Dr. Alejandro Arvelo
Bueno, nos encontramos en el despacho del señor director de la Escuela de Filosofía, profesor Eulogio Silverio, para dar continuidad a uno de los programas estrella de su gestión: El Archivo de la Voz. Hoy tenemos el honor de recibir en esta sala al filósofo Dr. Andrés Merejo.

El profesor Merejo es egresado de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, con el grado en Filosofía. Ha cursado estudios de informática en La Guardia Community College y ha realizado el doctorado en la Universidad del País Vasco mediante un acuerdo con la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Es un profesor de larga trayectoria en nuestra Universidad. Fue de las primeras personas en hablar de informática, del ciberespacio y de Internet en el ámbito filosófico dominicano. Ha creado conceptos, se ha constituido en un ente dialógico y actuante en la cultura filosófica y tecnológica contemporánea.

Ha publicado numerosos artículos en revistas indexadas y posee una obra que habla alto por su generación y por la filosofía dominicana, en particular por la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, de la que es profesor. Entre sus libros se encuentran: Conversaciones en el lago, La dominicanidad transida, La vida americana en el siglo XXI, Cuentos en New York, La República Dominicana en el ciberespacio de la Internet, Ensayo filosófico, ciber cultural, Hackers y filosofía de la ciberpolítica, Cibermundo transido, Enredo gris de postpandemia, guerra y ciberguerra, y Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos, entre otros.
El profesor Merejo ha sido merecedor del Premio Nacional de Ensayo y es habitualmente invitado, tanto dentro como fuera del país, para disertar sobre sus temas de interés: la filosofía de la tecnología, la filosofía del ciberespacio, de Internet y de la inteligencia artificial.
Bienvenido, profesor Merejo.

Dr. Andrés Merejo
Muchas gracias, doctor Arvelo. Es un honor estar aquí y formar parte de este importante proyecto de memoria viva para la Escuela de Filosofía.

Muchas gracias, Eulogio, por invitarme a un diálogo con ustedes y con todos los presentes en el ámbito filosófico. También agradezco que se mencione el Premio Nacional de Ensayo Científico que recibí por La era del ciberespacio. Ese libro ha tenido un impacto en América Latina y, específicamente, ha recibido reconocimiento también en España.

Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor Merejo, usted tendrá conocimiento de que el propósito del profesor Eulogio Silverio, con este programa de su gestión, es legar a la posteridad un perfil de sus profesores estrella: los profesores de primera línea, como investigadores, pensadores y docentes de la Escuela de Filosofía. La idea del profesor Silverio es que, aunque estas conversaciones se comparten en tiempo real y en la actualidad, también permanezcan como memoria fílmica de la Escuela de Filosofía en este momento histórico.

En ese sentido, profesor Merejo, nos interesa cualquier dato —aunque le parezca anodino— que contribuya a ese retrato de su vida personal, profesional y académica. Nos gustaría, por ejemplo, que nos hable de quién es Andrés Merejo: dónde nace, quiénes son sus parientes, cuáles han sido sus influencias y cómo llega a interesarse por el saber filosófico.

Dr. Andrés Merejo:
Bueno, tú sabes que me conoces, Alejandro. Y lo primero es que quiero cuestionar el concepto de “posteridad” que has mencionado. Porque ya no tenemos aquellos archivos fílmicos de antes, que quedaban guardados en un cajón del Archivo de la Nación para que después alguien los sacara.

Ahora estamos en el ciberespacio, y allí no hay pasado ni futuro, sino un presente continuo. Es decir, cuando alguien accede a un video en el ciberespacio, esa entrevista se está dando en ese mismo momento: contigo, con Alejandro Arvelo, conmigo… hasta que me muera seguirá ahí, como presente. Por eso digo que no hay una “posteridad” en sentido estricto; eso ya pasó a la historia. El ciberespacio es un presente continuo.

Y claro, la filosofía se nutre de la disensión. Andrés Merejo no es más que un presente continuo, pensando desde los años mozos de mi juventud. Primero fui de tradición marxista; o si se quiere, antes de la tradición marxista, ya a los 11 años, tuve una inclinación particular: leía la Antigua y Mística Orden Rosacruz (AMORC), por la influencia de los textos que mi hermano dejó en Salcedo.

Cuando él emigró a Estados Unidos, en los años 1973 o 1974, dejó una pequeña biblioteca, y yo comencé a leerla. Entre esos libros estaba material de la orden Rosacruz. A partir de ahí, a los 11 años, comencé a leer esos textos. Recuerdo que a los 14 o 15 años ya me había leído la Crítica de la razón pura de Kant —un ejemplar que aún conservo en mi casa— y también El criterio de Jaime Balmes, además de otros libros que me quedé porque mi hermano los dejó.

De mis recuerdos más tempranos, tengo que mencionar que a los 7 años un amigo, Agustín, me regaló una versión en caricatura de El Quijote. Me dijo: “Si lo lees, te voy a dar un centavo”. No lo leí completo, pero sí vi todas las ilustraciones: los caballos, las escenas. Ese fue un primer acercamiento.

Después, hacia los 8 o 9 años, Elías Calcaño —amigo de la familia, que lamentablemente falleció en 2020 durante la pandemia de COVID-19— me enseñó a jugar ajedrez. A los tres meses ya yo les ganaba a todos en las partidas, algo que ellos mismos solían recordar con frecuencia.

Desde niño estuve ligado tanto a la literatura como a la política. En el plano político, por la tradición de izquierda en la que crecí, varios de mis hermanos fueron militantes activos en los movimientos de los años 70. Mi madre terminó enviando a mis tres hermanos a Estados Unidos en 1974, porque el régimen balaguerista los perseguía.

Yo formé parte de esa atmósfera de lucha social y política, y a los 16 años me involucré en un movimiento político. Ya a los 17 había leído a Lenin, ¿Qué hacer?, y gran parte de sus obras. Estudiaba en el Liceo Juan Pablo Duarte y, al mismo tiempo, devoraba la literatura marxista: los manuales de Marta Harnecker, Fanon, Kapuściński, Poulantzas, Gramsci, entre otros. A los 17 o 18 años ya había leído casi todo lo que circulaba en la tradición intelectual de izquierda.

Recuerdo que leía ocho o nueve horas diarias. Me apasionaba sentarme a leer esa literatura marxista, que comencé a cuestionar a partir de 1982. Yo tenía en mi biblioteca todas las obras de Marx, Engels y Lenin. Conservo una foto de ese estante lleno de libros. Pero poco a poco fui retirando cada título, como si se me “cayeran los santos”, hasta quedarme sin ninguno hacia 1983. Esa crisis me produjo un vacío existencial: me quedé sin referencias sólidas.

Entonces comencé a leer otras cosas: La náusea de Sartre, que me provocó la misma sensación de náusea; también a Herman Hesse, a Octavio Paz —gracias a Pedro Peix— y a otros pensadores. Yo no leía un libro aislado, sino por épocas. Entre los 8 y 12 años, por ejemplo, me sumergí en la literatura mística: la tradición rosacruz, San Cipriano y libros de magia y correspondencia. Después pasé a la etapa marxista: Marx, Engels, Lenin, los teóricos de izquierda, los manuales de militancia.

Cuando llegó la ruptura de 1982-83, no abandoné el marxismo del todo, sino que lo revisité críticamente a la luz de Lucio Colletti, Poulantzas, Gramsci, Althusser con Ideología y aparatos ideológicos del Estado, entre otros pensadores que no se aferraban al dogma. Recuerdo que Octavio Paz dijo que el marxismo fue “la religión del siglo XX”, y esa frase resumía mi experiencia: estaba ante una fe que había empezado a tambalearse.

Esa revisión crítica me llevó incluso a escribir un opúsculo en 1981 o 1982 contra la Federación de Estudiantes Dominicanos (FED). Allí cuestionaba la visión tradicional de los movimientos estudiantiles, que no tenían una postura crítica. Eso me costó cierto aislamiento dentro de la militancia, pero yo seguí adelante con mi búsqueda intelectual.

Cuando ingresé a la Escuela de Filosofía, ya tenía un background muy inquieto y sólido. Allí me encontré contigo —con Eulogio Silverio— y con otros compañeros. A través de esas conversaciones comencé a profundizar en Descartes, devorando sus obras. Lo mismo me ocurrió con Antonio Fernández, director de la Biblioteca, a quien tú me presentaste: él también fue una influencia importante.

Mi forma de leer nunca ha sido la de un solo libro preferido, sino la de trabajar “pensamientos”. En cada época me he sumergido de lleno en un autor. Cuando cuestioné el marxismo, me apasioné con Octavio Paz. Lo leí todo, hasta el punto de conocerlo personalmente en dos ocasiones en Estados Unidos. Por eso en mis libros aparecen tantas citas de Octavio Paz: porque su influencia fue decisiva, y porque en la escritura siempre brota el inconsciente de lo que hemos leído.

Mi formación también se nutrió del marxismo y del psicoanálisis, y más adelante de Edgar Morin, a quien comencé a leer en 1986 con Andrés Molina. En aquel entonces trabajamos juntos el primer tomo de El método. Hoy lo he leído todo, y no solo una vez: he releído cada volumen tres y cuatro veces, porque representa para mí un enfoque fundamental.

Por eso, si en cada obra mía aparece apenas una chispa de una idea, esa chispa es el fruto de muchos años de lectura.

Dr. Alejandro Arvelo:
Es evidente, profesor, que sus hermanos tuvieron una influencia fundamental en su formación y en su elección de vida. Uno de ellos le dejó los libros de la Antigua y Mística Orden Rosacruz, y otro, Jesús Merejo, fue un militante de izquierda. ¿Y en la escuela primaria o en el liceo hubo algún profesor que dejara una impronta en lo que hoy es el pensador y académico Andrés Merejo?

Dr. Andrés Merejo:
Sí, claro. En la primaria recuerdo la directora del Colegio San Luis Gonzaga, cuyo nombre no retengo ahora, pero ejerció mucha influencia en mí. Yo tenía apenas tres o cuatro años cuando ya sabía leer, y ella solía ponerme a leer frente al curso completo. Me llamaban, me daban cualquier texto, y yo lo leía en voz alta con rapidez. Recuerdo que una profesora incrédula le dijo: “Tráelo, vamos a ver si es cierto”. Y en efecto, me pusieron a leer y lo hice sin dificultad.

Esa alfabetización temprana se la debo a mi hermana, que era maestra de primaria en los campos de Salcedo, específicamente en Montellano. Yo iba con ella desde pequeño, cargándole la maletica, y allí me alfabetizó.

Dr. Alejandro Arvelo:
Entonces, usted nació en Salcedo, ¿en la ciudad?

Dr. Andrés Merejo:
Sí, en la ciudad. Llegué a Santo Domingo a los 11 años, alrededor de 1976 o 1977. Para entonces, mis hermanos ya habían emigrado a Estados Unidos en 1974, y quedábamos básicamente mi hermana y yo. Al llegar, ingresé al Liceo Juan Pablo Duarte, creo que en sexto o séptimo curso. Fue allí donde me integré a los movimientos políticos y comenzó mi giro hacia la izquierda y, al mismo tiempo, hacia la filosofía.

Dr. Alejandro Arvelo:
Sabemos que el ocultismo y el hipnotismo no son ajenos a la filosofía. El propio Freud estudió con Charcot y es considerado, además de psicólogo, uno de los grandes filósofos del siglo XX. Cornelio Agrippa, en su Filosofía oculta, menciona que Aristóteles escribió un tratado sobre la adivinación. Incluso Schopenhauer escribió sobre los fantasmas. Pero, en el sentido en que usted entiende hoy la filosofía occidental, basada en la razón, ¿cuándo comienza a germinar en usted esa semilla?

Dr. Andrés Merejo:
Bueno, la semilla viene de la misma tradición política, que también es filosófica e ideológica. Cuando comencé a cuestionar el marxismo, me introduje en la filosofía a través de autores como Lucio Colletti y Leszek Kolakowski, quienes criticaban los sistemas de creencias cerrados, basados en una verdad única.

Allí empecé a relacionar marxismo y anarquismo, a compararlos epistemológicamente para ver cuál tenía más solidez. Más tarde me adentré en Nietzsche. Es decir, mi acercamiento a la filosofía no se dio primero en la Escuela de Filosofía, sino desde antes, cuando aún estaba en el cuarto de bachillerato.

En esos años yo estaba vinculado a los movimientos políticos, y al mismo tiempo me dedicaba a pensar, a razonar, a cuestionar y a estudiar epistemológicamente tanto el pensamiento marxista como el no marxista. A través de Lucio Colletti llegué a Kant, especialmente a la Crítica de la razón pura y al concepto de las categorías, que me ayudaron a pensar con mayor rigor.

Colletti mostraba que las contradicciones en Kant no son negativas en sí mismas, sino posiciones diferentes que tienen su propia validez. Por ejemplo: la clase obrera no es dirigente, pero al mismo tiempo la clase obrera es dirigente. Ambas afirmaciones son positivas, porque dependen del discurso en el que estén situadas. No se trata de una superación dialéctica, sino de una relación de positividad. Ese tipo de razonamiento me abrió los ojos.

En ese entonces también comencé a leer a Marcuse y su cuestionamiento al hombre unidimensional. Todo esto todavía antes de entrar a la universidad.

Dr. Alejandro Arvelo:
Y al llegar a la universidad, ¿por qué decide ingresar a la Escuela de Filosofía y no a Sociología o Ciencias Políticas, que parecían más cercanas a sus lecturas y a su militancia política?

Dr. Andrés Merejo:
Lo que pasa es que mi fuerte era Nietzsche. Y además, recuerdo los debates de la izquierda dominicana, cuando Juan Isidro Jimenes Grullón polemizaba con otras corrientes: allí yo veía que lo que había en juego era más filosófico que ideológico.

Yo llegué a la conclusión de que en la República Dominicana lo que había no era filosofía marxista, sino ideología marxista. A partir de la filosofía pude comparar las obras de Nietzsche con esas otras lecturas, y eso me llevó a profundizar.

Todavía en el bachillerato me leí un libro de Brea Franco —me parece que del 81 o 82— sobre fenomenología y dialéctica, publicado en la UASD. Eso fue antes de ingresar a la universidad, y ya me influía mucho.

Mi búsqueda era intensa. Antes incluso de entrar a la Escuela de Filosofía, ya me había leído La náusea de Sartre. También me nutrí de una izquierda más avanzada, como la del Movimiento por el Socialismo (MUS), con figuras como Otto Fernández y Roberto Cassá. Me leía todos esos textos de historia y teoría, y además los escritos de Juan Bosch en Vanguardia, que luego se recopilaron como obra completa. Yo lo leía todo, porque estaba en una búsqueda constante, no con ideas justificadas o cerradas, sino con contradicciones, con un manojo de conceptos que me daban vueltas y vueltas.

Cuando ingresé a la Escuela de Filosofía ya tenía una formación previa. Y allí pude afianzarme con los estudios de profesores como Bayani, Luis Federico y otros. Recuerdo que Luis Federico siempre me decía que yo iba a lograr muchas cosas, porque era muy polémico. Yo era irreverente en las ideas: si veía el curso demasiado tranquilo, me incomodaba y empezaba a debatir.

Nunca fui de andar con un cuaderno para apuntar; yo leía en casa, y cuando tocaba exponer, lo hacía directamente, con la confianza de mis lecturas. Recuerdo que cuando Tomás Novas me dio clases sobre Hegel, él disfrutaba que yo lo cuestionara. Organizábamos debates, y cuando yo faltaba a clase, los compañeros me decían después que se había sentido el vacío.

Otra influencia importante fue Elsa, que llegó de España. Ella impartió unos cursos sobre David Hume en los que tú también estabas presente, si no me equivoco. Aquello también fue determinante en mi formación.Sí, claro, conservo incluso el diploma de aquel curso con Elsa, la profesora española. Yo le cuestionaba mucho —ella sabe que era de corazón— porque yo leía sin parar, era un devorador de libros. Recuerdo bien esas discusiones, que fueron muy formativas.

También tuve la influencia de Lusitania Martínez, que fue una fuente constante de debate. Era mi profesora, y aprendí mucho con ella sobre el existencialismo. Su cátedra estaba orientada a esa corriente, y eran sobre todo cursos monográficos. De igual manera, la cátedra de Luis Federico Cruz fue decisiva, así como la de Van, que me impactaron profundamente en mi trayectoria filosófica.

Recuerdo también la cátedra de Filosofía Política y Jurídica de Francisco Antonio Avelino —hermano de Andrés Avelino—, cuyo libro me marcó bastante. Y, por supuesto, la de lógica, que él mismo impartía. En esa ocasión, me equivoqué: comencé a cuestionar el estalinismo desde una perspectiva crítica aprendida en Estados Unidos y tuve muchos problemas. El profesor se enojó tanto que me mandó a sacar del curso; se le pusieron los labios cenizos, como se dice. Después fui a hablar con él en privado, hicimos las paces, y lo asumí como cuando el padre te muestra la correa: una lección fuerte, pero que enseña.

Dr. Alejandro Arvelo:
A propósito de su estadía en Estados Unidos, ¿cómo comienza a interesarse por la tecnología de punta en ese momento y cómo ingresa a La Guardia Community College —aclarando que aquí “Guardia” no tiene que ver con lo militar, sino con la universidad?

Dr. Andrés Merejo:
Bueno, en primer lugar, luego de mi desencanto con la ideología marxista —porque hablo de ideología, no de filosofía o epistemología marxista—, yo había dejado ya aquí en Santo Domingo cierta impronta escrita. Recuerdo que participé en debates sobre “el fin de siglo”. Incluso tomé una cátedra con Rolando Gilio sobre marxismo, que fue muy importante.

En 1990 organizamos, junto con Lusitania y otros colegas, un seminario sobre el marxismo y su crisis. Allí tengo fotos con ella y con otros compañeros. En ese momento yo ya hablaba del “fin de la historia”, pero no en el sentido de Fukuyama. Yo decía que no estábamos en el fin de la historia, sino entrando en otro proceso histórico, y que lo de Fukuyama era puro hegelianismo.

Fue entonces cuando empecé a leer intensamente a Hegel, sobre todo el tomo sobre la filosofía de la historia y sus lecciones. Eso me permitió, además, comprender la visión de Leopoldo Zea y la filosofía latinoamericana. Zea criticaba a Hegel por haber excluido a América Latina de la historia, y ese debate me interesó mucho.

Leí con avidez los textos de Leopoldo Zea, los de José Gaos y otros pensadores latinoamericanos que discutían si realmente existía o no una filosofía propia en nuestra región. Esos años fueron decisivos.

Ya para ese momento yo estaba ingresando formalmente a la Escuela de Filosofía. Sin embargo, en 1991 emigré y dejé pendientes cuatro asignaturas. No tenía prisa en graduarme: mi obsesión era leer, leer y leer. Tenía el ejemplo de Juan Bosch, que nunca fue a la universidad ni a la escuela formal, y aun así se convirtió en una autoridad intelectual. Yo me decía a mí mismo: lo esencial no es el título, sino el pensamiento.

Como yo estaba en tanto leer mucho y no preocuparme por ser académico, por estar metido en el academicismo, decía: “A mí lo que me gusta es estudiar, estudiar y estudiar”. Emigré con esa visión. Ya en Estados Unidos decía: “Oye, pero yo me he leído toda la historia de Juan Bosch, la teoría de Roberto Cassá, la de Jiménez Grullón también, todas, porque yo también he estudiado mucha historia. Me he leído toda la tradición marxista, existencialista, dentro de lo que yo podía, todo lo que pude leer me lo leí. Pero no sé de qué agarrarme, soy cuestionador de todo, pero no tengo un horizonte bien definido”.

Entonces dije: “Bueno, hay que inventar uno”. Y me impactó en Estados Unidos el mundo de la tecnología. Ingresé en museos y en eventos de ciencia y tecnología, y comencé a cuestionar y a buscar por ahí. Me dije: “Voy a hacer una parada técnica, porque el problema no es repetir ideas, sino inventar ideas”.

Ahí comencé a investigar y me introduje leyendo a Daniel Bell, a los pensadores de la cibernética; trabajé también a Peter Drucker, que en esa época empezaba a sacar la cabeza. Después me llegaron libros de Javier Echeverría desde España, porque yo compraba en una librería que había en la 14 —ya la quitaron, no recuerdo el nombre—, y allí empecé a leer a esos pensadores de los años noventa sobre tecnología y filosofía.

Al mismo tiempo estudiaba computadoras a nivel técnico, a nivel epistemológico. En 1993 llegué a tener una pequeña empresa virtual llamada Compy Virtual Center. Oigan bien: “virtual”, porque no había que tener oficina; todo estaba ya comenzando en el ciberespacio.

Yo comenzaba a decir que no había que quedarse en lo técnico. Recordaba un libro que había leído sobre Ortega y Gasset, sobre filosofía de la técnica, y me orientaba para introducirme en una filosofía de la tecnología. Ahí empecé a navegar por otro rumbo: estudiando la tecnología a nivel técnico —haciendo ensamblaje, reparando, adaptándome a los cambios permanentes—, pero siempre con la idea de que los conceptos no cambian. Eso era un poco mi lado hegeliano.

En 1994 me topé con Giovanni Sartori —que luego publicaría más fuerte en 1998—, y yo ya estaba metido en esa discusión. También me vinculé con la Escuela Carl Sagan, que funcionaba en el Planetarium de Nueva York. Allí me reunía con muchos emigrantes, mayormente de Colombia y Ecuador, para hacer tertulias sobre astrofísica, ciencia y filosofía.

En esa etapa conocí a un hacker buenísimo en tecnología, que me enseñó mucho. También tenía profesores en LaGuardia Community College, donde nos metíamos en los laboratorios a experimentar con todo tipo de equipos.

En fin, esa fue mi experiencia: una aventura intelectual propia de un pensamiento que se cuestiona a sí mismo y se va reconstruyendo a sí mismo. Después fue que yo le puse amor a la academia, cuando comprendí que también desde ahí podía inventar y reconstruir pensamiento.

Mira, en Nueva York conocí a Viriato Sención, que era una figura muy importante. Pero al final de su vida la pasó muy mal por no ser académico. Él era Premio Nacional de Literatura, tenía estudios, claro está, pero no había hecho carrera universitaria como para impartir clases. Y tú sabes que en la academia no basta con saber mucho, tener muchos conocimientos o escribir libros: necesitas también la documentación, los títulos.

Entonces entendí eso, y me volví un loco haciendo carrera académica. Ahora tengo casi formación postdoctoral y soy investigador invitado en el País Vasco sobre transformación digital. Títulos tengo por montón.

Dr. Alejandro Arvelo:
Qué bueno. Y a propósito de esa estadía en Estados Unidos, profesor Merejo, ¿de qué manera impacta esa experiencia en libros suyos como Conversaciones en el lago, La vida americana del siglo XXI o Hackers y filosofía de la ciberpolítica?

Dr. Andrés Merejo:
Primero hay que recordar que antes de Conversaciones en el lago está La vida americana del siglo XXI. Porque el pensamiento es complejo, no lineal. No es que voy por etapas, sino que doy saltos. Ese libro tiene que ver con mi encuentro con Viriato y con Silvio Torres-Saillant en la diáspora.

Yo siempre fui muy observador, con mucho olfato. Recuerdo que Silvio me dijo una vez, en la calle 14, a las siete de la noche, en pleno invierno, mientras íbamos en su vehículo: “¿Y por qué tú no escribes algo de todo eso que me cuentas, de todas esas observaciones tuyas?” Y yo le respondí: “Está bien, lo voy a hacer”. De ahí salió La vida americana del siglo XXI: de mis observaciones, análisis y discursos.

En cuanto a Conversaciones en el lago, nació de una vivencia muy particular. Yo iba todos los martes y jueves a un lago de allá. Llevaba a mis hijos pequeños al cuidado infantil, y al salir, alrededor de las 9:00 de la mañana, me iba con mi lonchera y un sándwich. Me sentaba sobre una roca a leer. Allí leía a Spinoza, reflexionaba, observaba a la gente haciendo ejercicios, y comencé a narrar y a tomar notas.

Esas notas, más los recuerdos de los debates que había vivido aquí en el país —sobre el marxismo, sobre Heidegger, sobre la vida— se convirtieron en ese libro. Fue escrito en 2005, aunque publicado un poco después. Mis libros casi siempre tienen una correlación de diez o cinco años con las experiencias que viví. Son productos de un largo proceso, no de sentarse a escribir de golpe.

El único libro que tengo inédito, y que quiero publicar en tres años, es Ciberecosofía, que será totalmente nuevo. Pero los demás, incluso Conversaciones en el lago, son fruto de ideas y reflexiones que ya venía escribiendo desde hacía tiempo.

Además, estando en soledad en Estados Unidos, sin un filósofo al lado con quien discutir, me inventé uno: Cid y Daniel. Y lo curioso es que Daniel tal vez sea un inconsciente, porque también estaba Daniel Tejada, con quien había compartido polémicas en Santo Domingo.

Yo siempre he sido muy irónico, muy provocador en los debates. Recuerdo que Julio César López, que era del Partido Comunista y ahora es diputado de ultramar, me decía: “No, porque tú sabes que va a venir la revolución”. Y yo le respondía: “Sí, sí, igual que los meteorólogos que anuncian huracanes y tiempos difíciles: puro catastrofismo”. Eso era mi estilo: irritaba, discutía, hacía ironía. Hoy estoy más tranquilo, pero en mis obras todavía se nota ese impulso creativo y esa manera de relacionar lo virtual con nociones filosóficas más amplias.

Dr. Alejandro Arvelo:
En sus obras se nota ese impulso creativo y esa manera de relacionar lo virtual con nociones filosóficas más amplias. Por ejemplo, en categorías aristotélicas podemos rastrear elementos que usted conecta con el ciberespacio y la internet. En uno de sus libros aparece incluso el término lo transido, título de Dominicanidad transida. Profesor, ¿qué entiende usted por lo transido y qué relación guarda con lo virtual y con los clásicos griegos? Y, en ese mismo orden, ¿qué es el ciberespacio?

Dr. Andrés Merejo:
Bueno, vamos por partes. El concepto de ciberespacio surge en la literatura. William Gibson, en 1986, escribió la novela Neuromante, y fue allí donde apareció por primera vez esa idea. A partir de ahí empecé a interesarme en el tema. Cuando llegué a Estados Unidos, en el 91, el ciberespacio apenas estaba emergiendo. Apenas 20 millones de personas en el mundo estaban navegando: era el inicio.

Yo me acerqué a ese mundo de manera hacktivista. Pero quiero aclarar: el hacktivismo no es lo mismo que hackear para robar información. Es más bien una actitud contestataria y curiosa: penetrar en los sistemas solo para entender cómo funcionaban, cómo andaba el mundo. Por simple curiosidad intelectual.

En la República Dominicana todavía no había mucho que penetrar, apenas algunos correos, ciertos ámbitos militares. La Universidad Autónoma de Santo Domingo, por cierto, fue pionera en el país. Pero en España el proceso ya estaba más avanzado. Incluso recuerdo que organizamos una huelga virtual en los años 90. Escribí sobre eso después. Fue una protesta porque estaban subiendo las tarifas de conexión. En ese momento se navegaba a través de servicios como AOL y AMC online, nada parecido a lo que tenemos hoy.

Todas esas experiencias me llevaron a reflexionar sobre lo que significa la virtualidad. Yo decía: “Estoy en un ciberespacio, en un espacio virtual. El otro puede creer que estoy en mi casa, pero yo puedo estar en cualquier lugar. Y ese espacio solo existe dentro de las computadoras, en el procesamiento de datos, pero lo experimentamos como real”.

Eso me obligó a pensar en paralelo con la filosofía: lo que es el ser, lo que es la apariencia, lo que es lo transido, esa categoría que aparece en mi libro Dominicanidad transida. Lo transido es lo atravesado, lo interpenetrado: una forma de comprender que vivimos en un tiempo en el que lo real y lo virtual se cruzan, se contaminan, se entrelazan.

Claro, todo esto no lo construí de golpe. Fue un proceso. Yo me detenía a revisar mis ideas, a dudar de mí mismo, a decirme: “¿Y si estoy equivocado? ¿Y si estoy loco hablando de ciberespacio cuando nadie pensaba en eso todavía?”. Entonces dejaba reposar la reflexión y volvía años después a observar la realidad. Y descubrí que, en efecto, las cosas iban justo por donde yo había intuido.

Si eso no hubiese sido así, entonces —como decía Kevin Mitnick, el famoso hacker— me habría tenido que dedicar a ser jardinero, porque no me hubiesen dejado usar ni una computadora de juguete. Pero mis intuiciones se confirmaron, y esa fue mi validación.

De ahí en adelante comencé a articular la virtualidad con los estudios epistemológicos y tecnológicos. Fue un proceso largo: asistí a eventos, participé en ferias tecnológicas —recuerdo el lanzamiento de Windows 95, que fue todo un acontecimiento—, compraba libros y revistas semanalmente, a veces gastaba hasta 50 dólares solo en material de lectura. Subía en el tren a John F. Kennedy Boulevard, donde un hindú vendía periódicos internacionales: El País, La Vanguardia, además de revistas especializadas. Era un ritmo de lectura y reflexión permanente.

Parte de esas reflexiones quedaron recogidas luego en La vida americana en el siglo XXI. En realidad, llevo más de 30 años trabajando este tema del ciberespacio, desde 1993 hasta hoy, y ha sido un flujo continuo, sin pausa. Pero siempre he querido mantener un principio: tradición e innovación. Nunca he renunciado a la tradición filosófica, pero tampoco me he permitido caer en la repetición. Mi gran preocupación ha sido siempre: ¿qué puedo decir yo que no haya dicho otro? Ese ha sido el motor que me llevó a introducir estos elementos novedosos.

El concepto de lo transido surge también de mi condición de migrante. Me sentía, muchas veces, incomprendido. Luchaba porque la gente entendiera la necesidad de navegar en el ciberespacio, de perderle el miedo a ese cibermundo que entonces apenas se estaba construyendo. Hoy ya es un sistema consolidado, pero en los años noventa era apenas un proyecto en gestación.

Con el tiempo, algunos se fascinaron con ese mundo virtual, pero esa fascinación trajo consigo el problema de la infoxicación: el exceso de información que produce malestar. Entonces me tocó adoptar una postura crítica, reafirmando lo valioso del ciberespacio, pero advirtiendo de sus riesgos.

He tratado de combinar siempre tradición e innovación bajo un pensamiento complejo y sistémico. Esa es también la lección que nos dejaron los herederos de Hegel: los de derecha y los de izquierda, y dentro de ellos aquellos que dieron lugar a una filosofía de la tecnología. Conocí esas corrientes desde los años ochenta, gracias a lecturas de César Cuello y Manuel Matos Moquete sobre cultura y lenguaje cibernético. Esa semilla germinó más tarde, cuando emigré a Estados Unidos, donde encontré el terreno fértil para desarrollar y proyectar estas reflexiones en congresos internacionales.

Ya en 1996 participaba en debates sobre redes y virtualidad. Fue en esa época cuando empecé a construir un pensamiento propio sobre lo virtual desde la filosofía. Recuerdo, por ejemplo, un evento en el que se discutía lo híbrido entre lo real y lo virtual; allí comencé a profundizar más sistemáticamente en esas cuestiones. También leí hacia 1998 el libro Cibermundo, la política del peor de Paul Virilio. Sin embargo, aquel texto, aunque sugerente, me pareció meramente descriptivo: hablaba de la aceleración tecnológica, pero no alcanzaba a elaborar un concepto sistémico y complejo del cibermundo.

Dr. Alejandro Arvelo:
Y a propósito de esas lecturas —de César Cuello, de Diógenes Céspedes, de Luis Federico Cruz, de Elsa Tió Sanamán, de Lusitania Martínez—, profesor Merejo, ¿usted cree que cabe hablar de un pensar filosófico dominicano, de una filosofía dominicana o, al menos, de un filosofar dominicano?

Dr. Andrés Merejo:
Yo lo concibo como un proceso en construcción. Una cosa es escribir un libro, y otra muy distinta es construir un pensamiento. Un libro puede contener un pensamiento, pero si no se articula con otros, si no deja huella ni genera continuidad, queda como un aporte aislado.

En cambio, cuando hablamos de pensamiento filosófico dominicano, pienso que este comienza a delinearse con más fuerza a partir de los programas doctorales. Allí se producen investigaciones que ya marcan coordenadas: pienso, por ejemplo, en Edison Minaya trabajando la hermenéutica, en Rafael Morla con la Ilustración, en Julio Minaya, en las investigaciones literarias y críticas de José Marmolejos, o en trabajos sobre Bauman aplicados a la realidad dominicana. Todas esas tesis van dejando impronta y comienzan a perfilar líneas de investigación.

No basta con dar clases de filosofía o repetir la obra de otros. Lo decisivo es indagar, problematizar y dejar una huella en investigaciones que puedan dialogar con tradiciones mayores. En nuestra historia hemos tenido pensadores valiosos —Avelino López, Medrano, Hostos, Henríquez Ureña—, pero sus contribuciones fueron más bien puntuales. Para hablar de un pensamiento filosófico dominicano necesitamos un hilo conductor, una red de debates, de cuestionamientos y de continuidades.

Aristóteles pensó en diálogo con Platón, y Platón en diálogo con Sócrates. En nuestro caso, aún hay dispersión: muchos aportes, pero aislados. Sin embargo, ya se perfila una construcción más orgánica a través de las investigaciones doctorales y las nuevas generaciones. Ese, pienso yo, es el camino.

Dr. Alejandro Arvelo:
Usted ha estudiado en la República Dominicana, en España y en Estados Unidos, y domina bien el inglés. A propósito de la propuesta del profesor Silverio para el VI Congreso Dominicano de Filosofía de 2025, cuyo lema es “Pensar en español: una apuesta por la identidad dominicana”, ¿cómo ve usted esta cuestión? ¿Se piensa igual en inglés que en español, o cada lengua configura un modo distinto de pensar?

Dr. Andrés Merejo:
No, no se piensa igual. Y lo digo con toda claridad: cada lengua lleva consigo un giro cultural y un trasfondo histórico-social que no existe en otros lugares. Incluso dentro de un mismo idioma —pensemos en las diferencias entre España, Cuba o la República Dominicana— existen giros, expresiones y modos de pensar distintos.

En mi caso, aunque leo con fluidez en inglés, tengo la costumbre de subrayar, de estudiar con pasión esa lengua, pero siempre me he mantenido más tímido al hablarla. Opté por fortalecer mi pensamiento y mi escritura en español, porque uno de los déficits más grandes de nuestra tradición dominicana ha sido precisamente la falta de conciencia sobre la riqueza cultural de nuestra lengua.

Fíjese: los chinos hacen sus conferencias en chino y luego se traducen; los franceses, como Michel Maffesoli o Morin, jamás dejaron de exponer en francés, aunque dominaran otros idiomas; y muchos alemanes, como Habermas, han preferido siempre exponer en su lengua materna. Esa fidelidad fortalece el pensamiento. Yo mismo he comprobado que cuando mis textos se traducen al inglés o al alemán, lo que gusta no es la traducción en sí, sino la fuerza conceptual que proviene de haber sido pensados en español.

El tiempo me ha dado la razón. Hoy en día, organismos iberoamericanos han comprendido esta necesidad. La V Cumbre Ministerial de Ciencia y Tecnología, celebrada en Santiago de Compostela, y ahora la próxima en Valencia, han reforzado la política de consolidar la investigación en español y portugués en toda Iberoamérica. No se trata de excluir otras lenguas, sino de afirmar la nuestra como vehículo legítimo de pensamiento científico, filosófico y tecnológico, especialmente en el nivel doctoral y posdoctoral.

Por eso digo que el lema de este Congreso es sumamente pertinente: pensar en español no es solo un acto lingüístico, es un acto cultural, político e identitario.

Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, antes de pasar a ese ejercicio de evocaciones rápidas —palabras, nombres o conceptos—, usted mencionó algo pendiente: lo transido. ¿Podría explicarlo brevemente?

Dr. Andrés Merejo:
Sí. Lo transido es una noción que yo he venido trabajando desde hace tiempo. Aparece, por ejemplo, en Dominicanidad transida. Se trata de un concepto que viene de la literatura, pero que yo he enlazado con una reflexión filosófica.

En lo esencial, transido significa abatimiento, un estado de dolor que no es solo físico, sino también moral. Ese abatimiento puede provenir de las condiciones sociales y políticas de una sociedad —crisis, desigualdades, precariedades—, pero también de la condición humana misma: la experiencia de la muerte, las pérdidas, el cansancio vital, la saturación de información en este mundo cibernético que a veces desborda al sujeto.

Yo distingo varias formas:

Lo transido transitorio: sociedades con fortalezas institucionales que, aunque atraviesan crisis, logran superarlas. Pueden sentirse abatidas, pero se reponen.

Lo hipertransido: sociedades como Haití, que han vivido históricamente en un estado de colapso estructural, sin institucionalidad ni cohesión social, donde el abatimiento se convierte en una condición permanente, más allá de lo transitorio.

Lo transido existencial: que es universal y que corresponde a cada sujeto humano, más allá de su cultura o país. Aquí entran los dolores morales, la finitud, la conciencia de la muerte.

En ese sentido, digo que la dominicanidad es transida: puede vivir crisis profundas, puede sentir el peso del dolor social y político, pero no está condenada a la hipertransición permanente. Tiene reservas históricas e institucionales que le permiten rehacerse, aunque nunca pueda escapar del transido existencial propio de la condición humana.

Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, pasemos ahora a esas evocaciones rápidas. Comencemos con un término de plena actualidad: inteligencia artificial. ¿Qué le sugiere?

Dr. Andrés Merejo:
La inteligencia artificial, en lo que realmente existe hoy, no es más que razonamiento, lógica y aprendizaje automatizado mediante algoritmos y dispositivos programados. Eso corresponde a lo que se llama inteligencia débil: sistemas capaces de aprender y perfeccionarse en tareas específicas, pero sin emociones, sin autoconciencia, sin lenguaje creativo.

A menudo se confunde con la inteligencia fuerte, que sería aquella que, además del razonamiento lógico y del aprendizaje, pudiera tener sentimientos, emociones y capacidad de autopoiesis, es decir, de construirse y reconstruirse a sí misma como el ser humano. Esa todavía no existe; pertenece al terreno de la ciencia ficción.

Lo que tenemos hoy son inteligencias artificiales específicas: un programa que juega ajedrez puede aprender por sí mismo a jugar mejor, pero nunca levantará una ficha para tirártela encima; un robot diseñado para limpiar puede perfeccionar sus rutinas día a día, pero nunca filosofará sobre lo que está haciendo. Aprenden por recursividad, pero siempre dentro de los márgenes que el programador les dio.

El ser humano, en cambio, aprende de sus errores; la inteligencia artificial busca siempre la perfección. Por eso digo que, aunque se avance mucho, quizá nunca veamos una inteligencia fuerte, salvo en la literatura y el cine.

Dr. Alejandro Arvelo:
Gracias, profesor. Le propongo otra evocación: Haití y República Dominicana, presente y porvenir.

Dr. Andrés Merejo:
Ese es un tema histórico y, al mismo tiempo, un destino compartido, aunque lleno de tensiones. Siempre he dicho que la relación entre Haití y República Dominicana es un espejo donde se reflejan nuestras fortalezas y nuestras fragilidades.

Haití es, en muchos sentidos, una sociedad hipertransida, marcada por la ausencia de institucionalidad y cohesión social, por una historia de violencia y precariedad que no ha podido superar. La República Dominicana, en cambio, es una sociedad transida: atraviesa crisis profundas, siente el peso de la precariedad y la desigualdad, pero tiene reservas históricas, culturales e institucionales que le permiten rehacerse.

El desafío del presente —y sobre todo del porvenir— es cómo construir una relación que no esté marcada solo por la frontera física ni por los conflictos, sino por una responsabilidad compartida frente al mundo y frente a nosotros mismos.

Ese tema lo hemos trabajado desde los años ochenta y sigue siendo el mismo problema. Siempre he sostenido, y lo reitero en mis libros, que somos dos pueblos totalmente diferentes por cultura, lengua y sociedad. No se trata de racismo: lo que nos diferencia es, precisamente, la cultura, la lengua y la sociedad. Los dominicanos defendemos esa cultura, esa lengua y esa sociedad como elementos constitutivos de nuestra identidad. Aquí hay de todo —como tú bien sabes—, pero la diferencia esencial está en el pensamiento cultural, en el pensamiento social y en el modo de vivir.

Dr. Alejandro Arvelo:
Profesor, permítame ahora una evocación: la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Dr. Andrés Merejo:
La Escuela de Filosofía tiene que seguir innovando. Lo que estamos haciendo ahora, este mismo diálogo, es muy importante. Pero no podemos esperar únicamente que sea la Escuela como institución la que lo haga; cada uno de nosotros debe convertirse en escuela. Estos diálogos filosóficos que inventé en su momento los hice de manera espontánea, y hoy fortalecen a la Escuela. Cuando uno viaja a Europa u otros países y habla de lo que aquí se hace, está extendiendo la presencia de nuestra Escuela. En ese sentido, la Escuela es un sistema, y nosotros somos subsistemas que lo fortalecemos.

Dr. Alejandro Arvelo:
Y si ampliamos la mirada a la Facultad de Humanidades en general, ¿qué diría usted?

Dr. Andrés Merejo:
La Facultad de Humanidades debe fortalecer el Observatorio de Humanidades Digitales para innovar aún más y ser más constructiva en esos debates que el profesor Morla y yo trabajamos intensamente aquí. También debe consolidar los programas doctorales y postdoctorales, fomentar la investigación, y —muy importante— evitar la satanización del pensamiento ajeno. Solo así podremos crecer como facultad.

Prof. Eulogio Silverio:
Muchas gracias, profesor Merejo. En nombre de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, y en el mío propio, le agradecemos sinceramente que haya venido. Y no solo que haya venido, sino que sea el profesor que es.

Este espacio tiene precisamente ese propósito: mostrar lo que tenemos. Nuestra Escuela puede ser pequeña en número, pero la fortaleza de nuestros profesores, que escriben, que publican, que desarrollan un pensamiento propio, es un lujo que pocas escuelas pueden darse. Usted es un vivo ejemplo de ello.

Conocí al profesor Merejo a través de sus publicaciones desde finales de los noventa, artículos que seguí de cerca, y de inmediato nos vinculó la cuestión de la tecnología. Recuerdo que cuando llegó el internet y tuve la primera computadora en mis manos, pensé: “Esto tiene futuro”. Incluso logré convencer a muchos escépticos que no creían que serviría para nada. Me apasioné tanto que aprendí a ensamblar y reparar computadoras, aunque luego dejé ese terreno técnico porque la tecnología tomó otros rumbos y no tenía tiempo para seguirla en su aspecto físico.

El profesor Merejo es un modelo, y no lo digo para alagarlo, sino porque es la verdad: un modelo de disciplina intelectual. Recuerdo que en la guagua, cuando viajábamos a Higüey, nunca hablaba de otra cosa que no fueran libros: los libros que estaba leyendo. Una vez mencionó los títulos que tenía en su biblioteca y que había leído. Algunos se rieron incrédulos. Pero él aseguró que eran más de cinco mil volúmenes. Y yo dije: “Créanme, si él lo dice, es porque es así”.

Además de eso, lo considero —y esta es una opinión muy personal— más que un profesor de filosofía. Porque, además de ser un excelente profesor, él trasciende esa función: es un filósofo con una producción intelectual propia. Ya lo hemos dicho antes: al profesor de filosofía no se le exige más que conocer la tradición y transmitirla. Pero Merejo va más allá: crea, innova y deja huella.

Por eso aquí vienen los compromisos, que con él nunca son difíciles. Fue de los primeros en enviar un artículo para La Banda, apareciendo en el primer número. Así que queremos comprometerlo, profesor, a que por lo menos una vez al año nos entregue un artículo. Y, si no es mucho pedir, me gustaría ver plasmado en esas páginas su concepto de lo transido, tal como usted lo explicó hoy. Creo que ahí está su gran aporte.

Dr. Andrés Merejo:
Sí, claro. También debo decir que tengo una investigación inédita que la universidad no ha publicado todavía: Cibermundo desde la filosofía, unas 250 páginas. Allí hay toda una construcción sistémica sobre el cibermundo y sus implicaciones en la cibercultura, la ciberpolítica, el ciberespacio, la ciberseguridad y la inteligencia artificial. Esa obra recoge un proceso de treinta años de trabajo. Y dentro de ese sistema, lo transido también ocupa un lugar, porque no flota en el aire: está articulado con esa visión compleja.

Lo mismo ocurre con la posverdad, que yo vengo trabajando desde hace tiempo, vinculándola con el cibermundo y la infoxicación. Toda esa construcción de lo virtual entra en ese sistema. Sin proponérmelo, he ido levantando un pensamiento sistemático que conecta la ética, la política, la educación y la tecnología.

Prof. Eulogio Silverio:
Muy bien, profesor. Entonces, el próximo compromiso se lo dejo: queremos que participe en El Banquete. Estamos dedicando dos años a la obra de Platón, y necesitamos que usted elija un diálogo de los que aún faltan para trabajarlo.

El otro compromiso es integrarlo en una de las mesas del VI Congreso Dominicano de Filosofía, Santo Domingo 2025. Sé que contaremos con usted, porque Merejo es uno de esos profesores que nunca se niegan cuando su Escuela lo llama.

Dr. Andrés Merejo:
Con mucho gusto. Y aprovecho para decir que también he trabajado el concepto cibernético en Platón. Él lo usa en La República, cuando habla del kybernetes, el timonel, y lo asocia al navegante que conduce la nave hacia puerto seguro. Creo que ahí hay un punto de conexión muy interesante entre la cibernética y la filosofía platónica. Eso se relaciona con lo que los filósofos de la cibernética de segundo orden han desarrollado, cuando el observador ya no está fuera, sino dentro de la observación. Incluso el constructivismo se nutre de esa visión.

Prof. Eulogio Silverio:
Excelente. Profesor, una vez más, muchísimas gracias. Quiero agradecer también a la joven Elisa María por su apoyo en estos encuentros. Profesor Merejo, su colaboración podrá ser ocasional, pero nosotros la valoramos infinitamente.