: recorrer el país aplicando exámenes de nivel durante una semana, identificar a los jóvenes con verdadera vocación filosófica y ofrecerles una casa de estudiantes donde pudieran residir. ¿Se imagina usted lo que sería contar con 40 o 50 estudiantes sobresalientes de todo el país formándose en la Escuela de Filosofía? Ese era mi gran sueño.
Pero no se entendió así. Se interpretó como si se tratara de dar charlas motivacionales en los colegios, y al final se empezaron a impartir charlas de todas las carreras. Ahí se diluyó la idea inicial. Creo que sigue siendo una tarea pendiente y que aún es posible lograrla.
Un logro que sí alcanzamos, en cambio, fue el de cualificar el perfil de nuestros egresados. La meta era que el egresado de Filosofía no se quedara solo en la licenciatura, sino que se convirtiera en doctor, entendiendo la licenciatura como un nivel intermedio —como lo era antes el nivel técnico. Así podríamos ofrecer a la sociedad un currículo de verdadero nivel doctoral.
De hecho, en otro tiempo todos los títulos en humanidades eran doctorados: doctor en Psicología, doctor en Educación, doctor en Filosofía. Claro, eran doctorados creados en la época de Trujillo, equivalentes en realidad a una licenciatura, no a un posgrado. Pero la idea era retomar ese ideal, ahora con programas de doctorado reales y rigurosos, y que la licenciatura fuese solo un medio para llegar a ellos.
En ese camino conocí al doctor Caballero, a través de mi hermana, quien participó en el primer doctorado en Derecho. Lo primero que le pregunté fue si había posibilidad de organizar un doctorado en Filosofía. Me respondió afirmativamente, pero cuando lo consultó resultó que ese doctorado no existía aún. Era un programa interno, y lo que podían ofrecer era un doctorado en Psicopedagogía. Yo les dije: “No, eso no es lo que queremos; lo que queremos es filosofía”.
Duramos dos o tres años en conversaciones, y finalmente logramos que diseñaran un doctorado conforme a las sugerencias que hicimos desde la Escuela. Hoy están a la vista los resultados: un alto porcentaje de doctores formados en ese programa, muchos de ellos galardonados con premios nacionales. Eso demuestra que valió la pena insistir. El profesor Silverio y yo lo sabemos bien.
Dr. Alejandro Arvelo
Profesor, como esta es una entrevista para la historia, debo preguntarle: ¿en qué año fue elegido director?, ¿hasta qué fecha ocupó ese cargo?, ¿a quién sucedió y quién le sucedió a usted?
Dr. Francisco Acosta
Soy muy malo para las fechas… Por eso quizá no estudié historia.
Pero nada, profesor, a veces hablo en plural porque uno se acostumbra a hablar en comisiones, pero en realidad fui yo quien asumió la dirección, sustituyendo muy honrosamente al doctor Julio Minaya. Digo primero “Rafael Morla” porque la gestión de Morla realmente me marcó en términos administrativos. Durante sus dos periodos fui coordinador de cátedra, y eso influyó mucho en la manera en que concebí luego mi propio proyecto de dirección.
Después de Morla vinieron dos gestiones consecutivas del doctor Minaya, que fueron, en buena medida, una continuidad de aquel trabajo. Yo me sentí bastante cómodo en ese contexto, y fue entonces cuando di el salto. En la gestión de Emilio ya no se percibía la misma línea de continuidad, por lo que entendí que era necesario dar paso a una nueva conducción.
De suerte que ha habido una continuidad permanente en términos de proyecto, cualificación y divulgación de la filosofía. El doctorado del que hablábamos fue gestionado en la época de Morla, pero fue durante la gestión de Minaya que se puso en práctica. En aquel momento hubo cierta mezquindad en no reconocerlo como parte de la continuidad institucional, como si cada cosa tuviera que identificarse solo con la gestión en curso. Pero yo siempre sentí la gestión de Minaya como si fuera la mía propia, porque la propuesta de los doctorados fue acogida y desarrollada allí.
¿Sabes cuántos doctores surgieron en ese período? Muchos, y algunos con gran reconocimiento nacional. Por eso puedo decir que valió la pena. Estamos hablando del período 2009-2012, y luego 2012-2015.
Otro factor de continuidad en la Escuela han sido los congresos de filosofía.
Dr. Alejandro Arvelo
Ya usted mencionaba el rigor y la limpieza de los concursos, que se mantienen hasta hoy según los testimonios de quienes han participado recientemente en la Escuela. Ahora, la gestión del profesor Silverio se ha propuesto la realización del VI Congreso Dominicano de Filosofía, Santo Domingo 2025, y usted tiene una tarea muy específica en ese congreso.
El lema que el profesor Silverio ha concebido para este encuentro es “Pensar en español: apuesta por la identidad dominicana”. ¿Cómo ve usted esa propuesta? ¿Cómo entiende su rol en este congreso? ¿Y qué espera de este congreso respecto a los anteriores, iniciados en la gestión del profesor Rafael Morla?
Dr. Francisco Acosta
Bueno, Morla impulsó el primer congreso, pero lo hizo siempre trabajando en equipo. Esa era su característica: no tomaba decisiones de manera unilateral. Convocaba la Escuela, hacía reuniones y asambleas, y recogía las opiniones de todos. Creo que de ahí aprendimos mucho.
Ha habido una continuidad desde aquel congreso fundacional, que sentó las bases de los congresos posteriores: el celebrado en la gestión de Minaya, el organizado durante nuestra gestión, y ahora este próximo. Veo un hilo conductor claro: una preocupación constante por lo identitario, ya sea en términos filosóficos, científicos o del ser ontológico.
Esa continuidad muestra que existe, de alguna manera, una búsqueda permanente por pensar el ser latinoamericano y, en particular, el ser dominicano.
Incluso puedo remontarme un poco más atrás, porque antes del Congreso Fundacional hubo un evento que ya apuntaba en esa dirección. Me refiero al realizado con motivo del quinto centenario del llamado descubrimiento de América, titulado La utopía de América. Ese evento tuvo lugar en el paraninfo de Medicina. Allí se convocó a pensadores de gran relevancia, entre ellos Leopoldo Zea, que en esa ocasión no pudo asistir, aunque posteriormente vino al país como resultado de aquella invitación. En ese encuentro se reunieron importantes pensadores latinoamericanos, y puede considerarse un verdadero precedente de estos congresos identitarios.
Creo que esta es una buena línea de continuidad, que enlaza con la expectativa de que la nueva filosofía debe gestarse desde Latinoamérica y, muy especialmente, desde la República Dominicana. Históricamente nos ha correspondido asumir esa responsabilidad: ser plataforma de lanzamiento de un pensamiento propio.
Por eso entiendo que este congreso, y este en particular, debe orientarse hacia esa continuidad fundacional del pensamiento latinoamericano.
Dr. Alejandro Arvelo
Usted tiene una tarea muy específica en este congreso. ¿Cómo la ve desde el presente?
Dr. Francisco Acosta
La tarea que se me ha asignado es sobre la filosofía en el posgrado. Creo que es una gran responsabilidad, que encaja muy bien con las aspiraciones que tuve cuando fui director: fortalecer los estudios de posgrado en filosofía.
De hecho, en esa línea trabajamos desde antes. Cuando era coordinador de cátedra propusimos al Consejo dos programas de maestría. En ese entonces la Facultad solo contaba con una maestría en Educación Superior —que yo mismo cursé porque era la única disponible— y otra en Psicología, aunque esta última estaba más bien configurada como un híbrido entre Medicina y Psicología.
Otro compañero asumió el diplomado de Filosofía Política. Sin embargo, y contrario a lo que se esperaba —porque esta es una sociedad muy politizada, y se pensaba que ese diplomado se llenaría primero—, el que tuvo mayor éxito fue el de Metodología. Llegaron personas de Medicina, de Ingeniería y de muchas otras carreras interesadas en esa formación. Tuvimos alrededor de 40 o 50 participantes en esa primera experiencia, lo cual fue todo un éxito.
A partir de ahí, el diplomado se convirtió en una especialidad, y luego esa especialidad tuvo continuidad hasta transformarse en maestría. De modo que esa fue nuestra primera experiencia en el ámbito del posgrado en filosofía.
Ya antes habíamos manejado la idea de ofrecer filosofía como segunda carrera, pero no lo logramos a nivel de licenciatura. Fue en el posgrado, con la maestría en Metodología, donde pudimos concretar esa visión. Allí participaron médicos, ingenieros y abogados que asumieron la filosofía como una segunda carrera.
Por eso pienso que la tarea que se me ha asignado en este Congreso es reflexionar sobre ese éxito y las posibilidades de retomarlo. Siempre he sostenido que, hoy en día, la licenciatura sirve como base para la maestría, como un peldaño hacia el posgrado. Ya no garantiza inserción laboral; y, sobre todo, para dar clases es indispensable una maestría. Incluso en los espacios donde se exija licenciatura, si se presenta alguien con maestría o doctorado, siempre será preferido.
Creo que este es un momento oportuno para vincularnos al mercado desde el posgrado, pero también, a nivel doctoral, para desarrollar la investigación, porque el doctorado es investigación. Claro, eso implica necesariamente vincular docencia, investigación y extensión: las tres funciones básicas de la universidad. Si dejamos el doctorado solo como actividad docente, terminaría siendo una repetición de la licenciatura.
Dr. Alejandro Arvelo
El profesor Acosta ha planteado sus vivencias y su concepción del posgrado, así como el rol de la Escuela de Filosofía en la Facultad de Humanidades. Le pido que, por favor, retome y continúe con la exposición de su pensamiento.
Dr. Francisco Acosta
Sí, al respecto, y sin caer en un chovinismo, pero en honor a la verdad y desde una perspectiva de pensamiento complejo, pienso que la filosofía, como saber holístico, está llamada a cohesionar las demás áreas del conocimiento humanístico. Y me atrevería a ir más lejos: también puede cohesionar el conocimiento universitario en general.
Por eso, a nivel de doctorado y de maestría, vemos cómo todas las áreas han mostrado interés en integrarse a la Escuela de Filosofía. Por ejemplo, tenemos en el doctorado estudiantes de Derecho, Medicina, Ciencias Naturales, Diplomacia y Sociología. Lo mismo ha ocurrido con la maestría en Metodología: profesionales de diversas disciplinas se han acercado a la filosofía, porque entienden que es un saber que proporciona un tipo de razonamiento deductivo fundamental para la comprensión empírica que exigen las ciencias.
En ese sentido quería participar en este Congreso. Aunque no es lo más común que se aborde de este modo, me parece importante destacarlo, profesor, porque conecta con una idea que he tenido desde que inicié: la Escuela de Filosofía, en distintos momentos, ha recibido profesionales de otras áreas con formaciones muy diversas.
En algún momento se satanizó esa visión de la filosofía, porque se prefería al profesional que viniera del área de la filosofía pura. Pero hoy nos damos cuenta de que siempre será un acierto que lleguen profesionales de otras disciplinas, porque traen consigo un conocimiento específico que, al unirse con la formación filosófica —ya sea en una licenciatura o en un doctorado en filosofía—, enriquece la filosofía.
No es una idea mía, sino una concepción más amplia que entiende la filosofía como un saber de segundo grado. Es decir, un profesional formado en ingeniería, matemáticas, física, biología o cualquier otra área puede convertirse en filósofo, y su aporte será valioso porque parte de un conocimiento particular que el filósofo “puro” quizá no posea. Ese cruce de saberes amplía el horizonte filosófico.
Dr. Alejandro Arvelo
Es una idea interesante la que usted ha planteado. Estoy de acuerdo: se parece a aquella noción de Mario Bunge de encarar la ciencia filosóficamente y filosofar científicamente, con el rigor propio del conocimiento científico.
Pero hay un tema, profesor, que el profesor Silverio siempre sugiere que abordemos en estos diálogos: ¿cabe hablar de una filosofía dominicana, de un quehacer filosófico dominicano o, al menos, de una filosofía en República Dominicana?
Dr. Francisco Acosta
Bueno, no diría que es mi visión personal, sino que asumo la de pensadores como Leopoldo Zea. Creo que sí. El simple hecho de pensar desde el ámbito dominicano o latinoamericano nos da una perspectiva distinta a la europea.
Si analizamos, por ejemplo, el positivismo: en España y en Europa ya se veía como una corriente reduccionista, centrada únicamente en las ciencias naturales. Sin embargo, cuando llega a América adquiere una dimensión distinta: social y política. Aquí se convirtió en un arma de propuesta liberadora, mientras que en España era más bien conservadora.
Ese positivismo, influenciado por Comte y reelaborado por Hostos, es muy diferente al positivismo europeo de la época. Por eso pienso que sí es posible hablar de una auténtica filosofía latinoamericana y, en particular, de una filosofía dominicana.
Dr. Alejandro Arvelo
Es evidente, profesor, que con usted podríamos conversar aún muchas horas, porque el material que ofrece es abundante. Pero hay una pregunta que no podemos dejar de hacerle.
Dr. Francisco Acosta
Sí, señor.
Dr. Alejandro Arvelo
La de la situación de la República Dominicana en el momento presente.
Dr. Francisco Acosta
Exactamente.
Dr. Alejandro Arvelo
Hacia allá íbamos, porque solemos pedir a nuestros colegas en el Archivo de la Voz que, de manera espontánea, nos digan qué les provoca la expresión “República Dominicana”. Pero en su caso, profesor, como ha señalado el profesor Silverio, por su doble formación filosófica y sociológica, nos gustaría que respondiera de manera más profunda:
—República Dominicana, ¿qué es?, ¿cuáles son sus perspectivas?, ¿cuál es la situación actual de nuestro país? Usted mismo decía que la filosofía se luce en los tiempos de crisis, y que este es el tiempo de la filosofía. ¿Será que usted ve algo que preocupe, algo que mueva la reflexión sobre la República Dominicana del presente?
Dr. Francisco Acosta
Sí, claro. Yo pienso que lo general y lo global están articulados no solo dialécticamente, sino de manera compleja. Por tanto, todo lo que ocurre a nivel planetario, de una manera u otra, nos afecta.
Hay una propuesta que no es nueva, que viene desde siglos atrás —quizá del XVIII o XIX—, enfocada desde el liberalismo inglés, que hoy se denomina neoliberalismo, y a la que también se le da el nombre de posmodernidad. Esa visión nos presenta como una “aldea global”, pero en ese marco se produce la pérdida de lo identitario. Y ahí es donde yo veo el gran peligro: ahí se encuentra la amenaza al ser dominicano.
Esa propuesta neoliberal de globalizarnos a todos, de meternos en un solo globo, en una mundialización, implica, en la práctica, la pérdida de la identidad. Y eso es lo preocupante. Vista desde una perspectiva articuladora y compleja, la globalización podría ser interesante si se asumiera como interacción entre lo general y lo particular, sin perder la especificidad de lo propio.
Mi preocupación respecto al ser dominicano es que hemos adoptado, en gran medida, la visión neoliberal, que conduce a la pérdida de identidad. Y yo creo que eso no es posible, porque si el ser humano pierde su identidad deja de ser ser humano. Se convierte en otra cosa.
Por eso, lo primero que han hecho es despojarnos del nombre: ya no somos seres humanos, ahora somos recursos humanos. Y eso borra la idea de ser. El recurso humano es intercambiable, reemplazable: como una pieza en una máquina, como un tornillo que se quita y se pone sin que nada cambie. La máquina sigue funcionando igual.
Eso es lo que me preocupa: esa reducción del ser humano a simple recurso. Porque el ser humano es hijo de un proceso de socialización, de una identidad que surge siempre en la identificación con el otro. Y ese proceso no implica pérdida de identidad, sino al contrario: reconocimiento y fortalecimiento de la propia identidad.
Lo que se está planteando hoy es distinto: una pérdida de identidad y una fusión con una masa amorfa, indiferenciada. Ese es el peligro que veo para el ser dominicano en la actualidad.
Recuerden que el neoliberalismo nos plantea la desaparición del Estado: es el laissez-faire. En ese esquema no hay Estado haitiano ni Estado dominicano, porque la función misma de los Estados se disuelve. Lo que se promueve es un mercado global. Bajo esa lógica no habría nacionalidad, ni Estado, ni nada; solo una masa uniforme en un mundo globalizado.
Eso, sin embargo, es imposible, no puede ser. Y mi gran preocupación es cómo el estamento político responde a las demandas del neoliberalismo y de la globalización. Porque no responder a esa lógica tiene una penalización económica, y esa es la peor consecuencia. Lo peor que puede ocurrir es que un país se vea obligado a aceptar esas condiciones bajo amenaza económica.
Creo que no estamos educando a la población para entender ese peligro. Se nos presenta como un “caramelo” la idea de las ventajas del mercado global, donde todos somos consumidores, y lo único que importa es consumir. Mientras tanto, el Estado-nación va desapareciendo.
Ya lo vemos en cosas concretas: uno va a un consultorio médico y ya no es un paciente, es un cliente. En el ámbito educativo, uno ya no es un estudiante, es un cliente al que hay que ofrecer un servicio. Poco a poco nos van incorporando a un discurso que no es ingenuo: nos van cambiando el lenguaje y nos hacen asumir esa jerga, en la que el concepto mismo de Estado-nación desaparece para quedar reducidos a la idea de “aldea global”.
Dr. Alejandro Arvelo
Y de cara a esas circunstancias, ¿cómo ve usted las tareas actuales del filósofo, particularmente del filósofo formado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo?
Dr. Francisco Acosta
El filósofo, desde sus orígenes, es un pensador crítico. Se resiste porque le preocupan más las preguntas que las respuestas inmediatas. Y esa es la función que hoy tiene que asumir: cuestionar, interpelar, no aceptar pasivamente los discursos impuestos.
La filosofía debe ser un ente cuestionador, sobre todo ante la desaparición del lenguaje. Por ejemplo, aquí mismo en la universidad se habla mucho de “colaboradores” en lugar de empleados. Pero no es lo mismo. Colaborador, en su sentido originario, es alguien que hace un aporte voluntario, incluso gratuito. Cuando a un empleado se le llama “colaborador”, el lenguaje oculta y diluye las relaciones laborales. Ese cambio no es ingenuo: responde a la lógica de la economía de mercado, que poco a poco va alterando el lenguaje para transformar la realidad.
Por eso, la tarea de la filosofía es luchar por recuperar las categorías, porque no son simples palabras. Las categorías tienen un matiz identitario: son lo que nos permite mantener nuestra identidad frente a las fuerzas homogeneizadoras del mercado global.
Yo pienso que desde la Escuela de Filosofía, y desde la filosofía como transdisciplina, debe hacerse hincapié en la recuperación del lenguaje, en un lenguaje que nos permita captar la esencia de lo que queremos transmitir, y no caer en una jerga que nos confunda y nos masifique. Esa es una tarea difícil, porque es nadar contra la corriente.
Dr. Alejandro Arvelo
Bueno, yo creo que no hay mejor forma de poner un punto y coma en este diálogo. Me imagino que el profesor Silverio nos convocará de nuevo. Es costumbre que estos diálogos los cierre nuestro anfitrión, el maestro Silverio, que siempre tiene informaciones, ideas complementarias y, a veces, nuevas cuestiones que plantear.
Prof. Eulogio Silverio
Muy bien. Profesor, en nombre de la Escuela de Filosofía y en el mío propio, queremos agradecerle realmente que haya sacado este tiempo para dejar un archivo de la voz para el presente y para el porvenir.
Como le decía Andrés Vero: “No hay posteridad; ya con esto de las redes, esto estará ahí por siempre y para siempre”. Esperemos que así sea, que a alguien le resulte de interés saber que la Escuela de Filosofía, aunque numéricamente pequeña, es grande por la calidad de los profesionales que la componen. Esperamos que así siga siendo por mucho tiempo. Nos sentimos orgullosos de cada uno de nuestros profesores.
El trabajo que se ha hecho aquí realmente vale la pena darlo a conocer. Ahora, estas entrevistas no son gratuitas: siempre cobramos un peaje. En ese sentido, queremos hacerle una invitación para que participe eligiendo uno de los diálogos de Platón que faltan, para invitarlo al Banquete. Ese es un seguimiento que no lo podemos dejar ir sin ese compromiso.
El otro compromiso ya usted lo ha aceptado: participar en el VI Congreso Dominicano de Filosofía, Santo Domingo 2025, que tiene como lema Pensar en español: apuesta por la identidad dominicana. Usted ya coordina una mesa, ha participado en las reuniones; desde antes de diseñar todo, ya sabíamos que contábamos con usted.
Un último compromiso: la Escuela tiene una revista, La Vaca de Teseo, y nos gustaría mucho que publique alguno de sus trabajos allí. Ese espacio espera por usted.
Creo que ha sido una excelente entrevista, profesor. Espero que motive a otros que, aunque invitados desde el inicio, no han sacado tiempo para venir; sobre todo a su hermano Dan Acosta, cuya visita le encargamos. Como decía Arvelo, no queremos que esto sea una imposición, sino una disposición libre, aunque confieso que para mí fue una “imposición muy grata”. Me siento impresionado por lo que puede generarse en este tipo de convocatorias, y a veces hay que presionar un poco para que las cosas se den.
Pues nada, excelente, profesor. Muchas gracias. Nos sentimos muy bien de tenerlo aquí.




