Dr. Alejandro Arvelo
Nos encontramos de nuevo en el despacho del señor director de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, profesor Eulogio Silverio, para continuar con uno de los programas estrella de su gestión: El Archivo de la Voz. Hoy nos acompaña el maestro William Mejía Chalas, y juntos recibimos —en nombre del maestro Silverio— al doctor Daniel Vargas.

El doctor Daniel Vargas es egresado de la Universidad de Constanza, Alemania, donde realizó dos carreras de maestría, o magister arum, como le llaman en Alemania. Previamente, obtuvo la licenciatura en Filosofía en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Allí mismo cursó sus estudios doctorales. Es uno de esos pensadores, de esos escritores filosóficos de nuestro país, cuya obra tiende hacia la sistematización. De hecho, podría decirse que hay un área de su pensamiento que ya posee la consistencia de un sistema.

Cuando hablo de sistema, me refiero a un sistema filosófico sui generis, en sentido pleno. Por lo general, se afirma que el filósofo sistemático por excelencia en nuestro país es Andrés Avelino. Sin embargo, quiero sostener que en el caso del doctor Daniel Vargas también estamos ante un pensador sistemático, aunque sea un filósofo in statu faciendi, es decir, un pensador cuya obra aún está en construcción.

No obstante, cualquiera de sus libros —tenemos aquí varios sobre la mesa, aunque faltan al menos dos—, cualquiera que uno lea, digamos, se interconecta y presupone al otro. Tenemos Al paso de los sabios, Secretos senderos de la filosofía, El sistema de ética, Culpa y expiación: cuando cae la dictadura (libro publicado en Alemania), y también Minutos para el pensamiento.
De manera que, con esta exhibición, no solo le damos la bienvenida al maestro Vargas, sino que dejamos extendida la invitación a nuestros lectores potenciales para que adquieran estas obras y se acerquen al pensamiento de este filósofo en sentido pleno.

Bienvenido.

Dr. Vargas
En nombre del profesor Silverio, en nombre del profesor William Mejía Chalas, Dr. Vargas, gracias a ustedes como representantes de esta prestigiosa Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Me siento, de verdad, gratamente complacido de compartir este momento con ustedes, y yo espero también que sea del agrado de aquellos que nos van a seguir a través del tiempo, en el presente y en el futuro, a través de las redes sociales, para que quede algo legado de lo que uno ha ido haciendo para las futuras generaciones, ¿verdad? Entonces, gracias a ustedes por esta invitación y estoy a la orden de ustedes para el tema que consideren preciso que abordemos en esta ocasión.

Al maestro Silverio le interesa mucho que se trace, durante estos encuentros, el perfil ideal del invitado. Entonces, nos encantaría —salvo el mejor parecer del maestro Mejía Chalas— que usted nos diga quién es Daniel Vargas, dónde nace, cuáles profesores desempeñaron un papel fundamental en su formación durante sus estudios preuniversitarios, quiénes son sus padres, quiénes son sus hermanos, sus hijos y, naturalmente, cómo es que llega un joven del Valle del Cibao a interesarse por un saber como este, el saber filosófico. ¿Cómo ocurre todo eso, maestro?

Bien, comenzaré exactamente por ese punto final donde termina tu pregunta. Realmente, yo creo que el interés filosófico estuvo innato en mí desde siempre; eso fue como un recorrido natural en mi vida que me llevó allí. Quizás la gran inquietud que me llevó a esto, en principio, fue un interés teológico, porque yo había leído a algunos grandes teólogos que meditaban sobre verdades esenciales del ser humano y del mundo. Esto me impresionó tanto que decía: «Quisiera ser como esas personas, quisiera tener esa sabiduría, quisiera tener, por lo menos, la mitad de lo que representan en cuanto al pensamiento y la profundidad con que lo hacían». Todo esto me llevó decididamente a que yo quería, algún día, ser doctor en Teología. Pero, mira cómo son los caminos de Dios: realmente el camino conducía más a la filosofía que a la teología; era el proceso natural para abordar todas aquellas problemáticas, temas y dimensiones del mundo, del ser humano y de la sociedad que a mí me inquietaban, y el ámbito natural para esto era, precisamente, la filosofía.

Con el transcurrir del tiempo comencé estudios de Teología. Estudié dos años de Teología en la Universidad de Freiburg, en Alemania, donde fueron rectores Husserl y Heidegger; una universidad que está totalmente dentro del ámbito fenomenológico. Eso me influyó mucho, porque allí los teólogos son muy fenomenológicos; también había muy buenas discusiones a todos los niveles y me impresionó mucho todo eso. Pero me di cuenta, en ese momento, de que el camino conducía a la filosofía. Durante esos dos años tuve que estudiar latín, griego y hebreo, además del alemán, para poder entrar en esos temas, e hice mi examen intermedio en Teología, porque allá es como un técnico, digamos, a medio estudio: uno hace un estudio técnico. De ahí me dediqué a la filosofía; dije: «Me voy enteramente a la filosofía». Así, entonces, me fui a la Universidad de Constanza, en Alemania, donde hice todos los demás estudios.

Esto lo cuento solo para responder a la inquietud de cómo llego a esto: la filosofía era mi campo natural, realmente el más natural. Valoro mucho la teología como una rama del saber muy interesante y muy importante, pero mi inquietud era, al fin, la filosofía.

Yo nací en un campito de Bonao llamado Palero —Bonao está por Sabana del Puerto, entre La Vega y Bonao—, hijo de una familia extremadamente pobre. Mi papá era agricultor; trabajaba en los campos de arroz, y mis hermanos mayores también trabajaban en eso en sus primeros tiempos.

Un día, siendo niño —creo que estuve allí mis primeros seis o siete años, porque después nos mudamos a la ciudad, y eso ocurrió casi por un milagro divino—, mi papá ya no podía trabajar y, un día, él cuenta que puso sus rodillas en la tierra, en el campo de arroz, y le pidió a Dios: «No me dejes morir para que mis hijos no mueran de hambre», y lloró y cayó desmayado. Los trabajadores lo llevaron a la casa y, ese domingo, mi padre fue a la ciudad de Bonao y jugó la lotería con lo único que tenía para la comida de ese día. Al regresar, el chófer del carro público no tenía con qué pagarle y le devolvió un billete de los que mi papá había comprado; le dijo: «Mire, usted tiene el premio ahí; esa es mi paga». Aquel billete resultó ser el premio mayor. En ese tiempo era mucho dinero: mi papá compró una casa en la ciudad de Bonao, puso un colmado y nos mudamos. Allí pudimos ir a la escuela y estudiar.

Mis hermanos mayores, que habían repetido el cuarto curso varias veces en el campo porque la escuela solo llegaba hasta ese nivel, deseaban seguir estudiando. Una vez en la ciudad, ya pudieron hacerlo e, incluso, llegar a la universidad. Con el tiempo, recuerdo que uno de mis hermanos, Juan de Jesús, dijo: «Me voy al seminario; quiero ser sacerdote porque estoy muy agradecido de Dios por lo que ha hecho por nosotros. Quiero trabajar a favor del Reino de Dios». Y así lo hizo.

En ese tiempo a mí también me inspiró la idea, porque veía la educación que tenían los seminaristas que nos visitaban: ¡qué educados, cómo hablaban de cualquier tema, qué decencia! Yo pensaba: «Quisiera ser como esos jóvenes». Decidí entrar al seminario; allí terminé el bachillerato —tercero y cuarto— en la ciudad de La Vega, donde estaba el seminario menor, y pasé tres años allí. Después fui a Santo Domingo, al Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino, a estudiar Filosofía con los padres jesuitas —una verdadera eminencia, una escuela de pensamiento.

Tuve al profesor Benavides, que impartía Historia de la Filosofía; personas que marcaron mi trayectoria. Me inspiró especialmente un profesor de Metafísica llamado Emilio Brito, una mente brillante que alternaba un semestre en la Universidad de Lovaina y otro con nosotros. También influyeron el profesor Jorge Sela (Antropología) y José Luis Sáez (Comunicación); todos memorables. Ese ambiente despertó en mí la inquietud por el conocimiento: el deseo de saber más, de explicar y discutir.

Quien fuera mi rector en el seminario menor —la persona que más ha influido en mi vida; es como mi hermano, mi padre, mi todo— es hoy obispo emérito: monseñor Fausto Mejía Vallejo, obispo emérito de San Francisco de Macorís. Él fue mi mentor; desde muy temprano vio mi talento y me dijo: «Mira, los jesuitas te quieren conquistar porque creen que todos los muchachos inteligentes deben estar con ellos; pero nosotros, los diocesanos, también somos talentosos. No te preocupes: si quieres estudiar, vas a poder estudiar; vas a poder ir a Europa y hacer allá tu doctorado».

Lo que tú quieras, porque a ti se te va a dar el apoyo. Pues así fue. Fausto se fue a Roma a seguir estudiando y, desde allá, gestionaba que, cuando yo terminara la filosofía, me fuera también a Roma. Yo tenía la idea de estudiar en Roma, la capital del catolicismo, una de las ciudades más importantes del mundo; estaba muy ilusionado con eso.

Ya cuando terminaba la filosofía —eran tres años y, para obtener la licenciatura, había que cursar un cuarto año que luego realicé— llegó mi obispo de La Vega, monseñor Juan Antonio Flores, un santo hombre que, seguro, está hoy en la presencia de Dios. Me dijo: «Mira, Daniel, sé que quieres ir a Roma; Fausto me lo comentó, pero nosotros no tenemos dinero para enviarte. Somos una diócesis pobre y, allá, aunque hay becas, hay que cubrir muchos gastos. Sin embargo, puedes ir a Alemania».

Por mi mente nunca había pasado la idea de Alemania. Me explicó: «Te han ofrecido una beca para Alemania y nos parece maravilloso si puedes aprovecharla. Piénsalo y dime si te decides». Mi primera reacción fue negativa: Alemania jamás había estado en mis planes. Mi mamá y mucha gente decían que allá, si uno no se moría, llegaba loco; tenían presente la idea de la guerra y todo eso. Respondí que no me interesaba: no sabía alemán, ni una palabra, y algunos sacerdotes me habían advertido: «Es una lengua difícil, los estudios son rigurosos, la comida y la cultura son diferentes; será muy duro».

Pese a ello, algunos me animaban: «Allá harás un buen estudio». Aun así, mi respuesta inicial al obispo fue que no. De repente, llegó un compañero —hoy sacerdote—, el padre Miguel Jaques, y me dijo: «¿Le dijiste al obispo que no? ¡Cómo va a ser! Yo quiero ir a Alemania; también estoy en la beca. Vámonos: no te vas a arrepentir, verás que será maravilloso. Si tú no vas, a mí tampoco me mandan, porque no enviarán a uno solo; sería muy difícil». Le respondí: «Ok, vámonos a Alemania».

Más tarde se unió otro compañero, también sacerdote hoy: el padre Jesús María Baret, de San Francisco de Macorís. Nos fuimos los tres a Alemania y, de verdad, fue un tiempo maravilloso. Durante esos años estudié teología allí; pasé dos años en el seminario alemán. Al principio, mientras aprendíamos el idioma, nos financiaron un curso privado de alemán y, después, nos enviaron al Instituto Goethe, el instituto oficial para estudiar la lengua alemana.

Allí continuamos nuestros estudios. Una vez que dominamos el alemán, pudimos presentarnos al examen de ingreso a la universidad —porque allá no entras si no apruebas ese riguroso examen de idioma—. Tras varios meses en el instituto, me sentía preparado y mis profesores me animaban: «Tú puedes hacer el examen; ya dominas la lengua». A los cuatro meses de estudio, me presenté al examen.

Mis compañeros me advertían: «No te apresures, te vas a quemar; deberías esperar al menos seis meses». Pero confié en la recomendación de mis maestros, hice el examen y lo aprobé. De mis dos compañeros, uno se examinó a los seis meses, no alcanzó la nota y tuvo que seguir preparándose; el otro lo aprobó con gran éxito. Yo quedé muy satisfecho: tempranamente pude ingresar a la universidad.

En la universidad seguí tomando cursos de alemán para perfeccionarme. Lo extraordinario era que podías elegir asignaturas de cualquier carrera: aunque estuviera inscrito en Filosofía, podía asistir a clases de idiomas, Historia o cualquier otra disciplina. Aproveché para cursar materias orientadas a ampliar el vocabulario y mejorar la gramática, entre otras. Al año me di cuenta de que ya dominaba el alemán: podía escribir, hablar, redactar cualquier texto y entender todo lo que se decía. Ya no necesitaba seguir esos cursos.

Imagina que, además, ahora tenía que estudiar latín, griego y hebreo… ¡en alemán! Tres idiomas totalmente distintos, pero aprendidos a través del alemán. Aprobé sin dificultad el examen de latín, traduciendo del latín al alemán, y también superé el de griego. El hebreo decidí no examinarlo y, en ese punto, me aparté de la teología para dedicarme por completo a la Universidad de Constanza. Había salido del seminario y, además, encontré una novia allí, así que me instalé a estudiar.

Me gradué en ambas; hice el Magister Artium en Filosofía y en Sociología. Después de esto me fue tan bien en los estudios —me gradué magna cum laude— que, con esa calificación, me dijo un profesor que podía solicitar becas en varias instituciones para el doctorado. Tenía un profesor que me asesoraba y me apreciaba mucho; me decía: «Con esas notas consigues la beca y yo te serviré de director de tesis, porque ya te conocen bien en la carrera».

Así que solicité en varias instituciones de Alemania: la Friedrich-Ebert-Stiftung (fundación de orientación socialdemócrata), la Konrad-Adenauer-Stiftung (de los socialcristianos), la fundación del Partido Verde y otras. También apliqué a una institución católica, el KAAD (Katholischer Akademischer Ausländer-Dienst), que ofrece becas a quienes reúnan los requisitos. Esa institución católica me concedió la beca para terminar mis maestrías; las concluí con éxito y, luego, solicité a las fundaciones políticas para hacer el doctorado, pues mi tema —la culpa de los dictadores, el sentido de culpa— tenía un componente político.

Todas reaccionaron positivamente, dispuestas a otorgarme la beca. Decidí aceptar la primera que se concretara, porque prefería un “pájaro en mano” antes que “cien volando”. Fue la Konrad-Adenauer-Stiftung, vinculada al partido que estaba entonces en el gobierno, la que me la otorgó. Era una beca muy buena: inicialmente por tres años, con extensiones semestrales según se necesitara, puesto que se suponía que el doctorado a tiempo completo requeriría al menos tres años. En mi caso, duré casi cuatro; me prorrogaron la beca hasta concluir mi doctorado.

Todo esto culminó en la obra La culpa de expiación después de la caída de una dictadura, que fue la versión publicada de la tesis. En Alemania, la universidad exige que, antes del riguroso examen final, el manuscrito —aún inédito— se exhiba durante un mes en una sala pública para que cualquier profesor, estudiante o investigador lo lea y formule críticas u observaciones. Durante ese período no se presentó ninguna objeción; los directores orientan muy bien para que se llegue a buen término.

La versión destinada a la publicación es más reducida: el material original era mucho más amplio, pero, de común acuerdo con el profesor, se decidió publicar solo la parte esencial, dejando fuera mucho contenido interesante que, para fines editoriales, resultaba menos importante. Así es como se llega a este tipo de publicaciones.

Publicaciones: encontramos entonces a Hart Gorf, esta editora —muy especializada en publicar tesis—, y aceptó publicar esa tesis. Vi que, aún hoy en día, ellos la están comercializando. Claro que sí, ¿verdad? Si tú entras a Amazon, vas a encontrar que la están vendiendo sin mi permiso, pero yo me alegro, porque la gente la conozca; eso a mí no me importa. Yo divulgo esto hoy en día porque ellos piensan —hace tantos años ya que terminé eso— que yo ni estoy allá ni tenemos contacto; se olvidó. Pero todo eso salió de esa manera.

Bien, eso un poco en cuanto a todo este recorrido. En ese tiempo, en Alemania, mientras estaba en la Universidad de Constance, conocí a quien iba a ser la madre de mis hijos, Kerstin, con la que procreé cinco hijos. Están todos en Alemania; son alemanes y, claro, dominan tanto el español como el alemán, y en este momento están allá. Mi hijo mayor, Luis Marcel, es ingeniero en construcción de máquinas y trabaja en Mercedes-Benz, en Hamburgo, y Yaniel, Alicia, Kevin y Patrick —bueno, todos tienen su vida allá.

Como el matrimonio terminó en separación, ellos se quedaron en Alemania y yo en mi país, porque una de las razones por las que estudié era para regresar a mi país y aportar aquí lo que había aprendido. Entonces, yo no iba a volver a Alemania a vivir allá de ninguna manera, porque el gobierno alemán me apoyó para regresar: los primeros tres años aquí —los dos primeros en euros— el gobierno alemán me pagaba todo; si me iba mal, podía regresar a Alemania y ellos cubrían todo. Pero la idea era reintegrarme a mi país.

Cuando pude lograrlo —ya que entré a trabajar en el MESIT, lo que fue antes el CONES, y pude entrar a la universidad— les dije a los alemanes: «Ya no necesito el contrato; ya no tienen que mandarme más dinero. Ya puedo hacer mi vida aquí». Claro, había gente que me decía: «Pero sigue cobrando eso; ganabas más que un senador». Yo no, yo no puedo; mi conciencia no llega hasta ahí. Estas son personas muy serias que me apoyaron; no puedo defraudar la confianza que se ha depositado en mí de ninguna manera. Y eso no está dentro de mi ética. ¿Cómo va a ser? Son cosas que la formación que uno recibió, tanto en el seminario como en Alemania, no permite; a uno ni le pasa por la mente hacer algo así.

Así, entonces, pude reintegrarme a mi país. Entré a la UASD en el año 98, con el profesor Morla, que abrió la Escuela de Filosofía al talento; pudimos entrar ese año. Mi código es 99 en la universidad (hay un año que está ahí que me han quitado, pero con fines de jubilación). Así pudimos integrarnos en la Escuela de Filosofía y seguir creciendo, seguir dando, seguir avanzando en todo esto. Para mí ha sido una linda, bella experiencia de mi vida, de verdad, este tiempo en la universidad.

Cualquier cosa que se me haya quedado… Yo pienso que ahora ustedes tienen la oportunidad de retomar, de volver y de decir: «Profesor, usted ha hecho un interesantísimo excurso que sirve de motivación vocacional hacia la filosofía, pero también de vocación y de motivación para quehacer académico, de investigación y de estudio —y esto me llama mucho la atención—, usted plantea que se enamora de la filosofía a través de la teología. Entonces, en esos tres años que permaneció en el Seminario Mayor estudiando filosofía, ¿mantenía todavía como norte la teología? ¿Qué autores teológicos leía y que le motivaban a volver a la filosofía? ¿De qué años estamos hablando?».

Realmente leía autores más bien místicos, personas con una experiencia espiritual tan profunda que impactaban mi vida. Por ejemplo, Carlo Carretto: sus libros son verdaderas meditaciones. Recomiendo especialmente Cartas escritas desde el desierto a quien desee adentrarse en una espiritualidad profunda. Carretto vivió en el desierto del Sáhara, entre musulmanes, como monje católico. Era una persona adinerada que lo dejó todo para vivir allí con total convicción, siguiendo el ejemplo de los “Hermanitos” de Charles de Foucauld. Foucauld, miembro de la realeza francesa, renunció a todos sus privilegios para convertirse al catolicismo y vivir en el desierto entre musulmanes, donde finalmente fue asesinado.

Los libros de Carlo Carretto relatan esa experiencia: hablan del desierto exterior, pero sobre todo del desierto interior de nuestra vida; cada página está llena de meditaciones que influyeron profundamente en mí. Henri de Lubac era otro autor que me encantaba, y, como teólogo, me marcó Karl Rahner, uno de los grandes teólogos católicos de entonces. Ellos me inspiraron a seguir profundizando, sobre todo por la espiritualidad que transmitían: llenaban el espíritu y abrían el horizonte hacia el misterio, hacia lo inmensurable. Esa vivencia con textos de espiritualidad me condujo aún más a la filosofía.

Comprendí que existe un saber humano que lleva a estos temas, porque la teología aprueba la naturaleza humana. Por eso hay que estudiar filosofía antes de abordar la teología: no se puede entender la teología sin pasar primero por la razón pura; debemos utilizar la razón para comprenderla plenamente. Esa razón, a su vez, adquiere pleno sentido gracias a la revelación.

En este contexto, Santo Tomás de Aquino —uno de mis filósofos predilectos— conjuga como nadie razón y fe. Por eso la Iglesia Católica lo ha presentado siempre como filósofo: en él, la razón humana se confirma y se eleva al integrarse con la fe. Tomás afirma que todo lo verdaderamente humano es válido; la teología no elimina esa base, sino que le otorga sentido y la eleva.

Todo esto me llevó a amar más la filosofía. Descubrí que las verdades filosóficas, al cabo, son verdades teológicas: no puede haber contradicción; lo que es verdad aquí, es verdad allí. No hay oposición entre fe y razón. Esta perspectiva me fascinó. Siempre he sido un decidido filósofo: todo lo que es verdad en filosofía es, también, verdad para la fe; por tanto, fe y razón deben coincidir, y esa ha sido mi convicción de vida.

Santo Tomás de Aquino es, simultáneamente, filósofo y teólogo: el gran pensador de la Edad Media, puro razonamiento y profunda teología. Sus obras —la Suma teológica y la Suma contra gentiles— influyeron poderosamente en mi vida y en mi forma de ver el mundo; hasta hoy mantengo intacta esa perspectiva de conjugar el misterio con la razón y de permanecer totalmente abierto a la base humana.

Ahora, yo, como sociólogo, tuve que presentar en la universidad un examen adicional: mi examen doctoral debía ser en Sociología también. Aunque el título final iba a ser en Filosofía, en Alemania el procedimiento es complejo. Además de la tesis —la Disertación—, uno debe preparar tres tesis nuevas, innovadoras, para el examen final. Ese examen lo realiza un tribunal compuesto por especialistas en distintas áreas. Para conferirte el doctorado no basta con la Filosofía: debes incluir al menos una tesis en un campo diferente, porque tienes que demostrar que sabes argumentar en cualquier disciplina.

En mi caso, como ya era sociólogo, decidí elegir una especialidad en Sociología y opté por la Sociología de la Cultura; quise que me examinaran sobre todo en Norbert Elias. Elaboré una tesis —ahora no recuerdo con exactitud— que mostraba ciertas incongruencias en su concepto de civilización. Por lo tanto, mi examen doctoral incluyó Sociología, y las otras dos tesis tuvieron que ser en Filosofía, ambas innovadoras, donde se ponen a prueba nuevos conocimientos. Recuerdo que una de ellas trató sobre los filósofos presocráticos; la otra… francamente, después de tanto tiempo, ya no la recuerdo. Lo importante es que presenté un esquema de tres tesis para demostrar ante el jurado mi capacidad de argumentar en cada área.

En la parte de Sociología, fueron sociólogos quienes me bombardearon con preguntas para comprobar que podía sostener mis argumentos. No es un proceso fácil en Alemania; por eso lo llaman el examen riguroso: es realmente un examen de rigor. Fueron tres horas sentado ante todo el tribunal, que me interpelaba, y ante un público numeroso, porque mucha gente asistía a estas defensas.

Al final, el candidato debe salir para que el tribunal delibere. Hay, además, dos profesores que toman nota de todo —preguntas, respuestas— y redactan un protocolo completo. Tras un rato de deliberación sobre tu desempeño, te llaman de nuevo. Recuerdo que el profesor Horst Bayer —uno de los mayores especialistas en Max Weber, editor de sus obras y uno de mis profesores de Sociología— me dijo: Doctor, claro, usted no puede ostentar el título de doctor hasta que no le llegue su diploma; no puede firmar como doctor hasta que tenga el diploma en sus manos. Por eso debía esperar a que la universidad me expidiera el título para poder suscribir documentos como doctor. Allí son muy estrictos; son disposiciones legales.

El doctor Bayer me dijo:
—Mire, lo felicito; usted, en una cultura como la nuestra, se ha atrevido a escribir una tesis sobre nuestra propia historia alemana. Ha abordado el tema del nacionalsocialismo y de la antigua Alemania Democrática comunista. Como extranjero, ha tenido un manejo único, increíble; me he quedado sorprendido con todo esto.

Mi profesor de Filosofía —uno de mis dos asesores, ambos sacerdotes doctores que revisaban el manuscrito («Mire, aquí hay que argumentar más; aquí necesita más información»)— acompañó todo el proceso de la tesis hasta llevarla a buen término. Era un gran especialista en Platón y llegó a ser director de la Academia de Ciencias Alemanas; su nombre se me escapa ahora, tendría que confirmarlo. Toda esta gente consideró mi trabajo muy, muy bueno, sobre todo porque estaba escrito en alemán. Me decían: «En una lengua como el alemán, su manejo ha sido realmente único», y todos coincidieron en concederme el título de doctor magna cum laude. Ese fue el resultado.

Me quedé un tiempo en Alemania trabajando en la universidad como ayudante de un profesor. Con un doctorado no se puede ser profesor titular allí: hace falta la Habilitation, un título superior al doctorado que casi solo existe en Alemania. Así que, aun con el doctorado, solo podía ser ayudante.

Durante aquel período comencé a planear mi habilitación: una investigación enorme sobre la ética. Mi idea era demostrar que los alemanes poseen ciertos conceptos valorativos que se repiten en los últimos cien o doscientos años y que conforman su identidad. Era un estudio socio-filosófico. Quería rastrear, en discursos políticos, religiosos, deportivos y de otras áreas, qué conceptos se repetían. Observé, por ejemplo, que la palabra Solidarität aparecía en todas partes; concluí que debía de haberse repetido durante dos siglos y representar un rasgo identitario. Pensé: «Debe haber conceptos decisivos para determinar la identidad de un pueblo». Ese era mi proyecto de investigación: mostrar que en Alemania existe una identidad y precisar cuál es.

Era un trabajo ambicioso para mi habilitación, más laborioso que el doctorado: en Alemania, el título de profesor es lo más difícil de obtener. Por eso allí, cuando alguien dice «soy profesor», uno se quita el sombrero. No es solo una función —como ocurre aquí—; es un título de por vida. Asimismo, el profesor es funcionario del Estado; el propio Estado otorga ese estatus.

Ahora bien, seguí mi investigación ya no solo en Alemania. Pensé: «Esto podría extenderse de manera general». En la Universidad contaba con compañeros de todas partes del mundo; decidí aprovecharlo para iniciar un estudio sobre ética global. Quería comprobar si, en el mundo, existen conceptos valorativos que valgan en todas partes, y averiguar si un africano daría las mismas respuestas que un asiático, un americano o alguien de Oceanía.

Para ello elaboré un cuestionario con varias preguntas, por ejemplo:

  • «¿Qué es lo que usted más valora en una persona?»
  • «Hágame una lista de todas aquellas cosas que usted valora en alguien», etcétera.

Primero lo apliqué a mis propios compañeros. Luego, ellos mismos lo llevaron a sus países: los estudiantes de Oceanía lo pasaron allí y me trajeron las respuestas cuando regresaban de vacaciones; lo mismo hicieron chinos, islandeses, africanos, árabes… Yo también, mientras viajaba por Europa, aplicaba el cuestionario en los diferentes países. Quería averiguar qué había de universal y qué de contextual: comprobar si de verdad existen valores presentes en todas partes.

Uno de mis hallazgos tempranos fue que algunos autores españoles afirmaban la existencia de solo 80 valores, pero mis datos ya mostraban más de 200 conceptos valorativos: su lista era insuficiente. Así comenzó todo: determinar con evidencia empírica cuáles valores son universales. Mi investigación culminó en la publicación Sistema ético-moral: principios, valores e indicadores.

Los pájaros emigran en invierno exactamente; los frutos nacen exactamente en su mes: el aguacate, por ejemplo, “pare” cuando le corresponde. Tú dices: la puntualidad está en el universo, no solo en la sociedad. ¡Esto es universal, aun los indicadores!, aun los indicadores.

Entonces, el cumplimiento —el cumplimiento— es un indicador de responsabilidad: si tú cumples, eres responsable. Vean que muchos lo tienen como un valor; por ejemplo, en Hölderlin (toda su ética se basa en el cumplimiento del deber). Es un indicador: no es ni un valor ni un principio, y, sin embargo, muchos filósofos han construido toda una filosofía sobre un simple indicador. Es igual que en Kant: el cumplimiento del deber es un indicador. Y yo: “¡Guau! Muchas filosofías se centraron en un simple indicador”. Pero esto es interesante: el cumplimiento del deber corresponde al valor responsabilidad, que incluye varios indicadores: uno es cumplir, otro es ser puntual, otro es dar la cara, enfrentar la situación; eso es ser responsable, etcétera.

Los valores tienen indicadores, y los indicadores son universales. En todas partes hay que cumplir: no importa en qué parte del mundo te encuentres, si tienes una tarea, debes cumplirla; no importa la sociedad: eso es universal, aun los indicadores. Eso no es relativo; lo relativo es la forma en que cada sociedad y cada época vive los indicadores: eso varía, pero el indicador es el mismo. La puntualidad es la misma, aunque su expresión varíe según la sociedad. En un grupo puede ser una señal de humo a la que tienes que responder; en otro, mirar el reloj. Lo que varía es la forma en que cada sociedad asume la puntualidad.

Todo el sistema ético-moral es universal: todos los conceptos son universales y valen en todas las sociedades y en todos los tiempos; eso no es relativo. Esa fue una de las conclusiones a las que pude arribar en medio de todo esto. Y lo importante es que no es simple teoría: fue fruto de una investigación sociológica con reflexión filosófica.

En medio de todo esto surgió un sistema de pensamiento que yo no esperaba. Dije: “De aquí ha surgido un sistema; es un paradigma, una nueva forma de explicar todo esto”. Era un marco que podía responder a cualquier pregunta nueva que surgiera. Ese es uno de los rasgos de un sistema: la capacidad de responder a las preguntas que aparezcan; otro rasgo es la capacidad de predecir. Con base en esto se pueden hacer predicciones tentativas. ¡Es un sistema de pensamiento! No imaginaba que llegaría a un paradigma nuevo, una explicación que se extiende de la sociedad hasta la naturaleza, de cierta manera.

La razón es que yo sabía que ya tenía un conocimiento totalmente nuevo sobre la ética. Esto es nuevo; nadie antes había hecho algo así. Yo no sé con qué criterio se decía: «Esto es universal, esto no es universal», porque nadie había reunido información de todo el mundo, elaborado, organizado y, luego, observado qué resultaba de ahí. Entonces, podía afirmar con seguridad: ya sé qué es universal, qué no lo es, y por qué; de dónde sale y por qué no.

No quería que mucha gente lo supiera todavía, porque algunas personas, cuando perciben algo novedoso, intentan presentarlo como si fueran ideas suyas. Por eso lo publiqué: ya está publicado; se lanzó en 2009. Antes de esa fecha nadie había escrito nada al respecto; si alguien habla después, se puede demostrar que esas ideas estaban publicadas: no son nuevas, la autoría es mía. Esa fue la razón.

El objetivo, sin embargo, era llegar al libro donde estarían todos los detalles de la investigación y la publicación completa: Sistema ético-moral: principios, valores e indicadores. Allí quedó todo completo, perfeccionado y depurado; todos los elementos. Eso apareció en 2017. Se editó en Apeiron Ediciones, Madrid, porque consideré que era un aporte al mundo y debía publicarse en un lugar donde cualquiera pudiera acceder. Pensé: «Donde esto llegue, se quedará; quien lo lea dirá: “Esto es una nueva explicación; organiza lógicamente todo lo que antes creíamos”».

¿Qué hicimos? Todo lo que nos enseñaban lo reordenamos sin eliminar nada, pero dándole un sentido concreto. Por ejemplo: antes nos decían «la conciencia es esa vocecita interior que nos dice lo que está bien y lo que está mal». Con el nuevo sistema puedo definirlo con mayor precisión: sigue siendo la misma voz interior, pero ahora sé qué habla esa voz. Es la voz de los principios. De los cinco principios, uno es la verdad: la voz de la verdad me dice «no debiste mentir». Eso es la conciencia: la voz de los principios en mí. Lo mismo ocurre con la justicia: «no fue justo lo que hiciste». Ahora sé qué expresa esa voz.

Este sistema permite responder a cualquier pregunta ética y darle una precisión que antes no existía. Descubrí que, sin proponérmelo, había elaborado un nuevo paradigma que explica el fenómeno ético-moral desde la sociedad hasta la naturaleza. Parte de esos hallazgos los mencioné, casi escondidos, en Al paso de los sabios (capítulo 5, «Últimos hallazgos del Sistema Ético-Moral»), para dejar constancia previa.

—Usted habla de cinco principios: mencionó la justicia y la verdad. ¿Podría, al menos, enunciarnos los otros tres?

Al ordenar todos los conceptos valorativos —proceder científico: clasificar por parentesco— surgieron cinco grandes grupos. Primero agrupé los conceptos que se parecían, y luego comprobé si resistían como categorías:

  • Equilibrio: justicia, equidad, ecuanimidad, humildad, gratitud… todos buscan equilibrio.
  • Pensamiento: verdad, veracidad, conocimiento, sabiduría… propios del pensar.
  • Movimiento: libertad, perseverancia, esperanza, creatividad, coraje, valentía…

Todos nos ponen a movernos; son conceptos para la acción dentro del ámbito valorativo, que nos invitan a no quedarnos paralizados.

Hay conceptos que se refieren a las conexiones entre personas: unidad, orden, tolerancia, etcétera. Creo que me falta uno: los conceptos que se refieren al dar y aportar, como bondad, generosidad, solidaridad, colaboración, etcétera. Hay conceptos del dar. Así salieron cinco grupos; pude ordenarlos por su familiaridad en cinco grandes bloques. Ya tenía un nuevo conocimiento ganado: hay cinco grupos de conceptos; todo se reúne en cinco categorías.

Había que seguir ordenando. Vamos a ver: hay unos que son mayores que otros y otros menores. Sí, veo que la puntualidad es menos que la responsabilidad; hay una diferencia en cuanto a lo que abarca cada uno. Vamos a ordenar, entonces, según estas categorías cada grupo: colocaremos lo más grande arriba, los conceptos medianos en el medio y lo más pequeño abajo. Era otra tarea —propia de la ciencia—; un proceder científico que íbamos aplicando. Yo no sabía qué orden me iba a salir.

De ahí salieron, entonces, por definición, los conceptos que quedaron arriba en cada grupo; esos son los principios. Yo no sabía aún cuáles eran los principios. Por definición, ya con Aristóteles, el principio es lo que es primero, lo de mayor rango, lo que abarca a los demás, la base para los demás, el inicio donde todo comienza; ese es el principio, decía Aristóteles. Me lo confirmó un autor, Moritz Schlick, del Círculo de Viena, que decía cómo determinar los principios ordenando las reglas: si hay una regla que abarque a todas, ese es el principio. Pero él trabajó con reglas; por eso no llegó a lo que yo llegué, porque yo trabajé con conceptos valorativos. Eso fue nuevo; nadie lo había hecho. La gente suele hablar de “principio” refiriéndose a una regla; las reglas no son los principios. Las reglas salen de los principios; todas las reglas provienen de estos principios a los que íbamos a llegar, sin importar la regla. Me dije: «¡Wow! El mundo está equivocado cuando habla de un principio como si fuera una regla».

Por ejemplo, «No hagas al otro lo que no quieres para ti»: dicen que eso es un principio. No, eso es una regla; no es un principio. Esa regla sale de un principio: es menor, está al servicio de un principio. ¿Cuáles son esos cinco principios? Justicia, verdad, bondad, libertad y unidad. De ahí salen todas las reglas, todas. Por ejemplo, «No hagas al otro lo que no quieres para ti» crea balance: eso es justicia, una regla basada en un principio. No existirían las reglas si no existieran los principios. Las reglas valen porque los principios valen; de ahí les viene el valor.

Otra regla: «Haz el bien y no mires a quién». No es un principio: corresponde al principio de bondad, dar, aportar, servir. Así comprendí que no hay regla que no esté al servicio de algún principio. Me había salido un sistema de pensamiento totalmente nuevo: hoy, lo que la gente toma por principio son, en realidad, reglas. Todas las reglas vienen de un principio. Por ejemplo, los mandamientos bíblicos son reglas, normas, leyes: «No mentirás» se basa en el principio de verdad; vale porque responde a la verdad. «No robarás» responde a la justicia, para que haya equilibrio. Todos los mandamientos se reducen a estos cinco conceptos; en ellos están abarcadas todas las reglas, que se pueden colocar debajo de alguno. «No cometerás adulterio» se vincula al principio de unidad, para mantener la unidad. Sirviendo a los principios están las reglas.

Todo esto fue emergiendo poco a poco. Este trabajo me llevó más de treinta años hasta que estuvo listo: preliminar en 2009 y final en 2017. Aun hoy continúo perfeccionándolo, porque hay que seguir afinando muchas cosas. Es un camino, realmente, que ha conducido hasta este momento. Esos cinco principios son la raíz: de ellos sale todo; todo lo que tenemos responde a ellos.

Incluso me di cuenta de que la organización de la sociedad corresponde a esos cinco principios. ¡Qué pena que quienes redactan constituciones y otras normas no conozcan esto! Porque suelen proponer otras cosas como “principios” y están equivocados: los principios verdaderos son estos. Al ordenar todos los conceptos, lo más grande —lo que abarca a los demás— eran esos cinco; los demás se desprenden de ahí.

Por eso, en la historia, la libertad y la justicia han sido conceptos tan grandes. Entendí por qué todas las sociedades han luchado por estas cosas: porque son principios, y no importa en qué sociedad o etapa histórica estemos, los seres humanos han buscado esto. El mismo Sócrates andaba detrás de los principios; él sabía que había algo natural en el ser humano, en el carácter. Decía que la justicia es algo connatural; la llamaba “virtud”, pero, en realidad, era la idea de los principios lo que Sócrates estaba tanteando. Él intuía la existencia de un sistema semejante —lo llamaba “virtudes”—; esos fueron buenos indicios. Pienso que eso era lo que Sócrates suponía: la pista de aterrizaje de las virtudes que él identificaba.

Así nace todo esto: los principios, de los cuales se derivan los valores. Los conceptos que vienen a continuación son los valores: el desglose de los principios. Hasta hoy he podido constatar 31 valores; inicialmente tenía 30, y aumentó uno porque me di cuenta de que algo que tenía como indicador era en realidad un valor.

El criterio objetivo para decir “estos son valores” es que podamos dividirlos en indicadores. Si un concepto puede dividirse en indicadores, entonces es un valor. Los indicadores son los que ya no se dividen: ahí termina la subdivisión. Por ejemplo, la puntualidad ya no se subdivide; el cumplimiento ya no se subdivide. ¿Qué es cumplir? Cumplir lo constatas en la acción: ves si alguien cumple o no; ves si alguien es puntual o no. Son comportamientos simples que se observan en la práctica.

Con esto estamos haciendo honor a la ética como filosofía práctica —praktische Philosophie, como se dice en alemán—: el análisis de la praxis humana. Los indicadores corresponden a la acción humana, a lo que realizamos en el día a día.

En este sentido, tenemos que distinguir entre ética y moral. La ética es la filosofía sobre la moral, es decir, la reflexión sobre lo que los seres humanos hacen. Esa práctica humana —regida por principios, valores, indicadores, reglas— es la moral. De manera que la ética es una disciplina filosófica que busca aclarar la realidad moral; es filosofía aplicada al hecho moral.

Entonces, partiendo desde aquí, pudimos llegar a todo esto. Yo estoy haciendo ética: escribir un libro acerca de la moral es hacer ética. Pero la gente confunde hoy un comportamiento ético con uno moral; el comportamiento ético es la actividad filosófica que aclara el fenómeno moral. Esa es la ética tal como la presenta Aristóteles, el primero que escribió un libro de ética, la Ética a Nicómaco, donde aclara qué es la amistad, qué es la justicia y qué son todas esas cosas. La ética es la explicación que podemos dar del fenómeno moral; es decir, aclarar ese mundo. Eso es la ética.

De ahí ha salido todo esto. Por eso digo: este es un libro de ética. Cuando se imparte “ética profesional”, creo que normalmente se comete un error, porque la ética profesional se limita a enseñar comportamiento moral: “un profesional debe comportarse así y así”. Eso no es ética; eso es moral. Están moralizando. Hacer ética es debatir sobre ese comportamiento: ver si es racional o no, si tiene o no explicación. Eso sería ética. Cuando se enseña ética debe haber un debate racional sobre el fenómeno: en qué medida la práctica coincide con las leyes del pensamiento, en qué medida se defiende y se justifica. Eso sería impartir ética; no decir cómo hay que vestirse, porque eso es moralizar. Aquí la cuestión es cuán racional es esa moralización: qué se sostiene y qué no se sostiene en un debate basado en la razón humana.

Hemos llegado a todos esos puntos para aclarar definitivamente cada cosa. ¿Te acuerdas del profesor Hidalgo, de la Universidad de Oviedo? Tú lo conociste; él venía a impartir el doctorado aquí en la universidad. Es autor de un célebre texto de Historia de la Filosofía publicado por Anaya. A mí me pasó algo interesante con él: me invitaron a la Comisión Nacional de Ética, donde iba a dar una conferencia sobre ética y moral. Me invitó Pérez Martínez, que sabía que yo investigaba sobre el tema: “Quiero que vayas para que se vea que en el país también hay gente que sabe de esto”. Fui.

En esa conferencia el profesor Hidalgo definió lo que es la ética y lo que es la moral. Dijo: “La ética es lo universal y la moral es lo concreto”. En eso coincidimos la mayoría de los autores, no hay problema: la moral es el hecho concreto y la ética es universal en cuanto a conceptualización. Pero luego afirmó que existen “principios éticos” y “principios morales”. Ahí supe que estaba equivocado, porque ya sé cuáles son los principios: si no son esos cinco —justicia, verdad, bondad, libertad y unidad—, no son principios. Cuando uno tiene un paradigma, puede detectar cada elemento y ver dónde está el error. Él decía: “Los principios éticos son universales y los morales son más contextuales, regionales, de un grupo o de una persona”. La distinción entre lo ético y lo moral no está mal, pero lo que dijo no es correcto.

Alguien le preguntó: “Profesor, dígame un ejemplo de principio universal”. Hay gente que piensa que nada es universal, que todo es contextual y que cada quien tiene sus valores. Él contestó: “El derecho a la vida”. Le pedí permiso:

—Profesor, ¿puedo hacerle una observación? Usted se ha contradicho y no se ha dado cuenta.

Expliqué un poco mi investigación: los cinco principios, unos treinta valores, cientos de indicadores; y que, además, existen conceptos que son actitudes y otros que son resultados. Por ejemplo, la curiosidad es una actitud hacia la verdad; no es ni valor ni principio, sino la actitud que lo activa. Hay conceptos motivacionales, como la empatía o la sensibilidad: esta última es la actitud que nos mueve a la bondad, al principio bondad.

Le comenté que necesitaría al menos dos o tres horas para que la audiencia entendiera bien de qué estaba hablando, porque esto es nuevo: antes no existía. Pero, en síntesis, le mostré que “derecho a la vida” no es un principio; es una regla que se apoya en el principio de unidad y en el de bondad. Los principios son solo cinco; todo lo demás —valores, indicadores, actitudes y reglas— se deriva de ellos.

—Entonces, no son valores. La gente lo pone todo en la lista de valores y están errados. Por eso la clasificación dentro de esas cinco categorías arroja luz sobre todos esos conceptos. Además, existen otros términos que son resultados: no son principios ni valores, sino consecuencias de ellos. Cada principio y cada valor tiene su actitud correspondiente y su resultado. Eso no existía antes; todo esto es nuevo.

—Profesor —le dije—, aquí está la contradicción: los cinco principios son estos, y puedo mostrarle que el que usted menciona no es un principio, sino una regla. Usted ha citado el “derecho a la vida”, y esa regla está al servicio de un principio; en este caso, responde a la justicia. Las reglas no son principios.

—Pero… —intentó objetar.

—Mire —proseguí—, los principios no son derechos, y los derechos no son principios. Un derecho se reclama; un principio, en cambio, fundamenta. Si dijéramos que el derecho a la vida es un principio, entonces todos los derechos serían principios, y usted mismo admitiría que no es así. ¿Por qué un derecho habría de ser principio y otro no?

Reconoció entonces: «¡Vaya, nadie me lo había planteado de este modo!». Se dio cuenta de la debilidad de su planteamiento.

Con este paradigma, las categorías están muy claras. Puedo analizar cualquier argumento, cualquier inquietud, y situar cada elemento en su lugar. De hecho, algo similar me ocurrió con la profesora Carmen Labrador, de la Complutense de Madrid. Vino al país para hablar de valores; llevaba la famosa lista de ochenta valores que se maneja en España.

A mí me dieron quince o veinte minutos antes que a ella. Expuse mi sistema, muy rápido: cinco principios, alrededor de treinta valores y más de doscientos indicadores. Concluí: «A partir de ahora, hablar de valores sin conocer esto resulta peligroso; quizá ya no sea como creíamos».

Subió la profesora y dijo: «El doctor Vargas me ha dejado sin tema. Yo venía a hablar de ochenta valores, pero él afirma que hay más de doscientos conceptos valorativos, solo una treintena de valores y cinco principios. Nunca había oído algo así; alguien debe de estar equivocado». Añadió que jamás había escuchado hablar de indicadores en ética, de algo medible y detectable en la realidad. «Es nuevo para mí —confesó—, pero me parece muy lógico todo lo que he oído».

 

—He escuchado —prosiguió—, pero todavía no puedo pronunciarme. Debo ser honesta: no quiero hacer el ridículo hablando de algo que quizá esté desfasado. Cambiaré de tema y les hablaré de métodos pedagógicos. Volveré a tratar los valores cuando estudie muy bien su obra; necesito comprenderla a fondo para volver a hablar, porque no quiero hacer el ridículo discutiendo algo que tal vez ya no tenga razón de ser.

Eso me ocurrió también en un congreso internacional en Perú, donde fui ponente principal con el tema «Sistema ético-moral: últimos hallazgos». Me concedieron dos horas: «Necesito las dos —les dije—; quiero que me rebatan, y responderé para que vean la solidez del sistema». Asistieron expertos de todas partes que iban a exponer sobre valores y principios. Hubo muchas preguntas, aclaraciones y objeciones; respondí a todo con precisión. Al final, los profesores de ética y los investigadores comentaban: «¡Tenemos que aprender de nuevo! Nos han dado una gran lección hoy».

Lo mismo sucedió en México—en Guadalajara y en Ciudad de México—y en otros lugares adonde me invitaron: en todas partes el efecto fue similar, porque esto es totalmente nuevo. Cada concepto tiene un lugar claro: principios, valores, indicadores, actitudes o resultados. Otros sistemas no pueden sustentar eso; cuando alguien habla de “principios”, pregunto: «¿De dónde salen?». Yo puedo mostrar el origen de cada uno, punto por punto. A veces toman por principio algo que en realidad es un indicador: por ejemplo, el «cumplimiento del deber», base de la ética social de Ostos y de la ética kantiana, es solo un indicador de responsabilidad, no un principio ni un valor.

Desde este marco se pueden abordar todas las problemáticas éticas con respuestas que antes no existían. Incluso la estructura de la sociedad se explica con los cinco principios: todas las instituciones responden a uno de ellos. Por ejemplo, las instituciones dedicadas a la verdad—universidades, institutos, academias, escuelas, bibliotecas, laboratorios—existen para servir precisamente al principio de la verdad.

—Para que haya verdad, existen todas esas instituciones: universidades, institutos, academias, escuelas, bibliotecas, laboratorios… Lo que la mayoría no sabe es que cada una responde a un principio. De la misma forma, hay instituciones dedicadas a la justicia, al equilibrio: abogados, jueces, alguaciles, procuradores, comités de disciplina… Todo eso se crea para servir al principio de la justicia.

—También encontramos organismos que garantizan la unidad, la conexión entre las personas: sindicatos, partidos políticos, iglesias, juntas de vecinos. La sociedad responde a ese principio sin saberlo. Sin embargo, cuando redactamos constituciones, muchas veces llamamos “principios” a lo que no lo es; y el desorden termina reflejándose en las leyes porque el punto de partida es incorrecto. Ojalá, algún día, un grupo de juristas comprenda todo esto y proponga una constitución y un marco legal que partan, de verdad, de esos principios: que las leyes —las reglas— reflejen con precisión los cinco principios y los valores que se derivan de ellos.

—Si me dan tiempo, podríamos quedarnos aquí hasta mañana —bromea—, porque esto me apasiona. Pero sigamos: hay instituciones destinadas a la libertad, a ponernos en movimiento. El transporte, el deporte, la gimnasia, toda infraestructura vial… todo lo que nos dice «¡Muévete!» responde al principio de la libertad. Y existen, además, organismos cuyo fin es aportar, expresar la bondad: comedores económicos, tarjeta Solidaridad, el Plan Social de la Presidencia, ONGs dedicadas a la ayuda… Cualquier entidad de la sociedad puede organizarse bajo uno de los cinco principios. Es un sistema de pensamiento que abarca cualquier realidad y la aclara.

—Fíjense qué sencillo: mencionamos los cinco principios y, enseguida, aparecen las instituciones que encajan en cada uno. Cada vez que se crea una entidad, lo primero debería ser preguntarse: «¿A qué principio servirá?». Así, todo —instituciones, leyes, políticas— se organiza bajo esos cinco fundamentos.

—Por eso hablo de un nuevo paradigma. Muchos me preguntan si esos cinco principios los tenía preconcebidos. No: surgieron de la investigación. Yo no sabía adónde llegaría; empecé preguntándome si habría un concepto que abarcaría a todos los demás y, cuando lo encontrara, sabría que ese era un principio. Descubrirlos fue el resultado natural del proceso, no algo planificado, aunque, claro, con el tiempo uno desarrolla cierta intuición.

—…porque uno, de manera intuitiva, ya sospecha ciertas cosas. Por ejemplo, siempre se ha tenido presente la libertad; yo suponía que podía ser un principio, pero aún no estaba seguro. Lo mismo con la justicia: desde tiempos inmemoriales la humanidad la ha perseguido; era lógico pensar que apuntaba a un principio. Con la unidad ocurría igual: fíjese cómo todos los autores subrayan su importancia—«¡Proletarios de todo el mundo, uníos!», «Divide y vencerás», «La familia que reza unida permanece unida»… Cuando en toda cultura se insiste en algo, uno presiente que está ante un concepto mayor, ante un principio.

—Ahora bien, había que comprobarlo. Con la bondad fue sorprendente: yo no sabía si terminaría siendo un principio. Dentro de los conceptos que significan “dar”, descubrí que uno los abarcaba a todos: la bondad, que literalmente significa dar lo bueno. Así, en la familia del equilibrio, la palabra que más abarca es justicia—la diosa de la balanza, del balance. En la del dar, el término superior es bondad; la solidaridad o la generosidad caben debajo, pero el concepto integrador es “bondad”. Por eso todos los que implican dar se ubican bajo ese principio.

—Los libros, sin embargo, suelen señalar la solidaridad como concepto universal. Yo mismo lo creí al principio, pero observé que había algo más grande: la bondad. Igual pasa con la generosidad: es grande, sí, pero es dar más de lo que se pide; no necesariamente dar todo lo bueno. El concepto que significa dar lo bueno, sin restricción, es la bondad; ése, pues, es el principio.

—Así fueron surgiendo los cinco principios. Luego vino el trabajo de determinar qué conceptos se dividían y cuáles no; cuáles tenían indicadores y cuáles eran indicadores. Eso fue monumental; no se imagina usted todo el esfuerzo.

Dr. Alejandro Arvelo
—Maestro, es una pena que un libro como este, Sistema ético-moral: principios, valores e indicadores, prácticamente no haya circulado en el país. Se publicó en España y la edición está agotada. Sería interesantísimo contar con una edición local, y organizar talleres o un diplomado.

—¡Claro que sí! —responde el Dr. Vargas—. Y le confieso que, después de exponer este sistema, a veces parece que ya no hacen falta más preguntas; pero el propio esquema invita a seguir profundizando. De aquí pueden salir una filosofía social, una filosofía de la historia, incluso una ontología o una metafísica. El sistema está vivo; es una cantera de la que pueden extraerse muchos subsistemas y explicaciones para distintos aspectos de lo real.

Dr. Alejandro Arvelo
—Justo por eso, profesor, quisiera aprovechar su presencia para plantearle una analogía, ahora que sabemos que usted ha descubierto esos invariantes, esos principios, valores e indicadores… invariantes humanos hacia los que tiende la filosofía en su búsqueda de un saber universal. Y, aprovechando que el maestro Vargas ha escrito y publicado libros en alemán, que para sus estudios en Friburgo tuvo que dominar griego, latín y arameo, y viendo que la gestión del maestro Silverio apuesta por pensar en español y por la identidad dominicana como tema del VI Congreso Dominicano de Filosofía, Santo Domingo 2025, quisiera plantearle, quizá a modo de cierre:

—Maestro Vargas, ¿habrá también invariantes racionales o lógicos? ¿Pensar en español tiene sus especificidades? Usted que ha pensado, y pensado hondo, en español, griego, latín y alemán…

Dr. Vargas:
Nosotros somos una isla, pero no estamos aparte del mundo: somos parte del mundo. Conceptualmente ocurre igual: lo propio forma parte de una universalidad; le damos nuestro matiz, nuestro tono, pero compartimos rasgos comunes con todo ser humano. Es una conjunción de lo universal con lo particular. Ahí aparece el principio de libertad: estos principios adoptan formas distintas en la práctica, pero siguen la misma idea, responden a los mismos patrones.

Pensar “lo dominicano” sin pensar lo universal es imposible, porque todo es relacional. El mundo es una unidad—por eso lo llamamos “universo”—; nada existe aislado. Al pensarnos, pensamos también el mundo. Debemos vernos como parte de ese todo, no como un electrón suelto fuera del átomo. Rusia, por lejana que parezca, incide en nosotros; la guerra de Ucrania nos sube el petróleo. No podemos vivir ni pensar como si Rusia no existiera.

En el pensamiento sucede lo mismo: no se puede pensar al margen de las categorías universales. Siempre estamos en relación con lo universal, haya o no conciencia de ello; buscar esa conexión debe ser una de las tareas permanentes del pensamiento.

Dr. Alejandro Arvelo:
Bueno, no nos queda más que agradecerle. En nombre del profesor Eulogio Silverio, creador de este espacio, y —salvo el mejor parecer del maestro William Mejía Chalas— cedemos la palabra al profesor Mejía Chalas para que cierre este encuentro, como es habitual.

Dr. Vargas (interviene antes de la despedida):
Si me permiten, antes de que William hable, una observación que me parece interesante. Todo este sistema ya ha servido para trabajos de doctorado. Una amiga médica —fue vicerrectora de una universidad aquí— oyó una exposición mía y exclamó: «¡Encontré lo que buscaba!». Presentó su plan doctoral en España aplicando los principios, valores e indicadores al área de Medicina y Enfermería, y obtuvo su título bajo el amparo de este sistema. Eso muestra su alcance: sus aplicaciones son infinitas; ni yo mismo imagino todas.

Profesor Mejía Chalas:
Profesor, la Escuela de Filosofía le está sumamente agradecida por aceptar la invitación y, sobre todo, por los aportes que usted hace al sistema ético universal. Al principio mencionó el misticismo y aludió a elementos bíblicos que ha trabajado. Recuerdo aquel pasaje: «Nadie enciende una lámpara para ponerla debajo de la cama». De modo que, a partir de esta conversación tan enriquecedora, queremos pedirle dos cosas:

  • Que considere participar en el VI Congreso Dominicano de Filosofía (Santo Domingo 2025) para presentar formalmente su propuesta.
  • Que organicemos cursos o talleres con nuestros estudiantes —de grado y de maestría—, de modo que puedan inspirarse y desarrollar sus trabajos en torno a este nuevo campo.

Hemos tenido tesinas sobre ética, pero esta sería una oportunidad única: su sistema permite analizar la sociedad entera e, incluso, reestructurarla. Con sus cinco principios podríamos descubrir instituciones basadas en el mismo fundamento, reagruparlas y optimizar recursos con criterios éticos que aseguren justicia y equilibrio en los fondos públicos.

En nombre de la Escuela de Filosofía, del maestro Silverio, del profesor Alejandro Arvelo y del mío propio, le agradecemos profundamente. Y, por sentido de equilibrio y bondad, esperamos que acepte nuestra propuesta.

Dr. Vargas:
Claro que sí, estoy dispuesto. Siempre colaboraré con nuestra Escuela. De hecho, ya comenté que convendría reunir a todos los profesores de Filosofía para una sesión en la que discutamos el sistema a fondo. Esa conversación aún está pendiente, pero este medio nos permite ir adelantando ideas. En el congreso, allí estaré para profundizar, debatir y aclarar.

Quedo a la orden y muy agradecido al profesor Silverio, a Alejandro Arvelo, a William Mejía Chalas y a todos los que han hecho posible que estas reflexiones queden grabadas en este Archivo de la Voz. Durante muchos años el mundo podrá escuchar los aportes de nuestros profesores, y me honra haber sido incluido para compartir —desde la bondad— todo lo que pueda servir a los demás. ¡Gracias a ustedes también!