Prof. William Mejía Chalas:
Para presentar esta noche a la queridísima y admirada Lusitania Martínez. Lusitania Martínez es un gran referente de coherencia, tanto en lo que cree como en lo que milita. Señores, sin más palabras, sin más preámbulos y sin más espacio que se desperdicie, vamos a escuchar a la profesora Lusitania Martínez.
Dra. Lusitania Martínez:
Bueno, quiero realmente decir que me siento muy contenta con la presencia de amigas como Tati, Elsa, Du, Leidi; la presencia de mujeres de la Red de Coordinadora de Filósofas, o de la Coordinadora de la Red de Filósofas Dominicanas; también Silvana y Noemí, que, como dijo William, acaba de publicar un libro muy interesante sobre la fenomenología del cuerpo.
Por supuesto que ahora mismo estoy nerviosa, pero se me irá quitando de acuerdo a la experiencia. Yo quiero desarrollar este programa con las ideas principales: primero, hablar de la perspectiva filosófica literal, lo que yo interpreté sobre El Banquete; luego, los discursos, es decir, las ideas principales de cada uno.
Después me detendré expresamente en Sócrates y Alcibíades, porque encuentro que son los dos más importantes. Muchos dirán otros: escogerán a Fedro, a los poetas, al médico Erixímaco; pero para mí los más significativos son Sócrates y Alcibíades, aunque este último lo abordaré de pasada.
Seguido, voy a hablar de las hipótesis que se pueden derivar de El Banquete; luego, una idea muy breve de la participación de las mujeres y del significado del amor en cada discurso. Y, por último, les voy a proponer algunos elementos de análisis del amor contemporáneo, porque indudablemente lo que aparece en El Banquete pudiera servirnos como punto de apoyo para definir el amor en la actualidad. Me refiero, sobre todo, al amor al otro, porque también podría ser el amor a Dios, y ahí nos apoyamos bastante en Sócrates.
Ese es mi programa. Antes de iniciar, quiero introducir, por si las personas aquí presentes, como Bartolo o Tati, desean plantear algo a propósito de lo que vamos a interpretar, lo siguiente:
El Banquete es uno de los 25 diálogos de Platón que tienen a Sócrates como centro, y fue escrito unos 19 años después de la muerte de este.
Esto introduce un pequeño problema: El Banquete trata de siete teorías acerca del amor, cada una intentando superar a la anterior. Algunos dicen que es el diálogo más difícil, el más hermoso; yo creo que es el más mencionado. Podría afirmarse que El Banquete es una nota al pie del pensamiento occidental, porque es la primera vez que en Occidente se habla del amor.
En Oriente no; allí ya existían reflexiones bellísimas. A mí, por ejemplo, Negro me envió una vez la carta de un hombre oriental enamorando a una mujer: preciosísima. De modo que en Occidente sí pudiera considerarse a El Banquete como el primer gran tratado sobre el amor, pero no en Oriente.
También quiero decir que, para quienes quieran profundizar y que no nos falte temática de discusión, hay muchas lecturas que yo no agotaré aquí, como la de Foucault. Foucault es interesantísimo analizando El Banquete en su último capítulo de La historia de la sexualidad, volumen II. Es una lectura difícil, pero tiene una opinión muy interesante sobre cada discurso. Fedro vendría a ser la metáfora del amor fantasmal; Erixímaco, la armonía de los contrarios…
No lo voy a decir todo, pero Sócrates plantea que el amor es precisamente la falta, aquello que uno busca porque le falta. Y es interesante, porque Aristófanes habla de la castración. Bueno, eso ya es más un estudio psicoanalítico de El Banquete.
Pero lo que quería decir, antes de entrar en la interpretación filosófica literal que me sacudió —y que se lo hice saber a Alejandro—, fue un trabajo de Ortega y Gasset de 1946, Comentario al Banquete. Nosotros leímos, creo que Alejandro solo una parte, porque no tenemos el libro completo. Quien lo tenga, que levante la mano.
Ese texto realmente me tambaleó. Porque, si nos dejamos llevar por Ortega y Gasset, lo que yo interpreto y digo aquí parecería que no vale mucho, ya que él plantea lo difícil que es leer, como también decía Tati, que me estaba hablando de eso antes de entrar: lo difícil que es leer y también escribir.
Él señala las dificultades que se encuentran. Por ejemplo, dice que siempre se interpreta desde una situación: la situación de quien escribe y la situación de quien lee. Uno nunca sabe a qué está jugando el autor de un texto determinado. Ortega se refiere específicamente a El Banquete, porque uno se pasa buscando qué quiso decir, qué calla, porque hay cosas que —según él— en algunas lenguas simplemente no se pueden decir.
Para ser breve: Ortega también dice que la lengua sufre de una “enfermedad congénita”. Por ejemplo, la polisemia: una sola palabra que usa Platón en El Banquete puede tener muchísimos significados. Y, sin embargo, nosotros vamos felices “halando por los cabellos” y diciendo: “Ah, ahí quiso decir que el amor son los filósofos, o qué es la filosofía”.
Esto es problemático, porque el lenguaje sufre de lo que Ortega llama la inefabilidad: la necesidad de callar algo, de no decirlo, para que sea el lector quien lo complete. Imagínense ustedes. Yo entiendo que ese es un gran problema cuando se habla de El Banquete.
Ahora bien, vayamos a El Banquete en sentido literal y filosófico. Aquí está en juego Apolodoro y Aristodemo. Aparece un amigo de Apolodoro que sale corriendo y le pide: “Cuéntame qué pasó en el banquete en casa de Agatón”. Apolodoro le responde: “Pero esa fiesta es viejísima; incluso Agatón hace mucho que se fue de la ciudad y acaba de regresar”.
Sin embargo, Apolodoro, que admiraba profundamente a Sócrates —al igual que Aristodemo, quien también lo admiraba—, cuenta que le transmitió lo ocurrido: siete discursos, aunque en realidad fueron más.
Yo quiero hablar de eso, porque encuentro que es mejor hablar de filosofía que de negocios. Para mí, ahí ya se introduce algo clave: la importancia de la filosofía. Entonces, Apolodoro comienza a narrar lo que Aristodemo le contó: que encontró a Sócrates descalzo, poniéndose los zapatos, porque Sócrates siempre andaba descalzo… y, además, muy bello.
Sócrates se puso ropa bonita para ir a celebrar a Agatón, a quien habían reconocido el día anterior en una fiesta. Esa noche volvían por segunda vez. Aristodemo fue donde Sócrates a buscarlo, y Sócrates le dijo: “Vamos”. Pero Aristodemo no quería ir, porque decía: “No vaya a ser que me pase lo de Menelao y Agamenón, que Menelao se apareció fresquito en una fiesta muy grande de Agamenón sin haber sido invitado”. Sin embargo, Aristodemo accedió: “Yo voy a ir por ti, atento a ti”.
Entonces caminaron, pero Sócrates se quedó detrás. Cuando Aristodemo volteó la cabeza, encontró a Sócrates en una actitud catártica. Algunos dicen que Sócrates sufría de epilepsia y que posiblemente le había dado un ataque; para mí estaba más bien meditativo, como un filósofo.
En fin, Aristodemo llegó donde Agatón. Este lo saludó: “¡Hola, Aristodemo! Pero si yo te andaba buscando para invitarte”. ¡Ironías de la vida! El que no quería ir, Agatón lo andaba buscando. Y eso siempre ocurre: cuando llega alguien sin ser invitado, uno dice: “Caramba, pero yo te estaba buscando para que vinieras”.
Agatón le pidió a Aristodemo: “Entra y lávate los pies” (no las manos, los pies). Entonces preguntó: “¿Y Sócrates?”. Aristodemo le respondió: “Lo vi parado en el dintel”. Entonces Agatón mandó a un esclavo a buscarlo. Sócrates llegó, y ahí empezó El Banquete.
Erixímaco, el médico, propuso: “Sería bueno que hiciéramos un homenaje al amor”. Fedro había comentado que el amor nunca había recibido un homenaje. Entonces todos estuvieron de acuerdo: “Vamos a hacerlo, pero con moderación. No bebamos mucho”, dijo Erixímaco, porque era médico. Decidieron que los discursos se pronunciarían de izquierda a derecha, comenzando por Fedro. Sócrates, que acababa de llegar, aprobó la propuesta.
Así comenzó Fedro. Voy a resumir aquí las teorías más importantes de cada uno. Para Fedro, el amor es lo más viejo, creado después de la tierra y el cielo. Es tan virtuoso y valiente que el amado y el amante se cuidan de no cometer errores el uno frente al otro, porque eso los avergonzaría demasiado.
Fedro insiste en que el amor es valiente. Tanto, que recuerda cómo en Atenas se formó el ejército de Tebas con 150 homosexuales para combatir contra Esparta.
Lo importante es lo que retuve: el amor es el más viejo, es valiente, desarrolla muchas hazañas e impide desertar. Fedro introduce tres mitos muy interesantes:
El mito de Alceste, una mujer que muere por amor, sacrificándose para que no maten a su marido.
El mito de Orfeo, el músico, considerado cobarde porque bajó vivo al infierno a buscar a su esposa muerta, y los dioses no toleraban ese atrevimiento.
El mito de Aquiles, quien, por amor a su amigo Patroclo, mató a Héctor. Ese sí es valiente, aunque luego se hable de su “talón de Aquiles”.
Fedro da mucha importancia a diferenciar entre el amante y el amado. Esa distinción, más adelante, será clave para entender a Sócrates y, según mi interpretación, para comprender también la diferencia entre el filósofo y la filosofía.
Entonces, Fedro dice: el amante es mejor que el amado. Ojo: porque el amado tiene cierta divinidad.
Luego viene Pausanias, con el segundo discurso. ¿Qué plantea Pausanias? Que existen dos tipos de amor:
Un amor espiritual, masculino, homosexual. Este defiende la pederastia —ojo, pero no la pederastia en el sentido vulgar que nosotros tenemos hoy, la del hombre adulto que se enamora de un niño—, sino la pederastia entendida en la cultura griega como la relación de un hombre adulto que instruye y guía a un joven en formación.
Un amor vulgar, heterosexual, que tiene “madre y padre”.
Pausanias afirma que el amor heterosexual busca prostitutas y lo considera corrompido, propio de los que no participan del “amor de Venus”. Es un discurso que me parece muy estructurado, incluso casi científico, porque es el único que da reglas para amar. Según él, lo importante no es si el amor es bello o feo, sino si los medios que se usan para amar están ajustados al fin.
Así, amar no es vergonzoso si se cumplen ciertas reglas: uno puede ir al gimnasio, donde los hombres están desnudos, porque allí hay filosofía; uno puede adular a un hombre y enamorarse de él, porque si esa persona sabe y uno quiere instruirse, eso es válido. En resumen: no importa a quién se ame, lo importante son las reglas.
Después viene Erixímaco, el médico. Él, con un tono un poco heraclíteo, entiende el amor como la armonía de los contrarios. Dice: “Yo estoy en desacuerdo con Pausanias. Creo que tanto el amor homosexual, espiritual, como el amor al cuerpo, son buenos. Lo importante es evitar el exceso, porque soy médico”.
Erixímaco defiende entonces tanto el amor del alma como el amor del cuerpo, siempre que este último sea sano. Y aplica esa visión no solo a los seres humanos, sino también a la música, la agricultura, las estaciones, la alimentación: todo debe regirse por la moderación.
Mientras hablaba Pausanias, Aristófanes comenzó a reírse, pero le dio un hipo. Algunos dicen que ese hipo era la manera de contener la risa. Entonces Erixímaco le recomendó: “Estornuda, bebe agua o deja de respirar”. Al final, Aristófanes le dijo: “Habla tú, Erixímaco”, y por eso este fue quien intervino antes.
Después llega Aristófanes, con la famosa teoría de la media naranja. Este es el discurso más conocido. Según él, en la antigüedad existieron tres tipos de seres humanos:
Mujer-mujer (dos mujeres unidas por la espalda).
Hombre-hombre (dos hombres unidos).
Hombre-mujer (el andrógino).
Estos seres eran esféricos y, sintiéndose poderosos, atacaron a los dioses. Los dioses, indignados, los partieron por la mitad. Desde entonces, cada mitad vive buscando desesperadamente a la otra. Así nació el amor: como la búsqueda de la parte perdida.
Aristófanes dice que los dioses también inventaron los genitales y los colocaron por delante, para que los andróginos pudieran procrear. De ese modo, aparecieron los heterosexuales (antes, según Aristófanes, los genitales estaban por detrás y la eyaculación era distinta).
En esta interpretación, el amor masculino es el más importante; el lésbico es secundario, y el amor de la mujer casi no cuenta.
Después viene Agatón, el homenajeado. Lo voy a despachar rápido, aunque es importante. Su discurso es el de los poetas. Habla del amor como el más joven, el más sutil, el más delicado, que rechaza la fealdad y la violencia. Lo rodea de flores, perfumes y bellezas.
Sócrates se interesó en su discurso porque lo encontró muy estructurado. Agatón decía: “El amor es la búsqueda de lo bello; el amor es lo más bello”.
Y aquí es donde Sócrates, que viene después, va a ponerle muchas “zancadillas” a Agatón. Por eso, con Sócrates —que es el discurso más importante— me voy a detener un poco más. Pero no se van a aburrir, porque sacaré lo esencial.
Sócrates empieza preguntando: ¿a qué cosa ama el amor? Porque uno ama a la mamá, a una hermana, a una hija, ¿sí o no? Todo este diálogo lo desarrolla con Agatón. Y Agatón, por supuesto, responde; pero Sócrates, enojado, le dice: “No, Agatón, no hablé yo; habló la verdad. Porque lo que yo pienso es que, para definir el amor, hay que buscar la verdad y no valerse de tantos artificios”.
Por eso, Sócrates somete a Agatón a preguntas lapidarias:
¿El amor es amor de algo o es amor de nada?
¿El amor es amor de lo que poseemos o de lo que nos falta?
¿El amor es algo pasajero o es amor para siempre?
Entonces, concluyen juntos: el amor es amor de algo que nos falta y que deseamos para siempre.
Aquí es donde aparece Diotima, la mujer sabia de Mantinea. Sócrates cuenta que fue ella quien le enseñó todo lo que ahora transmite a Agatón. Diotima responde a las mismas preguntas:
El amor es siempre de algo.
El amor no es de lo que tenemos, sino de lo que nos falta.
El amor es de aquello que queremos poseer para siempre.
Y luego añade algo decisivo: el amor es algo intermedio entre la ciencia y la ignorancia.
¿Por qué? Porque uno puede tener una opinión verdadera sin tener razones para justificarla. Esa opinión participa de la verdad, pero no es ciencia. Entonces, el amor no es sabiduría (el sabio no lo necesita), ni es ignorancia (porque el ignorante cree que sabe). El amor se sitúa en el medio.
Sócrates, buscando claridad, le dice: “Para mí, el amor es un dios”. Pero Diotima le responde: “No, Sócrates. El amor no es un dios, porque no es sabiduría perfecta. El amor es un daimon, un espíritu intermedio entre los dioses y los hombres”.
Entonces, Diotima introduce el mito de Poros y Penia:
Poros, el dios de la abundancia, fue invitado al nacimiento de Afrodita.
Penia, la pobreza, no fue invitada.
Poros salió borracho de la fiesta y se quedó dormido en un jardín.
Penia, astuta, se aprovechó y se unió con él.
De esa unión nació el Amor: un ser intermedio, hijo de la riqueza y de la pobreza, un hombre fuerte, bello, pero siempre necesitado, aventurero y lleno de deseos.
Aquí Sócrates entiende: el amor no es divino ni pleno, sino un intermedio entre Poros y Penia.
Entonces Sócrates pregunta: “¿Y quiénes son los que filosofan?”. Y Diotima le responde:
No son los sabios, porque estos ya poseen la sabiduría.
Tampoco son los ignorantes, porque creen que saben y no buscan nada.
Los que filosofan son los que aman la sabiduría, los que están en el medio.
Así, Diotima establece que el amor es amor a la filosofía, y que quienes filosofan están entre los sabios y los ignorantes.
Pero aquí ella introduce una distinción importante: la diferencia entre el amante (el filósofo) y lo amado (la filosofía). Y pregunta: “¿Es lo mismo lo amado que quien ama? ¿Es igual amar que ser amado? ¿Es igual el amante y el amado?”.
De este modo, Diotima va guiando a Sócrates —y a Platón, y al lector— hacia la utilidad del amor: mostrar que lo importante no es solo lo amado (la filosofía), sino también el amante (el filósofo), que aspira a la belleza.
En ese momento, Sócrates confiesa: “No te entiendo, Diotima. Para eso te busqué”.
Entonces, Diotima dijo: “Bueno, te voy a poner otro concepto, porque así se va a entender mejor la pregunta: ¿a qué aspira el que ama lo bueno?”. Ya no habla de la belleza, porque para ella lo bueno y lo bello son lo mismo.
Sócrates le responde: “¡Ah, ya entendí! Aspira a ser dichoso”. Pero Diotima le pone otra zancadilla: “Todo el mundo aspira a lo bueno, ¿verdad?”. Sócrates dice: “Sí, todo el mundo aspira a lo bueno; eso es innato”. Entonces Diotima lo cuestiona: “Pero si todo el mundo aspira a lo bueno, ¿por qué unos sí lo alcanzan y otros no?”.
Aquí introduce la explicación de la poesía como metáfora del amor. Dice: hay muchos que se dedican a escribir versos, y la gente cree que son poetas, pero no lo son verdaderamente. Lo mismo pasa con el amor: muchos creen que aman, pero en realidad están confundidos. Incluso cita a Aristófanes como ejemplo: “Aristófanes cree que el amor es la búsqueda de la media naranja, pero no; el amor no es la búsqueda de una mitad perdida, sino la aspiración universal a lo bello y lo bueno”.
El amor verdadero, concluye Diotima, es innato, es un deseo permanente de lo bueno y lo hermoso, y es lo que nos hace dichosos.
Luego plantea otra pregunta: ¿quiénes son los verdaderos filósofos? Aquí vuelve a insistir en la diferencia entre el filósofo (el amante) y lo amado (la filosofía). ¿Quién persigue verdaderamente el amor? ¿Cuál es el verdadero amor y el verdadero amante? ¿Qué es lo que hace dichoso?
Y responde: el filósofo es el buscador del amor, el amante de la sabiduría, y su tarea es generar, procrear, reproducir, producir belleza. Es decir, inmortalizarse y perpetuarse.
Según Diotima, la primera forma de inmortalidad es la biológica. Por eso todos los seres vivos buscan perpetuar la especie: procrean, se reproducen, se inmortalizan a través del cuerpo y también del alma. Ella incluso describe con detalle cómo, en el plano biológico, la vida se agita con el deseo sexual: el cuerpo se erige en el acto de la reproducción, pero luego decae, se vuelve flácido cuando la reproducción es fallida. Ahí introduce la dialéctica de la vida y la muerte en lo biológico: todo muere para que algo pueda renacer.
Y lo lleva más lejos: dice que lo mismo ocurre con el pensamiento. Todo muere, incluso el pensamiento. Lo que sucede es que, como Platón creía en la reencarnación, el pensamiento permanece y se recuerda en otra vida.
Entonces, ya está claro: filosofamos para conseguir la inmortalidad mediante la reproducción. Primero, la reproducción biológica; luego, la reproducción de discursos, de pensamientos. Lo que nos anima al principio es el coito y el deseo de perpetuar la familia, de asegurar la inmortalidad y que lo bueno nos pertenezca siempre.
¿Quiénes triunfan, Ninoska? Los poetas, los creadores, los filósofos, que son los que gobiernan el Estado. Eso lo hemos visto en otros diálogos. Diotima enfatiza que los verdaderos procreadores son los hombres: el amor masculino, el amor heterosexual, engendra hijos biológicos y busca la inmortalidad a través del legado, pero no es virtuoso en sí mismo.
La verdadera virtuosidad se consigue en el plano superior: con la inmortalidad del amor masculino en sentido espiritual, los hijos de la inteligencia. Los hijos de las mujeres —dice ella— no son tan bellos como los hijos del pensamiento. A mayor virtud, mayor sabiduría. Los filósofos, esos grandes hombres, nos llevan a la inmortalidad mediante su legado: la sabiduría, las leyes, los discursos, los libros. Esos son los hijos inmortales, los verdaderamente bellos.
Por eso, Diotima le dice a Sócrates: “Tú quieres ser un buen filósofo… aunque yo misma dudo de si podrás llegar a serlo”. Y le plantea un ciclo famoso, una escalera ascendente:
Se parte de la reproducción biológica: el amor a un cuerpo bello.
Luego se pasa a reconocer la belleza en dos, en tres, en muchos cuerpos, porque la belleza es única y universal, está en todos.
No importa que uno ame muchos cuerpos masculinos; incluso puede aparecer un cuerpo feo, pero si es virtuoso, no importa. Lo ideal, sin embargo, es amar uno solo.
Ese ciclo de búsqueda de la inmortalidad a través de la filosofía requiere un orientador, un maestro. Comienza con la atracción física, sigue con el comportamiento, las acciones, los discursos, las teorías, hasta llegar a toda la ciencia: la ciencia de lo bello, la belleza eterna, inmutable.
Mediante esa revelación —diría yo, casi como un filósofo religioso— se alcanza la Belleza en sí, que no es corporal ni sensible. Y en esa búsqueda se vislumbra el sentido de la vida: llegar a Dios, o mejor dicho, a lo divino.
En ese momento, Sócrates estaba hablando cuando se escuchó un ruido: entró Alcibíades. Este hombre sí que es interesante: llegó borracho, acompañado de flautistas, interrumpiendo el banquete. Miraba fijamente a Agatón, a quien había visto enamorado y, de paso, se fijó en Sócrates.
Alcibíades, en su desenfado, le dijo a Agatón: “Quiero coronarte”, e intentó ponerle una corona de flores. Quiso sentarse a su lado, pero al ver a Sócrates le dijo: “¿Y tú qué haces aquí, muchacho? Explícame. Yo ya no puedo reconocer a Agatón sin reconocer a Sócrates, porque ustedes dos van juntos”.
Y añadió, celoso: “Ustedes no conocen a este hombre, pero yo sí lo conozco. Yo sé lo enamorado que es, sé cuánto lo he amado y cómo nunca me ha hecho caso”. Alcibíades describe a Sócrates con un tono de amor-odio, de celos y zancadillas, el típico amor de acción contemporánea, lleno de contradicciones.
Agatón, viendo la tensión, le pidió a Sócrates que se sentara junto a él para protegerlo de posibles agresiones de Alcibíades. Este, en tono más filosófico, comparó a Sócrates con un sileno: esas figuras que parecen feas por fuera, pero que al abrirse revelan estatuillas divinas. Así veía Alcibíades a Sócrates: por fuera un hombre común, pero por dentro un ser lleno de sabiduría y belleza.
Y Sócrates —según Alcibíades— está enamorado de Agatón. Entonces, Alcibíades pide permiso para hablar, advierte a todos: “Si digo algo malo, porque estoy borracho, me interrumpen; y tú, Sócrates, también me puedes interrumpir”.
Comienza diciendo: “Ni contigo ni sin ti mis penas tienen remedio. Sócrates es lo más grande del mundo, pero también es un hombre que me ha creado muchos problemas. No ha valorado mi amor”.
Cuenta que lo invitó varias veces a su casa: un día despidió a los esclavos para estar solo con él, y no consiguió nada; otro día lo invitó a cenar, y tampoco; una vez lo hizo quedarse hasta tarde, Sócrates durmió en su casa y no quiso acostarse con él. Alcibíades, molesto, le dijo: “Mira, tú no valoras lo mucho que yo te amo”. Y Sócrates le respondió: “Yo te valoro, pero puede ser que estés enamorado de algo que yo no represento”.
Alcibíades insistió: “Yo te quiero de verdad”. Y Sócrates replicó: “Lo que te pasa es que, como no te has acostado conmigo, crees que te falta algo, y por eso estás viciado”.
El hecho es que Sócrates le permitió dormir junto a él, abrazado a su cuerpo, pero solo dormir. Al día siguiente, Alcibíades contó esto en el banquete: “Logré dormir aferrado a ese cuerpo hermoso, pero nada más”.
Cuando terminó su discurso, muchos ya se habían dormido, entre ellos Aristodemo, quien fue el que luego le narró todo a Apolodoro. Alcibíades, borracho, también cayó rendido. Sócrates, en cambio, salió de la casa, se fue a bañarse y luego se dirigió a lo de Jantipo, como si nada hubiera pasado, tras haber pasado la noche entera en el banquete.
De este banquete pueden derivarse varias hipótesis:
Es la primera vez que se habla de filosofía en el marco de un simposio. Recordemos que Protágoras ya había dicho que él no era sabio, sino amante de la filosofía.
El amor es la filosofía, es el filósofo: aparece aquí un Platón didáctico, educativo. Hablar del amor por el otro es una excusa para llegar al saber, a la mayor virtuosidad: la búsqueda de la inmortalidad mediante la generación de un saber filosófico.
El amor es filosofía en cuanto búsqueda de lo bueno. No se trata de mera misticidad, sino de un amor al ser, a la libertad, a la transformación: el sentido de lo absoluto. El amor, en este plano, es interno, transforma a quien ama y al amado.
Platón introduce claramente su teoría de las ideas: la existencia de dos mundos, el terrenal (donde no existe la verdad plena) y el ideal (al que se accede mediante la escalera del amor).
El Banquete también es una sociología de su tiempo: muestra las costumbres de la época. Vemos que los invitados se lavan los pies y no las manos, el tipo de asientos que usan, que las mujeres eran enviadas al gineceo porque Erixímaco no quería mujeres en el banquete, etc.
Podrían derivarse muchas otras hipótesis plausibles, pero lo dejaré aquí para la discusión.
No he terminado, porque quiero decir muy brevemente, antes de proponer cómo pensar el amor hoy, lo siguiente: en todos los diálogos de Platón, la participación de las mujeres y el significado del amor están relegados.
En El Banquete aparecen elementos femeninos a través de Sócrates y Diotima, pero las mujeres están excluidas tanto del amor como de la sabiduría. Es decir, no son sujetos del amor.
En la mayoría de los diálogos de Platón, la situación es la misma. Recordemos:
En el Fedro, Aquiles es presentado como el más importante: amor masculino.
Pausanias habla del amor masculino.
Erixímaco expulsa a las mujeres del banquete.
Para Aristófanes, el amor homosexual masculino es el más relevante.
Agatón, poeta, plantea un amor masculino ligado a Sócrates.
No hay espacio para la vejez, la fealdad ni la femineidad. Alcibíades defiende un amor masculino. Y Sócrates, en boca de la pobre Diotima —porque no olvidemos que es un personaje inventado por Platón— sostiene que “parir biológicamente” corresponde a los varones: la verdadera procreación es la del cuerpo y el alma, pero los mejores partos son los del varón. Esa no es voz de Diotima, sino de Sócrates y Platón.
Podríamos plantear la hipótesis de que Platón, al poner las palabras en boca de una mujer, quiere sugerir una episteme masculina disfrazada de erótica femenina. Pero ¿de qué sirve, si en El Banquete predomina una erótica masculina? Los hombres son los creadores; el deseo es masculino; la humanidad se construye desde lo masculino. Esto es grave: en todo Platón, la mujer aparece apenas como un “surco”, una metáfora agrícola en la que el hombre deposita la semilla. Lo que importa, siempre, es el amor entre hombres.
Incluso la metáfora platónica de que “el hombre es incompleto” resulta más injusta que la aristotélica, que también presenta al hombre como ser incompleto. En cualquier caso, en todos estos textos —aunque difíciles, como señala Ortega y Gasset— se percibe un trasfondo obligatorio de género, clase y etnia.
El hecho de que en los diálogos aparezcan elementos femeninos —como a veces celebra Negro, cuando dice: “Mira, aquí hay una madre, una esposa”— no implica necesariamente un nuevo concepto de mujer. Que aparezca una mujer no transforma la matriz conceptual.
Ahora bien, frente a quienes dicen que debemos aceptar que Platón pensaba así “porque era normal en su época” y que sería anacrónico exigir otra cosa, tengo dos refutaciones:
El propio Banquete ya es un texto avanzado para su tiempo, porque incluye el amor masculino y también el amor lésbico. Incluso, si se quiere ser atrevido —no digo que sea mi hipótesis, pero podría plantearse—, allí ya aparecen las bases de la bisexualidad y el transgenerismo.
Aunque se tratara de un planteamiento retrógrado y fuertemente marcado por la matriz masculina, lo cierto es que Platón dejó abierta la posibilidad de pensar un amor que vaya más allá del heterosexual.
Hoy vivimos amores que no son heterosexuales, y lo podemos discutir aquí. Yo soy heterosexual, pero no tengo ningún problema con el amor homosexual ni lésbico. Estamos en el siglo XXI, pero recordemos que en el siglo IV antes de Cristo ya se planteaban estas cuestiones.
Esto nos muestra que lo nuevo se piensa en cada época: como lo hizo Karl Marx en el siglo XIX o Poulain de la Barre en el XVII, quien ya hablaba de igualdad. Y hoy, en el siglo XXI, jugamos con la idea de igualdad como una necesidad. La noción de igualdad, que defendemos las feministas, ya estaba esbozada en el siglo I.
Definitivamente, no hay una armonía preestablecida entre el filósofo y el género. ¿Por qué un filósofo puede criticar todo y no criticar el género? ¿Por qué reducirlo al folklore?
Mi propuesta, para terminar: el amor hoy debemos verlo como algo social e histórico, no simplemente individual. Eso no quiere decir que, una vez que definamos el amor y los elementos que deben considerarse históricamente, no hablemos de amores individuales. Claro que lo individual existe. Pero el amor, como concepto, no puede definirse hoy del mismo modo que lo definió Sócrates.
Algunos elementos de cada discurso de El Banquete pueden servirnos, otros no. Pero no podemos definir el amor hoy sin tener en cuenta nuestra realidad. Imagínense: en nuestro país hubo cinco feminicidios la semana pasada. Eso es gravísimo. Entonces, ¿de qué amor me hablan?
Hoy hace falta “amarrarse los pantalones” para hablar de un amor que no excluya la noción de igualdad. No podemos quedarnos en la idea biologicista que produce celos y posesión: esa idea de que el amor implica que la mujer debe parir y, además, ser propiedad de alguien: “mía, mía, mía”.
Recientemente, Soraya —la “mujer de mármol”, en un estudio enjundioso que presentó en televisión— planteó que los feminicidios se deben precisamente a esa noción de posesión: a la idea de que la madre, la mujer, debe ser obligatoriamente “mía”. Me impresionó, porque nunca la había escuchado, y es una señora excelente, dirige el PACN.
Por eso, hoy podemos analizar el amor alejándolo de ese biologicismo. Eso no significa negar la biología. Para Simone de Beauvoir, por ejemplo, la biología existe y la maternidad es valiosa, siempre que sea un proyecto libre, no una imposición, ni una violación, ni un incesto.
Hoy tenemos a Simone de Beauvoir y a muchos otros teóricos que nos ayudan a pensar el amor desde otra perspectiva. Yo traje esas referencias, pero no las diré ahora, para que ustedes también hablen.
Gracias.
Quilvio:
Y ahora entiendo por qué sus alumnos están tan orgullosos de ella. Lo que me llamó la atención es que habló del amor en Platón y, sin embargo, en ningún momento utilizó la expresión “amor platónico”. Entonces veo que aquí no se habló de “amor platónico”, sino simplemente de amor.
Y claro, me doy cuenta de que nuestra sociedad es totalmente machista. Mire, yo compré a mi mujer hace 53 años en 15 pesos, y hoy todavía la sociedad ha preservado esas estructuras: porque todavía yo tengo que repartir la mitad de todo lo que tengo con ella.
Entonces, mi pregunta es: ¿dónde aparece el odio? ¿Dónde aparece el odio, cuando en realidad la naturaleza nos muestra que todos nacemos del amor?
Dr. Bartolo García:
Bien, entonces, con Bartolo terminamos esta ronda. La profesora luego responde y pasamos a la segunda.
Gracias, gracias. No puedo dejar pasar por alto el reconocimiento al método de la profesora: creo que es un modelo de análisis, incluso de hermenéutica. Ese esquema puede servir de referencia. También debo decir que es muy gratificante que hayamos pasado una hora completa expectantes, escuchando conceptos. Eso es una rareza en República Dominicana, pero ¡qué gusto da! Y además, sin que ella sea una artista, sin que sea una influencer —gracias a Dios, es una profesora viva— podemos escucharla así, con tanta atención.
Cuando leí por primera vez El Banquete, recordé el poema El brindis del bohemio, no sé si algunos lo han oído en las celebraciones del 31 de diciembre. Creo que ese poeta copió el modelo de Platón.
Aquí hay un recurso que me llama mucho la atención: la paráfrasis de la paráfrasis de la paráfrasis. Normalmente, los diálogos de Platón ya son una paráfrasis, porque Platón se supone que está parafraseando a Sócrates. Pero, en este caso, es Apolodoro quien parafrasea lo que pasó en el banquete; a su vez, Sócrates parafrasea a Diotima. Y ahí surge una hipótesis que yo agregaría al método de la profesora: hay una intención de reivindicar la condición de la mujer como filósofa trascendente, maestra del filósofo en el banquete más admirado.
Diotima emerge como la maestra a la que Sócrates recurre para responder a Agatón. Sócrates asume que el discurso de Diotima es más convincente que el suyo propio. Para mí, eso es muy trascendente.
También es trascendente el equívoco como recurso. Fíjense: cuando Fedro habla, defiende el amor homoerótico como base de cohesión —incluso en la batalla, porque, según él, el amor entre los combatientes los mantiene unidos—. Pero, cuando da ejemplos, comete un “error”: menciona el mito de Alceste, que es un amor heterosexual. Cierto, los otros dos ejemplos son homoeróticos, pero el primero que le brota, de su subconsciente o inconsciente, es el amor heterosexual.
Por tanto, yo agregaría otra hipótesis: en El Banquete también se reivindica el amor heterosexual. De hecho, al final, como resaltó la profesora, Diotima presenta que el amor heterosexual es el que se reproduce, el que genera descendencia. No es el más exaltado filosóficamente, pero sí el más productivo en términos biológicos.
Como este no es un templo de adoración a las personas, sino de búsqueda de la verdad, me atrevo a plantear una hipótesis que puede contradecir lo que se ha dicho sobre el “útero masculino”. Yo creo más bien que Platón estaba sugiriendo —aunque no lo supiera en esos términos— la posibilidad de que el hombre aporte todo el material genético, diríamos hoy los 46 cromosomas, de modo que pudiera concebirse un hijo “solo del hombre”.
No creo que sea plausible imaginar literalmente a un hombre con útero. Más bien, inconscientemente, estaría planteando la idea de que un hombre puede engendrar con una mujer, pero aportando toda la carga genética. Eso haría al hijo “solo de hombre”.
Podría ser una hipótesis más plausible que la del útero masculino, que suena más a dislate de Sócrates. Como son hipótesis, todas se pueden trabajar, todas son posibles.
Muchísimas gracias.
Dra. Elsa Saint-Amant:
Quiero agradecer la exposición, por la conciencia con la que fue realizada. Lo que dijo Bartolo me motivó a hablar; no pensaba intervenir, pero coincidí con él en algo: la relevancia de la mujer cuando el filósofo reconoce su ignorancia, su falta de guía, su necesidad de que sea la mujer quien oriente.
Con respecto al tema del “útero masculino”, lo que siempre he visto es que en esa época había una concepción muy pobre de la genética. Se pensaba que la herencia venía completamente del hombre y que la mujer era solamente el recipiente. Era una idea muy rudimentaria, propia de su tiempo. No podemos esperar que hablaran del gen, porque eso se descubre mucho después, con Mendel, y recién con ese descubrimiento entramos en la era contemporánea. Todo lo que hoy vivimos —los planteamientos sobre sexualidad, la sustitución de la lucha de clases por la lucha de sexos— se apoya en una genética bien entendida, algo muy posterior a Platón.
Ahora bien, para defender a Platón, pienso que cuando postula la realidad del mundo de las ideas y afirma que los hombres son los que pueden amar esa realidad, en el fondo está colocando en el centro el deseo. Y el deseo es la esencia del hombre consciente, pero también de todos los seres. Todo comienza con lo corporal, pero no está divorciado de lo espiritual: hay continuidad. El hombre no está separado de la realidad entera, sino que es parte de ella. Y, de igual modo, todas las cosas aman, porque todas las cosas tienen deseo. No se puede separar el deseo del amor.
Por eso también se explica el amor homosexual: donde hay deseo, aunque no haya intención de procreación, sigue existiendo amor.
Y, con respecto a lo que preguntó el compañero hace un rato sobre de dónde viene el odio, quiero citar a Spinoza, que tiene una explicación genial: el odio proviene del amor. Odiamos porque amamos demasiado, porque queremos que las personas que amamos sigan nuestra línea, que se adapten a nuestra voluntad. Amamos tanto que queremos obligar, y cuando el otro se planta y no cede, entonces surge el odio. Como todos los seres humanos comparten ese mismo deseo, esa necesidad de ser comprendidos, al final chocamos. Y así, la guerra proviene precisamente del exceso de deseo que tiene el hombre.
Dra. Lusitania Martínez:
Voy a empezar por Elsa. Elsa incluye a Quilvio, incluye también al que preguntó por qué el amor masculino y por qué el odio.
Miren, lo primero que yo pienso es que no está bien afirmar simplemente que el amor genera odio. Eso me obliga a buscar por qué se dice que del amor nace el odio, y me lleva a la cuestión de la educación.
Las feministas manejamos muy bien dos categorías: sexo y género. Y mi respuesta a los tres —a Elsa, a Quilvio y al compañero que habló— es esta: el odio y la posesión vienen de la educación, de los roles establecidos.
No debería haber guerras, pero las hay; y no basta con decir que “el amor genera odio” para explicarlo. Porque no está bien que el amor produzca odio. Lo que genera odio es la educación en roles que reproducen desigualdades.
El deseo humano recibe múltiples factores que lo condicionan. Eso lleva a un chico o a una chica a amar a alguien de su mismo sexo o de otro sexo. Por eso, yo no estoy en contra de que una mujer, desde lo biológico, ame a otra mujer. Porque, desde la perspectiva de género, se explica a través de los factores y de los roles impuestos —o no impuestos— por la familia, por la sociedad, etcétera.
Igualmente ocurre con el odio. Si nos educaran en igualdad, en pacifismo, de alguna manera se controlarían las guerras y los excesos.
Por eso, cuando se habla del “amor masculino” o del amor en general, no hay que pensar solo en sexo, sino en género. El sexo son dos, pero en lo genérico hay una multitud de roles y sentimientos. Eso es lo que hay que educar. Y las feministas lo tenemos bien trabajado.
Cuando hablamos de sexo, no decimos solo “hombre”, porque está también la mujer. ¿Por qué no decimos “hombre”? Porque al hacerlo se margina la educación en los roles femeninos. Y, de hecho, se inferioriza solo con el lenguaje.
Respecto a las hipótesis de Bartolo, me parecen muy interesantes. Pero recuerda que Alceste —la mujer del mito que cita Fedro— es la única que los dioses glorifican, porque muere por su esposo. Los demás ejemplos son masculinos: Aquiles que ama a Patroclo y mata a Héctor, amor masculino; Orfeo, que falla en rescatar a su mujer. Pero Alceste, al morir por su esposo, es celebrada.
Ahora bien, ¿eso está bien? Para mí no. Yo puedo hasta felicitar a alguien que muere por amor, pero no es correcto. Si un hombre quiere morir por otro, que lo haga; si una mujer quiere morir por un hombre, que lo haga. Pero no está bien. ¿Por qué tenemos que morir por amor? Eso parece más un amargue mexicano. ¿Quién ha dicho aquí que hay que morir por una mujer? Nadie. Eso no es necesario.
Por eso digo: es como un bisturí. Se corta y se ve el fondo del asunto. Y lo interesante es que algunos teóricos y feministas han planteado que en Sócrates —y en Platón, que pone en su boca la voz de Diotima— podría haber una episteme femenina. No la defiendo, no estoy obligada a hacerlo, pero hay teóricas que trabajan esa idea.
De hecho, creo que hasta Leonardo ha trabajado con Ingrid ese tema: la filósofa que estudia Aristóteles, con la que tú colaboras, Ingrid, ¿no? Yo no sé si ella lo ha dicho exactamente, porque no la he leído, pero hay autoras que defienden que en Platón, tanto en El Banquete como en La República, la mujer ocupa un lugar interesante. Claro, es un lugar común, compartido con todos los hombres, pero al menos está allí.
Comentario del público:
Bueno, a diferencia de El Banquete, donde la mujer aparece bastante subordinada, en La República de Platón —que ya es una propuesta de proyecto político— se plantea claramente que las mujeres tendrán un puesto igual al de los hombres.
Incluso hay un pasaje que a mí me dio mucha risa cuando lo leí: llega a una cuestión tan burda como decir que las mujeres también tendrán que ir al gimnasio. Y ustedes saben que al gimnasio iban todos desnudos. Entonces, Platón se imagina a las mujeres desnudas, incluidas las mayores, llenas de arrugas, y los comentaristas señalan: “Eso provocará muchas risas”.
Dra. Lusitania Martínez:
Sobre todo si vamos a Agatón, que es el más joven, el que alaba la belleza no marchita. Ya usted sabe: las mujeres sí se marchitan, pero los hombres no se marchitan.
Dr. Martín Astacio:
El concepto de amor en las obras de Platón normalmente aparece con Sócrates como protagonista desde el principio, siempre con sus preguntas. Aquí, en El Banquete, Sócrates aparece más bien al final, luego de unos discursos muy extensos sobre el amor. Es algo curioso, porque Platón termina poniendo toda la atención en Sócrates, que en definitiva es su gran protagonista.
El amor, de alguna manera, es Eros, es decir, el ser humano mismo: hijo de Penia, siempre necesitado, y de Poros, siempre ansioso de mucho más. Es como una denuncia de lo que somos: entre nuestra pequeñez y nuestro espíritu de aspiración. Nunca estamos conformes con lo que hemos alcanzado; siempre queremos más. En ese sentido, el amor es una denuncia de la condición misma del hombre: pobres y necesitados como Penia, pero con un espíritu que aspira infinitamente, como Poros.
Ahí no creo que haya diferencia entre sexos o géneros. Todos tenemos dentro esa misma realidad: la semilla de lo divino, la insatisfacción, la aspiración a lo infinito.
Por otro lado, con respecto al lugar de la mujer en la sociedad, yo diría que hay que distinguir entre lo extraordinario y lo ordinario. En el discurso filosófico solemos exaltar lo extraordinario —Sócrates, Aristóteles, los grandes hombres—, pero en la vida ordinaria, la experiencia es otra.
Si reviso mi propia vida y mi experiencia de ser amado, debo reconocerlo: cuando he estado enfermo, cuando he tenido hambre, cuando he necesitado refugio, quienes me han sostenido no han sido los hombres, sino las mujeres. Mi madre, que siempre me espera; mis hermanas, que siempre me acogen con más calidez que mis hermanos; incluso en los problemas con mi esposa, quienes me han abierto la puerta de su casa han sido mis hermanas, no mis hermanos.
Por eso digo: esa fuerza ordinaria de las mujeres es la que salva, la que levanta, la que sostiene. Y pienso también que, si hay que dar la vida, nosotros los hombres solemos estar más dispuestos a darla por una mujer que por un hombre.
En ese sentido, querida Lusitania, creo que debemos equilibrar un poco más el discurso. Mi experiencia personal me dice que no podemos tenerlas a ustedes tan rechazadas. En lo concreto de la vida, mi experiencia me enseña cosas muy distintas.
Dr. Marcos Zabala:
Hay algo importante. Una vez, en casa, hablando del amor, se discutía si el amor es necesidad o deseo. Mi papá decía que el amor es un deseo; mi abuela le replicaba: “Guillermo, no le digas eso al muchacho, lo vas a distorsionar. El amor es una necesidad”.
De ahí viene esa postura: el amor como deseo o el amor como necesidad.
En El Banquete, la discusión entre Sócrates y Agatón, presentada magistralmente por la maestra, nos lleva justamente a esa cuestión. Si el amor surge de una carencia, la pregunta sería: ¿es posible un amor autosuficiente, o el amor siempre dependerá de un deseo insatisfecho?
¿Puede el amor ser considerado una virtud propiamente dicha, o, careciendo de belleza y virtud en sí mismo, es solo carencia?
Ramón:
Saludos, buenas noches. Lo que voy a decir es elemental quizá, pero creo que El Banquete nos coloca frente a algo muy interesante: la imposibilidad de cumplir con los procesos de la naturaleza de la procreación ya nos lleva a otro ámbito, que es el de la trascendencia.
El amor se convierte en la puerta hacia la trascendencia. Pensemos, por ejemplo, en San Juan de la Cruz y en su Noche oscura: “Amado en amada transformado”.
Cuando se plantea el amor entre dos mujeres o entre dos hombres, en el fondo se está hablando de trascender. Trascender el tiempo.
Nosotros vivimos en el espacio-tiempo, pero en el momento de la muerte, que es el fin de los días, salimos del tiempo y pasamos a otro plano, a otro espacio. Entonces, la carencia que plantea El Banquete no es solo biológica: es también una invitación a salir de esta naturaleza y a trascender hacia otra.
La única puerta para hacerlo es el amor. Por eso El Banquete nos hace esa propuesta.
Como ya es tarde, no seguiré con el tema.
Participación del público:
Según pude escuchar en lo que la profesora Lusitania expuso, vi varias cosas que coinciden. Todas apuntan a que los discursos de El Banquete giran en torno a la belleza: buscaban la belleza, buscaban aquello que les faltaba, buscaban el complemento perdido desde que, según el mito, los seres humanos fueron cortados y dejaron de ser esferas completas.
Vi también algo importante: el hombre de aquella época —y durante muchísimos siglos después— no le daba a la mujer un papel preponderante. Y esto se debía a una concepción biológica errónea: no habían descubierto aún que la mitad de los cromosomas provienen del hombre y la otra mitad de la mujer, formando juntos el cigoto.
Ellos creían que la mujer era solamente un surco en la tierra donde se echaba la semilla; y que esa semilla —masculina— era la que producía la vida. Como explicó la profesora, la mujer era concebida como tierra pasiva.
Si se entiende así, también se entiende el problema: el hombre creía que esa tierra era suya, porque era en ella donde depositaba su semilla. Y entonces pensaba: “Esa tierra es mía, la semilla es mía, y todo es mío hasta que la muerte nos separe”. De ahí surge la idea de posesión.
Pero cuando ese mismo hombre quería “soltar esa tierra” y buscar otra, para poner su semilla en otra mujer, también estaba mal.
De todo esto se pueden elaborar reflexiones para el presente: la posesión que se da en nombre del amor viene, en realidad, de un amor que no es verdadero amor, sino del eros entendido como deseo posesivo.
Existen otros tipos de amor: el filial, el ágape, el divino. Esos amores son distintos. El eros, en cambio, es posesivo, y llevado al extremo se vuelve posesión hasta la muerte.
Dr. Rafael Morla:
Quiero simplemente agregar lo siguiente. Yo he venido a todos los diálogos aquí, pero por primera vez nos salimos un poquito de la pura razón y entramos en la pasión. Porque la discusión del amor mismo, aunque tenga la filosofía de por medio, nos lleva inmediatamente a ese ámbito pasional.
Cuando leí por primera vez El Banquete —y lo leí muy detenidamente—, me resultó perturbador. Lo volví a leer otra vez y seguía siendo perturbador. La única manera que encontré de tranquilizarme fue asumir que cada personaje creado por Platón refleja los diferentes discursos sobre el amor que circulaban en la sociedad de su tiempo. El gran avance, lo verdaderamente revolucionario en Platón, fue permitir que todas esas voces se expresaran.
En una cultura como la nuestra, donde muchas veces se quiere excluir la opinión del otro, Platón hace lo contrario: los incluye a todos y les da la posibilidad de presentar su discurso.
Ahora bien, al leer el diálogo, reflexioné mucho sobre algo que atraviesa toda la obra como un principio transversal: la idea de que el verdadero amor es entre seres iguales. En ningún momento se plantea como verdadero amor el heterosexual, sino el amor entre iguales.
El problema, pienso yo, es que la idea de amor en aquella sociedad no estaba todavía desarrollada: estaba reducida a la reproducción. Por eso el papel de la mujer aparece tan limitado, destinada solo a engendrar. Como bien señaló Lusitania, eso está claro en El Banquete.
Lo vemos también en el Fedón: cuando Platón habla de la inmortalidad del alma y de la muerte de Sócrates, sus discípulos están presentes, pero no las mujeres. Ellas fueron excluidas porque, según ellos, no tenían la fortaleza: iban a llorar, a descomponer el ambiente. La cultura griega, por tanto, era profundamente machista.
Y esa cultura machista se prolongó: pasó a Roma y atravesó toda la cultura occidental. Grecia, que tanto amamos por su filosofía, también era una cultura de guerra y de colonialismo. Y ese espíritu colonialista sigue hasta hoy, atravesando la historia de Occidente.
La humanidad todavía vive en la barbarie, porque no ha salido de la guerra. Entraremos en la verdadera historia cuando derrotemos la guerra y, junto con ella, el machismo.
Lusitania, varios filósofos han planteado que el siglo XXI es el siglo de las mujeres. Pero eso trae problemas: los hombres no nos estamos preparando para asumir la integración plena de la mujer en el mundo de hoy. Y las mujeres, en cambio, avanzan a millonésimas de segundo más rápido que los hombres. Yo siento que muchos hombres están quedando atrás, mientras que las mujeres ruedan con fuerza, como quien dice: piedra por su casa.
Por eso creo que el amor, tal como aparece en El Banquete, es una construcción cultural todavía incipiente, reducida a la reproducción. Pero lo valioso es que Platón permitió que aparecieran todas esas voces: homoeróticas, lésbicas, heterosexuales. La causa de esa diversidad también tiene que ver con el contexto: una sociedad en guerra permanente, donde los hombres marchaban a combatir y las mujeres quedaban solas. Era algo natural que surgiera esa diversidad de amores.
Y, para cerrar, cuento una anécdota. Una vez, en una finca, teníamos un toro con 25 vacas. Un día llovió y, al intentar montar a una vaca, el toro resbaló en el fango, cayó mal y se fracturó el fémur. Lo llevamos al especialista, lo tratamos, pero nunca se recuperó. Tiempo después, observé a las vacas y vi que se montaban unas a otras. Pregunté a Domingo, el encargado: “¿Y por qué hacen eso?”. Y me respondió: “Porque no tienen marido”.
Muchas gracias.
Dra. Lusitania Martínez:
Bueno, para terminar: son muchas las cosas que debería responder, pero se haría muy largo.
Empezando por Morla: yo creo que él, más inteligentemente, dijo lo mismo que yo planteé. Porque yo no me he inventado nada: lo que hice fue interpretar El Banquete literalmente, para que no se dijera que vine aquí a hablar de feminismo. Yo vine a hablar de filosofía, y di una lectura filosófica al texto. Lo que derive luego en mi opinión personal es otra cosa.
La lectura filosófica muestra claramente que aquello era “normal” —palabra que no me gusta, porque lo “normal” suele asociarse con naturaleza o biología—. Y sí, hay biología, pero también hay cultura. La sociedad griega era homosexual: eso no me lo inventé yo.
Las siete teorías presentadas en El Banquete, de una u otra manera, plantean el amor homosexual por encima del heterosexual.
Refiriéndome a Astacio: a mí me encanta lo que planteó, porque yo también tengo una búsqueda espiritual —Kilvio, no te pongas celoso—, una especie de ateísmo místico, así lo llamo yo.
En esa búsqueda, propongo dos tipos de amor:
El amor bíblico, el de Corintios 13 —léanlo esta noche—: un amor incondicional, que vale para el amor interior de uno mismo.
El amor erótico exterior, con el otro, pero vivido bajo la noción de igualdad, equidad, separación y tolerancia.
Porque los amores dependen de cómo hemos sido educados genéricamente, más allá del sexo biológico que tengamos. Y de eso nadie es culpable: ni quien siente deseo por un hombre siendo hombre, ni quien lo siente por una mujer siendo mujer.
Lo importante es ser tolerantes. No podemos imponer una matriz de intolerancia. Yo soy heterosexual, pero nadie me obligó a serlo. Parece que mi sexo biológico de mujer recibió una educación de género en la que influyeron miles de factores que orientaron mi deseo hacia los hombres. Quizá un día salte hacia las mujeres, no lo sé; hasta ahora ha sido hacia los hombres. Pero lo fundamental es que ese deseo no integre violencia ni imposición.
A favor de Astacio, por eso traje Corintios 13: el amor debe vivirse con igualdad y equidad, sea con un hombre o con una mujer. Y también hay que extenderlo a los otros, a los discapacitados, a los diferentes.
Hoy se habla de cinco sexos. Científicamente, solo existen varón y hembra; pero hay casos intersexuales (hermafroditas), donde predomina un rasgo y la ciencia trata de corregirlo. Yo tuve un sobrino así, que lamentablemente murió. También existen los transgénero: no es un asunto de sexo, sino de género, porque fueron educados o influidos de cierta manera, y nacen en un cuerpo biológico pero sienten lo contrario.
A esa gente no se le puede atacar: sufren. Otra cosa es el tema de las políticas LGTB que, a veces, aplican hormonas sin acompañamiento psicológico. Eso no lo apoyo, porque es una imposición que no corresponde a todos los casos. La disforia de género es real, pero debe ser atendida con cuidado, con seguimiento, para que no sea manipulada.
Son cuestiones científicas actuales que hay que conocer. Quizá no sepamos lo suficiente, pero hay que aprender, porque cualquiera puede tener un hijo en esa situación y enfrentarse a esa realidad.
Muchas felicidades, buenas noches.




