Dr. Alejandro Arvelo:
Es miércoles 13 de septiembre, son las 11:05 de la mañana, y nos encontramos en el despacho del señor director de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, profesor Eulogio Silverio, para dar continuidad al programa Archivo de la Voz, una iniciativa que forma parte de su gestión académica en esta unidad docente.

Hoy tenemos el privilegio de contar con una de las columnas fundantes de la Escuela de Filosofía, un ejemplo de dedicación y producción intelectual: el Dr. César Cuello. El profesor Cuello es un referente soberbio de estudio, aprendizaje y creación de conocimiento.

Inició sus estudios en la Escuela de Sociología, entonces un departamento, en los años setenta. Posteriormente, se trasladó al extranjero, donde obtuvo la licenciatura en Filosofía en la Universidad Lomonosov de Moscú, la universidad estatal de la capital de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). A finales de los años setenta, se integró como profesor en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

A mediados de los años ochenta, regresó a los Estados Unidos para cursar una maestría en Filosofía de la Tecnología en la Universidad Politécnica del Estado de Nueva York y, posteriormente, completó sus estudios doctorales en Políticas Públicas en la Universidad de Delaware.

El profesor Cuello ha ocupado numerosas posiciones docentes y administrativas, tanto en la UASD como en otras instituciones. Entre ellas, destacan su dirección en DIGEPI (Dirección General de Planificación de la UASD), la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), capítulo dominicano, y el Observatorio Político Dominicano. También ha enseñado en la Universidad Tecnológica de Costa Rica y ha desarrollado una amplia producción intelectual que abarca desde ensayos filosóficos hasta tratados y trabajos de campo en el ámbito sociológico.

Sus investigaciones han abordado temas como las migraciones, la educación superior, el desarrollo sostenible y, más recientemente, la producción literaria, con textos narrativos de gran profundidad.

Para la Escuela de Filosofía, bajo la dirección del profesor Silverio, es un motivo de orgullo contar con la presencia del profesor César Cuello, tanto en conferencias como en talleres. Su trayectoria de más de 40 años produciendo conocimiento y enseñando lo convierte en un académico cabal y un ejemplo para las nuevas generaciones.

Bienvenido al programa Archivo de la Voz, profesor Cuello. En nombre del director, el profesor Eulogio Silverio, queremos destacar que este espacio tiene como objetivo proyectar nuestras fortalezas académicas hacia el exterior, mostrando que esta no es solo la escuela de filosofía más antigua de América, sino que sigue siendo un referente en formación y producción intelectual. Además, busca registrar el pensamiento de nuestros académicos y resaltar la ejemplaridad de cada entrevistado como modelo para los futuros estudiosos y profesores de humanidades y filosofía.

Bienvenido, profesor César Cuello Nieto.

César Cuello:
Gracias, muchas gracias. Quiero agradecerles por incluirme en este espacio. Desde que el maestro Eulogio me comentó sobre este proyecto, le dije que estaba completamente dispuesto a participar. Me pareció una iniciativa innovadora y acorde con los tiempos: recopilar de manera digital y grabada el legado de los profesores que han pasado por la Escuela de Filosofía y que seguimos aportando desde distintos escenarios.

No hay que esperar a que alguien fallezca para valorar su contribución. Es importante hacerlo en vida, porque lo que dejamos sirve como referente y legado para la academia, la sociedad y la humanidad. Este programa es una excelente iniciativa, y estoy muy agradecido de haber sido tomado en cuenta.

Dr. Alejandro Arvelo
La primera pregunta, profesor César Cuello, es: ¿quién es César Cuello Nieto? ¿De dónde es, quiénes son sus padres, y qué le llevó a estudiar una carrera como Filosofía, algo inusual para un joven de los años setenta?

Dr. César Cuello:
Interesante y clave para empezar. Soy César Cuello Nieto, vengo de una familia campesina de La Brega, en Nagua, cabecera de la provincia María Trinidad Sánchez. Nací a comienzos de 1950, el segundo de una familia de 11 hijos.

Mi padre era labriego, un trabajador incansable que luchó toda su vida por la tierra sin llegar a tenerla. Finalmente, dos de sus hijos, mi hermano y yo, logramos comprarle un pequeño terreno en sus últimos años de vida. Mi padre trabajó como jornalero y aparcero, enfrentando condiciones de explotación cercanas al trabajo semifeudal.

Mi madre, aunque apenas sabía leer y escribir, era una visionaria. Tenía claro que sus hijos no podían repetir el ciclo de pobreza en el que vivíamos. Su determinación nos empujó a estudiar. Vivíamos en un campo de Nagua, pero mi madre no negociaba nuestra educación. Teníamos que ir a la escuela.

Teníamos que viajar cuatro kilómetros para llegar a la escuela. La primera escuela que conocí era una escuelita unidocente que solo llegaba hasta tercer grado. Sin embargo, a partir de cuarto grado, teníamos que trasladarnos a la escuela primaria de Nagua para continuar los estudios. Muchas veces mi padre quería que nos quedáramos en el campo trabajando, porque necesitaba ayuda en su conuquito. Siempre buscaba que le cuidáramos la pequeña finca de mi abuelo materno, o que cuidáramos los animalitos que él tenía mientras trabajaba en fincas ajenas.

Sin embargo, mi madre no transigía en ese asunto. Insistía en que después de la escuela podíamos ayudar, pero nunca antes. Los fines de semana, tal vez. Esa firmeza fue clave en nuestra educación.

Viví con mi familia hasta los 13 años. Para entonces, ya requeríamos hacer sacrificios mayores para asistir a la escuela. Cuando llegó el momento de ir a la secundaria, mi padre consiguió un trabajo en otra localidad, en la entrada de Cabrera, en una empresa manicera. Pero mi hermano mayor y yo, que ya estábamos inscritos en la secundaria, no podíamos trasladarnos con ellos. Así que nos quedamos en Nagua, viviendo con mi abuela.

Desde una perspectiva existencial, quedarme con mi abuela fue una experiencia gloriosa. Estar con ella fue sinónimo de libertad. Mi abuela, además de quererme muchísimo, me consentía. Era una mujer muy abierta, aunque también peleona, como suelen ser muchas abuelas. Sin embargo, era extremadamente permisiva. Esa libertad me permitió experimentar la vida de una manera distinta. Sentí que podía ser yo mismo, lejos de la rígida autoridad de mi padre, un hombre autoritario, como era común en su tiempo. Mi padre, con su mentalidad campesina, machista y estricta, representaba una figura muy diferente a la de mi abuela.

Con mi abuela pasamos muchas dificultades, ya que no contaba con muchos recursos. Aun así, esa etapa fue fundamental hasta que logré llegar a la universidad.

Cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria, mi familia esperaba que estudiara algo “seguro”, como Medicina, que me garantizara un empleo estable y me permitiera apoyar a la familia. Sin embargo, mis inquietudes iban por otro lado.

Fui el primero en mi familia en venir a la universidad. Llegué con la idea de estudiar Medicina, con una gran motivación por aprender. Ya tenía mis primeros libros y todo lo necesario para empezar el colegio universitario. Sin embargo, desde el principio sentí el gusanillo de la política y lo social. Mi familia había sido militante del PRD, antibalaguerista y antitrujillista tras la muerte de Trujillo. Cuando llegó Juan Bosch, mi familia lo apoyó, considerándolo la opción más progresista de aquel momento.

En mi niñez, los partidos de izquierda no tenían presencia en el campo. Fue más adelante, en la universidad, cuando empecé a interesarme por esos temas.

Cuando ingresé a la UASD, la universidad era un hervidero político. Los partidos de izquierda dominaban el ambiente. Había discusiones ideológicas por todos lados, y para mí fue fascinante. No tenía conocimientos concretos sobre socialismo, revolución cubana o comunismo, pero la curiosidad me llevó a preguntar y a aprender.

Recuerdo especialmente a Pablo María Hernández, mi profesor de filosofía en el colegio universitario. Le pregunté qué era el comunismo y qué ocurría en Cuba. Con mucha paciencia, me explicó las complejidades de ese sistema.

En una ocasión, me acerqué a unos jóvenes que repartían folletos. Uno de ellos era sobre la filosofía de Hegel, y lo tomé. Me invitaron a discutirlo al día siguiente. Así, empecé a involucrarme más en estos círculos. Poco a poco, comenzaron a darme más libros, entre ellos El país de Lenin, un texto que describía la Unión Soviética. Aunque en ese momento no recordaba el autor, recientemente descubrí que fue escrito por un chileno en 1934. Ese libro me maravilló y despertó mi interés por aquel país que había hecho la Revolución de Octubre.

Hacia el final del colegio universitario, ya sabía que Medicina no era para mí. Sin embargo, no sabía cómo explicarle a mis padres que quería cambiar de carrera. Decidí callarlo hasta que llegó el momento.

Opté por Sociología, una carrera que me permitía comprender el mundo, analizar la sociedad y, sobre todo, pensar en su transformación. Mi madre fue la primera en enterarse. Intenté explicarle en qué consistía la Sociología y qué podía hacer como sociólogo, pero era difícil que entendiera. Además, algunas personas de confianza comenzaron a advertirle: “Comadre, fíjese bien, su hijo parece que anda en política”.

Mi tío, con quien vivía en la ciudad, también empezó a sospechar. Me veía llegar tarde, leyendo libros “raros”. Un día le dijo a mi madre: “César anda en pasos raros. Yo creo que está metido en política”.

Esas reuniones interminables en la universidad, las lecturas apasionadas, todo aquello me absorbió por completo. Aunque para mi familia era difícil entenderlo, para mí no había vuelta atrás. La Sociología, y en general el estudio del mundo y sus transformaciones, se convirtieron en mi verdadera pasión.

“Creo que anda en política, y política rara, de esa que no lleva a nada bueno. Estoy preocupado por mi familia, porque tú sabes… yo trabajo en el ayuntamiento, y esto podría traer problemas. Podría desgraciar a la familia”, se quejó mi tío.

Mi mamá me llamó preocupada: “Tu papá y yo hablamos. Mira, tú estás mal, porque dicen que eso que estudias es política. Vas a terminar preso, o peor, te pueden matar. ¡El primer hijo que se va a la universidad y mira en qué pasos anda!” También mencionó las quejas de mi tío, que temía perder su trabajo por mi activismo.

Le respondí con calma: “No es como dicen, es verdad que participo, pero no es tan grave”. Sin embargo, la tensión era evidente. Busqué el apoyo de algunos amigos del pueblo que también estaban en la universidad. Localizamos una casa alquilada y, con su ayuda, conseguí mudarme. “Te ayudamos con el alquiler hasta que consigas algo más estable”, me dijeron. Sentí que era la mejor decisión.

Me fui de la casa de mi tío, porque no iba a tolerar que me sometiera a dejar de hacer lo que creía. Estaba convencido de que no podía renunciar a mis ideales. Claro, ya había comenzado a enfrentar las consecuencias de mi activismo. La policía había quemado mis libros. Entraban sin orden a la casa de mi tío, revisaban mi cuarto, y cualquier libro que les pareciera “sospechoso” lo sacaban a la calle, lo rociaban con gasolina y lo quemaban allí mismo.

En el barrio, la situación no era diferente. Me mudé al sector de Capotillo, luego de vivir un tiempo en Simón Bolívar, ambos barrios marcados por la tensión política. Prácticamente vivía en la universidad; solo iba al barrio a dormir.

Estudiar Sociología me apasionaba. Cada día me sentía más incentivado. Sin embargo, la política me absorbía por completo. El grupo en el que militaba era pequeño, pero muy exigente. Poco a poco, empecé a notar que no podía seguir el ritmo académico que había planeado. Pasaba los cursos que tomaba, pero ya no podía matricular tantas materias como al principio.

Fue entonces cuando escuché sobre las becas para estudiar en la Unión Soviética. Hablé con Roberto Cassá, quien era profesor mío en ese momento. “Profesor, ¿usted estudió en la Unión Soviética?”, le pregunté. Me confirmó que sí y me explicó cómo funcionaban las cosas allá. Además, me puso en contacto con Mario Sánchez Córdoba, quien gestionaba las becas del partido.

Ese año, envié los papeles, pero no me otorgaron la beca. Pregunté qué había sucedido, y me dijeron que faltaba algo en mi solicitud. Sin embargo, pronto descubrí que el partido filtraba las carreras que consideraba prioritarias. “Queremos ingenieros, cuadros técnicos para cuando llegue la revolución”, me explicaron. Sociología no era una prioridad para el partido.

Al año siguiente, insistí y, con apoyo de otros militantes, lograron canalizar mi beca. Finalmente, me aprobaron y partí hacia la Unión Soviética.

Al llegar, me encontré con una sorpresa: la carrera de Sociología no existía como tal en la Universidad Estatal Lomonósov de Moscú. Me explicaron que, durante el periodo de Stalin, la Sociología había sido considerada una ciencia burguesa y, por lo tanto, eliminada. Aunque se estaba reintroduciendo en algunos lugares, no era una opción en mi universidad.

Me ofrecieron inscribirme en Filosofía, con la posibilidad de especializarme en áreas relacionadas con la Sociología. Acepté, porque ya había comenzado a interesarme más en los aspectos abstractos del pensamiento. Había leído a Althusser, Gramsci, Marx y otros autores que me habían abierto nuevas perspectivas.

La Filosofía me ofreció un espacio más amplio para explorar el mundo y mis inquietudes. En la Lomonósov, no era común que los estudiantes latinoamericanos o dominicanos eligieran Filosofía, ya que la mayoría optaba por carreras estratégicas como Biología, Química o Física.

Aunque me sentí entusiasmado, noté algunas restricciones en el acceso a ciertos temas. Había dogmas dentro del Partido Comunista Soviético que limitaban el estudio de autores como Stalin, Bujarin o Mao. Sus obras no estaban disponibles en la biblioteca universitaria, y para leerlas en la Biblioteca Lenin necesitaba un permiso del decano de la facultad. Esto despertó en mí un interés por estudiar las corrientes eurocomunistas y los debates filosóficos que surgían fuera de la esfera soviética.

El proceso no fue fácil, pero me permitió cuestionar, aprender y ampliar mi visión del mundo. La Filosofía no solo me ayudó a entender las bases teóricas de los sistemas políticos, sino que también me proporcionó herramientas para analizar críticamente las realidades sociales y culturales, tanto en la Unión Soviética como en el resto del mundo.

Tenía que leer ciertos textos de manera discreta, ya que resultaba complicado acceder a obras como las de Santiago Carrillo o Berlinguer, ambos exponentes del eurocomunismo. Santiago Carrillo, por ejemplo, había escrito El eurocomunismo y el Estado, un libro que generaba gran interés entre nosotros, los estudiantes extranjeros. Sin embargo, en la nomenclatura soviética, esta corriente era considerada revisionista y traidora a los principios del socialismo.

Acceder a esas obras no era sencillo. Dependíamos de que alguien las llevara desde fuera, y entre los latinos nos pasábamos los libros de mano en mano. “Fulano tiene el libro de Carrillo”, decíamos, y así lográbamos leerlo. Fue a través de estas lecturas clandestinas que mi panorama comenzó a ampliarse.

Con un grupo de estudiantes extranjeros, organizamos un círculo de estudio para analizar estas obras prohibidas y debatir temas proscritos, como el Estado, la revolución permanente e incluso Trotsky, quien estaba absolutamente vetado. Uno de nuestros profesores, un académico abierto y no militante del Partido Comunista, aceptó ser nuestro orientador en estas discusiones. Sin embargo, el círculo no duró mucho; apenas un año después, fue cerrado por las autoridades, ya que resultaba sospechoso que quisiéramos estudiar temas tan sensibles.

En las clases, las preguntas críticas también eran mal vistas. Recuerdo que un compañero ruso preguntó por qué, si Lenin había afirmado que el Estado debía desaparecer durante la dictadura del proletariado, en la práctica el Estado se fortalecía. Estas interrogantes generaban incomodidad, y muchos profesores evitaban profundizar en ellas.

A menudo me cuestionan sobre cómo fue estudiar Filosofía en un contexto tan dogmático como el de la Unión Soviética. Mi respuesta siempre es la misma: la Filosofía, como el agua, siempre busca su camino. Si logró abrirse paso en medio del escolasticismo medieval, ¿por qué no habría de hacerlo en la Unión Soviética? El pensamiento filosófico verdadero siempre es crítico y encuentra formas de expresarse.

Yo no me dejé dogmatizar. Siempre pregunté, cuestioné y busqué respuestas, aunque muchas quedaron en el aire. La Filosofía no puede existir sin el acto de preguntar. Este espíritu crítico me acompañó incluso cuando regresé a mi país y enfrenté prejuicios por haber estudiado en un medio tan cerrado. “No me digas que no soy tan filósofo como otros solo porque estudié en la Unión Soviética”, respondía. La Filosofía no depende del contexto en que se estudie, sino de la actitud crítica del filósofo.

Al finalizar mis estudios, me ofrecieron quedarme en el doctorado, pero decliné. Seis años allí habían sido suficientes, y además, las condiciones habían cambiado: ya tenía una familia, una esposa y un hijo. El partido esperaba que los cuadros profesionales fueran completamente dedicados a sus labores ideológicas, pero yo quería ejercer como filósofo, no como ideólogo.

Durante mis estudios, me especialicé en teoría sociológica, particularmente en el materialismo histórico, que era la corriente predominante. Aunque también tomé cursos técnicos, como estadística y métodos matemáticos aplicados al estudio de la sociedad, preferí enfocarme en cursos más reflexivos. Este enfoque me permitió desarrollar una visión más amplia sobre la sociedad y sus dinámicas.

Al regresar al país, encontré un ambiente académico dominado por tendencias prochinas, que eran críticas del revisionismo soviético. Sin embargo, no enfrenté oposición significativa para integrarme a la Escuela de Filosofía. Mi primera asignatura fue lógica formal, una materia en la que no había planeado especializarme, pero que terminé enseñando con éxito. Más tarde, comencé a impartir lógica dialéctica, un área más acorde con mis intereses.

A partir de esas experiencias, publiqué mi primer artículo teórico. Ya había escrito varios textos de capacitación ideológica durante mi militancia en el partido, algunos de los cuales fueron utilizados como material de enseñanza. Recuerdo especialmente uno titulado El marxismo, que posteriormente fue digitalizado por el Archivo General de la Nación. Cuando lo revisé años después, me sorprendí al leer en la introducción: “El marxismo es una doctrina científica”. Reflexioné sobre cómo, en ese momento, había aceptado esa idea como verdad indiscutible, algo que con el tiempo fui cuestionando.

Ahí es donde surge una gran contradicción: ¿ciencia y doctrina al mismo tiempo? Son conceptos que no tienen nada que ver entre sí. Sin embargo, en ese momento, yo escribí aquello para cumplir con los fines de capacitación, porque realmente creía que el marxismo era una doctrina científica. Así me lo enseñaron, y en ese tiempo no había tenido oportunidad de cuestionarlo profundamente.

Más adelante, comencé a reflexionar sobre la posibilidad de que algo pueda ser simultáneamente doctrina y ciencia. Fue entonces cuando me acerqué a la epistemología, tratando de definir lo que es realmente ciencia, cómo se construye el conocimiento científico y cuál es el papel del método. En ese proceso, bajo la influencia del pensamiento marxista, hegeliano y leninista, fui desarrollando una postura más crítica.

Con el tiempo, entendí que no se puede catalogar al marxismo como una doctrina científica. Puede contener elementos de ambos, pero como totalidad, no lo es. Tiene aspectos ideológicos y doctrinarios que necesitan ser claramente diferenciados de sus fundamentos metodológicos y dialécticos para explicar la realidad. Ese proceso de diferenciación lo fui comprendiendo mejor porque ya traía una inquietud de cuestionamiento que había comenzado en mis años de estudio en la Unión Soviética.

Recuerdo que en conversaciones con colegas como Paniagua, Nelida y Albero, les decía: “Yo no llegué a mis estudios desprovisto de cuestionamientos. Entré cuestionando y salí cuestionando”. Aunque mi formación inicial fue dentro de un marco marxista ortodoxo, me esforcé por abrir mi pensamiento y buscar nuevas fuentes. Esa oportunidad no la encontré en la UASD, que en ese tiempo permanecía adherida a una ortodoxia poco crítica. Cuando cayó la Unión Soviética y el bloque socialista, esa ortodoxia fue simplemente descartada sin una crítica profunda, perdiendo incluso los aportes valiosos que contenía.

Esa incapacidad de crítica constructiva llevó a que materias como la lógica dialéctica fueran eliminadas por completo. Pero, ¿cómo puede desaparecer el pensamiento dialéctico solo porque cayó la Unión Soviética? La dialéctica existía mucho antes del marxismo; la encontramos en Platón, en Hegel, en Nicolás de Cusa, y en muchos otros. La falta de una lectura histórica y dinámica del pensamiento filosófico llevó a un rechazo simplista y dogmático. Marx, en cambio, no era dogmático; fueron algunos de sus seguidores quienes interpretaron su pensamiento de forma rígida.

Esa misma rigidez la experimenté al combinar mi trabajo en la UASD con mis actividades en INTEC. En esa época, existía un prejuicio hacia quienes ejercían en ambas instituciones, como si fueran incompatibles. Este tipo de mentalidad académica estrecha, marcada por la endogamia, dificultaba la colaboración y el reconocimiento mutuo entre universidades.

Traigo a colación un ejemplo significativo: en un momento, la UASD estaba excluida de la Asociación Dominicana de Rectores de Universidades (ADRU). Fue durante la gestión de Roberto Reyna que finalmente se integró. Esa apertura tardía refleja las dinámicas de aislamiento que han limitado a la academia dominicana.

Recuerdo también mi participación en la elaboración de una antología junto con Nélida Cairo y Fernando Ferrán, en el marco de una cátedra sobre quéhacer científico. Este proyecto se centró en temas de filosofía de la ciencia, una disciplina que enfrentaba resistencias, pero que buscaba abrir espacios para reflexionar críticamente sobre el conocimiento y la metodología científica.

El curso al que me invitaron, gracias a Nélida Cairo, era tremendamente desafiante. Yo ya estaba enseñando “Hombre y Sociedad” junto a José Alcántara, una asignatura que servía como introducción a la sociología. Sin embargo, esta nueva cátedra me resultó mucho más atractiva, pues estaba más alineada con lo que quería explorar: una reflexión que trascendiera la ciencia, la epistemología y la filosofía, hacia la relación entre filosofía y tecnología. Este interés ya lo tenía, pero no había tenido la oportunidad de profundizarlo.

En esa cátedra descubrí la importancia de estudiar cómo se aplica la ciencia y su impacto en la tecnología. Fue entonces cuando me sumergí en la lectura de materiales sobre filosofía y tecnología. Junto con otros colegas, elaboramos una guía didáctica que contenía reflexiones sobre cada tema, pero, lamentablemente, no tuvo continuidad.

Un encuentro fortuito en un aeropuerto con el filósofo brasileño Amílcar Herrera resultó especialmente significativo. Ya conocía sus escritos y, tras reconocerlo, conversamos ampliamente. Sus ideas me inspiraron a profundizar en la filosofía de la ciencia y la tecnología, especialmente en el impacto social y ético de la tecnología, que fue el eje de mi maestría.

Esa maestría tuvo dos énfasis principales: filosofía de la tecnología, bajo la orientación de Carl Mitcham, y transferencia de tecnología, pues me interesaba comprender cómo los países no productores, como República Dominicana, reciben e implementan la tecnología en un contexto global. Esta línea de estudio me llevó a explorar cuestiones sobre el rol de los países en desarrollo en la producción y adopción tecnológica.

Además, me integré al movimiento “Ciencia y Sociedad”, donde trabajé estrechamente con Carl Mitcham. Asistí a congresos y publiqué artículos en inglés con su apoyo. Mitcham me incentivó a escribir y, aunque inicialmente era complicado, él revisaba mis textos y me motivaba constantemente. Uno de mis artículos más relevantes surgió del análisis de dos tomos que él me entregó sobre filosofía de la tecnología. Este artículo fue publicado en el anuario de la Sociedad de Filosofía y Tecnología, que también incluía reflexiones sobre inteligencia artificial, robótica y la sociedad de la información, temas que ya se discutían intensamente en los años ochenta.

La inteligencia artificial no es un fenómeno reciente; sus fundamentos se remontan a décadas atrás, vinculados con avances en robótica, vuelos espaciales y tecnología informática. Mucha gente piensa que estos desarrollos son exclusivos de la era del ciberespacio y la internet, pero están profundamente arraigados en la historia de la tecnología.

La filosofía, como disciplina, tiene la virtud de estar siempre atenta a los nuevos contextos prácticos. Esto lo enfatizó Marx en su crítica a Feuerbach, al señalar que la práctica es esencial para nutrir el pensamiento. La filosofía no puede estar aislada de su contexto histórico; de lo contrario, se convierte en una especulación vacía.

Por esta razón, siempre insto a los filósofos a estudiar la realidad, incluyendo los avances tecnológicos. Mi propio interés en la filosofía aplicada a la tecnología se refleja en artículos como uno que publiqué en la revista Ciencia y Sociedad. Allí argumenté la relevancia de un enfoque filosófico y multifacético para comprender la tecnología, especialmente porque esta influye profundamente en la sociedad.

La filosofía no compite con disciplinas como la antropología o la sociología; en cambio, abstrae y analiza conexiones generales desde una perspectiva filosófica. Desafortunadamente, algunas personas piensan que filosofar es solo repetir lo que dijeron otros filósofos. Sin embargo, la filosofía debe anclarse en la realidad y la praxis para ser verdaderamente significativa.

La filosofía tiene una conexión profunda con la realidad, aunque esta no siempre sea visible de inmediato. Como decía Ortega y Gasset, la filosofía mira desde el horizonte. Mi trayectoria ha sido precisamente un esfuerzo por mantener esa mirada amplia, buscando siempre conectar pensamiento y realidad.

Mi camino ha estado lleno de desafíos, pero también de satisfacciones. Cada fase de mi formación ha dejado una impronta, reflejada en publicaciones y proyectos. No es fácil vivir del conocimiento, especialmente en un entorno que estigmatiza a los académicos y, a menudo, los considera “vagos” por dedicarse a la investigación. Esto se debe, en parte, a la falta de gestión y seguimiento institucional serios en el ámbito académico.

En mi caso, cuando trabajé como investigador, sentí que mis informes no recibieron el interés que merecían. Esto me llevó a publicar el libro Gestión del Capital Intelectual, basado en esos informes. Fue una de las temáticas más recientes que abordé, vinculada con el desarrollo sostenible y las políticas públicas, áreas que exploré en mi doctorado.

Mi tesis doctoral, titulada Desarrollo Sostenible en Teoría y Práctica, se centró en un análisis filosófico y sociológico del desarrollo sostenible, evaluando sus alcances y limitaciones. Fue una experiencia enriquecedora, especialmente porque pude realizarla en Costa Rica mientras trabajaba en proyectos medioambientales, manteniendo siempre un pie en la teoría y otro en la práctica.

En un primer momento, el tema del desarrollo sostenible se presentó como la panacea para todos los problemas, pero pronto quedó claro que, aunque es una corriente interesante del pensamiento y de la práctica, enfrenta múltiples limitaciones y trabas. Estas incluyen obstáculos institucionales y sistémicos, pues el desarrollo sostenible anclado en el sistema capitalista no logra ser verdaderamente sostenible. ¿Por qué? Porque su objetivo no es el bienestar humano, aunque teóricamente así lo afirme, sino la producción de beneficios.

La lucha entre la producción de ganancias, impulsada por el mercado y las grandes corporaciones, y los objetivos del desarrollo sostenible se convierte en un gran obstáculo. Así lo planteo en mi tesis, donde señalo la necesidad de que el desarrollo sostenible no se conciba de forma unilateral, sino desde una perspectiva holística y compleja. No puede reducirse a la lógica del mercado, que prioriza la ganancia por encima de los intereses sociales, culturales y ambientales.

Un ejemplo reciente de esta lucha se dio en Ecuador, donde las comunidades indígenas lograron incluir en un referéndum la prohibición del extractivismo en ciertas áreas. Estas comunidades entienden que la explotación de recursos como los minerales puede destruir su cultura y el medio ambiente. Viví una experiencia similar en Costa Rica mientras trabajaba en mi tesis, específicamente en zonas como el Parque Nacional Corcovado, en la Península de Osa. Este parque es un reducto de biodiversidad, hogar de especies únicas como la danta y grandes felinos, que prácticamente solo existen allí. Sin embargo, esa región también es rica en oro, y tanto las grandes empresas mineras como los mineros artesanales luchan por su explotación.

La explotación de estos recursos plantea preguntas éticas y prácticas cruciales. ¿De qué sirve explotar estas riquezas si los beneficios no quedan en las comunidades locales? Por el contrario, estas quedan empobrecidas y con ecosistemas destruidos, incapaces de sostener siquiera la agricultura. No soy partidario del extractivismo desmedido, pero tampoco de vetar toda explotación de recursos naturales. Es necesario encontrar un delicado equilibrio que priorice el bienestar humano y la sostenibilidad.

El desarrollo sostenible debe enfrentarse a los intereses corporativos que buscan imponer una lógica de explotación desenfrenada. Ejemplos en República Dominicana, como Loma Miranda, la explotación de petróleo en la zona sur o los efectos de la minería en Cabo Rojo y Bonao, muestran cómo estas actividades no generan desarrollo local ni riqueza para las comunidades. Por el contrario, destruyen los ecosistemas y dejan tras de sí pobreza y devastación.

Es aquí donde la filosofía puede aportar una perspectiva crítica y a largo plazo. Necesitamos una visión estratégica que priorice la sostenibilidad y la ética, en lugar de una visión inmediatista que solo busque ganancias rápidas. También debemos asumir nuestra responsabilidad con las generaciones futuras. No podemos actuar con la indiferencia de quienes piensan: “¿Qué me importan los que vienen después? Que se las arreglen como puedan”.

La sostenibilidad debe humanizarse. Aunque se han desarrollado enfoques utilitaristas y éticas diversas, es esencial incorporar una perspectiva que valore no solo el presente, sino también el futuro de la humanidad. Destruir nuestros recursos naturales sin pensar en las generaciones futuras es una actitud irresponsable. La humanidad se ha construido sobre los esfuerzos acumulados de generaciones anteriores, y tenemos la obligación moral de preservar lo que heredamos.

Esta discusión filosófica y sociológica sobre la sostenibilidad y el medio ambiente es esencial en un mundo donde se busca imponer una visión desarrollista a ultranza. Por ejemplo, Europa y Estados Unidos, que destruyeron sus propios entornos naturales para desarrollarse, ahora quieren imponer a los países del Tercer Mundo la conservación absoluta de sus recursos, a menudo a través de sanciones. Esto es lo que actualmente discute Lula con la Unión Europea en el contexto del acuerdo Mercosur-UE. No se trata de destruir la Amazonía, pero tampoco de aceptar sin cuestionamientos las condiciones de quienes ya devastaron sus propios ecosistemas.

Esta discusión también es terreno fértil para los filósofos. Me llena de satisfacción ver que algunos de mis antiguos estudiantes han explorado estos temas en profundidad. Por ejemplo, José Antonio, un brillante alumno mío, estudió la obra de Gudyn, un autor ecuatoriano que aborda la sostenibilidad, y Ramón Martínez hizo una destacada tesis sobre este tema en la maestría. Sus razonamientos fueron sólidos y bien fundamentados, y demuestran cómo la filosofía puede contribuir significativamente a esta discusión crucial.

El filósofo debe involucrarse en los problemas actuales. Hay tantos temas importantes, y la carrera de filosofía tiene el potencial de incentivar el interés en ellos. Obviamente, no se puede obligar a nadie, pero es necesario introducir corrientes frescas en el pensamiento filosófico. No basta con rumiar las ideas de los autores clásicos, aunque sea una línea magnífica de trabajo y una forma esencial de conectar con nuestra tradición intelectual. También es fundamental explorar temáticas contemporáneas, incluso aquellas que aún no tienen referentes inmediatos.

El verdadero desafío y la mayor oportunidad para innovar en filosofía radican en abordar temas “vírgenes”. Sin embargo, a menudo se observa una falta de voluntad para arriesgarse en estos terrenos. Es necesario inculcar en nuestros estudiantes el valor de atreverse, de explorar nuevas ideas y de enfocar temáticas inéditas. Recuerdo con satisfacción a Ramón Martínez y Edwin Santana, quienes se inclinaron hacia la filosofía de la tecnología. Nunca les obligué, pero se entusiasmaron con estas áreas. Como profesores, tenemos la responsabilidad de visibilizar temas novedosos y mostrar su relevancia filosófica, como el impacto de los recursos naturales y su explotación.

Por ejemplo, en mis estudios sobre las presas hidroeléctricas, comencé investigando su impacto sociológico, político, ambiental y filosófico. Aunque tuve que cambiar mi tema de tesis por razones prácticas, publiqué un artículo en el que desarrollé el marco teórico que había concebido. Las presas hidroeléctricas no son un asunto meramente técnico; su construcción afecta ecosistemas, comunidades humanas y equilibrios naturales.

Un tema similar es el ciberespacio, donde Andrés Merejo ha sido pionero. Aunque algunas de sus ideas pueden ser consideradas exóticas, su esfuerzo por filosofar sobre estas nuevas realidades es valioso. En mi caso, desde mediados de los años 80 comencé a tratar cuestiones como la privacidad y la libertad en la era de las computadoras. Estas discusiones, que en su momento parecían irrelevantes, hoy están en el centro del debate. ¿Qué significa la privacidad en la era digital? ¿Qué margen de libertad real tenemos cuando la tecnología permea todos los aspectos de nuestra vida?

En cuanto al medio ambiente, la construcción de presas hidroeléctricas tiene implicaciones profundas. Represar un río no es solo una cuestión de ingeniería; afecta ecosistemas enteros. Por ejemplo, las inundaciones naturales son esenciales para humedales, manglares y muchas especies. Al alterar estos ciclos, se pone en riesgo la biodiversidad y se afecta el equilibrio de los ecosistemas.

El caso de la canalización del río Masacre es un ejemplo claro. No se trata solo de generar energía o irrigar terrenos; hay que considerar las funciones ecológicas de las cuencas. Un enfoque inmediatista, que priorice únicamente los beneficios económicos, ignora los impactos a largo plazo. Esto incluye la destrucción de ecosistemas y las consecuencias para las comunidades humanas que dependen de ellos.

Debemos replantear nuestra matriz energética desde una perspectiva más compleja. No basta con seguir construyendo presas hidroeléctricas; ya existen alternativas viables como la energía fotovoltaica y la eólica. Estas fuentes, aunque pueden requerir incentivos iniciales, son sostenibles y tienen menor impacto ambiental.

Recuerdo mi experiencia en Dinamarca, donde estudié el impacto de los molinos de viento. Este país ha integrado la energía eólica en su matriz energética con gran éxito, mostrando que es posible desarrollar fuentes de energía renovable sin comprometer el medio ambiente. Esta experiencia subraya la necesidad de explorar enfoques más sostenibles, considerando tanto las tecnologías disponibles como las realidades locales.

Cuando Dinamarca se propuso liderar la producción de turbinas eólicas en Europa, fijó un plazo de 20 años, pero logró su objetivo en solo 15. Esto fue posible gracias a una inversión estatal estratégica que incluyó incentivos y una planificación que tomó en cuenta los impactos ambientales y la participación de las comunidades. Sin embargo, la instalación de granjas eólicas no es un proceso sencillo. Hay impactos sónicos, efectos en los ecosistemas y riesgos para las aves, que pueden chocar con las aspas. También hay implicaciones en el uso del terreno, ya que estas instalaciones requieren un espacio considerable.

No podemos continuar construyendo presas hidroeléctricas en cualquier lugar sin evaluar previamente su impacto. Es necesario revalorar la matriz energética completa de un territorio insular como el nuestro, considerando además su interconexión con Haití, ya que muchas cuencas hidrográficas y ecosistemas marinos están compartidos. Esta reflexión debe trascender el ámbito técnico e incluir un salto filosófico que permita comprender la complejidad de estas decisiones desde una perspectiva ética y de sostenibilidad.

El problema de depender únicamente de la visión del experto es que esta es lineal y limitada. Como señalaba Sócrates en la “Apología” de Platón, los artesanos, constructores y políticos pueden ser expertos en sus campos, pero suelen carecer de una perspectiva más amplia. Ortega y Gasset también lo expresó en Meditación de la técnica: el filósofo debe mirar desde el horizonte, mientras que el experto se limita a lo inmediato. Hans Jonas retoma esta idea en El imperativo de la responsabilidad, señalando que la tecnología actual tiene impactos a largo plazo que trascienden generaciones.

El avance tecnológico puede ser devastador si no se considera su efecto en el futuro. Ejemplos como Hiroshima y Nagasaki demuestran cómo la tecnología bélica puede aniquilar el porvenir de generaciones enteras. Esto obliga a replantear una ética que no se limite a las relaciones inmediatas, sino que trascienda hacia el futuro distante. Esta perspectiva ética, propuesta por Jonas y otros, debe ser una combinación de principios fundamentales (principalismo) y adaptabilidad a lo relativo e inmediato.

La reflexión filosófica debe integrar los enfoques absoluto y relativo, inmediato y mediato, simple y complejo. Es más fácil dividir y analizar elementos separados, pero el desafío está en comprender cómo se interrelacionan y retroalimentan. Marx lo describió como un enfoque de totalidad, y este tipo de pensamiento sistémico y dialéctico es esencial para abordar los problemas complejos de nuestro tiempo.

La dialéctica, lejos de ser un concepto obsoleto, sigue siendo una herramienta poderosa para entender la relación entre opuestos y procesos en constante transformación. Filósofos como Heráclito plantearon intuiciones dialécticas que son fundacionales. Su célebre afirmación “todo fluye” es un ejemplo claro de cómo la dinámica del cambio puede ser comprendida a través de un enfoque dialéctico.

Heráclito, con su famosa afirmación de que “nadie puede entrar dos veces en el mismo río”, sintetizó de manera magistral la dialéctica del cambio, la transformación y el movimiento. Este pensamiento ha sido retomado y ampliado a lo largo de la historia de la filosofía: desde Platón y los clásicos del medioevo hasta la filosofía alemana y el marxismo. ¿Cómo podríamos desechar la dialéctica cuando constituye una herramienta fundamental para entender la complejidad del mundo?

Estudiar a los filósofos anteriores y revisitar sus ideas es una labor crucial. Sin embargo, también debemos analizar las limitaciones de pensamientos lineales, como el positivismo, que, aunque contribuyeron al inicio de la ciencia moderna, redujeron la comprensión de la realidad a una visión lógico-matemática. Esto nos lleva a cuestionar cómo podemos trascender estas visiones sin perder de vista su valor histórico y su impacto en la construcción del conocimiento actual.

He recorrido muchas áreas del conocimiento y, en esta etapa de mi vida, estoy dedicado a la literatura como un espacio personal de creación y reflexión. Mi próximo libro, titulado Sentires, reúne narraciones breves que expresan tanto mis pensamientos como mis emociones. Este proyecto no pretende grandes aspiraciones, más allá de compartir con quienes deseen leerlo lo que he sentido y pensado a lo largo del tiempo. Lo he hecho con entusiasmo, responsabilidad y sin mayores pretensiones.

Dr. Alejandro Arvelo
En lo personal, maestro César Cuello, debo expresar mi admiración por su trayectoria académica y su dedicación al pensamiento crítico. Aunque le perdí el rastro durante un tiempo, siempre lo recordé como mi primer profesor de filosofía. Me honra haber aprendido de usted, y considero que sus enseñanzas han dejado una huella importante en mi propio desarrollo intelectual.

Nos gustaría que nos contara más sobre sus inicios en la filosofía y su transición de la sociología a esta disciplina. Además, nos interesa saber cómo nació su pasión por la lectura. ¿Hubo algún maestro en su juventud que le influenciara profundamente? También quisiéramos conocer qué pensadores y filósofos han dejado una huella imborrable en su pensamiento.

Dr. Cesar Cuello
Es una pregunta interesante. Debo decir que fue mi madre quien sembró en mí el amor por la lectura. Aunque apenas sabía leer y escribir, nos leía con frecuencia. Solía reunirnos a los hijos mayores y, con libros que guardaba celosamente en un cofre, nos introducía a lecturas simples, a veces historias que apenas comprendíamos, como las de Vargas Vila.

Mi primer maestro, quien me alfabetizó, también tuvo un impacto significativo. Además de enseñarnos a leer, nos incentivaba con tareas y lecturas sencillas. Sin embargo, al continuar la primaria en el pueblo, el ambiente fue mucho más árido. Mis referentes se diluyeron, y mi experiencia estuvo marcada por la exigencia memorística y la disciplina rígida.

Recuerdo especialmente a una maestra que insistía en que memorizáramos las tablas de multiplicar. Para mí, eso era un desafío enorme. No tenía la capacidad de razonamiento rápido que se requería, y eso me hacía sentir fuera de lugar. Con el tiempo, comprendí que mi forma de pensar era distinta: más reflexiva, más pausada, pero igual de válida. Este descubrimiento fue clave para aceptarme y aprovechar mis propias capacidades.

Cuando estaba en primaria, enfrenté muchas experiencias desafiantes. Recuerdo una maestra que me castigaba severamente cada vez que no podía memorizar rápido las tablas de multiplicar. Yo era lento razonando, pero no porque no pudiera aprender, sino porque necesitaba tiempo para reflexionar. Esto me generó mucho estrés, pero con el tiempo aprendí a valorar mi propio ritmo de pensamiento.

También recuerdo un incidente significativo con una compañera de clase. Había ahorrado durante meses para comprar una caja de lápices de colores, y una niña del pueblo, hija de una familia prominente, simplemente me la arrebató y rompió los lápices. Intenté recuperarlos, pero la situación escaló y terminé golpeándola. Aunque ahora podría interpretarse como una reacción desmedida, en aquel momento me sentí profundamente frustrado por la injusticia. La maestra me castigó a mí sin considerar lo que había sucedido. Este evento dejó una huella en mí, no solo por la injusticia, sino también por cómo me hizo reflexionar sobre el trato diferencial y el poder.

La secundaria fue un cambio importante. Allí, los compañeros intercambiábamos libros y fomentábamos el hábito de la lectura, muchas veces por orgullo, para mostrar qué habíamos leído. Sin embargo, esto ayudó a consolidar mi interés por los libros. En esa época, los textos de José Ingenieros y otras obras clásicas pasaban de mano en mano, y leer era un signo de estatus intelectual entre nosotros.

Un momento clave en mi secundaria fue conocer a un profesor que era miembro del movimiento 14 de Junio. Este maestro, un combatiente constitucionalista, fue asesinado tras la guerra de abril por fuerzas represivas locales. Su muerte marcó mi adolescencia y profundizó mi compromiso con la justicia social y la lectura crítica de la realidad.

En la universidad, descubrí referentes como Hugo Tolentino Dipp y Pablo María Castillo, quienes influyeron en mi forma de entender la filosofía y la historia dominicana. En particular, Castillo Morales, fundador de la escuela de sociología, dejó una impronta significativa en mí con sus textos, aunque mayormente eran recopilaciones para sus clases. Además, el contacto con el Partido Comunista me introdujo a autores clave como Máximo Gorky y Nikolái Ostrovski, cuyas obras como Así se templó el acero alimentaron mi sentido de disciplina y compromiso colectivo.

También comencé a leer a teóricos como Althusser, mientras profundizaba en la historia dominicana desde perspectivas críticas, descubriendo visiones que desafiaban los dogmas históricos que nos enseñaron en la educación básica. Pedro Mir y otras figuras presentaban enfoques alternativos que ampliaron mi comprensión de nuestra identidad y nuestra historia.

Tuve maestros memorables en lógica, que insistían en la importancia de mantener la coherencia en cualquier discurso, escrito o hablado. Uno de ellos me enseñó una lección que aún aplico: “No pierdas la tesis”. Este profesor ilustraba en la pizarra cómo el pensamiento puede dispersarse si no se regresa al argumento central, destacando lo frustrante que resulta cuando una idea queda inconclusa o un discurso pierde su propósito. Esa enseñanza marcó mi enfoque tanto en la docencia como en la escritura.

En mis estudios de posgrado, Carl Mitcham se convirtió en un verdadero mentor. Su enfoque sobre la filosofía de la tecnología y su manera de guiar mi desarrollo académico dejaron una impresión duradera. Al intentar estudiar en Estados Unidos, envié mi currículum a diversas instituciones, pero fue Mitcham quien, con su paciencia y sabiduría, me ayudó a consolidar mi pensamiento crítico y a seguir edificando mis ideas.

Una de las vías que exploré para enviar mis solicitudes a universidades fue a través de un amigo que tenía contacto con la Universidad de Boston. Este amigo llevó mi carta al director del Departamento de Filosofía de esa universidad, pues estaba buscando cómo colocarme y obtener una beca. Sin embargo, este director respondió con una carta que mi amigo no se atrevió a entregarme directamente porque temía herirme o frustrarme. En la carta, el director expresaba que no creía que la Unión Soviética formara filósofos; según él, solo producían ideólogos adoctrinados.

Cabe destacar que este director era de origen polaco, y no es difícil imaginar los sentimientos que pudo tener hacia los soviéticos, considerando la ocupación de Polonia y la hegemonía del campo socialista en su país en ese tiempo. En su carta incluso llegó a decir algo que interpreté como: “Es más fácil encontrar cubitos de hielo en el desierto del Sahara que filósofos en la Unión Soviética.” Más o menos eso escribió, aunque en ese momento yo no dominaba el inglés completamente.

Cuando finalmente contacté a Carl Mitcham, aún estaba perfeccionando mi inglés y estudiando en Pittsburgh. Durante un viaje a Nueva York, logré reunirme con él en la Universidad Politécnica. Después de escuchar mis razones y conocer mi trayectoria, me dijo: “Esto es asombroso. Vienes de República Dominicana, del Caribe, estudiaste en la Unión Soviética en una universidad como la de Moscú, y ahora quieres estudiar aquí. ¡Esto es genial! Quiero que estudies conmigo.”

Le comenté a mi amigo sobre esta aceptación y le dije: “No te preocupes. Por lo que uno me rechaza, otro me aceptará.” Carl Mitcham consideró irrelevante mi formación soviética y estaba interesado en mis líneas de investigación. Dijo: “Es increíble que te hayan rechazado por eso. Tú traes argumentos claros y una experiencia única. Vamos a ver qué puedes aportar.”

En nuestra primera semana, Carl me llevó a la Biblioteca Pública de Nueva York. Quería que tradujera un artículo del ruso al inglés, no de forma literal, sino interpretando el contenido principal. Aunque mi ruso era aún académico y mi inglés estaba en progreso, logré traducir el texto. Él estaba entusiasmado y me dio otros materiales para trabajar. Esto me permitió demostrar el valor de mi formación, ayudándole a comprender a autores soviéticos que habían reflexionado sobre la tecnología desde fuentes directas, algo que él buscaba con interés.

Con el tiempo, Carl aprendió español, lo que facilitó aún más nuestra comunicación. Me insistió en la importancia de publicar y me inculcó la mística de hacer explícito el conocimiento: “Lo que no se escribe, se pierde. Tu experiencia es única, y nadie más puede narrarla como tú. Escribe, porque el pensamiento implícito es único y si no lo explicitas, se pierde irremediablemente.”

Esta enseñanza fue clave para mí. En mi libro, rescato la importancia de convertir el conocimiento tácito en explícito, una idea que trato como parte de la dialéctica del pensamiento. Para los académicos, investigar y plasmar sus experiencias es una responsabilidad fundamental. Sin embargo, esto requiere incentivos y un espacio adecuado, algo que no siempre se garantiza en las universidades.

He defendido el término capital intelectual para referirme al tiempo y la capacidad que una institución compra al contratar a un académico. Aunque algunos critican este término, explico que no implica reducir al ser humano a un capital. En cambio, me refiero al potencial que las instituciones adquieren al emplear a una persona y cómo deben gestionar ese recurso para maximizar su contribución intelectual.

El conocimiento tácito, que incluye las percepciones y experiencias únicas de un académico, debe convertirse en explícito. Esto puede lograrse mediante la investigación y la escritura, pero requiere que las universidades proporcionen el tiempo y los recursos necesarios para que sus profesores puedan producir y publicar.

Por ello, valoro profundamente los esfuerzos que se realizan para preservar y sistematizar las experiencias de los académicos, como el trabajo que lleva a cabo el maestro Arbelo. Este tipo de iniciativas no solo rescatan valiosos conocimientos, sino que también institucionalizan el vínculo entre el académico y la universidad, especialmente cuando estos están en la etapa final de sus carreras. Es una forma de prolongar su legado y asegurar que sus contribuciones no se pierdan con el tiempo.

Este es un espacio valiosísimo para la explicitación del conocimiento tácito. Por eso, valoro profundamente estas iniciativas. Retomando la pregunta inicial sobre los mentores, diría que mi último gran mentor fue el maestro Paul Durbin, quien lamentablemente falleció hace unos años. Este maestro no solo me guió en mi tesis doctoral, sino que también descubrió un mundo completamente nuevo al trabajar conmigo. Aunque manejaba teóricamente el tema de la sostenibilidad, no había tenido contacto directo con su práctica, algo que experimentó a través de mi trabajo en Costa Rica. Tanto fue así que, tras jubilarse, se mudó a Costa Rica, comenzó a llevar estudiantes allá, y los puso en contacto con las experiencias locales sobre medio ambiente y desarrollo sostenible.

Algunos de esos estudiantes también realizaron tesis sobre estas temáticas, y tuve el honor de orientarles. Por ejemplo, recuerdo un estudiante de doctorado en la Universidad EARTH al que ayudé con su investigación de campo, y una estudiante de maestría que trabajó en tecnologías renovables en República Dominicana, a quien también asesoré. Todo esto ocurrió gracias al apoyo y la visión de mentores como Paul Durbin.

Otro mentor importante fue John Byrne, director del centro en el que trabajé, pero los más fundamentales fueron Carl Mitcham, durante mi maestría, y Paul Durbin, como asesor de mi tesis doctoral. Ambos desempeñaron un papel crucial en mi formación, no solo como guías, sino también como críticos de mis ideas. Ninguno me ofreció un apoyo paternalista; por el contrario, polemizaron conmigo, y yo hice lo mismo con ellos.

Paul Durbin, como pragmatista, tenía una visión más utilitaria de la ética, mientras que yo sostenía una perspectiva más holística y principialista. Sin embargo, durante nuestras interacciones, ambos flexibilizamos nuestras posturas. Esto es algo que incluso sus colegas me mencionaron: “Lo que hiciste con Paul Durbin es increíble; le abriste otro horizonte.” Ahora, sus escritos reflejan enfoques más amplios e integradores.

Yo también me nutrí de sus ideas y tuve la oportunidad de experimentar el pragmatismo en acción, algo que antes solo conocía de referencia. Él estaba profundamente involucrado en la ética profesional, particularmente en la ingeniería y la medicina. Era llamado a formar parte de tribunales y juicios complejos como jurado, evaluando prácticas profesionales desde una perspectiva filosófica y ética.

En ese sentido, es importante destacar la relevancia de los comités de ética en ámbitos como la medicina, los cuales han ido creciendo en nuestra región. Aunque algunos los consideran meramente prácticos, tienen una conexión importante con la filosofía, ya que requieren una orientación más amplia y fundamentada.

Con Paul Durbin escribimos varios textos en conjunto. Él tenía la humildad de colocarse como coautor en segundo lugar, algo que también hizo Carl Mitcham. Ambos entendían que ya tenían un nombre reconocido, y su prioridad era potenciar a sus alumnos. Me motivaron a publicar, a explicitar mis ideas y a sistematizar mis conocimientos.

Mi experiencia con estos mentores en Estados Unidos fue enriquecedora. Aunque había excepciones, como un académico alemán visitante que despreciaba la filosofía en el Tercer Mundo, la mayoría de los profesores eran abiertos, respetuosos y humildes. Ese académico alemán, con quien tuve un enfrentamiento, sostenía que no existía filosofía en el subdesarrollo. Le respondí: “Nosotros también pensamos. Tal vez nuestra realidad no es la alemana, pero estamos en proceso de pensar y entender nuestra propia realidad.”

Respecto a la tradición filosófica en República Dominicana, mi postura puede sonar algo herética. No creo que haya una filosofía dominicana como tal. Se han tratado temas con bastante profundidad, pero no hemos logrado formar líneas de pensamiento ni escuelas que trasciendan en el tiempo. Somos muy centralistas y egocéntricos; cada quien trabaja en su tema, pero rara vez buscamos atraer a otros para crear corrientes sostenidas.

Yo he intentado acercar personas a ciertos temas, pero no siempre han mostrado interés. Creo que hay una tendencia a monopolizar ideas y a tratarlas como propias, sin abrirlas a la colaboración. Esto nos ha impedido desarrollar escuelas de pensamiento o líneas coherentes y de largo aliento.

Cuando comparo esto con el trabajo de Carl Mitcham, veo una gran diferencia. Él invitaba a filósofos con perspectivas distintas, incluso opuestas, para enriquecer el debate. Esa apertura es lo que nos falta: dejar de lado el ego y pensar en construir algo colectivo.

Carl Mitcham tenía la capacidad de congregar a pensadores de diversas nacionalidades y corrientes en su centro. Allí había chinos, asiáticos de distintas regiones, latinoamericanos e incluso europeos, como un alemán con el que polemicé en una ocasión. Entre los latinoamericanos, recuerdo a Elena Lugo, una puertorriqueña asociada al centro, y a otra académica argentina o mexicana (no estoy seguro), cuyo artículo sobre ciencia básica, ciencia aplicada y tecnología publiqué en la revista Ciencia y Sociedad. Su trabajo desmitificaba la idea de que la tecnología es simplemente ciencia aplicada, argumentando que la tecnología tiene su propia dinámica, independiente de una linealidad estricta entre ciencia básica, aplicada e innovación tecnológica.

Este es un tema fascinante que ella abordó con gran rigor, destacando cómo la tecnología, más que un derivado, es un nicho con su propia lógica de desarrollo. Por ello, es fundamental diferenciar entre filosofía de la ciencia y filosofía de la tecnología. Aunque están relacionadas, no son lo mismo; cada una aborda aspectos únicos y complementarios.

En uno de los eventos organizados por Mitcham, participé en un debate con un filósofo chileno, un hegeliano con quien tuve bastantes diferencias. Aunque no me gusta personalizar las críticas, este académico intentó desmeritar el trabajo que presenté sobre ciencia, tecnología y educación, realizado junto con Manuel Mejía. En ese momento, Paul Durbin intervino para defender el enfoque de nuestro estudio, pues consideraba que estaba alineado con la filosofía práctica que él defendía.

Los congresos internacionales organizados por Mitcham eran espacios extraordinarios. En uno de ellos, el Primer Congreso Interamericano de Filosofía y Tecnología, celebrado en Puerto Rico en 1988, se distribuyeron actas con trabajos de altísima calidad. Fue una experiencia enriquecedora que permitía intercambiar ideas, polemizar y publicar en anuarios de la Sociedad de Filosofía y Tecnología. Sin embargo, al volver a mi país, me fui alejando de estos eventos debido a las demandas del contexto local.

Dr. Alejandro Arvelo
Usted ha mencionado al profesor Manuel Mejía, un colega muy querido de todos nosotros, con quien usted justamente ha publicado este libro; un libro que es como un estudio de campo, un estudio bastante riguroso, y que trata sobre el tema de la inmigración o de las migraciones, uno de los temas en los que usted también se ha detenido.

Nosotros, aquí, cuando se habla de migraciones, la gente tiende a pensar en la migración haitiana, ¿verdad? Pero es un tema mucho más amplio, porque hay migración, emigración e inmigración, y es —vamos a decir— una constante humana.

En la actualidad, en la República Dominicana, hay una situación en la que necesariamente ha saltado a la palestra el tema de la inmigración haitiana. Entonces, aprovechando que usted es un estudioso del tema, quisiera —ya casi llegando al final— poner sobre la mesa la cuestión del canal y la relación que esto puede tener, así como el impacto que podría generar desde el punto de vista de las ecósferas, que usted también ha trabajado en su obra teórica —no en su obra creativa—, la cual es ya extensa.

Dr. Cesar Cuello
Quiero subrayar que no soy un experto en migración, pero he abordado el tema porque representa un fenómeno humano y social significativo. Mi incursión en este ámbito fue circunstancial, cuando me pidieron concluir un estudio iniciado por otro investigador. Esto me permitió reflexionar sobre cómo la filosofía puede y debe retomar estos temas desde una perspectiva más amplia, considerando la migración como una característica intrínseca de la humanidad.

A lo largo de la historia, la humanidad siempre ha sido migratoria. Aunque el sedentarismo asociado con la agricultura marcó un hito importante, no detuvo los desplazamientos humanos. Las razones han variado, desde conflictos bélicos hasta desigualdades económicas. Las personas tienden a migrar hacia lugares donde perciben mayores oportunidades, y esta dinámica no es casualidad, sino una expresión de la condición humana.

Es propio del ser humano moverse en busca de oportunidades. Estas oportunidades pueden ser reales o incluso ficticias, pero al final responden a necesidades y aspiraciones humanas. Por ejemplo, muchas personas gastan $10,000, $15,000 o incluso $30,000 para llegar a Estados Unidos, vendiendo propiedades, hipotecándose o reuniendo dinero de cualquier manera. Lo hacen persiguiendo un sueño, una utopía. Pero los humanos, después de todo, viven también de sueños y aspiraciones, sean reales o creadas.

La búsqueda del “sueño americano” se convierte en una utopía, pero es una utopía económica. El sueño americano no necesariamente significa vivir más humanamente, sino tener dinero, hacerse rico, ascender en la escala social desde una perspectiva económica. Muchas personas emigran buscando mejores condiciones económicas, pero también hay quienes lo hacen con la ambición de acumular riqueza. En todo caso, la migración es una constante histórica del ser humano, y por eso creo que desde la filosofía se debe abordar este tema, no solo desde las coyunturas específicas, como en nuestro caso con la inmigración haitiana, sino en un sentido más amplio.

El fenómeno migratorio abarca tanto la interacción entre culturas como los choques culturales, pero también representa diversidad y crecimiento cultural. No se debe reducir únicamente a una competencia por empleo o recursos. Por ejemplo, Pedro Henríquez Ureña emigró, y esa experiencia fue crucial para enriquecer su pensamiento. Al entrar en contacto con otras sociedades, desarrolló ideas fundamentales sobre la necesidad de que América Latina cree su propia utopía a partir de las realidades de sus pueblos mestizos y diversos. Este tipo de intercambios culturales puede ser transformador.

Sin embargo, cuando la migración es desordenada, se convierte en un problema. En mi experiencia como inmigrante en Costa Rica, no he sido una carga para la sociedad. Pago impuestos, y todo lo que genero se queda allí como aporte al país. Esto dignifica al inmigrante, quien se siente empoderado al saber que contribuye a la sociedad que lo acoge. Por eso, el inmigrante no debe ser visto como una carga o un parásito, salvo en casos específicos, como parturientas que llegan para dar a luz y luego se marchan. Este tipo de situaciones debe regularse, no para negar derechos, sino para establecer acuerdos y mecanismos que beneficien a ambas partes.

En República Dominicana contamos con una buena ley migratoria y un reglamento completo. Si estas normativas se aplicaran de manera efectiva, no habría tantos problemas con la inmigración. Es una cuestión de gestión responsable, no solo desde el punto de vista legal o sociológico, sino también filosófico. La migración toca aspectos fundamentales de la humanidad: la necesidad de movilizarse y de interactuar con otros.

Desde una perspectiva filosófica, el ser humano no puede definirse únicamente desde una esencia estática. No somos entidades biológicas aisladas; nuestra identidad se construye en un devenir histórico, cultural y social. Por ello, el tema migratorio debe ser abordado desde esta complejidad.

Mi próxima novela abordará estas cuestiones de manera consciente, porque no me separo de la filosofía cuando escribo narrativa. La obra enfatiza que el ser humano tiene el derecho fundamental de movilizarse. Este derecho no implica un tránsito sin reglas, pero sí exige que las restricciones sean razonables y no basadas en prejuicios relacionados con color de piel, condición económica, nacionalidad o creencias.

La movilización humana es un derecho inalienable. Si una sociedad establece reglas claras, el individuo debe intentar cumplirlas. Sin embargo, negarle a alguien el derecho a moverse por razones arbitrarias o discriminatorias es violar un principio básico de libertad humana. Por eso, es crucial abordar el tema migratorio desde una perspectiva que contemple no solo la dimensión legal o política, sino también los derechos humanos y la filosofía que subyace a nuestra coexistencia en un planeta compartido.

El derecho a la libre movilidad es una perspectiva que debe considerarse desde una dimensión filosófica. Al abordar este tema desde el punto de vista del ser humano y del colectivo, podemos ampliar el análisis y profundizar en cuestiones fundamentales. Por ejemplo, un niño que llega al país, ¿por qué habría que negarle el derecho a la educación por la condición migratoria de sus padres? Esto no debería suceder. Es necesario establecer mecanismos que permitan a estos niños acceder a la educación sin penalizarlos por algo que está fuera de su control.

El término “vidas truncadas”, que da título a un libro, surge precisamente de este tipo de situaciones. En San Pedro de Macorís, por ejemplo, había niños a quienes se les negaba el acceso a la escuela porque sus padres no tenían papeles legales. Mientras se regulariza la situación migratoria de los adultos, los niños pierden oportunidades educativas que no se recuperan fácilmente. La educación es esencial en la edad adecuada; cuando se pierde ese tiempo, se afecta irremediablemente el desarrollo de una vida.

Esta problemática tiene aristas tanto filosóficas como sociológicas, aunque algunos puedan pensar que es un tema más propio de las ciencias sociales. En cuanto al proyecto del canal, el conflicto trasciende lo migratorio y abarca disputas territoriales y el uso compartido de recursos naturales. Estos problemas deberían resolverse a través del diálogo, ya que recurrir a medidas extremas, como cerrar el mercado binacional, tiene consecuencias negativas para ambos lados de la frontera.

Es lamentable que decisiones como cerrar el mercado afecten directamente a las familias que dependen de este comercio para su sustento. Aunque el gobierno dominicano tenga sus razones, el impacto humano es significativo. Resolver estos conflictos no puede basarse en la imposición unilateral, como ocurre en casos extremos cuando grandes potencias actúan de forma imperialista. República Dominicana no puede tomar medidas como cerrar arbitrariamente el canal o recurrir a la fuerza militar para imponer su posición.

El tema del canal es un reflejo de problemas más profundos en la relación entre República Dominicana y Haití. Este tipo de conflictos seguirá emergiendo mientras no existan acuerdos firmes y mecanismos claros para resolver las disputas. En el pasado, otros países han llevado conflictos similares ante tribunales internacionales, como la Corte Internacional de Justicia, para resolver disputas sobre territorios o recursos compartidos. Tal vez este sea el camino más adecuado si el diálogo directo no produce resultados satisfactorios.

Es fundamental mantener los canales de diálogo abiertos, pues las soluciones inmediatas e inadecuadas pueden exacerbar los problemas. Trujillo, por ejemplo, intentó imponer una solución con la matanza de 1937, pero eso no resolvió el conflicto entre las dos naciones. Fue una medida inmediatista que, aunque frenó temporalmente ciertas tensiones, dejó heridas profundas que aún perduran.

La filosofía puede contribuir al análisis de estas cuestiones desde una perspectiva humana y trascendental. Aunque el conflicto del canal es un tema político, diplomático y medioambiental, la filosofía tiene un papel importante al reflexionar sobre las implicaciones éticas y humanas de las decisiones tomadas. Estas soluciones deben evitar el inmediatismo, que muchas veces responde más a intereses políticos que a una verdadera resolución de los problemas.

Las decisiones deben enfocarse en construir soluciones sostenibles y humanas, no en estrategias altisonantes que buscan ganar puntos políticos de forma temporal. La historia nos enseña que las salidas simplistas, como las acciones de Trujillo, no resuelven las tensiones profundas entre pueblos vecinos. Por el contrario, perpetúan los conflictos y polarizan aún más a las sociedades.

El país tiene derecho a establecer sus reglas y a defender sus recursos, pero debemos tener cuidado de no caer en debates simplistas que ofrecen soluciones inmediatas, pero que en realidad no abordan los problemas de fondo. La relación entre República Dominicana y Haití necesita una visión sostenible y a largo plazo, libre de prejuicios. No somos más humanos que los haitianos porque tengamos más acceso a la educación, más hospitales o mejores condiciones de vida. La humanidad no se mide por esas diferencias, y pensar lo contrario sería un error.

He escuchado comentarios como que “ellos destruyeron sus recursos y ahora quieren destruir los nuestros”, pero esa es una visión simplista que no refleja la complejidad del problema. Aunque no somos responsables de resolver los problemas de Haití, sí tenemos la responsabilidad de abordar aquellos aspectos que nos afectan directamente y que compartimos como naciones vecinas.

La filosofía no puede quedarse en una discusión inmediatista sobre cuántos inmigrantes hay o cuánto impacto económico generan. Tampoco podemos utilizar la inmigración como chivo expiatorio para culparla de todos los problemas del país. Por ejemplo, el pasado fin de semana, observé cómo los trabajadores en construcciones en Nagua eran en su mayoría haitianos, especialmente en días festivos. Mientras los dominicanos no trabajan los domingos, los haitianos aceptan esas condiciones laborales, a menudo sin recibir el pago adecuado por horas extras o en circunstancias que respeten su dignidad.

Esto nos lleva a cuestionar por qué se permite que estas condiciones desiguales persistan. No se trata de que los haitianos “nos quiten el trabajo”, sino de que el problema tiene múltiples aristas: legales, económicas, laborales y humanas. Como filósofos, debemos analizar esta complejidad y evitar caer en respuestas simplistas o reduccionistas.

El filósofo tiene la responsabilidad de mirar desde el horizonte, como diría Ortega y Gasset, para identificar qué se está moviendo realmente detrás del tema migratorio. Esta visión, a diferencia de la de un experto técnico, permite abordar el problema desde una perspectiva más amplia y profunda, que considere el impacto humano, social y cultural de la migración.

Dr. Alejandro Arvelo
Bueno, antes de que intervenga el profesor Silverio, que siempre participa y que había añorado esta presencia suya en este programa, yo le voy a pedir —antes de que lo haga él, se lo voy a pedir yo—: díganos el nombre de sus padres, el nombre de sus hijos y de su señora esposa.

Y, a seguidas, antes de darle la palabra al profesor Silverio, le voy a mencionar tres palabras —la segunda, como compleja, como si fuese un concepto nuclear— para que usted me diga, de manera casi intuitiva, qué evocación le producen.

Comencemos por los nombres de sus parientes.

Dr. Cesar Cuello
Mis padres fueron Pedro Cuello Mosquea y Rosa Emilia Nieto. Mi madre, que tuvo 13 hijos (aunque sobrevivimos siete), fue una figura central en mi vida. Provenimos de un paraje llamado Boca Vieja, cerca de Nagua. Mis estudios preuniversitarios los realicé en mi pueblo natal y luego ingresé a la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Aunque intenté estudiar en universidades privadas, como la PUCMM y la UNPHU, no obtuve becas en ese momento.

Mi esposa, Sandra Suñol Pérez, es costarricense. Nos conocimos en la Universidad Lomonosov de Moscú, donde ambos estudiábamos. Ella ingresó a la facultad de economía, mientras que yo estudiaba filosofía. Procreamos tres hijos: Pablo César, nuestro hijo mayor, quien se dedicó a la música, y nuestras hijas gemelas, Amanda y Rosandra Cuello Suñol.

Mi hijo mayor, Pablo César, estudió música y, aunque inicialmente pensaba ser instrumentista, prefirió dedicarse a la docencia. Actualmente es profesor de música en un prestigioso colegio bilingüe en Costa Rica, el Colegio Lincoln, y le va muy bien como educador. Además, ha ampliado sus horizontes estudiando administración, lo que considera útil para su desarrollo profesional.

Mis hijas gemelas, Amanda y Rosandra, estudiaron en INTEC. Amanda se especializó en ingeniería informática y sistemas, mientras que Rosandra optó por diseño industrial. Ambas continuaron sus estudios de maestría en Suecia. Amanda se especializó en diseño de interacciones, enfocándose en sistemas digitales y en la interacción humano-máquina. Recuerdo una conversación en la que le pregunté sobre su trabajo, y ella me explicó que su objetivo era hacer las interacciones con la tecnología más amigables para los usuarios. Por ejemplo, diseñar la experiencia de usuario de un cajero automático para que sea intuitiva y eficiente.

Rosandra, por su parte, se inclinó por los sistemas empotrados. Me explicó que su trabajo consiste en diseñar el hardware que permite el funcionamiento de dispositivos como ascensores, asegurando que cada tecla o función responda de manera óptima. Actualmente trabaja para Hewlett-Packard, mientras que Amanda está en otra multinacional. Ambas están desarrollando una carrera exitosa, y me siento muy orgulloso de ellas.

Dr. Alejandro Arvelo
Pues le voy a decir, entonces, tres términos para que usted, como a modo de fulgor, me diga qué evocación le producen. El primero que le voy a mencionar es: ideología.

Dr. Cesar Cuello
En cuanto a la palabra “ideología”, este concepto me evoca una amplia gama de reflexiones. Durante mis estudios filosóficos, me interesé por cómo se trataba este término en el pensamiento marxista y cómo lo había interiorizado personalmente. En el marxismo, la ideología suele asociarse con la “conciencia falsa”, es decir, con la visión del mundo que las clases dominantes imponen para legitimar sus intereses. Lenin, por ejemplo, argumentaba que la ideología burguesa busca frenar la historia y mantener el statu quo, mientras que la clase obrera, orientada hacia la ciencia y el progreso, no tenía interés en falsear la realidad.

Sin embargo, también observé que el marxismo podía generar su propia forma de ideologización. Recuerdo el caso de un compañero en Moscú que quería investigar sobre el Estado, pero le dijeron que ese tema ya estaba “resuelto” por el Partido Comunista. Esto demuestra cómo incluso un sistema que busca criticar la ideología puede caer en la trampa de la dogmatización.

La ideología no debe ser satanizada; más bien, es parte integral del pensamiento humano y refleja las condiciones históricas y sociales de cada época. Desde la filosofía, el papel fundamental es develar las ideologías, exponerlas y analizarlas en su contexto. El problema no es la existencia de ideologías, sino cómo se enmascaran bajo ropajes que las hacen parecer inocuas, como el progreso tecnológico o el desarrollo económico.

Un ejemplo claro de esto es la narrativa de que el desarrollo tecnológico equivale automáticamente a progreso social. Esta idea está cargada de ideología y necesita ser desmitificada. Los avances tecnológicos, como las hidroeléctricas, suelen presentarse como soluciones milagrosas, pero es necesario examinar sus impactos medioambientales y sociales. La filosofía debe cuestionar estas premisas y ofrecer una visión crítica y sostenible del desarrollo.

Dr. Alejandro Arvelo
La próxima es como el trípode de Tales de Mileto, o como la Trinidad, o como el aceite “tres en uno”: Escuela de Filosofía, Facultad de Humanidades, Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Dr. Cesar Cuello
La Escuela de Filosofía, como parte de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), me evoca una realidad compleja. Creo que la universidad, como institución, no ha sabido valorar lo suficiente a su Escuela de Filosofía, a su quehacer filosófico y al aporte que hacen sus filósofos. En muchos casos, se percibe a la filosofía como un “mal necesario”, algo con lo que la universidad pública siente que debe cargar, pero sin dimensionar su verdadero valor.

La UASD tiene el privilegio de ser prácticamente la única universidad con una escuela de filosofía que, más allá de ser un programa académico, es un centro de pensamiento en sí mismo. Sin embargo, en su enfoque institucional, la universidad parece priorizar otras áreas más utilitarias, lo que es comprensible dado su compromiso de formar profesionales para servir a la sociedad. Pero no podemos perder de vista que las humanidades, y en especial la filosofía, son quienes ofrecen una perspectiva más amplia, una visión desde el horizonte, como diría Ortega y Gasset.

La Facultad de Humanidades ha sido, históricamente, una defensora de estas disciplinas, aunque en ocasiones algunos de sus directivos no han entendido plenamente su importancia. No obstante, siempre se ha mantenido la lucha por preservar las humanidades, incluso cuando otras academias han eliminado cátedras y líneas de pensamiento filosófico, perdiendo así un capital intelectual invaluable.

Creo que la filosofía debe proyectarse hacia nuevas dimensiones. La lucha porque esta disciplina regrese a las escuelas no puede ser vista como el esfuerzo aislado de un grupo de idealistas, sino como una causa liderada por la Facultad de Humanidades y, en particular, por la Escuela de Filosofía. Asimismo, la filosofía debe abrirse a áreas aplicadas, como la bioética, la ética ambiental o la ética tecnológica, para que los egresados tengan más posibilidades de proyectarse profesionalmente sin perder la profundidad de su enfoque filosófico.

El filósofo no debe temer abordar temáticas específicas o prácticas. Por ejemplo, aunque un filósofo no sea sociólogo, puede analizar el tema migratorio desde un horizonte más amplio, identificando implicaciones éticas, filosóficas y humanísticas que trascienden el análisis puramente sociológico. Este enfoque permite que el filósofo aporte una perspectiva complementaria y enriquecedora, sin competir directamente con los especialistas en otras disciplinas.

En países desarrollados, vemos a filósofos desempeñando roles clave como asesores bioéticos en hospitales, consultores en temas de ética médica o incluso miembros de jurados en tribunales para evaluar dilemas éticos complejos. Aquí, en nuestras sociedades, a menudo estamos rezagados porque estos temas emergentes—como la clonación, la eutanasia, la biogenética o el inicio y el fin de la vida—parecen lejanos. Sin embargo, el filósofo no puede limitarse a un contexto estrecho; debe estar al tanto de las megatendencias y las discusiones globales para ofrecer un análisis crítico que enriquezca el debate local.

Dr. Alejandro Arvelo
Y, para concluir con las nociones y las evocaciones: el profesor ideal, la clase ideal. ¿Cómo ha de enseñarse? ¿Cómo visualiza usted una clase de filosofía ideal, un profesor de filosofía ideal?

Dr. Cesar Cuello
Finalmente, sobre cómo debería ser una clase de filosofía ideal, creo que el profesor debe ir más allá de la tradicional clase magistral. Aunque esta tiene su lugar y puede ser una herramienta valiosa dentro del proceso educativo, la enseñanza de la filosofía debe ser interactiva, estimulante y orientada al diálogo. Un profesor fructífero es aquel que logra conectar con sus estudiantes, que los reta a pensar críticamente, que los invita a cuestionar y a construir su propio marco conceptual. En ese sentido, la clase ideal es aquella en la que se crea un espacio para la reflexión, el intercambio de ideas y el desarrollo del pensamiento filosófico en su sentido más amplio.

Para enseñar filosofía, el estudiante debe ser conducido a pensar. Aunque parezca una obviedad, pensar se aprende pensando. Esto significa que el docente debe invitar al estudiante a reflexionar sobre la realidad, plantearle cuestiones que lo desafíen y lo involucren activamente en el proceso. Por ejemplo, se pueden proponer debates sobre temas relevantes como el aborto, el comienzo y el fin de la vida, o la violencia de género. El objetivo es que ellos analicen, discutan y construyan una perspectiva filosófica propia.

El docente debe confrontar al estudiante con el mundo real y con lo que se ha dicho, escrito y pensado al respecto. Por ejemplo, los feminicidios no pueden ser abordados solo desde el ámbito ético o humano; deben discutirse desde un enfoque integral que incluya lo práctico y lo filosófico. Es importante no limitarse a narrar memorísticamente los textos clásicos de la filosofía, especialmente en cursos introductorios. Esa práctica puede alejar a los estudiantes de la filosofía y generar rechazo hacia la disciplina.

Por ejemplo, al tratar el tema de la percepción y la verdad, se puede partir de relatos como el de los ciegos y el elefante, donde cada uno percibe una parte del animal y cree tener la verdad. Este ejercicio puede ser utilizado para explicar cómo la filosofía busca trascender percepciones parciales y ofrecer una visión más amplia y holística de la realidad. En lugar de simplemente recitar conceptos abstractos, se deben crear experiencias significativas que conecten al estudiante con los temas filosóficos.

Cuando se abordan temas como el machismo, los feminicidios o el suicidio, la filosofía debe relacionarse con la realidad para reflexionar sobre su impacto y sus implicaciones éticas. Por ejemplo, analizar la ética destructiva detrás de un feminicidio seguido de suicidio puede ser una puerta de entrada para debatir sobre la ética, las emociones humanas y los valores.

La filosofía no debe ser especulación vacía. Aunque se inspira en conceptos abstractos, siempre debe tener contenido y conexión con la realidad. Hegel, con su sistema idealista, es un ejemplo de cómo un pensamiento profundo puede ser aplicado a cuestiones concretas. De manera similar, la dialéctica hegeliana—tesis, antítesis y síntesis—nos enseña que el pensamiento debe avanzar desde las contradicciones hacia una integración más amplia, sin perder de vista su origen.

Dr. Alejandro Arvelo
Bueno, realmente estos encuentros los organiza el profesor más que para sus contemporáneos, pensando en la posteridad. Y a ella le legamos esta entrevista en profundidad al maestro César Cuello Nieto. Tenemos exactamente tres horas y treinta minutos de conversación.

El profesor cierra siempre los encuentros, así que el maestro Silverio tiene la palabra.

Mtro. Eulogio Silverio
No podía ser de otra manera con el profesor, ¿verdad? Es el río interminable de Heráclito. Y debo decir que el profesor, de alguna manera, representa el esfuerzo que estamos tratando de hacer desde la Escuela de Filosofía en estos momentos: captar a ese profesional que ya tiene un saber de primer nivel, que ha estudiado una licenciatura, que posiblemente tenga una maestría en otra área, para que estudie filosofía.

Porque la filosofía se enriquece con lo que él ya sabe de manera específica, y también se enriquece lo que él sabe de manera específica con lo que va a aprender en filosofía. Estamos haciendo el esfuerzo para que la Escuela de Filosofía vuelva a recibir a esos profesionales que ya estudiaron en otras áreas y que estudien posteriormente filosofía, específicamente en nuestra escuela.

Digo que el profesor representa eso porque, fíjese, aunque no lo está haciendo en el orden en que lo he dicho, estudió filosofía y le ha buscado un campo de aplicación a su quehacer, y le ha ido bien —en términos intelectuales y profesionales—. Es una persona con mucho reconocimiento de la comunidad nacional e internacional, y de sus alumnos ni se diga: él tiene verdaderos seguidores.

Bueno es saberlo: verdaderos seguidores, y es por la calidad de lo que hace. Yo soy seguidor suyo, pero por la parte de la literatura. Es decir, lo he conocido más por la literatura, y desde que leí la primera me enganché; todos los cuentos que me ha enviado los he leído y les he dado seguimiento, porque en su literatura también pone la genialidad que tiene en filosofía.

Fíjese que en La danza del arcoíris, uno como filósofo anda buscando dónde hay un vacío lógico, y no lo encuentra. Es como ir cazando ese vacío: “Bueno, se le olvidó tal cosa… No, pero es que está conectado con lo otro; ¿cómo va a solucionar el asunto del baúl? ¿Cómo va a justificar esto?”. Y todo queda amarrado, lo que quiere decir que hay un filósofo detrás de toda esa creación.

Sencillamente, darle las gracias al profesor. Realmente, para nosotros ha sido un motivo de satisfacción y de orgullo también, como escuela. Tenerlo a usted realmente prestigia, y es lo que queremos hacer: que la gente conozca lo que nosotros tenemos, que lo valore. Quizás no en este momento —no estamos aspirando a que nos hagan un monumento—, pero sí a que conozcan lo que la Escuela de Filosofía tiene, produce y da, cuál es la calidad de sus profesionales.

Nosotros lo dejamos ahí. Pasarán los tiempos: ahora tiene su público, ¿verdad?, pero luego vendrá otro público, vendrán otras generaciones, vendrán otros tiempos, vendrán otras mentalidades que estarán en capacidad de apreciar más lo que se ha hecho, que es mucho.

Así que le agradecemos, y le agradecemos al profesor Arvelo, que como siempre…

Dr. Cesar Cuello
Bueno, pues nada, agradecerles a ustedes. Ya hablé bastante. Gracias por no ponerme límites y dejar que se explaye el expositor, porque eso es bueno; uno no está… Yo pensé que el papelito era para decirme que ya no me quedaba tiempo, y dije: “Bueno, tendré que…”. Pero no, dejarlo a uno explayarse es positivo. No es que uno tenga que decirlo todo, pero sí es buena esa posibilidad de hablar abiertamente de un tema, sin necesidad de agotarlo. Eso lo agradezco, porque generalmente los espacios vienen sometidos, ¿no? Y someter a un filósofo… aunque hay que hacerlo.

Una de las cosas que me enseñaron los gringos fue a sintetizar. El primer ensayo que yo hice, estudiando inglés todavía, el profesor me dijo: “Buen tema, pero tú, como buen latinoamericano, sobreabundas: hablas de todo. Defíneme de qué quieres hablar, de qué va a tratar el ensayo”. Y entonces vino: “De qué va a tratar, el plot, el argumento central. Desarróllelo; es más o menos una longitud tal, y concluya, punto. Pero no se me salga para allá y para acá, porque ustedes los latinoamericanos hablan de todo, y entonces uno no sabe de qué fue lo que quiso hablar ni qué se proponía tratar”.

Me puso en disciplina, porque yo venía también de los rusos, que no me limitaron en eso. Los rusos también eran abiertos, y mi educación en filosofía fue también abierta. Pero entonces, cuando llego a los gringos, una sociedad tan calculadora, tan pragmática, dicen: “No, no. Es que yo no puedo leerme 25 o 30 páginas porque tengo ensayos de todos los estudiantes. No le puedo permitir que me haga 50 páginas de todo lo que usted quiere. Su ensayo debe tener este límite, y en ese límite usted me va a desarrollar el tema que quiere tratar: defina bien de qué quiere tratar, y desarrolle eso. Concluya, punto, en un párrafo; no haga una conclusión tan grande como el desarrollo”.

Entonces nada, yo a practicar. Fueron varios borradores hasta que me dijo: “Ahora está bien”. Y yo dije: “¡Wow, ahora está bien!”. Bueno, ese es el proceso de aprendizaje: “No, hágalo; todavía no está bien. Hágalo”.

Así que esta exposición abierta por este lado la agradezco, aunque obviamente esto es una síntesis, para que se entienda que es toda una vida. Claro, de la filosofía haría falta una entrevista aparte, y también para la parte artística.

Pero yo quisiera preguntarle al profe si tiene un currículum actualizado donde aparezcan todas sus publicaciones, porque para nosotros es muy interesante tener este registro.

—Tengo, tengo… tengo casi actualizado, pero se lo puedo mandar muy puntual, ¿verdad?, muy puntualizado.

—Como sea, como usted lo tenga.

—Sí, sí, lo tengo. Algunos los podemos conseguir en Santuario, profesor, y este lo podemos conseguir en el Banco Central.

—En el Banco Central… Aunque yo le di un ejemplar a…

—Ah, ¿usted lo tiene? Bueno, bueno.

—¿La tesis? No, la tesis tendrían que buscarla en internet… No, no está en internet. Está en la universidad. Services de la Universidad de Michigan, Ann Arbor, ahí la tienen.