Dr. Alejandro Arvelo:
Hoy nos encontramos en El Archivo de la Voz, uno de los programas de la gestión del profesor Eulogio Silverio, para conversar con el maestro, doctor Domingo de los Santos.
Domingo de los Santos es un autor premiado de nuestra Escuela. Ganador del Premio Nacional de Ensayo en 2015, es doctor por la Universidad del País Vasco y egresado del Seminario Conciliar Santo Tomás de Aquino, donde obtuvo el grado en Filosofía. Es autor de obras que han conocido varias ediciones, como De la Antigüedad a la Modernidad. Su obra premiada, El sujeto pasional. Acerca de Eugenio Trías, marcó un hito en la reflexión filosófica dominicana. Su libro más reciente, En el umbral de la filosofía, es una verdadera joya editorial, diseñada nada más y nada menos que por Manuel Toribio, uno de los nuestros.
Bienvenido, profesor Domingo de los Santos, a este Archivo de la Voz.
Usted sabe que la finalidad de este programa de gestión es legar al porvenir un tratamiento dinámico de su trayectoria académica, vital y profesional. Además, el profesor Silverio tiene como propósito perfilar su legado intelectual en los centros de datos académicos más importantes del mundo, incluido Wikipedia. Así que cualquier dato, documentación o información que usted entienda que coadyuve a este propósito del señor director será siempre bienvenida.
Dr. Domingo de los Santos
Gracias, profesor, a usted y a Eulogio por esta iniciativa. Decir que hoy es miércoles 22 de mayo del 2024. Como estamos hablando del Archivo de la voz de la historia, y que van a ser las doce del mediodía, primero quiero valorar esta iniciativa. Creo que hacer uso de los medios que proporciona esta modernidad para que este tipo de cosas queden para la posteridad es una decisión muy atinada, de parte del profesor Eulogio y de la Escuela de Filosofía, que proyecta hacia el porvenir la vida y el pensamiento de los filósofos dominicanos y de nuestra Escuela de Filosofía.
Bueno, pues primero voy a decir algunas cosas biográficas, porque me parece bien. Yo nací en Arbelo, en un campo de Yamasá; pero un campo como eran los campos, porque ahora usted le dice “yo soy de un campo” y usted va a ese campo y hay internet, hay Netflix, hay de todo. Estamos hablando de un campo que era un campo rural: no había ni electricidad, y el agua la buscábamos en el río. O sea, de ese tipo de campo.
Pero, al mismo tiempo, un campo muy sano, donde usted no encontraba ni juegos de azar; la gente estaba concentrada en lo suyo. Un campito que se llama Piedra Azul, que pertenece a Yamasá, que es una región fronteriza con el Cibao —se llama así, pero es fronteriza con el Cibao— y también está, diríamos, en una cuádruple frontera, porque al sur tiene a Villa Altagracia, colinda con esa parte, y si usted coge para el noroeste entonces está Cotuí. Es decir, que es una zona muy fronteriza.
Bueno, ahí nací yo, en el campo. Mi papá se llama Antonio de los Santos —gracias a Dios está vivo— y mi madre también, Claris Trinidad. Ellos llegaron hasta ahí desde el Cibao. Hay una historia: por ejemplo, mi papá y su papá —mi abuelo, ya fallecido— llegaron a esa tierra porque habían sido desalojados por el régimen de Trujillo de las tierras que tenían en el Cibao. Tenían una parcela, unas producciones, y el régimen se las quitó. Lo que les dieron fue un camión para que echaran sus cosas.
Con el paso del tiempo, ellos fueron llegando hasta esa zona. Así que también hay historia patria en lo que pasó con ellos por ahí. Yo fui estudiando en escuelas pequeñas; escuelas que, por ejemplo, llegaban hasta cuarto grado. Si pasabas a quinto, tenías que irte a otra escuela, que te quedaba más lejos y tenías que caminar más. Pero llegabas a otra, y así… Me acuerdo que, cuando terminé el octavo curso, que era hasta donde llegaba la escuela, yo tenía que seguir, y me fui entonces a Maimón, un municipio a donde mi abuelo me llevó para estudiar allá con ellos.
Allí hice mi primer curso de bachillerato. Pero cuando mi hermana pasó a primero también, yo tenía que dejarle el sitio a ella y tuve que mudarme a donde una tía, en un sector que se llama El Puerto, en Villa Altagracia. Son de esas cosas que pasan, porque era más cómodo para ella estar allá, así que yo me moví.
Bueno, así fue transcurriendo mi niñez. Fue una niñez como la de los niños del campo: feliz, jugando mucho, estudiando lo que se podía. Pero hay algo que debo decir, y es que mis padres siempre se preocuparon, por lo menos, de que tuviéramos los libros de la clase. Eso fue importante, porque fuimos creando un hábito de lectura, y donde quiera que yo veía un libro, me hacía de él.
Recuerdo que, estando jovencito —todavía un niño, quizás en quinto o sexto de primaria— fui a la casa de un tío mío que vivía en Bonao. Allí había una colección de clásicos abandonada, y le pregunté si me la podía llevar. Estaba tirada, como el arpa aquella de Bécquer, y me dijeron que sí. Cargué con esa colección de libros clásicos. Usted recordará aquella colección que era marrón o verde; esta era marrón, porque venía en dos formatos.
En esa colección estaban los diálogos platónicos, varios tomos dedicados a ellos, además de La Odisea, entre otros. Todo eso lo leí yo tempranito. Incluso leí en ese tiempo La Apología de Sócrates, aunque todavía no sabía nada de filosofía. Leía todo lo que llegaba: periódicos viejos que aparecían por ahí, aunque fuera tarde.
Recuerdo ese primer contacto con la filosofía y con los clásicos. Por ejemplo, los cuentos del ruso Chéjov, y de Dostoyevski, como Los hermanos Karamázov, que fueron impactantes para mí. Esa lectura, que quizá no estaba para mi nivel en ese momento, fue abonando el terreno para que después pudiera entrar a una lectura más profunda.
Más adelante decidí entrar al Seminario Santo Tomás. Primero al seminario menor, porque había dos: el menor y el mayor. Antes, hice el bachillerato en Buenos Aires de Herrera, en el colegio La Hora de Dios, que era donde el seminario menor enviaba a los muchachos que aún no habían terminado el bachillerato. Cuando uno ya era bachiller podía entrar directamente al mayor, pero si no, pasaba primero por el menor.
Terminado ese proceso, entré al seminario mayor. Fue como abrir un mundo. Ya venía leyendo filosofía desde el menor, porque teníamos una buena biblioteca y los formadores incentivaban mucho la lectura. En ese tiempo, releí muchos diálogos platónicos y volví a La Apología de Sócrates, ya con un poco más de entendimiento.
En el seminario mayor me encontré con formadores de la talla del padre Mateo Andrés, una eminencia jesuita, con hábito de escribir y de motivar a leer. También estaba el padre Carlos Benavides, otro jesuita, metafísico muy profundo. Los dos marcaron mucho mi formación: Benavides, más retraído, tranquilo y clásico; Mateo Andrés, más volcado hacia la gente. Esa diferencia también se nota en sus libros, todos con la idea de que la lectura nos ayuda a vivir mejor.
Quizás ahí ya apareció una de las ideas que se fueron desarrollando después: un interés particular por ese tipo de filosofía. El padre Mateo Andrés tenía un libro, que ya hemos mencionado, El hombre como pensador, leído por muchísimas generaciones y que lleva décadas editándose de manera continua. Este libro apuesta por invitar a la gente a pensar.
El Santo Tomás me puso en contacto con filósofos evidentemente clásicos: San Agustín, Santo Tomás, Descartes. Era un tipo de formación muy exclusiva, orientada en una sola línea, y como toda formación, dejó ciertos vacíos que después uno ha debido llenar poco a poco con otro tipo de lecturas.
Básicamente, este recorrido —desde la niñez en el campo hasta llegar al Santo Tomás— se hizo por un proceso de lectura diverso pero ininterrumpido. Creo que eso ha permitido que, en el día de hoy, uno haya madurado ciertas ideas y despertado otros intereses. Esa base fue la zapata de lo que uno es hoy.
Salí del Santo Tomás licenciado por la PUCMM en Filosofía, ya que ese título lo valida la Universidad Católica Madre y Maestra, de carácter pontificio. En 1997, y luego en 1998, entré aquí —a la UASD— a hacer una maestría. Al mismo tiempo, se presentó la oportunidad de participar en un concurso, a finales de 1998 e inicios de 1999.
Recuerdo a los profesores que en ese tiempo estaban en la Escuela de Filosofía: dirigida por Rafael Morla, con Luis Cruz como coordinador; también estaban Frank Acosta, Tomás Novas, el profesor Arvelo aquí presente, entre otros. Pasé el concurso, pero todavía no se me había asignado docencia, ya que eso llevaba un tiempo.
En 1999 hubo elecciones en la universidad, creo que en febrero. Resultó electo vicerrector Roberto Reina, quien tenía una asignatura que ya no podía seguir impartiendo. Me dijo Morla: “Mira, hay una asignatura que Roberto Reina no va a poder llevar, así que te la voy a asignar”. Así comenzó mi labor institucional, nada menos que con una asignatura que había sido de un vicerrector. Luego se formalizó todo y empecé de manera estable.
Ese mismo año, 1999, se celebró un acontecimiento muy importante para la vida filosófica dominicana y para la Escuela de Filosofía: el Primer Congreso Dominicano de Filosofía, Balance y utopía. Fue un congreso histórico, porque, como su nombre indica, se hizo un balance de lo que había sido hasta el momento y una proyección de lo que vendría después.
Ese congreso tuvo como invitado especial a Eugenio Trías, quien pronunció tanto la conferencia inaugural como la de clausura. Recuerdo que la primera fue en el Centro Cultural de España, que nos acogió tras gestionar el patrocinio. Me acuerdo perfectamente: Eulogio estaba ahí, al igual que Dustin, Leonardo y Edison, entonces jóvenes y algunos todavía sin ser profesores.
Ese congreso fue como un sacudimiento para la filosofía dominicana, con muchos trabajos importantes y una memoria que hoy es parte de la historia de la Escuela de Filosofía. Ahí tuve mi primer contacto con Eugenio Trías. Ya había visto algunos títulos suyos en la Escuela, como Los límites del mundo y La razón fronteriza. Cuando tuve ese contacto, debo decir que en ese momento no entendí gran cosa, porque Trías es un filósofo al que hay que dedicarle tiempo: profundo, denso.
En la primera conferencia habló sobre Los laberintos de la estética. Solo con el título uno podía darse cuenta de por dónde iría la reflexión. La última conferencia fue sobre Ética y condición humana, que supongo estaba vinculada a las ideas de un libro que publicó al año siguiente con ese mismo título. En ese sentido, podríamos decir que nos dio una primicia. Ese primer encuentro con Trías fue como una semilla inicial que me abrió la posibilidad de interesarme en otro tipo de filosofía.
En ese mismo tiempo, cuando entré a la Universidad, me di cuenta de algo importante: siempre he creído que los estudiantes deben tener al menos uno o dos libros que los acompañen durante el curso, aunque se estudien otras obras. Sin embargo, aquí los libros extranjeros son escasos y caros; no todos los estudiantes pueden acceder a ellos. A veces llegaban apenas dos ejemplares y eso era todo.
Eso me llevó a la aventura de escribir algo que sirviera como apoyo en el proceso educativo. Así, unos tres años después, nació el libro De la antigüedad a la posmodernidad, que fue trabajado junto con Silverio —quien escribió el prólogo de la primera edición, que se mantiene hasta hoy, aunque en la segunda añadimos un texto de Daniel Vargas—.
Ese libro gustó a muchos profesores porque ofrecía un recorrido breve y sencillo por las ideas filosóficas, terminando en la posmodernidad, e incluía preguntas para trabajar en clase. Los estudiantes lo usaban bastante, porque les permitía seguir un hilo de estudio y reflexión.
Ahí ya se consolidaba una manera muy personal de entender la filosofía: como algo que debe servir para vivir mejor. Como decía Epicuro, la filosofía que no cura ningún mal no sirve para nada. Siempre he creído que la filosofía debe ayudarnos a pensar mejor para vivir mejor. Por eso, en ese libro, al final de cada capítulo incluimos expresiones de los sabios —Tales de Mileto, Platón, Pitágoras, Aristóteles—, frases breves que invitan a pensar y que pueden ayudarnos a abrir el entendimiento.
Por ejemplo, aquello que decía Pitágoras: “Eduquen a los niños y no será necesario castigar a los hombres.” Una frase certera que todavía hoy es aplicable, sobre todo en el ámbito educativo. Quizás nos hemos descuidado mucho con eso; ahora se construyen cárceles, cuando lo que deberíamos haber hecho era cuidar a la niñez. Hemos hecho lo contrario de lo que proponía Pitágoras: descuidamos la educación temprana y luego gastamos recursos en prisiones para adultos, como si el problema no se hubiera gestado durante años.
En ese libro ya empezaba a tomar forma la idea de que hay sabios que han pensado antes que uno, y que a partir de lo que ellos dijeron se puede ir trazando un camino. Surgió así esa primera obra, que en su contraportada recoge comentarios suyos, de Daniel y del profesor Julio Minaya, a quien pedí que escribiera unas líneas sobre el texto.
Recuerdo que en ese mismo Congreso de Filosofía yo acababa de entrar a la Escuela; era el más nuevo. Morla se me acercó con una cercanía que me agradó mucho. En esos tiempos se mantenía en la Escuela un espíritu de hermandad: tertulias, encuentros después de las clases, un ambiente que hoy recuerdo con afecto.
La enseñanza mayor de esa primera etapa fue ese empuje inicial, la apertura y, sobre todo, el contacto con Eugenio Trías, quizá el mayor provecho que obtuve de ese congreso. De ahí surgió una tesis doctoral y una obra que luego fue premiada.
Años después, la Universidad firma un convenio con el País Vasco, y llega a la Escuela el Doctorado en Filosofía. Sin pensarlo mucho, me inscribí junto a un grupo de colegas. Ha sido un programa muy exitoso: solo de la Escuela de Filosofía han salido al menos 23 doctores, además de otros formados en diferentes universidades.
En el doctorado comienza el contacto con filósofos españoles y extranjeros de primer nivel. Recuerdo el aporte de Nicanor Urzúa, de José Ignacio Galpazo y del profesor Caballero. Aunque no fue profesor mío, también tuve la oportunidad de tratar con Víctor Gómez Pin, uno de los filósofos españoles más reconocidos y profundos, muy cercano a Eugenio Trías. Gómez Pin fue presidente del jurado de mi tesis; compartir con él y escuchar sus opiniones fue una experiencia valiosa.
A partir de ahí, me dediqué a investigar la obra de Eugenio Trías y encontré en ella una dimensión poco trabajada en la historia de la filosofía: su idea del sujeto pasional, el mundo de las pasiones. Tradicionalmente, las pasiones han sido vistas en sentido negativo, como un impulso que impide la libertad y limita la acción, desde los estoicos hasta el cristianismo. Trías, en cambio, les otorga un valor positivo: no solo restringen, también impulsan a actuar. Eso ocurre con el artista, con el deportista e incluso con el filósofo, pues —como señalaron Platón y Aristóteles— el asombro es el inicio del filosofar.
En su visión, el ser humano no es solo razón cartesiana ni pura emoción, sino una totalidad. A eso lo llama sujeto pasional: razón y pasión en un ser limítrofe. Esa idea me interesó y decidí hacer mi tesis sobre esta visión. Así pude comprender mejor Los límites del mundo, que al principio no entendí del todo. Luego, en Tratado de la pasión, Trías busca explicar al ser humano desde su totalidad, sin excluir razón, emociones, dimensión religiosa ni ética. Con su mirada “topográfica”, hablaba de cuatro “barrios” de la filosofía: ética, estética, religión y gnoseología.
Para él, el ser humano es limítrofe: no es animal puramente instintivo, ni ángel, ni dios. En ese límite puede inclinarse hacia lo racional o lo pasional y moverse entre lo sublime y lo siniestro. De ahí que una misma persona pueda realizar acciones admirables y, en otras circunstancias, actos terribles. Toda su filosofía se desprende de esta concepción. En sus últimos años dedicó estudios monumentales a la música y al cine. Sus dos últimos libros, El canto de sirena y La imaginación sonora, abordan la música; allí sostiene, por ejemplo, que Johann Sebastian Bach es el músico más grande de todos los tiempos. En teatro destacaba a Samuel Beckett como el más radical, con obras como Esperando a Godot. Era uno de esos pocos filósofos capaces de abarcar varias áreas del saber.
No sé si a usted le interesaría que yo hable un poquito sobre el último libro.
Bueno, con el paso del tiempo uno va madurando ideas, leyendo, participando en conferencias, actividades y congresos. Yo veo que hay una expresión de Epicuro, que mencioné antes, que creo que mantiene su vigencia: la filosofía no puede quedarse solamente en conceptos teóricos y abstractos que no nos ayuden en nada en la vida. Siempre digo que algunos filósofos quizá han sido culpables del desprestigio que a veces recae sobre la filosofía, cuando la gente dice que “eso no se entiende”, que se piensa sobre cosas “aéreas” y sin aplicación. Tal vez, ciertos filósofos contribuyeron a esa percepción.
Siempre se hace filosofía desde el ser humano y desde una situación concreta. Lo principal en la filosofía es el propio ser humano: un ser contingente, que sufre, que quiere ser feliz, que enfrenta muchas contradicciones en la vida, que busca realizarse pero encuentra miles de obstáculos. A partir de eso, yo pienso que la filosofía debe ser una herramienta.
Hay un filósofo francés llamado André Comte-Sponville, que está vivo y que me gusta mucho; quizás es el filósofo actual que más se acerca a esa línea. Su lema es: pensar mejor para vivir mejor. Cualquier asunto filosófico no puede ser para que vivamos peor; incluso cuando participamos en política o en algún movimiento, es con la idea de que eso sea mejor para la humanidad. No creo que haya una filosofía cuya finalidad sea destruir a la humanidad; si existe, no la conozco.
Por eso, este libro, En el umbral de la filosofía, es un pequeño aporte para poner en contacto a los jóvenes con las ideas de los grandes sabios que hoy nos pueden iluminar. Desde la primera portada —diseñada por el profesor Manuel Ibio— se ve a una persona abriendo una puerta para entrar, como hacia el infinito. Esa es la idea: que nosotros, como profesores de filosofía, pongamos al estudiante en ese umbral y que luego él siga su propio camino, que piense, que se desarrolle, que explore ese mundo que se abre y que también es desconocido.
Creo que esa es la misión de la filosofía: colocarnos en ese momento de apertura. A partir de ahí, uno se desarrolla y avanza, porque la filosofía nunca puede dar respuestas cerradas. Como decía Eugenio Trías en Filosofía del futuro, avanzamos una idea, pero nunca se concluye del todo, porque siempre puede surgir algo más. La filosofía apunta siempre al futuro; no es una puerta que se cierra.
Así también nuestras ideas pueden ser inconclusas, y esa es una concepción que encontramos también en Ortega y Gasset. Por ejemplo, en este libro, desde la portada, está presente esa noción. Cuando yo tenía el manuscrito, vine donde Eulogio —fue el primero al que acudí— y le dije: “Tenemos esto, vamos a ver qué hacemos”. De inmediato, él tomó el teléfono y enlazó con el profesor Manuel Toribio, pensando en el trabajo de la portada.
A partir de ahí, comenzamos. Manuel Toribio se encargó de la portada y también de la diagramación, prácticamente de todo. Así se agilizó el proceso. Quiero resaltar que fue aquí mismo, en la Escuela, donde inició todo, porque uno puede escribir, pero hay otras partes del trabajo que ya no dependen solo de uno. Agradezco mucho esa ayuda, porque estos son trabajos que, simbólicamente, se les da algo a los artistas, pero en realidad tienen un valor que no tiene precio.
La idea del libro es poner al estudiante en la puerta de la filosofía, con temas breves que pueda leer en dos páginas. Siempre les digo: usted puede montar en una guagua y, antes de llegar a su casa, haberse leído ya cuatro de estos temas. Es como ofrecer pequeñas “píldoras” de reflexión. No es casualidad que entre los primeros temas aparezcan el estoicismo y el epicureísmo.
Vivimos en una cultura en la que el ser humano siempre está rodeado de dificultades, problemas y cosas que no salen como uno espera, ya sea en el ámbito familiar, social o en el país. Hoy más que nunca es necesario tener, como digo, cierta dosis de estoicismo. Si uno cree que todo irá color de rosa, puede encontrarse con una pared, porque la vida no siempre es así; más bien, casi nunca lo es.
Hace falta tener los pies en la tierra y, como decía Séneca, estar conscientes de que cualquier cosa nos puede pasar. El problema es que uno siempre piensa que esas cosas solo les pasan a los demás, y cuando nos tocan a nosotros, el choque es fuerte porque no lo esperábamos. Por eso comparto con los estudiantes la idea de que hay que estar preparados para que, cuando las dificultades lleguen, no nos tomen totalmente por sorpresa.
Ahora bien, la vida no es solo problemas: a veces las cosas no están tan mal y, aun así, sufrimos. Como dice Comte-Sponville en La felicidad, desesperadamente, a veces no somos felices porque todo va mal —y ahí él se aparta de los estoicos, que afirmaban que había que ser feliz incluso si el mundo se derrumbaba, como si tuviéramos un corazón de piedra—. Él dice: no tenemos corazón de piedra; es normal no ser felices si todo va mal. Pero también ocurre que no somos felices cuando todo va más o menos bien. ¿Dónde está entonces el problema? En que nos falta sabiduría, nos falta otra mirada sobre las cosas. El problema no está necesariamente en lo que sucede, sino en nosotros mismos, y ahí es donde debemos trabajar ese cambio de perspectiva.
En cuanto al epicureísmo, que mencioné antes, sabemos que el propio Epicuro se quejaba en su tiempo de que habían tergiversado su filosofía. Cuando se hablaba del placer, muchos lo entendían como un libertinaje, una invitación a vivir solo para el goce del momento. Sin embargo, leyendo los fragmentos que nos han llegado del propio Epicuro, él deja claro que el placer, para él, no es lo que muchos dicen. Lo define como la liberación del dolor en el cuerpo y de la angustia en el espíritu; eso es lo que llamaba una vida agradable, una vida buena.
Liberarse del dolor en el cuerpo, porque no hay razón para ser masoquista, y liberarse de la angustia en el espíritu, porque muchas veces el sufrimiento proviene más de la angustia que de un dolor físico. La angustia, en gran medida, es producto de la falta de prudencia, de sabiduría. Epicuro, por eso, es un filósofo al que dedico un par de páginas en el libro, porque contrasta con lo que vivimos hoy: un hedonismo prácticamente irracional, que se limita al “vive el momento, disfruta, no sabes cuándo vas a morir”.
Yo les digo a los estudiantes: precisamente porque no sabes cuándo vas a morir, debes tener cuidado. Puede que mueras ahora, pero también puede que vivas cincuenta años más… y sufriendo, si tomas decisiones irreflexivas. Ese hedonismo superficial no contempla las consecuencias de los actos, y muchas personas —no solo jóvenes— se buscan sufrimientos innecesarios por falta de reflexión.
Recuerdo que los abuelos decían: “Ese muchacho no tiene juicio”. Tal vez hoy nos falta eso: juicio. Basta con escuchar ciertas letras de canciones actuales para darse cuenta de que promueven actitudes que mañana pueden traer consecuencias negativas. No se piensa para vivir mejor; se vive impulsados por lo meramente emotivo, dejando de lado la reflexión.
Pero somos seres emocionales y también racionales; no podemos desechar la razón, tiene que estar presente en nosotros. Esa es la línea que sigue el libro: tratar temas centrados en el ser humano y ofrecer un tipo de reflexión que, al menos, mitigue un poco el sufrimiento.
En algunos apartados también abordo el tema de la felicidad, que es un asunto que me interesa mucho. Emilio Lledó dice que la felicidad no se da como estado permanente. Fernando Savater, en esa misma línea, señala que podemos sentir alegría, pero no ser felices todo el tiempo; la felicidad como estado permanente es un mito. El profesor Gustavo Bueno también lo afirma: lo que recibimos son momentos de alegría, no una felicidad perpetua.
Ahora bien, hay que decir que cualquier cosa que se dé en el ser humano ocurre dentro del mismo límite humano, y todo lo que es humano es limitado; no es perfecto, es imperfecto. Yo sí creo que la gente puede ser feliz, y que hay personas felices, aunque no se trate de una felicidad perfecta. Quizá sea más simple de lo que imaginamos. Epicuro, volviendo a él, hablaba de tres elementos para esa felicidad: la amistad, la libertad y la reflexión. Decía que el análisis sereno del espíritu, a través de la reflexión, nos permite superar ciertos miedos y temores, como el miedo a la muerte, que quizá sea el temor más grande que tenemos.
¿Con qué se cura ese miedo? No hay una medicina que lo quite. Lo único que podría ayudar un poco es este tipo de reflexión, ser un poco más sabios. Así, el libro desarrolla ciertas nociones, como el tema del contacto con los demás, y algo que tomo de aquí y adapto es la pregunta sobre qué es lo que nos mueve a hacer filosofía.
La filosofía puede surgir de muchas maneras: desde lo más bello y sublime hasta lo más siniestro y terrible. Las fuentes del filosofar son diversas, y si uno está atento, siempre encontrará motivos para filosofar: desde algo bonito, como el asombro, hasta experiencias difíciles, como el fracaso, la desilusión o los problemas de la vida. Creo que estas últimas son las que la gente más experimenta, junto con esa sensación de impotencia al no lograr lo que se desea, que a veces conduce a la desesperación. De ahí surge la pregunta: “¿Tiene sentido la vida?”. Y la forma en que cada quien responde a esa pregunta puede determinar mucho su destino.
Todo esto está relacionado con el diario vivir, con lo que Edison Minaya llama “el mundo de la vida”. Este último libro tiene precisamente esa idea: invitarnos a pensar, pero con una perspectiva cercana a la de André Comte-Sponville, es decir, pensar mejor para vivir mejor. No se trata de un simple ejercicio abstracto: la filosofía no es para lucirse, ni para manejar conceptos nuevos por el mero hecho de hacerlo. Se hace filosofía, como dice Comte-Sponville, para “salvar la piel y el alma”. Y cuando él habla de salvación, evidentemente, siendo ateo, no se refiere a una salvación trascendente, sino a tener una vida mejor aquí y ahora, evitando perdernos, como diría Ortega y Gasset, “en las aguas turbias del mar”.
Dr. Alejandro Arvelo
Recuerdo que usted mencionó que Ortega —filósofo que también trabajó en su tesis de licenciatura— utilizaba mucho la imagen del náufrago.
Dr. Domingo de los Santos
Así es. Sin embargo, luego vi que Ortega había sido muy estudiado y decidí trabajar con otro filósofo español: Eugenio Trías. Tuve la oportunidad de desarrollar este trabajo cuando fui a defender mi tesis al País Vasco, con el profesor José Ignacio Galpazo como director, a quien agradezco mucho. Usted sabe que el asesor es clave: un asesor atento, que corrige rápido y que está presente, es una garantía de éxito. Creo que fui el tercero en defender allá, después de Leonardo y Merejo.
En esa ocasión, el profesor Galpazo y yo contamos con un jurado encabezado por Gómez Pin. También participó un profesor que había sido compañero de Eugenio Trías en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona: el profesor Fernando Pérez Burbuj, quien luego escribió el prólogo de este libro. Él dirige en España, en su universidad, un centro de estudios dedicado a Eugenio Trías, un instituto que ellos crearon, y por eso hoy vemos cómo las obras de Trías están siendo reeditadas. Por ejemplo, Galaxia Gutenberg está publicando nuevas ediciones como una forma de mantener vivo su legado.
Cuando fui a España y a la universidad, no hay duda de que uno entra en contacto con otra perspectiva, con otro mundo, con otras ideas, y eso enriquece el panorama filosófico. Pero, redondeando un poco todo esto, yo vengo de una clase sencilla, donde uno estudiaba lo que podía en ese tiempo. Cuando veo, por ejemplo, lo que le enseñan hoy a mi hija menor, Dominique, que tiene 10 años y está en cuarto de primaria, me sorprendo: a mí nunca me dieron esas cosas. Y cuántos contenidos reciben ahora que nosotros ni siquiera vimos de lejos.
Lo mismo me pasa con Jade, que está terminando el bachillerato. Jade Marí, la violinista, tiene 17 años y veo todo lo que aprende. En nuestros tiempos, apenas alcanzábamos a “picar” algo de esos conocimientos, nos movíamos en niveles de precariedad. Sin embargo, eso no fue un obstáculo para crecer, porque en gran medida depende de uno mismo. Es lo que siempre les digo a los muchachos: uno puede aprender muchas cosas si quiere, pero si no quiere, aunque tenga a Aristóteles como profesor, no aprenderá nada, porque nadie puede meterse en la cabeza de otro. El conocimiento se da siempre que uno tenga la voluntad de aprender.
En ese sentido, y recordando que hemos trabajado el tema de los diálogos socráticos de Platón, hay uno en el que se plantea si la virtud puede o no enseñarse. Después de mucha discusión, se concluye que no, al menos no como una teoría que pueda transmitirse al otro. Se puede enseñar si el otro quiere aprenderla; quien quiere ser virtuoso puede tomar lo que se le ofrece, pero si no quiere, no. El ejemplo que se pone es el de Alcibíades, discípulo de Sócrates, que terminó siendo todo lo contrario a lo que se esperaba de él.
Hasta ahora, mi recorrido ha sido así, y agradezco enormemente a la Escuela de Filosofía. Hay que decirlo: cuando vine al concurso, no conocía a nadie de la Universidad. A veces se dice que hay que tener contactos, pero mi caso demuestra que no es así.
Dr. Alejandro Arvelo
Hace apenas dos meses, el profesor Silverio y el equipo de dirección de la Escuela recibieron a cuatro o cinco nuevos maestros que tampoco conocíamos, porque él ni siquiera formó parte de sus concursos.
En esta escuela hay una tradición de limpieza en los procesos de selección, y pienso que esto puede extenderse a toda la Universidad. Ese es uno de los factores que garantiza la calidad en el ejercicio académico.
Cuando llegué, no conocía a nadie, ni en la Escuela de Filosofía ni en la Universidad. Venía de la Pontificia y, desde el primer momento, recibí un trato cordial, abierto y ameno. Recuerdo que en ese tiempo Morla era el director, y se me abrieron las puertas para participar en el concurso. Aquí se valoró lo que se presentó, lo que se escribió y lo que se dijo, siempre en un ambiente de respeto. Y eso, sinceramente, se agradece.
Esa apertura que ha mostrado la Escuela —sin importar de dónde vengas— es lo que ha hecho que hoy sea lo que es: una escuela que, pienso, es modelo dentro de la Universidad. En la misma Escuela se ha fomentado un espíritu de superación y de formación académica que, honestamente, no se ve con frecuencia. Ha habido un empuje constante por alcanzar el conocimiento, nutrido desde todos los profesores, tanto los más jóvenes como los más veteranos; todo el mundo se ha involucrado.
Creo que esta es una gran fortaleza: cuando uno dice “la Escuela de Filosofía de la UASD”, no está hablando de cualquier cosa. Y eso es fruto de un trabajo que, con cada director, se ha fortalecido. Cada gestión ha continuado y engrandecido lo que hizo la anterior. Por ejemplo, esto que se está haciendo ahora —las grabaciones— quizá faltó en otras gestiones, pero no porque no quisieran hacerlo, sino porque estaban atendiendo las prioridades de su momento. Ahora es el tiempo de esto: grabar conferencias, dejar todo documentado y que pueda ser visto por miles de personas, sin importar el país donde estén.
Esto es una grandeza, porque uno ve a sus compañeros como eso: compañeros, hermanos en el conocimiento. Aquí no hay etiquetas ni divisiones. Aunque se piense diferente, hay un equilibrio y un respeto que sostienen la convivencia académica.
La Escuela ha sido un sostén en todos los niveles. Hemos crecido juntos: como decía el profesor Eulogio Silverio, cuántos profesores han obtenido su doctorado desde aquel entonces, y cuántos más están en proceso. Ese crecimiento ha sido tanto personal como institucional. Hoy en día tenemos motivos para sentirnos orgullosos, porque fuera de aquí —incluso en la PUCMM— se habla bien de la Escuela de Filosofía. Y como todo está en las redes y en YouTube, la gente lo ve y reconoce el trabajo que aquí se hace. Eso también es motivo de orgullo para nosotros.
Quisiera añadir algo a nivel personal: antes mencioné los nombres de mi papá y mi mamá. Nosotros somos ocho hermanos: cuatro hembras y cuatro varones, como decían mis padres, “para que no haya discriminación de ningún tipo”. Tengo un hermano sacerdote, Adriano de los Santos, y una hermana religiosa, Iluminada de los Santos, que actualmente está en España. Estoy casado con la profesora Helen JB, y tenemos dos hijas, Jade y Dominique, que son el mayor tesoro de nuestra vida.
Recuerdo, profesor, que usted estuvo presente en nuestra boda en 2003, así que conoce bien el asunto. Para entonces, ya teníamos una cercanía: usted había escrito el prólogo de mi libro, y yo, de alguna manera, también me había aprovechado de usted indirectamente con Si quiere filosofar.
Gracias. Si usted me permite mostrarlo, profesor, esta joya —que ahora usted me dice que cuenta con una nueva edición— es una maravilla, porque ha puesto a los muchachos a pensar. Me aproveché de usted indirectamente porque utilizábamos el libro, y lo seguimos utilizando, como una manera de hacer lo que está llamada a hacer la filosofía: provocar la reflexión.
Junto a ese libro, no puedo dejar de mencionar el del padre Mateo Andrés, El hombre como pensador, un texto de generaciones. El padre Mateo Andrés es un filósofo y psicólogo que también ve la filosofía como algo que nos ayuda a reflexionar para pensar mejor y vivir mejor. En ese mismo orden, él desarrolló una tetralogía compuesta por El hombre en busca de paz, El hombre en busca de sí mismo, El hombre en busca de la felicidad y El hombre en busca de Dios. Son libros que siguen la misma idea: hacer filosofía para algo.
Creo que su libro, junto con el del padre Mateo Andrés, han hecho historia como textos de filosofía para poner a los jóvenes a pensar. Desde los ídolos de Francis Bacon —que aparecen en su obra, no sé si se mantuvieron en esta edición— hasta “El sabio que no sabía nadar”, usted ofrece recorridos breves y largos para reflexionar sobre el conocimiento y su valor. Así como nos habla de Descartes, también menciona a André Avelino; así como se refiere a Platón y nos incluye fragmentos del Fedón o de la Apología de Sócrates, también pone extractos del Discurso del método o del ensayo ¿Qué es la Ilustración?.
Si alguien quiere adentrarse en los fundamentos de la filosofía, su libro es un excelente punto de partida. Escuché una vez al profesor Eulogio Silverio decir que quería escribir un libro respondiendo todas las preguntas que usted plantea ahí —que no son pocas—, lo cual es una tarea enorme, porque son interrogantes que realmente ponen a pensar.
Quiero hacer este reconocimiento a formadores y profesores que tuve el privilegio de conocer: el padre Mateo Andrés; el padre Carlos Benavides, filósofo profundo, quizás poco conocido pero de gran cercanía para quienes estuvimos junto a él; monseñor Freddy Bretón, Premio Nacional de Literatura, poeta y hombre de la palabra; y monseñor Fausto Mejía, doctor en filosofía, quien, en una visita a Roma, se internó en una biblioteca y encontró la tesis que el padre Mateo Andrés había hecho décadas atrás. Logró fotocopiarla y devolvérsela, quizá sesenta años después de que la escribió. Son cosas realmente asombrosas.
Entonces tuve la oportunidad de contar con ese tipo de formadores que nos abrieron las puertas, que iluminaron a muchos jóvenes que, como yo, venían de situaciones difíciles en todos los sentidos. Porque, como le decía, hoy en día un campo tiene internet, Netflix, HBO… de todo. Pero el campo del que yo le hablaba no tenía nada de eso. Lo que sí tenía eran profesores que viajaban desde Yamasá, llegaban los lunes en la mañana y se iban los viernes en la tarde, quedándose en casa de alguien. Incluso, en mi casa llegaron a hospedarse profesores.
Quiero mencionar aquí a uno de mis maestros de esa época: el profesor Catalino Berro Bello, de Yamasá, que fue mi profesor en octavo curso y que, como viajero, nos abrió un mundo al introducirnos en la lectura. También recuerdo a mi profesora de cuarto de primaria, Mayira Alta Gracia Vargas Pacheco, quien fue la que me despidió para pasar a otra escuela.
En el colegio tuve un profesor de matemáticas llamado Aridio Cuerto y otro llamado César. Ambos, aunque de un área distinta a la filosofía, fueron verdaderos maestros que impactaron mi vida, y por eso los recuerdo con mucho cariño.
En la universidad destaco nuevamente al padre Mateo Andrés y al profesor Carlos Benavides; y ya en el doctorado, al profesor Nicanor Ura, no solo como docente, sino como ser humano. También a mi asesor y amigo, el profesor José Ignacio Galpazo, autor del libro Más allá del poshumanismo, donde se analiza el debate filosófico entre Habermas y Fukuyama, por un lado, y Ray Kurzweil, Max More y los posthumanistas, por otro, en torno a si existe una esencia humana y si el ser humano puede cambiar tanto que deje de ser lo que es. Es un texto que recomiendo y sobre el cual ojalá podamos tener un conversatorio.
Dr. Alejandro Arvelo
Profe, no sé si usted tiene alguna pregunta… Bueno, con usted esta conversación podría extenderse infinitamente, porque es como un río eternamente vivo de ideas, conocimientos y anécdotas. Como testimonio, creo que usted le ha legado a este programa de la gestión del profesor Silverio una joya.
Por lo general, solemos cerrar estos encuentros con unas palabras del maestro Eulogio Silverio y con una dinámica final: le mencionaremos cinco conceptos —pueden ser personas, instituciones o actividades— y usted nos dirá lo primero que le venga a la mente.
Primero: Tomás Novas, que para nosotros es una institución.
Dr. Domingo de los Santos
Un hombre profundo en el ámbito del conocimiento. Con Novas me pasaba lo siguiente: yo venía con un tema que creía haber pensado bien, y cuando se lo mencionaba, él ya lo había reflexionado a profundidad y tenía millas de ventaja sobre lo que yo traía. Eso es asombroso. También lo extrañamos, evidentemente.
Luis Federico Cruz: un maestro. Si el concepto de maestro existe entre los humanos, creo que Cruz se lo merece.
Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (antes Departamento): para mí, un centro de excelencia académica, de crecimiento, y que pone en alto a la universidad.
Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo: creo que está haciendo un excelente trabajo con las escuelas que la conforman y que va por el buen camino.
Una clase ideal de filosofía: debe mencionar a algunos de los grandes filósofos, los sabios, los temas clásicos, y tener presente que no se hace filosofía en las nubes, sino con el ser humano de carne y hueso, que sufre, que está ahí, que quiere ser feliz, que trabaja y que vive en sentido general.
No puedo dejar de mencionar mi alma mater, que usted sabe es la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, de la cual soy profesor. Es una universidad que me llena de orgullo, porque es ahí donde uno bebe la fuente primera del conocimiento, donde se abre el horizonte para todo esto y que ha contribuido decisivamente a la formación que tenemos. Los años que viví allí fueron menos, evidentemente, porque en la UASD ya llevo un período largo de tiempo y de formación, pero también merece ese reconocimiento.
Dr. Alejandro Arvelo
Bueno, de ese modo, profesor, le pasamos la palabra al señor director, el profesor Eulogio Silverio, quien cierra y abre estos encuentros.
Prof. Eulogio Silverio
Okay. Bueno, pues muchas gracias, profesor Arvelo. Domingo, gracias, ha sido una velada realmente interesante. Veo que tenemos casi orígenes comunes en mucho de lo que somos como profesores de la Escuela, ¿verdad que sí? Sobre todo, esa escuelita pequeña donde, después de cuarto, había que irse al municipio. En tu caso, no fue tan lejos, pero yo, desde un campo, tuve que ir a un municipio como a cuatro o cinco kilómetros a pie, suave… Y también tenía que residir en casa de familiares para poder asistir, porque, a veces, por ejemplo, cuando estaba lloviendo, como el día de hoy, era imposible que uno pudiera hacer esas cosas.
O sea que te felicito realmente por venir de donde vienes y haberte proyectado, haber crecido tanto en tu carrera profesional y también como ser humano. Tres libros no son pocas cosas, más las actividades en las que te hemos visto involucrado, que quizá no has publicado todavía, pero que muestran un trabajo sobre pensamiento, filosofía y poesía que rescata el pensamiento dominicano, algo interesante para lo que, al final, voy a solicitar.
Te felicitamos y agradecemos, personalmente y en nombre de la Escuela, porque tú eres de los profesores que, acompañado con Julián Álvarez, Daniel Vargas —que son de esa misma época—, y William, que es posterior pero no tanto, se han integrado a los trabajos y actividades de la Escuela. Eso que dices sobre la apertura se debe, en parte, a que eras casi familia de Minaya. Recuerdo a Julio Minaya. Es porque te integraste desde temprano, como Julián y Deivy; esa integración es lo que constituye una escuela: la unión de todos sus miembros.
Ahora, esto ya no es felicitación, sino petición. Te voy a solicitar, como director de la Escuela, que elijas un diálogo de Platón para la actividad que realizamos mensualmente, que se llama El Banquete. En los últimos dos años nos hemos especializado en leer la obra completa de Platón. Ya han pasado por ahí David, Julio Minaya, el profesor Arvelo —que viene en la próxima, el día 28—, y ahora te comprometo, ya que mencionaste que comenzaste muy temprano a leer a Platón, a que elijas un diálogo y se lo comuniques al profesor Arvelo o a William, que son los que coordinan, para que te tengamos ahí.
La otra solicitud —y aquí sí es un imperativo categórico— es que nos prepares un artículo para el próximo número de la revista de la Escuela, La Barca de Deseo. Sales de aquí con ese compromiso, porque, antes de que llegaras, estábamos hablando del próximo número. Podría ser sobre poesía y filosofía; vamos a trabajar eso.
Por supuesto, esto no agota el tema. Espero que quien venga después pueda hacer una segunda edición de este Archivo de la Voz. Incluso, después de terminar con este proyecto, si nos queda tiempo, vamos a focalizarnos en temas específicos: un libro, un autor, un tema en el que estés trabajando.
Finalmente, y esto te cae como anillo al dedo —y a nosotros más—, te comprometo a integrarte, cuando seas llamado, a la mesa de trabajo del VI Congreso Dominicano de Filosofía, que en esta ocasión queremos especializar en filosofía pensada en español, desde nuestra lengua. Queremos reflexionar sobre qué se ha pensado filosóficamente en nuestra lengua, buscando el sentido de nuestra identidad y dejando de lado esa “guerra civil en el corazón” de la que hablaba el profesor Grater. Esto no es una petición, es un imperativo, porque eres miembro de la Escuela y siempre has demostrado que, cuando se te convoca, estás ahí. Así que agradecemos que siempre haya sido así.
Muchas gracias, profesor Arvelo, y muchas gracias, Domingo.
Prof. Domingo de los Santos
Sí, porque si uno forma parte de algo, tiene que integrarse, y eso desde el principio. A veces Morla me mandaba a dos centros al mismo tiempo, pero había que resolver, porque allá estaba uno. Hay que contar con las personas.
Simplemente añadir, y quizá luego lo puedan editar, esta línea de investigación sobre la poesía filosófica dominicana. He trabajado a Manuel del Cabral y ahora estoy con Lupo Hernández Rueda. Esto lo aprendí de Eugenio Trías: hay una hermandad entre filosofía y poesía, y los grandes filósofos, en el fondo, también son poetas, y los grandes poetas, filósofos. No veo un divorcio ahí. Me interesó ver qué han hecho nuestros poetas. Manuel del Cabral es una eminencia, y ya he publicado dos artículos sobre él. La idea es, cuando tengamos un número suficiente de trabajos, hacer una publicación sobre este tema.
El otro día llamaba a la filosofía “literatura de conocimiento”, y por eso le daba tanta importancia a todo esto. Por eso el padre Mateo Andrés era tan amigo de Antonio Machado y de Miguel de Unamuno. Así se evidencia esa hermandad entre filosofía y poesía. Esta es una línea de investigación en la que vamos a seguir trabajando, y sobre la cual también podemos preparar el ensayo para la revista que mencioné antes.




