Dr. Alejandro Arvelo:
Hoy es 14 de junio de 2023, una fecha cargada de significado y valor para la República Dominicana. Nos encontramos en el despacho del señor director de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, el profesor Eulogio Silverio, en compañía del doctor Julio Minaya Santos, una de las voces más prominentes de esta escuela y de la filosofía dominicana en general.
El profesor Julio Minaya es egresado de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde también realizó sus estudios de maestría. Además, es doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco. Su destacada producción ensayística culmina con su obra Pedro Francisco Bonó: Vida, obra y pensamiento crítico, que tenemos aquí presente.
El profesor Minaya también se ha distinguido como gestor cultural, organizador de eventos de gran relevancia como el Congreso Dominicano de Filosofía y la Primera Semana Filosófica, y es el fundador y alma de la Asociación Dominicana de Filósofos, cuya gestión acaba de entregar. Para nosotros, en nombre del profesor Eulogio Silverio, es un inmenso honor tener la oportunidad de sostener esta conversación con el profesor Julio Minaya Santos.
Lo primero que le pediremos, profesor, es que nos hable sobre su vida previa a su ingreso a la universidad: ¿dónde estudió, quiénes fueron sus padres, cuáles amigos recuerda, su fecha de nacimiento, el lugar donde nació? ¿Cómo se fue gestando en aquel niño, adolescente o joven, el interés por los estudios humanísticos?
Dr. Julio Minaya:
El honor es mío al recibir esta convocatoria y poder conversar con ustedes y, más que con ustedes, creo yo también con la posteridad.
Yo nací en un municipio de la provincia Duarte que se llama Villa Riva, no en la ciudad, sino en el campo. Fue el 18 de febrero de 1956. Muy temprano experimenté la migración interna, como gran parte del nordeste o del Cibao, porque viví mis primeros años en Jobo, un paraje de Villa Riva. Luego pasé a vivir con mis abuelos en El Papayo del Agua. Más tarde, cuando tenía siete años, me trasladé a un campo de San Francisco de Macorís, frente a la Loma Quita Escuela, en El Jaramonal.
Estos orígenes campesinos me marcaron profundamente, incluso para mis reflexiones filosóficas, como se podrá notar. Mis padres fueron Aquilino Minaya y Juana Ramona.
En esa etapa rural y campesina, llena de maravillas, viví las derivaciones de la Cordillera Septentrional. Y creo, Alejandro, que tú estabas del otro lado, por donde nace el río Boba, cerca de Gaspar Hernández. La cordillera, sin embargo, no nos separaba: nos unía. Haber vivido en ese lugar de encanto fue una dicha para mí.
Previamente había vivido con mis abuelos. Mi abuelo era ciego y podría decirse que veía a través de mis ojos. Por tanto, yo tenía que estar siempre listo para captar los detalles y elaborar síntesis. Si recibíamos una visita, después debía narrarle cómo estaba vestido, si tenía hijas señoritas, si venía acompañado de algún enamorado… Todo eso me obligaba a ser observador. Creo que esa experiencia desarrolló en mí una gran capacidad para la observación y para el diálogo, porque conversaba mucho con él: estaba siempre en casa y yo era como su niño, su hijo menor.
Mis estudios comenzaron precisamente en esos lugares. Pasé por varias escuelas del nordeste. Luego, cuando tenía 13 años, mi padre consiguió un trabajo como enfermero en Sabana Grande de Boyá. Allí nos trasladamos con toda la familia, y en ese pueblo vivieron mis padres hasta morir.
Yo salí temprano de Sabana Grande, pero guardo mucho agradecimiento y cariño por ese lugar. Fue, de hecho, el pueblo en el que menos tiempo viví de todos los que me marcaron. Allí estuve solo cinco años: cursé los dos primeros años de liceo. Luego, para el tercero y el bachillerato, vine al Seminario Santo Tomás de Aquino, y después terminé en el Colegio La Salle.
Esos ambientes tan diferentes me ayudaron a comprender mejor la realidad humana y social. Podía estar un día con hijos de obreros que trabajaban en la caña, y al otro día con hijos de burgueses en La Salle. Fue una experiencia muy interesante, que me enseñó a interactuar sin resentimiento en contextos sociales distintos.
Me gradué en el Colegio La Salle. Allí conocí a un profesor que me marcó profundamente: Cándido Blanco. Él nos dio Introducción a la Filosofía, pero más que eso fue una introducción a la filosofía antropológica. Basaba su clase en las grandes preguntas que se formula el ser humano, y eso para mí fue decisivo.
Pude ver que había un área del conocimiento que, si bien no estudia al ser humano desde el punto de vista biológico o físico, ni exclusivamente cultural, sí podía sondear los enigmas del ser humano: esas grandes preguntas que nos acompañan siempre.
Así comencé a interesarme por la filosofía. El profesor tenía la virtud de dialogar, de dar confianza, de permitir que uno le hiciera preguntas y, al mismo tiempo, mostraba interés en aprender de sus estudiantes. Eso fue muy importante para mí.
Diría que esa experiencia me marcó, junto con la vida en el campo, con mi familia y con los grandes amigos que pude cultivar desde la niñez hasta la adolescencia. Y entonces, de alguna manera, eso me fue encarrilando hacia el mundo de la filosofía, un mundo en el cual me siento muy cómodo.
Nosotros éramos nueve hermanos, casi todos profesionales, aunque veníamos de una familia muy humilde. Recuerdo que papá podía no tener recursos para otras cosas, pero para comprar la enciclopedia —por ejemplo la Cumbre, que se vendía a plazos— siempre encontraba la manera. Iban muchos estudiantes a nuestra casa a investigar con ella.
También recuerdo la biblioteca rodante de la Arquidiócesis de Santo Domingo, un acontecimiento cultural muy importante. Llevaban unos trescientos libros a un local, generalmente anexo a la iglesia, y los prestaban por una semana. Ese proceso duraba unos cuatro meses antes de trasladarse a otra comunidad. Allí accedíamos a clásicos de la literatura universal, a clásicos de la literatura dominicana, a libros de historia.
En ese contexto me encontré con El Montero de Pedro Francisco Bonó. Ese libro me maravilló porque hablaba de mi propio mundo. Bonó repasa lugares que yo conocía: mencionaba a los monteros que iban detrás de los berracos, y ese río lo había cruzado yo muchas veces, en él me bañé. Lo mismo con el río Nagua: Bonó dice que por allí pasaban parejas que iban a casarse a San Francisco de Macorís, y yo también lo crucé desde casi su desembocadura en el mar, por El Papayo, hasta su nacimiento en la Cordillera Septentrional. Hay que darle 38 pasos; yo se los di, de arriba abajo y de abajo arriba, cuando era pequeño.
Con el tiempo pude aquilatar lo que ese libro significaba: dentro del realismo y específicamente del costumbrismo, Bonó ya manifestaba una profunda sensibilidad social. Tenía apenas 20 años cuando lo escribió, y sin embargo mostraba una aguda preocupación por los problemas sociales de su tiempo.
Esa biblioteca rodante fue decisiva. Cosas así ocurren en nuestro país y muestran también el papel cultural de la Iglesia Católica. No todo es como a veces se piensa: que la Iglesia solo educa a las élites y olvida al pueblo. No, yo creo que la Iglesia fue más democrática en ese sentido: tenía sacerdotes que trabajaban con todos los sectores, y eso no es malo, al contrario, fue bueno.
Después de esa etapa ingresé al Seminario. Tenía 17 años cuando cursé allí el tercero de bachillerato. Al concluirlo, inicié formalmente los estudios de filosofía. Estudié tres años en ese ambiente dirigido por los jesuitas, y debo decir que era un espacio intelectual muy interesante porque nos ofrecía un verdadero abanico de ideas.
Por un lado, estaba el neotomismo, representado por profesores como Carlos Benavides —que me impartió los cuatro cursos de Historia de la Filosofía—, Benito Blanco, Andrés Mateo como pensador, y otros. Pero también, bajo reserva, tuvimos contacto con profesores como José Luis Sáez, de la UASD, que nos introdujeron al marxismo y a las corrientes vinculadas a la teología de la liberación y a las comunidades eclesiales de base.
De modo que el seminario no fue ajeno a los movimientos contestatarios. Recuerdo que en un momento, cuando Bambu estaba con el PLD a finales de los años 70, lo invitamos al seminario porque queríamos dialogar con el profesor Juan Bosch. Nos lo permitieron, y tuvimos una conversación de casi tres horas: preguntas abiertas, diálogo muy animado.
También recuerdo la visita al país de Arnulfo Romero, el arzobispo mártir de El Salvador, hoy considerado santo por la Iglesia Católica. Lo conocí personalmente, lo saludé. Un hombre cuya bondad se respiraba hasta por los poros, diría yo, aunque los sacerdotes casi no dejan ver los poros con toda su indumentaria.
Ese seminario fue realmente una escuela muy interesante. Por allí habían pasado figuras como Enerio Rodríguez, que luego regresó al seminario; el profesor Luis Federico Cruz Paulino; y también el obispo Fausto Mejía Vallejo, que terminó allí sus estudios de filosofía. En aquel entonces, el seminario ofrecía solo tres años de filosofía, sin título.
Cuando llegué a la Universidad Autónoma de Santo Domingo ya traía amistades con profesores como Jorge Cela y también con otros docentes. El ambiente fue muy interesante. Y creo que a partir de ahí podemos dialogar sobre algunas preguntas que ustedes tengan, para no extenderme demasiado.
Dr. Alejandro Arvelo:
Al mirar su trayectoria como pensador y productor de textos filosóficos, uno advierte cualidades poco comunes en los pensadores dominicanos. La primera es que usted parece haber descubierto pronto una línea de trabajo, una línea de investigación; mientras que en otros se nota dispersión: trabajan un tema, luego pasan a otro, y a otro más. En su caso, esa vivencia que narró —el encuentro con El Montero en aquella biblioteca rodante— fue cardinal en la definición de su vocación filosófica.
La segunda cualidad es que, a diferencia de muchos pensadores dominicanos, usted se ha ocupado de leer a sus próximos, a quienes le han precedido en el ejercicio filosófico. En ese sentido, yo quisiera preguntarle: ¿de dónde nace esa pasión por la filosofía? Porque se trata de una carrera que no goza de buena imagen, que no garantiza ganarse el pan y que, además, no suele ser promovida. ¿Cómo llega usted a la filosofía y cómo se da ese tránsito cuando vino aquí a completar el cuarto año de la carrera? ¿Encuentra alguna diferencia? ¿Tiene algún impacto? ¿Se siente más deudor de los primeros tres años del seminario o de ese último año en la universidad?
Dr. Julio Minaya:
Interesante. No sabía que ya usted se había detenido a pensar eso. Yo ingresé al seminario porque tenía un profundo deseo de trabajar por los demás. Pero en el tercer año, un día a las diez de la mañana, leí un autor marxista en una de esas revistas que llegaban al seminario. Ese autor decía, tomando una idea de Karl Marx, que los teólogos siempre han vivido del trabajo de los trabajadores directos.
Esa frase me sacó de quicio. Me pregunté: “¿Qué hago yo aquí, si lo menos que yo pensaba era vivir del trabajo de los obreros?”. Entonces entré en crisis con mi vocación sacerdotal.
Un obispo que me conocía bastante me aconsejó que me tomara un año para pensarlo mejor. Pero yo ya estaba alegre, convencido de que debía salir. La autenticidad estaba de mi lado. Como dije antes, el tiempo en el seminario fue importante: tuve maestros muy formados, consagrados a la investigación, y también encontré allí personas con mucha sensibilidad social.
Recuerdo, por ejemplo, que estando en el seminario el padre Freites me invitó a acompañarlo a un barrio. Cuando llegué, lo encontré recogiendo agua en un grifo de la calle, llenando una cubeta. Eso, para mí, fue la encarnación viva de la teología de la liberación: vivir con los pobres, compartir su vida cotidiana, no solo hablar de ellos.
En ese mismo tiempo, el obispo me dijo que tenían en mente enviarme a Roma a estudiar. Que lo pensara bien, que era una oportunidad abierta para mí. Yo le agradecí, pero ya estaba convencido de que no seguiría.
Hubo también un acontecimiento decisivo. Un compañero seminarista, Juan de Jesús —hermano de Daniel Vargas—, me dijo una noche: “No he podido dormir porque en Bonao hay una huelga de los obreros de Falconbridge, y el pueblo está tirado a la calle con el párroco Fausto Mejía”. Yo le respondí: “Pues hagamos algo. Podemos redactar una nota de prensa para solidarizarnos”.
Esa misma noche la escribimos y recogimos firmas. Invitamos a todos los que se consideraban cristianos a firmar. Todos firmaron. Al día siguiente, pedimos permiso y fuimos a medios nacionales —Radio Mil, NotiTiempo y otros—. Publicaron en primera plana: “Religiosos apoyan huelga de Bonao”.
Cuando llegó la cena al seminario, el rector presentó la noticia. No aparecían nombres, solo se decía que eran religiosos del Santo Tomás de Aquino. Preguntó quiénes habían redactado el documento. Yo me puse de pie de inmediato y pedí a Juan de Jesús que también lo hiciera. Reconocimos que habíamos sido nosotros.
El rector nos citó y habló con nosotros. Quedó muy compungido cuando finalmente decidí salir del seminario. Pero para mí ese acontecimiento fue reafirmación de mis convicciones.
Ahora bien, yo me siento deudor tanto de los profesores que tuve en el seminario como de los que encontré después en la universidad. Fueron dos ambientes muy distintos, pero ambos importantes, porque me permitieron comparar, ver una cosa y la otra.
En el seminario dominaba Santo Tomás, el neotomismo. Pero cuando llegué a la UASD, allí estaban el marxismo y el no-marxismo, el debate abierto. Eso fue fundamental. Y además, el hecho de ingresar a un ambiente popular, con compañeros que venían del campo y de los barrios, igual que yo. Entonces me dije: “Este es mi ambiente, aquí estoy en mis aguas”.
Eso me dio un entusiasmo enorme. La UASD, mi Alma Mater, me dio lo principal que se le puede dar a un ser humano: no necesariamente pan, sino orientación, luz, apertura. Imagínese uno, que venía de un campo, encontrarse con profesores como Andrea Belinda, Lucitania Martínez, Jesús Sería, Enrique Patín Veloz… No quiero mencionar demasiado porque siempre se queda alguien fuera, pero lo importante es que encontré aquí personas que me aclararon el camino y me convencieron de que era este el sendero que debía recorrer.
A pesar de todo —como usted mismo ha dicho, profesor Arvelo— la filosofía siempre tiene que justificarse para poder subsistir. Recuerdo que cuando saqué mi primera cédula me preguntaron: “¿Profesión?”. Y yo respondí: “Filósofo”. Me dijeron: “No, busque otra cosa, porque eso no existe en la lista”. Yo insistí: “Pues póngame profesor, porque es lo más cercano”.
Son cosas que pasan. Y por eso siempre he pensado que el que llega a la UASD a estudiar filosofía no viene por accidente: ya pasó un filtro en la familia, en el vecindario. Ya sabe a lo que viene. Y como el enamorado, aquí se enamora de verdad de lo que hace.
Ese ambiente me permitió descubrir lo que yo llamo mi nicho temático. Y ahí apareció Pedro Francisco Bonó. Desde 1981 o 1982 estoy trabajando en torno a él. Fue el tema de mi tesis de licenciatura, de la especialidad, de la tesina, de la maestría, del doctorado… y sigue siendo mi tema. Yo siempre digo en broma que estoy casado con Bonó.
Lo he asimilado tanto que incluso he soñado con él. En mis sueños lo veo sentado en una mecedora, yo en otra, conversando de tú a tú. Y no una vez, sino varias. Eso significa que lo tengo metido hasta en los tuétanos.
Bonó me ha ayudado mucho a querer más a mi país, a amar más a los que sufren, a los desposeídos. Y en ese sentido la filosofía no es solo una herramienta, es una disciplina que nos permite aportar a la conceptualización y a la teorización sobre nuestra identidad, sobre los momentos fundamentales de la construcción de la sociedad dominicana, sobre lo que significa ser dominicano.
Por eso agradezco que el director me haya asignado la asignatura de Pensamiento Dominicano. Porque allí yo no hablo de algo aprendido de segunda mano, sino de lo que vivo y construyo día a día. Y los estudiantes lo perciben: se entusiasman, porque sienten que lo que uno transmite no es teoría muerta, sino experiencia viva, un saber que modestamente vamos elaborando sobre la dominicanidad.
Dr. Alejandro Arvelo:
Ese tipo de construcción es claramente perceptible en su obra. Aunque usted descubrió el tema siendo aún muy joven, en cada nueva entrega se nota un paso más, un avance, una profundización. Por ejemplo, en Pedro Francisco Bonó: vida, obra y pensamiento crítico. Claro que está inspirado en los últimos avances de su investigación, pero no es la tesis doctoral; es un texto completamente diferente.
La tesis, como sabemos, fue presentada después de aquella formidable intervención en el Primer Congreso Dominicano de Filosofía. Y aun así, uno advierte que no se trata de una repetición, sino de calas sucesivas, de aproximaciones que van abriendo y profundizando.
Yo pienso que ahí hay un paradigma, un modelo a seguir. Sería deseable que pudiéramos identificar —como lo hizo Tomás Novas en su momento, desde el Instituto Dominicano de Investigaciones Filosóficas— unas líneas de investigación, de modo que cada quien, cada filósofo, pudiera tener una veta identificada.
En su caso, esa línea sobre Pedro Francisco Bonó es evidente, pero en su trayectoria académica también encontramos otras vetas: la preocupación ética, el pensamiento latinoamericano, los problemas filosóficos de nuestra sociedad. Y dentro de la primera, además de Bonó, usted ha trabajado figuras como Juan Francisco Sánchez o Andrés López de Medrano, organizando incluso actividades académicas de gran calado.
Le pregunto entonces: ¿cuáles son los énfasis de Julio Minaya cuando se ocupa de uno u otro pensador? ¿Por qué esa búsqueda? ¿Es que realmente hay un pensamiento filosófico dominicano? ¿Se puede hablar de una filosofía dominicana, o más bien de filosofía en la República Dominicana?
Dr. Julio Minaya:
Sí, interesante su observación. Debo decirle que hubo un momento en que pensé: “Creo que debo soltar a Bonó”. Fue cuando me embarqué en la tesina y en los estudios doctorales.
Nuestra generación, en general, ha bebido de la Ilustración y de la filosofía clásica de Grecia y Roma. Pero hubo un filósofo que me sacudió profundamente: Hans Jonas, de origen judío-alemán, con su propuesta de una ética ecológica y su Principio de responsabilidad. Fue un impacto fuerte, al punto de que por momentos pensé en cambiar de línea de investigación.
Leí y releí a Hans Jonas. Sin embargo, me hice esta reflexión: a Jonas lo estudian en Europa, en América, en África, en Asia; siempre habrá estudiantes de doctorado en distintas partes del mundo dedicándose a él. Pero a Pedro Francisco Bonó, ¿quién lo va a estudiar? Ningún alemán, ningún extranjero va a preocuparse por su pensamiento.
Entonces decidí que no, que tenía que seguir con Bonó. Y lo confirmé al escuchar el testimonio de nuestra colega Mabel Antillón, cuando contaba que en Bonn le pidieron definir su tema de tesis. Ella propuso estudiar a Andrés Avelino. Y los profesores alemanes le dijeron: “Pero ese no se conoce”. Y ella respondió: “Precisamente por eso, porque quiero que se conozca”.
Yo pienso lo mismo: Bonó es un filósofo, un filósofo de un país pequeño si se quiere, pero un filósofo. Y dialoga con los filósofos de aquí y de afuera, formula objeciones y plantea problemas que siguen siendo actuales.
A mí me interesa estudiar… bueno, vamos a ver si logro explicar la razón de fondo. En un momento pensé que debía cambiar de línea, incluso lo consideré cuando estaba en mis estudios doctorales, porque había voces que decían que para hablar del ser había que recurrir al griego o al alemán. Pero recordé lo que decía José Martí: “Nuestros pueblos han de darse prisa en conocerse”. Y lo que afirmaba Pedro Francisco Bonó: “Tenemos que hacer obra dominicana”.
Entonces concluí que el pensamiento dominicano tenía que poner su parte, y yo debía seguir con mi línea de investigación. Lo que me convenció definitivamente fue una constatación: leyendo el pensamiento filosófico latinoamericano —Dussel, Leopoldo Zea, Arturo Andrés Roig, Pablo Guadarrama— me di cuenta de que en cada país había figuras con rasgos específicos, los llamados emancipadores mentales.
¿Quiénes eran esos emancipadores? Hombres que, por lo general, eran abogados, preocupados por la educación, publicistas empeñados en difundir sus ideas, atentos a la historia y a lo local, a sus raíces, a su suelo. No eran filósofos de formación académica, pero habían leído a los ilustrados, a los liberales, a los republicanos, incluso a Kant y a Hegel.
Entonces comencé a preguntar: en México está José María Luis Mora; en Ecuador hay figuras análogas; en Chile, en Argentina, igual. Pero ¿y en la República Dominicana? ¿Quién cumple ese papel? ¿Podría ser Duarte? Vi que ciertos rasgos se acercaban, pero no coincidían del todo. ¿Henríquez Ureña? Más bien un emancipador latinoamericano que dominicano. ¿Hostos? Sí, pero era puertorriqueño.
Fue entonces cuando una madrugada —porque en la madrugada es cuando me llegan esas certezas— me levanté con la idea clara: el emancipador mental dominicano es Pedro Francisco Bonó. Él inicia ese proceso de emancipación intelectual y cultural en nuestro país.
Ahora bien, ¿qué significa esto? Significa que Bonó cuestiona la escolástica —en un momento llega a llamarla “una filosofía insana”— y compara la manera de pensar de nuestros intelectuales con la de los líderes revolucionarios de los Estados Unidos. Critica el santoral católico, y junto a Luperón se enfrenta al papado, negándose a reconocer a Billini como obispo de Santo Domingo por considerarlo un representante de los intereses españoles.
Vi entonces que lo que habían hecho los emancipadores mentales en otros países —abrir caminos, formular proyectos nacionales, sembrar pensamiento propio— lo había comenzado Bonó en el nuestro. Y ahí está el núcleo de mi tesis doctoral: Pedro Francisco Bonó y su aporte a la emancipación cultural dominicana: ideas éticas, políticas y sociales.
Para mí, aunque alguien pudiera discutir si Bonó es o no un filósofo en sentido estricto, lo cierto es que es un pensador con una profunda reflexión social, con ideas sobre el ser dominicano y, sobre todo, con un proyecto de nación que trató de encaminar una y otra vez, aunque le resultara imposible llevarlo a cabo plenamente.
Él parte de abajo. Decía: “El que tiene la casa de yagua, el peón, el que fue a la guerra de la Restauración descalzo, con una camisa de charapo, ese dominicano es el verdadero sostén de la República Dominicana”. Y Gregorio Luperón, en sintonía, afirmaba: “La República descansa en esa gente”, en esos hombres y mujeres que estuvieron al frente disputando la soberanía y la liberación frente a España.
Por eso digo que Bonó es un pensador profundo. Se inscribe dentro de lo que Enrique Dussel y también Carmen María Rovira Gaspar llaman pensadores-filósofos. Algunos han discutido su condición de filósofo, pero el propio Bonó decía: “Si yo tengo un verdadero juicio, ese es el juicio filosófico”. Otros, incluso amigos alemanes suyos, lo reconocían como filósofo. Y entre sus contemporáneos hubo quienes le asignaban el papel de historiador: “Redacta el manifiesto, coge la pluma, tú eres el historiador de nosotros”.
En definitiva, Bonó fue el orientador intelectual e ideológico de la Guerra de la Restauración y de la revuelta liberal de 1856. Por eso sostengo que sí tenemos pensamiento filosófico dominicano.
Ahora bien, es difícil establecer un criterio único para definir qué pueblos tienen filosofía y cuáles no. Generalmente, quienes se arrogan esa facultad son los europeos, desde una mirada eurocéntrica. Y muchas veces, con esa visión, terminan descalificando a los pueblos de América porque no piensan en los mismos códigos filosóficos.
Recuerdo que en un viaje a Grecia, uno de los guías, un hombre muy culto, nos decía: “Los europeos nos cambiaron el nombre; nos pusieron Grecia”. Y comentaba cómo incluso ellos, en el sur de Europa, se sentían mal vistos y subestimados por los del norte. Imagínese entonces nosotros en América Latina, y en particular en la República Dominicana, con pensadores de la talla de Pedro Francisco Bonó, o con figuras como Eugenio María de Hostos, que varios autores consideran una personalidad universal de América Latina.
Hostos se consagró a ilustrar al país, aunque sobre todo a los hijos de las élites y de la clase media. Eso también hay que reconocerlo. Pero Bonó, en cambio, miró hacia abajo, hacia los sectores populares. Y eso lo distingue.
En otros espacios académicos lo he dicho: nuestro suelo, el suelo dominicano, fue precisamente donde comenzó la filosofía en América. Aquí, en la isla, se dictaron las primeras lecciones de filosofía. La primera escuela de filosofía de América estuvo en la zona colonial, y de ahí heredamos ese discurso crítico que, según varios pensadores, constituye el antecedente de la filosofía de la liberación.
El sermón de Adviento de fray Antonio de Montesinos es un claro ejemplo: allí se enunció por primera vez la crítica al imperio desde sus propios súbditos, y se habló de los derechos de los pueblos a tener su propio gobierno. Eso es universal.
Una vez, en Brasil, en un encuentro académico, yo lo mencionaba, y un filósofo mexicano me interrumpió para agregar: “Usted olvidó algo: en la isla también se pronunciaron las primeras lecciones de ética. Es la primera vez que se critica a un imperio desde dentro”.
Eso muestra que tenemos fuentes interesantísimas para filosofar, aunque no siempre las hemos explotado. En este sentido, hay que reconocer el trabajo de investigadoras como Rosalina Pérez de la Cruz, que ha dedicado artículos importantes a Pedro de Córdoba y a Sánchez Valverde, buscando justamente esas raíces de nuestro filosofar.
Hay un interés previo, un interés que también comparto, y es el de identificar a los dominicanos que han hecho aportes a la filosofía. Algo parecido a lo que me pasó con Pedro Francisco Bonó me ocurrió al mirar el caso de México: si allá existen figuras tan sólidas, ¿quiénes son los nuestros?
En ese sentido, hay que reconocer que investigadoras como Rosalina Pérez de la Cruz han profundizado en Pedro de Córdoba y en Sánchez Valverde, prolongando una búsqueda que ya había comenzado. Pero en honor a la verdad debemos decir que Juan Francisco Sánchez, junto con Armando Cordero, fueron los primeros en interesarse de manera sistemática en este viaje hacia una intelección del pensamiento dominicano.
Yo pienso que la pregunta no debería ser si existe o no un pensamiento filosófico dominicano. Más bien se trata de una preocupación: seguir buscando, escarbando, recuperando y reconstruyendo lo que se ha hecho. Y todo aquel que se sumerja en esa tarea encontrará aportes valiosos. Puede que no sean un pensamiento sistemático a la manera alemana, inglesa o griega, pero sí hay logros significativos.
Pensemos, por ejemplo, en Andrés Avelino. No porque Osvaldo Daniel Avelino, su hijo, haya dicho alguna vez “yo soy categorialista” y lo haya defendido. No se trata de eso. Se trata de que, en la metafísica categorial, Avelino logró vuelos filosóficos importantes. Ahí se planteó un categoríalismo que se argumentó teóricamente y que dialogó con los filósofos europeos fundamentales. En esa corriente hay una dirección antipositivista, un esfuerzo de recuperar lo hispánico, lo cultural, a partir precisamente de nuestras propias fuentes.
Por eso digo: hay filosofía dominicana, como hay filosofía alemana, mexicana o francesa. Todas ellas forman parte de la filosofía universal. Y estoy convencido de que desde nuestro país se han hecho aportes significativos, aunque con las limitaciones propias de nuestro contexto.
Dr. Alejandro Arvelo:
¿Y qué lo impulsa, profesor, en ese contexto, a fundar revistas, a organizar simposios, a celebrar con tanto entusiasmo la Semana de Filosofía, los congresos o el Día Mundial de la Filosofía? ¿Piensa usted que la filosofía tiene realmente algo que aportar al mundo real, o es solo un ejercicio de académicos dedicados al pensamiento abstracto?
Dr. Julio Minaya:
La preocupación por hacer aportes, sin buscar excusas ni pretextos, nace de una convicción profunda. Tomo prestada aquí una idea de Husserl: el filósofo como funcionario de la humanidad. Nosotros tenemos la obligación de plantearnos los problemas del ser humano.
Y dado que cada época trae sus propios desafíos, la filosofía tiene el compromiso de dar respuesta desde distintos ángulos: ético, antropológico, cultural, nacional. No podemos esperar que sean los alemanes o los españoles quienes piensen por nosotros. Somos nosotros quienes debemos expresar en conceptos nuestra propia realidad.
Es cierto que los economistas, sociólogos, historiadores, biólogos, físicos o ingenieros hacen aportes valiosos, pero cada uno desde su campo específico. La filosofía, en cambio, tiene la tarea de recoger, de articular, de sintetizar todo lo que esas disciplinas producen y darle una orientación más amplia, una perspectiva universal. Es como si con una escoba recogiéramos todos esos fragmentos para pensar, desde ellos, lo que somos y lo que queremos ser.
Y uno debe forzar el entendimiento, elevarse, buscar a través del análisis alguna síntesis, algún punto de llegada. Debemos intentar sacarle, aunque sea una gota de sentido, a la realidad que vivimos: una realidad pétrea, dura, que golpea el intelecto y la sensibilidad de cualquiera que tenga un mínimo de autenticidad.
Esa debe ser nuestra preocupación: la filosofía puede y debe decir su palabra, a su modo, evidentemente a su modo.
Cuando hablamos de Grecia, por ejemplo, y en mis cursos pregunto a los estudiantes: “Menciónenme figuras de Grecia”, siempre me dicen Sócrates, Platón… y ahí se quedan. No mencionan a otros. En nuestro caso, tenemos figuras como Andrés Avelino y Juan Francisco Sánchez. Pero hubo un tiempo en que en este país no podíamos hablar de Andrés Avelino, porque se le consideraba un trujillista; era anatema mencionarlo.
Esa es una limitación muy fuerte. Desde el positivismo o desde el marxismo se descalifica de inmediato a autores que no tienen un pensamiento sistemático, o cuyos aportes son de corte ontológico. Y así se les niega el valor.
Yo tuve profesores preclaros. La UASD contó con intelectuales de primera, como Isidro Jiménez Grullón, sobre quien, Alejandro, tú mismo escribiste una tesis. Pero su obra sigue siendo desconocida, no por descuido tuyo, sino por descuido de todos nosotros, porque no hemos priorizado la producción filosófica nacional.
Esa tesis tuya sobre Juan Isidro Jiménez Grullón está en los anaqueles de una universidad, y debería ser conocida. Y lo mismo ocurre con Andrés Avelino: muchos de nuestros profesores lo desestimaron, por ser idealista o neoescolástico. Lo mismo pasó con Juan Francisco Sánchez, que sufrió mucho en esta universidad en sus últimos años y cuyo pensamiento no ha sido suficientemente valorado.
En México, a esos pensadores se les erigen estatuas, se publican sus obras completas, se nombran calles en su honor. Nosotros, en cambio, seguimos padeciendo una grave escasez de autoestima.
Uno de los miembros del jurado de mi tesis doctoral me dijo que no conocía a Pedro Francisco Bonó, pero que era un autor digno de conocerse en Europa. Y me recomendó: “No invierta dinero propio en publicar esta obra. Que sea una institución del Estado dominicano quien la publique. La UASD ganará prestigio si publica su tesis sobre Bonó, así como debería publicar la tesis sobre Juan Isidro Jiménez y la tuya, Alejandro, sobre la sabiduría popular dominicana expresada en los refranes”.
Y tiene razón. Porque, ¿dónde están esas tesis? Comenzando por mí mismo: ¿qué hice yo, en los cuatro años que fui presidente de la Asociación Dominicana de Filosofía, para promover la publicación de esas obras? ¿Qué iniciativas logré impulsar para rescatar estos señores del pensamiento filosófico dominicano que hoy duermen en los anaqueles?
Yo creo que en nuestro país los filósofos tenemos una gran misión: pensar el país, pensar su porvenir, pensar sus grandes problemáticas desde la filosofía.
Y lo digo recordando a un dominicano que escribió un libro titulado El Derrumbe, que ahora cumple cien años.
Hace poco se cumplió el centenario de El derrumbe, de Federico García Godoy. Y yo pienso que hoy estamos viviendo una época en la que bien podría escribirse otro libro con ese mismo título: El derrumbe de la sociedad dominicana.
El sicariato, la drogadicción, la delincuencia, la inseguridad… todo esto refleja una crisis profunda. Nos falta espíritu público, eso de lo que tanto hablaba Pedro Francisco Bonó: estimar lo que es del pueblo, lo que es del Estado. Y es claro que nuestras instituciones carecen de ese celo.
Todos estos son temas que debemos trabajar desde la filosofía. El tema haitiano, por ejemplo, lo abordó Bonó; nosotros tenemos que debatirlo también. Pero debatirlo no significa estar todos de acuerdo —ya sabemos que donde hay cinco filósofos hay cinco mundos—, sino presentar argumentos sólidos, que el pueblo pueda escuchar y ponderar, para que cada quien llegue a sus propias conclusiones.
Esos debates hay que llevarlos a la palestra pública, al estilo filosófico, para activar el porvenir de nuestro país, de América Latina y del mundo. Porque aunque estamos muy desarrollados en lo tecnológico —la virtualidad, la inteligencia artificial—, seguimos siendo enanos en otros aspectos. La civilización no es solo tecnología: también debe fundarse en el respeto, en la responsabilidad, en la solidaridad.
Dr. Alejandro Arvelo:
Has mencionado dos aspectos igualmente dignos de resaltar en tu trayectoria: tu labor docente, que incluso te llevó a dirigir esta Escuela de Filosofía, y tu labor al frente de la Asociación Dominicana de Filosofía. Si miráramos de través esas dos vidas de servicio —la docencia y la gestión cultural—, ¿cómo recordar la gestión de Julio Minaya en la Escuela de Filosofía y cómo recordar la gestión en la Asociación Dominicana de Filosofía, que recientemente has traspasado a un nuevo equipo de dirección?
Dr. Julio Minaya:
Son roles diversos, pero ciertamente se complementan. Yo pienso que la gestión que encabecé del 2002 al 2008 fue una continuidad de la gestión anterior, también de seis años, encabezada por el profesor Rafael Morla.
Considero que Rafael ha sido nuestro líder, la mente organizativa, el hombre con olfato práctico para el poder. Y creo que ahora estamos estrenando algo parecido con la gestión encabezada por el profesor Eulogio Silverio.
Rafael Morla llegó a hablar de la Escuela de Filosofía como una escuela de pensadores. Recuerdo que Tomás Novas dijo en una ocasión: “Se va a hablar mucho de la Escuela de Filosofía; no se sorprendan si les tiran piedras, si vienen ataques”. Con eso quería decir que se estaba construyendo algo relevante. Morla convocó a su generación, los incorporó. Y yo siempre pensé que no era solo cuestión de Morla: era un proyecto colectivo, que debía continuar.
No era solo cuestión de Rafael Morla. También era cuestión de Alejandro Arvelo, de Tomás Novas. Muchas veces el vocero era Rafael: él era quien hablaba, quien se atrevía a dar el paso, a tocar la puerta. Pero detrás de él había otros cerebros.
En mi gestión me nutrí de la experiencia del compañero Rafael Morla. Por eso digo que fue una continuidad. Por ejemplo, el profesor Luis Cruz estuvo en la etapa de Morla y también en la mía: terminó siendo coordinador por muchos años. También estuvo Francisco Pérez Soriano, quien se entregó como el que más a la causa de la filosofía: dirigió y coordinó el precongreso dominicano de filosofía, así como la segunda Semana Dominicana de Filosofía, dedicada a Armando Cordero.
Fue un trabajo en equipo, más que un esfuerzo personal. Eso está clarísimo. Cada logro se debió al trabajo colectivo. Así ocurrió con el Segundo Congreso Dominicano de Filosofía, celebrado en el convento de los dominicos: ahí estuvieron Dustin, Edison Minaya, Eulogio Silverio —que aunque no figuraba con nombre propio, también estaba detrás de todo—, Domingo de los Santos, entre otros.
También Luis Federico Cruz Paulino y Tomás Novas, que participaron tanto en la gestión de Morla como en la mía. Eran personas que daban ideas, planteaban alternativas, ofrecían luces de lo que consideraban debía hacerse.
Yo mismo fui, en sentido político, más un resultado que un mérito personal. Mi gestión se sostuvo gracias a los aportes de los jóvenes. Un ejemplo: algo modesto que en su momento quizás no parecía trascendente, pero que hoy muestra su importancia, es este boletín llamado Logos. No eran más que cuatro números, pero marcaron un inicio.
Más que director, yo era coordinador de esos trabajos. Nos reuníamos, por ejemplo, con Eulogio Silverio, Leonardo Díaz y Edison. Muchas veces íbamos a la casa de Eulogio, que se encargaba de la logística: tenía relaciones, amistades, conocimientos que hacían posible la publicación. Ese fue el primero de todos, en 1999, el mismo año del primer Congreso Dominicano de Filosofía.
Y eso surgió también como una emulación del boletín de la Cátedra de Historia de la Filosofía, que dirigía Luis Cruz Paulino. Veíamos el esfuerzo y sus brillantes resultados, y quisimos seguir ese ejemplo. Así se mantuvo nucleada la Escuela de Filosofía.
Los compañeros que estaban en los centros universitarios regionales también recibían el boletín Episteme. Por ejemplo, Darío Henao en Santiago, Jorge Ascensión en San Juan de la Maguana, y en Barahona, donde yo trabajé como profesor y director del CURSO. Ese boletín circulaba en todas partes: se tiraban muchos ejemplares y las aulas se nutrían de sus contenidos, porque los temas allí publicados se discutían en clase. De ese esfuerzo incluso surgió un libro del profesor Luis Cruz, además de otras iniciativas editoriales que marcaron época.
Durante la gestión que me tocó encabezar se implementó también el Doctorado en Filosofía con la Universidad del País Vasco, programa que aún vive, y en el cual sigo siendo profesor. Ese doctorado ha tenido varias cohortes y se mantiene, ahora sobre todo gracias a las becas que se han gestionado para que nuestros egresados puedan cursar estudios doctorales en el extranjero.
En cuanto a la Asociación Dominicana de Filosofía (Adophil), debo decir que fue fruto de un espíritu colectivo. Quien tenía más clara la idea de que era necesario un gremio de filósofos fue Tomás Novas. Y también Jesús Hernández, un veterano lleno de entusiasmo, que al momento de fundarse la Asociación publicó en el Listín Diario un artículo resaltando su importancia. Tomás había escrito años antes que esa era una de las grandes tareas pendientes: crear una organización que nos agrupara.
Recuerdo que en el Primer Congreso Dominicano de Filosofía alguien dijo: “Aquí la filosofía es fiesta”. Y era verdad: se respiraba un entusiasmo, una avidez en la participación, una atmósfera filosófica que se irradiaba desde la Escuela hacia la vida intelectual del país. Ese clima fue fundamental para que germinara Adophil.
También fue decisivo que el profesor Alejandro Arvelo llegara a ser director nacional de la Feria del Libro. Tener a un filósofo en ese espacio de visibilidad fue muy significativo: donde quiera que un filósofo toma la palabra, la filosofía se engrandece.
Hoy la filosofía goza de mejor fama que antes. Ya no se oye tanto aquello de que los filósofos son ateos o locos. Cuando la gente escucha a Arvelo, a Silverio, a Morla, a Lusitania Martínez, a Leonardo Díaz, a Edison Minaya, a Agustín Muñoz, comprende que se trata de personas serias, comprometidas, con formación sólida. Los locos son otros, los que dicen lo contrario.
Es cierto, no hemos producido todavía una obra monumental que pueda presentarse como “la filosofía original dominicana”. Pero hemos hecho un trabajo: hemos creado espacios, hemos celebrado congresos, seminarios, semanas de filosofía. Por ejemplo, recuerdo un evento muy especial, aunque no fue congreso: la Jornada de celebración del Bicentenario de la Lógica de Andrés López de Medrano. Ese evento nació en ADOFIL, fue propuesto a la Escuela, y luego articulado con el Instituto de Estudios para la Paz y la Cooperación y con la Biblioteca dirigida por Jesús Hernández.
Ese Bicentenario de la Lógica de Andrés López de Medrano lo coordinamos junto al doctor Luis Obrea Franco, y contó con la participación de figuras como Pablo Guadarrama, Carlos Rojas Osorio, el propio Brea Franco, el profesor Alejandro Arvelo y el profesor Rafael Morla. El resultado fueron cinco libros: las Memorias del Bicentenario, el volumen del profesor Arvelo Andrés López de Medrano: criollismo, dominicanidad e hispanismo, un texto europeo titulado Andrés López de Medrano: imagen, tiempo y realidad, y un opúsculo del padre Jesús Hernández con un comentario crítico a la Lógica.
El éxito de ese evento se debió también al respaldo de instituciones: la Escuela de Filosofía, Adophil, el Archivo General de la Nación, la Academia de Ciencias, el Ministerio de Cultura, la Biblioteca Salesiana, y el Instituto de Estudios para la Paz y la Cooperación. Ese apoyo se logró porque entendieron que era un esfuerzo serio, sin interés económico, movido únicamente por la vocación filosófica y cultural. Esa confianza permitió organizar congresos y actividades de alto nivel, con la colaboración incluso de instituciones privadas como el Banco Popular, gracias al apoyo de José Mármol.
En definitiva, uno aprende que nadie vive sin amigos: los amigos son los hermanos que uno elige, con quienes comparte luchas y proyectos. Y lo mismo pasa con la política: aunque suele verse con desconfianza, porque desde Maquiavelo se la asocia más con la astucia que con la virtud, lo cierto es que ha habido, hay y habrá personas que sacrifican su vida por su pueblo. La política merece ser limpiada y respetada, y nosotros no deberíamos rehuirla, sino dignificarla.
En cuanto a la Facultad de Humanidades, yo siempre la he sentido como un refugio, el espacio donde hemos podido realizarnos y ser útiles. Recuerdo las palabras de Avelino Stanley: “Con los fusiles en la mano conquistamos esta universidad para el pueblo”. La Facultad de Humanidades, en efecto, ha sido tierra fértil para sueños y logros. Uno de nosotros llegó incluso a ser decano, lo cual no es poca cosa. Y pienso que, si toda la Facultad tuviera la mística de servicio que caracteriza a la Escuela de Filosofía, estaríamos en una situación mucho mejor.
Dr. Alejandro Arvelo:
Querido y admirado profesor Julio Minaya Santos, no me queda más que agradecerle este tiempo, la hondura y la gracia de una conversación a la vez amable y profunda. En nombre del director de la Escuela de Filosofía, que ha prohijado este proyecto, y en el mío propio, le expreso nuestra gratitud.
Prof. Eulogio Silverio:
Hay un elemento común en todos los entrevistados de este proyecto: salvo raras excepciones, todos venimos del interior, de familias humildes, de situaciones difíciles. Y eso confirma una verdad: el estudio es el camino para la promoción social, cultural y también económica. Sin la oportunidad de la educación, todos estaríamos en peores condiciones. La filosofía, con su exigencia crítica y su vocación de servicio, ha sido para nosotros ese camino de elevación y de compromiso con la sociedad.




