Dr. Alejandro Arvelo:
Nos encontramos en la casa de la señora Lucina, específicamente en el jardín, acompañados de su esposo y compañero de toda la vida, el Dr. Mario Bonetti. El Dr. Bonetti es una de las mentes más destacadas de la filosofía, la sociología y la historiografía dominicana del siglo XX y lo que llevamos del siglo XXI. Ha realizado estudios en la República Dominicana y en Alemania, especializándose en filosofía y sociología. Es fundador de instituciones y, en sí mismo, una institución del ámbito académico de nuestro país.

En este programa, El archivo de la voz, siguiendo la disposición del profesor Eulogio Silverio, nos proponemos adentrarnos en la trayectoria vital, académica y profesional del Dr. Mario Bonetti.

Buenas tardes, Dr. Mario Bonetti.

Dr. Mario Bonetti

Muy buenas tardes, bienvenidos y muy agradecido por esta distinción.

Dr. Alejandro Arvelo:

Lo primero que quisiera preguntarle es sobre su punto de partida: ¿dónde nace el Dr. Mario Bonetti? ¿Cuál es su tronco familiar? ¿Quiénes fueron esos maestros que dejaron una huella en usted durante la primera enseñanza y el ciclo preuniversitario? ¿Cómo nació su interés por la filosofía?

Don Mario Bonetti:

Gracias, compañero Alejandro. Déjeme decirle dónde nací y algo de mis experiencias de aquellos años. Yo nací el 14 de noviembre del año 1938; cumplí 85 años hace una semana o diez días atrás. Nací en lo que antes se llamaba la finca El Carmelo, que estaba en el lugar donde hoy se levanta el Hotel Jaragua.

El Carmelo era un sitio de importancia histórica, como me contó el historiador Roberto Cassá, porque allí habían vivido varios presidentes de la República. Era un punto de distinción. Mi padre, que era un hombre acaudalado, lo compró cuando yo nací y allí instaló su gallera. Él era gallero profesional y también un consumado jugador de póker, juego en el que hizo su fortuna… y donde también la perdió.

Yo soy el décimo hijo de una familia de catorce. No es de extrañarse, porque en aquellos tiempos tener uno o dos hijos se consideraba mal visto para un hombre de importancia. Tener muchos hijos y muchas mujeres era signo de distinción y parte de la condición social elevada. Baste decir que hubo un presidente dominicano que fue destituido, en parte, porque era fiel a su esposa y solo tuvo dos hijos.

Quiero contar algo que nunca he podido olvidar. En aquella finca, donde mi padre tenía la gallera, yo tendría unos siete u ocho años cuando salí caminando hacia el Parque Independencia a jugar con mis amiguitos. Y recuerdo que iba diciéndome: “¿Cómo es posible que los hombres maten a los hombres?”. Lo decía porque me enteré de que la policía había matado a Gua, un sirviente muy querido, cochero de mi padre, que manejaba el carruaje familiar. Ese hecho fue para mí como un rayo que me cayó encima. Nunca lo olvidé.

Tiempo después, Trujillo le quitó la finca a mi padre. Se la compró a precio de “vaca muerta” para construir el Hotel Jaragua. Con ese dinero, nos mudamos al barrio de San Carlos. No sé si usted conoce la calle Emilio Prud’Homme, donde están los bomberos…

Dr. Alejandro Arvelo:

Claro que sí.

Don Mario Bonetti:

Bueno, pues allí alquiló mi padre una casita. Hoy en día hay un centro deportivo en ese lugar. Más hacia el este estaban los pobres, los prostíbulos y toda esa cultura marginal que vivía al margen de la moral heredada que decimos respetar. En cambio, hacia la izquierda, en dirección al parquecito y a la iglesia de San Carlos, vivían familias de lo que entonces podía llamarse clase media, con otra ética y otro comportamiento.

Ese contraste me dio la actitud de observador: mirar cómo se vivía de un lado, cómo se hablaba y de qué se hablaba, y luego ver el otro lado, con costumbres y visiones distintas. Ya hacia 1948, el barrio de San Carlos era también la fortaleza del equipo de béisbol El Escogido. Allí todos eran escogidistas.

Los fines de semana, sobre todo cuando había juego, se formaban tertulias después del partido. La gente se reunía a comentar en voz alta: “¿Por qué no bateó?”, “¿Por qué lanzó mal ese pitcheo?”, “Se dejó ponchar…”. Esa efervescencia era parte de la vida del barrio, y yo también me hice escogidista.

Muy importante en mi formación fue mi contacto con los sacerdotes franciscanos de la iglesia de San Carlos. Yo ingresé a la orden civil de los franciscanos —no como religioso, sino como laico comprometido—, y mi tarea era acompañar a los pobres en hospitales o en sus casas, siempre con algún regalo o ayuda. Esa era la misión: llevar alivio material y espiritual.

Además, me hice maestro de catequesis. Enseñaba el catecismo católico todos los sábados en Villa Francisca. Allí, en patios o pequeños parques, reunía a los niños pobres y les impartía la doctrina. Esa labor me marcó profundamente.

Debo confesar que también tuve mis excesos de juventud. En una ocasión, convencido de que las iglesias evangélicas enseñaban “falsa doctrina”, intenté quemar una. Estaba en la calle Benito González, detrás del Mercado Modelo. Tenía 17 o 18 años, y en mi fanatismo me procuré un hacho encendido —como aquellos del PRD— y lo lancé. No di con la iglesia, que estaba cerrada, sino con un taller de barbería que tenía muchas virutas en el suelo. Se incendió, y yo escapé. Nunca supe si llegaron a identificarme como autor de aquel intento criminal, pero ese fue un episodio de mis años de radicalismo religioso.

En cuanto al primer contacto con la filosofía, sin duda provino de los frailes franciscanos. Uno de ellos, doctor en filosofía, español de origen, había hecho su tesis doctoral sobre filosofía griega. Me regaló un ejemplar mecanografiado —no tenía dinero para imprimirlo—, y allí leí por primera vez citas de Platón. Esa fue mi primera ventana a la filosofía.

Después, nos mudamos a las llamadas Cinco Esquinas, en la calle Abreu esquina Montecristi. Tenía ya 18 años y todos los días caminaba a pie hasta el Liceo Presidente Trujillo, en la Normal, y de regreso también a pie. En esa época yo vivía en un segundo piso.

En el liceo fui muy buen estudiante de gramática e historia de la literatura, pero pésimo en matemáticas, geometría y trigonometría. Siempre me quemaba en esas materias, aunque obtenía notas sobresalientes en historia, literatura y gramática. Fue allí donde conocí a Pedro Henríquez Ureña, pues sus libros eran de lectura obligatoria. Desde el segundo curso de primaria, recuerdo que leía con admiración sus textos y caminaba cada tarde, desde la calle Abreu en Cinco Esquinas, con un ejemplar en la mano.

Después, ya adolescente, comencé a caminar a pie hasta la Universidad de Santo Domingo, aun sin haber terminado el bachillerato. Yo no lo había concluido en ese momento, porque empecé a trabajar en la misma universidad como vedel. En las noches asistía al Liceo Argentina, donde finalmente terminé mis estudios de secundaria.

 

La situación en mi casa era difícil. Mi padre era un hombre derrochador; nunca leyó un libro ni reunió a la familia para transmitir valores. Era, como suelo decir, un dominicano con todos los vicios y lacras de su generación, y sin virtudes. Eso me marcó mucho.

Cuando vivíamos en la calle Emilio Prud’Homme, recuerdo que después de la escuela —esas escuelitas particulares en casa de una maestra, donde uno iba con su sillita, su cuaderno y un lápiz— solíamos salir en las tardes a hacer lo que llamábamos el marote. Eso consistía en ir a Gazcue, a las casas de familias acaudaladas, y “robar” inocentemente lo que se pudiera: peces de las peceras que tenían en los techos, o subirse a los árboles de mango y cajuil para coger frutas. Era una especie de aventura salvaje, aunque con el riesgo de que algún propietario nos disparara con un perdigón.

En esos años de vida en San Carlos conocí a varias personas que más tarde serían figuras relevantes: el educador Jesús de las Rosas; Luis “el Turquito” Cheque Ortiz —árabe de origen—; Leopoldo Grullón, quien luego fundó el Partido Comunista de la República Dominicana. Todos éramos del barrio de San Carlos, y pasábamos las horas conversando, discutiendo, desahogándonos en tertulias interminables.

Más adelante nos mudamos a la calle Montecristi. Allí yo seguía asistiendo al Liceo Presidente Trujillo y, debido a mi creciente amor por la filosofía —que llegó a ser casi una religión para mí—, caminaba todas las tardes hasta la Universidad de Santo Domingo, donde asistía como oyente a las clases.

Fue entonces cuando conocí a tres figuras que marcaron profundamente mi formación:

Juan Francisco Sánchez y Sánchez, a quien llegué a querer como a un padre. Era filósofo, estudió en Argentina, practicaba el yoga y el hinduismo. Un hombre de gran moralidad y humanidad, conversador, poeta, exagerado en ocasiones, pero siempre luminoso.

Andrés Avelino, discreto, riguroso, con una lógica admirable.

Antonio Fernández Spencer, también destacado intelectual y profesor.

Y claro, también estaba Pedro Troncoso Sánchez, decano y gran intelectual de la élite social, además de Salvador Iglesias, de menor relieve.

Aunque yo no tenía derecho a examinarme porque no era bachiller, estos maestros me declararon estudiante sobresaliente por mis méritos, por mi participación y por mi empeño. Esa fue mi verdadera entrada al mundo de la filosofía.

Como la filosofía se convirtió prácticamente en mi religión, me entregué por completo a ella: no me separaba de un libro filosófico. Conseguí un empleo de bedel en la universidad; en la mañana trabajaba allí, en la tarde me quedaba entre clases y bibliotecas, y en la noche asistía al Liceo Argentina, donde terminé el bachillerato.

Doy un salto hacia los años 1960-1961, cuando ejecutan al dictador Trujillo. El país estaba convulsionado: se escuchaban tiroteos en las calles, había disturbios, y casi todos los días se organizaban los llamados “micromítines”. En medio de ese ambiente, la embajada alemana ofrecía becas, y yo aspiraba a una para ir a estudiar a Alemania.

Mi interés por Alemania tenía una raíz muy sencilla: los libros de filosofía que yo leía estaban llenos de referencias a universidades alemanas —Heidelberg, Berlín, Múnich— y a sus grandes profesores. Eso me impresionaba, y me dije a mí mismo: “Yo tengo que ir a estudiar a Alemania”.

Y aquí es donde entra lo que yo llamo la casualidad. La embajada alemana había concedido ya dos becas a los hermanos Guerra, de una familia muy bien situada en la capital. La justificación era clara: el país estaba al borde de una guerra civil, y lo que más hacía falta, según el embajador, eran ingenieros y médicos, no filósofos. Pero los hermanos Guerra no se presentaron, porque ese día había disturbios en la ciudad. Ante esa ausencia, la embajada estuvo a punto de declarar las becas vacantes y devolverlas.

En ese momento apareció un joven diplomático que iniciaba su carrera en el servicio exterior alemán: un conde, Von Hamberg, perteneciente a una familia noble venida a menos. Él intervino y dijo: “No, si declaramos la beca vacante, se pierde. Démosela a este muchacho, que ya se ha preparado y ha mostrado tanto interés”. Él mismo había gestionado, en el Edificio 10 de la Ciudad Universitaria, un local para los cursos de alemán. Así fue como literalmente me salvó, y esa cadena de coincidencias terminó cambiando mi vida.

Como ya era tarde —los semestres en Alemania estaban a punto de comenzar y antes enviaban a los becarios en barco, con meses de antelación— decidieron enviarme en avión. Aterricé en Colonia el 6 de diciembre, en uno de los inviernos más crudos que había tenido Alemania en ochenta años. Recuerdo que solo llevaba un abrigo que me había regalado un puertorriqueño.

También debo decir que, antes de esa beca para Alemania, yo era becario en un programa de la OEA. Durante las revueltas antitrujillistas, la OEA vino al país y constató que aquí estaban prohibidas las ciencias sociales. No existía la sociología como disciplina académica, tampoco la economía se estudiaba con seriedad. Aquí no había economistas ni sociólogos formados.

Por esa época yo vivía en la calle 19 de Marzo, justo frente a la casa de Viriato Fiallo, y como era amigo de don Viriato me vinculé a la Unión Cívica Nacional. Fue a través de ellos que me avisaron:

—Marito, aquí hay una comisión de la OEA que está entrevistando jóvenes candidatos para otorgar becas a Puerto Rico. Es un programa de la Universidad de Nueva York junto con la Universidad de Puerto Rico, para formar a dominicanos que no conocen nada de ciencias sociales. Anda para allá.

Me dieron la dirección —la Casa Vapor, cerca del Palacio Nacional— y llegué como a las doce y media del día. Les dije a los señores norteamericanos, que hablaban español:

—Mire, a mí me dijeron en la Unión Cívica que ustedes están entrevistando jóvenes para unas becas. Yo estoy interesado.

Ellos respondieron:

—Ya estamos cerrando las entrevistas.

Y yo insistí:

—Hoy fue que me avisaron, no lo sabía antes.

Entonces me invitaron a pasar:

—Está bien, venga, hablemos cinco minutos.

Esos “cinco minutos” se convirtieron en 45 minutos de entrevista, porque me preguntaban de todo: qué pensaba de los Estados Unidos, qué pensaba de Cuba, qué haría en determinadas circunstancias… Y como mis respuestas les parecieron aceptables, siguieron preguntando más y más. Al final, me concedieron la beca allí mismo.

El profesor Blau, que era catedrático de geografía económica de la Universidad de Nueva York, me dijo con mucha decencia:

—Mire, Bonetti, yo no soy quien decide, pero voy a abogar porque a usted se le dé esta beca.

Tres días después recibí un cable —lo que llamábamos en ese tiempo un telegrama— que decía: “Se le concede una beca para estudiar en Puerto Rico, en un programa de quince meses organizado por la Universidad de Nueva York y la Universidad de Puerto Rico”.

Alejandro, para mí aquello fue como un cielo abierto por primera vez. Me fui a Puerto Rico, donde estuve un año completo. Allí me gradué en ese programa y realicé una investigación inspirada en Max Weber, en su teoría sobre el origen del capitalismo y la ética protestante.

Weber decía que el capitalismo surgió influido por la ética protestante: trabajar mucho, no derrochar, ser sobrio, ahorrar. Entonces yo pensé: “Aquí también hay iglesias protestantes —que en aquel tiempo muchos llamaban despectivamente ‘sectas’—. ¿Por qué no investigar si en ellas la moral protestante influye en el comportamiento laboral de sus miembros? ¿Son diferentes de los católicos? ¿Trabajan más? ¿No beben? ¿No tienen tres mujeres? ¿Se acuestan temprano? ¿Están siempre en su casa?”

Mis profesores en Puerto Rico me respondieron:

—¡Eso es interesantísimo, Bonetti! Haga esa investigación.

Me advirtieron, sin embargo:

—Tiene que aclarar lo siguiente: hay que saber lo que es sociología empírica. Usted no puede pretender abarcar una ciudad grande como Santo Domingo. Eso sería inabarcable, hay demasiados factores. Lo mejor es que vaya a una ciudad pequeña donde haya iglesias protestantes y pueda comparar el comportamiento laboral de sus miembros con los católicos del mismo lugar.

Entonces escogí La Vega, que en aquel entonces tendría unos 20,000 habitantes. Allí conseguí que una iglesia protestante me aceptara para entrevistar a sus miembros. Viví en un hotel llamado Mi Barrita, y durante ese tiempo realicé mis observaciones y entrevistas.

Finalmente, regresé a Puerto Rico, concluí mi investigación y me gradué con una maestría en Ciencias Sociales en la Universidad de Puerto Rico. Luego volví a la República Dominicana, porque tenía que trabajar para ganarme la vida.

Después vino lo de Alemania, que ya le conté antes. Lo de Puerto Rico fue primero; lo de Alemania vino después.

En Alemania me enviaron al Instituto Goethe, donde se preparaban jóvenes del Tercer Mundo para aprender alemán. Aquello era casi una religión para mí: estudiar alemán. Me fue muy bien, porque estudiaba muchísimo. A los dos meses le dije a los directores:

—Mire, yo creo que ya puedo ir a la Universidad de Heidelberg. Puedo entender y hablar alemán lo suficiente.

Me evaluaron, me dieron el equivalente de esos dos meses como aprobado con muy buenas notas, y me trasladé a Heidelberg, la gran universidad, la más antigua de Alemania, donde habían enseñado filósofos como Karl Jaspers. Allí también conocí a Hans-Georg Gadamer.

Me inscribí en clases de sociología, etnología y filosofía. Yo era muy aplicado, nunca faltaba. Mientras en vacaciones los estudiantes latinoamericanos se iban a pasear por Alemania o incluso a Holanda —donde hay una calle famosa de prostitución—, yo nunca salía. Prefería asistir a cursos adicionales de ciencia política y política internacional, aunque no estuvieran en mi pensum, porque me interesaba formarme más profundamente.

Un profesor de sociología, que era una de las principales autoridades en antropología cultural, me tomó mucho aprecio y me apoyó. Sin ese apoyo, yo no hubiera podido hacer carrera, porque la beca se mantenía solo con buenas notas. Si no las presentaba, me la quitaban y me devolvían al país.

Y entonces ocurrió una de esas experiencias inolvidables. Conocí a Martin Heidegger, invitado por Gadamer a un curso. ¡Imagínese, profesor! Usted, que es filósofo, sabe lo que significa Heidegger: un dios de la filosofía alemana.

La conferencia se realizó en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía, un edificio medieval precioso, decorado con maderas y detalles muy antiguos. Yo acostumbraba a sentarme siempre en las primeras filas, pero aquel día llegué tarde y me senté casi al fondo, en la tercera fila desde atrás.

De repente, noto que se abre el gran portón de madera. La luz entra desde afuera y veo entrar a un hombrecito bajito, vestido muy humildemente. Mi primera impresión fue: “Ah, debe ser el barrendero que está esperando que termine la clase para limpiar”. Así de rápido, como una imagen fugaz que uno se hace de las cosas. El hombre se sienta cerca de mí, a unos tres asientos del pasillo.

En ese momento Gadamer interrumpe y dice:

—Profesor Heidegger, venga por favor.

Entonces, aquel hombrecito se levanta. Todos en el aula se quedaron electrificados. Era nada menos que Martin Heidegger. Caminó lentamente hacia el frente, con la misma humildad con que había entrado, y Gadamer lo invitó a hablar.

Heidegger subió al podio y comenzó diciendo:

—En alemán, la palabra es se dice es gibt. Estamos acostumbrados a usar el verbo ser, es, pero ¿qué significa realmente gibt? Gibt quiere decir “dar”, pero sólo se da lo que está ahí, lo que existe, lo que acontece.

 

Desarrolló esa idea brevemente y, al terminar, estalló una algarabía. Fue un aplauso unánime, un momento que nunca olvidaré.

Yo tuve muy buena relación con Gadamer, porque él veía en mí el interés y la disciplina: nunca faltaba, siempre estaba en primera fila, hacía mis seminarios con dedicación. Mi formación en Heidelberg fue con grandes maestros: en sociología y antropología cultural tuve al profesor Mann, una de las primeras autoridades en Alemania, que me apoyó muchísimo; y en filosofía, además de Gadamer, también conocí el pensamiento de Topitsch, un positivista que yo siempre decía que había que leer, porque los positivistas también aportaron mucho.

Recuerdo que trabajé un seminario sobre los cartesianos franceses que interpretaban a Descartes desde una óptica existencialista. Para mí fue un descubrimiento extraordinario, y me aprendí todo con detalle.

Ahora, permítame contarle otra casualidad de las muchas que marcaron mi vida: cómo conocí a mi esposa.

Yo vivía en una residencia estudiantil de tres edificios, cada uno de diez pisos. Allí conocí a un estudiante colombiano de filosofía, muy aplicado, muy querido por Gadamer, tanto que el propio Gadamer lo distinguió otorgándole una cátedra: se llamaba Carlos Gutiérrez. Si usted busca su nombre, lo encontrará reconocido como filósofo en América Latina.

Pues bien, en esos días yo estaba temblando porque se acercaba la fecha de presentar mi seminario en el curso de Gadamer. Y tenía un problema: yo no sabía escribir a máquina. Intenté hablar con secretarias particulares para pagarles por transcribir mis notas, pero no encontré solución. Entonces Carlos Gutiérrez me dijo:

—Allá en la residencia hay una muchacha muy buena, muy humilde, que escribe excelente. Se llama Tom. Ella redacta exámenes y trabajos para los estudiantes, y lo hace a un precio muy barato.

Yo dudé, porque quedaba a unos cinco kilómetros y había que tomar un autobús. Pero cuando ya se acercaba la fecha, no tuve más remedio que ir. Para colmo, Carlos se había ido de la ciudad y no pude preguntarle en cuál de los tres edificios vivía Tom.

Me lancé a la aventura. Empecé por el edificio número tres, que no era el suyo. Subí piso por piso, los diez completos, tocando puertas y preguntando por ella. En cada portón había una lista con los nombres de quienes vivían dentro, y yo iba revisando: “No, aquí no está… ese nombre no me suena…”.

Agotado, llegué al edificio número uno. En el séptimo piso, ya casi arrastrándome, veo un apellido que me sonaba. Toqué la puerta. Nadie respondía. Me dije: “¡Qué mala suerte! Ya me voy”. Me dirigía al ascensor cuando escucho clic clic clic, la puerta se abre lentamente y aparece una jovencita muy blanca, desgreñada.

Yo llevaba un abrigo de invierno y una gorra rusa de piel. Ella, después me confesó, quedó impresionada: pensó que era alguien extraño. Me explicó que la noche anterior habían estado celebrando la Navidad, bailando hasta muy tarde, por eso tardó en reaccionar.

Cuando me acerqué, me dijo:

—Ella no está aquí.

Yo respondí sorprendido:

—¿Cómo así, señorita? ¿Quién no está aquí?

Ella pensó que yo buscaba a Rosana, su compañera italiana de cuarto. Pero yo le aclaré:

—No, no busco a Rosana. Vengo porque mi amigo Carlos Gutiérrez me habló de una joven llamada Tom que escribe muy bien a máquina.

Ella sonrió y me dijo:

—¡Esa soy yo! Déjeme vestirme.

Entré, le expliqué mi urgencia, y ella aceptó. Me advirtió que aquello podía tomarle una semana. Sin embargo, al día siguiente me llamó:

—Señor Bonetti, venga a recoger su trabajo.

Yo no podía creerlo. Y así comenzó una relación que más tarde terminó en matrimonio.

Mire usted las casualidades: Carlos Gutiérrez me habló de ella, yo casi me voy sin encontrarla, la puerta se abrió justo cuando me marchaba, y además, ella no pensaba quedarse en Heidelberg. Estudiaba pedagogía musical en Hamburgo y, como era costumbre en ese tiempo, los estudiantes alemanes rotaban de universidad cada semestre. Ella y su compañera habían decidido ir a Heidelberg solo por la belleza de la ciudad, por el castillo y el ambiente, y después partirían. Pero el día del viaje la compañera no apareció en la estación. Ella tuvo que decidir: “¿Me devuelvo o me voy sola?”. Optó por venir, y así nos conocimos.

Fue para mí muy beneficioso, porque además de encontrar a mi esposa, tuve maestros extraordinarios. Gadamer, Mann y otros profesores fueron muy comprensivos conmigo: entendieron que yo era un estudiante extranjero con deficiencias en mi formación de bachillerato, pero con un gran empeño. Me apoyaron en todo.

Finalmente, hice mi graduación en sociología con una tesis sobre las guerras campesinas alemanas y la importancia de la teología en la revolución. Tanto Thomas Müntzer como Lutero se apoyaban en la idea de que Cristo volvería a la tierra, pero antes los cristianos debían limpiar el mundo de su maldad. ¿Y cuál era esa maldad principal? El dominio de los príncipes: bebedores, abusadores, guerreros que vivían a costa del pueblo. Reuní mucha documentación sobre Lutero y Müntzer, que en esa parte de Alemania no se encontraba, y para mi profesor aquello fue un tesoro.

En filosofía, hice un trabajo sobre Descartes, analizando su visión medio idealista a partir de los filósofos franceses. Terminé mis estudios con una licenciatura y muy buenas calificaciones. Pero entonces se me presentó la gran pregunta: ¿y ahora, de qué voy a vivir?

Le pregunté a un asistente del sociólogo:

—Doctor, ¿de qué cree usted que yo podría vivir ahora que me he graduado?

Y él me respondió:

—Bonetti, esa es la pregunta que todos nos hacemos al graduarnos. Siga, que usted tiene voluntad.

Fue un momento decisivo. Yo ya estaba casado, mi esposa había quedado embarazada de nuestro primer hijo, y no tenía un centavo en los bolsillos. Pensé que debía regresar a la República Dominicana. En esas circunstancias conocí a Erwin Walter Palm, un profesor alemán de historia del arte hispánico que había vivido en nuestro país después de la guerra. Nos hicimos amigos. Cuando le conté que pensaba regresar porque no tenía cómo mantener a mi esposa, me dijo con seriedad:

—No, Bonetti. Usted no puede dejar sola a esa joven. Es hermosa, está embarazada… lávelos platos si es necesario, haga cualquier cosa, pero no la deje.

El problema era que ni siquiera había dónde lavar platos.

Entonces ocurrió otra de esas casualidades que han marcado mi vida. Para despedirme de Alemania asistí a un congreso de sociología latinoamericana en el norte. Allí conocí a un médico chileno que dictaba una conferencia vinculando medicina y sociedad en América Latina. Al terminar, me acerqué, lo felicité en español y le conté mi historia, con lágrimas en los ojos: que tenía que dejar sola a mi esposa con un niño pequeño.

El doctor sacó una pluma y me dijo:

—Llame a esta persona en mi nombre. Él es el profesor Hans, especialista en estudios latinoamericanos en Dortmund.

Al día siguiente llamé. El asistente me preguntó quién era y qué quería. Yo le expliqué:

—Soy Mario Bonetti, sociólogo, formado en Puerto Rico y Alemania, interesado en sociología latinoamericana.

Me dijo:

—Muy bien, venga en tres días y prepare una conferencia sobre el tema que desee.

Fui y hablé sobre la guerra de abril en la República Dominicana: las fuerzas sociales en juego, las clases detrás de los sucesos. Cuando terminé, el profesor me preguntó:

—¿Cuáles son sus planes?

Le respondí que buscaba trabajo. Y él me dijo:

—Lo contrato.

Alejandro, yo casi me desmayo de alegría. Sentí que me salvaba la vida: ya no tendría que dejar sola a mi esposa con nuestro hijo.

Más tarde, cuando regresé a la República Dominicana, me nombraron ayudante de Miguel Coco, que entonces era dirigente político cristiano. Ganaba cien pesos de sueldo. Pero vivía como arrimado, como quien dice “comemorao”: compartíamos entre siete una casa en la calle 19 de Marzo, casi esquina Padre Noel. Esa fue mi realidad en los primeros tiempos al volver al país.

Dr. Alejandro Arvelo:

Profesor Bonetti, además de su trayectoria académica, se le reconoce como fundador de instituciones y proyectos culturales: fue el primer director del Instituto Dominicano de Investigaciones Filosóficas, cofundador de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, y creador de las Rondas Filosóficas Dominicales en la misma Academia. ¿Cómo surgieron esas ideas?

Don Mario Bonetti:

Quiero decirle algo sobre la fundación de la Academia. El Aula Magna de la Facultad de Filosofía en Heidelberg estaba situada en un lugar y, a unos cien metros, estaba la Academia de Ciencias, la famosa Academia de Ciencias de Heidelberg. Cuando yo iba a mi facultad de filosofía, pasaba todos los días por la Academia de Ciencias y yo miraba: “Mira, Academia de Ciencias… como había sido presidente de esa Academia de Ciencias por su prestigio, ¿no?”. Entonces yo dije: “¡Concho, filósofo pero también presidente de la Academia!”.

Y se lo comenté un día a Palm, Erwin Walter Palm:

—Bonetti, eso es muy importante. Averigüe, póngase ahí, vaya a la biblioteca.

Así lo hice: fui a la biblioteca, pregunté, vi fotografías, la ciencia en Alemania, la importancia de la ciencia, cómo ha influido en la salud, en la prolongación de la vida, en aquello que antes se creía imposible y que hoy día se hace realidad. Imagínese: hoy tenemos un iPhone, un teléfono móvil con el que uno se comunica en segundos con China… ¿quién se iba a imaginar eso hace 40 años?

Entonces yo empecé a asistir a conferencias sobre la ciencia. En la misma Facultad de Filosofía había un curso dedicado a la filosofía de la ciencia. Un día le dije a Palm:

—Profesor, me gustaría que en Santo Domingo se hiciera algo así.

Y él me respondió:

—No que le gustaría, ese es su deber. Haga algo para que allá se funde una Academia de Ciencias.

Eso me dio ánimo. Figúrese, Alejandro: yo era un estudiante de filosofía y de sociología que vivía de una beca. ¿Cómo podía imaginarme venir con un plan de una Academia en esas condiciones? Pero el profesor Palm me decía:

—No, no, hágalo. Ese es su deber.

Y eso me dio ánimo. Me metí otra vez en la biblioteca, empecé a enamorarme más de esa situación. Bueno, vine aquí y de una vez comencé a hacer los planes de una Academia de Ciencias. Redacté los estatutos con documentos de la UNESCO y con documentos de la Academia de Ciencias de Heidelberg, pero adaptados al país, a nuestras posibilidades.

Cuando ya tuve los estatutos, me dije: ¿A quién elijo como miembro fundador? ¿Quiénes son las personas que merecen esto y que me apoyarían? Empecé con Marcano, que era amigo mío; con Idisa Bonelli, que era mi conocida; y, claro, con don Pedro, de Filosofía. Fui a su oficina de abogado en la calle Socorro Sánchez, le llevé el plan y le dije:

—Don Pedro, yo quiero que usted sea el primer presidente, porque usted tiene prestigio, es amigo de Balaguer, y una Academia no se hace sin dinero.

Don Pedro me dijo:

—Sí, Mario, yo voy a ayudarte en esto.

Él había sido mi profesor en filosofía, me conocía, me conocía por arribita. También hablé con José Antonio Caro Álvarez, arquitecto de Balaguer. Fui donde él, le puse el plan, le conté que había estado en Alemania, que Palm me había estimulado, y que yo quería fundar la Academia.

Dr. Alejandro Arvelo:

Usted ha relatado cómo surgió la idea de la Academia de Ciencias. ¿Cómo se conformó finalmente el grupo fundador y qué experiencias recuerda de esos primeros años?

Don Mario Bonetti:

Bueno, yo había hablado con José Antonio Caro Álvarez, arquitecto de Balaguer, y le propuse que fuera vicepresidente, siendo Pedro Troncoso el presidente. Caro Álvarez aceptó de inmediato.

Yo era amigo del filósofo Armando Perelmán, porque él había formado parte de mi grupo de jóvenes antes de que yo entrara a la universidad. A los 15 años, éramos un grupito de estudiantes de filosofía que nos reuníamos en el Conde, en el restaurante High Alay, entre la calle Arzobispo Nouel y la Hostos. Allí hablábamos mucho. En ese grupo estaba el que luego fue gran pintor, Ramírez Conde (Conito); también Miguel Alfonso Fonseca, que se hizo miembro de una orden religiosa de clausura —de esas en que los monjes guardan silencio y para hablar hay que pedir permiso—; y estaba también el teatrista Iván García Guerra.

Con Armando Perelmán fui a Santiago en un carro viejo que él tenía, y allí conquistamos al botánico Jesús de Jesús Jiménez Almonte, el más destacado de su tiempo, quien aceptó integrarse. Poco a poco fui sumando nombres, buscando personas que, a mi juicio, podrían aportar mucho en el futuro. En algunos casos se cumplió, en otros no: algunos no sirvieron para nada y se olvidaron, pero ya la Academia estaba fundada.

La fundación se logró gracias a la relación de Pedro Troncoso y Caro Álvarez con Balaguer, y a través del arquitecto Eugenio Pérez Montás conseguimos que el presidente nos asignara un local: el mismo en el que todavía hoy funciona la Academia. Le dijimos a Balaguer: “Estamos aquí para ayudar al país a desarrollarse”.

El 20 de diciembre de 1974 nos fundamos formalmente, en el Palacio de Bellas Artes, con música clásica. Hablaron don Pedro, Jiménez Almonte, y se expusieron los propósitos de la institución. La sala estaba llena de gente porque se anunció en la prensa. Reunir tantas figuras de valor atrajo la atención y el deseo de otros: muchos comenzaron a pedir ser miembros.

Pero yo había previsto eso en los estatutos: que solo podían ser miembros de la Academia las personas dedicadas a la vida intelectual, con publicaciones originales —no copias de otros libros—. Mientras yo estuve como secretario general, las cosas marchaban bien y no entró nadie “de chivo”, como después ocurrió, cuando la Academia se llenó de gente que no aportaba nada.

Entre tanto, el profesor que me había contratado en Dortmund, el latinoamericanista Steer, había sido nombrado profesor titular en la Universidad de Núremberg, en Baviera. Él me decía: “Bonetti, tengo aquí un Instituto Latinoamericano, pero no tengo buenos latinoamericanistas. ¿A quién busco?”. Como él ya conocía mi trabajo en Dortmund, donde yo había dado cursos que le gustaron, vino desde Alemania a buscarme personalmente para contratarme.

Entonces se me presentó un dilema, Alejandro: ¿me quedo como secretario general de la Academia o me voy a hacer mi carrera?. Y yo dije: “No, yo me voy. Yo no me puedo equivocar”.

Renuncié a la Academia. Don Pedro puso en mi lugar a Pablo, un abogado de una empresa americana que nunca había publicado nada. Y ahí comenzó la primera puñalada trapera. Pedro Troncoso, que hizo mucho bien pero también mucho mal, permitió que ingresaran personas que no tenían mérito intelectual. Ese tal Pablo incluso llegó a decirle al periodista Félix “Fipe” Collado, ya fallecido, que ganaría la próxima elección porque tenía tantos miles de pesos que iba a invertir en la Academia. Y Fipe Collado me lo contó, se lo dijo también a José del Castillo.

Así empezó el derrame: ganó las elecciones e ingresó gente sin valor, como Luis Cheque Ortiz y otros más que no tenían ninguna publicación. Ese fue el comienzo del declive de la Academia de Ciencias.

Yo intenté rescatarla. Para entonces, el 20 de diciembre de 1974, la habíamos fundado con solemnidad en el Palacio de Bellas Artes, con música clásica. Yo había creado la Camerata Académica y habíamos publicado unos 26 libros.

Cuando salí de la Academia, fundé también el Instituto Dominico-Alemán Humboldt para el intercambio cultural. Traje al país varias eminencias alemanas, entre ellas un premio Nobel en biología que descubrió el lenguaje de las abejas a través de sus danzas y movimientos.

Ahora bien, ¿por qué me ocupé de la filosofía? Porque tengo la convicción de que la filosofía redime al hombre de su animalidad. La filosofía es reflexión sobre grandes valores y sobre uno mismo; ennoblece al ser humano. Yo siempre he creído que, por más atrasado que sea un país, por más dictatorial que sea, debe existir un núcleo de filósofos. Eso ocurrió en la era de Trujillo: mis maestros, aunque en tiempos duros, formaban un pequeño núcleo, hacían tertulias, y allí uno crecía emocionalmente.

Por eso insisto: la filosofía es el ennoblecimiento del hombre, y es mi deber apoyarla dondequiera, en beneficio de otros. No quiero que se pierda el amor a la filosofía. Me alegraría ver aquí una nueva generación de filósofos, aunque sean cinco jóvenes nada más. Como me decía Fernández: el Renacimiento lo hicieron cuatro grandes pensadores. Con tres, cuatro o cinco, también aquí podría surgir un renacimiento de la filosofía.

Mira, Alejandro, yo ya estoy “desatando amarras”, como dicen los marineros. Cumplí 85 años hace unos días. Estoy preparado para despedirme de este mundo, pero quiero dejar algo bueno, una pequeña contribución.

Por ejemplo, ofrecí mi biblioteca en español al profesor Augusto Bravo para la Biblioteca Pedro Mir. Él vino aquí, me dijo que sí, y yo le entregué un listado de los títulos y autores. Incluso hubo una reunión con el decano de Economía, Cruz, con Augusto Bravo y con la profesora Rosa Lara. Acordamos que el día del sociólogo, el 18 de octubre, se haría un acto simbólico para entregar los libros, con un poco de música, quizá algún profesor de la Facultad de Arte, que hay varios en la Sinfónica, tocando algunas piezas.

Yo incluso propuse que se creara una Biblioteca de Ciencias Sociales para los profesores de Economía, de Humanidades y otras áreas, de modo que ellos pudieran solicitar los libros. Se me dijo que sí, que era una buena idea, que al día siguiente comenzarían a trabajar en eso. Alejandro, de eso hace ya casi dos meses… y no han movido un dedo.

Rosa Lara, indignada, fue a pedirle explicaciones a Bravo:

—¿Y por qué, después de haber estado con nosotros en la casa de Bonetti, no ha hecho nada?

Y Bravo respondió:

—Está bien, profesora, lo voy a llamar mañana mismo, voy a hablar con Siríaco Cruz.

¡Mentira! No hizo nada.

Voy a concluir esta parte diciendo algo: a pesar de mis títulos y de mis experiencias, nunca fui promovido en la UASD a ninguna categoría superior. Nunca fui profesor titular. Terminé como profesor raso.

Dr. Alejandro Arvelo:

Quiero dejar un testimonio. El Dr. Bonetti me convocó en este mismo jardín, junto a Julio Minaya y Rafael Morla, y nos hizo una encomienda: nos entregó las obras completas de Platón en griego y en español, una edición preciosa del Instituto de Ciencias Políticas de España. Su idea era que retomáramos las Rondas Filosóficas y que, en algún momento, pudiéramos fundar un núcleo de estudios griegos en el país.

A propósito, profesor, ¿cómo surgió aquella iniciativa de las Rondas Filosóficas Dominicales en la Academia de Ciencias, que tanto éxito tuvo en su gestión?

Don Mario Bonetti:

Mira, Alejandro, aquello tuvo un éxito enorme. Aún hoy encuentro personas que me dicen:

—Profesor, yo iba los domingos a las diez de la mañana, y para mí aquello fue como un baño de sabiduría.

Eso me lo dicen personas que no conozco. Algunos venían incluso desde Santiago. Ayer mismo, en la Librería Cuesta, un joven me dijo:

—¡Qué pena que se haya perdido aquel espacio!

La Academia de Ciencias cayó después en un estado lamentable, pero aquel proyecto fue muy valioso.

Ahora bien, yo no diría que aquí podamos estudiar el griego clásico en su lengua —eso es difícil—, pero sí se puede y se debe estudiar filosofía griega e historia de la filosofía griega. Eso sí es posible.

Dr. Alejandro Arvelo:

Profesor, en este jardín vemos una instalación artística y política: una bandera que ha despertado mucho interés. ¿Qué significa?

Don Mario Bonetti:

Esa bandera significa solidaridad con el pueblo palestino, que está siendo exterminado físicamente. Es un llamado a que nuestro corazón lata ante el crimen de que un pueblo sea aniquilado por otro, superior técnicamente.

Aquí han venido grupos a fotografiarse con la bandera y a conversar sobre el tema. Hablamos de la historia de Palestina, del trasfondo político y de la deshumanización que allí ocurre.

Lo indignante es que la prensa dominicana y, sobre todo, el Sindicato de Periodistas, han guardado silencio. Han asesinado a 60 periodistas palestinos y aquí nadie ha dicho nada.

Lo mismo pasa con el Papa, que se muestra humilde lavando los pies de presidiarios, pero no ha condenado a Israel ni ha levantado la voz contra este genocidio. Tampoco lo ha hecho la presidenta de la Unión Europea. En cambio, países como Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia y Brasil sí han tenido la humanidad de denunciarlo.

Esto es un crimen, Alejandro. Un crimen a gran escala.

Esto que ves aquí es un homenaje a las víctimas, para que nuestros corazones se ablanden, y para que esas víctimas —dondequiera que estén— sepan que en este pedacito de tierra hay personas que los tienen presentes, que se entristecen y se solidarizan con ellos. No hay ganancia económica, no es una confesión política ni una invitación a un partido. Es un sentimiento internacional de solidaridad con los que sufren o con los que son asesinados.

Piénsalo: han muerto seis mil niños palestinos, descuartizados por las bombas israelíes, y los que deberían protestar —las autoridades espirituales como el Papa— han callado. Lo mismo nuestro gobierno, lo mismo la prensa. Yo envié artículos al periódico Hoy y a El Nacional, y no los publicaron. Como te dije, el sindicato de periodistas tampoco ha dicho nada frente al asesinato de sesenta colegas palestinos ni ante el bombardeo de hospitales.

Por eso hemos puesto este símbolo aquí, desde la Casa Árabe Dominicana: una llama, una bandera. El que quiere solidarizarse se acerca, pone la mano, se toma una foto. Y con eso ya los muertos se sienten recordados.

¿Y sabes qué, Alejandro? Sí, hay un peligro real: la desaparición física de Palestina. Israel quiere todo el territorio para su población. Ha expulsado a algunos hacia el Líbano; a otros les ordena salir al sur hacia Egipto, y cuando lo hacen, los bombardea en el camino. Eso es un crimen.

Dr. Alejandro Arvelo:

Profesor, a propósito de este peligro de exterminio del pueblo palestino, ¿piensa usted que la República Dominicana corre algún riesgo semejante de cara al porvenir?

Don Mario Bonetti:

No en términos de Palestina, porque aquí no tenemos una relación directa con esa situación. Hay descendientes de palestinos, claro, pero no existe un vínculo económico o político de peso.

Ahora bien, en nuestro propio ámbito americano, sí hay un peligro real: el tema haitiano.

Ya tenemos casi dos millones de haitianos en el país, y el gobierno no los quiere sacar. El gran riesgo, Alejandro, es que las Naciones Unidas terminen declarando a la República Dominicana como un país con minorías étnicas. Eso significaría reconocer dentro de nosotros comunidades con otra cultura, otra lengua, otra religión, y obligar políticamente a darles representación: algunos senadores, algunos diputados, poco a poco más espacio.

Ese sería el verdadero peligro: la desfiguración de la República Dominicana como nación. Porque no hablamos de inmigrantes europeos o de casos específicos como los judíos de Sosúa, sino de un pueblo africano muy atrasado, reducido históricamente al trabajo duro, y que ahora, en número tan grande, puede alterar nuestro equilibrio social, cultural y político.

Y como no están organizados, no cobran tanto. Eso significa una ventaja para los empresarios frente a los dominicanos, que dicen: “Por esa suma yo no trabajo”. Entonces apartan al dominicano y traen al haitiano. Ese es el peligro: que desaparezca la República que tú conociste y que yo conocí, y que se convierta en un país binacional.

Pero el mayor peligro es que las Naciones Unidas nos declaren un país con minorías étnicas, como hicieron en Yugoslavia. Y cuando Yugoslavia quiso expulsarlas, la bombardearon y destruyeron al país. Eso mismo podrían intentar aquí.

Dr. Alejandro Arvelo:

Esos dos temas últimos que usted ha tratado son de índole sociológica y económica. A propósito de eso, Don Mario, ¿cómo ve usted las relaciones, los límites y los puntos de encuentro entre filosofía, sociología y política? ¿Son áreas separadas o íntimamente relacionadas?

Don Mario Bonetti:

Íntimamente relacionadas. El marxismo ha sido, quizá, la escuela número uno en esa relación entre las tres, aunque no la única. Yo tengo un libro —no sé dónde lo tengo ahora— que sostiene exactamente eso: que son inseparables. Separarlas es un artificio universitario.

Mira, por ejemplo: la economía capitalista es también una filosofía económica. No es simplemente comprar más barato y vender más caro. Es una política de consumo, una ideología que orienta qué es bueno y qué es malo según lo que se consume. Tiene valores, y son esos valores los que rigen nuestras vidas. Eso es filosofía dentro del capitalismo.

Y frente a eso está la oposición, la que nosotros representamos: una filosofía del espíritu, de la moral, de la justicia.

Dr. Alejandro Arvelo:

Claro. Y usted fue la primera persona que yo escuché hablar de la disonancia cognitiva. Incluso publicó un ensayo sobre el tema en el número uno del Anuario de la Academia de Ciencias. ¿Hasta qué punto entiende usted que ese concepto sigue teniendo vigencia en la conformación de la conciencia?

Don Mario Bonetti:

Alejandro, tú mismo lo puedes ver. Allí explico que cuando los valores principales de una persona, sus emociones más profundas, son desmentidos o atacados, aparece un mecanismo automático de defensa frente a esa agresión.

Te pongo un ejemplo concreto: estábamos con Eleuterio Martínez en un campo, viendo un atardecer. Eleuterio dijo: “Miren qué belleza, cómo Dios ha creado el mundo”. Y yo respondí: “No, Eleuterio, no fue Dios; son los rayos del sol, es una ley de la física”. Eso le quitaba un apoyo emocional, porque para él creer que Dios lo creó era una fuente de fortaleza.

Eso es la disonancia cognitiva: disonancia, porque entra en choque con lo que alguien cree; cognitiva, porque se trata de un mensaje que uno recibe o emite. Y ocurre todos los días.

Lo que puede hacer la filosofía racional es preparar a la persona para aceptar la crítica, para preguntarse: ¿cuáles son mis valores?, ¿qué estoy dispuesto a revisar? Pero sin humillar, sin defraudar al otro. Porque hacer quedar mal a alguien públicamente puede generar agresión o resentimiento. Yo no hago eso: critico en privado, pero nunca busco ridiculizar a nadie.

Dr. Alejandro Arvelo:

Y en ese sentido, ¿cómo enfoca usted el rol del pensador —del filósofo o del intelectual— en la sociedad dominicana en particular y en el mundo actual?

Don Mario Bonetti:

Bueno, Alejandro, en general el pensador es indispensable. Lo es en sociedades atrasadas como la nuestra y también en sociedades muy desarrolladas, donde la conciencia de la población se manipula a través de los medios y de la prensa. Mira el caso de Chomsky en Estados Unidos: ese puede ser un buen ejemplo para ti.

Permíteme ponerte un caso personal: ¿tú sabes por qué me expulsaron de la Madre y Maestra?

Dr. Alejandro Arvelo:

Ajá, ¿por qué, Don Mario?

Don Mario Bonetti:

¿Tú sabes quién era Roque Adames, el obispo?

Dr. Alejandro Arvelo:

Claro, fue mi profesor de griego en la Universidad de Santo Domingo.

Don Mario Bonetti:

Pues también fue el mío. Y cuando regresé de Alemania en 1968, ya con familia y con mis títulos, yo venía marcado por lo que se llamaba en Europa la revolución sexual. Eso incluía la crítica a la degradación de la sexualidad y a la reducción de la mujer a mercancía. Yo decía a mis alumnas que era un error llegar vírgenes al matrimonio, porque eso —probado empíricamente— conducía a grandes fracasos y frustraciones.

¿Por qué? Porque aquí el hombre solo tenía la prostitución para desahogarse. Llegaba al matrimonio con una “angurria” terrible, mientras la muchacha, pobre e inocente, solo sabía abrir las piernas con vergüenza porque en la iglesia le habían dicho que “lo mejor era guardarse para el matrimonio”. Yo decía: no, lo mejor es la práctica sexual antes, para conocerse, para ganar experiencia, porque no todos los sexos son iguales. Hay hombres con problemas sexuales, hay mujeres con problemas sexuales, y solo con práctica se identifican y se tratan a tiempo con un especialista.

Eso tuvo mucha repercusión. Mis clases de Introducción a la Sociología, tanto en la UCMM como en la UASD, se llenaban de estudiantes, incluso de otros cursos. Venían a escucharme.

Hasta que un día recibí una carta de mi querido amigo Roque Adames, quien me había llevado a la Madre y Maestra. En esa carta me decía:

“Mi querido Mario, te hago saber que esta es una universidad católica, con una doctrina moral y una doctrina sexual. Y lo que tú enseñas atenta contra esa doctrina. Por tanto, resulta incompatible”.

Dr. Alejandro Arvelo:

¿Y qué hizo usted, Don Mario?

Don Mario Bonetti:

Me dije: “O bajo la cabeza, me callo y conservo mi posición privilegiada de profesor con un buen sueldo… o soy fiel a mis convicciones”. Opté por lo segundo.

Además, ya tenía fama de comunista, porque también enseñaba la estructura clasista del país. Nunca dije: “Tomen un fusil e inscríbanse en el partido comunista”. No. Solo exponía, de manera suave, cómo estaba organizada la sociedad dominicana. Pero eso, sumado a lo de la sexualidad, desató un verdadero revuelo.

Fíjate, Alejandro: hasta mi vecino, que todas las mañanas me saludaba, dejó de hacerlo. Me veía como un corruptor, igual que acusaron a Sócrates de corromper a la juventud. Decían que yo traía prédicas “europeas” para dañar a los jóvenes de Santiago. Así se repiten los esquemas en la historia.

Yo le dije a Adames: “Monseñor, le agradezco que me haya llevado aquí, pero usted me conoce. Sabe lo terco que soy. Yo no puedo traicionarme por una amenaza velada”. Él no respondió. Pero, al poco tiempo, los sectores más conservadores de la Iglesia lo culparon a él de haberme llevado, y lo sustituyeron.

Llegó mi cancelación, Alejandro. Estuve incluso preso en Santiago…

Dr. Alejandro Arvelo:

¿Preso, Don Mario?

Don Mario Bonetti:

Sí, profesor. Preso, pero no es el momento de hablar de eso. Lo importante es que mi cancelación no la firmó Adames, porque ya él no era rector; lo habían sacado. Fue Agripino quien me canceló.

Quiero decirte que Roque Adames se comportó muy bien. Cuando ya me habían cancelado, él vino desde Santiago a visitarme a mi casa. Se sentó aquí conmigo y me dijo:

—Mario, yo lamento mucho lo que ha pasado.

Y yo no le hice reproche alguno. Al contrario, valoré mucho más ese gesto de venir a verme, de dar la cara, que la carta que me había mandado antes. Eso habla de su humanidad.

Él me preguntó:

—¿Y qué harás ahora, Mario?

Le respondí:

—Buscaré empleo aquí, monseñor. Y si no, eventualmente tendré que volver a Alemania.

En ese tiempo yo estaba trabajando en un libro sobre Balaguer, sobre el liderazgo caudillista, y le expliqué que me interesaba mucho la relación de Balaguer con su madre. Le señalé cómo en Cruces iluminadas, Balaguer dedica su libro a ella, proyectando una visión pesimista del mundo: el mundo podrido, corrupto, donde solo en su madre encontraba bondad y nobleza. Le hablé también de la idea de una homosexualidad latente —no practicada—, algo que no es nuevo, que está en Freud y en la psiquiatría.

Adames se interesó mucho. Le hice una copia de un trabajo de un sociólogo francés sobre la fijación al padre, y se la envié.

En esa época también tuve relación con Héctor Inchaustegui Cabral —abogado y poeta, autor de Arenas del desierto. Él me decía:

—Mario, yo quiero aprender de ti. No puedo ir a tus clases por mis responsabilidades como vicerrector, pero conversemos en privado sobre sociología.

Era un hombre muy cariñoso y bondadoso, y eso me animaba.

Dr. Alejandro Arvelo:

Entonces, Don Mario, ¿esa experiencia marcó su visión del papel del intelectual en la sociedad?

Don Mario Bonetti:

Exactamente. Creo haber respondido tu pregunta: el rol del intelectual, en un país como el nuestro, es arriesgarse.

Los alemanes tienen una expresión para distinguir entre el Täter —el actor, el culpable directo de una acción punitiva— y el Schreibtischtäter, el “malhechor de escritorio”: aquel que, sin salir de su casa, escribe para condenar una injusticia.

Bueno, Alejandro, yo digo que ese es el rol mínimo del intelectual: ser, al menos, un “malhechor de escritorio”. Que desde la cátedra, desde la prensa, desde un libro, diga:

“Esto está mal, esto es un abuso, yo lo condeno”.

Porque en sociedades como la nuestra hay demasiada corrupción, demasiado adormecimiento. Mucha gente no quiere hablar con Mario porque “Mario es de izquierda”, o porque “me puede comprometer mi cargo”. Esa cobardía es la que hace más necesario al intelectual.

Por eso sostengo: el filósofo es el intelectual por excelencia. Porque no se limita a un área particular, sino que tiene la dimensión del pensamiento universal.

Y quiero que quede claro algo: con mi vida puse en práctica mis creencias. No era una filosofía de papel. Un poco la idea de Sócrates como el tábano de Atenas, así como se hacía llamar él. Esa idea del intelectual como conciencia crítica de la sociedad fue también la de los ilustrados, y encaja con una expresión de Husserl que a mí siempre me ha marcado: que el filósofo, cuando hace bien su trabajo, opera como un funcionario de la humanidad.

Dr. Alejandro Arvelo:

Yo creo que usted, en ese sentido, es un ejemplo. No solo para quienes le hemos tratado, sino para las nuevas generaciones. Esa, de hecho, es también la visión del profesor Eulogio Silverio sobre cuál debe ser el horizonte de los egresados de la Escuela de Filosofía.

Pero, Don Mario, recuerde que esta es una entrevista en profundidad, no solo acerca de su trayectoria académica y su pensamiento, sino también de los acontecimientos significativos de su vida. Usted nos ha dicho que estuvo preso en Santiago, y para la memoria futura eso tiene importancia. ¿Qué pasó, cómo ocurrió?

Don Mario Bonetti:

Bueno… eso fue cuando Agripino gobernaba la universidad. Ahí apareció un nervioso, para no llamarle con una palabra más fuerte: Felucho Jiménez. ¿Lo conocen? Él fue alumno mío. Yo mismo lo hice mi asistente y lo puse en el Departamento de Sociología en Santiago, a petición mía.

Pues bien, Felucho conquistó a otros estudiantes, organizaron la ocupación de la universidad y sacaron a Agripino, que era el rector.

Cuando la burguesía santiaguera se reunió para analizar la situación, ahí estaban figuras de peso: Rafael Herrera Cabral —me lo contó él mismo—, también mi primo José Miguel Bonetti, gran capitalista, y mi tío Santana Bonetti, fundador de la Manicera. Ellos estaban en esa reunión.

Y dijeron: “¿Cómo es que los estudiantes se cogen la universidad? Eso es la UASD, eso es cosa de tigres”. Entonces alguien planteó: “El cabecilla es Felucho. ¿Y quién es el mentor de Felucho? Ese Mario Bonetti, que está detrás de todo eso”.

Dr. Alejandro Arvelo:

Usted me contó una vez, Don Mario, que en medio de ese proceso Felucho se le apareció una mañana con mucho orgullo. ¿Recuerda qué le dijo?

Don Mario Bonetti:

Sí, claro. Me visitó temprano y me dijo:

—Profesor, esto le va a gustar a usted mucho. Mire, hemos hecho esto, esto y esto. Todo bien ordenado, bien pensado.

Yo lo miré y le respondí:

—Mi querido Felucho, lamento decepcionarte. Ustedes no podrán mantener esa ocupación. Primero, porque no están articulados ni suficientemente unidos para resistir. Y segundo, porque cuando entre la policía no lo hará con un ramillete de rosas.

Y así mismo fue: la policía entró, los sacó, todo volvió a la normalidad. Pero después vinieron las represalias. ¿Y a quién señalaron como mentor de Felucho? A mí: “ese que está ahí, que viene con ideas nuevas, que quiere renovar todo, que corrompe a la juventud y que además es comunista”.

Yo vivía entonces en un barrio moderno de Santiago. Una noche, a las nueve, tocaron el timbre de mi casa. Fui a abrir y se apareció un fiscal de la policía:

—Venga con nosotros, señor.

Yo pensé rápidamente: “Aquí no vale la pena resistir. Estoy peor. Y esos dos niñitos de cinco y tres años, y una mujer que apenas hablaba español, van a sufrir”. Así que dije:

—Sí, cómo no. Déjenme tomar una ropita.

Me llevaron al Palacio y amanecí preso en la cárcel.

En la prisión, un oficial me dijo:

—¿Pero qué usted hace aquí en Santiago? Usted no es capitaleño, ¿a qué viene aquí?

Y otro, al pasar mientras me llevaban esposado, me susurró:

—Mira, a ti te puede pasar algo.

Seguí caminando. Era algo preparado para asustarme. Después me montaron en una jipeta de la policía y me trajeron a la casa de mi madre, en la capital.

Siempre me he dicho: no lloré, ni me puse a lamentarme. Yo sabía que esas eran mis convicciones y que había que afrontar las consecuencias. Nadie me obligaba a predicar esas ideas; era una decisión mía. Lo único que pedía era que no fuera fatal, por esos dos niños y por mi mujer.

Al final, me dejaron en la casa de mi madre. Entonces, Cini —mi esposa— comenzó a empacar y al día siguiente vino a reunirse conmigo. Como ella era maestra de niños, enseguida empezamos a buscar dónde podía poner una escuelita.

Yo me puse a revisar anuncios en la prensa y encontré que los Porchela estaban alquilando esta casa, porque querían mudarse a montar un hotel. Vine, vi el patio y dije:

—Aquí va la escuela de Cini.

El alquiler costaba unos 200 pesos mensuales. Nos mudamos. Al poco tiempo, le dije a mi esposa:

—Hay que comprar esta casa. Pasarse 20 años pagando alquiler significa que al final uno paga el precio de la casa y se queda sin nada.

Hice la oferta, y como el dueño quería construir un hotel frente al Colegio Santo Domingo, aceptó. Conseguí un préstamo de 22,000 pesos en la Asociación Nacional de Ahorros y Préstamos, en la Isabela Católica, y compré la casa.

Poco después me vino a buscar aquel profesor que ya le mencioné, con un buen sueldo en Marcos. Con eso yo podía mantenernos: pagaba al banco y mi mujer se ocupaba de los niños. Ella fundó aquí una escuelita y también una pequeña escuela de música. Eso no dejaba dinero, pero era su vocación.

Todo lo que usted ve en este jardín es obra nuestra: lo sembramos y lo levantamos con nuestras propias manos.

Dr. Alejandro Arvelo:

Don Mario, pero usted tenía un futuro asegurado en Europa, y sin embargo decidió regresar. ¿Qué tiene este país que lo enamora y lo hace volver?

Don Mario Bonetti:

El clima, el carácter del dominicano —que es afable y conversador—, la vida más barata que en Europa. Pero también, algo que para mí era terrible: el invierno europeo.

Y había otro motivo más importante: yo pensaba que, como “malchor de escritorio”, aquí era más útil que allá. Podía escribir, opinar, intervenir. Además, después de acumular un dinerito y de que se venciera mi contrato, me dije: “Es hora de regresar y servir desde aquí”.

Allá, los contratos no eran para toda la vida. Solo los profesores titulares gozaban de estabilidad plena; los demás debíamos renovar periódicamente. Y aunque yo podía renovarlo, allá era uno entre un millón. En cambio, aquí yo sentía que podía ser útil. Fundé la Academia, publiqué, intenté escribir un libro sobre Balaguer… nunca lo terminé porque las circunstancias no me dieron la tranquilidad ni el tiempo necesarios.

Dr. Alejandro Arvelo:

Usted ha mencionado figuras como Tongo Sánchez, Andrés Avelino, Antonio Fernández Spencer y Pedro Troncoso Sánchez, a quienes considera luminarias del pensamiento dominicano. ¿Había alguien más que usted reconociera a ese mismo nivel?

Don Mario Bonetti:

No, luminarias así no había. Había un psicólogo destacado, pero no al mismo nivel. Pedro Troncoso, sí: lo conocí, fue decano de la Facultad de Filosofía. Pero fuera de los que ya mencioné, no veo otros que puedan colocarse en esa categoría.

Dr. Alejandro Arvelo:

Y tocando ya el umbral de salida de este encuentro luminoso, Don Mario: ¿qué tareas entiende usted que le quedan por realizar? Y, de cara al porvenir, ¿qué tareas le asigna al quehacer filosófico en nuestro país?

Don Mario Bonetti:

Como ya te dije, Rainer Maria Rilke escribió en un bellísimo libro de poemas sobre un intercambio de señales con Madame Lamartine. Yo, Alejandro, ya he perdido a casi todos mis compañeros. El último fue el Bacho, Fidelo Mor, que con 86 años está muy enfermo. También murió Tirso, mi vecino; Carlos Pimentel, que vivía cerca; y otro que tal vez no conociste, pero que estuvo en la Academia: Macobi, Juan González Acosta, biólogo e ingeniero agrícola.

En este momento de mi vida estoy más bien entregando lo que tengo: donando mis bienes, regalando cosas a personas que puedan darles buen uso. No me veo iniciando grandes proyectos, porque sé que no los podría concluir. Pero sí me veo como animador de ustedes, los más jóvenes, que todavía tienen energía para emprender tareas nobles. Esa es mi misión ahora: animar, decir “bravo por ti”, no quitar nunca el entusiasmo.

En cuanto al papel del filósofo, lo reitero: considero que es la figura más importante. Como decía Husserl, el filósofo opera como un funcionario de la humanidad. El día que no haya filósofos, se apagará la última luz del mundo. Caeremos en un reino de consumo, consumo y más consumo. En parte, ya vivimos eso.

Por eso, todo lo que me queda lo pongo a disposición de esas causas. Si tú me traes un proyecto, si me propones algo noble, puedes contar conmigo. De mi jubilación saco lo que puedo: una parte para personas pobres y algo, aunque sea pequeño, lo destino a proyectos importantes. Aunque tenga que abstenerme de consumir cosas mías, quiero encaminar algo.

Dr. Alejandro Arvelo:

Profesor Silverio, que suele cerrar estos encuentros del Archivo de la Voz, tiene una propuesta muy pertinente: promover la dignificación de los salarios de los profesores jubilados de la Universidad. Es una injusticia que clama al cielo: hay profesores jubilados con sueldos de apenas tres mil pesos. La profesora Lusitania, por ejemplo, fue jubilada con trece mil.

Doctor Bonetti, lo primero es agradecerle sus atenciones, su tiempo, la posibilidad de preservar para la memoria histórica de la República Dominicana su ejemplo, su historia, que nos haya recibido en su casa y que haya decidido colaborar con este programa del Archivo de la Voz, una gestión del profesor Silverio.

 

Prof. Eulogio Silverio:

Agradecemos profundamente al doctor Mario Bonetti. Ya lo conocíamos por referencias en la universidad. Muchos alumnos que en algún momento tomaron clases con usted lo recordaban, e incluso llegaban a su casa a continuar aprendiendo. Personalmente, mi recuerdo más vivo de usted es su participación en los medios de comunicación. Siempre admiré la valentía con que defendía sus ideas frente a cualquier persona y en cualquier escenario.

Para nosotros constituye un verdadero honor que usted haya aceptado participar en este Archivo de la Voz. Entendemos que es fundamental dejar este registro, porque en la Escuela de Filosofía tenemos un vacío documental. Cuando iniciamos este esfuerzo, allá por 1998 o 1999, nos encontramos con que no había documentación del primer Congreso de Filosofía. Por eso, nuestra primera labor fue recopilar todo lo que existía y digitalizarlo en la página web de la Escuela. De ahí nació este proyecto, que ya lleva más de diez entregas, centradas en la vida y en el pensamiento de nuestros profesores.

Estoy seguro de que esta entrevista será valorada por quienes lo aprecian, por quienes reconocen el gran aporte que usted le ha hecho y sigue haciendo a la República Dominicana. Muchas gracias, profesor, en nombre de la Escuela de Filosofía y en el mío propio.

Don Mario Bonetti:

Mi última palabra es reconocer que esto que ustedes han hecho es un logro extraordinario. Es algo nuevo, algo que no se había hecho antes. Y son esas iniciativas que después todo el mundo celebra, pero pocos recuerdan quién las concibió y las llevó a cabo. Es un mérito suyo, profesor Silverio, y también de Alejandro, que es un creador incansable. A veces hay que detenerlo un poco porque la energía creativa le brota sin parar, pero yo espero ver ahí los frutos, los resultados.

Sobre todo, quisiera ver que se concrete un curso de filosofía griega, que se mantenga en el tiempo, aunque empiece con pocos estudiantes. No importa. Lo importante es que se estudie aquí la filosofía griega. Luego, sí, podemos traer de fuera a algún especialista, como aquel puertorriqueño, Osorio, que vino en su momento. Pero para que eso funcione, primero tiene que haber una base, un núcleo que lo aproveche. No sirve de nada traer a un gran profesor a dar una conferencia si después no queda nada.

Yo quedé muy maltratado psíquicamente al ver que, después de haber traído eminencias alemanas y españolas, apenas tres gatos asistían a sus conferencias. Eso duele.

Así que muchas gracias, profesor. Y a usted también, profesor Arvelo, excelente trabajo como siempre.